Matryoshka II (Cap 39)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 39: Cuando regresamos a casa

Cuando Yuuri dijo que esa noche no quería limitarse, había hablado en serio. Phichit tuvo algunos flashes de Yuuri en su época de Detroit, cuando por el estrés de los exámenes finales y las asignaciones del Grand Prix, terminaba enredado con él en fiestas universitarias donde el alcohol hacía estragos. Por lo que no se había sorprendido del todo cuando le mostraron las fotografías de aquel banquete, no más que por el hecho de nunca haberlo visto desnudándose con un pole dance. Al parecer lograba contenerlo antes y llevarlo sano y salvo a casa, porque no habían faltado las chicas que quisieron aprovecharse de su borrachera.

Y justamente eso pasó. Después de que la celebración llegara a su punto álgido, a Leo de la Iglesia se le ocurrió jugar a reto con tequila, terminando con un J.J. hablando entre balbuceos de lo hermosas que eran su mujer e hija, y un Yuuri al que debían estar constantemente bajándolo de la mesa. Para rematar, tenía a Seung-Gil detrás suyo, moviéndose de esa manera que le hacía saber que no estaba precisamente pensando en nada inocente. Phichit se sentía como cuidador de perros tratando de jalar por un lado a su novio para que dejara de molestar su trasero y por otro lado a Yuuri para que dejara de desvestirse.

Era natural que en un momento se le fuera todo de las manos. Había intentado pedir apoyo moral de Minako y Minami, pero ambos estaban durmiendo sobre la mesa, con los brazos haciendo de almohadas abrazando las copas y las botellas como si fueran madre e hijo. Rodó los ojos y buscó por donde podría obtener mayor ayuda; Deborah se acercó entre risas para sacar a J.J. de allí, quien, por alguna razón que Phichit no lograba comprender, se encontraba jalando de la pierna de Yuuri mientras este hacía un nuevo intento de bailar sobre la mesa. Agradeció que la mujer apareciera, pero seguía teniendo un problema grave. La situación se puso más caliente cuando las manos de Seung-Gil ya habían encontrado la forma de meterse bajo su camisa.

—¡Seung-Gil! —trató de controlar las expertas manos, mientras temblaba al sentir la boca de su novio ahora molestando deliciosamente su oreja. Ah… así iba a ser muy difícil que pudiera llegar vestido al hotel.

Ese momento de distracción le costó caro. Yuuri se zafó de su agarre y, para cuando pudo voltear a verlo, este ya se dirigía bailando con todo el precario equilibrio que le quedaba hacia la pista de baile. En ese punto, la discoteca estaba a todo dar. La música a todo volumen, las luces moviéndose intermitentes sobre el público, la gente bailando y brincando en medio de todo y sin orden alguno… debía admitirse que era un buen ambiente para bailar. Pero no creía que fuera buena idea.

Phichit tuvo que tomar una decisión rápida y, con cabeza fría (antes de que Seung-Gil calentara su otra cabeza entre tantos movimientos erráticos), empujó a su novio hasta la silla para obligarlo a sentarse. Este lo jaló del brazo para echarlo sobre él y todo plan de escape terminó muriendo cuando los brazos de Seung-Gil lo apretaban con aprehensión. Maldición… ¿Dónde estaba Leo? Él era el culpable de aquello con su reto de tequila. Se suponía que lo iba a ayudar a mantener a salvo a los dos peores borrachos que Phichit conocía, pero ahora brillaba por su ausencia. Chistó mientras trataba de contener las ansias de Seung-Gil y buscaba con la mirada a algún aliado.

—¡Quieto allí! —Le sujetó ambas muñecas a su novio para evitar que siguiera tocándolo sin vergüenza alguna. Seung-Gil le miró, primero sorprendido, para luego dibujar una sonrisa traicionera.

—¿Cuáles son mis cargos, oficial? —fue la respuesta de Seung-Gil. Phichit sólo renegó tratando de sacar paciencia de donde no la tenía.

—Me intentas violar en público y no me dejas ir a rescatar a mi amigo. ¿Cómo te declaras? 

—¿Culpable? —Seung-Gil se levantó un poco para besarle la barbilla a su novio, intentando seducirlo. Phichit se retiró para formar distancia.

Phichit pensó que algo debía tener el alcohol para sacar semejante comportamiento en dos de los asiáticos más serios y reservados que había conocido. No era posible que Yuuri se convirtiera en una máquina de baile y sensualidad andante mientras Seung-Gil se transformaba en un seductor nato con ganas de follarse todo lo que le pasaba al frente. ¿Porque no podían ser como Minami que de borracho se quedaba dormido? Haciendo malabares para librarse de las manos de Seung-Gil, encontró a Alexis cerca. Acababa de salir de un pasillo de dudosa procedencia con un montón de labial en su rostro y cuello.

—¡Alexis! —El chico le miró y se avergonzó en cuestión de nada. Phichit poco podría importarle lo que hubiera estado haciendo en ese pasillo—. ¡Por favor! ¡Yuuri Katsuki se metió en esa pista y necesito que lo saques vivo de allí!

Con un par de asentimientos, el joven patinador ruso se movió como si fuera un rescatista en una playa en pleno verano. Phichit respiró hondo, confiaba que eso fuera suficiente para lograr dar con Yuuri, y así tendría tiempo para encontrar la forma de contener a Seung-Gil hasta que llegaran al hotel. Logró levantarlo nuevamente para abrazarlo por completo y pareció ser suficiente, porque el coreano se quedó allí, abrazado a él mientras derramaba besos en su cuello.

Bien, ahora solo tenía que concentrarse para no tener que andar por las calles de Moscú con una erección y novio a cuestas. Comenzó a movilizarse mientras buscaba a otros aliados porque ya era hora de pedir un taxi. Afortunadamente, la ex entrenadora de Minami junto a Hikaru Fujiwara se acercaron para ayudar al muchacho y a la bailarina a levantarse. De lejos logró divisar a Leo, quien venía a toda prisa tratando de zafarse de algo, con la corbata a medio poner y visiblemente acalorado.

—¡Leo de la Iglesia! —reclamó Phichit, al verlo llegar con un chupetón de dudosa legalidad.

—¿Qué? ¡Acabo de salvarme de que me hicieran una rusa en el baño! —Phichit rio al notar la clara aversión que mostraba Leo en su rostro. Se veía hasta pálido. Bien que se le había dificultado no ceder—. Vámonos, estas rusas son…

—Falta Yuuri, se fue a la pista y no pude detenerlo.

Leo volteó y, tras una señal, se animó a entrar a la jungla de cuerpos sudorosos y palpitantes absortos en el baile y la música. El americano buscó no tropezar demasiado, pero había tanta gente y la música era tan pegajosa, que le resultó difícil no ser tocado y tocar más de lo que hubiera pretendido en un inicio. Iba a ser difícil conseguir a Yuuri allí, no porque no resaltara por sus rasgos, sino porque el juego de luces dificultaba bastante el poder detallar los rostros de todos. Notó de lejos a Alexis moviéndose hacia afuera de la multitud y decidió tratar de alcanzarlo con la esperanza de armar un plan para el rescate. Pero apenas estaba moviéndose, haciendo un esfuerzo para mirar a su alrededor, logró ver el cómo Yuuri era llevado como oveja al matadero, siendo jalado de la corbata por un dúo de mujeres.

Eso fue rápido. Leo tuvo que dar codazos y apartar gente a su paso porque no dudaba que se lo fueran a llevar para luego hacerlo despertar en cualquier motel cercano. Hizo esfuerzos por alcanzarlo, pero apenas las mujeres lograron sacarlo de la multitud, se apresuraron entre risas, llevándose a Yuuri con ellas. Una lo abrazaba desde la espalda, perdiendo sus manos entre las piernas del ex patinador y la otra lo jalaba de la corbata con claras intenciones de quitársela y usarla para el momento.

—¡Maldición! ¡Allá va Yuuri! —Leo gritó, tanto como pudo. Phichit logró entender solo el nombre entre la música, sin embargo, mirando hacia donde señalaba Leo, fue capaz de ver lo que ocurría.

‘Maldición’, pensó que no volvería a ver algo así después de salir de Detroit. Phichit no tuvo reparo de empujar de nuevo a Seung-Gil en uno de los asientos y apresurarse para salvar a Yuuri antes de que las mujeres lo sacaran del local.

Yuuri ya no sabía en dónde estaba. Intentaba regresar a la pista, pero sentía montón de manos tocándolo y acalorándolo en el proceso. Su vista estaba completamente perdida entre luces, humo, gente y la ausencia de sus lentes, que sabía debió de haber perdido en algún lugar. Trató de detener las manos que ya estimulaban su sexo, pero recibió el beso en su cuello y pese a su inicial resistencia, comenzó a sentirse endeble y debilitado.

Todo lo que había querido hacer era bailar, bailar hasta que sus pies no pudieran más. Después de que el alcohol hiciera de las suyas, Yuuri apenas era consciente de sus acciones. Cuando fue a la pista, el par de chicas empezaron a bailar con él, una por delante y la otra por detrás; pero poco le importó aquello. A pesar de sentirlas cada vez más cerca y percibir el modo en que esos cuerpos buscaban juntarse al suyo, hasta hacerle tocar todo cuánto ellas tuvieran bajo sus cortos vestidos; Yuuri no quería concentrarse en eso si no en la música que lo incitaba a moverse. Y no sabía cómo quitárselas de encima, porque sabía lo que ambas buscaban y él no se sentía en condiciones para seguirlas, aún si su cuerpo respondiera positivamente a todos los estímulos.

—Víctor… —murmuró, mientras intentaba cambiar el rumbo de la caminata y era de nuevo jalado al frente. Solo escuchaba el par de risas de chicas, una en su oído, mientras volvía intentar quitar las manos en su bóxer.

—¿Así te llamas, cariño? —Escuchó la voz rusa. Dos pares de senos prominentes apretándose contra su espalda y recorriéndolo con electricidad—. Pensé que te llamarías algo… chino. —Yuuri renegó, mientras las chicas se reían de su propio chiste, seguramente tan bebidas como él.

—No… ¿Dónde está Víctor? —Era difícil que ellas le comprendieran cuando estaba hablando en japonés y lo único que lograban entender era el “Victoru”. Yuuri gruñó al sentirse demasiado ahogado entre ambos cuerpos, y comenzó a caminar hacia atrás para tratar de librarse, logrando únicamente que la chica chocara con la pared y esos pechos se presionaran contra su espalda húmeda. 

Se estaba mareando. Dos bocas reptaron por su cuello y él solo memoraba la sensación lejana de que había vivido algo similar antes. No… no era similar, no se sentía como tener culebras constriñendo su cuerpo y obligándolo a sentirlas; las otras veces, esa boca y esas manos habían tenido pleno permiso de hacer lo que quisiera con él en el alcohol. Víctor, rebotaba en su cabeza. Yuuri intentaba evocarlo y alcanzarlo. Víctor… Ah… pero era su ex, se suponía que no eran nada. Se suponía que podría dejarse llevar.

Se suponía…

Repentinamente, abrió los ojos al sentir como empujaron a una de las chicas de su cuerpo. Al intentar enfocar su mirada, vio que se trataba de Phichit.

—¡Phichit! ¡Mi amigo! —Abrió sus brazos para colgarse a él y restregar nariz y caderas al cuerpo de su amigo.

—Ya, ya, estás a salvo. Lo siento chicas, pero este galán me lo tengo que llevar.

—¡No! —Chillaba una, jalando a Yuuri de la chaqueta—. No nos quites la diversión, ¡él quiere!  

Phichit no iba a dialogar con mujeres que estaban tan ebrias como su amigo, solo se alejó mientras lo sujetaba de la cadera para que no se cayera. De pronto, Seung-Gil lo agarró desde la espalda. Bueno, al menos ya había llegado al inicio, tenía a los dos encima. Hizo una señal a Leo para apresurar la huida antes de ser atrapados por alguna rusa más.

El camino de regreso al hotel fue más atropellado de lo que Phichit hubiera pensado al inicio. Su novio y mejor amigo discutían cada uno en su idioma no sabía qué, excepto que estaban refiriéndose a él. Seung-Gil subía su pierna para marcar terreno y Yuuri lo jalaba de un brazo para echarlo hacia él. Cuando ambos se daban cuenta que estaban hablando en otro idioma sin entenderse, empezaban a sacar frases en inglés donde Phichit lograba escuchar un: ‘Yo llegue primero’ y ‘Phichit es mío’;  él simplemente quería que se detuvieran y durmieran.

Por fortuna, la noche terminó sin mayores sobresaltos. No más que un Leo huyendo de una rusa dispuesto a hacerle una rusa, un Yuuri siendo rescatado de dos rusas que lo iban a secuestrar, Seung-Gil intentando tener sexo público y mucho dinero malgastado.

Para el día siguiente, Yuuri sentía que lo había atropellado un tren. Estaba en su cama y todo rastro de luz era suficiente para desear su muerte pronto; o un martillo que le aplastara la cabeza. Minami dormía en la otra cama, aún con la ropa que había llevado para la velada, y Yuuri seguía escuchando de lejos la alarma. Entonces, oyó el toque fuerte en la puerta y se obligó a sacar la cabeza de la almohada. La voz de Mari surgía desde detrás de la puerta, visiblemente alterada. 

Oh, el vuelo. Tenían que estar a las dos de la tarde en el aeropuerto de Sheremétievo, y ya eran las nueve. Tenían poco tiempo para poder llegar; por fortuna, él y Minami habían dejado todo el equipaje listo antes de salir a la fiesta, lo que les ahorraría mucho tiempo.

Gritó un ‘ya voy’ y se levantó para zarandear la espalda de Minami, quien dormía con un hilo de baba contra la almohada. El muchacho apenas se dio media vuelta y rascó su trasero mientras Yuuri se quitaba la ropa de encima, la cual apestada de perfume de mujer, alcohol y humo. Sea lo que sea que hubiera pasado, pensaba dejarlo atrás en Rusia. Solo quiso desconectarse, dejar de pensar y divertirse. Estaba seguro de que logró todo ello y que con eso sería suficiente, porque ahora le tocaba regresar a casa y arreglar las tantísimas cosas que dejó pendientes en Japón.

Un baño de agua fría lo ayudó a despabilarse. Se lavó muy bien porque lo consideró necesario y frotó su cabeza con empeño porque sentía que aún tenía todos los aromas de la fiesta en su cabello. Después de enjuagarse, se permitió unos minutos en blanco en la regadera. Hubo demasiadas cosas sucediendo durante en esos pocos días. Dos semanas que parecieron una verdadera montaña rusa. Con los ojos cerrados, Yuuri necesitó pensar en quien había ido a Rusia y quien estaba a punto de salir de ella, como si fuese una prioridad el establecer la comparación e identificar las diferencias en ese punto.

Se sentía en paz. Al menos podía decir eso, mientras el agua caía entre sus pies y frotaba nuevamente su rostro, para apartar el exceso de humedad. Se sentía mejor consigo mismo,  entendía su lugar en ese momento y no había sensación alguna de culpa ahora. Todo lo que había pasado ahora lo veía desde otra perspectiva. Ese largo camino lleno de espinas que él mismo decidió transitar, era en ese momento un gran conjunto de enseñanzas que le diría que “no hacer” para el futuro. Como si, a la vista de la experiencia, pudiera tomar ahora decisiones más sanas para sí y para los suyos de ahí en adelante.

Cerró la llave y se dedicó a secarse con el paño cerca. Al verse al espejo, notó como una ligera sombra de barba medio se asomaba de forma muy irregular en distintos puntos de su rostro. Yuuri nunca fue de tener vello facial, en un punto de su adolescencia eso le frustró, más lo olvidó demasiado rápido. Y en ese momento que se acercaba a sus treinta, parecía que el vello empezaba a multiplicarse, así como cambiaban otros rasgos de su rostro que terminaban de hacerle perder de vista toda juventud que aún le quedaba. Se veía mucho más adulto, ya no como aquel joven de veintitantos que se veía al espejo, inseguro sobre lo que podría lograr o si lograría cumplir su sueño, sino el hombre que, a través de victorias y derrotas, los momentos más dulces y los sinsabores, ya tenía claro qué podía esperar de su vida.

Y allí estaba la diferencia, entre ese Yuuri que llegó a Rusia lleno de ilusiones y enamorado, con el que se fue destrozado de San Petersburgo, derrotado, cansado, deprimido; el Yuuri que regresó lleno de miedo, rabia y dolor, hasta este Yuuri, quien le miraba en el reflejo tras haber retirado la espuma de afeitar. El que ahora estaba consciente de sus errores, del valor de sus derrotas y de sus triunfos. El que era capaz de ver qué deseaba para su vida y qué podía esperar en un futuro. El Yuuri, bicampeón del mundo, tres veces ganador del oro en el GPF, con un récord marcado aún, entrenador oficial de JSF, con la tutela del medallista de plata japonés Minami Kenjirou. Expareja y pupilo de Víctor Nikiforov… el amor de su vida.

Sí, Yuuri tenía que aceptarlo. Tenía que asumirlo de una vez. Aun cuando aquello significara tantas cosas dentro de él, cosas que le llenaban y al mismo tiempo amenazaban con hacerle estallar.  Víctor lo seguía amando, su pase por la vida de Nikiforov no fue temporal como en un momento llegó a pensar. Seguía vivo en su vida, y cualquier decisión que tomase debía hacerla con esa verdad en la mesa. Porque Yuuri también debía admitir que el pase de Víctor en la suya seguía siendo tan real y palpable que sería de necios intentar negarlo.

Amar no es suficiente, eso fue lo que aprendió en ese último año en lo que cada esfuerzo que hizo por Víctor y su recuperación no recibió ninguna respuesta. Amar no es suficiente, hay que saber amar; eso es lo que estaba aprendiendo en ese momento al lado de Minami, y el Dr. Hirogu. Saber amar… al salir del baño, Yuuri miró aún el cuerpo tendido de su pupilo rendido entre el cansancio y la calma. Desparramado con aún la ropa de fiesta, con el pelo revuelto en la almohada y una graciosa cara de descanso; Yuuri veía al chico que había sabido amarlo por encima de sus errores, fracasos y todas las decepciones. Que había aceptado cada uno de sus desplantes, y había sabido darles más valor a sus aciertos que a sus fallas. Que sabía amar, porque sabía el orden correcto.

Minami se amaba lo suficiente como para impedir que las fallas de su entrenador afectaran a su autoestima. Sabía su lugar, lo aceptaba, sabía quién era y su identidad no estaba atada a lo que Yuuri hiciera con su vida. Minami Kenjirou seguiría siendo Minami Kenjirou con Yuuri o sin Yuuri, era la gran diferencia. Yuuri había llegado a olvidar eso en un momento, a sentir que dejaba de ser Yuuri Katsuki si dejaba de amar a Víctor.  Minami Kenjirou era Minami con o sin medalla, y Yuuri había creído que había dejado de ser el Yuuri que merecía a Víctor por la falta o la presencia de ellas. Minami no condicionaba su valía y Yuuri la había condicionado por mucho tiempo. Ahora no más. Se juró que no más.

Con una palmada fuerte en el trasero levantado del aprendiz, Yuuri se encargó de sacar a Minami del mundo de Morfeo, sobresaltándolo. El muchacho se levantó despabilado, asustado ante el golpe y buscando al agente de su despertar.

—¡Yuuri! —chilló con la voz ronca y afectada. Yuuri le sonrió, con el pantalón puesto, aún sin la camisa, pero secando los mechones negros con el paño de su cabeza.

—Es hora de volver a casa, Minami.   

A la hora ya estaban en el recibo del hotel, tras haber comido algo rápido. Yuuri y Minami ya habían hecho el check out y solo esperaban que el resto del grupo hiciera lo mismo. Entre tanto, comentaban algunas cosas, aunque Minami había podido notar que Yuuri seguía ignorando a su hermana y Mari parecía buscar maneras de acercarse sin ser demasiado insistente. La tensa dinámica de los hermanos lo tenía callado, pero atendió a la voz de Yuuri cuando le hizo saber que tomarían una semana de descanso en Yutopia. Minami sabía que lo necesitaban, ambos necesitaban simplemente relajarse antes de continuar. Para Yuuri esas últimas semanas habían sido duras, y para él también; un poco de paz sería productivo para poder continuar camino al GPF.

—¡Yuuri! —Escucharon ambos la voz de Phichit, bajando rápidamente las escaleras. Estaba vestido cómodamente, aunque con un abrigo encima, y cuando se encontró cerca saltó para agarrar a ambos del cuello procurando un abrazo apretado—. ¡Cielos! ¡Casi no llego! ¿Se van ya?

—Ya casi —sonrió Yuuri mientras le respondía el gesto, compartiendo sonrisas entre todos tras separarse—. ¿Esta vez sí dormiste? —La carcajada de Phichit fue inevitable. Minami sonrió al ver a Yuuri de mucho mejor humor.

—¡Ni lo digas! Seung-Gil llegó ayer y cayó como piedra en la cama. Se puso a maldecir a todo cuando le mostré todo lo que hizo ebrio. Tengo para molestarlo como por un mes. —Rieron con la anécdota, aunque poco podían recordar ambos de lo que pasó—. Hablando de ebrios… —Los ojos de Phichit se enfocaron en Yuuri y este tomó un tono carmín en su rostro. Pero Leo de la Iglesia se apresuró y lo sorprendió colgándose de su cuello, tras llegar de las afueras del edificio.

—Oh, ¡miren a quien tenemos aquí! ¡El Dios del baile! ¡El ‘nomeconformoconunarusa’, Yuuri Katsuki!

—¿Eh? —Yuuri palideció y Phichit tuvo que controlar la risa tras el comentario de Leo.

—Ayer te tuvimos que rescatar. Dos rusas te llevaban a lugares pocos honorables para hacerte cosas menos honorables. —explicó Leo, y la cara de Yuuri fue un poema, casi perdiendo la quijada al oír aquello. Minami escuchó todo y fue a certificar la información en el rostro de Phichit quien, resignado, solo asintió para confirmarlo—. Si no fuera por Phichit, ¡quién sabe en qué condiciones te hubiéramos encontrado!       

—¿Quién me dará la medalla del amigo del año? —dramatizó el mencionado, y Yuuri solo renegó antes de abrazarle fuertemente—. ¡Oye! ¡Tanta pasión repentina! 

—¡Gracias por salvarme!

—¡Te mantuve lejos del teléfono, de las rusas y lo más vestido que me fue posible! —enumeró con gracia, contestando al abrazo con un par de palmaditas—. ¿Ahora qué harán mientras esperamos el GPF? 

—Yuuri decidió que nos tomaríamos una semana de descanso en Yutopia. —Minami se animó a contestar, mientras Yuuri soltaba el abrazo de gratitud a su amigo—. Luego de eso volveremos a Fukuoka a continuar con las prácticas. Después de ver lo que Seung-Gil es capaz, ¡debo dar todo lo mejor de mí para el GPF! —Phichit asintió al escucharlo y Yuuri le sonrió. Era agradable sentirle tan animado después de todo lo sucedido—. ¿Y ustedes?

—Yo ahora voy a Argentina a ver si contento a María Laura —Phichit soltó una carcajada al verle la cara de circunstancias—. ¿Qué? ¡Es importante para mí! ¡Fíjate que rechazar que una rusa me hiciera una rusa no lo hace cualquiera! —Hasta Yuuri rio. Era tan refrescante sentirse en familia con personas con las que no compartían más que el amor de un deporte, que Yuuri no quiso siquiera detenerse a pensarlo. Solo disfrutarlo—. Espero que todo vaya bien.

—Espero que sí, aunque yo veo eso más frío que la nariz de Chu —comentó Phichit, animado.

—¿Quién es Chu?

—Es como le digo al perro de Seung-Gil. No puedo con su verdadero nombre —ante eso, hubo una negación grupal, entre risas—. Nosotros iremos ahora a Francia, es la próxima competencia de Seung-Gil y ya había arreglado todo para no volver a Corea sino ir directamente a competir.

—Eso es bueno, los viajes iban a ser agotadores. —Phichit asintió ante las palabras de Yuuri.

—Sí, y además lograron llegar a un acuerdo para poder usar la pista y practicar. Es bueno que los entrenadores de Seung-Gil y de Sebastián Fauren se conozcan y se lleven bien.

—Yo tengo que resolver todo con María Laura antes de ir a competir a China. ¡Estoy emocionado, volveré a ver a Guang Hong!  

—También estoy ansioso de verlo de nuevo —admitió Yuuri, y Minami compartió el mismo sentir. A pesar de que, al inicio de ese enorme camino, Yuuri hubiera tenido temor de encontrarse con ellos; la realidad le sorprendió con una verdad diferente. Volver a verse con sus antiguos compañeros después de tanto tiempo para apoyarse y disfrutar de la competencia sin dejarse llevar por sentimientos agridulce, fue lo mejor que pudo haber hecho—. En el NHK me gustaría ir a apoyarlos.

—¡Sería genial! —expresó Leo, y Phichit le sonrió—. Él ha tenido muchas ganas de verte, Yuuri.

—De hecho, él fue al primero que le dije sobre mi plan maestro de traer a Yuuri a la competencia —habló Minami y Yuuri rodó los ojos al escuchar el modo en que lo dijo.

—Me siento el resultado de un plan oscuro y retorcido. —Todos se mofaron de la idea.

—¿No fue así? —Leo se acercó a Minami y alborotó sus cabellos húmedos por el baño. El aludido rio con ganas, un tanto avergonzado—. Este chiquillo de aquí nos contó todo y entre Guang Hong y yo, solo le dimos pequeños tips para su plan. ¡Incluso Seung-Gil ayudó!  

Esa hermosa sensación cálida parecía que jamás iba a salir de su pecho. Yuuri les sonrió, rebosando gratitud. Pensó en lo afortunado que era por haber logrado formar esos lazos, por haber provocado ese cariño inmenso entre ellos y ser parte de esa hermandad que no conocía de culturas, banderas o fronteras.

—Todos queríamos verte de nuevo, Yuuri —prosiguió Leo, con la mirada llena de honestidad—. Alguien como tú no debía retirarse como lo hiciste.

—Gracias Leo… —le dijo Yuuri, conmovido, aunque con un pensamiento atravesado en su mente que no pudo dejar de expresar—. Lo mismo opino de Víctor… él, él no merecía abandonar la carrera como lo hizo.

Leo apretó los labios y asintió. También como fan de Víctor le había dolido saber las circunstancias en las que acabaron su carrera, y obviamente no podía emitir palabra alguna ante tamaña verdad. Phichit sabía el sentir de Yuuri, y que había más que compañerismo o fanatismo hablando por él en ese momento; pero Minami, soltando el aire, se atrevió a hablar.

—Bueno, pero tal como tú, él también está en el hielo.  Quizás no pueda competir, como tú, pero Plisetsky debería encargarse de patinar y dar lo mejor de sí también por él. —Las palabras de Minami eran claras y sorprendieron a todos, incluso a Yuuri quien lo miraba con asombro—. Parece que por fin Plisetsky lo entendió. Ayer fue a felicitarme y a decirme que lo haría mejor en el Trofeo de Francia.

—¿Él fue a decirte? —Phichit seguía anonadado.

—¿Te felicitó? —Lo secundó Yuuri, igual de sorprendido. Minami se limitó a afirmar ambas preguntas.

—Así que Víctor podría retirarse del hielo no con una derrota después de todo. —Terminó la idea, aunque el exceso de atención provocó en Minami un tono rosáceo en el rostro. Hasta Leo se había quedado observándolo.

—Vaya, ¡eso es una gran noticia! —El buen ánimo de Leo sirvió para que el ambiente volviera a alivianarse—. Si Yuri lo ha entendido, ¡entonces el Trofeo de Francia será más interesante!

—Seguro cuando le diga esto a Seung-Gil, se va a emocionar —respondió Phichit con una sonrisa. Yuuri solo se sonrió como si algo le llenara de pura dicha. 

El Trofeo de Francia ya estaba a solo cinco días. ¿Qué clase de sorpresa les esperaba a sus competidores? Yuuri no quería perdérselas, y el descanso que había acordado con Minami le permitiría disfrutarlo desde casa.                 

La llegada a San Petersburgo ocurrió a altas horas de la noche y para Víctor resultó inesperado encontrarse con su padre allí, en el aeropuerto, esperándolo. Había caminado cojeando con ayuda del bastón para dirigirse a Iván y notó la clara mueca de preocupación en su rostro, incluso asombrándose al verlo tan desaliñado, algo muy impropio de él. En silencio, los había llevado al auto a ambos y los había dejado en su edificio. Yuri incluso se había mostrado incómodo con la presencia de su padre allí, sin embargo, fue capaz de mantenerse en silencio.

Su padre no hizo más que despedirse e indicarle que al día siguiente iría por él, sin embargo,  Víctor todavía no había encontrado justificativo alguno a su extraño comportamiento. Hasta que amaneció y muy temprano, Iván Nikiforov estuvo en su departamento para encargarse de llevarlo al nuevo fisioterapeuta, teniendo mucha propiedad de saber quién y en dónde se encontraba; hecho que Víctor interpretó de la forma más obvia: su hermano.

Yuri, por su cuenta, había decidido adelantarse al gimnasio para empezar calentando los músculos que en días de descanso estaban fríos. Víctor avaló eso y consideró bueno que volviera a preparar y calentar su cuerpo porque no tenían mucho tiempo, apenas tres días, para recuperar todos los ensayos perdidos.

—Al fin puedo hablar contigo —dijo Iván al esperar en la sala. La encargada de mantener la agenda del especialista al día ya les había asignado la cita. Víctor esperó las palabras de su padre, tras revisar en su teléfono los mensajes de Yuuri—. Vanya me habló ayer para avisarme sobre lo que ocurrió. No voy a cuestionar tus razones para correr a Moscú con el clima que había, puedo entenderlas, ¿pero haber permitido que se agravara tu malestar a ese punto? Pudiste haberte lastimado de gravedad, Vitya.

—No tuve opción.

—Explícame qué ocurrió para que tu rodilla terminara en semejante estado. ¿Te caíste? ¿Te golpearon? Vanya tampoco creyó que fuera solo fruto de tu descuido, no cuando estabas patinando ya.

Víctor no quería hablar de eso, no cuando sentía que la cosas estaban mejor que antes y le agradaba pensar en cómo estaban las cosas entre él y su expareja. Yuuri le había escrito al acabar el día anterior su programa y Víctor tuvo la oportunidad de decirle mientras se dirigía al aeropuerto que había visto su exhibición con Minami y que le había encantado. Cuando se halló a solas, se permitió enviarle una nota de voz con todas sus apreciaciones y en respuesta Yuuri le agradeció y le hizo saber que iría a festejar con su alumno y el resto de los competidores. Pidió que le avisara sobre su vuelo, cuando llegara a San Petersburgo y sobre cómo continuaba su rodilla muy a pesar de haberle advertido que probablemente no recibiría más respuesta de él hasta el día siguiente.

Y en efecto, así fue. Recibió respuesta de Yuuri a sus mensajes de aviso y sus buenas noches en esa mañana, justamente mientras iba en camino. En grandes rasgos, le hizo saber que había bebido demasiado y que todo había salido bien, que ya se preparaban para abandonar el hotel y volver a Japón.

Víctor tuvo que dejar de pensar en eso; la insistencia de su padre era transmitida por la mirada que compartía su propio color. El hijo soltó el aire y miró a su rodilla, aún ataviada con aquella férula que era tapada por la tela de su pantalón de vestir. Había dolido un poco en la noche por el frío y la exposición del viaje, pero fue tolerable. Mas una evidencia de que no podía continuar así.

De ese modo, decidió contarle a su padre todo lo que sucedió, desde el momento que supo la noticia de lo ocurrido en Moscú con Yuuri y todo el viaje que lo llevó a toda prisa a la capital, cuando buscó por todos los medios llegar, sin escatimar cuánto le costara ni qué incomodidades se vería obligado a atravesar. También relató lo ocurrido en el estadio, desde que logró ver a Yuuri hasta lo que pasó cuando se encontró con la hermana de este. Allí dudó. Miró a los ojos de su padre queriéndose guardar al menos eso, pero Iván no lucía satisfecho. El tenso silencio que hizo remover a Víctor en su asiento fue suficiente para soltarlo.

Iván apretó los molares y se precipitó en un espeso estado de mudez. Víctor sabía que no era algo fácil de digerir y, aunque él no tenía nada en contra de Mari y entendía lo que la llevó a actuar así, no podía esperar lo mismo del resto. Mila y Louis seguían furiosos, Georgi había preferido no emitir juicio, y Yuri estaba callado, seguro asustado ante la posibilidad de que Hasetsu no fuera posible al final, por eventos que estaban fuera de ellos tres.

—Ya no importa. —Quiso mediar Víctor, para evitar que su padre se quedara con ese sin sabor de la familia de Yuuri.

Le hubiera gustado en el pasado llegar a presentarlos, pero su total atención en la competencia hizo que procrastinara esa actividad que, si lo veía en perspectiva, hubiera sido beneficiosa para ambos. Algo le decía que si sus padres se hubieran conocidos no hubieran aceptado la separación de ellos de forma tan pasiva y que seguramente hubieran buscado algún modo de intervenir.

—No creas que me agrada saber lo que ocurrió. —La voz de Iván brotó cortante y Víctor se limitó a suspirar—. Sé que cometiste errores, pero soy tu padre, Vitya. Lo que ocurrió no fue solo tu culpa, Yuuri también colaboró para que todo quedara en estos términos y…

—Lo sé. —No quería escuchar en ese momento un sermón sobre algo que ya había oído con anterioridad—. Estoy en paz. Quizás Mari no merecía mi doggeza, pero pude hacerle llegar mi mensaje y sé que lo entendió. Sé que por eso salió corriendo.

—Te lastimaste en el proceso.

—El dolor que yo sentí en mi rodilla no fue nada comparado a lo que debieron sentir ellos cuando Yuuri llegó así a Japón. —Ivan calló—. No había logrado cuantificar el daño que le hice a Yuuri antes de todo esto, lo mucho que lo lastimé. Ahora puedo verlo. No solo a él, sino a Yakov y a ti…

—Vitya…

—Papá, he estado durante años simplemente haciendo lo que quise y recibiendo condescendencia de todos —Víctor interrumpió. Necesitaba sacarlo—. Necesitaba patinar, así lo hice y obtuve de ti todo lo que hiciera falta para lograrlo. Si algo no me gustaba así lo demostraba y ¿qué importaba?, Yakov se encargaría de arreglarlo todo. He ido por mi vida haciendo lo que mejor me placiera sin importarme el resto, me escudaba ante la idea de ir y vivir lo que quería vivir. Fui egoísta muchas veces, seguí todas mis corazonadas y no me detuve a ver a quién me estaba llevando por delante. Total… tú y Yakov estaban allí para arreglarlo todo.

Hizo una pausa. Iván no tuvo nada que decir, porque estaba en lo cierto. Ante el caos de su partida a Japón, él y Yakov habían tenido que intervenir para resolver todo y permitirle a Víctor ese capricho, aunque Yakov se hubiese enojado y él no estuviese de acuerdo de verlo dejar su carrera así. Víctor era un deportista prodigio, un artista nato, inteligente y carismático, pero también era consentido y protegido por ellos dos, como si aún fuese el niño que sufría un duelo. Como si nunca hubiera dejado de serlo.

—Conocí a Yuuri y supe lo que era tener a alguien a cargo, desear cuidarlo, protegerlo, celebrar sus triunfos y no los míos. Pero volví a Rusia y volví a ser el mismo Víctor, a creer que todos debían aceptar lo que saliera de mí, porque igual, ya lo habían hecho. Y Yuuri, por un momento, lo hizo.

Recordó la figura de Plisetsky apareciendo en el Ice Castle para exigirle cumplir la promesa. Memoró que a él poco le había importado el viaje que hizo Yuri por buscarlo, y mucho menos se preocupó por él cuando partió. Su egoísmo y necesidad lo habían llevado a ignorarlo y a escudarse consintiendo que sí: cumplió sus promesas, ¿pero de qué valía cumplirlas así? ¿Cómo si fuere una obligación que pudo haber preferido obviar? No sintió responsabilidad alguna en él, simplemente pretendió que había sido lo mejor. Siguió buscando su vida, y aunque no lo creía incorrecto, debía hacerse más consciente de las personas que estaban a su alrededor.

Yuri tuvo razón al decirle que había fallado, a reclamarle que siempre fallaba en sus promesas porque respondió la de él usando un juego estúpido que, en perspectiva, le pareció soberbio y desleal. ¿Todo era un juego para Víctor? ¿Tan seguro estaba de su inmunidad? Por fortuna, Yuuri había sido lo suficiente fuerte como para no dejarse golpear con cada uno de sus desaciertos, pero todo tenía un límite. ¿De qué valió el “quédate a mi lado y no te vayas nunca” cuando estaba en su casa, sí, sin irse, pero con ganas de hacerlo? ¿De qué valió que se quedara si él no le habló mientras lo hizo? ¿De qué valió quedarse cuando él se cerró a todo?

—¿Quién se encargó de mis tarjetas? —Víctor quiso saber—. ¿Del seguro? ¿De las cuentas? ¿De los contratos para cerrar? ¿De los impuestos que pagar después del accidente? —Iván, con una amplia exhalación, bajó la mirada hacia sus manos.

—Yuuri y Yakov se encargaron de los problemas contractuales que vinieron tras tu accidente, fue también Yuuri quien se encargó de tus cuentas bancarias y de comunicarse con tu contador para que hiciera todos los cálculos pertinentes y se pagaran los impuestos. Yo tomé el control de tus seguros, hubo varios puntos que tuvimos que renegociar.

—¿Todas las operaciones fueron por el seguro?

—No, pero las pagamos Yuuri y yo. En las que participó Vanya, no cobró sus honorarios profesionales. —Víctor apretó los labios y sus puños—. Algunas no eran cubiertas por ser intervenciones experimentales. A pesar de que no fue una situación que pudiéramos prever, significaron pérdidas para los contratos con tus patrocinadores. Fue… un período difícil.

—Sr. Nikiforov. Puede pasar. —Ese fue el aviso de la mujer encargada. Víctor tragó grueso y se levantó, recibiendo en silencio la ayuda de su padre. La conversación tendría que esperar.

—Papá —habló Víctor, mientras caminaba hasta la puerta—. Necesito escuchar todo lo que pasó. Todo. —Le miró con firmeza, haciéndole ver que era un paso importante para él—. No quiero que me oculten más lo que ocurrió en ese año y medio. Quiero saberlo todo, lo que dije, lo que hice, lo que dejé de hacer y ustedes tuvieron que hacer por mí. Necesito hacerme responsable de eso.

—¿Tienes tiempo para después de la consulta? —preguntó su padre con la misma seriedad—. Podríamos hablar al almorzar.

—Lo tengo.

No podía retrasarlo más. Yuri seguramente practicaría su programa y aprovecharía para repetir la rutina, y mientras tanto, él se enfrentaría con esa oscura etapa de su vida que había estado evadiendo por demasiado tiempo. Ya no quería indulgencia, él tampoco quería que la gente lo siguiera tratando como un niño desvalido incapaz de poder levantarse y aceptar los horrores que cometió. Ya había enfrentado a su peor verdugo, y había sobrevivido. Yuuri, el principal responsable y víctima de ese conflicto ya había hablado con él, arrojado sobre sí sus errores para luego ofrecerle los propios. Después de eso, nada podría tumbarlo. Él así quiso creerlo.

Víctor le había avisado que tardaría en llegar ya que tenía que aclarar un tema importante con su padre. Viendo lo aprensivo que había sido el Sr. Nikiforov el día anterior y lo preocupado que lució por la lesión de Víctor, Yuri comprendió que debía darle espacio. Por mucho que faltaran solo días, no podía seguir dependiendo de Víctor en todo para lograr su parte. Minami estuvo entrenando solo mientras Yuuri estaba en San Petersburgo y atendió comprensivamente cuando Yuuri debía dejar de estar al pendiente de él para atender los asuntos que debía resolver allí. Tanta muestra de madurez le había abofeteado en silencio.    

«Entrenaré para ganar el oro. Aunque J.J. haga el axel cuádruple, yo ganaré»

¿Cómo hubiera sido esa competencia si Minami no hubiera recibido ese ataque en Moscú? ¿Si su mente no hubiera estado abocada en Yuuri tras haber sufrido esa recaída? Minami había asegurado el oro y lo hizo con la confianza de saberlo posible e, indiscutiblemente, Minami había demostrado que el oro estuvo al alcance de sus manos.

Tras haber cubierto una extensa rutina de cardiovasculares y pesas, y haber comido en cantidad, Yuri estaba elongando en una esquina del estadio mientras Mila terminaba su intenso entrenamiento, tal como habían acordado. Solo Louis tuvo permitido ausentarse, para que pasara tiempo con sus padres tras el viaje intempestivo a la capital.

Georgi miraba de reojo a Yuri conforme estiraba sus extremidades con una seguridad distinta a la que le había visto en todo el año. Mila, al acabar su rutina, se acercó hasta la barrera para descansar y observar también a su compañero, mientras recogía un mechón rebelde que escapó de su cola. Ninguno había preguntado por la ausencia de Víctor, creyeron conveniente que descansara después de lo ocurrido; sin embargo, no habían esperado esa respuesta de Yuri, silente, pero llena de determinación.

Repentinamente, Yuri se levantó. Dio un largo estirón y fue hasta la grada para calzar las cuchillas con las emblemáticas hojillas negras, ante la mirada atenta de sus compañeros.

—¿Estás listo para entrar? —preguntó Georgi, para asegurarse y tomando él el mando de su entrenamiento. Yuri asintió—. Bien, ve a calentar.

—Quiero probar mis saltos.

Con seguridad, se puso de pie. Mila al salir le rozó suavemente su brazo con la mano, pero el gesto no llegó a él, no como hubiera sido en otro momento.

Ambos miraron a Yuri avanzar en la pista, en silencio y con una implacable mirada que no les permitía adivinar lo que estaba pensando. Preocupados por la repentina seriedad de su compañero, ambos se quedaron atentos para notar alguna otra anormalidad que sirviera de alarma. Pero no, no había nada que temer. Lo que Yuri vivía en ese momento, era un punto decisivo en su vida.

Sin esforzarse por hacer saltos, al inicio solo se dedicó a deslizarse y girar en la pista, como si se asegurara de toda la extensión. Yuri solo necesitaba sentirse de nuevo en sintonía con el hielo, reconocer la pista como si fuera la primera vez que se encontrase allí, para volver a saberla familiar. Quería volver a sentirse conectado con el viento que golpeaba su rostro a causa de la velocidad, así como el sonido de las cuchillas y la sensación del equilibrio de su peso en ambas piernas. Mientras lo hacía, con la mirada perdida en un punto incierto, su mente se encargaba de recordar todo lo que había sucedido en esas semanas para él.

«La vida se trataba de reparar» 

Yuri ejecutó una secuencia de piruetas. No había música que guiará sus propios movimientos, solo se movía al compás de sus latidos calmos mientras la rapidez de cada deslizamiento provocaba que el aire le golpeara la cara. Yuri se sentía en calma mientras giraba, grácilmente, sin implementar fuerza alguna y más como si se tratara de una pluma que giraba ante una brisa.

«Quiero ver al Yuri por el que decidí no renunciar en Barcelona. No hagas el camino al oro de Minami tan sencillo» 

Clavó un loop simple. Se deslizó y preparó el salto para un salchow simple. Empezó a ejecutar cada versión simple de los cinco saltos que dominaba, sin aumentar la velocidad, pero decidido en sentirse de nuevo cómodo con ellos.

«Minami me ha dedicado esta temporada. Fénix es un homenaje a mí… Se está esforzando mucho, está llevando su cuerpo al límite para lograrlo»

«¡Esto ha sido descabellado! ¡No puedo creerlo! ¡Es el quinto cuádruple de la rutina! ¡Ha alcanzado la totalidad de cuádruples que su entrenador y ex patinador Yuuri Katsuki ejecutaba en sus presentaciones!»

No podía perder. Yuri lo pensaba, saboreaba esa sensación amarga en su pecho, mientras ejecutaba el salchow triple, el flip triple, el lutz triple. No podía perder. Y mientras giraba para tomar de nuevo la velocidad, pudo ver claramente la sombra de Minami, tan lejos, tan inalcanzable, que todo lo que brotó de él fue la inmensa voluntad de alcanzarlo.

¿En qué momento había avanzado tanto?

¿En qué momento lo había dejado atrás?

«Subestimarte es un error que no pienso cometer de nuevo, Yuri. Puedes ganar, pero para ello debes dejar de tener miedo a caer como yo»

Un toe loop cuádruple cayó con firmeza. Yuri se movió rápido, se deslizó para tomar de nuevo la velocidad y ejecutar la trayectoria para repetir el salto, aún pese al cansancio.    

«Que no has clavado un cuádruple desde que me lesioné» 

«¡No quiero más condescendencia!»

Tomó aire. Yuri se deslizó con fuerza y velocidad, incrementando cada vez más el movimiento de sus pies para propiciar la salida al siguiente salto. Dio la espalda, moviéndose sobre su mismo eje a través del pulso de su cuchilla en el hielo, y se alzó para ejecutar un salchow cuádruple. Cayó sobre su pie en perfecto equilibrio, su pierna extendiéndose para mostrar una preciosa figura con su cuerpo.

«¿Hasta cuándo seguirás en calentamiento, Yuri?»

Víctor no dudaba de que él tenía todo para ganar. Yuuri no dudaba de que él podía lograrlo. Que era un digno rival, de todos ellos, de Minami. No dudaban ni ellos, ni Georgi, ni Mila, ni Yakov… nadie lo dudaba, solo él. Solo él.

Tomó su pierna y la elevó por encima de su cabeza en una poderosa pirueta. La soltó y saltó para iniciar otra pirueta, esta vez baja. Sus movimientos estaban llenos de tensión, de fuerza, de necesidad, mientras seguía una secuencia muda a la que solo su cabeza le daba forma, solo su mente sabía el mensaje allí encerrado. Volvió a detenerse, se empujó de espalda. Sus ojos eran capaces de ver a J.J. ejecutando de nuevo ese increíble Axel cuádruple, a Seung-Gil cayendo grácilmente con el luzt cuádruple, a Minami saltando con el emblemático salto que Yuuri y Víctor tuvieron y el flip cuádruple alzándose a lo alto. Como un ave fénix, alzando el vuelo y dejando solo fuego a su paso.

«A ver cuándo haces tú parte y dejas de pisotear la reputación de tu entrenador»

«Yo también dejo de jugar al entrenador. Soy el entrenador»   

¿Podrá el tiempo apagar las llamas del fénix?

Yuri saltó, abrió sus piernas en perfecta sincronía hasta extenderlas y caer elegantemente al hielo. Giró y se apresuró a avanzar con el viento golpeando su rostro, con la determinación encendiendo sus ojos mientras veía la silueta flameante de Minami lleno del fuego, aquel fuego que Yuuri alimentaba desde detrás de la barrera. Y a él, que era tiempo, ¿qué lo alimentaba?

La experiencia.

Víctor estaba detrás de él. Víctor y sus años de victoria, Víctor y sus triunfos. Víctor y su capacidad de sorprender a todos, de sorprenderlo a él. Porque él también fue sorprendido por Víctor, él también había querido alcanzarlo. Él también deseó ser como él. Sería muy necio en negarlo. Ese sentir que redescubrió en sí mismo al ver a Minami patinar con todo en nombre de Yuuri, ahora estaba más vivo que nunca en él. Y mientras giraba, nuevamente, incansablemente, como si fuera una sacudida completa al punto de equilibrio de su vida, se preguntó si sería suficiente.

¿Podrá el tiempo apagar las llamas del fénix?

¿Podrá su programa vencer a Minami?

Se deslizó en línea recta a toda velocidad. Yuri lo había decidido. Antes de vencer a Minami, tenía que vencerse a sí mismo. Enfrentar el miedo y atravesarlo. Por eso, picó el hielo y saltó.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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