Matryoshka II (Cap 48)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 48. Trofeo de Francia: Tenemos que asumirlo

En la habitación de Otabek, la inquietud burbujeaba como aguas que estaban calentándose en fuego lento. Yuri apretó sus dedos cuando sintió el roce del brazo de Otabek al suyo, mientras intentaba prestar atención a la película en medio del ambiente enrarecido. Para Yuri no era un secreto que no podía estar cómodo por más que quisiera dejar de pensar en los sentimientos de Otabek, que no se estaba sintiendo como el viaje a Almaty, cuando durmieron juntos y juguetearon como hermanitos. Algo había cambiado y era imposible ignorarlo; por esa razón, el pensamiento de Yuri durante esa hora fue: ¿por qué no podemos ser lo de antes?

El silencio se había apoderado de la habitación. No había comentarios amenos mientras disfrutaban de la película ni risas cómplices al burlarse del libreto. Solo veían las explosiones espectaculares en las carreteras, los autos a toda velocidad sorteando de manera imposible a las ametralladoras y las cámaras que subían para mostrar cómo los autos derrapaban en la autopista llena de arena después de aquella tormenta en el medio oriente, escenario de la persecución Hollywoodense. A veces, Yuri le miraba de reojo y no encontraba más que silencio. Luego, cuando intentaba distraerse con los acontecimientos del filme, sentía la intensa mirada de Otabek sobre él, sin ninguna palabra.

Apretó la garganta y se hundió más en la cama con la esperanza de que la película le diera tiempo de pensar en cómo romper la barrera invisible. Necesitaba hablar como llegó a hacerlo con Yuuri semanas atrás, porque sentía que de esa manera Otabek podría llenarse de resignación tal como él y la amistad se recuperaría, pero empezó a sentir que era su desesperación de arreglar algo lo que estaba moviendo sus acciones a ese imposible. En ese justo instante, no hallaba cómo tocar el tema, no cuando era consciente de la incomodidad que sentía Otabek al tenerlo así.

Yuri necesitaba confrontar los sentimientos de Otabek, para eso había ido. No obstante, al identificar esa tensión amorfa que los rodeaba, todo lo que pudo sentir en respuesta fue un amargo dolor de estómago y miedo. Lo amaba como amigo, pero estar a su lado y saber que Otabek esperaba algo más le imposibilitaba sentirse cómodo. Tampoco podía culparlo cuando se podía reconocer a sí mismo cuando miraba a Yuuri en aquellos años con ganas de acercarse más y terminaba mordiendo a solas su frustración, cuando esperaba más contacto y acababa con agua entre sus manos porque Yuuri jamás dio señal de corresponderle; cuando se conformó con los abrazos y la esperanza de que encontrara en ellos lo que había dejado de sentir en los de Víctor, solo para toparse con la horrorosa realidad de que él jamás sería capaz de llenarlo. Él entendía todo eso y todo parecía arrojar una sola respuesta, pero no quería aplicar la distancia de Yuuri.

No sabía si estaba siendo egoísta al tratar de aferrarse a Otabek a pesar de sus sentimientos, o era el mismo egoísmo lo que le instaba a empujar la resolución a costa de lo que fuera. Lo único claro para él fue que había sido muy inocente al pretender que esos meses separados fueron suficiente. El tema de Requiem: Lacrimosa fue elocuente para él; le hubiera gustado ignorarlo un poco más. Si seguía con la venda, hubiera podido disfrutar de ese momento como antaño.

Para Otabek, la situación no era mejor pues Yuri lo estaba llenando de señales discordantes. La tensión que Yuri tenía junto a su decisión de acostarse en la cama y estar con él esa noche lo tenía a la expectativa. Sabía que algo había pasado con él en la competencia, pero Yuri solía desfogar su desasosiego con el sexo como salida y lo había visto incontablemente buscando una pareja sexual para simplemente dejar de pensar a través del orgasmo. La posibilidad de que lo hubiera buscado para ello a sabiendas de lo que sentía le había atenazado los intestinos con las costillas, porque si era así, Otabek estaba seguro de que no se iba a negar. El sexo podría cambiarlo todo, para bien o para mal. A esas alturas donde la incertidumbre parecía echar raíces en las paredes, eso sonaba mejor que nada.

Cerró sus ojos e intentó pensar en otras posibilidades, aunque se sintieran más remotas. Otabek sabía que, en una circunstancia normal, Yuri ya hubiera hablado o hubiera sugerido bajar al bar. Pero seguían allí y para Otabek la película se había convertido en una excusa para quedarse encerrados. Si no era esa su intención, ¿qué explicaría entonces que estuviera a su lado, removiéndose inquieto y lanzándole miradas de reojo? Él ya sabía lo que sentía, Yuri era lo suficiente inteligente para saber que eso significaba que estaba dispuesto a todo por él. ¿Buscaba alguna manera de planteárselo?

En su cabeza la posibilidad comenzó a marinarse cada vez más codiciosa. Sentir que podría ocupar el lugar de amante que otros hicieron y que, a su vez, podría ser él mismo el que lo consolara tras el orgasmo, significaba que su relación por fin podría lanzar el siguiente paso que los alejara de ese terreno pantanoso del amor no correspondido. Sería él quien le escuchara cuando comenzara a llorar y le acompañaría cuando necesitaba el silencio; podría ser él quien le quitara la capacidad de pensar con esmero y pasión como Yuri solía buscarlo en otros. Le haría el amor hasta que Yuri lo abrazara como hizo en Almaty y le susurrara al oído sus miedos. Él se encargaría de cobijarlo hasta que pudiera dormir y lo protegería hasta despertar. Lo vería sonreír con agradecimiento…

Por un momento, su imaginación fue muy vivida. Se perdió en la fantasía de que se quedaban en silencio en esa cama hasta que ambos se buscaran para mirarse. Allí, la atracción haría lo suyo y sus rostros se encontrarían en mitad de camino. Entonces imaginó el abrazo que se convertiría pronto en apretones, en sus manos empezando tras su cabeza, para luego bajar por la espalda y recorrer los muslos endurecidos de Yuri mientras su boca abrazaba la ajena en fuego húmedo. Su lengua se deslizaría por el cuello largo del patinador, por su vientre y los pocos vellos rubios que eran casi invisibles al menos que los viera de cerca. Entonces, la voz de Yuri le suplicaría y encendería todo como la mecha de la pólvora. Otabek apretó sus dedos contra su estómago mientras sus ojos habían dejado de ver todo rastro de la película, imaginando sus cuerpos sucumbiendo a la pasión en esa noche fría.

—¡Apaga esa mierda! —La expresión llena de hastío lo trajo de vuelta a la tierra con el efecto del látigo. Otabek se sobresaltó y volvió a la realidad con pestañeos rápidos mientras sentía el movimiento de la cama y su propia piel caliente. Sus ojos se enfocaron en el auto que corría en la pantalla, el galpón a lo lejos y el rock de fondo que no le transmitía nada.

Su mente había viajado tan veloz como aquel auto que se movía entre la arena. De regreso, se sintió desubicado en su propia habitación.

Aturdido, Otabek miró a su lado y Yuri estaba sentado con la espalda encorvada, las piernas abiertas, una mano sobre su frente y otra en su celular. Su actitud era pura frustración. Él se giró, buscó con impaciencia el control y notó en ese momento que, para su desgracia, las imágenes habían traído la reacción natural de su cuerpo respondiendo al estímulo. Mordió un “mierda” entre sus dientes antes de apagar con el control al televisor. 

Ese no era el momento de pensar en eso, Otabek se autoflageló durante ese tiempo que se sintió una eternidad. Movió su mirada desde sus pies y deseó que la presión que sentía en su sexo a modo de pequeños pálpitos desapareciera, para poder acercarse a Yuri sin temor. Pero nada cambiaba y pasó una mano atribulada sobre su cuello, apretó la nuca y luego destensó un poco su hombro al soltar el aire. No podía quedarse allí hecho piedra, tendría que hablar…

—¿Qué pasó? —quiso saber—. La película estaba aburrida, ¿no? —Yuri no respondió. Otabek giró un poco su cuerpo para verlo de reojo y volvió a su posición para buscar una almohada que cubriera sus piernas—. Yuri…

—¿Por qué las cosas no pueden ser como antes?

Otabek le escuchó en silencio. No obstante, el tono de voz apocado con el que Yuri lo interpeló delató la nostalgia impresa. Pero nada podía ser como antes, nada lo había sido desde que le reveló lo que sucedía a él y a Mila. Saboreó sus propios labios y soltó el aire, con la mirada hacia el vacío que había en la habitación mientras se daban la espalda.

—¿A qué te refieres? —prefirió preguntar. Yuri se sonrió con tristeza.

—A esto…. a esta mierda —dijo desalentado—. No se siente igual, Bek, no somos niños para jugar a que no está pasando nada.

—Yo no he hecho nada… —intentó justificarse.

—Yo tampoco hice nada hasta que tuve la oportunidad y Yuuri estuvo tan borracho que no recordaría esos besos. —Otabek calló, tensó—. Debiste ver su cara de horror cuando se lo confesé, debiste escuchar sus disculpas como si él hubiera sido el culpable de haberme aprovechado…

—¿Qué tiene que ver eso con esto? —inquirió apretado, con el malestar tomando forma en su garganta.

—¡Tiene que ver con todo!

—¿Piensas que quiero aprovecharme de ti?

—No. —Yuri respondió de inmediato y aquella aseveración fue peor que haberlo afirmado—. Eres mejor persona de lo que yo soy.

—¡No vengas con esa estupidez ahora! —Su voz imperativa estuvo cargada de reclamo hacia sí mismo al ver el estado de su propio cuerpo.

Otabek apretó su cuello y dejó caer luego su mano contra su muslo hasta golpearlo. Se formó un nudo en su garganta y su pecho se hinchó hasta dolerle el esternón. Una mezcla de confusión, rabia e indignación se acumuló en la boca de su estómago y le provocó acidez, al verse en esa situación, escuchar las palabras de Yuri y comprender que nada era lo que él había creído. Yuri quería todo como antes, pero nada era como antes, nada…. Él ya había confesado sus sentimientos y Yuri los sabía. ¿Cómo iban a ser las cosas como antes?

—¿A qué viniste? —preguntó Otabek, abrumado. Apretó sus manos al borde del colchón como si necesitara asirse de algo.

—¡No lo sé! —Yuri exclamó y metió sus dedos por el cabello aún húmedo hasta apretarse como si necesitara simplemente desaparecer—. ¡No sé, joder, no sé! —Yuri respiró como si arrastrara piedras hasta los pulmones—. No sé una mierda… ¡siento que me va a explotar la cabeza! Hoy todo cayó como si fuera una maldita avalancha y yo solo quería que las cosas entre nosotros fueran como antes. ¡Quiero a mi amigo Bek de vuelta…!

—Yuri…

—Y estaba pensando en cómo hablar para que tú… ¡maldita sea!

—¡Tengo una hora esperando que hables y no sueltas nada, Yuri! —soltó irritado.

—¿Y cómo voy a hablarlo ahora? ¿Crees que no me di cuenta de tu maldita erección? ­—reclamó a viva voz y empujó su brazo como si quisiera señalarla, pero sin ser capaz de mirarlo. Otabek se mantuvo rígido—. ¿Dónde demonios tienes la cabeza? ¡No! ¡Ya sé dónde la tienes ahora, maldita sea! —Yuri se apretó el rostro con rabia—. ¡Esto es una mierda!

Otabek se puso de pie y empujó la almohada contra el suelo al sentirse atrapado. Puso sus manos en jarra, le mantuvo la espalda, pero todo lo que quería era hundir su cabeza en agua helada. ¿Yuri en verdad pretendía llevar todo como antes? Eso era una burla: a lo que sentía, a la distancia que se forzaron, a sus propios sentimientos.

—¿Estás armando un escándalo por una erección? —La sorna se filtró en voz, oscurecida. Se giró para presentarse a Yuri tal como estaba para demostrarle que no era el único culpable de aquella pantomima—. ¡Mira ahora quién es el mojigato!

—Esto no tiene nada de gracioso, Otabek —replicó frustrado.

—Claro que lo tiene. ¿Qué esperabas que iba a pasar cuando viniste aquí a acostarte en mi cama? —reclamó—. ¿Qué te iba a abrazar y fingir que nada pasaba? ¿Sin sentir absolutamente nada?

—¿Entonces aceptaste recibirme pensando que íbamos a coger? —Yuri se giró para encararlo, con el rojo marcando su indignación.

—¡No lo sé! —ladró ofuscado—. ¡Pero admito que estaba dispuesto a hacerlo si eso querías!

Otabek soltó las palabras antes de pensarla y el movimiento de Yuri fue inmediato. Se levantó de la cama y se apresuró a la puerta con la intención de huir. Pero Otabek, aun consciente de lo que había provocado, no pensaba dejarlo ir así significara una ruptura porque lo que Yuri pretendía no tenía cabida, no en ese momento. Pero al acercarse a su espalda todo ocurrió con la velocidad de un relámpago: Otabek le tomó el brazo y Yuuri respondió violentamente empujándolo para procurar distancia, hasta que lo hizo tropezar con la cómoda en su espalda. Otabek miró sorprendido la manera en que Yuri cerró y contuvo el puño, en una muestra clara de que estaba dispuesto a golpearlo. Ese puño no dado lo sintió sobre sus clavículas.

Nada podía ser igual… ilusos ellos que creyeron que podían caminar por el patio minado sin salir lastimados. Que creyeron que podían continuar con la amistad sin que los sentimientos estuvieran claros. Que pensaron que con solo tiempo se resolvería las cosas colocando una tela encima sin que la herida fuera atendida. Ilusos ellos que creyeron que podían ser amigos así: Yuri esperando secretamente que los sentimientos de Otabek cambiasen y Otabek sintiendo que podrían cambiar los de Yuri a su favor. Uno pensando en amistad, el otro en la posibilidad de amor.

¿Cómo sostener a ágape cuando eros había aparecido para cambiarlo todo, como un duende lascivo soltando carcajadas contra sus orejas?

Yuri retrocedió hasta cerrar la puerta con su espalda; lucía pálido, asustado y abrumado con la situación, mientras sus manos temblaban y las mantenía a la altura de su pecho, como si procurara tenerlas cerca para actuar y apartar cualquier acercamiento. La sola idea de que Otabek pretendiera acercarse más le llenaba de una aversión que antes era incompatible con la confianza que le tenía. Y él ya sabía que no era culpa de Otabek, no solo de él, también había sido la suya por intentar ignorarlo.

Pero la imagen que Yuri le estaba transmitiendo ardió y ofendió en iguales proporciones a Otabek, quien se mantuvo de pie, mirándolo con incredulidad. Se mordió las ganas repentinas que tuvo de acorralarlo como parecía esperar Yuri para terminar de romper el ídolo del buen amigo, a pesar de lo que eso traería de consecuencia. Para demostrarle de una vez por todas que no podían ser como antes.

—No he venido a coger contigo, Otabek… —Yuri aclaró, lo sintió necesario. Otabek se burló de aquella con una sonrisa acartonada.

—No —dijo apretado, con la mirada encendida de rabia—, viniste a jugar conmigo a los hermanitos sabiendo lo que sentía. No puedo creer el nivel de egoísmo al que puedes llegar.

—¡Tú fuiste el que llegaste como si nada a tratarme como antes! —recriminó—. ¡Estaba confiado, ¿sabes? ¡Confiado de que el asunto estaba arreglado!

—¡Corté con Mila, Yuri! —Otabek exclamó con la voz atorada—. ¿Sabes lo que ha significado estos meses para mí? ¿Lo que significa todo esto que siento para haber dejado ir a una mujer como ella?

—¡No lo digas como si fuera mi culpa!

—¡No te estoy culpando! ¡Estoy intentando hacerte entender que esto no es un maldito juego!

—¡No sé! ¡Lo único que sé es que esto se fue a la mierda!

—¡Entonces qué viniste a hacer aquí! ¡Si no viniste a buscar sexo como sueles buscarlo cuando algo te va mal y usas los pubs, ¿para qué has venido aquí?! —Yuri le miró sobrecogido y asqueado ante la perspectiva que Otabek ponía sobre la mesa. La sola posibilidad de usarlo como consuelo de un rato se sintió una traición a todo lo que ellos habían formado y el que Otabek lo hubiera pensado fue un golpe bajo—. ¡Te dije que estaba enamorado de ti! ¡Te lo dije en San Petersburgo! ¡Cuánto más pretendes ignorarlo!

—También te dije que yo no… ¿No lo estás ignorando también? ¿O crees que algo cambió desde esa vez? —preguntó lastimado y luego solo renegó al leer el silencio que obtuvo de respuesta—. ¿Y así crees que iba a coger contigo? No, joder…

Otabek se sentía con fuego encerrado mientras Yuri parecía estar lleno de agua. Nada iba a encenderse allí. La seguridad de aquella conclusión obligó a Otabek apartar su mirada al suelo con la sangre encendida, ya no del deseo que había tenido antes, sino de toda la rabia y frustración acumulada. No obstante, para Yuri fue clara la única solución viable: la distancia era necesaria. Dolía tener que admitirlo, dolía tanto que su rostro enrojeció al contenerlo cuando bajó sus brazos sin fuerza y se dejó apoyar contra la pared. No se podía reparar lo que había muerto y eso mismo sentía: su amistad había muerto. Se sentía en un velorio, frente al cadáver de lo que había sido su primer amigo del mundo. Porque ese que estaba frente a él no lo era… no lo reconocía.

—Yuri —Volvió a escuchar. Otabek había bajado la voz, pero sonaba acabado—. Es mejor que te vayas. Ni tú obtendrás lo que sea que hayas venido a buscar, ni yo lo que en este momento quiero.

—¿Y qué quieres tú? —interrogó sin fuerza real. Otabek le mantuvo la mirada—. ¿Qué follemos?

—En este momento, sí… —admitió apretando su frente. Yuri se cruzó de brazo y le miró decepcionado—. No puedo ser tu incondicional y perfecto amigo Otabek. Ya estoy cansado de tratar de ser lo que necesitas, mientras ignoras deliberadamente lo que siento. Este es tu amigo Bek… con todo, incluso esta maldita erección. No puedo ser otra cosa en este momento.

Yuri contempló sus ojos y luego bajó para ver la extensión de lo que significaba y sentir la animadversión llenándolo. Después tomó suficiente aire y le regresó la mirada con los ojos rojos. Otabek no necesitó palabras para comprenderlo y por ello tembló con las manos cubiertas de hielo seco, como si tuviera puñales dentro de los huesos; pero sus iris permanecieron firmes y el orgullo le endureció el rostro. Porque ante el acabose no quedaba más que pretender que estaba preparado para ello.

—Y ahora —interrogó con necesidad—. ¿Qué quieres tú de mí, Yuri?

—Que te resignes… —apenas se escucharon esas palabras.

—¿Resignarme a qué…?

—A que no te voy a corresponder… —Yuri le miró como se contemplan a los fantasmas—. Solo eso…

Yuri sintió un sobrecogimiento en su pecho como si le estuvieran apretando los pulmones, cuando Otabek se acercó y les tomó a los hombros fuertemente para hablar con aquella firmeza mientras le miraba con esos oscuros ojos. La diferencia de altura que le beneficiaba no significaba nada cuando el toque de Otabek se sentía como la muerte y su irritación le lastimaba. Pero se mantuvo así, impávido, mirando de cerca el rostro de su amigo y sintiendo que ya todo había acabado.

—¿Resignarme? ¿Quién te dijo que quiero resignarme? —bramó Otabek contra su rostro, desesperado—. ¡Quiero estar cerca, Yuri! ¡Quiero quedarme a tu lado y quiero intentar demostrarte que esto puede llegar a algo más allá! —Yuri solo sintió sus ojos arder mientras Otabek modulaba la voz para transmitir la necesidad y su desconsuelo—. No hoy, claro, aunque, si se daba la oportunidad no iba a desaprovecharla. Lo pensaba más adelante, tragarme tus “eres mi amigo” mientras buscaba la manera de conquistarte. —Yuri apartó la mirada mientras sus ojos enrojecidos acumulaba las lágrimas en sus pestañas. No tardó en caer dos, conforme tragaba el aterrador discurso—. Quiero creer que se puede… te conozco más que nadie, Yuri. Sé incluso el día que dejaste de ser virgen, con quién fue, qué sentiste. ¿Por qué no intentarlo? ¿Por qué, Yuri?

—No pierdas tu tiempo en esa mamada…

—¿Es por Mila? —preguntó angustiado.

—No. —Yuri exhaló en un murmullo áspero al devolverle la mirada y tomar sus manos para que lo soltara—. Simplemente no va a funcionar, no va a funcionar de ninguna manera. Y si no quieres resignarte a eso, pues que más me queda que resignarme a que esto se jodió. —Encogió sus hombros y le miró con una sonrisa hueca, la piel roja, la señal de pura pérdida. Otabek tragó grueso—. ¡Se jodió, Bek! Te perdí… perdí a mi amigo. Quise repararlo y te perdí… —La voz flaqueó. Yuri se pasó el antebrazo por la nariz mientras sus labios vibraban y sus ojos verdes le miraban rotos—. Que puto asco…

Yuri abrió de nuevo la puerta y no miró atrás al cerrar la puerta.

¿Qué acababa de hacer? ¿Qué había hecho? Otabek soltó un puño frustrado contra la pared antes de pasar las manos por su cabello al sentir el peso de esa ausencia. En su pecho se dibujó un hondo vacío, se sintió atravesado por una bala a mansalva. Por fin entendió esas palabras que Yuri le dijo al abrazarlo en Almaty, ebrio, herido, con el despecho hablando en su boca.

«¿Sabes que es peor que perder? Que no te dejen competir…»

Apagó el televisor en cuanto se cansó del canal de noticia. Con un suspiro enajenado, Larissa se sentó en el borde de la cama mientras la noche se iluminaba brevemente por los relámpagos entre las nubes cargadas de lluvia. Su teléfono no había recibido respuesta alguna. Los mensajes que le envió a su hijo quedaron olvidados con solo la señal de que fueron leídos. Sintiéndose miserable, Larissa se apretó la bata de baño para recibir un poco de calor en esa noche que se sentía fría y la soledad era su única acompañante en esa habitación.

Lilia le había dicho que debían hablar, pero había cometido tantos errores en el pasado que parecía que nada podría subsanarlos. Cargaba con tantas derrotas y todo daba a entender que tendría que llevar en su espalda  muchas más. Haber afectado para mal a su hijo en la competencia sería la peor de todas. Ella nunca quiso lastimarlo; todo lo que había deseado esos años, incluso esos meses, era estar cerca de él para apoyarlo. Si Yuri no lograba clasificar por su culpa, se prometió que dejaría de insistir y cargaría por siempre con el peso de sus decisiones, dejándolo en paz. Por mucho que le doliera.

Eso sonaba a rendirse… quizás lo ha estado haciendo durante años: rendirse a los primeros reclamos, agachar el rostro y recular. Larissa cerró sus ojos y sintió caer dos nuevas lágrimas de pura frustración porque todas las que soltó en la regadera fueron insuficientes para ahogar su impotencia. Se sentía perdida y no quería retroceder más, pero ya no estaba segura de qué sería lo mejor para su hijo… ¿Valdría dejarlo solo ya? ¿Qué es lo que debería hacer por amor? Ya no quería tomar la decisión equivocada.

Sin embargo, ella pudo percatarse de lo protegido que estaba Yuri con la gente que lo quería. Esa mujer bailarina lo cuidaba como si fuera uno de sus hijos a pesar de no haberlo tenido en su vientre y Víctor Nikiforov, sorpresivamente para ella, también lo estaba respaldando de forma enérgica. Contaba con el apoyo de sus compañeros de pistas y todos ellos, indeciblemente, estaban más cerca de lo que ella nunca podría aspirar. ¿Realmente tenía sentido quedarse cuando parecía sobrar?

Larissa secó sus lágrimas y tomó suficiente aire. Decidió que debía tranquilizarse; después de todo, ya estaba en París y era innegable su deseo de seguir cerca de su hijo. Si no lograba nada esa noche, se aseguraría de hablar con él en la mañana y hacer las paces, de alguna manera. Estaba dispuesta a preguntarle a su hijo que quería en su vida y si ella tenía espacio, estaba dispuesta a respetar su elección si su deseo era la distancia. Quizás, eso sería un acto de amor.

En ese momento, el teléfono sonó. Larissa saltó en su búsqueda y casi derrapó en la cama pues lo había dejado entre su ropa usada.

—¿Alo? —contestó sin revisar, esperanzada de que fuera su hijo. Pero fue Víctor Nikiforov a quien se encontró en la línea—. Oh… es usted.

—Oh, imagino que esperaba que fuera Yuri… Yo solo quería saber cómo se encontraba después de lo ocurrido en la tarde. —Ella se enderezó y puso su mano sobre el pecho. Los latidos que se habían disparado ante la esperanza de que su hijo la estuviera llamando, bajaron dramáticamente ante la decepción.

—Oh, bueno. No muy bien, entenderá. —Peinó distraídamente los mechones húmedos de su cabello—. ¿Yura cómo está? Le he escrito, le he dejado mensaje de voz y hasta lo llamé, pero… no me ha respondido.

—Dele tiempo… el que hayan superado hoy su récord también lo afectó.

—¿No está con él?

—Lo dejé en la habitación. Yuri quería estar un momento a solas. —Ella suspiró. Su mano pasó por su frente al percibir el ligero dolor de cabeza que iba a iniciar—. Consideré que sería necesario. Mañana practicaremos temprano para prepararnos.

—¿Me ha llamado para pedirme que no me presente? —Hubo silencio en la línea—. Si ha llamado para eso, no hay…

—No, no he llamado para eso. —Él la atajó antes de continuar—. No es correcto que no participe, usted es una parte importante en la vida de Yuri y creo que es momento de que pueda hablar con él. Solo quería llamarla para saber cómo se encontraba y decirle que le diera tiempo a Yuri. Necesitan hablar, pero en estos momentos de competencias no es el lugar para hacerlo. Solo apóyelo, permanezca con él y dele sus mejores ánimos. Luego habrá tiempo para que conversen al respecto. 

Su voz calló al escucharlo; lo que Víctor le pedía complementaba lo que Lilia le había dicho a la salida del evento. Se sentía indignada y avergonzada de escuchar consejos como si ella fuera incapaz de manejar a su hijo por ella misma, aunque en la práctica justamente era así. Pestañeó repetidamente, soltó el aire con calma y volvió a respirar, aunque su nariz sonó.

—¿Larissa? —Víctor preguntó en línea.

—Estoy aquí y entiendo lo que dice, Nikiforov. —Ella suspiró agotada—. Atenderé. Ahora, si me disculpa, debo colgar. Quiero cenar algo antes de dormir.   

—Claro… espero que tenga una buena noche.

La pantalla de su teléfono parpadeó para luego mostrarle la imagen de su hijo en ese GPF, feliz, sosteniendo su medalla de oro. Al verlo su rostro se suavizó y fue inevitable no regalar una caricia nostálgica a la pantalla a través de sus dedos. Ojalá pudiera ella tocarlo en ese momento, acariciar los ángulos afilados de su hijo, que había perdido la infantil redondez a través de los años. Cada vez que lo pensaba, se sentía peor, tan cansada que su espalda dolía y los pálpitos lapidaba contra sus sienes. Larissa cerró sus ojos, apretó sus labios y volvió a secar las lágrimas amargas. Decidió dejar el teléfono a un lado y luego se acostó en posición fetal sobre su cama, apoyando su rostro contra ambas manos juntas porque empezó a sentirse como una niña.

Extrañó a su padre quien la acompañó en los últimos meses de embarazo, porque se sentía sola al cargar el peso de su hijo y de sus decisiones, los malestares y la incertidumbre hacia el futuro. Extrañó ese siempre buen ánimo que lo caracterizaba, incluso al haber enfermado y no poder trabajar en la fábrica. Por eso ella decidió salir a la calle a buscar el alimento para los tres después de que sus puertas en el espectáculo quedarán cerradas debido a su separación con el mánager que la embarazó. Apretó su vientre entonces y se dejó ir por aquellas memorias, mientras las palabras de Lilia, dichas con esa seguridad que ella no poseía, volvieron para mantenerla despierta. Quería tener a su padre para preguntarle qué hacer, para pedirle consejo, pero solo eran las palabras de esa mujer las que escuchaba.

«Cuando decidas hablar con Yuri, Larissa, tendrás que callar. Vas a hacer silencio y vas a escuchar de él todo lo que tenga que decirte. Sin excusa, sin justificaciones, vas a escuchar cada reclamo y vas a callar hasta que él lo suelte todo. Y solo después, cuando él ya no tenga razones que dar, cuando se le hayan acabado las acusaciones, tendrás el permiso de hablar y de explicarle. Solo así podrás lograr que escuche, escuchándolo primero. Cada vez que te justificas cuando él intenta reclamarte, estás dando por sentado que su dolor no es relevante. ¿Crees eso?»

No…

Ella no creía eso.

Para Víctor, la situación de madre e hijo debía ser un paréntesis que no podrían solucionar antes de la siguiente competencia y, con esa visión, estaba preocupado por el futuro de la carrera de Yuri. Tras haber llamado a Larissa para asegurarse de que todo se encontraba bien con ella, estaba allí en la mesa del restaurant viendo a través de los ventanales altos a la lluvia que caía sobre las mesas que estaban en la terraza mientras pensaba en cómo sería la participación de su alumno con ese tema aún pendiente. Y no tenía con quién hablarlo: Christophe le había dicho que ya tenía un compromiso, no quería molestar a Yakov porque ya era tarde y, en cuanto a Yuuri, era madrugada en su país, así que no quiso despertarlo. Estaba solo, masticando la situación y pensando en qué hacer.

Soltó el aire y revisó en su móvil algunas páginas. Terminó buscando consejos de cómo tratar una situación familiar en páginas de variedades, terapia adolescente o de psicología. Los consejos no eran demasiado diferentes a lo que dictaba su sentido común, pero podría darle alguna pista. Él debía responder de forma asertiva para el día siguiente, cuando todo se definiría a través del programa libre.

—¿Puedo acompañarte? —escuchó a su lado y al levantar la mirada, Víctor reconoció a Petra Kudryavtseva vestida con un pantalón mostaza y una blusa tejida en negro, junto a un abrigo grueso que le colgaba del brazo.

—Oh, vaya… ¿ya escribiste el artículo donde yo soy culpable de la mala puntuación de Yuri?

—Necesito un poco de inspiración y vine a buscar un trago. Así podré escribir ese artículo mañana —respondió mordaz. Víctor sonrió y le señaló el asiento de al lado para invitarle a tomar asiento—. Es bueno ver que sirvió el anterior. Ahora sí los veo más concentrado.

—No gracias a ti, Petra, no te des tanto crédito.

—Me gusta dármelo —admitió con total desparpajo—. Espero que en el artículo de mañana tenga que replantearme lo que dije en América y admitir que me han callado la boca con la presentación.

—Sigues dándote mucho crédito, Petra. ¿Qué te hace pensar que Rusia patina para convencerte? —Ella se mantuvo impávida, con aquella sonrisa nacarada tatuada en su rostro y esos grandes ojos verdes mirándolo. Víctor decidió beber de su vaso de agua mientras intentaba sentirse cómodo en su asiento.

—Te veo tenso, entrenador —susurró Petra, peinando su cabello ondulado hacia su espalda. Su melena caía con formas graciosas sobre sus mejillas, enmarcando ese rostro que había representado la fría y soberbia Rusia en la prensa.

—Te agradecí por la manera en que afrontaste a la rueda de prensa de Katsuki Yuuri, pero no olvido los injustos artículos que publicaste en contra de Yuri y mi trabajo —se sinceró mientras la contemplaba—. No tienes idea de lo que ha significado para nosotros este año.

—Víctor, esto es deporte. A los jueces no le interesa, a la prensa no le interesa, a la federación no le interesa. Se cumple con que tengan un coach y un psicólogo deportista con el que puedan hablar, pero a la hora de la verdad, solo importan los resultados. — Petra enfatizó —: Yo solo me fijo en los resultados, siempre ha sido así.

—Claro… Rusia siempre ha sido así. —Víctor miró a los cubos de hielo chocar dentro del agua—. Por esa razón, cuando me vi en la cúspide sentí que ya no podía más, pero ¿qué importaba el resto mientras diera resultado?

Ante aquella aseveración, Petra se obligó a callar. En ese momento, el mesero se acercó y sirvió el Ratatouille junto al vino que Víctor pidió y Petra aprovechó para pedir una guarnición de patatas francesas con kétchup, además de un fuerte trago para la fría noche. Después de que el mesero abandonara la mesa, ambos se quedaron callados y Víctor comenzó a probar su plato de verdura cocida.

—He estado pensando que, quizás, la prensa rusa ha sido un poco inflexible hacia los deportistas en todas las categorías estos últimos años. —Víctor solo levantó la mirada mientras comía la porción de su tenedor, atendiendo a las palabras de la periodista—. Lo he pensado desde lo ocurrido con Katsuki. 

—Eso es una forma muy condescendiente de decirlo.

—La prensa se ha prostituido, Víctor. Ahora más que informar, busca captar personas y para ello se está valiendo de notas amarillistas y títulos sensacionalistas. No es algo de lo que me sienta orgullosa, y he evitado caer en ello, pero eso no significa que yo lo haya hecho mejor, ¿cierto?

—Cierto. —Víctor asintió. Los ojos azules del ex patinador se mostraron endurecidos y por primera vez Petra los miró con la seriedad que el momento ameritaba.

—Entiendo que en estos tiempos de redes sociales ya la opinión de los periodistas no está sola, nos vemos envueltos en las opiniones de muchos más y es incontrolable incluso para nosotros.

—¡Claro! ¿Ustedes cómo podrían controlarlo? —La ligera acusación que se velaba tras las palabras de Víctor, Petra pudo identificarlas con total claridad—. Fanáticos que creen que apoyar a un patinador es atacar a otros deportistas, no solo por lo que pueda o no hacer en la pista sino por su vida privada, agrediéndolos incluso en sus perfiles personales y lanzándole amenazas de muerte. Todos ellos se sienten respaldados por la crítica y la prensa rosa que también argumenta y atacan a los patinadores como si no hubieran tenido suficiente con ver todos sus esfuerzos en el suelo tras meses de entrenamiento. —Petra iba a alegar, pero Víctor se adelantó—. Les exigen resultados, les critican sus fallas, hacen “memes” para burlarse de ellos y destrozar su estima. Llegué a verlo al patinar, pero los límites que ha tomado en este tiempo son espeluznantes. Es fácil lavarse las manos: prensa, federación, gobierno… todos ustedes.

Petra se contuvo de hablar cuando Víctor enfatizó su mirada en ella. Aquellos ojos azules le transmitieron lo dispuesto que se encontraba de hablar sin importar si lo dicho podría afectar en algo los resultados. Estaba tenso, sí, pero también hastiado de todo lo que habían tenido que callar, aguantar e ignorar para tratar de dar lo mejor de sí a Rusia. De vivir se año con la soga a punto de ser jalada para hacerlo caer antes de levantarse por completo.

—Pienso en lo que ocurrió cuando volví al patinaje. —continuó, presionando fuertemente el cubierto sobre la zanahoria—. La prensa se apresuró a ver que tanto se vería afectada mi relación con Yuuri con mi vuelta a las competencias, conjeturaron y nos acosaron cuando salíamos a divertirnos, lanzaron cada artículo más sensacionalista profetizando nuestra ruptura. —Víctor le dijo, tras acabar con un mordisco el calabacín de su tenedor—. Y cuando me lesioné, todos fueron contra Yuuri. Todos… Sus notas amarillistas hablaron de lo mucho que afectó Yuuri a mi carrera y solo encendieron los ánimos de todos los que me seguían para ir en contra de él. Puedes decir que lo ocurrido en Rostelecom fue culpa de la FFKK, Petra. Para mí, los culpables de lo que ocurrió tienen años y años sembrando lo que se cosechó ese día.      

Ella mantuvo los labios juntos tras escuchar la acusación tan clara y directa de quien consideró en mucho tiempo uno de sus más grandes ídolos.

—Y ya vez… antes era el orgullo de Rusia, recientemente me convertí en la decepción de Rusia —enfatizó con una mirada incriminatoria—. Después de todo, según tú, yo fui el culpable de la derrota del Skate América. Fue solo eso para que toda la prensa rusa y los fanáticos de nuestro país se volcaran en mi contra y en contra de Yuri, sin darnos oportunidad de demostrar nada. La prensa apunta y ellos disparan; de eso se ha tratado la prensa deportiva en estos últimos años, Petra.

Petra bajó la mirada y tuvo que asumir cada una de las palabras de Nikiforov, quien se limitó a continuar comiendo su plato como si necesitara desaparecer cada elemento de él lo más pronto posible. La ración de patatas francesas llegó, junto al kétchup, pero ella se sintió incapaz de probar un bocado. Su estómago estaba cerrado y su mirada solo se enfocó en el líquido transparente que estaba en su vaso de cristal. De un solo trago bebió el vodka y dejó caer de un golpe el vaso largo sobre la mesa. Víctor solo la miró de reojo, escuchándola carraspear.       

—¿Me has visto acercarme en algún momento a cualquier competidor antes? —escuchó la pregunta y Víctor solo negó. Jamás lo había hecho. Viéndolo de ese modo, el que estuvieran allí compartiendo espacio era bastante inusual—. En mí no estaba el permitirme eso. Siempre consideré que propiciar un acercamiento más personal con los competidores me haría sesgar la visión como periodista. 

—Vaya… —susurró Víctor, arrastrando los últimos bocados de verdura en el plato—. ¿Entonces el honor es porque ya no estoy compitiendo?

—No. —Ella levantó la mano y señaló su vaso. El mesero se acercó con la botella de vodka para volverlo a llenar—. Quiero comprender de qué otra manera puedo apoyar a mis deportistas. Pienso que, quizás, acercándome un poco pueda entenderlo.        

—Se trata de eso… —Víctor sonó incrédulo, pero Petra le miró decidida, con esos ojos llameantes.

—No quiero que la prensa rusa siga siendo recordada de esta manera —afirmó—. Puede que me esté dando mucho crédito, Víctor, pero quiero hacer la diferencia. 

Los platos se habían levantado de la mesa y la botella de vino fue servida con los últimos tragos a las copas. Seung-Gil había decidido no beber más que un par de bocados y observaba con cierta discreción las expresiones de los dos invitados mientras sentía que la reunión había salido mejor de lo que hubiera esperado. Phichit era un hombre que contagiaba con su carisma a cualquiera, se había dedicado a hacer conversación de forma amena y reír con los comentarios que algunas veces Chris o Masumi soltaban de las antiguas competiciones. De esa forma, la cena había avanzado sin mayores inconvenientes y se sintió como una buena velada.

Esa felicidad que Phichit tenía al ver que todo estaba ocurriendo de forma correcta, era transmitida a través del brillo de esos ojos marrones a los dos extranjeros de Suiza. Masumi y Chris ya habían recibido el dossier de History Maker y estaban revisándolo a detalle. Chris incluso sacó sus lentes redondos para leerlo con mayor detenimiento mientras los meseros se movían entre la mesa y el buen instrumental de fondo acompañaba la reunión. Phichit estaba expectante.

—Estoy realmente sorprendido, Phichit —susurró Masumi al levantar la mirada. El aludido se mostró atento a sus palabras—. Todo este enorme trabajo demuestra la total dedicación que le has puesto a este proyecto. Recuerdo que Christophe me había comentado en algún momento de tu idea de tener un evento en Tailandia.

—Con sombreros de hámster —comentó Chris en voz baja y Masumi soltó una carcajada amable.

—A mí me pareció un toque divertido. Lo imagine con un montaje como las películas Bollywoodense. Mucho color, buena música, bailarines por doquier y una coreografía bastante movida.           

—Mi intención al inicio era esa, pero conforme fui trabajando y hablando con personas, este proyecto tuvo mayor forma.

—Ha crecido de forma impresionante. —Masumi cerró el dossier y lo puso sobre la mesa—. Estoy encantado con lo que has hecho y de mi parte, me encantaría colaborar.

—¡Será un placer contar con tu ayuda, Masumi!

—Yo tengo curiosidad… —repentinamente Chris levantó la mirada del dossier—. ¿Por qué escogiste como primera obra el Conde de Montecristo? Hubiera esperado algo más… apegado a tu país.

—Bueno… —No tenía preparada esa respuesta.

—Consideramos que iniciar con una obra reconocida mundialmente nos abriría más puerta en el público extranjero. —Seung-Gil respondió con seguridad—. Revisamos entre varios títulos y el Conde de Montecristo se ajustaba a lo que buscábamos. Luego de ser reconocidos por este primer trabajo, esperamos poder mostrar un espectáculo más tradicional.

—Yuuri va a tener un papel muy importante aquí… —La mirada de Chris se afiló y Masumi le observó de reojo. Phichit sonrió en respuesta e intentó mostrarse relajado.

—Sí, Yuuri, junto a Seung-Gil y Guang Hong serán protagonistas. —Phichit explicó—. Leo de la Iglesia y Gabriel Hernández también van a participar, igual Kenjirou Minami. Estamos trabajando para ello, pero me encantaría que tú tuvieras un papel, el deBaron Danglars.

—Vaya…

—Es uno de los papeles principales y creo que te quedaría perfecto. —Sonrió Phichit, aunque la incomodidad seguía sintiéndose en la punta de sus dedos—. Así que me gustaría que pudieras tomarlo.

Christophe escuchó con un sonido sordo de fondo que parecía distorsionar las palabras de su compañero en la mesa. Solo sintió la mirada persistente de su pareja a su lado, pero decidió ignorarla mientras volvía a mover las hojas y revisaba el lugar donde estaban los papeles principales. Yuuri tenía el papel protagónico, la distribución de las escenas indicaba que tendría la mayor carga en la presentación. Parecía haber sido hecho para que él exclusivamente brillara.

Lo peor es que el papel parecía encajar por completo: una víctima de la desgracia y los malos amigos que le engañaron regresa después de año empoderado, con una fortuna, dispuesto a vengarse. Todo estaba perfecto para ser representado con la persona más egoísta que había tenido la dicha de conocer. Si revisaba con detenimiento, la venganza parecía estar en pleno movimiento, porque Yuuri había regresado no para vengarse de varios, sino para hundir a solo uno. Ante sus ojos, toda esa parafernalia que lo rodeaba lo ponía a él como la victima ignorada por el mundo que recibía reinvicación, mientras Víctor, quien había sido una víctima real estaba en completo abandono. Incluso en ese dossier.

Con el ardor subiendo por su esófago, Chris comenzó a mover las hojas para buscar un solo nombre, solo uno. Revisó cada línea escrita, cada punto colocado y no encontró nada. La velocidad y la visible molestia con la que Chris movía el dossier no pasó desapercibido para ninguno de ellos. Masumi, por debajo de la mesa, apretó su muslo como si le indicara que se calmara. Seung-Gil y Phichit habían pegado sus espaldas al respaldo. Pero Chris no se detuvo, no hasta asegurarse de que ese solo nombre no se encontraba, y al hacerlo, solo cerró con desagrado el proyecto.

Ya lo suponía, por supuesto. Christophe no esperaba menos. El que dejaran de lado al mejor patinador de todos los tiempos, a un hombre que adoraba los espectáculos y que estaría dispuesto a colaborar por el solo hecho de disfrutarlo, no resultó algo que le sorprendiera dadas las circunstancias, pero lo sentía injusto, sumamente injusto. Ese festival era un “Yuuri y sus amigos”, tal como Víctor había hecho en el pasado con todos ellos, tomando él la mayor parte de los gastos en Hasetsu porque su principal deseo era divertirse. Y era evidente porqué: Yuuri debía brillar, Yuuri debía sentirse cómodo, Víctor no podía estar porque no tenía espacio en su nueva vida de estrellato y falsa reciprocidad del karma. Una mierda con eso… una sencilla mierda.

—Vamos a hablarlo y te comentaremos nuestra respuesta mañana, Phichit. —Masumi decidió adelantarse, dispuesto a retirarse antes de que algo pasara. Conocía a su pareja y reconoció la manera en que el enojo hacía paredes en su espalda y apretaba la mandíbula—. Gracias por la cena, ha sido un placer la velada.

—Graci…

—Espera Masumi, aún tengo preguntas que hacer. —El tono de voz de Christophe sonó grave y los tensó a todos.

—Cariño… —El tono de advertencia de Masumi pareció claro, pero Chris estaba decidido a no salir aún.

—No vi a Víctor Nikiforov. ¿Han pensado en incluirlo? ¿O el hecho de que Yuuri se encuentre dentro del proyecto significa que Víctor no tendría ninguna oportunidad? —Su pregunta fue directa. Phichit recogió aire y lo contuvo por un minuto, mientras Masumi se obligó a retomar asiento, visiblemente inquieto—. Digo, me resulta extraño que el mejor patinador de todos los tiempos, sin despreciar tus méritos Seung-Gil —acotó con irritación, mientras el patinador se limitó a asentir—, no se haya tomado en cuenta para este proyecto.

—Tú lo viste, ¿no? —Phichit inquirió con un tono apretado—. Está lastimado aún. No creo que sea capaz de patinar aún…

—Eso es lo de menos. Víctor no solo ha sido patinador, es coreógrafo y ha entrenado. Además, no es secreto que a él le gusta este tipo de cosas, lo sabes, participaste en varios con él. No vengas con excusas baratas y responde mi pregunta.

—Quizás lo pensaremos para…

—¿Es por Yuuri? —indagó puntual, apretando el índice de su derecha sobre la mesa y el dossier que estaba sobre ella—. ¿Es por él que no puede ser contemplado hasta que…?

—Chris. —Masumi sonó irritado—. Ese tipo de pregunta no…

—Sí, es por Yuuri. —Phichit soltó con la voz contenida—. O por lo que considero que es mejor para Yuuri en este momento —aclaró y tragó grueso. Christophe apretó los labios rectos y les mantuvo la mirada vehemente a los ojos de Phichit, quien se negó a bajarla—. El Conde de Montecristo es el libro favorito de Yuuri, lo usé con la esperanza de que Yuuri aceptara estar dentro del proyecto —Phichit apretó repentinamente ambas manos sobre la mesa, con la tensión alojándose cuan nudos en su espalda—. ¿Tienes problema con eso?

—Sí… —respondió Chris en un siseo. Ambos acompañantes se miraron con la sensación de que todo el buen ambiente se había acabado—. No tengo intención de participar en una oda la magnificencia de Yuuri Katsuki, sin importar cuál sea, cuando se deja deliberadamente a Víctor de lado. Así que esa es mi respuesta. —Se puso de pie y empujó la servilleta contra la mesa—. Gracias por tu invitación.

Tras guardar los lentes en su bolsillo, Christophe se alejó de la mesa. Masumi, con la vergüenza marcando los gestos de su rostro, se despidió cortamente y dejó efectivo en la mesa para apoyar el pago de la cena. Con la partida de ambos invitados, Seung-Gil se mantuvo en visible tensión, pero la expresión de Phichit había enrojecido y los labios se estaban mordiendo con rabia. Los ojos se habían llenado de sangre mientras veía los dossiers abandonados en la mesa y sus brazos temblaban, como si estuviera conteniendo una explosión. Phichit era calmó… pero él sabía que podía llegar a ser un verdadero infierno cuando se ofendía. Aunque le dolía ver a su novio de esa manera ya él se esperaba un resultado similar. De hecho, había salido mejor de lo que esperaba realmente.

—No quisiera decirlo, pero… te lo dije. —El tono parco de Seung-Gil sonó como un vidrio siendo rallado con un tenedor—. ¿Quieres que caminemos un poco antes de volver al hotel?

Phichit no respondió. Apretó los puños contra la mesa, sintió temblar su mandíbula y su mirada se dirigió a la salida del restaurant, donde las espaldas de ambos hombres no se encontraban. No obstante, se levantó ruidosamente de la mesa y antes de que Seung-Gil pudiera atajarlo, ya se había dirigido a la salida con la firme convicción de enfrentarse a Christophe.

Ya sabía el mal momento que le había hecho pasar a Yuuri, ya sabía de sus comentarios desentonados que le hicieron sentir mal en América y, si bien, había decidido hacer caso omiso de ello por el bien de su proyecto y no involucrarse demasiado, lo que acababa de escuchar le demostraba que la aversión de Christophe hacia Yuuri era desproporcionada y absurda, además de acusarlo de buscar, de alguna manera frontal, de buscar lastimar a Víctor. No iba a quedarse alegremente con esa clase de acusaciones sin hacerle saber quién estaba equivocado.

Avanzó con prisa hasta la salida del restaurant y no se preocupó por la suave lluvia que cayó sobre él, dejando abandonado el abrigo por no querer perder el tiempo de buscarlo. Al verlos caminando con la sombrilla cubriéndolos, Phichit no dudó un segundo en avanzar. Las gotas cayeron sobre su cabello y su saco gris, pero sus pasos fueron ruidosos al atravesar los charcos de la acera. Algunos autos se movían a su alrededor, había poca gente en la calle, pero Phichit, más que preocuparse por el lugar, apresuró su carrera hasta que los adelantó a ambos y se puso en medio de su camino, para detenerlos.

Masumi miró al tailandés como si sus ojos le gritaran que dejaran el asunto así, pero Chris no demostró más que pena ajena en su mirada.

—¿Qué demonios tienes contra Yuuri? —Phichit reclamó, ya cansado de mantenerse al margen—. ¿Te hizo algo? ¿Te insultó? ¿Por qué demonios te estás comportando de esta manera con él? —Chris resopló irritado mientras lo veía—. ¿Qué demonios pasa contigo?

—¿Es que ahora debo rendirle pleitesía porque regresó? —respondió con sorna y Phichit apretó con rabia sus labios mientras era mojado por la lluvia—. ¡Qué mierda importa lo que sienta o no! ¡No quiero participar en tu circo para rendirle méritos a él!

—¡No es un circo y no es para rendirle méritos a él! ¿Acaso no puedes entender que también es importante para mí como su amigo darle la oportunidad de regresar?

—Suerte con ello entonces. —Chris intentó avanzar, pero Phichit lo detuvo con un ligero empujón que debido a su peso y altura no le hizo nada. Casi saboreó la frustración del Tailandés al notar que no podría agredirlo, aunque quisiera, y se quedó de pie como si le regalara un poco de su valioso tiempo en una descabellada muestra de generosidad—. Bien, voy a escucharte. Suéltalo.

—¡Soy yo quien quiero escucharte! —Phichit alzó la voz en medio de la lluvia. Masumi parecía impotente. Mirando a todos lados como si quisiera asegurarse de que no hubiera paparazis cerca—. Tú eres el que no quieres estar en el proyecto por Yuuri, ¡tienes un maldito problema con Yuuri y no has podido callarte la maldita boca desde que se vieron! ¿Cuál es tu problema con él?

—Es evidente de que no iba a funcionar —resopló hastiado.

—¡Es evidente que tienes un problema con él!

—¿Por qué no le preguntas de sus estúpidos celos y como provocó que Víctor se alejara para hacerlo sentir más seguro? —Phichit le miró con clara aversión al escucharlo—. ¿No te contó de su increíble plan de manipulación para alejarnos?

—¡¿De qué demonios hablas?!

—Hablo de lo endiosado que tienen a Katsuki como para no ver lo mal de la cabeza que está. Que se encargó de quedarse solo él con Víctor y nadie más, sin buscarle ayuda, para abandonarlo luego a su suerte.

—¡Yuuri estaba sufriendo!

—¡Me importa una mierda el sufrimiento de Yuuri! —Chris alzó la voz con ira acumulada—. ¡Víctor pudo suicidarse por su egoísmo y sus excusas me hubieran sabido una mierda! —La lluvia arreció sobre ellos—. ¡Tuve que ir yo a Rusia, tuve que esperar a que su padre llegara, porque el maldito de tu amigo creyó que con poner una nota con un perdón ya había hecho suficiente! ¡Todavía no hay noche que no me pregunté en qué hubiera pasado si yo no hubiera respondido esa llamada desesperada de Víctor! ¡Si yo no hubiera olvidado toda la mierda de antes para ir por él y asegurarme de que no estaba solo!

—¡Llamó a la persona equivocada! —Bramó Phichit y Chris ardió en colera—. ¡Debió llamar a Yuuri y hablarle por fin!

No lo pensó cuando sus manos se habían agarrado fuertemente del cuello de la camisa de Phichit hasta casi levantarlo. Masumi actuó rápido en apretarle su hombro para instarle prudencia, pero Phichit se había aferrado a esas manos como si le insistiera en llevar las cosas a ese nivel si eso quería. Que estaba dispuesto a enfrentarlo, aún si terminaba molido a golpes.

—¡Basta ya! —reclamó Masumi, alterado. Bajo el toldo del restaurant que habían abandonado, logró divisar a Seung-Gil con los abrigos, el bolso y la sombrilla en brazos, observando de lejos la situación—. ¡No es el lugar ni el momento para esto! ¡Tampoco les corresponden a ustedes discutir estas cosas!

Chris se soltó de su agarre y jaló a Phichit hasta el techo de concreto aledaño que sobresalía de uno de los locales cerrados. Se mojó en el proceso, pero allí encontró un resguardó para continuar con aquella retahíla que él hubiera querido evitarse. Phichit, al encontrase a salvo de la lluvia, miró hacia el techo y luego al rostro mojado de Chris, furioso mientras peinaba sus rubios rulos para despejarle la frente.

—¿Eso fue lo que te dijo tu amigo? —continuó—. ¿Qué Víctor solo tenía que hablar para él regresar y salvarlo? ¡Eso es pura mierda! —Mordió indolente, mientras Phichit le escuchaba temblando de frío y con los cabellos goteando por la lluvia—. ¡Todo tenía que ver con él! ¡No pudo ver que Víctor estaba lo suficiente enfermo como para no poder hablar! ¡La persona más parlanchina que conozco disminuida a un ente de pura tristeza y depresión!

—También me hubiera gustado que Víctor hubiera sabido qué hacer cuando los ataques de Yuuri empezaron a ser más fuerte por culpa de la presión y la prensa, antes de estar al pendiente de poder vencerlo en competencia —soltó Phichit de forma agria y Chris chasqueó la lengua.

—Algunos tenemos más ambiciones al competir que simplemente divertirnos —Lanzó el dardo de veneno y Phichit apretó los labios mientras sus ojos se acumulaban de rabia y humedad.

—¡Algunos sabemos apreciar y disfrutar del éxito ajeno sin morirnos de envidia!

—¡Entonces esta es la perfecta venganza porque Víctor no pudo entender y disfrutar de las victorias de Yuuri! —Chris levantó sus brazos como si se dirigiera a un público—. ¡Hagamos un festival donde todos patinemos menos él y digamos que no puede porque está lisiado! ¡La maravilla!

—¡Estás enfermo de resentimiento para pensar que esto por el que he estado invirtiendo tanto tiempo, esfuerzo y dinero es solo un acto de venganza! —ladró Phichit iracundo, aunque Chris pudo ver las dos gotas que cayeron a acompañar a las de la lluvia que seguían goteando de su cabello—. ¡Y tienes razón al decir que esto no iba a funcionar! ¡Mi novio tenía razón! ¡No quiero a alguien tan lleno de rencor dentro de History Makers!

—¡Prefiero ser rencoroso que un hipócrita que finge que todo está bien para guardar apariencias! —Soltó Chris—. Querías respuesta, es esta. Hubiera quedado todo de forma amigable y diplomática si no hubieras venido hasta aquí a molestarme —replicó cansado—. Pero querías saber por qué no quiero a tu amigo Yuuri, ya tienes la respuesta. Ahora déjame en paz.

Hastiado de la situación, Chris se limitó a mirarlo una última vez antes de buscar salir de allí y terminar aquel encuentro, pero Phichit le sujetó del brazo con fuerza. La lluvia siguió cayendo, Masumi los miraba a ambos en una prudente distancia mientras se protegía bajo su ancha sombrilla, observando con tristeza el rostro lleno de cansancio con el que Chris le miró. Apelando a toda su paciencia, manoteó el brazo de Phichit y le miró de reojo. No quería discutir más y estaba haciendo demasiado uso de su autocontrol para no volver a reaccionar agresivamente.

—Puedo entender que ambos sufrieron… incluso le dije a Yuuri muchas veces que no era lo más sano huir. —Chris mantuvo la mandíbula apretada mientras lo escuchaba y lo veía sacando su móvil del pantalón empapado por la lluvia. Phichit sacudió sus manos húmedas y luego limpió precariamente la pantalla, antes de empezar a manipularlo—. Yuuri cometió muchos errores y yo lo reconozco… pero también sé lo mucho que ha sufrido por ello. —Alzó la pantalla y se la presentó a Chris para que pudiera ver lo que en ella guardaba—. ¡En esto se convirtió Yuuri después de dejar a Víctor! ¡No fue a unas vacaciones necesarias! ¡No fue a sentirse libre por fin! ¡Se convirtió en esta bola de ansiedad con adicción a las putas pastillas y con tres hospitalizaciones que él ni debe recordar con claridad! ¡Podría juzgar a Víctor por convertirlo en esto, pero no lo hago! ¡Y yo sí viví por tres años con él! ¡Me creo en más derecho para acusarlo!

Un par de relámpagos brillaron sobre ellos, antes de escucharse el fuerte trueno. Chris miró la imagen que le daba la pantalla de Phichit, donde la fotografía de un Yuuri con más de veinte kilos de más se presentaba ante él con apenas un bóxer oscuro, hecho una masa viviente de grasa y acné. Si no le hubieran dicho que era Yuuri, seguramente no lo habría identificado. El rostro estaba marcado por las ojeras, demacrado y casi enfermo. Una vista deplorable que, aunque no hubiera querido, le sacudió las entrañas.

No obstante, aquello no fue suficiente para ablandar a su corazón que estaba lleno de tanta rabia acumulada. Chris bajó la pantalla del móvil de Phichit y le miró con una expresión de puro cansancio en su rostro. Dio un paso, luego otro y Phichit se vio obligado a retroceder sin comprender hasta que estuvo contra la pared. La altura de Chris era predominante y esa expresión agria lo hizo ver más lúgubre.

—Es bastante conviene una foto como esta para tocar el corazón de las personas. Lástima que yo no tengo ninguna de Víctor, estaba ocupado intentando entender qué pasó y buscando comunicarme con algún familiar como para pensar en eso. —Había un remordimiento bajo en su tono de voz. Chris se señaló la cabeza—. Pero lo tengo aquí, muy claro. Pegado a la retina. Recuerdo muy bien en qué forma lo encontré y en qué forma lo tuve que dejar cuando no pude quedarme por más tiempo. Eso no es algo que voy a olvidar con facilidad…. Que mi mejor amigo, mi ídolo en la pista, terminara acabado en una cama de esa manera no es algo que podré olvidar nunca. No necesito haber vivido con él por años para sentir que lo odio con todas mis fuerzas.   

Metió ambas manos en su abrigo mientras miraba a Phichit tan fijamente que parecía querer enterrarlo allí mismo en la calle. Mantuvo una cierta distancia, la necesaria para no aplastarlo, pero todo su ser le transmitía la increíble repulsión.

—¿Qué quieres que haga Yuuri? ¿Qué te pida perdón? —preguntó Phichit casi con burla mientras le sostenía la mirada. Chris dibujó una sonrisa sombría.

—No, por supuesto que no. No me interesa que Yuuri me pida perdón. Yuuri podría caminar toda la muralla china con clavos en las rodillas y eso me sería completamente indiferente —confesó, provocando en Phichit una expresión de animadversión ineludible—. Lo único que pido a este maldito mundo, es que si vuelve con Víctor tenga la pequeña decencia de dejar de pensar en solo él y procurar la felicidad para ambos. La verdadera felicidad. Porqué sé que Víctor lo va a perdonar y no hay nada que me provoqué más impotencia que eso… —Phichit escuchó con el respirar alterado. No dejó de mirarlo aun cuando doliera todo lo que escuchaba—. Pero si va a ser así, y voy a tener que ver a mi mejor amigo al lado de una persona tan egoísta, lo mínimo que espero es que le dé a Víctor la felicidad que él merece. No esa en la de solo me divierto y la paso bien que parecen ustedes acostumbrados. A eso lo llamo conformismo —soltó con rabia y Phichit tembló contenido—. Sino la que él y yo creemos: que hay que tener lo mejor, que debemos dar lo mejor para ellos y no rendirnos a la primera adversidad.

Sin decir más, Chris formó de una vez distancia, pero esta vez aceleró el paso. Rechazó la invitación de su pareja de resguardarse bajo su sombrilla, y avanzó caminando para alejarse del lugar. Masumi, en un silencio conocedor, no hizo más que despedirse con una mirada rápida de Phichit y avanzó a trote hasta alcanzarlo. Phichit se quedó estático contra esa pared, con el rostro apretado y sin decidir qué emoción transmitir. Sus manos temblaban, sus pestañas húmedas también lo hacían y él solo podía respirar como si su pecho estuviera agujereado. Le costaba respirar.

Seung-Gil se acercó con su sombrilla y los abrigo; lo miró desde la lluvia, con una expresión que resultó indescifrable.

—Sí, tenías razón… ¿eso querías escuchar? —Seung-Gil calló, sin muestra alguna de victoria. Phichit relamió sus labios y pasó una mano temblorosa por el rostro—. Tenías razón… —susurró, hipando.

Seung-Gil rompió la distancia y aún con los abrigos en su brazo, decidió rodearlo para darle consuelo.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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