Matryoshka II (Cap 45)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 45. Trofeo de Francia: Puedo ser mejor que ayer.

Las prácticas previas al evento se dieron sin mayores complicaciones. Todos los equipos se encontraban apostados en la pista, practicando sus programas y aprovechando para subsanar cualquier anormalidad antes de que la competencia empezara. Mientras eso ocurría, el panel técnico ya discutía sobre sus expectativas en el evento, donde ya veían la presencia de Petra y Morooka en el lugar. Las horas antes de que la competencia diera inicio pasaban rápidamente, aumentando así las ansias por parte de los competidores.

Desde lejos, el equipo ruso miraba la participación de Giovanni Ritz en la pista, ejecutando con agilidad y belleza el salchow cuádruple que incluiría su programa corto. Masumi se encontraba al lado de su antiguo entrenador, el viejo Joseph, quien se negaba a jubilarse como ya lo había hecho Yakov; y ambos observaban allí los avances del programa mientras el sueco se mostraba confiado en su ejecución. Víctor tenía que ser sincero al admitir que le gustaba la limpieza de sus pasos y la manera en que su cuerpo parecía al de un bailarín en plena presentación dentro del prestigioso Bolshoi. El programa prometía y estaba ansioso de verlo en vivo, pues la música escogida también les daba una fuerza imponente a sus movimientos.

—¿Seguro no recuerdas que pudiste decir cuando estabas en la junior? —dijo Víctor, con curiosidad. La expresión de Yuri fue elocuente: simplemente rodó sus ojos con desinterés mientras se ajustaba sus guantes, preparado para iniciar su rutina—. Sería bueno recordarlo.

—¿Sabes hace cuanto pudo pasar eso? Joder, casi ocho años —resopló fastidiado—. No voy a disculparme por algo que dije hace ocho años y seguramente ni se lo dije a él. Me entero de que se llama así hoy. 

Víctor no podía estar en desacuerdo, porque estaba seguro de que en su lugar pensaría igual. No podría saber de cuántos en su momento se sintieron enojados u ofendidos con algunas de sus declaraciones, sobre todo en su adolescencia, pero era algo tan habitual en las competencias que prestarle atención o darle tanto peso sería contraproducente. En todo caso, si Giovanni tenía algo que reclamar, bien podría hablarlo.

Sin darle más larga a aquel asunto, Yuri miró a Giovanni abandonar la pista. Ya se encontraba preparado para continuar y Víctor le dio unas últimas instrucciones que escuchó con atención pese a que su mirada se mantuviera en el hielo. A unos pocos metros de él, Otabek también estaba practicando su rutina, con esa solemnidad que lo caracterizaba y que encajaba tan bien con su programa corto. Pero no podía distraerse, debía aprovechar el momento de las prácticas generales para asegurar su mejor participación, así que, tras sentir la palmada en el hombro por parte de Víctor, se apresuró a avanzar hasta el centro de la pista para prepararse y ejecutar a Arsonist’s Lullabye. Todo mientras Otabek terminaba su programa y se veía obligado a regresar hasta donde Nathalie Leroy lo esperaba.

—Eso estuvo bien —elogió la mujer que fungía como entrenadora y madre, al mismo tiempo. Otabek tomó el paño que ella le había entregado y miró con atención la ejecución de Yuri y su programa.

A pesar de que ya lo había observado a través de las redes y la televisión, no dejaba de fascinarle todo lo que transmitía a través de él, y ahora que sabía en parte el significado de su presentación, le hallaba una mayor fuerza a la ejecución de cada uno de sus pasos. El entendimiento de la historia tras el programa le dejaba en claro el significado de lo que Yuri buscaba transmitir, no obstante, aún le resultaba un misterio el cómo la comunicación con Víctor lo hizo posible para llevarlo al final.

Dirigió su atención en Víctor, quien vestía deportivamente mientras sostenía en uno de sus brazos el peluche de caniche que había visto en otras ocasiones como una pañuelera. Estudió sus facciones atentas al programa de Yuri y el modo en que se concentraba y no le quitaba la mirada de encima. No tenía detalles de qué era lo que había ocurrido entre ellos, porque Yuri había preferido no tocar con profundidad lo que había pasado con Yuuri; pero, si algo había notado con creciente irritación, era la cercanía de ambos y lo fácil que resultaba verlos conversar. Nada que ver a lo que había sido meses atrás, cuando apenas Yuri podía tolerarlo.

—Tienes que repetir tu toe loop triple, Otabek. Le faltó fuerza en la entrada y eso bajaría los puntos. —Asintió a las palabras de su entrenadora, devolviéndole la mirada para atender respetuosamente a sus indicaciones—. Y el camel spin necesita más velocidad.

—Sí.

—Sé que puedes hacerlo mejor, así que repítela.

Otabek volvió a afirmar con un movimiento de su cabeza y regresó la mirada hacia el resto de la pista. Notó de inmediato la atención que Giovanni Ritz, del equipo sueco, ponía a la interpretación de Yuri y su patinaje, aunque notaba de lejos la aversión que se filtraba en la mirada azul y la manera en que sus ojos se afilaban con desprecio. Y en efecto, el joven patinador de dieciocho años miraba con resentimiento la fluidez del patinaje de Yuri Plisetsky en medio de las prácticas, que resaltaba ante la ejecución de los dos jóvenes coreanos que aún no tenían la suficiente experticia en el patinaje y se les notaba falencias.

Giovanni apretó sus labios agrietados por el frío y decidió volver a ajustarse la cola con la que sujetaba su cabello rizado y oscuro. A ambos lados estaba cortado con máquina, así que su cabello largo hasta los hombros no era tan abundante como podría creerse cuando lo tenía suelto, imitando así el corte que Christophe Giacometti, su ídolo, había usado durante sus años de competencia.

—¿En qué piensas, Giovanni? —preguntó Joseph, reconociendo esa mirada de rivalidad que el joven dirigía hacía el patinador de Rusia.

—¿Es posible si hago un cambio de último momento en mi programa? —Joseph miró hacia Yuri, quien estaba acabando su programa con las piruetas altas.

—¿Sigues con la idea de usar el lutz cuádruple en el corto? —Giovanni confirmó las sospechas de su entrenador mientras recogía un mechón detrás de su oreja y dirigía la mirada hacia las gradas, donde Chris estaba observando todo mientras vigilaba a su niña caminando entre sus piernas largas, vestida con un abrigo de algodón verde y bolitas blancas que colgaba y saltaba con cada movimiento que la niña ejecutaba—. No lo clavas con seguridad y la mayor virtud de Plisetsky siempre ha sido los programas cortos. —Le recordó su entrenador—. No puedes permitirte errar y darle ventaja allí. Recuerda quien tiene el récord aún.

—Precisamente por eso no puedo ejecutar el programa corto con saltos de tan bajo puntaje.

—La ejecución te dará los puntos que te hacen falta. 

Los aplausos dentro de la pista llamaron la atención de todos, incluso de Yuri quien ya se estaba acercando a la baranda tras haber culminado su tiempo de práctica. Quienes lo estaban haciendo era los dos jóvenes coreanos que estaban practicando mientras veían a Seung-Gil apresurarse hasta la entrada de la pista. Iba con la chamarra olímpica, seguido de cerca por su entrenadora y Phichit. Visiblemente acababan de llegar y los jóvenes patinadores mostraron su profunda admiración homenajeándolo con una entrada digna de quien era el héroe nacional del deporte.

Seung-Gil, sin detenerse en agradecer por los aplausos, simplemente se quitó la chamarra para dejar a la vista su ropa de práctica y la entregó a las manos de Phichit, quien le sonrió con seguridad. Min-So Park le dio algunas instrucciones mientras Seung-Gil ejecutaba unos ejercicios de calentamiento antes de entrar a la pista.

—Vaya, ¿quién habría pensado que sería la próxima estrella de la pista? —Escuchó Otabek a su lado y reconoció de inmediato la voz de Yuri y la forma en que se apoyó a su lado de la baranda, cuando estaba a punto de retomar su programa.

Ambos dirigieron la mirada hacia donde Seung-Gil ejecutaba sus estiramientos, con la misma seriedad de siempre, ignorando a su alrededor como si no fuera con él todas esas muestras de aprecio por parte de los más jóvenes.

—Creo que no se acostumbra.

—No, es que no es una diva como J.J que no puede escuchar un aplauso porque ya está sonriendo y saludando.

—Entrenas con una diva.

—¡Menos mal eso no se contagia! —rieron ambos, mientras Otabek se apoyaba de espalda a la baranda y su amigo relajaba sus brazos sobre la misma.

—¿Y por qué no volviste con él?

—Porque me descuido y ya se entretuvo. —Otabek giró su cuerpo para ver a Víctor bajando las escaleras con la pequeña niña de Chris, agarrada fuertemente de su hombro. Soltó un ‘oh’ elocuente, que Yuri secundó con una risita—. No sabía que le gustaban tantos los niños. ¡Ey, anciano! —Llamó la atención de Víctor desde su lugar y Otabek se crispó. De inmediato, sintió la presencia de Víctor cerca y Otabek se movió tratando de formar distancia—. Ahora sí te ves abuelo con esa bebé en brazos.

—Muy gracioso, Yuri. Deja de distraer a tu competencia.

—¡No la estoy distrayendo! —Otabek prefirió no mirar la dinámica, volviendo a ajustarse sus guantes—. ¿Cómo se llama?

—Victoria.

—Jo… Chris estaba bien jodido contigo.

Ante el comentario desatinado, Otabek miró de reojo a Yuri con aquella información de más mientras Víctor entrecerraba sus ojos hacia él. Pero Yuri, desestimando todo, solo alargó las manos hacia la pequeña que se agarró fuertemente de la bufanda oscura que Víctor tenía en su cuello.

—Ven aquí, Victoria. ¿Cuántos años tienes? —La niña alzó tres deditos de su derecha, provocando en Yuri una sonrisa enamorada. Otro había caído en las redes de Victoria—. ¡Eres una princesa inteligente! ¿Quieres? —La invitó a acercarse—. ¿Te llevo a patinar un rato?

—¡Llegas a hacerle algo a mi princesa y juro que no podrás levantarte más nunca de tu cama! —Esa fue la advertencia que Chris lanzó desde las gradas, al inclinarse y verlo jugar con su bebé. Sin embargo, Victoria se sintió seducida por el largo cabello de Yuri y pronto le abrió los brazos para que la llevara, diciendo ‘patina’ con emoción. Víctor la dejó ir—. ¡Me has escuchado, Plisetsky!

Víctor hizo señales a su amigo para que se despreocupara, aunque se encontraba gratamente sorprendido con ver a Yuri tan interesado en relacionarse con niños. Otabek solo lo miró alejarse y lo vio dar un par de vueltas con la niña, quien se agarró fuerte de su camisa deportiva. La manera en que se desarrollaba aquella interacción le robó la mirada y el aliento, quitándole toda intención de retomar las prácticas por el momento, incluso llegando a olvidar la cercanía de Víctor quien se apoyó en el espacio que Yuri dejó vacío, mirándolo jugar con la pequeña.

Como entrenador, para Víctor era una muy buena señal verlo tan relajado y cómodo en la pista, sin toda esa presión que había demostrado durante el viaje. Significaba que lo que fuera que lo preocupó se había solucionado, y considerando el mensaje de Yuri en la noche pasada, imaginaba que eso justamente tenía que ver con Otabek. Con el reciente acercamiento él se encontró seguro de que el problema con su amigo se había resuelto satisfactoriamente.

De manera repentina, Víctor enfocó la mirada en Otabek dispuesto a comentar cualquier cosa, pero se detuvo al ver la expresión absorta del patinador kazajo en la pista, específicamente en Yuri. Toda intención de conversar se quedó atorada ante algo que él dedujo anormal. La situación se volvió más extraña cuando escuchó un par de llamados de atención en la pista. Otabek se puso en la defensiva y al buscar el origen del alboroto, encontró que Giovanni se había acercado a Yuri, deteniendo su juego con Victoria. Ella, contrario a lo que se esperaría por haber sido cortada en su diversión, más bien abrió los brazos hacia el patinador suizo y Yuri tuvo que dejarla con él, no sin devolverle una mirada claramente ofensiva.

—¡Yuri! —Víctor se enderezó de inmediato, buscando prevenir cualquier altercado antes de competencia. No quería que el buen humor de Yuri se viera afectado ante una nimiedad y le fue imposible evitar el mirar hacia su amigo Chris como si buscara alguna explicación. Su amigo solo lo miró como si le recordara que ya era un tema que habían hablado.

—Maldito imbécil… —Escuchó la voz de Yuri en tono bajo pero molesto, acercándose hacia donde él se encontraba. Se ajustaba también la cola de su cabello que había jalado Victoria en medio del juego.

—¿Qué pasó? —preguntó Otabek, a la defensiva.

—No sé qué puta tiene conmigo ahora. Parece que le herí el orgullo hace años y no lo supera.

—¿Qué te dijo? —quiso saber, Víctor, también molesto por la innecesaria intromisión.

—Que estamos en competencia y me comporte como tal.

El ambiente en la pista se sintió enrarecido casi al instante. Víctor, no muy conforme con lo que acababa de pasar, dirigió su mirada hacia el joven patinador que volvió a la baranda para entregar a la niña en brazos de Masumi. De inmediato, Joseph lo reprendió.

—No le hagas caso. —Víctor escuchó la voz calma de Otabek, mientras veía a Masumi darle una mirada de disculpas desde la distancia.

—No lo voy a hacer. Ya lo aplastaré en competencia para que se enoje con gusto.                     

—En todo caso, hagamos un par de prácticas más y nos vamos —dijo Víctor y Yuri asintió en respuesta—. No te conviene cansarte demasiado y Larissa debe estarte esperando.  

Yuri asintió y se preparó para retomar la pista y practicar de nuevo a Arsonist’s Lullabye, no obstante, se detuvo cuando fue la música de Infinity la que resonó en los parlantes y el cuerpo de Seung-Gil el que se estaba moviendo a toda velocidad y firmeza.

En silencio, se quedaron observando la ejecución del programa corto de Lee mientras este se movía en la pista con fluidez y destreza, demostrando la seguridad con la que ejecutaba su presentación. Cuando el lutz cuádruple apareció en escena, Víctor no pudo evitar abrir sus ojos con pasmo y emoción. La limpieza y agilidad del salto fue tan evidente que tuvo que admirarlo de principio a fin.

Hubo una mudez general en toda la pista mientras la música avanzaba y Seung-Gil ejecutaba el combo de dos triples con un toe loop doble con suma facilidad. Solo tuvo un ligero desliz al momento de ejecutar el triple axel, pero se recuperó de inmediato, antes de que la música dejara de sonar. Al acabar su interpretación, solo jaló aire y agitó el cabello negro a un lado, antes de pasar su antebrazo por sobre la nariz para apartar un poco las ligeras gotas de sudor. Dio un par de vueltas listo para reanudar, él ya sabía dónde estuvo sus falencias y qué hacer para subsanarla.

—Esos no fueron los saltos que usó en Rostelecom —acotó Víctor, mirando con entusiasmo la figura de Seung-Gil, preparándose para volver a iniciar su rutina. Yuri apretó los puños y sintió los nervios atenazarle el estómago—. Cambió sus elementos técnicos.

—¿Deberíamos ajustar nuestro programa? —preguntó Yuri, respirando hondo.

—No. Nuestro programa es perfecto. Patina como lo hiciste en San Petersburgo y el oro es nuestro.                          

Otabek volvió a tener esa molesta sensación de ser aprisionado por una boa constrictora. Sus músculos se endurecieron y su respiración se atoró cuando vio a Víctor posar su mano sobre el hombro derecho de Yuri, mientras le hablaba muy de cerca al oído, observando juntos lo que Seung-Gil hacía en la pista. La tranquilidad que veía en Yuri ante la cercanía, la confidencia que existía entre ellos le resultaba tan desentonado, provocó en Otabek una reacción en cadena. Un deseo de esfumarse, una necesidad de escapar de allí. 

Después de las prácticas de aquel día, pasaron la tarde paseando por la avenida Campos de Elíseos junto a Larissa, donde Víctor, a pesar de estar cojeando, no pudo con su compulsividad y estuvo entretenido junto a la mujer comprando cuanta cosa encontraba. Estaba de buen humor y eso era algo que Yuri le calmaba, porque contrario a lo que ocurrió en América donde ni siquiera habían tenido deseos de salir, ahora sí parecía estar en plena competencia y con los ánimos en alto. Cada vez que veía a Víctor detenerse, ya él se preparaba mentalmente para cargar una bolsa más, y se sintió entonces como Yuuri al llevar un cúmulo de bolsas en plena competencia.

Víctor no se detenía y probaba perfumes, relojes, camisas y demás. Revisaba los nuevos sacos de temporada y mientras estaba entretenido siendo atendido hasta por tres encargadas, Larissa se asomaba en el departamento de ropa femenina y empezaba a revisar algunas prendas que luego abandonaba a pesar de que cada una le hacía brillar los ojos. Cuando Víctor la encontraba infraganti viendo con intereses alguna, le proponía pagarla, pero ella se negaba. Sin embargo, ya cuando había ocurrido por cuarta vez en la salida, Yuri decidió costearlo a pesar de que no contaba con demasiados fondos como para cubrir esos gastos. Así, su madre salió de aquella tienda con una blusa de animal print de marca que lució sobre sus vaqueros oscuros.

Yuri miró en su móvil la fotografía que Víctor les tomó frente a la torre Eiffel con sus prendas, ambos posando con sus lentes oscuros y señal de victoria mientras imitaban alguna expresión de un artista de rap. Allí estaba Larissa a su lado y debía reconocer que pese a no hablar demasiado y solo estar uno al lado del otro, se había sentido feliz. Quizás debería hacer caso al consejo de su amigo y dejar de pensar en lo pasado para darle la oportunidad de crear verdaderos recuerdos en el presente, porque la burbujeante felicidad que sintió en su pecho al verla agradecerle con una enorme sonrisa por el regalo, la quiso tener viva por más tiempo.

—¿Estás listo?    

Ante la pregunta de Víctor, Yuri asintió y soltó el aire con nerviosismo. Ya tenía su traje de Arsonist’s Lullabye puesto, aquel bellísimo enterizo negro con los fragmentos blancos que adornaban sus hombros y pecho, como hielo quebrándose en la oscuridad, seguía luciendo formidable en él. Fue curioso percatarse que hasta el momento admiraba el detalle del traje, lo bien confeccionado que había sido y la minuciosidad con la que Víctor dio instrucciones al modista para lograr el efecto deseado.

—Bien, entonces hay que peinarte.

—Larissa quería hacerlo —dijo de forma atropellada, con el calor empezando a llenar sus mejillas y orejas. No miró a Víctor, pero bien pudo imaginarse su expresión de sorpresa y luego entendimiento.

—Oh, ¡perfect! Entonces esperaremos por ella.

Sin decir más, Víctor abandonó la habitación ya vestido con su traje y usando el bastón para no lastimarse en hacer un sobreesfuerzo con su rodilla. Contrario a las veces anteriores, parecía lucir con dignidad su condición, sin limitarse por lo que la gente podría decir al respecto si no, más bien, sintiéndose cómodo con el papel que estaba interpretando en esa competencia. Después de todo, era el entrenador, y Yuri podía verlo tan confiado al respecto que eso le dio fuerzas para enfrentarse a la competencia que venía. Si Víctor se sentía así, tenía que dar todo de sí para ganar.

Al poco tiempo, el toque de la puerta le advirtió la llegada de alguien cuya voz no tardó en reconocer. Larissa había llegado, y luciendo un vestido floreado bajo una licra negra y botines de cuero, se acercó a su hijo sin aparentar la edad que poseía. Treinta y ocho años parecían haber pasado en vano. Mientras la esperaba, todo lo que había hecho era peinar su cabello lacio y quitar los nudos que quedaron tras el baño. Los dedos de Larissa se encargarían de darle forma a su cabello.

Después de un corto saludo y con el conocimiento de la incomodidad que les rodeaba cuando estaban juntos, Larissa se precipitó para iniciar con la faena. Yuri sintió las manos de su madre con un estremecimiento que le embargó de pies a cabeza y retomó el ritmo de su respiración, cuando los dedos de ella empezaron a peinar con calma y mesura su cabellera. Lo primero que hizo fue aplicar el secador e ir dividiendo las partes de su cabello.

—Lo tienes tan hermoso… —dijo Larissa en un tono de voz apacible—. Y te lo estás cuidando bien.

—Víctor tiene todo un salón de belleza en su baño… —se justificó, pensando en la gran cantidad de shampoo, acondicionador, reparadores capilares y un montón de productos más que a duras pena sabía su función. Larissa rio suavemente.

—Se ve que Nikiforov siempre ha estado al pendiente de su imagen.

No hablaron mucho al respecto, pero Yuri miraba a través del espejo el esmero que su madre colocaba para hacer que cada hebra de su cabello estuviera en su lugar, la atención en que creó las trenzas a cada lado de su cabeza, para luego peinar el resto del cabello e ir formando la cola. El peinado era diferente a lo que había usado anteriormente, pero a Yuri no le importó. La experiencia de ser peinado por su madre recobró un poderoso significado, casi surreal, que apretaba el corazón a sus costillas con cada latido lastimero. Provocaban ganas de llorar.

Yuri hizo un esfuerzo consciente para no derramar lágrimas, respirar hondo y concentrarse en lo que tendría que hacer después, para no dejar que imágenes antiquísimas se reflejaran como contraste a su propio reflejo. Escenas tales como aquellas donde veía a otros jóvenes competidores en Rusia ser peinados por sus madres mientras él tenía que conformarse con su maestra de ballet o alguna de las jóvenes senior que le encantaban peinarle el cabello. No quería encontrar de nuevo la ausencia, pero como costaba.

—Perdón. —Yuri escuchó y prestó atención, no a su imagen conteniendo el rojo en su rostro precariamente, sino el rostro de su madre que ya se arrugaba intentando esforzarse para lograr lo mismo, con un resultado completamente contrario—, no puedo evitar recordar cuántas veces deseé hacer esto. —Larissa sostuvo el cabello de Yuri con una de sus manos temblorosas, mientras apresuraba la otra a cortar el paso de las dos largas lágrimas que brotaron sin permiso de sus grandes ojos verdes—. Gracias por dejarme hacerlo…

No se sintió capaz de decir nada sin que se mojaran sus palabras. Yuri prefirió mantenerse callado, controlando la respiración mientras Larissa retomaba el trabajo y él volvía a sentir sus dedos largos acariciándole el cuero cabelludo y arrastrando el cabello con cuidado. Recordó las veces que volvió a casa con una medalla, pero sin la presencia de ella. Y después, como corría hasta su abuelo, mientras ella estaba ocupada en su cocina, todo porque su ‘lo hiciste bien’ no valía después de ese tiempo que ella no estuvo allí.   

—Odiaba tanto a mi jefe… —De repente comentó, pestañeando rápidamente como si así quisiera triturar a las lágrimas, al acabar de acomodar el último mechón de cabello—. ¿Lo odiaba sabes? Era un abusivo, no quería pagarme a tiempo, me insultaba y cada vez que pedía permiso para verte me lo negaba. Llegaba a casa frustrada, cansada, nerviosa. Sentía que mi vida estaba estancada…

—Y te fuiste.

No pudo evitar soltar aquellas palabras con el dolor que aún sentía al recordarlo. Revivió el día que regresó de la práctica y mamá ya no estaba allí, el modo en que lo abrazó y lo besó en la mañana, despidiéndose sin decirle nada. Él esforzándose para que mamá no tuviera que trabajar más, para ser el hombre de la casa como su abuelo y cuidar de mamá, para que mamá terminara dejándolo con él. Porque se fue y no le dijo a dónde. Se fue y no le dijo por cuánto tiempo.   

Se fue a cumplir su sueño. Se fue a cantar como lo hacía antes de él. Para Yuri, fue evidente su posición en la vida de su madre. Para él quedó escrito que era una traba en los sueños de su vida. Y juró que su madre tampoco lo detendría de lograr los suyos.

¿Cuántos tenía? No lo recordaba… quizás cinco, quizás seis años. De lo único que estuvo claro fue del dolor que sintió, la decepción, la rabia…

—Me habían prometido un cielo entero de participar en ese programa de cruceros… —soltó ella, con desgano, mientras miraba a la pared—. Juntarme al grupo musical para alagar a los turistas, ganarme así la simpatía de todos. El sueño de probablemente recuperar lo perdido… Fui tan ilusa.

—¿Te arrepentiste? —repentinamente Yuri preguntó. Los ojos enrojecidos de Larissa lo buscaron en el reflejo y Yuri sintió sus ojos arder cuando pudo devolverle la mirada a través de él—. ¿Te arrepentiste de tenerme?

—Claro que n…

—Pudiste continuar con tu sueño con solo no tenerme. —La voz se atravesó en medio de la angustia. La garganta cerrada, dejó salir las palabras a través de un filoso agujero—. P-pudiste abortar y así continuar con tu carrera de artista, lograr todos tus sueños y seguir siendo la estrella que querías ser. P-pudiste…

—Escúchame bien, Yuri Nikolaevich Plisetsky. —Yuri se vio obligado a callar y a contener el temblor de su mandíbula cuando miró, a través del espejo, la forma en la que el rostro de Larissa se había endurecido y enrojecido—. Nunca, nunca más vuelvas a poner en tela de juicio mi deseo de tenerte. Fue mi decisión, yo quise hacerlo. Pude haberte abortado, tenía todo a mi mano para lograrlo, incluso… tu padre me lo exigió. Y preferí dejarlo antes de hacerlo.

Recogió el aire, más no pudo respirarlo. Salió del mismo modo, a través de un resoplido agónico de sus labios, intentando, ya en vano, contener las dos gruesas lágrimas que se estrellaron contra el traje. Larissa no estaba mejor, no. Ella era una estatua digna de mármol, ruborizada por la conjunción de sus emociones y manteniéndose de pie en medio del aguacero que acababa de provocar mientras en su rostro había quedado perpetua la expresión de dolor húmedo.

—Pero, aunque todo el mundo me lo dijo: el grupo, mi mánager, él, no lo deseaba. Llegué a decirle a papá y él todo lo que me dijo fue: ‘¿qué es lo que quieres?’ No dudé un segundo en saberlo: ‘quería tenerte’. —La voz se rompió en esa última sílaba—. Entonces… p-papá me dijo: ‘tenlo’. ‘Tendrás que trabajar duro’, me advirtió. ‘Tendrás que sacrificar mucho’, me remarcó. ‘Pero si decides tenerlo, no le faltará padre. Yo seré su padre y no te dejaré sola’. 

—Al menos él sí cumplió su promesa…  —Dos nuevas cayeron sobre su pantalón y las otras que escaparon rodando por su rostro fueron secadas por su antebrazo bruscamente. 

—Fue el mejor padre que pude tener… —aseguró Larissa con los puños apretados sobre su vientre—. El mejor que pude darte… Por eso, le prometí que también cumpliría la mía y… sería mejor madre de lo que nunca fui. Que ‘trabajaría duro’ y ‘sacrificaría mucho’ para ganarme un lugar a tu lado, Yuri. ¡Para que esta vez, si te sientas orgulloso de m…!

—¡Yuri, ya es hora!

La intempestiva intromisión de Víctor cortó el momento que estaban viviendo. Larissa se apresuró a voltear para secar las lágrimas y Yuri inclinó la cabeza, con su peinado ya listo, pero el rostro empapado. Víctor se detuvo consciente de que llegó en un mal momento, pero sin decir nada, fue Yuri quien se levantó para alejarse del lugar al necesitar aire para serenarse.

Se sentía desangrado. Un enorme agujero yacía ahora en su pecho, justo donde debía estar su corazón. Ese vacío se precipitó hasta su estómago y lo hizo caminar adolorido, como si hubiera recibido un gran golpe en su tórax. A pesar de escuchar la voz de Víctor, caminó con las rodillas temblándole y no se atrevió a darle la mirada. La expresión de su rostro desconcertado y guardando las palabras de su madre era el fiel reflejo del aturdimiento que vivía, en su esfuerzo por contener el dolor y el golpe que quería dar a alguna pared.  

—Yuri Plisestky. —Entonces, escuchó frente a él, en ese tono mandatorio y fuerte que aún con la suavidad aquella voz, le estremeció de pie a cabeza.

Frente a él, estaba Lilia. El abrigo grueso cubría su cuerpo menudo y religiosamente llevaba su cabello atado de forma firme, incluso aplacando las arrugas que seguían marcando su rostro. Sin la señal de una sola cana, ella se presentó ante él con la entereza de siempre, que ni siquiera los años que había tenido sin verla había menguado. Diferente a Yakov, se veía lúcida, fuerte e imponente. Una mujer capaz de enfrentarse a las décadas con elegancia y convicción, provocando que los mismos años flaquearan al tocarle el rostro.

Yuri la vio, la vio por un largo minuto antes de sentir que el nudo se zafó en su garganta y las lágrimas salieran solas. La vio y cuando ella le miró con firmeza, no pudo contener el impulso que lo llevó a abrazarse de ella a pesar de que ya no era el niño al que ella cuidó en su adolescencia; a pesar de ser un adulto que debía encorvarse para cubrirla, para rodearla con sus brazos por encima de esos hombros pequeños y quedarse allí.

Yuri lloró.

Lloró como no recordaba haberlo hecho antes.

Lloró incluso más fuerte cuando las manos delgadas y huesudas de Lilia se posaron en su cabello peinado y su mejilla húmeda. Cuando sintió como ella, con su menudo cuerpo, lo acogía cuán palmera enfrentando estoica y fuerte el violento viento de un huracán.

—Plisetsky. —Escuchó en su oído, con aquella voz autoritaria que, a pesar del ligero temblor, no perdió su fuerza—. Te doy solo cinco minutos para llorar.

—Sí. —La apretó.

—Solo cinco minutos. Estamos por competir y tienes que ganar ese oro.

—Sí…

—No me harás haber venido de tan lejos para verte perder.

—Sí…   

—Van cuatro minutos, Plisetsky.

—Sí…

Víctor miró la dinámica desde lejos, observando el modo en que el alto cuerpo de Yuri cubría la menuda figura de Lilia y pudiendo establecer el comparativo entre esa imagen, y la que vio en aquel año senior donde Yuri estuvo a su cargo con Yakov, mientras él se encontraba con Yuuri. Recogió suficiente aire, desalentado, con la sensación de que el oro se escapaba de sus manos porque no podría exigirle a Yuri, en un estado así, el enfrentarse con toda su entereza en la competencia. Pensó si, quizás, tomó las decisiones equivocadas y fue su falta de asertividad lo que provocó todo ello.

¿Debió decirle a Larissa que no fuera?

¿Debió haber hecho tripas a su corazón y dejar de meter aquella dinámica familiar obligatoriamente, forzándolo a ambos cuando no se encontraban listos?

Ni siquiera pudo enojarse por Larissa, no viéndola allí, sosteniéndose precariamente en el respaldar de la silla mientras temblaba, tapaba a su rostro con su otra mano y las lágrimas seguían cayendo, estallando en la loza.

Quizás habían intentado un paso demasiado largo, y ambos, buscando saltar la distancia, se habían estrellado en el suelo. Se habían hecho añicos contra la realidad de que aún no estaban preparados. Se habían lastimado más de lo que hubieran querido.

—Tome. —Ofreció al acercarse, mientras Larissa levantaba la mirada quebrada y enrojecida, con el delineador manteniéndose firme a pesar del torrencial de lágrimas que seguían cayendo. El pañuelo, en medio del camino, esperó por ser aceptado—. No sé qué ocurrió… —dijo cuando ella lo tomó para secar con cuidado las lágrimas bajo sus pestañas—, pero considero que debe tener paciencia.

—Paciencia… —musitó Larissa, levantando el rostro enrojecido mientras apretaba el pañuelo—. He tenido paciencia, Nikiforov, la he tenido tantas veces, pero parece que todo intento que hago para acercarme, termina siempre de esta manera. Con reclamos, con indirectas, con… exigencias…

—Le dije que si no es usted quien lo entiende como su madre, ¿qué puede esperar Yuri del resto? No ha sido fácil para él…

—¡Ya es un adulto, por el amor de Dios! —exclamó ahogada—. ¿Por qué él no se detiene también a entenderme? ¿Por qué no se pone en mis zapatos, e intenta entender lo que siento, lo que sentí…? ¿Por qué se le ocurre decirme que por qué no lo aborte para seguir mi sueño? —Víctor apretó la mandíbula ante esa aseveración, masticándola con dificultad—. ¡No lo hice y ya! ¡De qué va a servir ahora seguir hablando de eso!

—¡Él necesita entender! ¡Pero para entender tiene que escucharla! 

—¡Eso intento! —alzó la voz, caminando para confrontarlo a pesar de su pequeña estatura—. ¡Eso intento, Nikiforov! ¡Eso intento!

—No muy bien si pone a mi estudiante en ese estado. —No pudo controlar el tono agresivo de su voz al ver la terquedad de Larissa. Ella le miró con destrozada, aun así, indomable—. Voy a empezar a considerar un error el que usted se encuentre aquí.

—¿Me vas a decir que me vaya, Nikiforov?

Víctor la miró, estremecido. En su mente, los sí se arremolinaba y golpeaban las paredes de su cabeza, más su boca no se atrevía a pronunciarla, no mirando esos ojos verdes y grandes, tan iguales a los de Yuri, enfrentándole con dolor y orgullo. No viendo a esa madre y pensando que le gustaría tener la suya aún viva.

Maldijo su propia debilidad y apretó los labios. Larissa chasqueó la lengua y renegó.

—Tú no puedes entender. —Sentenció ella, dejando a un lado de la mesa bajo el espejo, al pañuelo que había usado.

—Lo único que puedo entender, es lo solo que Yuri estuvo sin usted —dijo con premura, sin controlar el tono pausado y comedido de su voz. Larissa le dirigió la mirada a pesar del temblor de sus labios—. Porque puedo recordar muy bien al niño que llegó a San Petersburgo agarrado de la mano de Yakov, al niño necio que me veía de lejos cuando no quería atender las llamadas de mi entrenador y estaba al pendiente de mis rutinas. Lo terco que lo veía, lo decidido que estaba a ser el mejor, esas cosas me recordaron a mi yo de su edad, desobedeciendo a Yakov, haciéndolo rabiar. También me recordó mi soledad.

Víctor le miró con calma, con sus ojos claros y honestos transmitiéndole la verdad de sus palabras, mientras el recuerdo se atravesaba frente a él como una cortina. Las imágenes de ese Yuri pequeño e indefenso queriendo ser ya adulto en un mundo de adultos, tratando de imponerse sin resultados, mientras el resto del equipo solo lo avalaba porque era un niño. Un niño con potencial, un niño solo.  

—Recuerdo que, tras las dos semanas, le pregunté a Yakov: ‘¿dónde está su mamá?’ —La mandíbula de Larissa tembló ante sus ojos—. Yo sé que es estar sin madre, la diferencia es que la mía no pudo estar conmigo.

Hubo silencio entre ambos, pues no había nada más que decir. Nada que pudieran comentar ellos dos sobre lo ocurrido, sobre las consecuencias de las decisiones que Larissa pudo tomar y sobre el efecto evidente que había marcado a Yuri. Nada que pudieran solucionar allí.

—Nikiforov. —La fuerte voz de mando de Lilia arremetió en el tenso ambiente, haciéndolo trizas. Víctor se giró para ver a la figura de la madame de Bolshoi, imponente y derecha, observándolos a ambos como si fueran parte de su elenco—. ¿Qué haces aquí? Ve a prepararte con Plisetsky. Tengo entendido que ya empezarán la categoría masculina, la danza de pareja está por acabar.

—¿Yuri está…?

—En el pasillo. Esperándote, por supuesto. —Entró con un par de taconeos lentos y elegantes—. Listo para competir. —Víctor no pudo creerlo de primera mano, pero no había nada en el rostro de Lilia que le permitiera mantener la duda—. Ve con él.

—Bien… antes debo prese…

—No te preocupes por eso, ya tuve el placer de conocerla. —La firmeza de su voz en ningún momento menguó, pero Larissa bajó la mirada y apretó sus manos juntas sobre su estómago. Víctor observó todo y no quiso siquiera inmiscuirse.

—Está bien. —Víctor decidió apresurarse, pero al pasar al lado de la ex esposa de Yakov, Lilia lo agarró con fuerza de su brazo, deteniendo su caminar. Era impresionante como un cuerpo tan menudo tenía esa capacidad marcial que hacía enderezar cualquier elemento ante sus ojos.

—Espera un momento. —Le dijo, con seguridad—. Tienes que ser mucho más duro con Plisetsky, Nikiforov. No vayas a allá a mostrar esa cara de inseguridad y vergüenza, todo lo que harás es profundizar su estado.

—Yo…

—Muéstrate firme y seguro —asestó sin escuchar réplica—. Trátalo como un soldado que debe salir a luchar por su vida en el hielo. Muéstrate implacable, potente, exigente. Yuri es el tipo de personas que reluce bajo la presión, como una bella pieza de diamante. Ni se te ocurra mirarlo con esos ojos de cachorro regañado que tienes ahora —soltó con desagrado—, compórtate ante él como el lobo que eras cuando ibas a buscar tus medallas de oro y a romper récords mundiales. ¿Me has escuchado?

—Sí —repuso con el respirar atorado, al tiempo que la mujer retiraba su mano de su brazo. La mirada de Víctor se había aguzado hasta mostrar su filo—. ¿Algo más?

—Nada más. —Lilia regresó la mirada al fondo de la habitación, donde Larissa se encontraba—. Lo harás bien. Ahora, vete.                               

Víctor asintió y recogió el bolso con los implementos antes de salir de la habitación, usando el bastón para impulsarse en cada uno de sus pasos. Dejó a ambas mujeres completamente solas en aquella habitación y miró a Yuri de pie contra la pared del pasillo, con la nariz roja y la capucha de su chamarra deportiva puesta. Había acabado de vestirse usando la chamarra deportiva y dejando que el par de mechones que habían quedado libres del peinado le enmarcara el rostro. No se detuvo a contemplarlo, apretó imaginariamente a su corazón para sentirse con la fuerza de decir: ‘vamos’.

Sin más, Víctor empezó a avanzar con su traje plomo hacia la salida del pasillo y Yuri caminó tras él en silencio. Pronto, las luces de los flashes en el lugar iluminaron su camino y Víctor tomó el brazo de Yuri, jalándolo consigo mientras evadían a la prensa que empezó a preguntar. Pudo detallar la presencia ya de los otros competidores, de Masumi acompañando a Giovanni junto a Joseph, de la madre de los Leroy con Otabek y de Seung-Gil junto a su entrenadora, respondiendo ya algunas preguntas. Notó la mirada de Otabek sobre ellos, pero continuó con su camino:

—Estamos listos para dar lo mejor de nosotros. Daremos declaraciones al final del programa corto —indicó Víctor a la prensa, apresurándose para escapar de ella y entrar al pasillo oficial. Allí, pudo notar la mirada intrigada de Petra, persiguiéndole.

Cuando se hallaron en el resguardo de la sala oficial, caminaron con firmeza, sintiendo detrás de ellos al resto de los equipos. A su vez, ya se estaban retirando los grupos que habían competido en el programa corto de danza sobre hielo, saludándose entre ellos tras recoger sus implementos dejados en la sala de espera. Víctor escogió un lugar más o menos retirado del resto, con suficiente espacio para ubicarse con comodidad y allí vio a Yuri sentarse en la banca, con sus hombros hundidos y su perfil acongojado.

Nervioso, Víctor apretó su mandíbula y luego pasó una mano sobre su nuca. Las palabras de Lilia habían sido certeras, pero todo lo que él genuinamente quería hacer en ese momento era regalarle un abrazo. ¿De dónde iba a sacar fuerzas para imponerse…? ¿No sería peor? ¿No terminaría como Yuuri llorando en el estacionamiento y diciéndole que solo confiara en él?

Yana le había dicho que Yuri era diferente y no podía ser tratado como él había tratado a Yuuri antes.

Lilia le acababa de decir que debía presionarlo.

Yakov fue lo único que vino a su mente.

—¿Quién dijo que te sientes? —bramó, logrando alzar su voz lo suficiente para que Yuri levantara su mirada extrañada hacia él—. Práctica el programa.

—¿Ahora? —replicó incrédulo, pero Víctor solo endureció su mirada.

—Ahora —aseveró—. ¿Cuándo me viste previo a una competencia sentado en una banca? ¿Cuándo viste a Yuuri hacerlo? —La expresión de pasmo de Yuri fue muy evidente, pero Víctor no se movió—. ¿Qué estás esperando?

«¡Exígeme como si fueras tú el que va a patinar!» 

Víctor recordó, Yuri memoró.

«¡Estoy harto de la indulgencia! ¡Necesito que me exijas!»

Víctor enarcó una ceja, esperando silentemente la obediencia a su orden. Yuri apretó sus puños y sintió el peso de sus propias palabras ahora gatillándolo.

—Levántate. —Lo hizo—. Elonga, ahora. 

No hubo una respuesta en la voz de Yuri, pero este mismo empezó a estirar la colchoneta que llevaban con ellos en el suelo, para luego extender el largo de sus piernas y empezar con los ejercicios de estiramientos que Víctor le estuvo asignando. No hubo un solo minuto en el que no se enfocara a tal actividad, Víctor le dio instrucciones sobre el siguiente ejercicio a realizar y Yuri lo acogió de manera autómata, endureciendo a su corazón e ignorando cada latir hasta que dejara de doler.

Al poco tiempo, Víctor dio la orden de levantarse. Los aplausos del estadio estallaban de lejos y se podía sentir la presión que caía sobre las paredes del AccorHotels Arena. Las bocinas se preparaban para dar el anuncio de la categoría masculina.

—El programa, ahora —ordenó Víctor con voz de mando, y sostuvo el peso de su cuerpo sobre el bastón a su derecha. Yuri se levantó y recogió la colchoneta, para después colocarse el audífono y comenzar a emular los movimientos de su programa—. De nuevo, no está fluyendo. —Yuri repitió el movimiento—. Están temblando tus brazos, Yuri, ¡con más fluidez! ¡Suéltate! —Yuri asintió y volvió a repetirlo, tomando aire, apretando el estómago—. Así, con suavidad. Repítelo de nuevo.

Yuri empezó a soltarse, a soltar sus músculos atrofiados por la tensión, a respirar con mayor libertad mientras se movía deslizándose en el pasillo como si estuviera en el hielo. Prensó su mirada hacia el futuro que ya había llegado, puesto que los comentaristas habían tomado de nuevo la palabra para anunciar que en minutos empezaría el programa corto masculino con la entrada de primer grupo, donde él entraría.

Víctor se giró cuando escuchó la voz de los encargados técnicos indicando que ya era hora de prepararse. Detuvo las prácticas de Yuri para ordenarle el ponerse sus patines y prepararse para entrar. El resto de los patinadores ya estaban realizando sus propios preparativos, algunos solo recibiendo instrucciones de sus entrenadores, otros sentados concentrados con los audífonos y unos pocos haciendo ejercicios de estiramiento, incluyendo a Seung-Gil quien se veía indetenible. Otabek tenía puesta la mirada en ellos, con la visible interrogante en su rostro. 

—¡Nos estamos preparando para la entrada del primer grupo de la categoría masculina del patinaje artístico! ¡Todo el estadio está emocionado por ver los resultados del programa corto! 

—Después de la magnífica interpretación de la pareja rusa, Giovanni Peskov y Keyla Kastérova, que emocionó a todo el público con su impresionante flamenco, ¡nos encontramos listos para ver el resultado de esta competencia masculina!   

—En el primer grupo estarán participando Kim Dae-Hoon, Yuri Plisetsky, Giovanni Ritz y Kim Jae-gang.

Ante el segundo llamado, Yuri se levantó con los patines junto a sus protectores puestos y alcanzó a Víctor, mientras ya los otros tres concursantes estaban alineándose para salir. Cuando se miraron ambos, solo fue necesaria una señal para también unirse al grupo.

—¡Yuri! —llamó Otabek, inquieto ante la atmosfera extraña que rodeaba a su amigo y la potente frialdad que Víctor estaba demostrando a su lado. Yuri volteó y se quitó la capucha, de modo que Otabek pudo notar, pese al tiempo, los rezagos del llanto que había gobernado a Yuri minutos atrás. 

Quiso preguntar… quiso hacerlo, pero no había tiempo y eso lo supo con solo ver la mirada de Yuri, encendida, como la de un soldado yendo a la guerra herido de muerte, soportando la herida vendada porque la batalla no había acabado.

Se quedó atorado con sus palabras y al escuchar el tercer llamado, se vio obligado a hablar.

—Davai. —Fue todo lo que dijo, pero lo suficiente potente para que la mirada de Yuri por un segundo se viera agrietada. El levantamiento de su pulgar hizo que el dolor fuera aún más fuerte dentro de su pecho.

—Davai —respondió Yuri, con una sonrisa que no llegó a ser.

Otabek lo vio partir, mientras Víctor apartaba la cortina para que Yuri pudiera salir hacia la pista.

El público rugió. Las banderas de Suiza, Rusia, Corea del Sur y China se movían frenéticas en el aire. Las Yuri Angels llenaban un ala del estadio y gritaban embravecidas mientras levantaban pancartas de Yuri y lucían piezas de ropa con detalles de animal print. Víctor ordenó: ‘saluda’, y ambos levantaron la mirada hacia las fanáticas que habían ido a respaldarlos y alzaron el brazo para contestar a la fe que ella seguía teniendo en ellos. Los gritos aumentaron llenos de júbilo, aunque dentro de Yuri había un sonido sordo, haciendo eco en un enorme vacío.

Diligentemente, Yuri se quitó los protectores de los patines y se los entregó a Víctor, entrando a la pista junto al resto para iniciar las prácticas, después del anuncio de cada uno de los jueces.

—En el orden del primer grupo, inicia el primer patinador Kim Dae-Hoon por Corea del sur, de segundo Yuri Plisetsky por Rusia, el tercer patinador, Giovanni Ritz por Suiza y el cuarto patinador, Kim Jae-gang por China.

—En la tabla de puntuaciones, Yuri Plisestky es quien obtuvo el cuarto lugar en el Skate América, necesita ganar o tener la medalla de plata en esta competencia para poder optar por la Gran Final —puntualizó uno de los comentaristas entusiasmado mientras se escuchaba la música potente de un buen rock para animar a las gradas—. Kim Dae-Hoon, debido a su quinto lugar en el Skate Canada, deberá ganar sí o sí para tener la posibilidad de entrar al grupo de los seis mejores patinadores del mundo, en la Gran Final de la serie Grand Prix que tendrá lugar precisamente aquí, en Francia, dentro de la ciudad de Marsella.    

—Por su parte, para Giovanni Ritz y Kim Jae-gang esta es la primera competencia de la serie en la que participan y deben apuntar al podio directamente para poder tener posibilidad, ya que estamos seguros de que Otabek Altin y Seung-Gil Lee tienen las mayores posibilidades de ingresar al Grand Prix Final, acompañando a Jean Jacques Leroy y Minami Kenjirou, quienes ya clasificaron.

El clamor aumentó. Víctor hasta ese momento se percató que de la presión había olvidado el peluche de Makkachin en algún lado, y apretó sus manos hechas puño contra su estómago, lidiando con la ansiedad que empezaba a sentir con fuerza ahora que estaba allí, mirando a Yuri negarse de realizar ningún salto en esas prácticas. Otabek, desde el pasillo y usando el televisor, observaba todo también con los nervios apretándole las entrañas.

El momento para darlo todo, había llegado.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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