Vetados (Cap 01)


Cap 01: Beta Fracasado

Suelen decir que los betas somos seres arrománticos y asexuales. La verdad, no es algo que me interese. Desde hace mucho tiempo he perdido total interés en las relaciones y cualquier historia romántica que me intenten vender, se vuelve insípida para mí. Quizás sí tienen razón, quizás soy asexual, arromántico y todas las etiquetas que nos pudiéramos inventar para aclarar mi condición. Yo me siento más bien apático.

Soy una persona común, un beta, en una sociedad donde los alfas y omegas son destinados a amarse para siempre y tener muchos hijos. En este mundo, yo vivo siendo feliz con la invisibilidad. Mientras los omegas luchan para obtener derechos iguales a los alfas y poder tomar sus decisiones, empoderándose de su destino, los alfas siguen destellando y demostrando que son los mejores en la mayoría de los campos a los que incursionan. Y en el medio del camino, estamos los betas. Las llamadas abejas obreras, que trabajan en silencio y se conforman con cumplir su rol en esta vasta sociedad sin hacer mayores escándalos.

No me malentiendan, tampoco somos conformistas. Ajeno a todos, la mayoría de los betas compartimos ese sentimiento de desafío que sentimos hacia las otras especies, para encontrar nuestro lugar más allá de lo que dicta la sociedad. Por eso siempre logramos colarnos en la enrevesada ecuación del sistema, para ocupar puestos grandes a punta de esfuerzo, constancia y dedicación. Yo quisiera llegar a hacerlo y siempre busco superarme para lograrlo.

Eso no implica que abandone mi timidez ni mi reserva, como parte de mi personalidad. Pero es agradable ser yo mi único juez en este largo camino de la vida.

Soy músico, graduado hace poco de la academia principal de arte nacional. Tengo ya varios años viviendo fuera de la casa de mis padres, alfa y omega, para buscar mi destino. Mi hermana es alfa y es la que mantiene el hogar mientras yo estudio y persigo mis sueños. Mis padres no tienen mayores pretensiones para conmigo, algo muy distinto a lo que consideraron que debía cumplir mi hermana. Y así, de alguna manera, me vi beneficiado al nacer en un rol carente de expectativas por mi género, para así yo tener la oportunidad de escribir mi propia historia.

Mi maestra inicial, Minako, es un alfa que ha ganado muchos premios tanto nacionales como internacionales. Tiene una voz preciosa y se dedicó a la docencia en música en el colegio donde crecí. Gracias a ella, empecé a acercarme al piano y llegó a convertirse en mi principal inspiración; hasta que te conocí, Víctor Nikiforov, cuando eras un joven músico que se inició con el violín desde muy corta edad y que entró a la Gold Philharmonic del país para antes de sus dieciséis años. Muchos dijeron que era natural, eres un alfa y puedes lograr todo cuanto quisieras solo por esa posición. Sin embargo, desde un inicio supe diferenciar algo que hacía a tu música distinta a la de cualquier otro y fue entonces que tomé la decisión de llegar tan lejos como tú; aún si mi naturaleza me relegara al anonimato, yo llegaría a tocar contigo.

Eso soñé a mis doce años. Doce años más tarde, veo cómo cada uno de mis intentos caen y mi presencia como beta me asienta a una realidad donde alcanzar al alfa que es el mejor en su medio resulta un sueño imposible para un beta como yo.

—¡Yuuri! —Phichit me llama, tras haber salido del baño.

Bueno, me ganaron los nervios. Sentí las manos sudar, imaginé la catástrofe si llegase a fallar en mi primera presentación como solista de la filarmónica y preferí que mi compañero lo hiciera. Solo pertenezco a una pequeña agrupación sin la trayectoria que la Gold Philharmonic posee, pero fue suficiente para decidir que no iba a destruir el trabajo de todos por mi incapacidad.

Si puedo definirme en una sola palabra lo que siento en este momento, es odio. Odio por mi mismo. Las ganas de llorar que aun me aguanto son añadiduras.

—¡Me tienes preocupado! Pensé que habías corrido hasta el apartamento.

—No, aún estoy aquí. —Phichit posa su brazo sobre mi hombro para animarme, pero no tengo energía siquiera para apartarlo. El fracaso me pesa una tonelada.

Soy Katsuki Yuuri, pianista, miembro de la sinfónica de la universidad central donde me gradué. Tengo mejor presencia como solista que parte de un grupo ya que, si llego a fallar, solo es mi reputación la que se ve afectada. Pero cuando me toca participar en grupos, como era necesario hacerlo hoy, me convierto en esto: un fracasado.

—Deberías tener más confianza en ti mismo, Yuuri. —Escucho la voz de mi amigo, un alfa muy animado que se cuelga de mí como si nada. ¿Acaso no entiende que la estrella que brilla no lo hace sobre mí sino sobre él? Y no, no tengo envidia ni celo alguno, me alegra mucho por él. Solo me siento desdichado en este momento.

Levanto la mirada con pocas fuerzas, todo lo que quiero es encerrarme en mi habitación y esconderme bajo las sábanas, mientras escucho a Brahms. Los ojos me arden y la pena me pesa en el estómago. Debo tener náuseas, quizás. Y allí, a lo lejos, te veo hablando con tu director acompañado de Yuri Plisetsky, el joven alfa que es un prodigio con el Cello a corta edad. Tan cerca y tan distante como este sueño frustrado… no creo que Celestino me dé la oportunidad de presentarme de nuevo con todos después de este desastre.

Dicen que los betas no debería tener problemas de ansiedad. Después de todo, ¿qué se les exige? Cuando alguna vez mi maestra lo comentó en el grupo, los omegas me intentaron convencer de que no sabía lo que era realmente vivir ansioso, pensando que va a llegar el celo pronto, en buscar supresores y el hecho de que en cualquier momento podrían perder el control de su naturaleza y terminar acostándose con cualquiera, en cuyo caso jamás tomarían aquello como abuso porque ‘ellos disfrutaron’. En cuanto a los alfas, me hicieron ver que era incluso iluso pensar en tener miedo o ansiedad porque ¿qué nos exigían? No tenía el nivel de exigencia de ellos que habían sido denominados por el mundo como los mejores y tenían que cumplir altas expectativas en la sociedad.

Quizás no tengo que preocuparme por celos, por supresores, o por la existencia de destinados, pero la invisibilidad también es un mal muy subestimado.

—¡Yuri! —escucho a la distancia. Al levantar la vista, como si hubiera sido atraído por una gravedad distinta, te veo hablando con ese mismo chico que comparte mi nombre.

¿Podría pensar en algún momento que pudiéramos tocar juntos? A veces lo he imaginado: un dueto de piano y violín, con esa experticia y pasión que posees. Y yo allí, intentando alcanzarte, mientras me desvivo en tu música. La forma en que tocas el violín es perfecta, las notas y la velocidad de tus movimientos me transporta a universos imposibles. A veces, es como si la música de tus manos se metiera bajo mi piel y encendiera mi alma. Me hace sentir más vivo, algo difícil de pensar.

Por supuesto, no me has llamado a mí, un músico mediocre. Por supuesto que no es a mí. Trago el sabor de la resignación y me detengo a aceptarlo.

Entonces me miras. Mi corazón se paraliza; dejo de sentir los pies cuando tus ojos se enfocan en mí y me hacen sentir por primera vez el peso de tu presencia. Seguro vas a voltear, tienes que voltear, debes voltear. Por favor, voltea.

—Hola. —En cambio, dices. Tu hermosa sonrisa me alumbra el alma y por primera vez en años me siento parte de algo—. ¿Quieres una foto conmemorativa?

Que decepcionante…

Los betas somos seres que convivimos con las otras dos razas, luchando por mantener un lugar. Seres que, para muchos, nos conformamos. Sin embargo, a pesar de considerar en muchas formas esta invisibilidad tan apropiada y de acostumbrarme en gran medida a ella, hoy, que me miras sin reconocerme, desprecio esta invisibilidad que una vez más me demuestra que no podría estar cerca de ti.

Con lo poco que puede quedar de mi dignidad, me doy vuelta para salir. Arrastro lo que resta de mi orgullo y escucho a Phichit preguntándome si de verdad no voy a aprovechar esta oportunidad. Podría intentarlo, si es que quisiera aparecer en aquella foto con una sonrisa hueca y los ojos rotos, con brechas donde va a escapar agua.

Si esta fuera las historias románticas que suelen venderse como pan caliente los domingos, empezaría con el protagonista omega que tras una borrachera y cuarenta orgasmos, ha despertado en la cama de un alfa millonario y guapo, quien resulta ser su destinado. El alfa diría algo así como: ‘que precioso te ves en esta mañana’. El omega en cuestión, se sonrojaría. Luego de observar y admirar las virtudes del alfa (incluyendo el tamaño de su miembro), el omega concordaría que está en su sueño y empezaría a pensar que tendría que despertar en cualquier momento.

Pero esta no es la historia de amor entre dos destinados de clases sociales distintas, condenados por su profundo amor que, a su vez, los hará fuerte para superarlo todo. Es la historia de un beta que se cayó de borracho en la noche y despierta solo en la mañana siguiente.

Mi pelo es un desastre, el sabor en mi boca me da asco y estoy completamente vestido. Si lo pienso de forma positiva, es mejor despertar así que siendo protagonista de una historia de terror romantizado. Porque si soy objetivo, debe ser asquerosos levantarte un día sin saber que has hecho por veinticuatro o cuarenta y ocho horas con una persona que no conoces y que se ha encargado de llenarte de sus fluidos durante todo ese tiempo. Claro, algunos omegas idealizan la situación. ‘Si al menos no era tu destinado, puedes asegurar que la pasaste bien’, escuché a algunos. Otros más reservados aseguran que lo peor que puede ocurrir es que te tomen sin consideración aprovechándose de ese momento de vulnerabilidad. De aquí, partimos a la idea general que tienen de los betas: ‘no disfrutamos del placer sexual’, aseguran muchos. Porque aunque tengamos sexo y disfrutemos del orgamos jamás se comparará a lo que siente alfa y omega al respecto.

Me levanto de la cama solo porque tengo ganas de orinar. Ni siquiera soy capaz de recordar nada de lo que pasó, tampoco es que quiera hacerlo. No hay marcas de nada en mi cuerpo, ni otro perfume como para pensar que estuve con alguien. Así que al no ser nada memorable que valga la pena atraer, prefiero dejarlo sepultado.

Según la mayoría de los que conozco y en muchos textos, el deseo sexual de los betas es inferior del que viven los alfas y los omegas. Así mismo, la duración de su vida sexual y el tiempo que pueden mantener una erección. Quizá tienen mucha razón al decir que somos seres asexuales que solo nos reproducimos para mantenernos, ya que de mi parte, no he tenido intención alguna de intimar de esa manera con nadie. Sin embargo, muchas veces me siento ofuscado cuando esas diferencias de la naturaleza relucen para hacernos ver menos que un cero a la izquierda.

Sé que no soy el mejor pianista, aunque digan que soy el mejor del curso e incluso de la universidad. Sé también que no soy el mejor en nada y que relucir está prácticamente vetado por mi nacimiento. Pero algo tengo que hacer con esta necedad que me impide rendirme aún a sabiendas de que soy un fracaso; me niego a quedarme de brazos cruzados siendo uno. Si voy a fracasar, fracasaré intentando ser algo más que un simple beta.

Me preparo para irme. El hotel donde estamos alojados se encuentra fuera de la capital, para estar más cerca del palacio de los eventos. Celestino no tardará mucho en venirme a buscar. Arreglo todo en la maleta, a pesar de tener náuseas y tomo mis lentes para acomodarlos en mi rostro. Mi apariencia de siempre me da la bienvenida; solo suspiro y espero encontrar el modo en que pueda recobrar lo que he perdido. Tendré que convencer a Celestino de que me dé una nueva oportunidad…

Al salir a la recepción, siento a Phichit abrazarme por fuerza en la espalda. Casi me hace caer de bruces al suelo.

—¡Dios, Yuuri! ¡Lo de ayer fue de loco!

—No quiero saberlo —digo de mala gana. No quiero saber cómo todos disfrutaron excepto yo. Me aparto, quizás soy un poco brusco para hacerlo, pero prefiero mantenerme en distancia mientras mastico mi propia miseria, al menos hasta estar seguro de cómo volver.

Ahora que lo pienso, no hay muchas historias de betas y las que hay se trata de super héroes de aventuras que tienen compañero alfas que los respalda (y son lo que hacen el trabajo) y omegas que les gusta (y los friendozonea al final). Eso si es que no menciono la historia de betas asesinos.

Quisiera que mi historia fuera algo más que eso, algo fuera de lo común, aún si yo soy su único lector.

Las cosas con Celestino no funcionaron. Ante los constantes reclamos por lo ocurrido en el recital y mis nervios que me llevaron a comer altas cantidades de chatarra, he decidido abandonarlo todo. Con la moral en el piso me arrastro hasta mi hogar en tren, dejando todo por fin terminado. Vuelvo con un título, pero nada más. Algo que cualquier beta puede obtener sin problemas, sin algún mérito mayor que ese.

La ciudad se pierde entre los ventanales y mi mirada comienza a llenarse de agua. Llorar se ha vuelto tan habitual que odio hacerlo. En algún momento, había soñado con llegar con premios y recitales realizados, para poder decirle a mis padres que mi nacimiento no significaba nada, que yo podía relucir con los mejores también. Me esforcé mucho, muchísimo, duré noches sin dormir solo tocando hasta aprenderme todas las partituras, amanecí creando nuevas melodías. Hice mis dedos sangrar hasta que la música se adueñaba de mí, más no fue suficiente. Bien dicen que si un beta quisiera alcanzar a un alfa, tendría que trabajar tres o cuatro veces el tiempo que un alfa común invertía en su actividad. Yo ni así pude lograrlo.

Mi pueblo natal me da la bienvenida en silencio. Después de todo, solo es un beta más el que ha regresado. La idea de entrar al negocio de mis padres y tener que conformarme con administrarlo me revuelve el estómago. Todos los sueños de ser el mejor, de poder ganarme unos minutos de gloria a tu lado, Víctor, se han esfumado hasta convertirse en nada. Y aún así, siento esta irrefrenable inconformidad que es como una mosca que revolotea en mi cara, sin dejarme conformarme, sin permitirme resignarme a mi condición.

Doy vueltas en mi cama, intranquilo. Me levanto y me quedo mirando los folletos que durante mi niñez estuve coleccionando de ti y tus recitales a lo largo de tu carrera. Vuelvo a tumbarme y quizás el plato que me sirvió mi madre tenía demasiada comida, porque no puedo conciliar el sueño. Cuando llegué, sólo recibí amor de su parte. Papá y mamá no se quejaron de nada de lo sucedido, mi hermana me preguntó sobre qué pensaba hacer, para luego dejarlo a mi decisión, sin presionar.

Si lo pienso, he sido dotado de mucha paciencia a mi alrededor. Aunque también podría llamarlo condescendencia. Resulta molesto pensar que me gustaría que pidieran más de mí, que me presionaran, que me exigieran, porque la falta de ello solo me hace inferir que no esperan nada. Que soy yo quien peleo contra mí mismo y mi imposibilidad. Es agotador, enfrentarse al espejo y tratar de convencerte de que eres más de lo que dice tu tarjeta de identificación. Pelear constantemente con la definición que tengo de mí mismo y la que el mundo tiene de mí, sin saber hasta qué punto ellos o yo estamos equivocados.

Me levanto, cansado de dar vueltas en la cama. Salgo de la casa y corro en la calle, con la música en mis oídos llenándome de nuevo de vida. Las melodías que has estado tocando y componiendo a lo largo de tu carrera, siempre me aviva. Fue por ti, en gran medida, que me impulsé a querer ser el mejor y aunque estoy lejos aún de lograrlo, gracias a ti me animé a buscarlo. Tus melodías cuentan historias y me transportan a lugares fantasiosos. La forma en que el violín canta en medio de los otros instrumentos es tan embriagante que muchas veces siento que mi pecho se inflama de pasión. A veces, cuando te escucho, puedo imaginarme deslizándome en el hielo con ellas. Moviéndome en un par de cuchillas como cuando era niño y dejándome llevar por su magia.

Quizás es eso lo que amo de su música, me hace sentir alguien distinto a quien soy, saca algo de mí que puja por brillar, me empuja, me arrastra. Me inspira. Mis dedos hormiguean por sentir las teclas de un piano. Mis manos anhelan tocar ahora que te escucho deslizando el arco sobre las cuerdas, vibrando con las notas que danzan en el aire, como luciérnagas en la oscuridad que colorean de colores el negro de la noche. Mesurado, suave y triste. Apasionado, entregado…

Extraño tocar. Echo de menos mi música, por ello no puedo quedarme aquí.

No quiero extinguirme.

Notas del autor: La verdad, quería aprovechar esta oportunidad para subir el fic que he estado preparando con cariño. Es corto, tendrá menos de diez capítulos, peor espero que sea lindo de leer. Usar la primera persona siempre es un reto, pero con Yuuri se me hizo sencillo. Esta idea la tuve mientras viajaba al trabajo y no pude dejarla de escribir de a poco en mi tiempo escaso de libertad. ¿Y saben que fue lo que más me gustó? Que había tomado el concepto bellísimo del art de concierto de Yuri on Ice y luego salió esta maravillosa noticia. ¿Así que, qué mejor manera de celebrar que publicarlo justo este día?

Espero que les guste. Este es solo el inicio, conociendo a nuestro protagonista con ciertas escenas que nos recordaran al anime. Otras escenas si son completamente nuevas. Espero que puedan disfrutarlos.

Ah, usé la música de Brian Crain, concierto de dueto de piano y violín. ¡Es preciosa!

Siempre me dio la curiosidad de cómo sería visto el mundo omegaverse desde los ojos de un beta. Sé que no es una premia novedosa peor me gustó la idea de probarlo.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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