Matryoshka II (Cap 42)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 42: Estamos listos

Cuando despertó ya se escuchaba ruido en la cocina. Otabek no quería interrumpir un encuentro mañanero entre la pareja de jóvenes padres, así que aguardó un poco para asegurarse si estaban allí; pero solo se escuchó el movimiento de las sartenes, el sonido del aceite caliente y la televisión encendida en bajo volumen con una noticia internacional en el deporte, específicamente en Rusia.

Eso lo animó a asomarse. Se detuvo en el marco a ver la pantalla donde Dimitri Bukin estaba frente a las cámaras, hablando sobre el caso del boicot de la copa Rostelecom. El título abajo rezaba: “A tres años de cárcel imputados autores del boicot” y más abajo “la comunidad internacional está al pendiente de las acciones”.

—La FFKK está apoyando a las autoridades de nuestro país para dar con los responsables de la planeación de estos eventos. Les aseguramos que toda la comunidad deportiva internacional puede sentirse a salvo, porque nuestro país es seguro para las competiciones. —Escuchó la voz de Bukin hablando en ruso, mientras la voz del intérprete en inglés también se oía. Otabek no necesito de ello para entender las palabras de aquel directivo.

—¡Buenos días, Otabek! —Esa fue la voz de J.J, quien lucía un delantal azul por sobre su ropa de dormir, unos sencillos shorts de cuadros y una camiseta blanca—. ¿Quieres omelet?

—Buenos días, Jean. Sí, por favor.

La noticia cambió de rumbo, ahora hablando de los preparativos de soccer en la región. Otabek tomó lugar sobre unos de los banquillos del mesón mientras veía a J.J moverse con soltura y ánimo esa mañana. Tal parece que encontrarse íntimamente con su esposa más que quitarle energías, las había recargado.

—¿Y Collette?  

—Despertó hace una hora. Ya la llevé a la cama con Isabella. Mi reina no puede pararse. —Otabek se pasó la mano a la cara mientras veía a su amigo guiñarle el ojo confidentemente. No, no tenía arreglo. ¿Dónde había quedado el virginal muchacho que aseguraba que podría llevar una relación sana con su novia? Parecía que después de haber descubierto los placeres del sexo, no podía dejar de probarlo más.  

—Pobre Isabella —murmuró Otabek mientras veía la taza de café servida y arrastraba ahora el azúcar para endulzarlo—. ¿Ya tan pronto buscas el hermanito para Collette?

—Oh no, hemos decidido que no queremos más hijos tan pronto —dijo J.J, mientras partía el huevo—. Nos estamos cuidando. Solo queremos dos hijos nuestros y cuando estén grandes, adoptar a un tercero. Y bueno, después del segundo me haré la vasectomía.

—¿Estás hablando en serio?

—Sí. ¿Qué es lo malo? Ya averigüé y no hay efectos secundarios, y así mi reina deja de pensar en anticonceptivos. —Otabek lo miró con asombro—. Respeto que mis padres nos haya tenido a todos y es genial tener tantos hermanos, pero para nosotros queremos una familia más pequeña. Isabella quiere también ejercer su carrera y yo no puedo patinar para siempre, así que nos estamos preparando.

—Todo va muy bien planeado, por lo que veo.

—Isabella no es simplemente mi mujer, es mi compañera de vida, y quiero que si vida conmigo sea la mejor.

Otabek estuvo seguro de que empezaría allí una disertación de J.J nombrando cada cosa que amaba de su esposa, así como ocurría antes, cuando eran compañeros de pista en la junior y J.J hablaba de las bondades de su novia mientras él tenía sus primeras experiencias sexuales. Habían sido tan distintos desde el principio y no creía que algo de lo que hubieran hecho antes estuviera mal. J.J siguió fiel al estilo de vida que había decidido y eso le ayudó a obtener lo que deseaba en su futuro. Él había hecho algo parecido, aunque sus últimas decisiones parecían mostrarle que no había estado en lo correcto como creyó.

El llanto de Collette se escuchó en la cocina y J.J le sirvió apresurado el omelette en su plato antes de correr a la habitación. Otabek se limitó a comer en silencio para pensar en las palabras escuchadas, en todo lo que había vivido y visto de la dinámica de esa pareja y en las verdades que Isabella le dijo en la noche, las cuales aún daban vueltas sobre su cabeza.

Cuando J.J regresó, cargaba con Collette que lloraba bastante histérica. Parecía muy incómoda por el malestar de la gripe, apretaba sus puños y lloraba a todo pulmón, amenazando con despertar a todos. Al verlo tan desorganizado tratando de prepararle el biberón y meciendo a su hija, Otabek decidió darle una mano y se encargó del alimento. J.J no dejaba de limpiarle la cara llena de lágrimas y flemas a su hija, mientras ella tosía con bastante congestión, escuchándose de forma preocupante el pase del aire a sus pulmones. Al final, tuvo que tomar asiento en la sala y empezar a hacerle caras para que al menos el llanto de Collette se detuviera un poco.

En poco tiempo, Otabek tuvo listo el biberón y se lo extendió al padre primerizo quien, tras asegurarse de la temperatura, se lo dejó en manos de la niña. Collette tomó el biberón con firmeza y comenzó a mamar mientras miraba con sus ojos vidriosos al rostro de su padre. Fue imposible no conmoverse así, J.J se entretuvo peinándole el cabello mojado y alborotado por el dormir, apaciguándola con su voz calma. La estampa entre padre e hija era muy íntima.          

Otabek volvió al mesón para acabar su desayuno por completo y al hacerlo, se acercó a la sala para ver como la niña había acabado ya con el alimento. Arrugaba la cara aún fastidiada, pero se aferraba a la ropa de J.J necia a no dejarse arrancar de él. No quería otros brazos que los de su padre, por eso se acomodaba contra su hombro con un puchero encantador dispuesta a aferrarse a él.

—Se ve que te extrañó mucho —comentó, a sabiendas que sí, que durante esos días Collete había estado llamando a su papá y él por mucho que intentó apoyar a Isabella con el cuidado de la bebé, muchas veces eso no bastó.

—Y yo a ella… La extrañé mucho allá.

J.J dibujó una expresión taciturna mientras evocaba el recuerdo, teniendo presente todo aquello que había sido parte de una escena que pareció una película de terror. El peso de su hija colaboraba para no entrar de nuevo a aquella realidad, aunque sus ojos temblaron con haberla memorado. Incluso con solo verle la expresión, Otabek sintió un súbito estremecimiento que se regó por toda su espina dorsal, tensándolo.

—¿Cómo fue? —repentinamente preguntó. J.J le miró sin comprender—. Lo que ocurrió con el boicot. ¿Cómo fue?

—Aterrador.

No podía ser de otro modo porque el miedo se había colado como una bola enorme que le apretaba los órganos internos. Todo había sido catastrófico, una mezcla de rabia, pena y furia que se había transformado y empezaba a tener vida propia, con la amenaza de abrirle en dos para dejar salir un monstruo dentro de sí. Otabek pudo darse una idea de eso, ya que, a pesar de que J.J ya había vivido algo similar en el pasado, según sus propias palabras semanas atrás, estaba seguro de que nadie hubiera pensado en repetirlo.

—Fue peor que la vez anterior —dijo J.J en tono confidente—. La otra vez creo que fue más controlado. Lo que vi en esta fue espeluznante. Estoy seguro de que, si no hubieran actuado pronto, Yuuri muere allí.

—No puede ser…

—Estoy seguro —afirmó—. Otabek, lo que tuve en mis brazos fue un hombre aterrado, en pánico. Intentaba respirar y no podía. No sé hasta qué punto pudo haber llegado lo que él vive, pero lo que ví hace días solo me confirmó que no era nada de ignorar.

—¿Pero no que estaba medicado? —preguntó inquieto—. ¿Qué pasó?

—Lo está, pero lo que pasó debió haberlo superado. De por si el ambiente estaba enrarecido desde antes. Algo ocurrió en el comedor que lo puso mal, pude verlo palidecer desde la distancia, y cuando volteé vi que la televisión hablaba de él y Yuri. Entonces, Deborah intervino. También lo notó. —Otabek arrugó el ceño tratando de imaginarse el escenario y le impresionó la actitud de su compañera de pista—. Luego cuando entrabamos al estadio, había mucha gente esperando, pero el trato hacia él fue peor. Supongo que ya venía sobresaturado… más eso que estaba en…

—Sí, también que ya llevaba días en Rusia.

—Aja. —Se quedaron en silencio unos minutos, pensándolo—. Aunque —agregó J.J—, todo parece que está bien con ellos. Víctor y Yuri llegaron a buscarlo en los pasillos y lo abrazaron. —Otabek apretó la mandíbula al escuchar eso, aunque le fue inevitable no agrandar sus ojos debido a la sorpresa—. De hecho, el abrazo con Víctor fue muy particular y él llegó cojeando…

Otabek no imaginó que eso fuera posible después de cómo habían acabado las cosas, pero todo indicaba que había demasiado amor de parte de los tres como para ignorarlo. Sí, sabía que Nikiforov y Yuri habían llegado al estadio, que se habían puesto de acuerdo para mostrar la bandera de Japón como gesto de  apoyo. Pero lo que le decía J.J mostraba algo más que solo un gesto de camaradería entre ellos.

¿Qué había pasado durante esos meses con Yuri?

¿Cómo manejó la situación con Víctor y sus propios sentimientos por Yuuri?

¿Cómo había sido ese encuentro con Yuuri y en qué habría acabado?

Si era sincero, no le importaba demasiado la relación de Yuuri y de Víctor en sí, sino la influencia que esta pudiera tener sobre Yuri. Y, por supuesto, lo que podría afectar en lo que había quedado entre ellos dos. Porque lo que más le preocupaba era la amistad que tenía con Yuri, la cual se había mantenido agonizando a través de mensajes cortos y amables que intentaban cubrir la distancia, callar la falta y sustituir las largas conversaciones de antaño. 

Y si a eso le sumaba lo confuso de sus sentimientos hacia Yuri, no tenía mucho que hacer en ese momento. No sabía si debía explicarle a Yuri cuándo empezó, el porqué. No estaba claro en sí debía fingir que nada pasó y continuar como antes. O si debía más bien declararse como debió hacerlo en ese instante, de la forma correcta, y aceptar la respuesta de Yuri cualquiera que fuera. ¿Qué era lo mejor que debía hacer?

Había besado a Mila cuando fue dos semanas atrás, pero el beso le supo tan húmedo y amargo que a pesar del deseo que existía por ella y el cariño que imperaba, lo supo muerto. ¿Podría ser capaz de besar a Yuri después de eso? Mila le dijo que no la subestimara, pero… ¿sería lo correcto?

—¿En qué piensas? —J.J preguntó, mientras intentaba sentar a Collete en sus piernas.

Ella se negaba, murmurando ‘papá’ en medio de un sollozo sentido porque no quería alejarse del abrazo. Al final, el padre cedió a la presión de su hija y dejó que se acomodara en su pecho mientras se llevaba las manos a la boca. Otabek miró todo, como si hubiera vuelto a la realidad. Luego suspiró. Resultaba difícil poder expresarse con tantas cosas atoradas, dando vueltas y enredándose hasta que la situación se volvía imposible de tolerar.

—Solo estoy preocupado por Yuri —decidió sincerarse—. No sé qué me espera ahora que lo veré de nuevo.

—Te ha respondido los mensajes, ¿no?

—Sí. A destiempo, pero sí. —Se frotó la frente luciendo agobiado—. Ayer hablé con tu esposa sobre lo que pasó con él y Mila. —J.J solo asintió—. Y lo que me dijo me dejó un poco aturdido.        

Mientras J.J buscaba entretener a su hija dándole completo control sobre su mano izquierda, atendió a las palabras de Otabek y todo lo que su esposa le había dicho. Collette se acomodó para jugar en el costado de su padre con los dedos de él, torciéndolos, enderezándolos y llevándoselos a la boca. Otras veces, los juntaba a su cara ligeramente caliente por la fiebre y se quedaba allí, quietecita en su costilla. J.J estaba al pendiente no solo de lo que le decía su amigo, sino también del estado de su hija, que parecía no haber mejorado mucho desde que se fue. Le preocupaba eso, aunque sus padres insistieran de que era algo normal.

Tras acabar, Otabek soltó el aire afligido. J.J hizo lo mismo, aunque se levantó para cargar a su niña y buscar un paño húmedo para cubrirle la espalda.

—¿Tú crees que tenga razón? —preguntó J.J, no queriendo abandonar el hilo de la conversación.

—No estoy seguro… la verdad no estoy seguro.

—Las mujeres tienen una capacidad inigualable para entender sentimientos, pero… yo siempre te he visto buscando personas fuertes. Y no sé, no creo que repentinamente hubieras dejado de ver a Yuri como alguien fuerte. —Sentó a su niña en el mesón y le quitó la parte superior de su pijama, mientras lloriqueaba bajito, empezando a impacientarse. Volvió a cargarla con el paño húmedo en la espalda y empezó a darle palmaditas para aliviarla.

—Lo sé… también sé eso.

—Entonces debes estar seguro. Ya, lo de Mila acabó. Duele, pero ya acabó. Ahora tienes que pensar en lo de Yuri y concentrarte. Yuri no es el único con quien te vas a enfrentar en Francia, ¡Seung-Gil va con todo! —Otabek prestó atención al entusiasmo de su amigo, a pesar de estar intentando controlar el malestar de Collette—. Y tienes que clasificar al GPF.

—Sí, vi el programa de Seung-Gil y ha mejorado muchísimo. Parece otra persona. Desde las olimpiadas tiene una seguridad a la hora de patinar que es muy visible.

J.J se limitó a asentir, porque el ruido del pasillo no les permitió continuar conversando. La figura de Isabella sujetándose la bata para cubrir su cuerpo se vio aparecer, visiblemente adormilada y despeinada. Otabek miró a la esposa acercarse a su amigo para procurar un abrazo y el modo en que Collette comenzó a quejarse y a empujarla con su manito, para tener a su padre completamente acaparado. Era una escena común, nadie le extrañaba e incluso Isabella se rio mientras le tomaba la mano a su bebé y la besaba.

—Está caliente… —murmuró la madre y trató de tomarla en brazos, pero Collette empezó a llorar en cuanto intentaron sacarla del abrazo de su padre. J.J miró a su esposa con resignación—. ¿Crees que deberíamos…?

—Mejor vamos al médico para asegurarnos. Quería prepararte el desayuno y llevarlo a la cama, pero ella despertó. —Isabella solo negó sin darle importancia y más bien se puso en puntilla para dejarle el beso a sus labios.

—Yo me preparo algo. ¿Me ayudas con el baño de Collette?

—¿Necesitan ayuda? —preguntó Otabek, incluyéndose a la dinámica familiar—. ¿O que los acompañe a la clínica?            

—Ya has hecho bastante, Otabek —J.J le dirigió una sonrisa sosegada—. En la noche sale tu vuelo, mejor prepárate para la siguiente competencia. ¡Tenemos que competir juntos en Marsella!

Otabek tuvo que darle la razón. En la noche tendría que salir en compañía de Natallie Leroy a París, donde se encontrarán con el equipo técnico de Kazajistan. Y después de lo que había visto en Rostelecom, estaba seguro de que Seung-Gil no le dejaría el camino fácil hacia el oro. Yuri no era lo único que debería preocuparle.

—¡Yuri, repite ese salto!  —La voz de Víctor sonó firme y el joven se levantó y sacudió sus manos enguantadas después de caer. Desde las gradas, Víctor detuvo la música con el control mientras le miraba a través de los lentes oscuros—. ¿Sabes por qué caíste?

—Me faltó velocidad —gruñó Yuri, recuperando el aire.

—No. Dudaste —afirmó—. Te distrajiste en algo y no aceleraste como sabes que debes hacer. Yuri, tus errores técnicos no son casuales. Tú sabes lo que debes hacer. Tu técnica siempre fue muy buena.

La verdad, sí estaba preocupado, más era la sensación de impotencia y temor lo que le había distraído desde que inició el entrenamiento cuando Víctor llegó. Y sí, la culpa era de Víctor, Víctor Nikiforov que llegó con lentes oscuros y el rostro hinchado como si hubiera llorado durante horas. El culpable era él porque cuando preguntó si todo estaba bien, se limitó a decir que sí y a darle instrucciones para empezar mientras cojeaba ligeramente con ayuda del bastón.

Yuri no creía que estuviera bien y temía que alguna cosa dicha por el fisioterapeuta hubiera derrumbado las esperanzas con las que llegó Víctor la mañana anterior pensando en hacer un nuevo especial de patinaje. Le enfadaba no poder controlarlo, pues ya sabía que nada debía hacer preocupándose por él y que había temas que posiblemente no pudieran tocar.

Víctor dio de nuevo la orden de iniciar con el programa corto y Yuri tuvo que volver a su posición. Mientras tanto, su pecho cimbraba como si hubiera algún concierto desafinado dentro de sus pulmones y no pudiera concentrarse. A pesar de que todo había mejorado con Yuuri, ahora parecía que se había auto inmolado otro problema: desde América no había dejado de preocuparse genuinamente por Víctor y tenía el miedo latente de un día despertar y encontrarlo postrado en la cama como tantas veces Yuuri Katsuki lo vio.

La música inició y la lluvia volvió a caer sobre él. Intentó poner su mente en blanco y dejar de pensar en el malestar de Víctor, o en lo que hubiera ocurrido con él en la mañana, para concentrarse en su programa. Su responsabilidad era ganar, debía hacerlo. No se perdonaría que ahora, después de haber logrado recuperar un poco más de su equilibrio, este se estropeara por algo así. El mismo Víctor, si lo escuchaba, jamás lo iba a permitir. Ya era demasiado tarde para tomar una nueva carga cuando había dejado caer las que llevó sobre sí por tanto tiempo.

Saltó, cayó. El filo de su patín halló completo equilibrio bajo su cuerpo y no hubo siquiera ninguna muestra de inestabilidad. Yuri retomó la coreografía con fluidez, dejándose llevar por las emociones que Arsonist’s Lullabye atraía hacia él. La lluvia seguía cayendo como un enorme aguacero y a pesar de estar envuelto en ella, las llamas le vestían. El fuego era incontenible, no se apagaba. Parecía magia que lo seguía consumiendo sin descanso.

Mientras Yuri ejecutaba con gracia y elegancia la pirueta, Víctor veía fascinado el avance que había demostrado en esos días. Todavía había pequeños detalles que ajustar, pero Yuri estaba encontrando el perfecto equilibrio entre su técnica y su capacidad de expresar las emociones que lo llevaron a tomar esa idea. Había estado preocupado ante la posibilidad de que el tema escogido por Yuri y lo que significaba pudiera afectarlo al punto de que lo condenara en su temporada, sentenciándolo a acabarla antes de tiempo. No obstante, había resultado el perfecto puente para canalizar los sentimientos que había estado viviendo en estos últimos meses. La corazonada de un artista nunca se equivoca.

Víctor sabía que no podía dejarse llevar por la capacidad que estaba adquiriendo Yuri de conmoverlo con su patinaje, también debía tener un ojo crítico para los elementos que pretendía perfeccionar para llevar a su programa a un máximo nivel. Se obligaba a sí mismo a dejar de fascinarse, aunque le fuera casi imposible contener su emoción. Casi podía emular cada elemento del programa con Yuri, sentir su cuerpo estremecerse al iniciar aquel nuevo salto y vibrar cuando las piruetas volvían. El programa había sido preparado para mejorar su puntaje técnico: ya no serían un salchow cuádruple junto al combo triple que acompañarían el triple axel reglamentario. La decisión había sido potenciar el programa corto con dos cuádruples:  ejecutar con un salchow cuádruple en combo y rematar un flip cuádruple en solitario al final. Justamente, ese último salto era el que debía venir en ese momento y Yuri lo clavó con firmeza.

—¡Perfect! —expresó con voz contenida. Hasta ese momento se había percatado de la energía que corría en su cuerpo. Era revitalizante después de haberse derramado en los brazos de Regina, donde se sintió pequeño como no había pasado en tantos años.

La rutina acabó tal como estaba planificado. En un movimiento dramático, Yuri se dejó caer al suelo, de rodillas, para alzar sus manos en busca de esa ansiada redención. Cuando el patinador se dio cuenta que ya había acabado, un agradable calor le cubrió en distintos puntos pese a estar sentado en el gélido hielo. Una increíble y confortable sensación de plenitud le llenó al ver que había podido cubrir el programa sin caídas ni errores.

Sin embargo, algo partió con el silencio que hubo en la pista. Los aplausos agitados y vehementes se levantaron en medio de la ausencia de voz y ambos, tanto entrenador como alumno, voltearon para buscar el lugar donde se escuchaba. Allí, vieron la figura de la mujer rubia, batiendo aún sus palmas sin quitar la mirada sobre su hijo.

—¿Larissa? —Yuri se levantó del suelo, sacudiendo los cristales de hielo de sus piernas antes de decidir moverse. Los aplausos acabaron y la mujer empezó a pasar su pañuelo sobre el rostro.

—¿Dónde está tu entrenador? ¿Por qué estás solo aquí?

—Estoy aquí, Larissa. —La madre levantó la mirada para ver a Víctor levantarse de las gradas, donde se había sentado en una buena altura para poder evaluar con mayor nitidez el patinaje de Plisetsky—. ¿Ya lista para el viaje?

—Sí, ya traje mi equipaje. Y decidí pasar. —Ella volvió su atención a la salida de la pista, donde su hijo ya abandonaba el hielo y se apresuraba a colocar los protectores. Apenas lo logró, se vio asaltado por el abrazo demandante de su madre que no se atrevió a detener.

—¿Llegaste hace rato?

—Sí, logré ver todo tu programa. ¡Fue precioso! ¡Y tan emotivo! ¡No sé por qué cada vez que veo este programa me provoca abrazarte tan pero tan fuerte…!

Pero se contenía. Después de que ella lo soltó, se mantuvo en una posición recta, tan quieta y así mismo tan reprimida, que era doloroso de ver. Los ojos verdes de Larissa brillaban con inmensas ganas de hacer más de lo que demostraba junto a la terrible certeza de que no tenía derecho a tanto.

Era triste. Víctor hizo esfuerzo por bajar de las gradas y se concentró en ello para no notarlo más y Yuri se limitó a desviar su mirada hacia la pista. Lo más penoso era reconocer que si ella sentía esa clase de sentimientos viendo a Arsonist’s Lullabye, era porque muchas de esas emociones fueron transmitidas en primer lugar por Yuri al pensar en ella. En los errores pasados, en las heridas causadas. ¿Cómo decirle a su madre que ese era el grito que no dio de niño?

Yuri decidió no pensarlo y se sentó sobre las gradas para descansar. Tomó el paño y se secó el sudor.

—Creo que por ahora está bien así. Tampoco es bueno sobre esforzarte. —Víctor se sostuvo de la baranda para apoyar su peso en la pierna sana—. Ya mañana tenemos que agarrar el vuelo y hoy en la noche Yana nos invitó a comer en su casa.

—¿Nos o solo a ti? —preguntó Yuri inquisitivo. Larissa abrió sus enormes ojos verdes al entenderlo y miró curiosa hacia el entrenador que se limitó a reír.

—Tú eres su alumno favorito, aunque te hayas comido la mitad de sus actrices.

—¿Qué? —Yuri torció la boca al escuchar la exclamación de su madre. No hacía falta que Víctor se quitara los lentes oscuros, para saber la mirada de triunfo que le estaba enviando al voltearle la jugada.

—¡Fueron solo dos! —El rostro de Larissa seguía espantado.

—¡Dime que te cuidaste!

—¡Larissa! ¡No soy un niño!

El rojo coronó la cabeza de Yuri y Víctor rio con desparpajo, sujetándose el estómago. Al menos, verlo reírse de ese modo descartaba cualquier rastro de depresión por alguna mala noticia de su rodilla, porque Víctor estaba disfrutando el molestarlo. Yuri no lo pensó demasiado y se levantó del asiento tras azotar su toalla sobre su hombro, para dirigirse al vestuario.

El silencio llegó a ambos adultos, hasta que Víctor decidió hablar.

—Larissa, será un placer que nos acompañe. ¿Nos acompaña?   

—Con gusto, hay algo que quiero saber. —Larissa miró a su hijo con aprehensión, mientras Víctor acomodaba el peso de su cuerpo—. Quiero saber qué hacían en Moscú y porqué tuvieron la imprudencia de atravesar la tormenta. ¿Viste las nevadas que estaban cayendo? Ni siquiera pude salir de casa y ustedes llegaron muy campantes atravesando la ciudad.

—Eso lo podemos explicar en la cena. —La mujer volteó impaciente hacia Víctor, quien se había encargado de abogar por su alumno—. Es en gran parte mi responsabilidad, pero Yana también querrá saber lo que ocurrió.      

A horas de la noche, el auto de Yana Savicheva estuvo frente al estadio. Larissa miró con desdén el vehículo mientras Víctor avanzaba y Yuri se quedaba detrás cargando su morral; no sabía quién era, pero debido a su presencia allí se veía obligada a acompañarlos.

Era un auto moderno, no del año, en un tono azul oscuro y con curvas modelada que le daban una apariencia elegante. Víctor abrió la puerta trasera para permitirle el paso a Larissa, quien aún lucía desconfiada, pero Yuri se adelantó a entrar.

—Seguro vas a ajustar el asiento. —Le informó y Víctor tuvo que admitir que era cierto.

El vehículo era pequeño y Víctor solía llevar el asiento hacia atrás para no golpearse las rodillas, detalle importante en ese momento que estaba de cuidado. Por ello, Yuri rodó hasta quedar tras el conductor para saludar a la joven directora y luego Larissa entró con una timidez hasta ese instante atípica. Víctor ingresó al auto tras cerrar la puerta trasera y saludó con un beso en  la mejilla a su amiga. La conversación la inició él, de inmediato.

—Te presento a Larissa Nickolaevna Plisetsky.

—Oh, la madre de Yuri —comentó mirándola desde el retrovisor. La rubia se veía inquieta y Yuri hizo una mueca de incredulidad—. Un placer, Larissa. Soy Yana, para servirle. Tiene un hijo muy talentoso, debe estar orgullosa.

—Gracias…

—Entonces, Yana. ¿A dónde nos llevarás? —intervino Víctor—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me invitaron a comer. —Ella rio divertida.

—Bueno Víctor, tendrás que guardar tu billetera hoy porque no pienso permitirte que pagues ni una sola copa. Hoy corre por mi cuenta y estaba pensando en un restaurant francés para ir ambientando. ¿Qué te parece, Yuri?

—Muero de hambre, cualquier lugar estará bien.

La conversación prosiguió mientras Yana y Víctor comentaba de cualquier cosa. Dentro del vehículo, una suave melodía clásica sonaba para darles un perfecto acompañamiento, pero ambos Plisetsky lucían inquietos en el lugar, a diferencia de Víctor, quien parecía estar acostumbrado a ello. Yana preguntó por el estado de la rodilla de su amigo y este le explicó a modo simple lo que había ocurrido y las indicaciones que había recibido del doctor. También quiso saber cómo se sentía Yuri a puertas del trofeo de Francia, Yuri respondió que se encontraba bastante entusiasmado y no, no mintió al hacerlo, realmente lo estaba. Ante su respuesta, Yana le sonrió por el retrovisor mientras apartaba un mechón de su cabello ondulado del hombro y le aseguró que, a pesar de no ir hasta allá, estaría al pendiente de los resultados.         

Al llegar al restaurante Severyanin, en medio de la nieve que bloqueaba el paso, Yana consiguió un sitio para aparcar. Bajaron del auto y Víctor se apresuró a abrir la puerta trasera para ayudar a Larissa a salir. La mujer se veía tímida apretando el abrigo mientras observaba de reojo a la alta figura de Yana hacer palidecer la nieve. La directora de teatro iba sencilla, su cabello sujeto en una media cola desordenada dejaba caer las ondas tras su espalda, y acomodó el abrigo de piel que cubría la larga falda azul oscuro y su blusa beige de escote cerrado. Un collar delgado con perlas rodeaba su cuello y dos sencillos zarcillos de perla complementa su look. Con un maquillaje sencillo y natural, resaltaba los grandes y expresivos ojos oscuros que poseía.

—¿Está bien? —preguntó Víctor al verla distraída y Larissa solo asintió. Se agarró del brazo de su hijo en cuanto lo tuvo a su alcance y avanzaron al lujoso restaurante mientras Yana y Víctor se adelantaban y hablaban amenamente.

Dentro, el ambiente era cálido y confortable, informal. Eso ayudó para que Larissa se sintiera menos extraña en el restaurante, aun con los meseros que llegaron y prepararon la mesa para ellos. Víctor ocupó una silla y dejó guardado su bastón, tras haberles corrido los asientos a ambas mujeres al ver que Yuri no mostró intenciones de seguir esa silenciosa costumbre y se sentó apenas llegó. Mientras tanto, Larissa miraba la dinámica con atención, pero en especial a Yana.

Se veía fina, educada y manejaba sus modales de forma fluida, como si estuviera acostumbrada a ese mundo al que ella tocó muchísimos años atrás solo para saborearlo y volver a caer. Era cierto que Larissa quiso volver a alcanzar la fama que en su juventud logró, antes de que el embarazo de Yuri significara sacrificios y el abandonó la empujara a la pobreza de nuevo. El grupo donde cantaba, uno de pop, desapareció pronto, y su nombre no se mencionó más; solo quedó de legado un par de discos con poco que agregar a la historia.

Yana, por el contrario, lucía diferente. Manejando su destino al antojo, dueña de su vida y llena de privilegios. No supo si lo que sentía era admiración o envidia, pero claramente era notable la diferencia entre ambas y Larissa no podía dejar eso de lado.

De repente, escuchó que Yana y Víctor hablaron un par de frases en francés, mientras esperaban la llegada del menú. Larissa abrió sus ojos verdes por la sorpresa, y sin medirlo, habló.

—¿Habla francés también?

—Larissa, no seas impertinente —rezongó Yuri, avergonzado. Ya sabía la costumbre de hablar en ese idioma cuando era algo solo de los dos. Víctor sonrió y Yana no pareció importarle la interrupción, solo recogió un mechón de su cabello. Pero Larissa bajó la mirada.

—Así es. Aprendí porque viví varios años en Francia cuando estuve casada. Fue una agradable sorpresa que Víctor también lo dominara.

—Me estaba preguntando por qué tengo los ojos hinchados —aclaró Víctor, con especial atención a su alumno que ponía mala cara.

 —Entonces que lo pregunte en ruso. —Víctor enarcó una ceja y Yuri le devolvió la mirada con desagrado, como si lo estuviera vigilando. Aquello sí era una novedad. Yana soltó una risa cantarina.

—Oh entiendo, Yuri, lo siento. Pensé que Víctor consideraría mantener reserva sobre eso. Pero ya me dijo que solo es fruto de su sesión con su psicóloga y una larga conversación sobre Yuuri.

 —No hacía falta decir lo último —reclamó ahora Víctor, sonrojándose ligeramente al sentirse expuesto. Pero Yana tenía la mirada fija en Yuri y algo le decía que era muy necesario aclarar.

El ambiente pronto se sintió anómalo. Larissa no volvió a comentar nada y perdía la vista entre los cubiertos y los platos servido, Víctor se veía un poco incómodo y Yuri frontalmente inquieto. Pese a haber escuchado que el estado de Víctor era fruto a su visita con Regina y que el tema había sido Yuuri, no lograba tener la calma. Y debía admitirse que se encontraba enojado por algo que él no supo interpretar. Quizás le fastidiaba que Víctor siguiera jugando con Yana cuando se supone que tenía intenciones con Yuuri; aún si no era claro lo que ocurrirían entre ellos.

Cuando llegó el momento de pedir, Larissa no supo muy bien qué solicitar de la vasta carta de posibilidades en francés; ningún plato lo conocía y había cosas que no entendía de lo escrito en ella. Amablemente, Víctor le hizo un par de sugerencias al verla tan confundida y pudo notar la vergüenza que la mujer intentaba ocultar con movimientos firmes. También, tomó la responsabilidad de encargar algo acorde a la dieta que debía seguir para Yuri. Cuando el mesonero se retiró, Yana quiso saber qué fue lo que ocurrió en Moscú y cómo se había lastimado Víctor la rodilla, mientras esperaban la llegada de los platillos. Ante eso, el entrenador habló sobre los motivos que lo llevaron con prisa hasta la capital y por qué Yuri estuvo con él apoyándolo, de manera que respondía también a las preguntas que Larissa había hecho en la pista.

Conforme la cena avanzó, la conversación se hizo mucho más fluida. Víctor comentó sobre lo que habían visto en competencia y lo provechoso que resultó haber ido a Rostelecom, ya que pudieron ver las presentaciones en vivo de Seung-Gil, el principal adversario de Yuri en el Trofeo de Francia; y J.J, quien ahora dominaba el axel cuádruple. Explicó a ambas mujeres lo que significaba eso, haciendo alusiones sobre la mesa para mostrar las complicaciones del salto mientras Yuri se distraía comiendo de su plato. Entonces, Yana dijo lo que había ocurrido en el set del teatro y que varios de sus estudiantes estaban comentando lo sucedido y cómo podría Yuri hacerle frente al coreano. Todo se daba con ligereza, pero Larissa se mantuvo en silencio mientras veía de un lado a otro y luego se ocupaba en su plato, como si buscara no hacer ruido. Víctor notó su creciente incomodidad, mas no supo qué decir. Prefirió no intervenir.

Cuando hubo acabado, los platos no tardaron en desaparecer. Yana aprovechó el momento para hacer una llamada y Larissa se puso de pie para ir al tocador. Solo quedaron entrenador y alumno en la mesa.

—Esa forma de tratarla fue grosera, Yuri. —El aludido le miró con su ceño fruncido, sin entender—. Me refiero a cómo callaste a Larissa.

—No te metas en esto…

—Tengo que hacerlo como tu entrenador. No solo porque parte de tu programa depende de esto, sino porque ella está haciendo un esfuerzo para acompañarte —puntualizó—. Al menos considera eso.

El tono de voz de Víctor fue fuerte y demandante, no había siquiera un titubeo y eso provocó que Yuri bajara la guardia y chasqueara la lengua. Un silencio incómodo se alojó entre ellos; sin embargo, Víctor no pensaba intervenir más, solo le hizo ese llamado de atención porque ya venía notando en Larissa esa aura depresiva que no le gustó identificar.

Y Víctor podía entender, hasta cierto punto, la aprehensión que sentía Yuri de verla, el dolor que pudo ella haberle provocado por sus malas decisiones en el pasado, incluso la sensación de que ya no le hacía falta; todo lo había experimentado cuando pensaba en su padre. Sin embargo, había un punto donde valía la pena detenerse y pensar si tenía sentido seguir recolectando odio y rencor. Víctor sabía que, al final de cuentas, no lo había. Y, si bien, a veces era mejor mantener la distancia como él aún conservaba con su padre, también sería bueno asegurarse si no se podían reconstruir puentes.

Repentinamente, Yuri se levantó y se alejó de la mesa; Víctor lo dejó ir bastante inquieto con la situación. No quería pensar que los avances de Yuri fueran afectados por la presencia de su madre, mucho menos decirle a ella que era mejor que se negara a ir. Para Víctor era lamentable, y de algún modo frustrante, porque si algo él deseara era tener a su madre viva para poder visitarla, abrazarla y acurrucarse en esos momento donde necesitaba tanto un abrazo. No obstante, esperaba que Yuri supiera manejarlo.

Soltó un suspiro apesadumbrado y miró la hora. Al poco tiempo, Yana regresó. Ella observó con curiosidad que Víctor estaba solo en la mesa.

—¿Dónde están?

—No sé, tal vez fueron a hablar. —Encogió sus hombros—. Lamento la grosería de Yuri.

—Oh, no te preocupes, ya estoy acostumbrada a sus arrebatos —dijo mientras le entregaba la carta del postre y vinos. Víctor lo miró sin mayor interés, conforme ella revisaba la carta con atención—. ¿No quieres algo de postre? 

—No, gracias. Ya estoy satisfecho. —Yana le devolvió la mirada con atención y dejó el menú sobre la mesa. El aspecto preocupado de Víctor era mucho más importante.

—¿Qué ocurre?   

Soltó el aire desalentado y su mano acarició de nuevo la nuca. Yana ya había aprendido ese gesto nervioso de su amigo, por lo cual aún si no le hubiera dicho, eso habría adivinado.

—Estoy preocupado. Toda la presión de la prensa a Yuuri fue ridícula, ahora viene Yuri y… —soltó un suspiro—. Espero esta vez hacerlo mejor.

—¿Hacerlo mejor?

—En América discutí con él antes del programa libre y eso afectó su programa. —Yana comprendió lo que quiso decirle—. Como ves, no soy tan buen entrenador.

—Creo que el problema, Víctor, no es que seas un buen o mal entrenador, sino que te cuesta ser sincero y empático al mismo tiempo. A minutos de una escena no puedes decirle a tu actor que hizo un pésimo trabajo en la anterior, lo destruirás. Mejor enfócate en lo que hay fortalecer y no en los errores que cometió.

—Eso lo aprendí hace tiempo con Yuuri, Yana. Lo he intentado aplicar con Yuri desde que esto empezó.

—Entonces ese es el problema. Yuri y Yuuri son personas distintas con diferentes necesidades, no puedes tratarlas igual. Hay que saber leer en la personalidad de cada uno, cuál es el modo para abordarlo.

—De eso debes entender muy bien con tu equipo de actuación. —Yana le sonrió en respuesta y se limitó a darle un par de palmaditas a la mano que Víctor tenía sobre la mesa—. Espero hacerlo esta vez bien.

—Lo harás bien, Víctor. Y si tienes duda, tienes a otro entrenador novato al que puedes llamar.

Víctor soltó una carcajada suave cuando comprendió hacia donde estaba apuntando Yana. No lo veía  descabellado, Yuuri parecía haber comprendido a Yuri cuando le estuvo ayudando a dominar el flip cuádruple antes de que todo eso ocurriera. De alguna manera, tenía que darle la razón, quizás Yuuri pudiera tener un poco más de empatía que él… Sin embargo, llamarlo para eso no estaba en negociación aún. Él quería lograrlo solo, y si a alguien le pediría ayuda, sería a Georgi y por supuesto a Yakov. Con Yuuri… quería algo más informal y a su vez más íntimo, ajeno a sus roles como entrenadores.

Aunque aún no se hubiera acercado a ello.

—¿No sería una trampa? —aludió. Yana en respuesta encogió sus hombros.

—En la guerra y el amor dicen que todo se vale. —Ella apoyó su mentón sobre la mano, dedicándole toda su atención—. Verás que todo irá bien, Víctor. Y si no fuese así, no es el fin. También he tenido mis noches desastrosas en el escenario, pero de todas ellas he aprendido más de aquellas en las que he sido esplendorosa. Si ya perdieron en América, entonces deberías pensar en que te equivocaste en ese momento y como no cometerlo ahora. Solo eso.

Víctor le dio la razón, porque precisamente estaba pensando en lo que debería hacer para poder ayudar a Yuri en este camino y darle las mejores herramientas para que pudieran sacar todo su potencial en el hielo. Por ello debía medir sus palabras, saber en qué momento empujar y cuando contenerse. Aprender a motivar a Yuri.

Sobre todo, ahora con el tema de su madre.

Pero aprovechando que estaban a solas, Víctor necesitaba preguntarle a Yana algo más. La intuición de la mujer había acertado en las anteriores ocasiones, le gustaría tener una opinión femenina ante la idea que venía dado vuelta dentro de su cabeza desde que ocurrió el boicot.

Por otro lado, Yuri había decidido intentar de arreglar el asunto con su madre, al menos para evitar que el viaje con ella fuera incómodo y reconociendo que, de seguro, se sintió avergonzada por su trato ante Yana. Eso podría ser la razón por la cual ella se había mantenido tan callada, cuando solía ser una mujer tan llamativa y espontánea. Larissa se estaba comportando como si fuera una tímida paloma al lado de un cisne; y no le agradaba sentirla así cuando siempre fue una mujer orgullosa e imponente.

Esa fue la razón que lo llevó a esperarla fuera de pasillo de los baños y, cuando la vio salir después de haber estado allí encerrada durante varios minutos, decidió abordarla. Larissa le miró intrigada, pero Yuri pudo ver que esos ojos rojos no eran productos al maquillaje y se formó un nudo en su garganta al saberse el responsable.

—¿Estás bien? —preguntó en tono parco. Larissa soltó el aire en un suspiro y se acercó  levantando su mentón ante él.

—Sí. Todo está bien. ¿Qué pasó? ¿Ya nos vamos?

—No, vine a buscarte porque…

Larissa esperó que su hijo acabara la frase, pero Yuri no supo qué decir. ¿Por qué la había ido a buscar? ¿Por qué sintió culpa? Ella pareció entrever su propia tribulación por la forma en que le sonrió.

—Solo dime algo, Yura. —El tono cariñoso de su voz contrastó con la vibración que había al modularla. Yuri levantó la mirada, respiró y asintió permitiéndole avanzar—. ¿Te avergüenzo?

Yuri no tuvo el valor de admitirle que, a veces, sí; pero para Larissa no hacía falta confirmación a algo que sus hechos habían sabido dejar claro en el tiempo. Solo tragó y contuvo el temblor.

—¿Por qué? ¿Por qué soy muy joven? —indagó—. ¿O por qué no soy como las madres de esos competidores? —Yuri no supo responder, pero ella continuó—. No me presentaste ante esa mujer elegante, lo hizo Nikiforov. Y durante toda tu carrera solo has mencionado a tu abuelo, y créeme que entiendo, Yura… lo entiendo.

La voz le falló y Yuri apretó su garganta cuando sintió que era imposible pasar un trago. De nuevo los ojos de Larissa estaban rojos, otra vez húmedos y una vez más ella se mantuvo terriblemente fuerte para dirigirle la mirada sin pestañear.

—Pero solo pensaba que sueño que un día me presentes sintiéndote tan orgulloso de mí como yo lo estoy de ti.

Yuri no pudo decir nada, se sintió incapaz de hacerlo. Todo lo que pasó por su mente fue la foto de él en su primer oro senior en el celular de ella, la forma en que lo apoyaba tomando cosas de animal print y panfletos, las fotografías que subía de ambos y la manera en que lo defendió de Dmitri. Todo eso aparecía mostrándole razones para ceder, pero seguían perpetuas las otras en donde ella no estuvo, las incontables veces que la esperó en la puerta del estadio, las ocasiones que ella con un grito lo hizo callar porque estaba muy cansada. El dolor provocado en tantas veces que dejó en algún momento de arder.

Paralizado, solo bajó la mirada para hacerle ver que no podía darles una respuesta a sus interrogantes, Larissa tampoco la esperó. Solo le tomó la mano y la apretó con indulgencia, mientras dibujaba una sonrisa cansada. 

—Vamos a regresar. Seguro querrán pedir algún postre, algo como cabeza de pato en aceite de almejas y mango —intentó bromear.

—Eso suena asqueroso, Larissa —rio entre dientes mientras tomaba aire, Larissa también lo hizo. Yuri admiró el modo en que su madre respiró hondo y mantuvo un temple tan envidiable, que sólo demostraba la fuerza que había conseguido durante todos esos años.

—Oh, y eso que no lo has probado. Sabe peor de lo que suena. 

Yuri intentó reír, más no pudo. Con el nudo aún formado en la garganta, la dejó avanzar mientras pensaba en qué debería decir o hacer en ese tipo de situación. Entre la preocupación por Víctor, la inconformidad de su relación con su madre y la presencia de Yana que le molestó más de lo que hubiera querido, supo que necesitaba organizar sus ideas y no distraerse a solo días del Torneo.

Entonces, su teléfono sonó. Yuri sacó el móvil de su bolsillo y revisó la mensajería para sorprenderse por el mensaje que había recibido.

Madam Lilia » Ya tengo las entradas para ir a verte en el Trofeo de Francia.
Madam Lilia » No olvides demostrarme la belleza de tu fuerza, Yura.

—¿Yura? —Larissa volteó.Entonces vio a Yuri, mirando fijamente la pantalla mientras su rostro había suavizado sus rasgos para mostrarse genuinamente feliz. Se preguntó, al verlo, quién pudo haberle creado a su hijo esa hermosa sonrisa.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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