Track 1: Boulevard of Broken Dreams


Read between the lines
What’s fucked up and every thing’s all right
Check my vital signs to know I’m still alive
And I walk alone

>2018<

Apagó el televisor cuando todo le pareció una idiotez insoportable. ¿Él muerto? Quiso reírse de la ingenuidad de quienes podían creerse algo así, pero la sonrisa se quedó atorada en sus labios cuando la idea, aderezada con unos cuantos gramos de droga y alcohol en su sistema, comenzó a considerarla con seriedad. ¿Y si tenían razón? ¿Y si había muerto y no lo sabía? Cerró sus ojos. Explosiones multicolores y latentes inundaron su vista en un principio ennegrecida. “¿En qué momento morí?”, trató de recordar, aunque más que un ejercicio de memoria, aquello poco a poco hundió su consciencia en ese pozo negro de ensoñación. Durmió tal vez algunos minutos, los suficientes para que se volvieran horas dentro de su inconsciencia. Entonces soñó: sobre un enorme escenario, se vio así mismo interpretando a la innombrable**, la canción más emblemática y famosa de On Ice, la misma que él tanto detestaba hasta la muerte. Y justamente quiso morir al comenzar a escucharla, al ver a esa mentira suya que deslumbraba desde el escenario, que rasgaba las cuerdas de “Mak” con rabia y cantaba como si lo disfrutara, como si las letras de esa abominación tuvieran algún sentido para él. Se desenvolvía con rebeldía, con un encanto y una pasión fingida que era más falsa que su sonrisa de metal, siempre la misma, siempre tan fría, y que aun así era capaz de derretir millones de corazones como si ardiera en llamas.  

El público, del cual Víctor formaba parte, era un impacto de olas que estallaba contra On Ice en gritos de emoción y éxtasis. Todas esas personas parecían capaces de morir por ellos, de matarse entre sí por ellos. Y justo con esa convicción, todas las personas que los presenciaban comenzaron a rasgarse la ropa, prenda por prenda, y arrojar los pedazos de su humanidad al escenario. Nikiforov tocaba con el mismo ímpetu de un orgasmo, tomó algunos de ellos, primero el trozo de una camisa, un pantalón o una falda, después un brasier roto y una trusa rasgada…  En algún momento, sus manos se llenaron de pedazos de piel y carne que el mismo público comenzó a lanzar cuando se vieron desnudos, sin nada más que entregarles que ellos mismos. Nikiforov parecía disfrutar del baño de sangre y partes de personas que caían sobre él, por lo menos hasta que todo el mundo desapareció entre sus dedos y On Ice quedó solo en un estadio que antes estuvo repleto. Nikiforov, al notar que ya no existía nadie más para admirarlo, dejó de sonreír. Por primera vez, Víctor, quien soñaba y era el único que se mantenía de pie y entero en la zona del público, pudo reconocerse en ese semblante de asco y desesperación que inundó a Nikiforov al notarse solo y tan vacío a pesar de que millones de personas se habían matado y entregado a sí mismos por y para él.

Víctor despertó por un extraño movimiento cerca de su entrepierna. Se imaginó de pronto en su habitación, acompañado por alguna mujer u hombre con quien habría pasado la noche, pero el movimiento era inusualmente rítmico y periódico, y no se movía con intenciones de acercarse a un objetivo más interesante. Se dio cuenta entonces que no eran caricias que pretendían ser juguetonas. Cuando se arrancó un poco el sueño y por fin pudo abrir sus ojos, comprendió que en realidad ese movimiento era producido por el celular en su bolsillo. Supuso de qué se trataba, de quién era la llama, pues solo una persona en ese mundo conocía el número y era capaz de marcarle. Lo pensó un poco, pero no, no quería hablar con él. Volvió a cerrar sus ojos y dejó que el movimiento se detuviera; el sueño que tuvo había despegado a un punto en el olvido del cual le sería imposible volver. El celular, después de unos segundos de mantenerse detenido, volvió a emitir otra vibración concisa y rápida, única. Un mensaje. A Víctor le ganó la curiosidad.

Víctor, por favor. Necesitamos hablar. Esto se está saliendo de control.

Dejó su celular a un lado sin dar una respuesta ni preocuparse siquiera por el sentido del mensaje; su cabeza daba vueltas completas dentro de sí misma, pero no de una forma magnifica con la cual pudiera perderse en algún viaje y olvidar, sino que le inspiraba un mareo angustiante y tóxico. Necesitaba otra dosis pronto para no perderse, de lo que fuera, de lo primero que encontrara, pero no le quedaba nada a la mano que pudiera utilizar, todo estaba guardado en su habitación. Cuando se puso de pie para buscar, un mareo hizo temblar el suelo debajo suyo; por un instante creyó que se caería, pero no al suelo, sino dentro de una caída libre interminable que no sabía cómo detener.

Algo así siempre había sido su vida, porque sin importar que camino decidiera tomar, todos parecían llevarlo directo a un desfiladero que cada vez era más profundo. Cuando se empeñó en ser cantante, sus padres murieron; cuando se empeñó en crear una banda, abandonó amistades leales por desconocidos que terminó detestando; cuando quiso que su banda fuera famosa, reconoció que la fama no sirve para llenar huecos vacíos, sino que los hace más grandes; cuando decidió proseguir como solista, se dio cuenta que no tendría a quien culpar si fracasaba; cuando quiso huir y abandonarse de todo, descubrió que la soledad verdadera podía ser mucho peor que cualquier cosa.

Al final, cuando notó que miraba al techo y que a su lado le picaba la presencia de suciedad, restos de comida podrida, basura de envoltorios y latas vacías, supo que en realidad sí había caído al suelo. Se mantuvo allí, drogado todavía, alcoholizado incluso más, hasta dejar que las horas pasaran y lo envolvieran en otro sueño que de seguro también olvidaría.

Esa mañana, ¿o tarde?, Víctor se dirigió al baño tras despertar en el suelo con una bolsa vacía de frituras pegada en su mejilla. Le dolía la cabeza, pero por lo menos fue más consciente de sí mismo. El viaje había terminado, los efectos con él, y solo quedaban las consecuencias del consumo.

Intentó despejarse con algo de agua que tomó del grifo y echó sobre su rostro, pero el frescor le pareció una cantidad abominable de agujas que despellejaban su piel al mismo tiempo y se traspasaban hasta su cerebro, aumentando el dolor. Emitió un carraspeo desde lo más hondo de su garganta, como si la edad, en tan poco tiempo, ya le pesara lo mismo que a un anciano débil y olvidado. Escupió entonces su saliva para quitarse el sabor amargo que el alcohol siempre le dejaba, ¿por qué lo tomaba si ni siquiera le gustaba? Pero ahí se encontraba, crudo como cada maldito día de su existencia.

Al levantar el rostro, tras emitir un respiro de resignación, se encontró con un reflejo extraño en el espejo. Era incapaz de reconocerse en él, pero eso no era ninguna novedad, ni siquiera era por causa del cambio de imagen que tuvo que realizarse para no ser reconocido en la calle, sino que toda su vida ocurrió así: nunca pudo distinguirse en las imágenes que intentaban representarlo en los pósteres de la banda, en las portadas de discos, las entrevistas, los conciertos y los vídeos musicales; ni siquiera fue capaz de encontrarse a sí mismo en las fotos familiares que en un arranque de rabia hizo arder y mucho menos era él quien posaba en las fotos de sus amigos de secundaria, bachillerato…  No era quien en toda su vida había creído y soñado ser. No se sentía como quien se supone debía ser. No era Víctor Nikiforov. No era ese Víctor Nikiforov.

Descubrió que era de mañana cuando salió del baño. Sin nada más que pudiera hacer, volvió a zambullirse en los noticieros matutinos para descubrir que se decía en torno suyo. Ninguna noticia habló de él, tal vez por la falta de alguna novedad con la que alimentar el morbo de su ausencia. No supo si sentirse aliviado o decepcionado por ello.

Después de un par de horas, tras que el dolor de cabeza cediera y fuera reemplazado por un poco de apetito, buscó algo que comer en la nevera, pero más allá de un par de latas de cerveza abiertas y seguramente vacías, no tenía nada.

Tuvo que salir de casa, enfrentar ese sol brillante y ese mundo que le parecía con exceso de iluminación y alegría. Cada vez que colocaba un pie fuera, sentía miedo de que alguien se tomará el suficiente tiempo para mirarlo con atención y que pudiera reconocerlo tras el cabello negro teñido y en melena, tras sus lentes oscuros y pupilentes marrones que ocultaban su vacía mirada, tras una gorra y un vestuario de mezclilla que lo confundía, ante los ojos de los demás, con un vagabundo cualquiera. Pero no, cada vez que salía con ese aspecto desaliñado e incluso sucio, lograba abrirse paso entre las personas que se alejaban al verlo acercarse; cada vez que una persona lo miraba, que debía de atenderlo en alguna tienda o bar, lo percibían con desdén y lo observaban fijo, no porque intentarán descifrar lo que se ocultaba tras su vestimenta, sino para mantenerlo vigilarlo, para que no fuera a robar o causar algún disturbio. Pese a lo que pudiera creerse, a él le alegraba el día que alguien lo mirase con desprecio.

Para llegar al supermercado más cercano del vecindario, Víctor tenía que cruzar un parque para hacer el camino más corto. Ciertamente no era tan grande, pero para él, la caminata resultaba una eternidad y una tortura, porque era siempre en ellas, sobrio y limpio, en donde tenía la desagradable posibilidad de cuestionarse qué jodida mierda estaba haciendo con su vida.

Cuando decidió abandonar su banda, esa por la que tanto trabajó para formar y ascender, tuvo la convicción de que en la soledad y el anonimato encontraría todas sus respuestas y aprendería cómo llenar esos espacios vacíos que tenía desde su niñez. Pero, demasiado pronto comprendió que la soledad solo lo hacía hundirse más en la inmundicia del vacío. ¿Había dejado fama y mierda por más mierda? Pero casi siempre, al volver a casa, llegaba a la convicción de que el camino elegido no tenía vuelta atrás y que solo deseaba permanecer encerrado en alguna habitación hasta que terminara de pudrirse con ella.

En su trayecto de vuelta, con una bolsa en su mano de víveres y, por supuesto, cerveza, se encontró con una multitud aglomerada cerca de su paso. Miró con una fingida curiosidad durante unos segundos antes de perderle todo interés. Continuó sus pasos, quería volver lo antes posible pues el calor parecía resquemar su piel y provocar que volviera el dolor de cabeza que creyó perdido. Mas, durante unos segundos, un rayo de sol vislumbró directo a su rostro, confundiéndolo y mareándolo un poco. Dio un par de pasos perdidos a la dirección que pensó correcta, pero pronto se percató que, en lugar de alejarse, se acercaba al cúmulo de gente que en círculo parecía rodear algo…  o alguien.

Intentó escapar, retornar sus pasos al camino correcto, pero las personas lo arrastraban cada vez más cerca hasta que tuvo la fuerza suficiente para detenerse cuando la escuchó… Su rostro enrojeció de rabia: era la innombrable, esa canción, esa maldita canción que lo seguiría hasta la tumba. Supo reconocerla pese a que era interpretada con una guitarra acústica.

No quiso escuchar más. Sabía que su odio insaciable hacia esa canción lo haría, en cualquier momento, estallar y arremeter contra el idiota que se atrevía a profanarla enfrente suyo. Se giró, decidido a empujar a quien se entrometiera para largarse de ahí cuanto antes, pero solo fue capaz de dar un par de pasos antes de detenerse, helado. La armonía de las cuerdas de la guitarra ahora era acompañada por una voz.

Su corazón se le paralizó al creer por un instante que era él mismo quien cantaba, pero no… el acento, el acento era diferente, no era el suyo, y le bastó cerrar los ojos y permitir que las ondas de sonido llegaran hasta él, aisladas de todo y todos los demás, para comprender que eran mucho más suave de lo que creyó en un principio, y que cada palabra pronunciada era sentida por esa voz, experimentada en carne propia de tal modo que la volvía desgarradora…  y atrayente.

Era la innombrable, definitivamente lo era, pero la sensación de odio y nausea que siempre le provocaba el interpretarla o escucharla había desaparecido. De pronto se sintió en casa, engullido en su cuerpo y mente de juventud, cuando, más que ensimismado, terminaba de colocar los últimos acordes y las últimas letras que daría vida completa a esa canción. En ese tiempo cuando creyó que era perfecta, cuando creyó saber quién era y que esa canción lo representaba completamente.

El corazón de Víctor se emocionó como nunca antes, como eso que dicen que ocurre cuando los aplausos de un público que te adora te hacen atronar desde las entrañas. Empujó a varias personas, ignorando las palabras y los insultos de protestas. No huía, ya no, ahora la desesperación le dictaba que tenía que correr al encuentro de esa voz…  tenía que conocerlo con sus propios ojos.

La imagen que encontró cuando llegó a la primera fila del circulo fue peculiar, para nada parecido a lo que había esperado encontrar: cabello oscuro y algo desordenado, rasgos asiáticos bien definidos, unos anteojos grandes de marcos azules que, más que aumentar su mirada, parecían esconderla del público. Lo demás que lo acompañaba, su ropa, su actitud, eran el conjunto perfecto del típico aspecto de un joven adulto que se niega a crecer. Pareció que el encanto de la voz se había roto un poco para Víctor, pero solo unos segundos después sintió renacer la emoción, ahora aumentada a niveles que sintió insoportables. Fue como verse a sí mismo, en esa época cuando creía aún que la música lo salvaría; cuando sus expresiones y todo aquello que le inspiraba interpretar sus propias creaciones eran sinceras. Se dio cuenta que ese músico no disfrutaba las miradas que caían sobre él con admiración, sino que lo hacía el simple hecho de crear y transmitir música. Casi parecía ajeno a todo y todos los que le rodeaban, transportado a otro mundo, a otro universo en donde le cantaba a una persona muy especial para él.

Víctor tuvo que admitirlo, casi con una admiración que le era muy ajena a su odio propio: esa voz era perfecta, no solo para su canción, sino para el mundo mismo. Era una perfección de esas que solo debían ser oníricas, que solo debían de pertenecer a sus sueños.

A su lado, algunas personas habían comenzado a grabar la actuación. No supo por qué los imitó, pero más sorprendente aún fue que envió ese vídeo a Chris, el asistente del representante de On Ice y su mejor amigo, el único que tenía.

My shadow’s the only one that walks beside me
My shallow heart’s the only thing that’s beating
Sometimes I wish someone out there will find me
Till then I walk alone

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