Matryoshka II (Cap 49)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 49: Trofeo de Francia: Te necesito cerca

Cuando el teléfono de la habitación sonó, el fuerte sonido la despertó de un golpe. Larissa miró a los alrededores para notar que las luces seguían encendidas, luego observó la bata de baño que la cubría y tocó su cabello aún húmedo. Se sintió por un momento completamente desubicada; lo último que recordaba fue haber llorado con las memorias frescas de aquellos tiempos cuando su padre seguía con su vida y era su mayor apoyo. Evidentemente, se había quedado dormida por el cansancio mental y emocional, pero la repentina sensación de pérdida la embargó de nuevo, como si acabara de perderlo una vez más.

El teléfono volvió a repicar y ella se movió aturdida. Larissa cerró la bata de baño mientras se sentaba para tomar el aparato que estaba sobre la mesa de noche y acariciaba su cabeza por el evidente malestar. No entendía por qué la llamaba la recepción del hotel y ni siquiera se animó a corroborar la hora. Solo tenía la sensación de una enorme pesadez en su cabeza, algo que podría asociarse fácilmente con una jaqueca. Sea lo que sea, definitivamente debería esperar, porque ella no pensaba atender a nadie en esas condiciones.

A nadie excepto a él…

Después de dar la orden para permitirle el pase y colgar el teléfono, Larissa se puso de pie. Con la ansiedad impulsando sus acciones, arregló precariamente la cama desordenada y buscó vestirse con su pijama. Trató de peinar un poco a su cabello con los dedos y colgó la bata que había usado en el baño, para tomar una toalla limpia. Se devolvió para sacar la bata sin usar del estante de baño y, cuando la dejó sobre su cama, Larissa detuvo sus movimientos y miró todo confundida. ¿Qué podría haber hecho que su hijo la buscará a esa hora de la noche? ¿Se habría peleado con Víctor? No, eso no tenía mayor sentido. Víctor se había mostrado bastante relajado con ella. Entonces, ¿por qué estaba allí? ¿Por qué la había buscado bajo semejante aguacero? Aunque quería sentirse feliz ante la posibilidad de que fuera a arreglarlo todo, algo, quizás ese instinto materno, le hizo saber se trataba de algo más.

Yuri había recibido la amenaza de la federación rusa. Cargaba sobre sí todas las expectativas de su país y eso era una presión indecible. ¿Podría ser esa la razón por la cual Yuri la había buscado? ¿Acaso por haber sido ella la que estuvo allí cuando ese hombre lo amenazó? No lo sabía y su mente daba vueltas creando escenarios imposibles. Su hijo la buscaba y ella se vio arrastrada en un cóctel de felicidad y temor por lo que eso pudiera significar.

El toque de la puerta le indicó que no había tiempo para pensarlo y la miró por solo un segundo antes de precipitarse a abrirla. A pesar de que ya la recepcionista le había comentado que su hijo venía empapado por la lluvia, la imagen le pareció más cercana a un gato abandonado en la calle, con los ojos vidriosos por falta de calor y cariño. Le partió el alma ver a su hijo llegar con el agua goteando por todos lados, el pantalón y la chamarra gris completamente empapada, mientras su cabello estaba pegado a su rostro. Los ojos verdes mirándola como si temiera hablar.

—Ven… te resfriarás si no te quitas esa ropa… —susurró por decir algo, mientras le tomaba el brazo para invitarlo a entrar—. Vamos, Yura… ¿Quieres que pida algo caliente? ¿Té? ¿Café?

—Chocolate…

—Claro… —Ella le sonrió con la angustia transmutándose en sus iris verdes—. Ya llamaré por chocolate. 

Aun cuando deseó con desesperación saber qué había ocurrido, se guardó sus preguntas. Lo vio pasar a la habitación, le entregó la bata de baño y le convidó a desvestirse en el tocador. Mientras su hijo estaba allí quitándose toda la ropa húmeda, ella llamó a la recepción por más toallas limpias, chocolate caliente y un sándwich de pollo. Aprovechó para solicitar que le ayudaran secando la ropa de su hijo para que pudiera usarla, mientras sus dedos ansiosos por abrazar se resignaron a darle vueltas al cable enroscado del teléfono. La recepcionista le informó que el servicio de lavandería tendría que esperar hasta el amanecer, pero le tendrían la ropa lista para antes de las ocho de la mañana. Ella decidió aceptar eso y esperar hasta que su hijo saliera, cosa que ocurrió unos minutos después.

Yuri apareció en la puerta del baño con la mirada enrojecida y el rostro cabizbajo. Ante la visión, los ojos de Larissa temblaron. Todo lo que se le ocurrió hacer en ese momento fue tomar la ropa húmeda para colocarla en un lugar del baño extendida y volver con una toalla para secar la cabeza de su hijo. Temía hacer preguntas, no sabía si eso solo lo presionaría. Actuó como su instinto le decía, en total silencio.

Él se había sentado al borde de la cama y ella se animó a acercarse para secarle el exceso de agua de su cabello dorado. Lo hizo suavemente y saboreó con cuidado del hecho de tenerlo así, pero le fue imposible dejar la perturbación al no entender por qué la habría buscado de esa manera. Por qué se vino en medio de esa lluvia, por qué no regresó a la habitación del hotel que compartía con Nikiforov. ¿Qué había pasado para que su hijo estuviera así?

—Cariño… —soltó suave mientras apretaba con cuidado y esmero los cabellos rubios bajo el paño—. ¿Nikiforov sabe que estás aquí? —Yuri solo renegó—. ¿Te peleaste con él, amor? —volvió a preguntar y Yuri solo negó con un movimiento de su cabeza—. Voy a avisarle que estás aquí entonces, para que no se preocupe. ¿Está bien eso?

Solo asintió en respuesta. Larissa, sobrecogida, decidió no alejarse demasiado y apenas tuvo el teléfono en su mano, se ubicó en el mismo lugar donde estaba su hijo para ir escribiendo mientras acariciaba la cabeza de su hijo con su mano libre, sobre el paño. El mensaje fue muy corto, un simple: “Yura se quedará a dormir conmigo”, sería suficiente para que Víctor no se preocupara. Mientras lo escribía, sintió el brazo de su hijo rodeándola por la cintura. Una corriente caliente la embargó cuando el abrazo de Yuri se hizo real, al punto de cerrarle la garganta. Era un abrazo que él mismo había buscado y que ella se había visto imposibilitada de sentir desde hacía demasiados años. Sus ojos se volvieron agua en cuestión de segundos, la felicidad junto a la consternación le apretó los pulmones, haciéndole difícil el jalar aire. El celular cayó al colchón mientras sus manos se quedaron inmóviles.

Pero entonces, como si hubiera sido arrollada hasta partirla en miles de pedazos de vidrios, Yuri comenzó a sollozar, a temblar contra su menudo cuerpo, a apretarla mientras lloraba. Larissa vivió ese llanto como si la rasgaran por dentro con uñas de hielo. Su rostro dibujó la desesperación mientras acariciaba el cabello de su hijo y se mordía las ganas de preguntar qué le hicieron, por qué estaba así, quién había sido capaz de lastimarlo para ir ella misma a defenderlo. La federación, la prensa, el mundo, no le importaba, se enfrentaría a todos ellos por protegerle. Sus ojos se llenaron pronto de lágrimas porque fue inevitable no llorar con él, contagiada de su propia angustia, mientras apretaba a su propio espíritu que quería ya las respuestas para actuar.

¿Así había sentido su padre esa noche que ella regresó en medio de aquella lluvia fría de septiembre, después de que el hombre que amaba la había abandonado a su suerte con el embarazo? ¿Esa misma impotencia? ¿Esas mismas ganas que ella tenía de cubrir a su hijo para protegerlo de todos, de esconderlo en sus brazos para que nadie la tocara? ¿Esa rabia? ¿Esa angustia?

¿Qué hacer cuando su hijo solo lloraba sin más? ¿Qué hacer? Solo movió sus dedos temblorosos sobre ese cabello húmedo, acarició como quien busca consolar a un bebé mientras se mantuvo de pie, obligándose a sostenerlo a pesar de que sus rodillas temblaban desfallecidas. Dejó que él la apretara fuerte y ella se limitó a quedarse allí, comprensiva, pasando sus manos por la cabeza de Yuri y mirando ese cabello rubio con ganas de cubrirlo más.

—Está bien amor, llora… —susurró, fue lo único que pudo decir—. Llora, mamá está aquí. Ya está aquí, amor… no me voy a ir.

Eso hizo, lloró. Yuri mojó su pijama con las lágrimas y la humedad de su cabello; ante ello, Larissa podía sentir su vientre frío, pero por dentro ardía. Entonces tocaron la puerta y ambos se sintieron sobresaltados, atrapados en ese momento íntimo que no pudieron discernir por cuando tiempo se había dilatado. Ante la insistencia del toque, Yuri la soltó sin mirarla a los ojos y ella se llevó las manos temblorosas hasta su rostro, para secarlo y obligarse a respirar.

—Un momento —su voz fluctuó, los ojos le ardían. Yuri respiró con malestar mientras agachaba la mirada.

Ella recibió la bandeja con el chocolate, la cena y unos paños más. Después de despedirlo, volteó y se encontró con la mirada de su hijo, callada y avergonzada. La piel de Yuri lucía roja, sobre todo sobre la nariz y sus mejillas. Le estaba costando respirar.

—Mientras te cambiabas, pedí el chocolate y un sándwich —ella explicó, inquieta—. Pensé… que tendrías hambre. —Se acercó sigilosa y puso la bandeja sobre la cama—. Come algo, cariño…

—Estás llorando —dijo Yuri. Ella, sintiéndose al descubierto, pasó sus dedos temblorosos sobre su rostro para secar el exceso de lágrimas que aún quedaba.

—Yo… me duele mucho verte así. —Se atrevió a acariciar el pómulo mojado de su hijo con cuidado casi sagrado. Los ojos verdes de Yuri temblaron, antes de que los cerrara para intentar respirar—. No sé qué pasó, no sé si quieras hablarlo ahora o si quieres confiar en mí. No voy a obligarte… Solo, solo quiero que sepas que estoy aquí para ti, porque no voy a dejarte solo, amor. Lo que sea que pase, no estás solo…

—¿Aunque no quiera hablar hoy?

—Aunque no quieras hablar el resto del viaje… —le aseguró—. Come, ¿sí? Se enfriarán… Yo voy a secar algo de tu ropa… —Se levantó ansiosa, para tratar de aligerar el ambiente—. ¿Crees que llamé para pedir que me lo secaran ahora y me dijeron que la lavandería solo estaría para mañana? ¡Yo pensé que te lavaban a toda hora!

—No siempre es así…

—Pero no importa, hay un secador de cabello en el baño. Lo usaré para secarte la camiseta y tus calzoncillos —dijo ella, muy segura al levantarse de la cama. Yuri la miró intrigado—. No te imaginas las veces que me ha salvado un secador para accidentes así. Hubo una vez que me manché con café la camisa blanca justo antes de una entrevista. Corrí a los baños de la oficina para lavarlo y limpiarlo al momento antes de que se secara. ¡Eso sí es digno de una película de Misión Imposible!

Empezó a hablarle cosas desde el baño, a pesar de que Yuri no dijo nada. Quería distraerlo de lo que fuera que le angustiaba, para alguna manera aliviar el dolor. Lavó con los jabones que habían ofrecido el hotel a las dos prendas y drenar todas esas ganas que tenía de abrazarlo para restregar de más las prendas y dejarlas secándose colgadas. Encendió luego el secador para los calzoncillos grises de su hijo y luego lo aplicó sobre la camiseta negra.

En un momento, vio a Yuri asomarse a la puerta y quedarse así, mirándola de pie en el marco con los ojos como si buscaran redescubrirla. Ella se giró para mostrarle cómo iba avanzando la secada de su ropa y luego empezó a comentar otras cosas, hasta que la ropa estuvo lista. Le permitió espacio para secarse y se ocupó a arreglar la cama para prepararse para dormir. Yuri salió cubriendo sus piernas con el paño y vistiendo la camiseta negra puesta. Ella le sonrió aliviada.

—¿Quedó bien seca?

—Sí. —Yuri se acercó visiblemente incómodo y ella no quiso invadir su espacio. Caminó hasta el otro lado de la cama para permitirle la suficiente distancia, esperando en silencio que su hijo aceptara dormir en la cama y no tomar el mueble.

Para su sorpresa, así lo hizo. Sacó la toalla a un lado y se metió bajo las colchas para buscar calor. Ella, sobrecogida, pestañeó repetidamente hasta que decidió que era hora de hacer lo mismo. Tomó su lugar en la cama, el mismo que había ocupado antes de la llamada y se acomodó dentro de las sábanas. Se sentía extraño, casi amorfo, pero había sido algo que había esperado por tanto tiempo. Ya había perdido la esperanza de tener la oportunidad de compartir un momento así con su hijo.

La bandeja con la servilleta usada y la taza de chocolate vacía estaba sobre la pequeña mesa de la cómoda. Las luces fueron apagadas, excepto la que estaba de su lado de la cama. Larissa miró a su hijo haberle dado la espalda en el otro lado y suspiró, sintiéndose exhausta. Apagó la lamparilla y se acomodó en silencio, con la mirada hacia el techo y las manos apretadas, para no incomodar a su hijo con ningún acercamiento indeseado. Por varios minutos solo hubo silencio y dos respiraciones afectadas aún por el llanto.

—Larissa… —Ella le escuchó. Yuri seguía dándole la espalda—. ¿Qué estabas haciendo antes de llamarte?

—Yo… me había quedado dormida.

—¿Comiste?

—La verdad no, no tengo hambre… ¿Tú habías comido?

—No… pero el sándwich estaba bueno.

—Qué bueno… no lo había probado. —Yuri hizo silencio y Larissa aprovechó un momento para extender su mano y peinar los mechones rubios que caían por su espalda—. ¿Tienes frío? —Asintió—. Puedes venir a abrazarme si quieres… también tengo un poco de frío.

Larissa esperaba una negativa. Sabía que estaba presionando mucho y quizás la respuesta que obtendría de Yuri es un: “no me molestes”, motivo suficiente para que ella no insistiera e intentara dormir. Pero Yuri, contra todo pronóstico, se giró para mirarla. Sus ojos se veían hinchados y cansados, parecía estar demasiado agobiado para descansar. Ella contuvo el aire mientras observaba el rostro de su hijo y apenas sintió los primeros movimientos de acercamiento, se mostró sinceramente emocionada. Con un nudo en la garganta amenazando con quebrarla de nuevo, ella abrió sus brazos para que su hijo se acurrucara contra su pecho. Sintió todo el amor del mundo condensado en los pálpitos de su corazón cuando Yuri pegó su rostro contra su seno y ella pudo abrazarlo. Apretó a su pequeño contra su cuerpo y se sintió completa por primera vez en años. Como si una pieza que faltaba por fin había completado su click en su vida.

Allí lo acogió, en el silencio. Acarició los cabellos y su oreja tibia mientras lo arrullaba, sintió mojarse de nuevo su pijama conforme le consolaba. Allí lo tuvo por largo rato y le susurró que todo estaría bien, que su mamá estaba a su lado. Aunque Yuri no dijo nada, ella no lo sintió necesario porque estaba dispuesta no solo a estar en la noche, sino estar en el día. Deseaba acompañarlo para enfrentarse al estadio, apoyarlo aún si ganaba o perdía; aunque, en su corazón, ella estaba segura de que su hijo iba a ganar.

Víctor miró el teléfono con el mensaje de Larissa mientras veía la habitación solitaria. Yuri había dejado su cama desordenada, así que se ocupó a dejarla en medio orden mientras pensaba en qué clase de decisión pudo haber tomado Yuri para haberse ido al hotel de su madre con esa lluvia. Sea cual fuera, no había manera de dar un cambio a los acontecimientos.

Víctor se sentía mucho más inseguro de lo que encontraría en Yuri al día siguiente. A casi las once de la noche, el recién mensaje de Larissa le indicaba que podía encontrarse con muchas cosas cambiadas. Cómo iba a afectar eso a su desempeño le era difícil adivinarlo y a esas alturas se sentía con las manos atadas.

Agotado mentalmente, Víctor decidió desvestirse por completo para meterse en la cama y descansar. Apagó las luces y revisó por una última vez su teléfono para asegurarse de que no tenía mensajes pendientes por leer o escuchar. Se distrajo por un momento hasta que vio a Yuuri en línea. La necesidad de activar una llamada o escribirle un mensaje le apretó el estómago, pero él se contuvo inseguro de si sería lo correcto. A los mensajes que Yuuri le envió para preguntar cómo se encontraban ambos, él contestó para asegurarle que estaban bien y que revisarían su estrategia. Yuuri no lucía inseguro de su victoria, eso le reconfortaba, pero para Víctor el panorama estaba cambiando demasiado rápido ante sus ojos y ya no podía sentirse tranquilo.

Llamar o no a Yuuri se convirtió en una disyuntiva que le aceleró el pulso y lo hizo sentir necesitado. No podía negar que le gustaría tenerlo cerca para hablar de todo aquello que le preocupaba, aunque él estaba seguro de algo: Yuuri seguro no necesitaría escucharlo. De hecho, con abrazarlo sería suficiente…

Para su sorpresa, fue Yuuri quien activó la llamada. Víctor saltó sobre su cama y no tardó en contestarla, con un nudo en su garganta. Apresurado acomodó las almohadas en cabeza mientras escuchaba la voz de Yuuri filtrándose a su oído. Que bien se escuchaba en esa noche.

—Víctor… llamé porque te vi conectado.

—Ya estaba por dormir… ¿Qué haces despierto tan temprano? —miró su reloj a un lado de la mesa—. Allá deben ser las siete…

—Tengo que ir a Fukuoka, debo hacer varias cosas, entre ellas ir a mi especialista.

—Hirogu ¿no?, Minako me lo presentó en Rostelecom. Se ve un hombre muy amigable.

—Sí, lo es. Me da vergüenza que haya tenido que ir corriendo a Rusia. —Víctor pensó lo mismo, aunque su vergüenza era como ruso al haber provocado que un terapeuta japonés hubiera tenido que correr a atender a un deportista por culpa del odio y la prensa—. ¿Ya tienen lista la estrategia?

—Oh… claro. —Se mordió el labio al mirar la cama de Yuri vacía—. La verdad… no tengo nada planeado.

—¿Por qué?

—Yuuri… no sé si Yuri pueda patinar bien mañana. —Un suspiro escapó de sus labios—. Hay muchas cosas… a nivel emocional que lo afectaron mucho hoy —suspiró apesadumbrado—. ¿Y sabes qué? No sé qué tan sano sea para él presionarlo ahora.

—Yuri es un hombre que se enfrenta a las más duras adversidades y su prioridad siempre ha sido el hielo.

—Lo sé…

—No pierdas de vista eso, Víctor. Él en ese sentido se parece mucho a ti, ha sacrificado mucho para llegar a donde está y lo ha hecho en gran medida solo. —Víctor hizo un mohín inconforme.

—Yuuri… lo dices porque no lo viste llorar como lo vi hoy.

—¿Lo hiciste llorar?

—¿Eh, yo? —replicó confundido—. ¿Por qué yo?

—¿Le dijiste algo como dejar de entrenarlo y tomar la responsabilidad? —escuchó en tono de reclamo y Víctor abrió la boca de asombro antes de soltar una carcajada incrédula.

—¿Es en serio? ¿Aún recuerdas eso?

­—¡Está en la lista de cosas que no tengo que hacer con Minami! —Víctor volvió a reír en la cama, sin poder creerlo.

—¡Con un Yuuri me basta para saber que es una mala idea!

Rio, no pensó que iba a hacerlo esa noche. Repentinamente, toda la zozobra que sentía se disipó porque cuando Yuuri comenzó a reír con él despertó la calidez pérdida, para arroparlo en un agradable abrazo lejano. Yuuri seguía siendo capaz de crear en Víctor los sentimientos y emociones más dispares, de alegrar la noche más fría y gris. Yuuri, el hombre capaz de sorprenderlo en todas las formas posibles.

La nostalgia le embargó al callar y escucharlo callar al otro lado de la línea, como si ambos fueran conscientes de que estaban allí. Atrayendo las memorias de los buenos tiempos, extrañando vivirlos de nuevo. Víctor apretó a la altura de su pecho, le hubiera gustado encontrar la cabeza de Yuuri allí, dormido en su regazo, mientras acariciaba su cabello negro después de ceder al deseo para dormir confiando su mayor vulnerabilidad al brazo del otro. Pero, de alguna forma, se sintió que estar conectado de esa manera era suficiente.

—Sé que lo harás bien, Víctor… —La voz de Yuuri sonó apagada. Víctor pensó que seguro era de vergüenza—. Eres el mejor del mundo, no solo como patinador…

—Bueno, aún no he logrado ser el mejor entrenador y, honestamente, me siento bastante inexperto aún.

—Celestino Cialdini es conocido entre los mejores entrenadores, pero solo logré confiar en mí mismo cuando estuve contigo. Estoy seguro de que puedes devolverle esa confianza a Yuri; puedes hacerle confiar en él y en su capacidad, porque lo hiciste conmigo.

—Gracias por esa confianza, Yuuri…

—No tienes que agradecer… —Víctor suspiró más calmado—. Es… es solo mi experiencia.

—Que a pesar de todos los errores que cometí y sigo cometiendo, aún confíes de esa forma en mí, significa mucho, Yuuri. No te haces una idea de cuanto —confesó—. Tengo que dormir… espero que te vaya muy bien con Hirogu.

—Sí… descansa Víctor. Muchos éxitos mañana.

Fue inevitable que él durmiera con la sensación de estar acompañado, de sentir los brazos de Yuuri abrazándolo y el calor de sus piernas buscando lugar entre sus muslos porque sus pies se ponían fríos y le gustaba el calor de los propios. Soñó con eso, estuvo seguro de ello, porque cuando despertó se sintió con las ganas de volver a dormir y recuperar ese instante de perfección. De volver a abrazar al fantasma de la ausencia, pensando en si tendría la oportunidad de recuperarlo ahora que lo sabía aún vivo, aunque estaban lejos. Pero no era el momento de pensarlo y nada podría hacer en ese momento para cambiar la situación con Yuuri. En cambio, había una responsabilidad más apremiante que debía cumplir y él no pensaba rendirse al respecto.

Daría lo mejor de sí como entrenador y no duraría por muy difícil que pareciera todo. Se preparó con ese pensamiento dispuesto a enfrentarse al mundo al lado de Yuri en las prácticas de esa mañana, conforme pensaba en alguna manera de sacar provecho a toda la situación para que Yuri pudiera dar lo mejor de él. Le escribió para hacerle saber que lo esperaba en la pista y se arregló con esmero, porque tenía que mostrarse seguro y tranquilo para transmitirle esa misma confianza. Ese día Yuri tenía que clasificar y Víctor tenía que asegurarse de ello.

Pero Yuri no fue y se quedó mirando los entrenamientos del resto de los participantes en la pista.

Decepcionado y sentado solo, observó el patinaje de Giovanni que estaba dispuesto a hacer un Lutz cuádruple en su programa libre y la presentación de Otabek que parecía enfocado en las palabras de su entrenadora, sin levantar la mirada ni buscar a nadie más. Seung-Gil patinaba también, mientras era observado por el resto de los competidores coreanos que admiraban su paso. Como si hubieran legado en él toda la responsabilidad del Trofeo.

—¿Dónde está tu alumno? —Se acercó Chris cargando a su hija. Víctor sonrió al ver a la pequeña y de inmediato le extendió los brazos para cargarla en su regazo.

—Le dije que podía descansar hoy.

—Vamos Víctor, si le hubieras dicho eso, estarías descansando también.

—Vine a ver a Victoria. ¡Hola, Victoria! —Chris rodó los ojos mientras la niña le sonreía—. ¿Qué estuviste haciendo ayer? —La niña respondió con ese hablar dulce y penoso—. Oh, ¿con Giovanni? ¿Te trata bien?

—Como tiene un montón de sobrinos, Giovanni es bueno con los niños. —Víctor asintió a las palabras de Chris—. ¿Están preparados para esta tarde?

—Lo estamos. Vamos a dar todo lo que tenemos para clasificar, no tenemos otra opción, Chris.

—Lo puedo creer de ti, no de Yuri —dijo con la mirada endurecida. Víctor suspiró—. Si él estuviera dispuesto a dejarlo todo, estaría aquí, practicando.

—Yo me quedaba a dormir en vez de practicar.

—Pero eras Víctor malditodiosperfecto Nikiforov. No había quien te parara. Yuri no puede decir lo mismo.

Víctor no quiso discutir, prefirió jugar con Victoria por un rato, mientras los chicos practicaban en la hora de entrenamiento pautada. A pesar de la ligera decepción, no quería perder la agradable sensación que le dejó el haber hablado con Yuuri y se estaba obligando a confiar en su alumno y que, si no estaba allí, era porque sintió que necesitaba estar en otro lugar. Yuri no era un hombre de rendirse cobardemente.

Entre tanto, todos estaban concentrados en sus presentaciones y dispuestos a presentar lo mejor para el programa libre que definiría los puntajes para clasificar. Víctor miraba lo que sucedía con bastante atención, sin dejar de jugar con Victoria sobre su pierna izquierda y escuchar de esa vocecita dulce las cosas maravillosas que ha visto en los paseos con sus padres. Pero no pudo evitar notar a Chris demasiado serio, podría decir que incluso estaba mal humorado. No quiso preguntar por qué.

Volvió su mirada a la pista y la enfocó en Seung-Gil mientras patinaba. Como Phichit no se encontraba en la pista, estaba más concentrado en los entrenamientos y solo regresaba a la barrera para tomar agua y escuchar instrucciones. Definitivamente era el más peligroso, casi podría decir que tenía el oro asegurado después de haberlo visto en ambas competiciones. Víctor lo observó con franca curiosidad, pues jamás pensó que lo vería capaz de romper un récord.

—¿Cuántos kilos tenía Yuuri de más cuando lo encontraste en Hasetsu? —La repentina pregunta lo sacó de eje.

—¿Yuuri?

—Cuando fuiste a buscarlo para convertirte en su entrenador.

—¿Para qué quieres saber? —Chris solo encogió sus hombros—. Mmm… no sé, creo que unos siete u ocho kilos. Estaban acumulados en su cintura y cadera…

—Ya veo…

—¿Por qué? —Chris renegó, pero Víctor estaba muy curioso—. ¿Por qué repentinamente me preguntas por Yuuri?

—Solo tenía curiosidad de cuánto podría engordar. ¿No te parece sorprendente que Yuuri se haya ido y haya regresado con el cuerpo de un Adonis?

—No, realmente… Sé lo rápido que puede bajar de peso. —Chris lo miró de reojo mientras Víctor jugaba con la niña y le hablaba—. De hecho, hace unos meses me puse a buscar en los perfiles de su maestra Minako y su hermana Mari. Encontré una foto de Yuuri con Minako, se veía enorme… como si tuviera más de veinte kilos encima. —Repentinamente, Víctor se detuvo—. Estaba con un panfleto de un grupo regional de fútbol, Saga, recuerdo haber acompañado a su padre a festejarlo. Seguro eso estaba haciendo. Eso pasó más de un año atrás…

«No lo sientes porque no lo sabes, porque conozco a mi hermano lo suficiente como para saber que no te dijo el modo en que lo dejaste, lo destruido que estaba cuando llegó a casa. No sabes el dolor de mamá… ¡No sabes la desesperación de todos al no entender lo que pasaba! ¡No sabes el miedo que sentí cuando descubrí que tomaba pastillas a escondidas de nosotros! ¡No sabes el terror que teníamos de que en cualquier momento se nos iba a morir! ¡No lo sabes, Nikiforov!»

Víctor pudo escuchar claramente los reclamos de Mari en esas escaleras, al rojo vivo, hechos para matar. Yuuri no le había comentado nada al respecto cuando hablaron juntos en esa oficina y caminaron hacia el puente de los besos, pero los gritos de Mari fueron muy claros y ahora podía comprenderlos mejor. ¿Qué más necesitaba ver para seguir comprendiendo las consecuencias de todas sus decisiones? Esa imagen de un Yuuri tan gordo y opaco lo golpeó tanto que tuvo miedo de buscarla de nuevo, de encontrarse aún más cosas por la que penar.

Soltó el aire extraviado y Victoria comenzó a moverse para caminar por allí. Chris le miró preocupado, pues fue evidente que su rostro palideció.

—¿Qué sucede?

—Que Yuuri engordó no por lo que creí en ese momento… la ansiedad lo puso así. —Víctor soltó a Victoria para permitirle caminar y luego se inclinó sobre sus piernas, repentinamente afectado.

—¿Qué creíste en ese momento?

—No sé, que estaba simplemente disfrutando de su retiro y comió todos los katsudon que su mamá le hizo… —presionó su frente—. Creo que me hubiera gustado eso. Que estuviera feliz lejos de mí, simplemente feliz.

Chris no pensaba decirle que lo había visto en una posición mucho peor de la que seguro Víctor era capaz de imaginar. Prefirió callarlo en ese momento, mientras una agria sensación se colaba por su esófago y lo amargaba. Chris no era capaz de decidir qué sentía exactamente ante eso, no podría definirlo. Pero debía admitirse que la imagen de esa fotografía seguía tan vigente como la de Víctor desmoronado en esa cama.

Repentinamente, el golpe de una fuerte caída llamó la atención a todos. Víctor y Chris se pusieron de pie preocupados por lo fuerte que había sonado y vieron a varios jóvenes que estaban más cerca de la barrera corriendo para ver qué había pasado. Ambos habían visto el cuerpo de alguien en el suelo mientras otros patinadores se acercaban a ayudarlo a levantarse. Víctor no pudo quedarse con la duda y empezó a bajar hasta que una punzada en su rodilla le obligó a controlarse. Aminoró el paso y Chris lo ayudó a apoyarse cuando estaba en los últimos escalones. Pudieron ver, ya cerca, a Otabek ayudando a levantar a Seung-Gil, quien se había caído cuando ejecutaba uno de los saltos. Estaba cojeando y sangre estaba brotando de su ceja.

Víctor sintió una indescriptible sensación gélida en su estómago. Los dedos se sintieron fríos y el pavor se atenazó a su espalda como garras de hierro. Seung-Gil se veía aún aturdido por la caída y los médicos ya se acercaban a la salida para atenderlo. Su entrenadora se mostraba preocupada, mientras le entregaba los protectores de las cuchillas para que le permitieran salir.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Christophe a Giovanni, quien se acercaba al lugar. Masumi también caminó hacia ellos con Victoria en sus manos.

—No logró suficiente altura en su Axel Triple y cayó de cadera al hielo, se golpeó fuertemente la cabeza. —Masumi explicó, tratando de mantener a Victoria quieta en su brazo—. Fue una caída muy fuerte.

Sí, fue evidente al verlo caminar cojeando de su pierna izquierda mientras se apoyaba en los médicos. Lo sacaron pronto de la pista, seguramente para revisar si había tenido un daño mayor. Víctor solo pudo pensar en que esperaba que no fuera así, lo deseaba. Pero él sabía, por experiencia, que hasta el mejor podía caer en el hielo.

El hielo nunca ha sido benevolente.

Yuuri revisó su teléfono una vez más al llegar a la estación de Fukuoka tras haber bajado del tren. El viaje de poco más de hora y media fue suficiente excusa para pensar en lo que estaba a punto de hacer en la ciudad.

La preocupación de cómo podría sentirse Yuri y Víctor tras lo ocurrido en competencia, junto a ese tema pendiente, bastaron para robarle la tranquilidad al dormir. Yuuri intentó descansar un poco más cuando amaneció, pero fue en vano: pensamientos horrorosos y pesadillas volvieron a atraparlo hasta que se hizo las diez de la mañana. Le había mentido a Víctor al decir que estaba de pie desde temprano por tener que hacer una diligencia, en Fukuoka necesitaba solo estar al final de la tarde para verse con Hirogu. Pero consideró mejor decirle que se trataba de eso antes que confesarle que eran pesadillas por la ansiedad. No quería preocuparlo…

En todo caso, Yuuri estaba consciente de que la situación debía enfrentarla por sí mismo, pues se trataba de Takao, a quien había ignorado durante casi dos semanas. Cuando decidió retomar comunicación, los mensajes de Takao fueron cortantes y respondido con mucho tiempo de diferencia. Solo una bienvenida a Japón, algunos sí y no, y cero respuestas a su invitación a salir. Él intuía la razón de su desplante y, en parte, eso le facilitaría las cosas, aunque se sintiera egoísta al pensarlo así.

Yuuri sabía que podría simplemente no hablar más y dejar las cosas así, pero eso era huir. Tenía que hacer el esfuerzo de hablar, de aclarar las cosas con Takao y disculparse. Phichit había tenido razón al decirle que estaba jugando con fuego y el verdaderamente en peligro jamás fue él mismo. Él estaba jugando en la distancia prudente, Takao estaba entregando más…

Gracias al otoño, el viento en Fukuoka corría frío y las personas caminaban abrigadas por la calle. Según el acuerdo al que Yuuri había llegado con Hirogu, la cita sería para las cuatro de la tarde. En ese momento que tomó el taxi eran las dos. Y sus movimientos lo estaban llevando al lugar donde tendría que hablar con Takao. Cuando la academia de Ballet estuvo frente a él, pagó el taxi y bajó agobiado por un peso en su estómago. Soltó el aire con pesadez, si recordaba bien las conversaciones pasadas, a esa hora debía estar allí en sus prácticas porque, según revisó, la gira empezaría el miércoles siguiente. Si se demoraba más, perdería toda oportunidad de hablar hasta finales de diciembre, algo que Yuuri no pensaba permitirse tampoco. Lo mejor era hablarlo ese día, así que estaba dispuesto a llamarlo si no lograba encontrarlo allí. Hablar era innegociable.

—Buenas tardes, ¿podría…?

—Oh, ¿Katsuki Yuuri? —preguntó el encargado con emoción. Yuuri le miró sobrecogido y asintió con bastante tensión—… ¡Oh, qué maravilla! ¡Katsuki Yuuri! —Abrió la puerta de par en par y le extendió la mano. Yuuri se vio obligado a responder sin dejar de sentir esa pesadez incrementando. Lo menos que quería era ser reconocido en ese momento—. ¡Estoy tan feliz! ¡He sido su fan, desde hace mucho!

—Oh… gracias.

—Puedo… puedo tomarle una fotografía, ¿por favor? ¡Sería un gran honor para mí!

—Sí, no hay problema… yo solo venía a…

—¡No se preocupe! —El hombre con el cabello de lentes redondos y un pequeño bigote, se posicionó a su lado para enfocar la selfie. Yuuri sonrió ligeramente para ella y luego se alejó un poco inquieto—. ¡Oh, es perfecta! ¡A mi esposa e hija le encantará! —se apresuró a regresar a su escritorio y sacó el libro de firma de visitas, además de una pequeña hoja que encontró entre las gavetas—. ¿Puede firmar aquí? Y… ¿Sería mucho pedir un autógrafo para mi hija y mi esposa? —el hombre se inclinó mientras le extendía la hoja—. ¡Será un honor para mí!

Suspiró resignado y accedió a la petición de aquella persona. Anotó los nombres con un saludo cordial y luego anotó su nombre en la lista de visitantes, ante los ojos iluminados del vigilante. No tardó en darle el acceso tras eso.

Al entrar a la academia, Yuuri recorrió los solitarios pasillos hasta que escuchó la música de Pyotr Ilyich Tchaikovsky de fondo, parte de la obra de Alicia en el país de las maravillas. Yuuri se asomó sigilosamente en la puerta y pudo ver a través de los vidrios a Takao sentado con sus compañeros mientras veían a los demás bailar. Parecía distraído entre comentarios y risas, ajeno a su presencia.

Yuuri se alejó de la puerta y tomó suficiente aire. Por un momento, quiso pensar en el paso que estaba por dar y para ello, tenía que ir al inicio, a ese justo momento en que él abrió la página con las manos temblorosas tras haberla cerrado casi una docena de ocasiones, para buscar entre los rostros a alguien, quien fuera, para salir de aquella espiral donde estaba cayendo cuando pensaba y recordaba a Víctor. No lo hizo con la esperanza de enamorarse de nuevo, no buscó compañía, en realidad. Solo necesitaba demostrarse que podría estar íntimamente con alguien que no fuera Víctor; encontrarse completo, aunque fuera en solo ese espacio, para que se convirtiera en una pequeña victoria que fuera suficiente para él tomar el valor de buscar reconquistarte así mismo.

Takao le gustó desde que vio la fotografía. Tenía un brillo en sus ojos juguetones que le dio la sensación de querer explorar. Era bajo, no visiblemente tan corpulento como otros, pero su cuerpo también era agradable a la vista. Lo que decía al describirlo era interesante, el nombre de ese personaje de una de sus series favoritas también colaboró. Sintió un feeling a la distancia y le dio la seguridad de que podría intentarlo.

Pero Yuuri cometió un garrafal error, porque el abrirse a alguien físicamente no significó que había logrado intimar con esa otra persona. No quitó la influencia de Víctor en su vida, no enterró caricias, ni deseos ni sueños frustrados.

En todo caso, lo intentó. El haberlo buscado de nuevo se convirtió en, justamente, una suplantación a esas pastillas que él se estaba negando a tomar. Esos minutos en donde se perdió en el algodonoso universo del orgasmo, se convirtieron en una dulce y esperada tortura, porque siempre, mientras flotaba, escuchaba la voz de Víctor de algún recuerdo lejano. Al inició creyó que pronto serían tapado por otras voces, pronto se convenció que más bien se volvería loco. Que tonto fue pensar que podría eliminar la influencia de Víctor en su vida de una forma tan carnal, cuando Víctor para encontrarlo tuvo que abrirlo de mil maneras: mental, emocional, sentimental y físicamente. Sin dejar una sola descuidada. Darse cuenta de lo lejos que estaba de sentirse querido de nuevo, solo hizo la ausencia y el desamor de Víctor más aplastante.

¿Takao le gustaba? Sí.

¿Era eso suficiente? No.

No cuando Víctor seguía vigente. A pesar de aquella tormenta de hielo, azufre, nieve y cenizas que hubo en San Petersburgo semanas atrás, Víctor mantenía su llama encendida. Cuando se despidieron en el estadio ante de la exhibición, él quiso retenerlo. Quiso, por un segundo, quedarse allí. Quiso retenerlo, quiso… Esas gracias se sintieron como las flamas que cortan la madera y empiezan a brillar entre los escombros.

Pensarlo de ese modo solo confirmó el curso de sus acciones, así que tomó su teléfono y envió el mensaje con las manos temblorosas. La decisión fue tomada.

Yuuri quiso hacer caso omiso de su palpitar acelerado y del temblor que se estaba alojando en sus costillas, pero no pudo evitar el sentirse sudar. Por lo que pareció una eternidad, nada cambió. Imaginó miles de escenarios, cada uno más catastrófico que el otro, así que empezó a contar. Cerró sus ojos y su pie empezó a golpear contra el suelo de manera continua. La música no cambiaba y nada se movía, pero se quedó de pie esperando. Temió asomarse, temió que la gente dentro se diera cuenta de su presencia, apareciera algún otro fan y alargara lo inevitable. Miró el reloj y contó las líneas que separaban a las manecillas. Hasta que la puerta fue abierta y al girar estaba Takao asomándose en ella.

La sorpresa de Takao fue evidente, pero Yuuri no pudo más que replegarse contra la pared, nervioso. Desde allí lo vio apretar la mandíbula para luego avisar que ya volvería y cerrar la puerta tras él como si quisiera que nadie más se diera cuenta de su presencia allí. Por un segundo, solo se miraron, Takao sin pestañear, Yuuri con las manos sudando en sus bolsillos. Como quien se sabe culpable y se prepara para un juicio.

—Vamos a otro lugar —susurró Takao al apartar la mirada—. Si se dan cuenta que estás aquí arruinaras el ensayo.

—Lo siento.

Takao avanzó por el pasillo hasta el otro salón que estaba a solas. Yuuri entró con él al lugar, y miró alrededor del piso de madera, los espejos frente a ellos y las bases para las prácticas de las posiciones. El ambiente entre ellos se sentía enrarecido como una nube cargada de tormenta, pero con una dosis de sobrada resignación.

—Wow… —susurró Takao sin saber qué hacer con las manos. Las dejó caer indeciso y le dirigió una mirada interrogatorio hacia Yuuri—. Que… inesperado tenerte aquí.

—Te estuve escribiendo anoche… para comer algo.

—Oh sí, es que estaba ocupado. —Takao respondió con apatía—. Tú debes saber de eso ¿no? —El tono de la voz de Takao fue suficiente indicativo para hacerle saber el malestar. Yuuri boqueó, pero no encontró nada coherente que decir, solo sintió la presión de hacer algo—. La gente se ocupa y no tienen por qué responder de una vez los mensajes ni concertar citas, más si no van a ningún lado.

—Takao, yo…

—¿A qué viniste Yuuri? —preguntó impaciente—. ¿A decirme que volviste con tu ex después de una gran reconciliación? ¿Qué ya eres feliz y obviamente no necesitas que esto, lo que sea que haya sido, continúe?

—No he vuelto con él…

—¿Y eso qué significa para nosotros? ¿Significa algo?

—Nada. —Yuuri se apresuró a aclarar y esa sola palabra fue capaz de romper los ojos de Takao, quien solo apretó sus labios mientras se contenía—. No significa… nada.

—Entonces, ¿por qué…?

—Vine a decirte que no creo que sea justo para ti que nos sigamos viendo. —Soltó Yuuri de un solo golpe, casi disparado de su garganta hacia afuera, empujado por las propias ansias que estaban apretando a sus intestinos—. Agradezco mucho todo lo que has hecho… el tiempo, el haberte conocido. Aunque no lo creas fuiste una parte importante en mi recuperación, aunque todavía me falta camino para sentirme completamente bien. Pero… no puedo seguir ignorando lo que sientes… ni lo que siento. —Yuuri pudo observar el rojo que se precipitaba a la punta de esa nariz, mientras Takao apretaba la boca—. Lo siento… siento haber sido egoísta contigo…

La fuerte orquesta sonaba de fondo en el salón y ahogaba las respiraciones lastimadas. Yuuri se maldijo cuando vio la primera lágrima de Takao, pero se obligó a ver más, a observar todo como un recordatorio de lo terrible que puede ser el ignorar los sentimientos de los demás. Takao bajó la mirada, apretó el puente de su nariz y se obligó a respirar por un largo tiempo, todo el que Yuuri le otorgó porque lo sintió necesario.

—Eres… eres terriblemente injusto —susurró al fin, renegando antes de levantar la mirada roja—. Se supone que ya estaba preparado para esto. Me había dicho: “Takao, cuando te corte: ten tu dignidad, frente en alto y dile que se vaya muy lejos…”. —Una mano temblorosa fue a atrapar a la lágrima, para secarla. Yuuri tragó piedras.

—Lo lamen…

—¿Tienes una maldita idea de cuánto me preocupé? —Takao le interrumpió, casi como si fuera a escupir contra su cara. Yuuri se contuvo al verlo tan afectado—. Cuándo primero no respondías, pensé: “Oh Dios, ¿se siente muy mal? ¿Tuvo otra recaída?”. No podía con la angustia y fui al estadio a buscarte, solo para que me dijeran que te habías ido a Rusia a buscar a tu ex. —Yuuri bajó la mirada—. Intenté enojarme, créeme que lo intenté, enojarme y bloquearte y pensar que eres la persona más cruel que existe. Pero días después salió en todas las noticias que un maldito en Rusia te amenazó y estuviste en peligro, ¡y todo lo que quise fue conseguir un vuelo a Moscú!

—Takao…

—¡No, déjame decirlo!… —exigió Takao con la mandíbula temblando—. ¡Necesito que te des cuenta del terrible error que estás cometiendo al volver con él! —aseguró y Yuuri tomó suficiente aire, ahogado—. Busqué cada vuelo, cada uno y me desesperé pensando en dónde conseguir dinero. Hasta dije: “vas a prostituirte de nuevo y vas a conseguir ese pasaje”. Menos mal uno de mis compañeros me hizo bajarme de las nubes y me puso el polo a tierra. ¿Qué garantizaba que me querías allí si tenías una semana sin responder un solo mensaje? —preguntó con la sorna filtrándose temblorosa en su voz y Yuuri ya sentía sus ojos arder—. Y pasó… un abrazo recorriendo el mundo entero, tus fanáticos emocionados por el gran regreso… Que iluso fuiste, Takao…

—No era mi intención hacerte daño… —Yuuri no sabía qué más decir: lo siento no bastaba.

—Lo sé… eso es lo más duro de todo esto. Que tú fuiste claro sobre qué podrías darme, sobre qué esperabas, sobre no más allá… el problema, Yuuri, es que cualquier mínima posibilidad me llenaba de ganas de luchar, aunque fuera un imposible. ¿Pero qué iba a poder hacer un bailarín desconocido como yo frente a la gran leyenda del patinaje en el mundo?

—Hiciste mucho, me demostraste que sí había vida después de él. —Takao lo miró sobrecogido por un segundo—. Takao…

—¿Entonces por qué no me diste la oportunidad de crear algo nuevo contigo? —reclamó irritado.

—¡Porque hay dos opciones, Takao! —Yuuri levantó la voz y Takao apretó la garganta—. ¡Que salga muy bien o terriblemente mal! ¡Y en este momento no puedo asumir la responsabilidad de que salga mal y terminé lastimándote aún más!

—Lo amas aún…

—Sí. —Yuuri le confirmó con un suspiro—. Pensé que el viaje significaría acabar con todo, enterrarlo y volver a continuar, pero no…

—Entonces… aunque no han vuelto, ¿quieres volver? —dijo Takao con un tono de incredulidad. Yuuri solo asintió en respuesta—. Vaya… el imbécil no era tu ex, Yuuri. El imbécil eres tú.

—Ya lo sé…

La sonrisa derrotada de Yuuri fue suficiente para expresarle a Takao que no le importaba. Que no le dolía ni preocupaba ser el imbécil que pensaba en una posibilidad, que no se sentía así, no del todo. ¿Cómo podría ser tan imbécil? ¿Cómo podía arriesgarse de nuevo a ser destrozado? Takao solo supo una cosa: no quería estar allí para verlo. No querría estar allí para verlo caer, y no se iba a quedar esperando las nuevas cenizas. Fue él quien deseó salir de la vida de Yuuri definitivamente.

—Solo no me busques más. —Takao se pasó la mano por su cabello hasta despeinarse, decidido a acabar con ello—. No me busques más. Sé feliz, quiero que seas feliz, pero no me busques más.

—Yo solo quería agradec…

—Ahórratelo —suplicó—. No quiero tus gracias. Estoy enamorado de ti, Katsuki Yuuri. Qué vas a responder ante eso, ¿gracias? —inquirió—. No quiero conformarme a ser solo un conocido tuyo, un amiguito con el que vas a compartir un par de copas o un katsudon. No puedo. Ahora todo lo que quiero es volver a las prácticas y bailar. He esperado esta gira por mucho tiempo… no me la vas a arruinar.

Yuuri aguantó la respiración mientras miró a Takao salir de ese salón sin mirar a atrás. Aunque quiso decirle que le deseaba éxito, sintió que sus palabras no llegarían en el tono correcto al chico que se había detenido esa hora comprada a buscarlo frente al río, para ayudarlo en medio de un ataque de ansiedad. Takao merecía más que eso…

Caminó con el nudo en su estómago para salir del lugar. Se despidió del vigilante de la academia y siguió caminando hasta que encontró un parque cercano en donde pudo sentarse. Al sacar su móvil y buscar la ventana de Takao, esta ya estaba bloqueada. Fue allí donde sintió las ganas de llorar, cuando tuvo que quitarse los lentes para secar las dos lágrimas atrapadas. La sensación amarga no le abandonó por ese largo rato, mientras miraba a la gente moverse en la calle acompañada y él se sentía mal por el papel que le había tocado en la vida de Takao.

Ineludiblemente, cada quién podía ser el villano de una historia.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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