Matryoshka II (Cap 38)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 38: Copa Rostelecom: Estemos juntos

Fue como ver una escena perdida en el tiempo y el espacio, una memoria recién despierta de su subconsciente. Y fue, en esos minutos que robó al tiempo perdido, muy feliz. Yuri sonrió mientras escuchaba a Víctor pelear porque no podía alcanzar el otro pedazo de pizza que quedaba en la caja; y vio a Yuuri haciendo uso de su irreverente maldad al alejársela con el resto de las porciones. Soltó carcajadas cuando Víctor le lanzó la almohada encima a Yuuri para que liberara la caja; y al ver al japonés hacer malabares para evitar un desastre en las sábanas. Rio y miró con nostalgia la manera en la que Yuuri comía con gusto y luego se ahogaba con el salami cuando Víctor decía una de esas frases sin sentido que solía usar. Se involucró en el momento, anhelándolo y viviéndolo. Y no, no deseó que acabara.

Si lo pensaba con detenimiento, eso sería el día a día de haber seguido Yuuri en Rusia junto a Víctor. De pronto, Yuri se imaginó en un presente hipotético donde Yuuri era su entrenador tras cerrar su participación como competidor y Víctor el coreógrafo de sus programas. Seguirían juntos y estarían los tres: él acabaría de matar los sentimientos que nacieron por Yuuri y dejándolos atrás para ser feliz con su sola presencia. Víctor le daría instrucciones a Yuuri sobre qué corregir y ambos discutirían los elementos del programa; seguramente hubiera tenido que gritarles para recordarles que él seguía allí. Era perfecto… aunque solo fueran los tres en esa pista y nadie más, aunque eso no pudiera ser la realidad; Yuri se prendió de aquella imagen y no quiso dejarla apagarse frente a sus ojos.

Pero debía acabar, porque en ese presente Víctor y Yuuri estaban separados y Yuuri vivía en Japón, con la responsabilidad de seguir presidiendo la carrera de Minami, quien demostró ser el digno sucesor en su país. Debía acabar, porque ese presente que soñaba no estaba allí.

Fue él quien tuvo que despedir a Yuuri, luego de que este le dijera a Víctor que tuviera cuidado de no mover la rodilla al dormir. Tuvo que ver el modo en que Víctor le apretó la mano con claras intenciones de no soltarlo, y atestiguó la forma en que la nuez de Adán vibró en la garganta de Yuuri, al tener que cortar el contacto. Tras dejar la caja de cartón en la cocina, lo acompañó hasta la salida mientras escuchaba sus instrucciones. Pero le fue imposible dejar de pensar que no era él quien debía asegurarse de todo ello, que era Yuuri quien quería hacerlo, y no le quedaba otra opción más que delegar la responsabilidad en él.

—Gracias por esto… —Yuri tuvo que decirlo, aprovechando antes de que el taxi hiciera su aparición frente a la puerta del edificio—. No sé, no hubiéramos sabido qué hacer. Estábamos muy asustados.

—De todos modos, no hice mucho. —Yuri sonrió. Su compañero jamás iba a dejar esa mala costumbre de minimizar sus proezas—. Y más bien, yo soy quien debo agradecerles, a todos, por lo que hicieron hoy por mí y por Minami. No tienen idea de lo feliz que me hicieron hoy.

¿Cómo se podía contener las ganas de abrazarlo? Imposible, Yuri no quiso pelear con el impulso y envolvió el cuerpo de Yuuri en sus brazos, sintiéndose más grande de lo que había sido tres años, pero, del mismo modo, tan pequeño ante él. Y como antaño, en Yuuri estaba el aroma de aquella fragancia frutal que Víctor solía usar, aunque ahora solo fuera producto de llevar puesto uno de los abrigos de Víctor porque en la carrera había dejado el suyo.

Le apretó; sintió las manos de Yuuri aferrarse a él como en el pasado, haciéndolo dolorosamente familiar y lejano. Se le hizo un nudo en la garganta cuando tuvo que soltarlo y pudo ver de cerca que en los ojos de Yuuri había un brillo húmedo, una evidencia de que ese sentimiento era mutuo.

—No tienes nada que agradecer… Sigues siendo parte del equipo ruso, cerdo —dijo, dándole un pequeño golpe en el hombro de manera amistosa, aunque notó la forma en la que Yuuri se tensó al escuchar aquel apodo.

Entonces, Yuri entendió lo sucedido y apretó sus labios. El enojo se volvió visceral cuando recordó el modo en que todas esas personas expresaron su odio hacia Yuuri usando un código que solo les pertenecía a ellos dos.

—Preferiría que no me dijeras más así —Yuuri pidió. Debía admitir que era algo distinto el que Yuuri pudiera demandar sin titubear algo así.

—Sí… tienes razón… ¿Solo Yuuri?

—Yuuri está bien.

Yuuri.

Se sintió extraño el mencionar su nombre de esa manera, no porque fuera la primera vez que lo hiciera, sino porque se sentía como una nueva etapa de su relación. Solo Yuuri, sin cerdo, sin katsudon, sin apodos rebuscados, sin minimizar o agrandar sus defectos. Solo Yuuri… la sonrisa de Yuuri al escucharlo le dio pie a pensar que era el mejor de los cambios que podía hacer. Se sintió correcto nombrarlo de esa forma, porque ahora que podría llamarlo entrenador Katsuki o Coach Katsuki, Yuuri sonaba una forma íntima de mantenerse en contacto, sin pretensiones desajustadas de lo que ambos podían esperar del otro.

El taxi llegó; Yuri miró el automóvil esperando y sintió el suave apretón que Yuuri le dejó en el antebrazo a modo de despedida. Unas palabras volvieron a él como un mantra ahora que veía la espalda de Yuuri cubierta por el abrigo de Víctor, alejándose en medio de la nevada. Por mucho que quiso callarlas, solo aumentaban el volumen con cada paso que Yuuri dio para volver.

—¡Yuuri! —llamó en un arranque. Yuuri ya había abierto la puerta y le miró desde ella, con el viento moviendo los copos contra su rostro sonrojado y su cabello despeinado.

Por un momento, dudó. La petición que iba a hacer obedecía a un impulso infantil que no se sentía preparado para asumir; pero viendo a Yuuri allí, esperando por él, y con sus lentes enmarcando el calor de su mirada, no pudo contenerse por más tiempo. Sintió el miedo agarrando sus pulmones, materializándose a través del hálito frío ante la posibilidad de una negativa. Tuvo que apretar el aire en sus labios y sacar voz de donde estuviera escondida para hablar al fin.

—Mañana temprano, ¿podrías acompañarme a un lugar?

El viento sopló con un poco más de fuerza. Era probable que al día siguiente volvieran a amanecer sepultados en nieve. A Yuuri pareció no importarle eso, o no razonarlo, porque asintió sin demora con aquella calma tan suya que quería tener nuevamente cerca.

—Antes de las diez puedo. Después tengo ensayo para la exhibición con Minami.

—Bien —dijo Yuri, con una sonrisa que ya no pudo contener. Una tan sincera que no supo cuantificar desde cuando no había sido capaz de sonreír así—. Te escribo entonces, Yuuri. 

Tras la despedida, volvió al apartamento con su corazón golpeando insistentemente su tórax. Su mirada se volvió brillante e intentó controlar los nervios que se acumulaban en su estómago ante la salida, pero le fue difícil. Por fortuna, Víctor se había quedado dormido en la cama, evidentemente vencido por el cansancio acumulado de un día lleno de sobresaltos. Yuri aprovechó para rebuscar entre el closet y conseguir cobijas, queriendo hacer exactamente lo mismo en el mueble de la sala. Ya había cuadrado con Yuuri lo que esperaba para el día siguiente.

Él, al inicio, se había mostrado sorprendido por el significado de ese pedido. Sin embargo, cuando aceptó, le hizo saber lo agradecido y halagado que se sentía al haber sido él el invitado. Yuri no quería pensar en por qué tenía que ser él. Si lo meditaba con detenimiento, había otras personas que merecían ese honor: Mila, Georgi, incluso Otabek y Víctor serían los más adecuados para acompañarle en ese enorme paso que iba a dar. No obstante, Yuuri había sido el escogido para ello. Y, aunque muy dentro sabía la razón de ello, no quiso evocarla en ese momento permitiéndose la ignorancia para auto justificarse.

Cuando finalmente amaneció, no había logrado descansar lo suficiente, pero se encontraba demasiado despierto como para resentirlo. Se asomó a la habitación donde Víctor dormía, en la misma posición en la que lo dejó, y trató de no hacer ruido mientras se alistaba para aquella cita. El sol no había salido aún a pesar de ser las seis de la mañana; era común que las horas de luz en Moscú fueran disminuidas debido al invierno cercano. Con un suspiro, tomó ropa prestada del closet de Víctor y se conformó con un pantalón y una camisa negra, sin prestarle atención a la marca y fastidiándose con el aroma a esa loción que parecían estar impregnada en todas ellas.

¿Acaso la mujer que se encargaba de mantener el apartamento en condiciones vaciaba el perfume de Víctor en esas ropas? No quería siquiera dar rienda a su imaginación.

Salió. Pidió un taxi que lo llevara a ese lugar al cual tenía meses sin visitar, desde que abandonó Moscú con la idea de que tenía que mejorar en su temporada. Allí le prometió que le daría el oro; también le expresó su miedo, el dolor que cargaba y como abandonaba la carga de no haber estado allí para luchar por mantener el legado que le había dejado. Con su cabello atado en una cola, miró sin grandes gestos las calles cubiertas de nieve de Moscú. Todavía nevaba; aunque por fortuna había tomado la sombrilla negra de Víctor para poder resguardarse de la caída de los copos. Entre los edificios grises y el cielo llorando blanco, dejó que el tiempo se diluyera mientras atravesaba a la ciudad.

Entonces, llegó al cementerio. Yuuri ya estaba allí. Le cubría un largo abrigo oscuro y vestía en colores similares, negro y gris. La bufanda que lo resguardaba del viento era de un tono plomo y sus guantes supo reconocerlos a la distancia. Tenía aún los mismos que tiempo atrás le regaló de cumpleaños.

Sin mayor ceremonia, ambos entraron al cementerio tras haberse anunciado. La nieve seguía cayendo y los dos caminaron con los hombros rozándose en total silencio, resguardados por la sombrilla. Atravesaron los pasillos largos adornados de tumbas, ignorando los diversos arreglos y estatuas que allí había, hasta irse adentrando a las zonas más recientes del lugar. El camposanto lucía desolado, solo bañado por un grueso piso de escarcha blanca que llenaba las lápidas y cubría los caminos. Hacía un frío que se metía a los huesos, casi como dagas que se iban clavando lentamente en sus articulaciones, mientras que todo lo que salía de sus labios era una espesa nube gris de vaho que subía al aire. Pero ninguno dijo nada, hasta que Yuri se detuvo frente a una de ellas.  Como si ambos sintieran que cualquier palabra dicha terminaría arruinando la solemnidad del momento.

Yuuri leyó lo escrito en aquella lápida, el nombre de Nikolái Plisetsky estaba bañado de blanco. La tumba lucía limpia a pesar de estar llena de nieve y había un ramo de rosas congeladas. Yuuri se acuclilló para despejar algunos copos atorados en los relieves de las palabras en cirílico y observar la fecha de deceso, que ocurrió un año atrás. Lo hizo como si cuidara de romper alguna clase de objeto de valor. Yuri solo observó, con los labios repentinamente endurecidos.

Hubo una capa de silencio que los cubrió por varios minutos. Yuri mantuvo durante ese tiempo la mirada en la lápida, pero estaba encerrado en otro punto de su memoria, distante.

Recordó la hierba verde, el cielo celeste. Los rostros de los pocos que estuvieron invitados, el calor reconfortante de Mila en su espalda mientras le frotaba los brazos, el llanto ahogado de su madre en silencio y a distancia, porque él ni siquiera procuró a acercarse. Otabek parado a su lado con los brazos cruzados en un mudo consuelo. Más allá, Yakov, con su traje oscuro. Memoró que se había cansado de llorar, que sus ojos estaban rojos e hinchados, ardían como dolía su pecho ahora vacío tras la certeza de esa ausencia. Había contabilizado en días, semanas y meses el tiempo sin haberlo visto antes de que desapareciera por completo. Y ya no quedaba nada. Evocó el mirar a su alrededor y, por un momento, pensar en; “¿Dónde está, Yuuri?”.

¿Dónde está?

Bajó su mirada, para ver a Yuuri ahora arrodillado en alguna clase de oración, seguro propia de su cultura. Tragó grueso y sintió como si fueran piedras lo que tenía atorado en la garganta.   

—¿Cuándo fue la última vez que viniste? —preguntó Yuuri, al levantarse. Sacudió las rodillas de su pantalón ahora húmedo al haberlos pegado contra el suelo.

—Días antes de escribirte por el teléfono de Víctor, cuando se supo que serías entrenador. —Yuuri solo asintió—. Vine a aquí con Víctor, por unos temas de la federación.

—Eso… fue antes del aniversario. —Yuri no se detuvo a justificarlo, tenía razón. Yuuri hizo una mueca imposible de leer—. Fue un buen hombre —solo asintió—. Y te amaba, Yuri —afirmó de nuevo—. Sus piroshki de katsudon eran muy deliciosos —lo hizo una vez más. Los colores se mezclaban en el vaho que aún exhalaba—. ¿No sufrió?

Negó, e hizo el esfuerzo por tragar. Por un momento, se había olvidado de pasar el aire. Tuvo que hacerlo cuando sintió la opresión de sus pulmones por jalar suficiente, respirando de forma ruidosa, mientras abría sus labios.  

—Abuelo murió dormido en la clínica. Dicen que no sintió nada —dijo de modo autómata, sin preocuparse de observar las facciones de Yuuri al escucharlo—. Cuando llegué, ya iba al velorio. Creo que te conté eso…

—Sí —pausó—, algo me dijiste.

—Regina —se esforzó por aclarar la voz—. Ella m-me dijo que viniera… A-ahora ent-tiendo porqué.

La sombrilla que sujetaba tambaleó. El temblor de sus extremidades, de sus brazos, imposibilitó que esta se mantuviera en lo alto, resguardándolos a ambos de la nevada que caía. Yuuri la tomó antes de que cayera, al igual que el cuerpo de Yuri, quien había comenzado a estremecerse frente a él. Lo cubrió con la sombrilla, con sus brazos, y le permitió apretarle mientras dejaba el rostro apoyado sobre su hombro. Con la mano libre le regaló palmadas confortantes y dejó que todo aquel llanto surgiera sin demora ni traba alguna. Le dejó que se sintiera débil en ese momento, sabiendo que lo necesitaba para volver a hacerse fuerte.                     

Le abrazó y mantuvo el silencio. Yuri se aferró a él con todas sus fuerzas mientras las letras del nombre de su abuelo se iban borrando de su mirada, hasta quedar hecha borrones entre el dolor, la nostalgia y la certeza. Lo hizo, hasta que las lágrimas se congelaban en su rostro y el frío lo hizo tiritar. Yuuri lo asió fortísimo y Yuri pudo escuchar la dificultad con la que lograba respirar. En ese instante íntimo, donde el recuerdo pesaba y mojaba, ambos no podían hacer nada más que dejarse llevar por él.  

Eventualmente, Yuri se separó. Pasó sus antebrazos para raspar la cara enrojecida y húmeda, y secar el camino de las lágrimas restantes. Luego, al subir la mirada y enfocar su vista en Yuuri, el rojo en sus ojos le indicó que este también había cedido al llanto silencioso, sin embargo, tuvo la fuerza de emitirle una pequeña sonrisa.

—¿Mejor? —preguntó Yuuri, con la voz cortada. Yuri asintió—. Me tranquiliza eso…

—Había decidido no venir hasta no tener un oro. Pensé que de esa manera sería una mayor motivación para mí. —Yuuri giró la mirada al punto donde Yuri la dirigió mientras le hablaba, justo en la lápida—. Soy un tonto… mi abuelo nunca condicionó el verme por una medalla. No le importaba si yo ganaba o perdía, siempre estuvo allí para abrazarme.

Y él quería disminuir esa presencia con el valor de un premio. Pretendió darle el peso de una medalla a la necesidad de tenerlo de nuevo. Había caído en ese error; pero tras esa semana donde sus sentimientos habían sido abiertos y su alma quedó desnuda ante todo lo acontecido, Yuri pudo entender una cosa. A través de la visión de Víctor dispuesto a devolver las medallas, de Yuuri observándolas, evocó todo lo ocurrido en el pasado alrededor de ellas y el amor que aún imperaba entre ellos tan evidente que parecía de necios negarlo. La distancia tan amplia que se podía formar con tan pequeñas cosas… Los resultados cuando las prioridades se tuercen. Tantos errores… él no quería cometerlos.

—No hagas eso —escuchó de Yuuri, con su voz conmovida. Ya él lo sabía—. No cometas nuestro mismo error, Yuri. Aunque nuestra vida esté dedicada al hielo, hay vida fuera de él.

Yuri asintió. Mientras no desviara de vista lo importante, dejaría de perder cosas en su vida, ya no se sentiría derrotado, porque había peores cosas que fallar una competencia. Y ya él las había saboreado casi todas.

—Abuelo, vendré después de Francia. —Yuri sacó la voz, empujándola casi con cada respiración—. Te contaré cómo me fue… también buscaré hablar con Otabek y arreglar las cosas, porque ya no quiero seguir perdiendo a mis personas importantes. Y ya hice lo que me pediste aquella vez, ya hablé con Yuuri… ya nos arreglamos. También he ido a ver a Víctor… pero sigue siendo el mismo necio que no obedece instrucciones. Vieras como lloró como un niño por lastimarse la rodilla —la voz le tembló—. También he hablado con mamá. Aún es difícil, pero lo voy a intentar. Ella dijo que iría a Francia conmigo… le tengo que preguntar sí podrá hacerlo. Te cuento cuando regrese… tengo que ganar la plata para participar en la gran final… haré mi mayor esfuerzo, diedushka.

Cuando acabó de decirlo, su voz se convirtió en sílabas deshiladas por la falta de aliento. Sopló viento frío, la nevada no paraba, más bien se arremolinaba entre sus cabellos al aprovechar el tiempo para mojarlo. Yuuri seguía sujetando la sombrilla sobre él, permitiéndole así tener todo el tiempo necesario, todo el que hiciera falta.

—Por cierto… tengo una psicóloga que me recuerda a la abuela Nasha. Ella me dijo que viniera…

Hizo una pausa, soltando el aire. Aquella opresión en su pecho se diluyó cuando sus labios se abrieron para exhalar y sus fosas nasales aspiraron todo el aire que pudieron, llenando de nuevo sus pulmones. Se sentía mejor… se sentía libre. Como si de repente toda esa tensión acumulada desde América se hubiera desvanecido por completo.    

—Haré lo que me enseñaste, abuelo… aprenderé a reparar.

Puso una rodilla sobre el suelo y extendió su mano hacia las rosas congeladas. Eran blancas,  en un arreglo, parecía tener poco tiempo porque aún con el hielo cubriéndolas no se veían marchitas. Con su mano, sujetó una pequeña nota escrita que supo reconocer. Un “te amo, papá” estaba allí. Exhaló al comprender que su madre había estado recientemente allí.

—Aprenderemos a reparar, abuelo… —susurró. Dejó la nota en donde estaba, como si el mensaje pudiera ser leído por el alma de su abuelo en las noches. 

Al levantarse del piso, se supo liviano. Encontró en los ojos marrones y cálidos de Yuuri la certeza de que los pasos dados serían los correctos. Volvió a abrazarlo, sin contenerse, permitiéndose disfrutar el que Yuuri le envolviera de nuevo al tiempo que procuraba que sus cuerpos se vieran cubiertos por la sombrilla oscura. Con cariño desmedido lo sujetó, mientras dejaba las caricias calmas darle calor a su espalda, de ese modo que solo Yuuri podía lograr.

—Gracias por venir… —le expresó Yuri con absoluta honestidad, escuchando el trago amargo que Yuuri tuvo que hacer al asentir mientras le apretaba con la misma fuerza. 

—Gracias a ti por darme la oportunidad de reparar el daño que te había hecho, Yura…

“¿Sabes cómo me sentí? Engañado, traicionado… ¡Pensé durante meses qué demonios había hecho mal…! ¡Y fue peor cuando mi…! ¡Cuando murió mi abuelo…! ¡Tú no estuviste! ¡Yo esperé…! ¡Al menos un… un mensaje! Ni siquiera… Ni siquiera cuando abuelo… Hubieras llamado, hubieras escrito. No importaba si había pasado un puto año.”

Los reclamos soltados, el dolor expresado, las heridas abiertas; Yuri sonrió al sentirlas ahora sin relevancia alguna. Caducadas, finalmente listas para ser olvidadas…

Las prácticas previas a la gran exhibición se dieron con el mismo ambiente alegre de siempre y sirvió de mucho para que Yuuri pudiera dejar las emociones nostálgicas del encuentro previo dentro de él.

Apenas llegó, tras haberse despedido de Yuri, se encontró con el buen ánimo de todo el equipo. Minami ya estaba listo para iniciar las prácticas y se sonrió al verlo llegar calmado. Nadie hizo comentario alguno de sus ojos rojos ni su rostro hinchado, nadie se atrevió cuando Yuuri sonrió como si aquello fuera más que necesario. Sí, había cosas que Yuuri aún debía cerrar en Rusia, era momento para ello, y ninguno de ellos se atrevería a refutarlo.

Entre los ensayos, al pisar de nuevo el hielo con sus cuchillas azules, Yuuri se sintió en paz. Comenzó a moverse con firmeza y a calentar sobre ellas, mientras los otros patinadores ya ocupaban el hielo para realizar algunas de sus secuencias de paso. Phichit estaba cerca de la barra, Seung-Gil y Leo ya se encontraban ensayando algunas piruetas; Minami, en cambio, dejó de ejecutar el par de combos y regresó a la barrera donde Yuuri estaba descansando. En la noche, había escuchado lo ocurrido con Víctor y lo que tuvo que hacer que demoró su llegada a la habitación. Minami oyó sin juzgar. Sobre Mari, los hermanos habían decidido quitarse el habla. Mari ni siquiera había querido salir de la habitación y Yuuri era experto en ignorar algo cuando se ameritaba, más nadie dudaba de que aquello acabaría en cuanto llegaran a Hasetsu.

—Vaya… todo eso pasó ayer —murmuró Phichit tras escuchar la explicación de Yuuri, de forma confidencial. Minami estaba a su lado, dándole la espalda mientras enfocaba su vista en la patinadora canadiense que no dejaba de sonreírle desde la distancia.

—Sí… ya le escribí y me dijo que ya está saliendo del fisioterapeuta. Fue acompañado no solo por Yuri, sino también por Georgi y Mila. —Phichit asintió. Miró a Minami despegarse de la barrera para acercarse de nuevo al centro de la pista y suspiró al encontrarse de nuevo a solas con Yuuri—. Siento que debí haber venido hace tanto tiempo… —confesó, con cierta nostalgia en su voz.

—No pienses en el tiempo perdido, sino en el ganado —sonrió al decírselo, y le extendió la botella de agua—. Lo importante es que ya viniste, ya sabes que hay, que no hay, ya puedes actuar en respuesta. —Yuuri asintió—. Me alegra saberte más tranquilo pese a todo.

Pese a todo, sí. Podía ver el futuro con la vista despejada, sin tener en frente todos aquellos pendientes que había estado arrastrando y empujando con cada paso dado. Así, podría darse la oportunidad de tener en claro qué era lo que quería con él a futuro, y cómo lograrlo. Si algo le había quedado en claro, era que le gustaría seguir entrenando.  No se lo había dicho a Minami aún, pero pensaba proponerle que el año que había sido la primera negociación se extendiera más. Para eso, tendría que mudarse, porque gracias al proyecto de Phichit los ensayos serían en Detroit. Yuuri pensaba mudarse con su amigo a Estados Unidos y, si Minami quería seguir a su cargo, tendría que mudarse con él.

Todo eso lo pensó en la noche tras volver en taxi a su habitación. Lo meditó en silencio y con calma mientras se duchaba para quitarse la nieve del cabello y sopesar todo lo vivido hasta el momento. Cómo entraban Víctor y Yuri en esos planes de vida, no lo sabía, ni tampoco pensaba resolverlo en ese momento. Ya tenía claro que quería hacer él, y si algo había buscado durante esos meses era hacer algo para sí mismo, no en honor a terceros. Se sentía bien con esa cuota de egoísmo necesaria.        

Mientras sonreía con calma, y Phichit le devolvía el gesto como si hubiera podido comprender toda esa tranquilidad a través de su mirada, Yuuri sintió la caída de un peso sobre su espalda y pronto notó el brazo moreno de Leo envolviéndole el cuello. Prácticamente lo había usado para amortiguar la velocidad de su deslizamiento.

—Oh, mira, ¡esa es la cara de he follado toda la noche y no me arrepiento de nada! —dijo con su típico sentido del humor, provocando que Phichit se riera sonrojado y Yuuri compartiera carcajadas.

—¡Ya basta, Leo! —el reclamo estaba matizado por sus risas, así que nadie verdaderamente le creía a Phichit el que estuviera incómodo con las bromas. Y era natural en el ambiente de confidencialidad que se había gestado entre ellos tras años compartiendo el hielo.      

Practicaron hasta el mediodía, compartieron y jugaron sobre la pista y en ocasiones habían terminado deslizándose en el suelo. Yuuri cayó varias veces en medio de los juegos del resto, incluso J.J. tuvo que ir a recogerlo cuando en un punto no había podido parar de reírse. Con la buena compañía, el almuerzo se compartiría entre todos. Incluso Alexis, quien estaba inseguro de acercarse, fue involucrado al equipo con el buen ánimo de Leo y de Phichit. Ninguno quería dejar que el mal sabor de lo vivido en Rusia acabara con el ambiente que debería prevalecer en ellos. Nadie más que ellos sabían el esfuerzo que habían tenido que hacer para llegar a ese punto, y nadie mejor que ellos podían apoyarse mutuamente para persistir.

Caminaron hasta el Aviapark, un Centro Comercial ubicado detrás del complejo, para liberar los nervios y pasar un rato ameno. J.J no dejó de hablar de su hija, de lo hermosa que era y lo mucho que esperaba que se convirtiera en una hermosa patinadora. Phichit reía con sus ocurrencias, Leo le aseguraba que, como iba, Otabek le robaría el amor a su pequeña, lo que provocaba un gracioso puchero de los labios del canadiense. Yuuri solo veía todo y se sintió afortunado. Había perdido demasiado por tanto tiempo que ahora que lo recuperaba, redescubría el sabor de felicidad que había en cada uno de esos momentos. Una foto grupal de todos ellos con sus ropas deportivas y apretándose en la selfie se convirtió en una de las más compartida ese día, directo del perfil de Phichit. Mientras él abrazaba a Seung-Gil, los demás estaban detrás de ellos entre sonrisas, apretones y muecas divertidas disfrutando de ese instante antes de celebrar su victoria en la tarde.  

Para la una, ya Minako y Hirogu habían llegado a la pista para estar en el evento. Tal como estaba programado, iniciaría con la entrega de los premios a los ganadores. Minami ya estaba listo para su exhibición, vestía su pantalón negro ajustado y su camisa roja con los detalles brillantes en sus hombros. Yuuri debía vestirse también para ello, por lo que se encontraba ya en los vestidores encargándose de los últimos detalles para así estar listo para tal evento. Phichit se había ofrecido a ser él quien lo peinara, mientras Yuuri se preparaba mentalmente para lo que iba a hacer. Era una sorpresa que Yuuri patinara Victory al lado de su alumno, ya que, en América, Minami lo había hecho solo. Pero con eso planeaba zanjar de una vez por todas lo que Rusia pretendió quitarle y no pudo.

—¿Estás listo, campeón? —Yuuri asintió, poniéndose de pie con los patines ajustados y sus protectores.

—Más que listo, gracias Phichit. —Le sonrió a modo de agradecimiento. Era hora de despedirse de Rusia por todo lo alto.

—Esta noche iremos a un pub, ya Leo hizo contactos con Alexis para eso —rio al imaginarlos haciendo planes para bailar y celebrar hasta que cayera la madrugada.

—¿Pero no tendremos problemas con la nevada?

—¡Esperemos que no! ¿Qué dices? Dijiste que hoy sí podíamos.

—No fui yo quien puso excusa ayer —dijo, recordándole que fue Phichit quien ya había tenido planes muy claros sobre cómo pensaba pasar su noche, y que esa sonrisa dejaba en evidencia que los concretó con creces. Phichit rio desvergonzadamente. 

—Oh, ¡y no me arrepiento de nada! —le abrazó por la espalda, y Yuuri suavizó la sonrisa mientras le daba palmaditas en los brazos—. Estoy enamorado, muy enamorado —confesó, con una sonrisa feliz. Yuuri sabía que era así, podía notarlo y hasta sentirse identificado. Incluso llegar a extrañarlo.

—Lo sé, y eso me hace feliz. —Se apartó suavemente para dedicarle una mirada contundente a su amigo—. Espero que siga así por mucho tiempo.

Phichit no dudó en apretar el abrazo, y Yuuri rio para responder a ese contacto con todas sus fuerzas. Con una mirada llena de aprecio, se separaron, conformes con el camino que cada uno estaba tomando en su vida.

—Y, ¿cómo te ves a las puertas de los treinta? —Yuuri volvió a reír. Era cierto que ya faltaban solo semanas para su cumpleaños.

—Al menos mejor que en mis veinte. —Phichit le sonrió—. Hoy… quisiera pedirte un favor. Hoy quiero de verdad disfrutar, no quiero contenerme así que…. si llego a emborracharme, ¿me podrías alejar del teléfono?

—¿Y así evitar la patética escena de ‘llamando a mi ex para confesar mi amor’? —Yuuri rio y renegó al escucharlo—. Adelante, ya Seung-Gil me dijo que también iba a beber como si no hubiera mañana así que tengo que ser el chico responsable hoy.

—Y evitar que vaya a besar a alguien casado. —Phichit no quiso pensar en eso.

—Esta vez, ¡lo mato!

Entre bromas y risas, ambos salieron del vestidor al sentirse listo para continuar con lo planificado con ese día; pero fue una sorpresa que, al hacerlo, se topara con Víctor justo frente a él, esperándolo. Llevaba un saco color plomo, su cabello lacio peinado hacia atrás y el bastón en su mano, buscando no poner peso demás sobre su pierna adolorida. Phichit se limitó a saludar y preguntar cómo seguía, a lo que Víctor respondió que ya estaba mejor; no obstante, la intensidad de la mirada de Víctor estaba sobre Yuuri y Phichit supo entender que no era momento para socializar con él. Con una palmada al hombro de su amigo, se despidió sin decir nada más.

El ambiente se volvió rígido; Yuuri no dejaba de sentir cosquillas bajo su piel. Con los patines y protectores puestos, su altura superaba la de Víctor, y era extraño volver a estar en esa situación siendo él quien vestía el traje para patinar y Víctor un saco, tal y como si fuera él el entrenador. La sensación de haber vivido eso antes volvió con fuerza, el deseo de haber querido quedarse un momento en ese tiempo, también. Pero dubitativo, Yuuri buscó la mirada de Víctor y este le contestó con una sonrisa tímida, tan contraria a lo que solía ser él, mientras peinaba su cabello hacia atrás. 

Tal como Minami, Yuuri vestía el pantalón negro ajustado, con la camisa roja de cuello y decoraciones brillantes sobre los hombros. Sin lentes y con su cabello hacia atrás, era como verlo en su época de competidor. Yuuri reconocía eso, porque él mismo se había vuelto a saludar en el espejo como quien se encuentra con un viejo amigo. No podía saber si para Víctor era igual, aunque suponía que sí.

—¿Qué te dijeron en la fisioterapia? —preguntó, para mitigar la sensación enrarecida que se movía entre ellos. Víctor sonrió con suavidad.

—Me regañaron por lo que pasó, Vanya me pidió que hiciera unos nuevos exámenes en San Petersburgo y se los enviara, también que me fuera con otro fisioterapeuta de su confianza. Este había asegurado que los dolores eran psicosomáticos, pero parece ser que era por estar sobre esforzando demasiado las articulaciones. Los ejercicios que empecé a hacer en mayo ayudaron en algo, pero…

—Con el frío y lo que pasó… —Víctor asintió—. Vanya debe de estar muy molesto.

—Conmigo, con él, con el mundo. —Yuuri sonrió, como si la atmósfera antes incómoda se disipara—. No lo había visto molesto en mucho tiempo, hasta me reclamó el no haber ido a su casa a verlo, ni a saludar a mis sobrinos. Pero creo que no es nada de qué lamentarnos. Solo retomaré las fisioterapias mientras patino, haremos un nuevo programa de rehabilitación, y bueno… espero que pronto no haga tanta falta. Claro, el patinaje cuando pueda mover la rodilla sin que duela.

—Debes cuidarte, Víctor. —Víctor se limitó a afirmar con un movimiento enérgico de su rostro. Luego se quedó en silencio, mirando a Yuuri con una conmovedora intensidad.

Yuuri aguantó el aire cuando se vio presa del escrutinio de Víctor, del modo que bajó a sus pies con la mirada para subir como si escaneara su figura hasta volver a sus ojos. Fue irremediable no sentir que su estómago se encogía al ser observado ya que Víctor no hizo esfuerzo alguno para disimularlo; aunque no notó solo lascivia en su mirada, sino muchas otras cosas más que variaban desde las más dulces, hasta las más dolorosas y melancólicas. Yuuri fue consciente de la corriente inyectada a sus muslos gracias a eso. Apretó sus labios y soltó el aire de forma pausada; de repente los sintió resecos.

—Te ves muy bien… —musitó en un tono confidente. Yuuri le devolvió la mirada para notar la ternura que Víctor le transmitía a través de sus ojos azules—. ¿Harás el programa Victory con Minami como en Japón?         

—Sí, con unos cambios ya que Phichit no saldrá con nosotros. Pero quería hacerlo aquí.

—Una buena forma de decirle a la fanaticada rusa quién eres tú.

—El vuelo del fénix, sí. —Víctor sonrió amplio y, con sus ojos entrecerrados, le enfatizó cada nueva emoción que sentía con el deseo de lograr comunicarla a través de su mirada. Yuuri pudo leer la euforia, las expectativas, el anhelo implícito en sus pupilas negras mientras le observaba. Eso provocó un nuevo vacío en su estómago y tuvo que sobreponerse a ello—. Ejecutaré el flip cuádruple.

—Muero por verlo —no tardó en decir, y Yuuri pudo captar en él total honestidad—. De verdad, quiero verlo.

—A mí me gustaría verte de nuevo en el hielo —confesó Yuuri.

No había caso en ocultar el deseo que había tenido vivo desde que Phichit le mostró esos veinte segundos que Yuri grabó a Víctor patinando. Él solo sonrió, con algo de vergüenza. Incluso sus hombros se encogieron.

—Quizás, pronto. Sé que no soy quien era; ya no soy la leyenda del patinaje, pero…

—No digas tonterías, Víctor.

No iba a permitir que tras lo ocurrido con J.J., Víctor minimizara los múltiples logros que alcanzó a lo largo de su carrera, ni que dejara de ver quien siempre había sido. No ahora, no de nuevo. Sintiendo una bola de enojo nacer de sus vísceras, frunció su ceño para hacerle saber su pensamiento sin darle opción a dudas al respecto. Víctor contuvo el aire, lo vio, pero Yuuri no pensaba detenerse allí. Le habló con firmeza.

—No te minimices, Víctor. Eres Víctor Nikiforov, la leyenda viviente del patinaje, el primero en lograr imposibles y la razón por la que decidí este camino. Sigues siendo muchas cosas, Víctor.

—¿Sigues admirándome…? —le preguntó incrédulo. Yuuri tuvo que sonreírle con indulgencia, como si le fuera imposible creer que a esas alturas aún le quedaran dudas de ello.

—Nunca dejé de hacerlo.  —Víctor reaccionó como si hubiera despertado de golpe—. Aunque te haya superado, así sea por unos minutos, nunca dejé de verte como el más grande.

—Me venciste Yuuri, no una vez, sino varias… no me queda duda de que ya me superaste. —Yuuri inclinó la mirada al recibir esa corrección. Qué difícil era decir eso sin sentir que debía suavizarlo para no golpear el ego de Víctor en el proceso.

—Y ahora —aclaró la voz al sentirla afectada—, nos superó J.J., y no dudo que Minami lo haga en nada, además de que estoy seguro de que Yura también lo hará pronto…

—Para eso somos leyendas —la garganta de Yuuri se cerró ante esas palabras, al sentir el nuevo deja vu—. Somos ese espíritu que empuja a los que vienen a superar la barrera de lo imposible… o algo así había dicho alguna vez Yakov.

Esas palabras… Yuuri respiró forzosamente, al enfrentarse al recuerdo de ese sueño que había tenido días atrás, donde las banderas los dejaban atrás en la pista, alejándose de ellos para enfrentarse a los reflectores mientras ellos sentían sus manos ocultas en la oscuridad. Y allí estaban, en la privacidad del pasillo del estadio, lejos de los medios y las luces, dejando que fueran los otros los que se lucieran al mismo tiempo que ellos se regodeaban en lo que llegaron a ser. Y se sintió correcto, tan correcto, que no tuvo necesidad de meditarlo cuando, con una sonrisa agradecida y sus ojos repentinamente húmedos, se apresuró a abrazarlo colgando sus brazos sobre los hombros de Víctor como sucedió también una vez en antaño.

¿No fue así el primer abrazo que tuvo con Víctor años atrás? ¿Cuándo estaba a punto de ejecutar por primera vez a Eros, con los nervios de punta y la sensación de que esa era la última oportunidad para pelear por el tiempo de Víctor? De la misma manera que en aquella ocasión, Víctor tardó en responder, pero en contraste, al momento de hacerlo, lo apretó con tanta fuerza que Yuuri soltó el aire contenido al sentirlo aferrarse a él de tal forma.

Quiso decirle: bienvenido. Quiso hacerle saber lo feliz que estaba de saberlo de vuelta. Porque por fin el Víctor de quien se había enamorado en el pasado y a quien había amado sin medida lo veía allí. Quiso expresarlo, pero se encontró atragantado y tuvo que secar una lágrima furtiva que rodó por su rostro, antes de separarse de él un poco y sonreírle. Víctor dudó por un segundo, respirando contra su rostro; pero al final, decidió plasmar un pequeño beso sobre la frente despejada de Yuuri aprovechando la poca distancia que los separaba. Allí intentaron soltarse, pero aún con el paso dado para ejercer espacio, sus brazos siguieron agarrando los del otro como si les costara asumir que debían partir.

—Después de que te presentes, tenemos que irnos… —Yuuri asintió, conmovido—. Venía a despedirme. Sé que Yuri ya lo hizo. —Simplemente lo confirmó. Víctor soltó el aire como si le costara respirar.

—Nos vemos en Marsella, Víctor. Te estaré escribiendo para saber cómo mejoras con tu rodilla. —Víctor le sonrió agradecido. Yuuri podía sentir el sin fin de emociones que le transmitían esos ojos, y la forma en que estas le llenaban, al punto en que se sentía estallar de todas ellas. Tanto que no era suficiente darle un nombre porque ninguno le haría justicia.

—Eso estará muy bien…

Yuuri bajó la mirada para ver hacia donde había arrastrado sus manos Víctor, viendo como apretaba sus propias manos como una última forma de despedida, para luego soltarlas con lentitud. Sin embargo, el calor quedó allí, palpable junto a la corriente que el contacto le produjo. Y Yuuri no pudo evitar el apretar sus palmas queriendo aferrarse a ello.

Caravan resonó en el hielo y Leo salió bailando con los ritmos latinos a los que ya estaba acostumbrado. Su vigor, fuerza y vitalidad se convirtió en la perfecta combinación para una celebración masiva donde los ritmos, el calor y el baile se fusionan en una verdadera muestra de carnaval caribeño. Al son de sus movimientos, las barras americanas y canadienses aplaudían, mientras que Leo disfrutaba del momento como si él hubiera sido uno de los ganadores. Guiñaba el ojo, ofrecía besos al escenario, incluso en un momento sacó a bailar a una de las chicas de la barra japonesa al salir de la pista para acercarse al público, provocándole carcajadas y sonrojándola a más no poder, antes de volver al hielo.

Víctor miraba todo con otra visión, como si el hecho de haber estado separado del hielo por tanto tiempo lo hubiera convertido en un mero espectador. Aunque, poco a poco, iba abandonando ese sentimiento mezquino que lo tuvo apartado durante tanto tiempo, para abocarse a disfrutar de las nuevas maravillas que todos esos viejos y nuevos competidores eran capaces de hacer en la superficie helada. Se sentía inexplicablemente bien, no podía darle palabras a esa sensación agradable que le llenaba. Mientras Leo bailaba y movía a todo el escenario con pasos llenos de sabor, Víctor podía enumerar sus aciertos con objetividad.

Mila, a su lado, no dejaba de mover los hombros mientras empujaba a Luis en el trayecto, jugueteando. Yuri se reía desde el asiento de atrás, donde había preferido quedarse. Georgi, al otro lado del patinador junior, solo miraba como si tomara ideas del nuevo baile. La música llegó a su final y todo el estadio quedó lleno de chispas de colores y calor en el ambiente.

Al acabar, todos aplaudieron mientras Leo hacía las respectivas inclinaciones y saludaba al público. Se despedía de la pista con una sonrisa, mientras los comentaristas llamaban a la patinadora canadiense, Deborah, para su participación.

—¡Víctor! —el aludido giró su mirada para ver la figura de Minako subiendo las escaleras. Detrás de ella estaba el japonés que vio llegar con prisa el día anterior, al que Yuuri luego llamó Hirogu—. ¡Qué bueno que te encontré! ¡Cómo sigues con la rodilla!

Fue un poco inesperado escuchar a Minako hablarle con la familiaridad de antaño. De hecho, Víctor la escuchó en su perfecto inglés mientras intentaba acostumbrarse a eso. Recibió una ligera patada de Yuri en su espalda, como si lo obligara a contestar y, tras dedicar una mirada de advertencia a su alumno, le devolvió la atención con una sonrisa, alzando un brazo para indicarle que estaba allí.

—Estoy mucho mejor, gracias por preguntar. —Víctor respondió y Minako miró al resto, saludándolos de lejos—. ¿Cómo te encuentras?

—Oh, yo bien… lamento lo que pasó ayer con Mari —repentinamente, Minako hizo una ligera reverencia de 45° frente a Víctor y al resto del equipo ruso—. ¡Mis disculpas por su mal comportamiento!

—No te preocupes, ya lo olvidé —intentó calmarla Víctor, pero Mila no tardó en rezongar.

—Quizás tú, pero yo no. Quiero que ella venga a pedirte disculpas después de eso. —Georgi puso una mano en el brazo de Mila para contenerla. Minako no prestó demasiada atención y prefirió enfocarse a entregar su pedido.

—Vine a devolverte esto, me dijo Yuuri que se lo prestaste ayer —Víctor tomó el abrigo que le había dado y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios—. ¡Oh! —Levantó la mirada para observarla mientras ella agarraba el brazo del japonés a su lado, para acercarlo—. Él es el Dr. Hirogu. El actual terapeuta de Yuuri. —Y procedió a decirle algo en japonés. Víctor simplemente extendió su mano para presentarse en inglés, y tras eso escuchó al doctor hablarle algo en su idioma natal a Minako. Su expresión denotó su falta de compresión—. ¡Acaso no recuerdas nada de japonés! —regañó ella en francés ahora.

—Estoy muy fuera de práctica —confesó en el mismo idioma, con una ligera expresión de disculpas en su rostro—. Debería aprovechar y hacer un curso intensivo ahora.    

Los aplausos arreciaron, anunciando así que la presentación de Deborah había acabado. Ella empezó a despedirse con inclinaciones y besos hacia el público. El siguiente que venía era Minami. Yuri se acomodó en el asiento, con los brazos puestos sobre sus rodillas y una expresión muy seria. El competidor de Japón entró con sus brazos en altos y recibiendo las ovaciones del público mientras se colocaba en posición.

—¿Qué harás con él? —escuchó la voz de Minako hablándole en francés, un idioma que, dentro del grupo, solo ellos dos dominaban. Víctor sonrió mientras veía la posición inicial de Minami.

—Por lo pronto, dejar las cosas así. —Minako le miró con interés—. Yuuri quiere competir, yo también quiero hacerlo. Quiero reencontrarme en este nuevo camino y acostumbrarme a mi nuevo yo. Después de la temporada, supongo que tendré más en claro qué quiero en mi vida y Yuuri tendrá también claro que quiere en la suya.

—¿Y, sobre ustedes? —Minako insistió. A Víctor no le impresionó la insistencia, nunca había sido una mujer que escudara su pensar, y siempre se mostró muy clara sobre su predilección hacia Yuuri. Con calma, la miró.

—Yo lo amo… y sé que él aún siente algo por mí. —Minako le escuchó, atenta—. Supongo que trabajaremos con eso después. Encontraremos la manera.

Minako asintió y no preguntó más. Victory había empezado a sonar en el estadio y Minami volvió a hacer gala de su fuego, moviéndose con pasos rápidos y una alegría palpable en su rostro que denotaba toda esa felicidad. Los aplausos resonaban, Minami saltaba, gritaba y bailaba con denuedo y dedicación. Se veía eufórico ejecutando los movimientos para celebrar la merecida victoria que le había dado el pase a la final del Grand Prix.   

Y el público casi bramó cuando en la segunda parte de la canción. Yuuri apareció en escena uniéndose a la algarabía mientras las barras temblaban de júbilo y los vitores se hicieron más fuertes. Con una perfecta sincronía, los movimientos de alumno y maestro se hicieron uno, emulando un perfecto reflejo al moverse en el hielo.

Minako miró, observó sin decir nada el momento en que Víctor se inclinó sobre sus rodillas, con las manos tapando su boca mientras sus elocuentes ojos azules estaban al pendiente de cada nuevo paso de Yuuri. Víctor no podía ocultar su emoción, la forma en que sentía su piel vibrar al verlo patinar, la fuerza con la que su corazón palpitaba golpeándole las costillas, como si quisiera escapar y derramarse a los pies de Yuuri.

El público gritó y aplaudió de pie cuando el perfecto flip cuádruple apareció en la pista, los dos sincronizados al momento de caer. Yuuri mostraba una fuerza y velocidad espeluznantes, algo que hizo dudar a los comentaristas de que el aún joven patinador no estuviera preparado para competir de nuevo. Víctor solo respiraba por los labios entreabiertos y buscaba captar con sus ojos tanto como podía para grabar cada momento en su pecho, en su memoria, mientras Yuuri dejaba que el fuego cubriera su cuerpo y la delicia de su emblemático estilo dejara un brochazo lleno de rojo en la fría Moscú. Porque no, no había nadie que pudiera hacer música con su cuerpo como él, y Víctor lo veía. No había nadie capaz de hacer vibrar su piel de la forma en que Yuuri lo lograba a través de su patinaje.

Yuri, en cambio, solo miraba. En su mente, estaba la memoria presente de un encuentro que aprovechó a buscar mientras Víctor fue a despedirse de Yuuri. Le había dicho para ir juntos, más él le había comentado que no hacía falta. Había alguien más a quien tenía que ver.

Minami lo había recibido en el pasillo con escepticismos, al notarlo contra la pared con los pies cruzados y la mirada fija en él. Se había apartado de Leo en ese momento, y como siempre lo había hecho, le confrontó como si la altura fuera una insignificancia. Minami levantó su barbilla con seguridad y sus ojos chispearon llamas de fuego que, por un segundo, él llegó a envidiar.

Pero Yuri había ido para algo, y se había alejado de la pared con sus manos ocultas en su chamarra para hacerlo. Minami se mantuvo sereno, sin titubear.

—Felicidades —había soltado. Minami abrió sus ojos como si aquello no tuviera sentido en su cabeza. Yuri tenía que admitirse que soltar esa frase había sido una de las que más le había costado en su vida, pero debía reconocer que Minami había brillado como nunca en ese lugar—. Aunque tenías que hacerlo. —Había empezado a hablar con rapidez, como si intentara tapar su primera palabra—. Jamás te hubiera perdonado que dejaras la reputación de Yuuri en el piso después de lo que pasó. Si lo hubieras hecho, enano, te hubiera pateado.

En un impulso, presionó su índice sobre la frente de Minami, aprovechando la diferencia de estatura. El japonés no dudó en enfocar su mirada en él.

—Pfff… —fue la respuesta de Minami, sonriendo altanero—. Mira quien lo dice. A ver cuando haces tú parte y dejas de pisotear la reputación de tu entrenador. —Minami no tuvo piedad alguna, pero Yuri no la buscaba. Le respondió con una sonrisa confiada que se enfatizó cuando Minami manoteó su mano como si se tratara de una mosca—. ¿Dónde está tu oro?

—En Francia —le aseguró. Minami había intensificado su mirada—. Ahora iré a buscarlo, así que prepárate, que en la Gran Final te voy a patear el trasero.

Sin mayor ceremonia, se había despedido. Yuri simplemente renegó cuando vio a Yuuri y Minami acabar con el patinaje, para enseguida recibir los aplausos de todos. Después de haber visitado la tumba de su abuelo, de haber hablado todo lo que guardaba a Yuuri y haber acomodado sus prioridades, se sentía mucho más seguro de lo que debía hacer. Porque para estar juntos, debían reconocer quiénes eran en ese punto de su vida y el espacio que podrían tener en la vida del otro. Yuri decidió no perder más.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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