Matryoshka II (Cap 41)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 41: Debemos resolver para continuar

Adelle Smulderss » Fan CLub JJ Girls & Boys “Estoy totalmente de acuerdo con este artículo”
J.J. ES LA NUEVA LEYENDA VIVIENTE DEL MUNDO
Montreal — 7 de Noviembre del 2022

Y con este título hecho para llamar la atención de todos, inicio con la exposición de mi malestar. Jean Jacques Leroy, conocido mundialmente como J.J., no solo hizo historia en Rostelecom en las pasadas competencias logrando ejecutar en competencia un precioso Axel Cuádruple, sino que su brillo se vio opacado por Rusia.

¿Cómo es eso posible? Si J.J. hubiera realizado ese salto en cualquiera de los otros eventos de patinaje, estoy segura de que no hubieran dejado de hablar de él incluso en medio de los programas de exhibición. Pero ha pasado sin pena ni gloria y lo único de lo que hablan los canales internacionales es sobre lo que harán con Rusia por lo ocurrido con Yuuri Katsuki, que está bien, la pasó mal. Pero señores, hay cosas más importantes en las que fijar su atención.

Por ejemplo, este momento histórico. J.J. logró superar lo que nadie, ni siquiera el mismísimo Víctor Nikiforov pudo en su tiempo. Se ha convertido en el primero y único patinador que logra hacer este salto en competencia y logró demostrar que es mucho más que un hombre con mucha confianza en sí mismo como erróneamente lo catalogan algunos escépticos. J.J. es nuestra leyenda viviente ahora. Ha enterrado a Víctor Nikiforov por completo y demostrado que tiene todo para convertirse en el nuevo vencedor de toda la temporada. Vimos el momento en que una leyenda nació y nadie dijo nada al respecto.

Espero que el tiempo le haga justicia, porque J.J. merece ahora el título de leyenda viviente y seguro lo demostrará de nuevo en Francia en la gran final, donde ninguno de los actuales patinadores que son sus contrincantes podrán con él. Me atrevo a decir que ni siquiera Víctor Nikiforov, si aún patinara, podría con él. El oro está más que decidido.
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Adam McLee: Es cierto que nuestro rey merecía mucha más efusividad después del logro que alcanzó, pero hay que tomar en cuenta que lo ocurrido en Rusia es más grave. Nuestro rey pudo ser herido en el momento en que sacó a Katsuki del camino de ese fanático enloquecido. Y eso es algo que sí deberíamos pedir con más fuerza. ¡Justicia!

Michelle Tolonakys:  Lo más ridículo de todos es que toda Rusia parece odiar a Katsuki menos su expareja. ¿Vieron la foto que puso Phichit Chulanont en su Instagram? Yo veo reconciliación cerca y estos imbéciles pusieron en peligro a J.J. por eso.

Amanda Castlewall: J.J. merece que todos nosotros estemos en el aeropuerto tratándolo como el héroe que es. ¿Y saben qué es lo mejor? Que J.J. es tan humilde que no se va a quejar de la poca repercusión que tuvo su momento histórico. Y eso es lo que lo hace diferente incluso del sobrevalorado Víctor Nikiforov. J.J. sí es una real leyenda.

Cassius Halleweell: Yo sigo molesto porque J.J. fue desfavorecido por el jurado. Él merecía haber alcanzado más puntos y quedarse con el oro, no con la plata.

Jhoshua Hamton: Tienes razón. Estoy seguro de que Rusia no quería permitir que J.J. ganara el oro como bien merecido tenía y benefició por eso a Seung-Gil. ¡Todos sabemos que ese oro era de él!

Mientras las publicaciones de distintos portales de patinajes canadiense se llenaban de inconformidad por los resultados y la poca repercusión que tuvo el logro de J.J. en los medios, según ellos atestados de lo ocurrido en Rusia con el boicot, la televisión en su canal nacional mostraba en vivo el momento en que los fanáticos del patinador canadiense lo esperaban en el aeropuerto Pierre Elliott Trudeau con una comitiva para homenajearlo por el logro alcanzado en la copa Rostelecom. También había pasado un pequeño vistazo del recibimiento que el equipo de Japón había recibido al llegar.

La televisión mostraba la espera de la aparición de J.J., quien no estaba lejos de llegar según el horario del avión. Su esposa e hija no habían podido ir por la nevada ya que la salud de Collette seguía afectada por el resfriado y arriesgarse a sacarla con ese clima fue un riesgo que Isabella no quiso tomar. Estaba segura de que J.J. entendería sus razones y no se enojaría por ello, por eso mismo, le había hecho llegar su decisión a través de mensajes que aún no habían llegado a su receptor. Eso fue suficiente para saber que J.J. no había aterrizado aún.

Habían logrado dormir a Collette después de haber estado un largo llorando por la congestión nasal, tiempo en el que Otabek se había encargado de limpiar la cocina tras la cena. Estaba consciente de que su apoyo para la familia era vital y que Isabella había pasado noches bastantes difíciles debido a la preocupación por Collette y por J.J. en el extranjero. Verla palidecer cuando se vieron los hechos en el televisor aquella mañana fue un hecho que se quedó grabado en su memoria.

Ahora, los dos estaban sentados en el comedor esperando noticias. La nevada seguía aumentando su fuerza y algunas calles estaban siendo cubiertas por la densa nieve. A pesar de que la calefacción estaba funcionando, Isabella estaba vestida de forma deportiva y holgada, con un desarreglado moño sobre su cabeza. Otabek parecía ya climatizado en el lugar y estaba sentado en la mesa vestido con una sencilla camiseta sin manga y unas bermudas de cuadro. Ambos esperando que J.J. regresara a casa.

Resultaba inconcebible como se había adaptado a la dinámica de esa casa, pero casi podía llamarla su hogar. Collette lo trataba como si fuera otro de sus muchos tíos, estaba muy apegada a él y balbuceaba su nombre cuando daba sus pasos regordetes y dubitativos sobre el suelo. Por parte de Isabella, era como tener una hermana más. Siempre atenta a si comía o si estaba bien, aunque respetando su distancia. Y bueno, J.J. era como ese hermano molesto y entrañable que no conocía de espacio personal, mucho menos de prudencia, pero con un corazón tan enorme que era difícil no admirarlo.

Quizás fue esa la razón que lo llevó, en ese momento de tanta incertidumbre, a hablar con la esposa de su amigo de un tema importante. Ya lo había conversado con J.J., no tanto como hubiera querido debido a sus propios preparativos para el viaje a Rostelecom, pero estaba convencido que para este punto necesitaba más una visión femenina. Lo ocurrido en el Skate Canadá lo había afectado más de lo que quería admitir, ese encuentro con Mila lo había removido por completo. Verla en brazos de otro hombre, abriendo así la certeza de que ella podría continuar su vida, no fue tan tranquilizante como llegó a pensar en el pasado. Más bien, fue como arrojarle alcohol a la herida a carne viva, como darse cuenta de que no estaba preparado para dejarla ir a pesar de ser él quien la había asustado.

¿Pero, en dónde dejaba eso sus sentimientos por Yuri?

¿Cómo compaginarlos?

Cuando vio las fotografías filtradas en la prensa y medios rusos de Yuri en compañía de Yuuri en la moto, sintió un conocido dolor en su estómago, tan hondo, que fue como tener una bola de fuego allí. Pero se trataba del mismo que había sentido cuando vio a Mila en brazos de Leo de la Iglesia, a quien conocía como su amigo. Pensar en que pudiera sentir celos de ambos le aterraba. Eso lo dejaba como un mal hombre, uno incapaz de decidirse ni saber qué era lo que realmente quería en su vida.

Isabella no lo vio así.

Mientras esperaba la llegada de su esposo, atendió a las palabras de Otabek quien, con mesura y paciencia, intentó explicarse. Para la joven esposa no fue difícil recordar el momento en que se encontró con Mila en el baño del estadio, con sus ojos golpeados por el llanto y su mirada tan rota mientras ella intentaba mantenerse en alto. Fue impresionante verla reivindicarse en el programa libre, mostrando esa tremenda fortaleza que ella admiró como mujer.

Así que, cuando Otabek le hizo saber los motivos por los cuales primero había fijado su mirada en Mila, Isabella los comprendió todos ellos, porque los vio todos en esa competencia. Su tenacidad, su aguante, la belleza de sus sentimientos, la honestidad de sus emociones en contraparte con su sublime fuerza. Mila era bella no solo por fuera, sino por dentro. Era una mujer que había sido formada para vencer incluso a su propio dolor.

En ese sentido, tampoco le extrañó saber el resultado de esa reunión con Otabek en el café, de sus palabras, de su decisión y entereza. Era algo que ella hubiera hecho en su lugar. Definitivamente, escuchando a Otabek en ese momento, su amor lucía tan débil que no podía creerlo más que un cariño hacia una pasión ya apagada.

Pero fue interesante cuando ella le preguntó sobre sus motivos para amar a Yuri. Otabek se apresuró para acotar que no creía tampoco que fuera amor, no estaba seguro de ello. Ante su propia inseguridad, Isabella veía claro el panorama, tan claro que le era sorpresivo el que Otabek no se diera cuenta. Pero bueno, los hombres muchas veces no sabían manejarse bien con sus propias emociones, intentando sistematizarlas, catalogarlas y clasificarlas en una cuando pueden ser varias o incluso, ninguna.

Detuvieron la conversación en ese punto porque el televisor, que estaba a poco volumen, anunció por fin la llegada de J.J. Había demorado en el camino, pero la gente le recibió eufórica con panfletos, cartulinas y vítores, llamándolo la nueva leyenda del mundo del patinaje, el rey del hielo. J.J., pese al cansancio que era visible en su rostro, se acercó a cada uno de ellos y les saludó. La prensa alababa el carisma del ganador del Skate Canadá y la plata de la Copa Rostelecom, elogiando su capacidad de sobreponerse a la adversidad para hacer historia y dejar un mejor recuerdo de aquel evento.

En su teléfono, Isabella recibió una nota de voz de su marido informándole que se había demorado en salir porque no aparecía su equipaje con sus implementos técnicos. Por fortuna habían dado con él, pero J.J. había temido que se hubiera quedado en Rusia. Le hizo saber que estaba ansioso por verla, e Isabella se admitía que moría de ganas también. Habían pasado tantas cosas que todo lo que deseaba era abrazar a Jean, besarlo y quedarse acurrucada en su pecho hasta dormir.

Sin embargo, faltaban cuarenta minutos para eso, seguramente. Y eso si la nevada no ralentizaba el trayecto de la camioneta que lo traería a casa. Decidió calentar más chocolate para servirse ambos y aligerar así la espera.

—Hay algo que me llama la atención, Otabek. —Isabella se acomodó en el banquillo, con un pie sobre su muslo—. Dices que lo de Yuri no es amor, o no estás seguro de ello. ¿Cómo podrías describir lo que sientes entonces por él?  

Otabek sorbió un poco del chocolate antes de suspirar. Le resultaba difícil poder resumir lo que ocurría con Yuri, porque era amorfo y diferente a lo que había vivido con Mila. Lo de Yuri no vino por la admiración, aunque lo admiraba. A pesar de haber sido lo primero que sintió por él no fue eso lo que lo llevó a un plano romántico. De todos modos, cuando la figura transmuta y sus sentimientos se tuercen, Yuri no tenía nada de aquello que admiró en el pasado. Ni la fuerza, ni la voluntad, Yuri era una veleta dejándose hundir por la tormenta, débil, enclenque y asustada.

Isabella hizo silencio al notar que Otabek no tenía respuesta. Decidió cambiar la pregunta, al dejar la taza de chocolate sobre la mesa.

—¿O desde cuándo te diste cuenta? —Eso era más fácil de contestar.

—Creo que desde que se fue a Moscú con Víctor. Estaba muy preocupado por él, sabía que tanto odiaba a Víctor y no creía que la presencia de Víctor fuera a ayudarle después de cómo se fue Katsuki de su lado. Yo… no quería que Víctor terminara de derrumbar a Yuri.  Empecé a tener miedo.

—¿De lo que podría pasarle a él?

—Isabella, no creo que nadie se imagine lo destrozado que yo logré ver a Yuri —le dijo serio, expresando así toda su genuina preocupación—. Nadie tiene una idea de lo que fue para él la muerte de su abuelo y… todo lo demás.

—Querías protegerlo.

—Sí… no quería verlo peor de lo que ya estaba.

—Y sentías que contigo eso no iba a ocurrir. Porque tú lo apoyarías, le darías fuerzas y lo ayudarías a levantarse.

Otabek hizo silencio mientras miraba la figura de Isabella completamente relajada mientras daba otro sorbo al chocolate. Sí, podría decir que sí, pero también estaba consciente de que eso no lo era todo. Lo sabía, de cierto modo.

—También me atrae… físicamente. —Quiso hacerle saber. No se creía capaz de relatar los puntos de Yuri que le atraían a veces de forma tan ardiente que se sentía ahogado en su propia calentura. Puntos que antes, en otro tiempo, jamás imaginó. Detalles que se resaltaron como si hubieran sido encendidos en luces de neón aquella noche en el pub, cuando lo vio en brazos de otro.          

—Bueno, Yuri ha crecido y se ha convertido en un hombre muy apuesto. A veces J.J. y yo bromeamos al respecto. Hubo un día que jugamos con la idea de sugerirle un trío, solo para verle la cara. —Isabella rio con la broma, pero Otabek incluso palideció. Ya imaginaba el espanto de Yuri si llegaran a ofrecerle algo así.

—No estoy seguro de haber querido saber esto. —La risa de Isabella fue más divertida, pero pronto le miró con calma.

—A lo que me refiero es que no es extraño. Y si empezaste a darle vueltas a todo lo que estabas sintiendo por Yuri, el que empezarás a notar también su físico era algo esperable.

—Pero no es solo físico.

—No, no lo es Otabek. Pero tampoco es amor. —Otabek calló—. Cuando me dijiste lo que sentiste al saber por Mila que Yuri estaba bien, que estaba mejorando lejos de ti, no sentiste felicidad. Eso fue lo que me dijiste: un sentimiento corrosivo en el estómago, como si tuviera una piedra caliente atascada allí. —Isabella emuló incluso su tono de voz al repetir esas palabras—. Cuando se ama, aunque duela, se está feliz de que la persona que amas está mejor. Tú en cambio, en parte te sientes enojado porque no fue por ti que lo hizo.

—No me malinterpretes, Isabella. Me alegra saber que está mejor, que lo veo más estable emocionalmente, pero dudo que Víctor sea la compañía perfecta para mantenerlo.

—¿Pero tú sí? —preguntó ella y Otabek se obligó a callar—. Creo que te creíste muy bien el discurso del amigo adolescente.

—¿Cuál discurso?

—Eres mi único mejor amigo, solo tú puedes comprenderme —cuestionó al aire—. ¿Pero, realmente podemos? Por mucho que conozcamos a alguien jamás seremos lo suficiente empáticos para poder comprender lo que siente. Es… una enorme mentira que nos gusta creer. ¿Sabes cuántos años tengo con J.J.? Éramos novios desde los catorce, llevamos casados cuatro años. Un poco más de diez años juntos y, ¿crees que puedo imaginar lo que J.J. sintió cuando Katsuki se desmayó en sus brazos? Y soy su mujer… lo amo más que a mi vida y no puedo, Otabek.

—No entiendo… ¿A dónde quieres llegar, Isabella?

—La comprensión es una forma pasiva de actuar ante alguien que necesita tu ayuda. El silencio y quedarse allí esperando un grito muchas veces no es suficiente. Pero quizás era tan grande tu anhelo qué empezaste a cambiar la perspectiva; te fascinaste, no solo de la debilidad y vulnerabilidad de Yuri tan expuesta a tus brazos, sino que, además, te fascinaste con la idea de ser ese héroe kazajo.                 

—No me gusta cómo suena eso… no puede ser así.

—Yo creo que tu forma de amar es protegiendo a las personas que quieres. Mila no alimentaba esa parte tuya porque es muy fuerte, muy capaz, ella sola lograba forjar su camino y tú estabas allí acompañándola. Era un reto… pero Yuri empezó a llenarla e inevitablemente las cosas cambiaron. Y no está mal, Otabek, no está mal querer así. 

Recogió ambas tazas de chocolate, dejando a Otabek perdido en sus pensamientos. Esa forma de querer dando protección, a pesar de lo mucho que le asustaba admitirse que en parte su amor por Mila disminuyó por esa falta de sentirse necesitado, también lo veía como algo muy viable. Pero Yuri era así también, dado a proteger, a pesar de que sus palabras y arranques parecieran mostrar otra cosa. Sus gestos hacia los que amaba, su incondicionalidad, era una muestra de cuánto amaba proteger a los que consideraba especiales. La forma en que cuidó de Nikolái, la manera en que protegió a Yuuri aun sabiendo que ese no era su lugar; todo ello era muestra de esa forma intensa que tenía de amar.

Podría ser que compartieran esa forma de querer a las personas y no podía estar seguro de lo que eso podría significar en el futuro. Otabek se sentía ahora más confundido, a pesar de tener más información en sus manos para analizar.

—¿No te gustó pensar que, por fin, cuando Mila realmente te necesitaba, fuera otro hombre el que la cubriera en un abrazo? —preguntó Isabella, dejando más en clara lo evidente que resultaba su situación—. Querías ser tú, porque en parte habías esperado serlo. 

—¿No suena egoísta? —se preguntó en voz alta, e Isabella se giró para sonreírle con calma.

—Somos egoístas. Nos gusta sentirnos importantes y parte de eso que nos importa, así somos las personas. Y de ti… no me extrañaría.

—¿No te extrañaría qué?

—Has sido un hombre entregado y humilde desde siempre. Recuerdo cuando entrenaste aquí en tu época Junior. Siempre tan concentrado, comprometido, siempre con tu visión de representar a tu país, a tu familia. Ser su héroe, protegerlos y darle luz ante el mundo. Siempre me pareció tan bonito… a veces J.J. hablaba mucho de eso y cuánto lo admiraba, tú no lo recuerdas, seguro.

—No sé qué decir…

—No digas nada, solo piénsalo. Piensa en por qué…

El sonido del seguro llamó la atención de ambos y giraron sus miradas hacia la puerta. Tras una nueva vuelta de la llave, la manilla cedió y la puerta se abrió para mostrar la figura de J.J. cubierto por una ligera capa de nieve en su abrigo y arrastrando dos maletas. Otabek se levantó dispuesto a ayudarlo a jalarlas hacia el interior de su apartamento, pero no fue lo suficientemente rápido en acercarse antes de ver a la esposa correr para arrojarse a los brazos de J.J. y que este la capturara sobre el aire cuando ella saltó para envolverlo con sus piernas sin importar que casi lo empujara contra la pared.

Carraspeó con incomodidad mientras veía el apasionado beso que Isabella le dedicó a su esposo, que luego se convirtió en pequeños besos regados por las mejillas de ambos antes de abrazarse con efusividad. Le sorprendió ver el gesto de alivio de Isabella al tenerlo ya en sus brazos. Otabek no había pensado que se encontrara tan preocupada hasta ese momento en que, sorpresivamente, lo estaba demostrando con su expresión. Las manos de J.J., en cambio, no dejaron de acariciar la espalda cubierta de su esposa, y con un último beso en sus labios, la ayudó a bajar para poder quitarse el abrigo.

—Lo siento… debes estar cansado… —se disculpó Isabella mientras le ayudaba a quitarse el abrigo mojado. Lo dejó en el suelo porque J.J., al sentirse liberado de él, de nuevo abrazó a su esposa, esta vez para un beso aún más profundo.

—No para ti, mi reina —dijo con su habitual buen humor, e Isabella rio encantada—. ¿Y mi princesa?

—Se quedó dormida. Afortunadamente no se ha despertado aún, aunque ha estado bastante enfermita por el resfriado.

—Entonces, deberíamos aprovechar. —Otabek hubiera pensado que J.J. llegaría demasiado agotado como para solo desear darse un baño caliente y dormir, pero era evidente que no, que incluso la sugerente caricia en el trasero de su esposa sugería que no pensaba dormir aún—. ¡Oh, Otabek! ¡Estás despierto!

—Sí, aún. —Intentó no expresar su incomodidad, aunque Isabella ya había empezado a enrojecer.

—Bueno, amigo mío, hablamos mañana. ¡Cuando tengas hijos comprenderás que hay que aprovechar cada momento cuando duermen!

—¡J.J.! —reclamó ella, entre divertida y avergonzada cuando su esposo la cargó, sosteniéndola con facilidad con su brazo hasta alzar sus pies del suelo. Otabek no pudo evitar renegar, aunque con una discreta sonrisa.

—¡Hablamos mañana!

—Me pondré audífonos. —J.J. rio por lo bajo al escuchar a su amigo, mientras que Isabella se tapaba la cara con sus manos.

Los vio desaparecer en el pasillo y Otabek se dedicó a recoger el equipaje de J.J. para acomodarlo en una esquina de la sala y a colocar el abrigo en el perchero. Luego cerró el seguro y apagó las luces. Visitó por un momento la habitación de Collette, donde la niña dormía con sus extremidades separadas y abiertas y su rostro relajado. Tras asegurarse, entró a la habitación que ocupaba, cerró la puerta y se acostó.

El silencio lo acogió y lo dejó solo con ahora todos esos pensamientos que tras la conversación con Isabella habían incrementado. Así no podría dormir. Parecía que todo se iba a definir cuando viera a Yuri, al Yuri que había estado viviendo sin él durante todo ese tiempo en Canadá. No cuantificó qué tanto le aterraba saber hasta qué punto Yuri podía continuar sin su presencia.  

Las galletas se habían agotado, al igual que las tostadas y el chocolate caliente. Una suave nevada caía tras la ventana, pero la calefacción les permitía permanecer calientes. Regina escuchaba con calma las palabras expresadas por Víctor, quien empezó a relatar lo ocurrido desde que se supo el ataque a Yuuri. Lo que hizo para llegar a Moscú, la angustia que sintió y el temor al escucharlo en el teléfono tan mal debido a un ataque de pánico que aún había dejado consecuencias; le comentó todo aquello porque era importante para entender su estado actual. También cuando llegó, la fuerza del abrazo de Yuuri quien fue a buscarlo, quien saltó hacia él como antaño, para apretarle. El modo en que se sintió con ello, el resultado de la acción tomada en la copa Rostelecom y el encuentro con Mari.

En ese punto, Regina hizo una mueca que Víctor captó de inmediato, a pesar de no haber dicho nada. Así que no se detuvo, le dijo lo que ella empujó hacia él, las palabras duras dichas en mal inglés, la rabia que le empujó y al final, cuando él se arrodilló para hacer esa dogeza, el dolor físico que nada podía compararse con el dolor emocional que sintió al sentirse juzgado.

¿Por qué, de qué otro modo merecía ser él tratado por la familia Katsuki cuando lo habían tratado como si fuera un hijo?                

—Cómo un hijo, Víctor —expresó Regina, al interrumpirlo de su disertación. El aludido frunció su ceño y a pesar de tener su mirada hacia la bota que se movía bajo la mesa—. Si te dieron el paso como un hijo, como un hermano, no pueden tratarte luego como un desconocido.

—Quizás lo soy. Quizás a quien le dieron la bienvenida a su hogar no resultó ser lo que creyeron.

—¿Estás seguro de ello? —Víctor encogió sus hombros. Viendo eso, Regina soltó el aire con calma y se acarició el mentón.

—Yuuri me dijo que sus padres no lo ven así. Que Mari fue… la que peor lo tomó. Pero puedo entenderla… Mari ama a su hermano, lo vio pasar por todo esto, debió estar asustada, mucho más que todos nosotros.

—¿Intentaste explicarle?

—No me lo permitió, aunque, no siento que nada de lo que pudiera decirle serviría. —Regina permaneció en silencio, permitiéndole así a Víctor organizar sus ideas para continuar hablando. Quería saber todo lo que había estado pensando, que siguiera vertiendo su sentir. Tras un largo suspiro, Víctor continuó—. Mientras Yuuri se hacía cargo de mi rodilla lastimada, no pude dejar de verlo. Me sorprendí mucho cuando Yuuri supo decir todo, llamar a quien debía llamar, actuar… como nadie más, ni yo mismo, supe actuar.

—¿Por qué te sorprendiste? Es tu ex después de todo. 

—Eso es lo triste, ¿no lo cree, Regina? Me sorprendí porque eso que Yuuri hizo, lo estuvo haciendo durante ese año y yo nunca me percaté. Nunca quise verlo. 

La sonrisa triste de Víctor le dio a Regina razones para esperar y callar. Le miró con calma, permitiéndole sacar todo aquello que sentía para así poder actuar en consecuencia. Por lo que veía, había un gran avance, uno muy significativo entre el Víctor con el que habló antes de que se fuera a Moscú y el de ahora.

Víctor se dio tiempo de cambiar su postura. Encorvó su espalda y apoyó sus codos en los muslos, mientras adquirió una posición pensante con el mentón apoyado en sus dedos juntos. Su mirada cayó sobre el plato con migajas de galletas de avena, mantequilla y nueces.

—Ahora puedo entender más… me costaba verlo antes, y no entiendo por qué si era tan evidente y claro. Supongo que me encerré en la rabia y en pensar en que Yuuri me había dejado, luego en una culpa que ni siquiera tenía sentido.

—¿Por qué Víctor?

—Porque ni siquiera estaba seguro de porqué era culpable, no hasta ahora. —Le habló con seguridad al levantar la mirada vidriosa—. Me echaba la culpa porque supuse que eso debía hacer y era suficiente, más Yuuri vino aquí y me dejó como un imbécil al darme cuenta de que realmente nunca quise saber nada. He sido un cobarde todo este tiempo.

—Avanzar y salir de donde saliste con fuerza, no es algo que hacen los cobardes, Víctor.

—Pero me negué a ver el pasado. A notar mis errores, a tomar acciones al respecto…

—Quizás no era algo que te sirviera para subir, no aún. —Víctor calló al encontrarse indeciso. Regina decidió acomodarse mejor en el mueble, abrazando uno de los cojines floreados que tenía a su alcance—. Cada uno tiene sus propios métodos de sobrevivencia y en un momento donde la vida y la muerte está en juego, no tenemos tiempo de razonar si lo que estamos haciendo para salvarnos es lo más efectivo o no. Solo sobrevivir.

—¿Es una justificación valedera? —Regina alzó una ceja al escucharlo, instándole a continuar—. ¿Con eso justifico haber hundido a Yuuri en el proceso? Cuando estuvo conmigo en la habitación, tras haber pasado toda la tarde a mi lado y haber aguantado las críticas de Dmitri, le dije gracias. ¿Sabe cómo me miró, Regina? ¿Cuándo le dije gracias no solo por lo de esa tarde sino por todo? Me miró como si jamás hubiera creído que alguien fuera capaz de reconocerlo. —Víctor pestañeó con necesidad, con la garganta trabada y los ojos enrojecidos—. Me dio dolor pensar que nadie, nadie supo reconocerlo y que eso fue en gran parte mi culpa.

Se permitió una pausa para respirar. Sus dedos apretaron el puente de su nariz y luego se pasó la mano al rostro, para controlar el hormigueo que se expandía debajo de su piel, por sus pómulos y párpados. Regina observó en silencio, comprendiendo todo lo que estaba ocurriendo. Todo ese sentir que Víctor expresaba con sus palabras. El arrepentimiento, el dolor, la culpa y la resignación mezclándose hasta convertirse en gotas saladas.  

—Yuuri vino a pedir perdón… ¿cuántos le dieron gracias? No lo sé. —Se obligó a avanzar, mientras tragaba con dificultad los nudos que se formaban en su garganta—. Y es en gran parte mi culpa porque nunca lo hice, no puedo recordar exactamente qué pasó, pero puedo imaginar que Yuuri repitió eso mismo que hizo esa tarde, todos los días, con el entrenamiento y enfrentando la prensa, por más de un año… —Le faltó el aire. Jaló más—, y yo nunca le dije gracias, nunca lo miré, nunca lo valoré. Mientras él se encargaba de mí, de su carrera, de lo que dejó la mía, yo nunca le dije nada. Ahora comprendo porqué Yuuri le había asegurado a Yuri que yo lo odiaba. ¡Porque Yuuri me aseguró tan convencido que lo odiaba y que me había arrepentido! ¿Quién no iba a pensar en eso?  ¿Quién no iba a creer que no lo amaba después de todo eso?

—Víctor…

—¿Cómo no iba a querer salir corriendo después de todo esto? ¡Lo hundí, Regina! ¡Lo enterré conmigo!              

—Víctor, calma.

—¡Y a pesar de eso, de todo eso, viene aquí y me pide perdón a mí, como si él fuera el culpable de todo, y yo no tuve la forma de devolverlo porque es hasta ahora que me doy cuenta! ¡Hasta ahora entiendo! ¡Hasta ahora, Regina! —alzó la voz con necesidad, vibrándole en la garganta. Sus ojos se abrían con desespero mostrando lo quebrados que se encontraban y la forma en que las lágrimas los vestían con una película de humedad—. ¡Ahora se me acabarían las palabras antes de poder pedirle perdón por cada desplante que le hice! ¡Por cada vez que lo dejé solo! ¡Por la forma en que pensé de él! ¡Por mi enojo, mi necedad, mi falta de arrojo…! ¡Por permitir que esta maldita depresión me lo quitara! 

—Víctor, por favor, cálmate.

Se obligó a obedecer. Ambas manos cubrieron su rostro y Víctor intentó tranquilizarse mientras respiraba profundamente, buscando el aire que le hacía falta a sus pulmones. No vio el movimiento de Regina, no la sintió acercarse hasta que la tuvo sentada al lado. Sin embargo, no pudo evitar el ceder a su toque e inclinarse para ser abrazado por ella mientras se sentía preso de su propia desesperación.

Ahora veía y no quería ver. Comprendía el dolor causado a Yuuri con una precisión aterradora, y aunque quisiera poder recuperarlo, no se sentía con las fuerzas para hacerlo. No se sentía merecedor, una vez más; y ya no por no ser la leyenda que Yuuri había amado antes sino también y aún más, por no haber sido la pareja que debió ser.

—¡Debí ser más fuerte…! —gimió ahogado, contra el pecho cubierto por la bata térmica de Regina—. No debí dejarme caer… Debí despertar un día, decirle que iría con él a la práctica o que lo acompañaría al parque… Debí… Debí hacer tantas cosas…

—Víctor, estabas en depresión. —Podía sentir físicamente el toque de las manos de Regina sobre su piel, más no podía recibirlas—. Estabas deprimido, Víctor… estabas enfermo.

—Pero yo debí…

—Cariño, hijo mío, la depresión es una enfermedad, no es algo que vas a controlar con voluntad, amor y buenos deseos. La fiebre sigue siendo fiebre por mucho que intentes ignorarla… y si no se atiende puedes convulsionar. La mente no es distinta, Víctor.

—Pero Yuuri… mi Yuuri…

—No queda duda de que Yuuri es un hombre fuerte que, si no hubiera tenido que enfrentar su propia ansiedad, se hubiera quedado contigo hasta que reaccionaras y hubieras tomado las decisiones correctas.

Los ojos quebrados de Víctor buscaron su mirada. Había pensado, con temor, que si seguía hablando de Yuuri ella decidiría dejar de atenderlo o le obligaría a abandonarlo para que no afectara su recuperación. Pero la mirada de Regina era mansa, quieta, como una laguna en descanso. Le miraba con profundo cariño.

—Mi Yuuri es muy fuerte… siempre ha creído que lo vemos como débil, pero es falso. Todos, todos lo vemos como alguien muy fuerte… 

—Lo es, y debe serlo, muchacho. Porque después de lo que pasó en Moscú, no cualquiera vuelve a enfrentarse al estadio como lo hizo él.

—Yuuri es muy fuerte… amo su fuerza, amo la capacidad que tiene de no rendirse y dar todo de sí. —Regina miró el genuino brillo de esos ojos que, a pesar de estar anegados de lágrimas, tenían la calidez para apretarle el pecho. Los ojos de un hombre enamorado—. Y a pesar de lo mucho que caiga, su corazón sigue siendo igual de cálido, de confortable… de…

—Ya sé que el hombre que amas es maravilloso, Víctor, sin embargo, no estamos aquí para hablar de eso aún. —Se calló, pero recibió las caricias conciliadoras de Regina en su rostro, hasta poder apoyarse en su hombro de nuevo—. Pero me llama la atención que él sufre de ansiedad… y un hombre con ansiedad no puede salvar por sí mismo a un hombre con depresión. No podían, Víctor. No solos… —No dijo nada, solo buscó recuperar su aire y liberar el nudo que aún vivía en su garganta—. Y es lo que me aterra… lo mucho que subestimaron su estado. El de ambos. Tu depresión, su ansiedad… fueron tratadas como si se tratara de un simple capricho, y no las enfermedades que son. Fue un milagro que esto no hubiera terminado con una tragedia…

Para ella había quedado muy claro. El escenario fue tan palpable y conocido que sintió su sangre helarse en las venas. Contuvo el aliento… memorias lejanas venían a ella y no quiso darles el paso en ese momento. Solo se aferró a la espalda del hijo de uno de sus mejores amigos, como si pretendiera salvarlo de una posibilidad que ya había caducado.

—Papá me dijo que intentó convencer a Yuuri, pero que Yuuri no quiso… — Regina renegó.

—Claro que no, tiene ansiedad. Debió darle miedo dejarte y que así acabara todo. Debió creer que si se quedaba contigo todo se iba a solucionar. Por eso te digo que subestimaron lo que les estaba pasando. —Regina tomó aire—. Me extraña de Vanya, pensé que ya habría aprendido… —Víctor buscó la mirada de la anciana, pero esta solo respiró hondo y le miró—. En fin… por fortuna estamos a tiempo. ¿Te acuerdas cuando te dije que cuando te tocara volver a verlo todo, no querrías ver?

—Sí.

—Es justo lo que está pasando ahora. Pero hay que volver una y mil veces sobre tus pasos y hacer este doloroso recorrido de nuevo, llorar todo lo que puedas, para que lleguemos al punto en que puedas verlo sin llorar. Que puedas verlo objetivamente y notar todo… tanto los errores que cometiste, como las razones que te llevaron a ello. ¿Cuándo lo volverás a ver?

—Si todo sale bien en Francia, dentro de un mes. —Regina asintió sin dejar de acariciarle el cabello. Víctor tampoco quiso detenerla y le dio pase a ese roce analgésico, disfrutándolo con los ojos cerrados.

—Entonces será suficiente. Trabajaremos para que cuando vuelvas a verlo puedas darle una respuesta sólida a ese muchacho. Decirle porque ocurrió, pedirle perdón y darle las gracias como merece.

Yuri » Me alegra saber que ya estás en casa, Yuuri.
Yuri » ¿Cómo está tu mamá y el viejo Toshiya?
Yuri » Vi el recibimiento que tuviste en el aeropuerto. Joder. No merecías menos.
Yuri » Me alegra que haya sido así.
« Hola Yuri. Lo siento, estaba comiendo y luego me relajé en las termas. Las extrañaba ya.
« Mis padres están bien, mamá no dejó que me levantara de la mesa hasta acabarme un enorme plato de Katsudon.
« Ahora muero de sueño. Creo que el Jetlag me está afectando.
« Tampoco me había esperado lo del aeropuerto, pero se sintió muy cálido.
« ¿Has estado entrenando?
Yuri » Sí, estoy entrenando con Víctor.

Yuuri sonrió al leer la respuesta del mensaje después de haberse cambiado de ropa hasta estar cómodo con un pijama. Entre la comida y el baño, el cansancio había cobrado más fuerza. Yuuri bostezó amplio y se estiró mientras se daba tiempo para acostarse, viendo lo tarde que era ya esa noche del martes. Sin embargo, quería darse tiempo de hablar un poco con ellos, de  responder esos mensajes y hacerles saber que estaba bien. Jamás creyó posible en algún momento del pasado que esto podría recuperarse, pero lo había hecho y eso le hacía sentir feliz. Allí, en su vieja habitación de soltero, se sentía como si el tiempo realmente no hubiera pasado.

Si de algo estaba seguro Yuuri es que al final de la temporada con Minami no pensaba volver a ocupar su habitación de soltero en Yu-topia. Quería independizarse, buscar un apartamento en Detroit para seguir el sueño con Phichit, sonaba bastante ideal.

Volvió a salir de la ventana de Yuri y buscó los mensajes de Víctor. Se sonrió al verlos allí y pensar que en un tiempo atrás creyó impensable encontrar de nuevo mensajes suyos. Aunque seguía manteniendo la formalidad y persistía la distancia emocional, le alegraba de nuevo tenerlos junto a la posibilidad de seguir hablando con él.

Vitya » Espero que hayas llegado con bien.
Vitya » Acabo de despertar. Le dejaré el desayuno hecho a Yuri y me iré a ver al fisioterapeuta y luego a Regina.
Vitya » ¿Sabes? Estaba pensando en adoptar un perro de nuevo. Pero pienso en que quizás no pueda darle el tiempo que merece ahora con las competencias.
Vitya » ¿Tú que crees?
Vitya » Oh… me alegra que te hayan recibido así. Me ha gustado mucho ver la noticia.
Vitya » Espero que ya estés con tu familia. Extraño las termas, creo que necesito unas urgente.
« Buenos días, Víctor.
« Acabo de llegar al cuarto. No me dejaron hasta ahora. Querían que comiera todo y disfrutara del onsen.
« Me siento más relajado, ya Minami está durmiendo en el salón del banquete que antes ocupabas.
« Me parece genial lo de adoptar, no lo había pensado…
« ¿Cómo sigue tu rodilla? ¿Qué te dijo el fisioterapeuta?
Vitya » Voy mejorando con la rodilla, ya me indicaron los ejercicios y las vitaminas. Además, Vanya está necio preguntándome todos los días si fui.
« Vanya es un gran hermano.
Vitya » ¡Y muy exagerado! Debes estar agotado también.
« Sí, tengo mucho sueño. Creo que despertaré mañana al mediodía.
Vitya » Disfruta tu descanso, lo tienes bien merecido.

Le envío un emoticón durmiente y Víctor le regresó emoticones contentos y corazones. Yuuri solo renegó antes de sentir ese conocido deseo de hablarle dulcemente y tener que retenerlo. Quiso decirle que lo extrañaba, que quería escucharlo o cosas por el estilo se sentía tan inapropiado aún que Yuuri prefirió contenerlo. Ni siquiera estaba seguro de lo que podrían llegar a ser ellos en el futuro, si habría alguna oportunidad válida o de si ambos estarían dispuestos a tomarla.

El agradecimiento de Víctor había sido balsámico de escuchar. Su corazón retumbó con júbilo y rompió con muchas capas de pena solidificadas por el tiempo, para hacerle sentir de nuevo esa calidez que extrañó. Nunca pensó que todo lo que hubiera esperado de Víctor sería esas gracias, nunca hizo nada esperándolas; sin embargo, al haberlo escuchado pudo recuperar algo que había perdido y que tanto le costó convencerse en el presente. Esa seguridad de que habría valido la pena todo, junto a la certeza de repetir el proceso de ser necesario. 

El toque en la puerta lo distrajo de sus pensamientos y con voz baja dio el permiso para que entrara. Al abrirse, la imagen de su hermana, también con un pijama, le sorprendió en el marco mirándole efusivamente. Durante la cena se habían comportado como siempre, no querían que su madre se sintiera mal por saber a sus hijos peleados, no después de lo que había pasado. Fue como una tregua momentánea, pero era hora de hacerla completa.

Mari cerró la puerta tras su espalda y Yuuri le señaló su lado, invitándola a sentarse. Ella lo hizo en completo silencio.

—Ya Minami se durmió —dijo, como si hablara de cualquier tema mientras Yuuri se miraba las manos.

—Sí… no me había fijado como estaba el salón del banquete. ¿Qué se hizo con todas las cosas de Víctor que había allí?

Hasta ese día se había detenido a pensarlo y Yuuri podía comprender las razones por lo cual en el pasado ni siquiera se percató de eso. Cuando había ido con Minami antes, al anunciarse el GPF, ni siquiera había querido pasar por allí. Estaba demasiado reciente todo con la comunicación de Víctor y los mensajes de Yuri, como para encima enfrentarse a ese espacio donde Víctor vivió y donde, junto a él, hicieron tantas cosas. Antes de eso, era como un sitio sagrado e infranqueable, un lugar que Yuuri no buscaba atravesar y mantenía sagrado, creyendo que estaba todo de él allí, intacto. Esperando por el momento que Víctor regresara, creyendo que así sería…

—Todo lo que estaba allí lo tiré —confirmó Mari, sin siquiera apenarse por aquello—. No quise obtener un yen de eso, así que lo eché al basurero después de que descubrimos lo de tus pastillas. —Yuuri solo asintió tras un largo suspiro—. Papá y mamá no dijeron nada.

—¿Por qué lo hiciste?

—Mi hermano estaba metido en esta habitación sufriendo escalofríos y pesadillas por no dejarle tomar toda la dosis de pastilla a la que se había acostumbrado mientras mi madre lloraba para hacerle comer y mi padre buscaba de los ahorros para llamar a un psiquiatra que nos asesorara. —Yuuri tragó grueso al escucharla hablar de forma tan impersonal, con el perfil helado—. Estabas aquí, muriéndote —asestó—. Cuando llamamos a Phichit, solo dijo que no sabía, pero que habías tenido problemas con Víctor. Cuando hablamos con Minami, pensando en llamar a Yurio para que nos explicara qué había pasado, Minami nos dijo que Yurio te golpeó.

Mari hizo una pausa, y Yuuri fue capaz de dibujar el alcance que sus acciones y las de otros habían provocado.

—Yurio te golpeó —repitió Mari con una mueca en el rostro—. Te golpeó después de haber renunciado, cuando estabas destrozado, a punto de venir… Te golpeó el niño al que le dimos alojo y comida sin reserva, el niño al que apoyamos sin descanso en cada temporada junto a ti. ¿Crees que quería tan siquiera algo de ellos en nuestra casa después de saber todo esto? —interpeló al final. Yuuri fue incapaz de decir algo al respecto—. Ese día saqué todos mis afiches de Yurio de mi cuarto y los quemé, junté todo lo que quedaba de Nikiforov y lo tiré, lo único que se salvó fue Makkachin, porque Makkachin era inocente…

—Lo lamento.

—No era tu culpa comportarte así. Estabas enfermo. —Yuuri levantó su mirada para ver a su hermana hablar con tanta propiedad—. Solo teníamos que ayudarte a recuperarte y encontrarte mejor. Sabíamos cuán fuerte eres y que podrías hacerlo, solo necesitabas de nuestro apoyo.

—¿No me juzgas por las veces que hice llorar a mamá en ese tiempo?

—Estabas enfermo, ni siquiera eras consciente de todo lo que estábamos haciendo todos aquí para ayudarte.

—Así pasó con Víctor.

Fue el momento de Mari callar. Yuuri se puso de pie y caminó hasta las paredes que aún mostraban las huellas que antes los panfletos habían dejado. Eran casi imperceptibles gracias a las nuevas manos de pintura, sin embargo, para Yuuri era casi tan evidente como tenerlos de nuevo allí, a todos ellos. Podía recordar exactamente en qué lugar se encontraba cada uno de ellos con una añoranza lejana.

—Cada vez que llegaba estaba sentado o acostado en nuestra cama. Muchas veces ni siquiera comía, tenía que obligarlo o rogarle hacerlo al llegar. Siempre tenía que llevarlo casi cargado a la espalda para que se bañara. Se enojaba, se frustraba porque odiaba verse cojear. El gran pentacampeón de patinaje, ahora cojo… no puedo imaginarme lo que debió sentir todo ese tiempo. —Mari tragó con dificultad cuando Yuuri le devolvió la mirada llena de un brillo húmedo—. Todos me dijeron que dejara la temporada y me dedicara a su recuperación, pero pensé, erróneamente, que si cumplía la promesa él se sentiría orgulloso de mí. Que sí me rendía él me lo reprocharía, o si después no podría retomarlo, se culparía del final de mi carrera. 

Yuuri se apoyó en el filo del escritorio, mientras le dedicaba una mirada comunicativa a su hermana, quien permanecía sentada en el filo de la cama. Ambas miradas vibrantes, ambos corazones latiendo con dificultad, como si estuvieran llenos de agua. Ambas almas sufriendo.

—No te pido que lo perdones, porque no tienes nada que perdonarle, él no te hizo nada. —Mari le miró en desacuerdo, pero la mirada de Yuuri era muy clara—. Solo te pido que comprendas. Porque tal parece que no fui el único que tuvo a Víctor en lo alto de un altar.

—Confiamos en él.

—Yo era un hombre adulto cuando me fui con él a Rusia—afirmó, y Mari apretó sus labios con fuerza—. Víctor no se llevó un menor de edad. Las decisiones que tomamos, buenas o malas, solo nos compete a los dos, a nadie más. Las que tomemos a futuro, también solo serán de nosotros dos.

—Piensas volver.

—No lo sé, Mari. Quizás sí, quizás no —le dijo con sinceridad. La expresión de Yuuri denotaba lo difícil que era hablar al respecto, pero lo seguro que estaba de actuar en ese momento como lo estaba haciendo—. Solo sé que aún lo amo y él aún me ama. Y que fue un enorme error de mi parte olvidarme que él estaba enfermo, esperar que él actuara como yo y subestimar su sentir.

Mari no sintió que fuera necesario decir más. Yuuri le había dejado claro lo que sentía y, por mucho que ella quisiera intervenir, entendía perfectamente que el volante de la vida de Yuuri solo estaba en las manos de Yuuri. Que aquel breve tiempo que él se sintió incapaz de manejar su vida a causa de la depresión, les permitió a ellos manejarla para que lo llevaran a puerto seguro, pero que Yuuri había recuperado el control. Y su hermano dudosamente se había equivocado, porque a pesar de lo duro que hubiera tenido que vivir, seguía creciendo y fortaleciéndose hasta convertirse en un adulto al que ella no dejaba de admirar.

Decidió levantarse y acabar con aquella plática. Ahora lo que ella ansiaba era un cigarro para poder matizar toda esa amalgama de sentimientos que se habían formado por lo hablado. Caminó hasta la puerta, pero al final decidió no abrirla. Solo se quedó de pie, un momento, antes de voltear.

La figura de Yuuri apoyada al escritorio le mostró lo fuerte que apretaba con sus palmas el borde de la madera. No había sido fácil para su hermano confrontarla, aun sabiéndose con la razón. Había cosas que no cambiarían, supuso.

—Yuuri. Las decisiones que tomes las respetaremos, pero recuerda que muchas de ellas siempre nos afectarán como familia. Todos nosotros solo queremos que seas feliz. —Yuuri asintió y le devolvió una mirada conmovida. Por un momento, Mari vio de nuevo al joven de veinticuatro años, con sueños, que le dijo con voz emocionada que se iría a Rusia con él.

—Ahora lo sé… si tengo duda de algo, me animaré a preguntarles.

—Mientras seas feliz, aceptaremos todo… incluso estoy dispuesta a aceptarlo a él de nuevo en casa sin querer meter veneno de ratas en su comida. —Mari bromeó.

—Probaré su comida antes para evitarlo —le respondió de vuelta. Mari se sonrió—. Aprovecharé que ahora no tengo una dieta estricta que seguir.

Compartieron un par de sonrisas cansadas, aunque ellas mismas significaran más bien la tregua marcada entre ellos. La aceptación de las decisiones de Yuuri cuales quieran que fueran, y la certeza para Mari que podría confiar en las decisiones futuras de su hermano. Eso no terminaba de sanar el daño causado en ella, seguramente, pero era algo en lo que Yuuri tampoco debía involucrarse. Un trabajo personal que tomaría tiempo y reflexión debía iniciar en Mari para poder superar lo que había vivido cuando creyó que su hermano estuvo al borde de la muerte.

Quizás tardaría semanas, meses, incluso años. Mari no era capaz de cuantificarlo; sin embargo, salió de la habitación con la certeza de que no podía seguir alimentando aquel sentimiento amargo con las decisiones de su hermano. Yuuri, en cambio, resopló con agotamiento y cerró sus ojos, mientras mantenía en alto su rostro. Él también tenía cosas en las que trabajar.

Al regresar la mirada hacia la cama, su teléfono estaba allí con la pantalla apagada. Deslizó su dedo en el apartado para verlo encenderse y miró las notificaciones de mensajes. A pesar de encontrarse con varios, fue directamente a la pantalla de Vitya. Tenía varios allí.

Vitya » Por cierto, tengo muchas cosas que decirte.
Vitya » No por este medio, no, tampoco ahora. Necesito entender muchas cosas para que cuando llegue el momento pueda decírtelas con franqueza.
Vitya » Cuando hablamos en la oficina de Yakov, sentí que no pude decirte nada.
Vitya » Y siento que mereces una respuesta franca de mi parte, al igual que tú me diste la tuya.
Vitya » ¿Podrías esperarme?
« Estaré esperando, Víctor.          

Para ese tiempo, Yuuri también debía ser capaz de darle una respuesta. Una con respecto al futuro.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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