Matryoshka II (Cap 37)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 37. Copa Rostelecom: Aún no es tarde

La felicidad que llenaba a todo el pasillo era difícil de ignorar. Todos los patinadores se acercaban a felicitarse, tomarse fotografías y a saludar a los diferentes equipos técnicos mientras conversaban alegremente de los resultados. Yuuri y Minami caminaban contagiados por esa euforia; sin embargo, Yuuri estaba al pendiente de encontrar a algunos de los miembros del equipo Ruso, o incluso al mismo Víctor Nikiforov, en la salida del estadio. Como ya había terminado el evento por ese día, lo único que quedaban eran las exhibiciones del día siguiente, y con ello, el evento de la Copa Rostelecom habría llegado a su fin.

Su preocupación estaba en saber el estado de la rodilla de Víctor, porque estaba casi seguro de que no se encontraba bien. Tras haber escuchado de los otros competidores la forma en que Víctor cojeaba y verle las expresiones durante el evento, Yuuri creía que Víctor debía estar sufriendo por el dolor y, de ser así, tenía que convencerlo de ir a revisarse. No estaba seguro de cuánto había avanzado su rodilla desde su partida. Durante ese año, a pesar de todo, él no dejó de hacerle hacer los ejercicios que le habían dado y esperaba que la persona que Iván dejó a su cargo después de irse lo haya continuado. Pero no podía garantizarlo.

Sabía que era un tema difícil de tratar y que, por más que quisiera, tampoco era de su incumbencia; muy probablemente Víctor podría decirle que todo estaba bien sin compartirle la realidad de su dolor. Aun así, Yuuri no quería irse sin verlo por sí mismo, además de aprovechar el momento para agradecerle una vez más por el gesto que había hecho frente a todos.  

—¡Yuuri! ¡Minami! —Ambos voltearon al escuchar la voz de Minako. Ella corría emocionada hacia ellos y al alcanzarlos, los abrazo a ambos, colgándose con un brazo a cada uno. Los dos rieron—. ¡Estoy tan feliz! ¡Eso fue magnífico, Minami! ¡Estoy tan orgullosa! 

—¡M-muchas gracias, maestra Minako! —Minami hizo una atareada reverencia al soltarla y Minako rio, quitándole importancia al gesto, enfocando en su lugar sus cálidos ojos sobre Yuuri, quien le sonrió con suavidad.

—Estoy muy orgullosa de ustedes dos. ¡Ya van a ir a la gran final! —De la emoción, Minako dio un giro animado y ambos rieron al verla—. Voy a hacer todo lo posible para estar. ¡Oh! ¡París! ¡Cuánto extraño París! 

—Todo salió bien, al final —murmuró Yuuri, complacido—. Gracias por estar aquí, maestra Minako.

—No fui la única que estuvo aquí para ti.

La insinuación fue captada en el aire por Yuuri, quien lejos de abochornarse, solo respondió con una sonrisa. Ciertamente no había sido la única, y no se refería a Víctor, sino al resto del equipo ruso y a todos los competidores que estuvieron al pendiente de él para apoyarlo en diferentes formas. Él se encontraba agradecido por todo ello.

—Por cierto, ¿has visto a tu hermana?

—¿No estaba contigo?

—No, en algún momento se retiró. La he llamado al teléfono para saber si se fue al hotel, pero no contesta. —Yuuri asintió, sin darle mayor cuidado, mientras Minako posaba su palma sobre la mejilla, en clara contrariedad.

—Bueno, también quería avisarle que volveré más tarde al hotel.

—¿Eh? —Minami preguntó, sorprendido—. ¿No vienes con nosotros?

—Quisiera hablar con Víctor y los otros… vi a Víctor un poco extraño, creo que el frío de la ciudad debió afectarle la rodilla. ¿No lo viste cojeando?

Yuuri cruzó sus brazos tras exponer su preocupación, mirando de nuevo hacia la gente que seguía saliendo de los distintos pasillos para dirigirse a la salida. Minami no dijo nada al respecto, no tenía qué decir en todo caso. Reconocía que sí lo había visto cojeando y que, quizás, quisiera asegurarse de que todo estaba bien. Además, ya había cumplido su labor como entrenador. Nadie se iba a atrever a decirle a Yuuri que no fuera a buscar a Víctor como pretendía, no después de lo que habían hecho para apoyarlos en medio del evento.

Pronto vieron a Hirogu, quien se acercó para felicitarlos. Izumi vino después, con quien hablaron del medio del transporte que los esperaba para llevarlos al hotel. Yuuri veía extraño que el equipo de Rusia aún no hubiera llegado a la entrada del estadio. ¿Acaso ellos estaban buscándolo dentro de los pasillos oficiales? Cabía esa posibilidad. Yuuri decidió escribirle a Víctor directamente para hacerle saber que estaba en la entrada del estadio y que le gustaría hablar con él. Más que nada quería asegurarse de que esa corazonada que tenía respecto a la rodilla de Víctor y le mantenía inquieto, no fuera real.         

—Bueno, iré a buscar a tu hermana en los baños. Quizás está por allí. 

Yuuri asintió y Minako se alejó de ellos justo a tiempo para recibir el caluroso abrazo de Leo de la Iglesia, quien los agarró por la espalda. Hirogu les sonrió contagiado por la felicidad del ambiente mientras veía a ambos jóvenes reír con el arrebato. 

—¿Qué dicen? ¿Salimos a celebrar lo de hoy? —Leo parecía muy emocionado con la idea de ir a un centro nocturno a pasarla bien.

—No sé si Minami quiera ir…

—La verdad estoy muy cansado. —Minami se excusó y tocó ligeramente sus muslos—. Creo que necesito comer y dormir para estar listo mañana.

Leo iba a replicar cuando escucharon la voz de Phichit acercándose, con la medalla de oro de Seung-Gil colgando de su cuello. Estaba ligeramente despeinado y nadie le iba a preguntar por qué si estaba un poco más arreglado minutos antes de salir de la pista. Además, la sonrisa encantadora y emocionada de Phichit ya les daba indicios de que esa felicidad no iba a terminar allí, sino que se extendería posiblemente hasta la madrugada.

Para aumentar la cantidad de señales evidentes, estaba aún tomado de la mano de Seung-Gil, a quien arrastraba mientras se acercaba a ellos. Hirogu les dio espacio y se apartó varios pasos para no incomodar la alegría contagiada de todos los jóvenes deportistas. Leo al ver el rostro sonrojado de Phichit soltó un silbido, y Yuuri rio ante la implícita broma que había en ello.

—¡Miren quien viene con cara de voy a follar hasta la madrugada! —Las risas entre ellos explotaron, e incluso Yuuri no pudo evitar el reír al ver el bochorno de Phichit y el modo en que Seung-Gil se alejó discretamente de la escena—. ¡En serio tienes una ridícula cara de felicidad!   

—¡Son unos malvados! —Phichit se quejó, riendo entre la vergüenza—. Yo que venía a despedirme ya que creo que no los veré hasta mañana.

Hubo un abucheo de parte de Leo, y Phichit terminó dándole un golpecito en el hombro. Minami y Yuuri se carcajearon juntos. Era tan agradable sentirse así que no querían que esa euforia terminara, como si al ser contagiados por las risas estas les hicieran olvidar todo lo que pasaron. Como si todo lo ocurrido el día anterior hubiera sido solo una pesadilla de la que despertaron, para encontrarse que no fue real.

—Yo que pensaba invitarlos a celebrar hoy —replicó Leo, tras sonreírle a su compañero—. Pero veo que todos tienen planes.

—Mejor dejémoslo para mañana —Yuuri negoció y todos parecieron de acuerdo con la idea.

—¿Mañana harás la exhibición con Minami? —Yuuri confirmó la pregunta de Phichit y Minami sonrió hinchando el pecho con júbilo. Leo, quien venía enterándose de las buenas nuevas, se mostró asombrado, pero pronto se emocionó. 

—¡No estaba enterado de esto! ¡Mañana será un día genial!

—Y necesitamos estar sobrios para eso. No quiero golpearme con el hielo aquí en Rusia. —Yuuri hablaba de forma jovial y para nadie le quedaba duda de que se sentía feliz. Leo asintió contento por ello.

Tras un par de comentarios a menos, el grupo se fue disgregando. Yuuri se despidió de Minami cuando Izumi dio la señal de que su transporte estaba listo, decidiendo esperar. Era extraño que Minako no hubiera regresado. También que Mari aún no hubiera aparecido o que todavía no hubiera ninguna señal del equipo ruso. Ellos estaban allí en las premiaciones, así que no era posible que se hubieran ido antes de eso. 

Frunció su ceño y comenzó a preocuparse. Algo no estaba bien. Izumi se acercó para apresurarle a tomar el transporte, ya que debido a lo ocurrido no pensaban dejarlo solo en el estadio, pero Yuuri le comentó que no podían irse aún porque Minako y Mari no estaban, todo dicho mientras se alteraba. ¿Y si fue a ellas que le ocurrió algo? ¿Podría caber esa posibilidad?

—¡Yuuri! —La voz de Louis se escuchó, sacándolo de sus pensamientos. Yuuri vio al muchacho acercarse con prisa, como si estuviera huyendo de algo—. ¡Tu hermana! —dijo en ruso, apenas lo alcanzó—. ¡Golpeó a Víctor! 

—¿Qué?

Sin esperar respuesta, Louis comenzó a correr de regreso con Yuuri e Izumi, quien sin entender qué ocurría tampoco pudo dejar a Yuuri perderse por allí sin cuidado alguno.

Pero Yuuri solo podía pensar en lo descabellada que era la situación. Eso no podía ser posible, no… sabía que Mari estaba enojada con Víctor, pero la creía incapaz de enfrentarlo y mucho menos golpearlo. No era posible que lo hubiera hecho después de haberle explicado todo lo sucedido, de haberle hecho saber su responsabilidad en todo lo que ocurrió. Le parecía imposible que ella hubiera ido a agredirlo de ese modo y temió lo peor, más cuando Louis en medio de la carrera le comentó los detalles: el dolor de rodilla que aquejaba a Víctor, la forma en que estaba discutiendo y como Víctor se veía cada vez más afectado por el malestar.

En el camino, se cruzaron con Yuri. Yuuri lo miró apremiado y Plisetsky pareció dudar, pero decidió mejor apresurarse. Todo lo que le dijo fue: ve. Yuuri no pudo sentir más ansiedad con eso. Corrió todo lo que pudo, siguiéndole el paso al muchacho y dejando a Izumi atrás para poder encontrar a Víctor lo más pronto que fuera posible.

La estampa que le recibió, lo dejó mudo. Yuuri se llevó la mano a la boca cuando vio a Víctor tendido en el suelo, apoyado con la espalda en la pared mientras era consolado por Minako y Mila intentaba hablarle. Incluso Louis, quien se había ido corriendo a buscar a Yuuri antes de que todo empeorara, se quedó inmóvil frente esa escena. El rostro de Víctor estaba húmedo y rojo, respiraba con dificultad y murmuraba cosas que no lograba escuchar desde esa distancia. Pero Yuuri solo enfocó su mirada en la forma en que este mantenía la rodilla derecha. No entendía cómo había llegado a estar en el suelo, pero la posición en la que la sostenía estaba entregando una carga dolorosa a las articulaciones, al ser presionada por el muslo de Víctor y parte de su peso…

No podía quedarse contemplando todo como los demás, que se encontraban inmóviles sin saber qué hacer. Mila le dirigió la mirada desesperada mientras Yuuri buscó acercarse, abriéndose espacio. Minako también se alejó un poco para que Yuuri pudiera agacharse al nivel de Víctor; esperando que pronto vinieran los paramédicos para auxiliarlos.

 —¡Qué demonios le pasa a tu hermana! —Mila de repente arremetió, provocando que Yuuri apretara sus labios. No le devolvió la mirada a la pelirroja, sino que elevó sus manos, ligeramente temblorosas, para tocar la pierna derecha de Víctor sobre el pantalón y palpar el nivel de inflamación—. ¡Vino aquí a atacarlo! ¡Poco le importó verlo cojeando! ¡Qué demonios le…! 

Víctor, con todo el esfuerzo que hacía para no gemir ante cada respiración, le apretó el brazo a Mila para que callara. Sus ojos azules estaban fijos en el perfil de Yuuri, quien analizaba fríamente la situación en la que se encontraba. Lo miraba recostado en el hombro de Minako, como si estuviera sedado por el mismo dolor.

—Víctor, voy a mover la pierna —la voz de Yuuri sonó ahorcada y Víctor tembló ante la posibilidad. Comenzó a renegar, asustado, mientras arrugaba sus párpados, luciendo como si fuera a volver a sollozar en cualquier segundo—. Tengo que hacerlo, la posición en la que la tienes aumentará el dolor. 

—No, Yuuri… por favor… —suplicó. Yuuri apretó la garganta al subir su mirada y verlo deshecho por el dolor, apretándole ahora sobre el saco con tal fuerza que parecía un niño clamando por el abrazo de un padre.

—Tengo que hacerlo…

—No… Yuuri, no…

—Agárrate de mí o de ella, pero lo voy a hacer. —Su determinación no menguaba con las súplicas de Víctor. Por el contrario, aumentaba. Los ojos de Yuuri volvieron hacia la rodilla y posó sus manos en la pantorrilla, dispuesto a hacerlo, pero Víctor se le fue encima por el costado, agarrándolo así y plegando su cabeza contra el hombro, como si buscara detenerlo.

—¡No! —gimió, acurrucándose contra su brazo. Le agarró la camisa para hacerla un puño en sus manos y pegó su frente contra el hombro cubierto con el saco. Yuuri tragó grueso al sentirlo temblar así y suplicar de esa manera—. No quiero que duela… no, n-no puedo moverla…      

—¡Vitya, por favor! —alzó la voz ya alterado. Los músculos le temblaban y sentía nudos formándose en su espalda con rapidez. Víctor se hizo pequeño, apretándose más—. Mila agárralo… mantenlo contra la pared. —Ella obedeció, temblorosa, tratando de sacarlo del espacio en donde se había escondido en el costado de su ex. Yuuri ayudó al moverse para ponerse frente a la rodilla—. Vitya, respira… —El lesionado le miró fuera de sí, tan asustado que daba pena verlo de esa manera—. Vitya… por favor, respira… va a dejar de doler, confía en mí. —Víctor le miró con una muda súplica. Dos lágrimas más cayeron, como si la sola posibilidad de sentir de nuevo ese dolor fuera suficiente para aterrarlo.

—Yuuri… —Víctor apretó los labios al pronunciar su nombre. Se apretó contra la pared, incluso del abrazo que Mila le daba y escondió su rostro contra los pechos de ella mientras cerraba sus ojos con fuerza. Yuuri entendió que se estaba preparando para el movimiento.

—Yuuri… ¿sabes lo que vas a hacer? —la voz temblorosa de Minako le llegó al oído. Yuuri tragó con fuerza, agarrando la pantorrilla—. Creo que deberías esperar…

—Si sigue manteniendo la rodilla así será peor, tiene las articulaciones completamente presionadas por la mala posición y colapsadas con su peso, necesito estirar su pierna. —Minako lo miró asustada y Yuuri enfocó la mirada en Víctor—. Vitya, voy a moverla.

Sin más dilaciones, Yuuri tomó la pantorrilla de Víctor y comenzó a extenderla para que dejara de estar aplastada por el muslo. Víctor gritó, comenzó a gemir con fuerza y a suplicar que lo dejara así, pero Yuuri no se detuvo, apretando en todo momento su mandíbula mientras movía la pierna y veía a Víctor retorcerse de dolor. 

Cuando por fin pudo enderezarla, Yuuri soltó un jadeo que reveló la respiración que había estado conteniendo. Víctor dejó de quejarse, pero de sus párpados fuertemente apretados rodaron las lágrimas a sus mejillas. Mila y Minako miraron pasmadas lo que Yuuri acababa de hacer, pero la sorpresa fue mayor cuando Yuuri se acercó a Víctor, al lugar donde antes ocupaba Minako, para procurar abrazarlo tras verlo superado por el malestar sufrido. Yuuri tomó aquel rostro con cariño para apartar las lágrimas que aún caían, mientras miraba el rojo que había tomado la piel, siempre demasiado blanca, debido al esfuerzo. Le miró, con tanta devoción, que nadie fue capaz de decir nada. Entonces Víctor dejó caer la cabeza sobre su hombro, temblando, mientras sentía como Yuuri le dejaba caricias por su rostro y cabello, con sus propios ojos rojos de pesar al verlo a él así.

—Perdón, Vitya, tenía que hacerlo… —le dijo, tratando de consolarlo. Víctor solo tragó grueso, intentando ignorar el dolor.

Poco a poco, la respiración de Víctor comenzó a acompasarse, como si el malestar hubiera menguado significativamente. Yuuri lo sujetó con calma sobre su cuerpo y sintió el calor que tanto el cuerpo de Víctor como la situación en sí habían creado en él, teniéndolo en alerta. Al dirigir una mirada comunicativa sobre Minako, ella respondió con un ligero titubeo en sus ojos. Izumi había logrado llegar, pero estaba completamente pasmado mirando lo que ocurría. Temía los escenarios más escandalosos que pudieron pasar por su cabeza.  

—Maestra Minako… vaya al hotel y dígale a Mari que tengo algo muy serio que hablar con ella cuando esto termine. —El tono endurecido con el que Yuuri dijo aquello la dejó helada. Yuuri sonaba con enfado mal disimulado, pero demasiado abocado a mantener a Víctor cerca como para dejarse llevar por este en ese preciso momento.

—¿Qué fue lo que ocurrió? —pregunto Izumi. Ahora que enlazaba que la situación parecía estar conectada con Mari, los escenarios fueron peores ante sus ojos. Lo menos que quería era que ahora la federación rusa volcara la situación a su favor acusando a la pariente de Yuuri Katsuki de atacar a su leyenda en el estadio.

—¡Ella llegó! —soltó Louis, llenó de impotencia—. Llegó y lo abofeteó cuando Víctor se disculpó.

—Pero ¿cómo llegó al suelo? —preguntó Izumi preocupado. Temía algo tan descabellado como Mari aventándolo de las escaleras, algo de lo que la creía muy capaz dado lo afectada que había estado tras lo ocurrido a Yuuri. Los rusos no supieron qué responder, pero Minako soltó el aire, conmocionada. Estaba pálida como un papel.

—Víctor le hizo una doggeza.

A Yuuri le faltó el aire. Abrió sus labios vibrando de pasmo antes de apretarlos con rabia y sentir la impotencia llenarle los sentidos. Minako necesitaba aclarar la situación porque a pesar de saber a Mari culpable, también llegó a verla afectada. El significado de la doggeza para ellos era demasiado grande, un extranjero podría no poderlo cuantificar.

—Yo… yo no sé qué decir —dijo Izumi, consternado.

—No hay que decir nada —sentenció Yuuri, con la voz atrapada entre vibraciones de rabia y vergüenza.

Enfocó de nuevo su atención en Víctor, a quien le tomó el rostro para que lo apartara de su hombro y así poderlo ver con claridad. Lo acarició, despejando los mechones claros ya húmedos de sudor, y lo vio con tanta indignación que le era imposible maquillarla. Los ojos enrojecidos de Víctor le miraron de vuelta. Las venas estaban marcadas en su cuello y aún el rojo no se había disipado en su piel. Las arrugas incluso se marcaban pronunciadamente en su frente.

—¿Por qué te arrodillas? —le reclamó Yuuri en susurros, secando el rostro empapado de Víctor entre sus manos—. Tú no te arrodillas… eres Víctor Nikiforov. Tú no te arrodillas, Vitya.

No era cierto… Yuuri lo supo al ver a través de aquellos ojos azules embotados de angustia. Y al entenderlo, sintió como todo se acumuló en su pecho, amenazando con partirlo en pedazos y derramarlo a los pies de Víctor. Sus ojos se enrojecieron y su garganta se cerró aún más, porque Víctor no necesito decir palabras para hacerle saber que no era así, que no era cierto. Víctor Nikiforov sí se había arrodillado ante alguien, y ese alguien era él.

Lo hizo en Rusia, cuando le amarró los patines frente a todos, cuando los besó después de aquel programa corto. Se arrodilló tantas veces que Yuuri vio la secuencia pasar por su cabeza y la sintió cortarle como el filo de una navaja. Apretó la mandíbula cuando tras ella vinieron miles de otras ocasiones donde Víctor se arrodilló a adorarlo, incluso esa en que le entregó los patines de filo azul que estaban en el hotel y pensaba usar el día de mañana.  

Resopló con el dolor acumulado, parecía que estuviera quemándole por dentro. Entonces abrazó con fuerza a Víctor y este se aferró a él. 

Hirogu se encontraba inquieto en la entrada del estadio, mirando a los periodistas que esperaban afuera hasta que salieran los dos últimos transportes que había. Estaban al pendiente, eso era seguro, porque no habían visto salir a Yuuri de allí. Al menos Hirogu pensaba que debía tratarse de eso, porque no justificaba la presencia de la prensa cuando la mayoría del personal del evento ya se había retirado. Incluso cuando caía una suave nevada que, si bien no tenía la fuerza de la del día anterior, hacía sentir el ambiente muy helado. Él mismo sentía insuficiente el abrigo que había traído para aquel repentino viaje.  

Se frotó las manos enguantadas y se asomó de nuevo hacia el pasillo, donde habían desaparecido tanto Izumi como Yuuri. Él no había subido por estar contestando una llamada desde su casa, donde su esposa preguntaba preocupada por él. Era comprensible, ya era medianoche en Japón y no había sabido nada de él después de haber sido casi sacado de su casa para meterlo en un avión. Por fortuna, sus servicios no fueron requeridos en el peor escenario; Yuuri se veía bastante bien y eso no le sorprendía del todo, sabía que su paciente podía mostrar una fortaleza admirable en las peores situaciones.

Suspiró cansado y se acarició la base del cuello al sentir la necesidad de muchas horas de sueño en una buena cama. Según le había dicho Izumi, tendría una habitación en el mismo hotel que el equipo de Japón para estar cerca de Yuuri y de su equipo en caso de ser requerido. Él ya estaba viendo que su viaje se limitaría a estar allí como reserva y ver las maravillas que Minami hacía en el hielo. No pensó ver una competencia en vivo nunca, pero empezaba a comprender el grado de compromiso y entrega que todos los deportistas mostraban en el evento, además de admirar la sana competencia que los rodeaba a pesar de la bandera. Era lamentable que la situación personal de Yuuri hiciera que todo un país olvidara eso último.

Entonces, vio acercarse a la hermana de Yuuri, Mari, a quien reconoció casi al instante. La mujer estaba alterada, temblaba con un cigarrillo en mano y había salido del otro pasillo, apresurándose para salir. Hirogu arrugó el ceño al verla salir, ignorando a los periodistas que pese al notarla, no se acercaron. No debían conocerla, seguramente no la habían relacionado con Yuuri, por lo que la dejaron en paz.

A pesar de la nevada que caía sobre ellos, Hirogu salió también del complejo y se dirigió hacia donde Mari se había detenido. Ella estaba recostada sobre una de las camionetas negras, con la capucha de su abrigo peludo sobre la cabeza, mientras le temblaba la mandíbula y encendía un nuevo cigarro. Hirogu se arrepintió de haber salido del lugar, extrañando casi al instante el efecto de la calefacción a su alrededor.

Se quedó en silencio al acercarse y notar la tribulación que existía en el rostro de la mujer, conforme fumaba. Pensaba preguntarle si faltaba mucho para ir al hotel, pero parecía que ella estaba en otro mundo, sumergida dentro de sus cavilaciones mientras miraba perdida el humor subir y los copos caer. No supo si era correcto acercarse más, menos cuando Mari le dirigió la mirada enrojecida y sus pómulos temblaron. Hirogu se sintió un ente incorpóreo y molesto en el ambiente.

—Usted… es el que ha atendido a mi hermano. —Hirogu asintió. La presentación anterior no había sido muy formal, así que entendía la mirada perdida de la mujer sobre él. Lo que no comprendió era el porqué de su estado. Mari volvió a aspirar el cigarrillo y soltó con aspereza la nicotina al aire.

—La Srta. Okukawa estuvo buscándola —decidió comentar, como si no tuviera nada más qué decir. Mari asintió con pesadez—. Discúlpeme si me entrometo, pero ¿se encuentra bien?

Mari soltó un ‘je’ sin fuerza y luego volvió a besar aquel cilindro. Atrapó el humo y lo dejó salir mientras sus labios tiritaban, pero ella parecía ajena al clima al que se había expuesto.

—¿Fue usted quien le metió la idea a mi hermano de venir aquí solo? —preguntó ella, a modo de reclamo. Hirogu ya estaba habituado a ese tipo de reprimendas por parte de los familiares sobre la dirección que cada paciente tomaba para su cura. Era natural que muchas decisiones en ese camino no fueran del total agrado de ellos. Solo renegó y ella le miró con interés.

—No, Srta. Katsuki. Nuestro trabajo no es decirles qué deben hacer a nuestros pacientes. Nuestro trabajo es escucharlos y acompañarlos en el camino que ellos deben recorrer para conocerse a sí mismo y tomar así sus propias decisiones. Son ellos los que deciden el camino, no nosotros.

—Fue Yuuri el que decidió volver… —Hirogu afirmó, sin dejar de observarla—. No me sorprende… desde que era un bebé no sabe lo que es abandonar. Es un terco, obstinado, que no se rinde, aunque lo parezca.

El cigarrillo se acabó y ella lo dejó caer, para luego pisarlo con la suela de sus botas marrones. El humo escapó de sus labios entreabiertos mientras ella lo miraba como si disertara sobre ello. Hirogu se encogió por la ventisca helada que los sacudió. Se abrazó a sí mismo mientras frotaba sus brazos apretados. Mari parecía estar inmune al clima de Rusia, como si hubiera un incendio dentro de esos ojos, capaz de convertir la nieve en pura agua.

Así se sentía Mari, ahora que lo pensaba Hirogu, como una ventana empañada.

—Yo fui la primera que le regalé algo de él. El día que fui a buscarlo a la pista, Yuuri no dejó de hablar de aquel patinador ruso que hacía maravillas en el hielo y de lo mucho que quería ser como él, así de bueno. Me decía los saltos que hizo, yo no los entendía, pero lo vi tan entusiasmado que pensé —suspiró—, esto puede ser bueno. Así que los días siguientes estuve buscando información de él y tiendas donde pudiera conseguir algo de él para dárselo. Tuve que pedir su primer panfleto desde Rusia. Pedí prestada la tarjeta de mi novio de aquel tiempo para hacerlo.

Hirogu observó la lágrima que cayó precipitada sobre su mejilla. Mari no hizo ninguna mueca, solo sus ojos brillaban cubierto por una capa de melancolía y dolor en ellas.  

—Fue tan feliz cuando le traje el primer panfleto que empezó a corretear por toda la casa con él en mano. —La voz tembló al final, mientras otra lágrima caía—. Yuuri estaba tan encantado con él que me recordaba a mí con mis grupos de música favoritos. Le dije que, si ahorraba, le traería más, y empezamos a juntarnos para buscar por la computadora el nuevo material para traerlo. Incluso investigué mejor para conseguir una tienda en Tokio que los traía y nos afiliamos a la revista deportiva donde salía información de él.

Con la mano temblando, se secó las lágrimas que había reunido su rostro y tomó suficiente aire, como si se ahogara. En sus pestañas congeladas se veían algunos rastros de nuevas lágrimas dispuestas a caer. Hirogu miró todo en silencio, con una suave comprensión de esos hechos que ella relataba, comparándolo a la visión que tenía Yuuri de ellos. 

—Así que cuando salió Yuuri con la idea de irse del país a estudiar a cumplir su sueño… no pude hacer otra cosa que mirarlo con orgullo. Cuando él llegó y le ofreció a Yuuri ganar, lo acogimos en casa como uno más de la familia porque, por Dios, ¡era uno más de la familia! —exclamó con los brazos vibrando contenidos—. Yuuri se había encargado de hacerlo parte de la familia cuando llamó a su perro como él, ¡cuando habló de él en cada cena que teníamos! Se sintió tan… natural… ¿no es ridículo?

—No, no lo es… —afirmó Hirogu, entregándole un pañuelo para que ella se pudiera seguir desahogando. Mari lo tomó y se limpió la nariz. Recobró el aliento un momento antes de poder continuar—. Yuuri me comentó lo feliz que le hizo que ustedes lo apoyaran en todas las decisiones que tomó en el patinaje y con él.  

—Yuuri no podía estar mejor acompañado… —murmuró con la voz raspándole la garganta—. Eso me dije una y otra vez cuando él se vino a Rusia. Estaba con él, a quien habíamos conocido en esos meses en el onsen, capaz de exponenciar todas las maravillas de las que ya sabíamos Yuuri era capaz. Capaz de sacarlas a la luz, de mostrárselas al mundo. Me sentí feliz de haber empujado a mi hermano a soñar con la gloria…. me sentí feliz de haber tomado la tarjeta de mi ex, de haber comprado el maldito panfleto, de alimentar mediante ese ejemplo sus sueños para que él viera que también era posible soñar más allá de las casas de Hasetsu… —Los labios de Mari tiritaban, más no de frío—. Porque sabía que así nunca iba a abandonar, que llegaría lejos, que sería nuestro orgullo…

—¿Se arrepintió? —preguntó Hirogu, en medio del frío. Un vaho brotó de los labios partidos de Mari, mientras miraba hacia un lado, donde el reflejo del vidrio oscuro de la camioneta no le devolviera su imagen destrozada.   

—¿Cómo no hacerlo? —inquirió, con dolor—. Cuando vi a mi hermano regresar así de Rusia, destrozado, hecho nada… ¿cómo no iba a hacerlo? —Su voz se volvió rasposa y agrietada—.  Cuando vi a mi hermano dejándose morir en esa cama, engordando como una morsa mientras temblaba porque le boté todas las pastillas que le quedaban… ¿cómo no iba a hacerlo?

Mari recogió aire mientras su rostro enrojeció con fuerza. Hirogu pudo ver todo ese fuego oscuro llenando de humo a sus ojos café. Entonces ella apretó su mano contra el pecho, arrugando la tela de su camisa, al gritar:

—¡Después de ver lo que ví ayer, ¿cómo no iba a hacerlo?!

El resentimiento quebró esos ojos marrones tan parecidos a los de Yuuri. Los golpeó, Hirogu pudo verlo: tanto dolor, tanta pena y tanta impotencia juntas. ¿Qué había pasado para que saliera de ese modo? Porque podía ver en Mari una mujer fuerte, una mujer que no se abriría de esa manera como lo estaba haciendo con él, como si se fuera ahogar si no llegaba a hablarlo todo.

Apreció la tribulación de la mujer y trató de entenderla. Quizás su estadía en Rusia no sería del todo infructífera. Hirogu quiso creerlo así y se acercó con cuidado para poner una mano en el hombro de Mari en señal de apoyo. Ella temblaba como si sufriera un dolor inmenso en su vientre, apretándose por completo: ojos, labios, sus manos contra su cuerpo y el pañuelo. Parecía un sufrimiento tan visceral que le conmovía.

—Debió ser muy duro lo que vio ayer, Mari. No puedo imaginar lo que debió sentir aquí, en primera fila. —Un hondo sonido salió de la garganta de Mari. Fue un sollozo, uno apretado, sacado de lo más profundo de sus entrañas. Hirogu sintió su pecho encogerse al poder palpar el dolor mayúsculo que ella guardaba—. Mari… por favor, respire.

—¡Y s-se arrodilló! —soltó ahogada, con la voz perdiéndose entre el hielo, el agua, la sal—. ¡S-se arrodilló! ¡Maldita sea! ¡Y-yo no quiero perdonarlo! ¡N-no quiero!

Hirogu tuvo que contenerla cuando creyó que iba a caer de rodillas. Había algo tan pesado sobre su espalda que ella no dejaba de retorcerse, algo macabro que parecía como si quisiera abrirle el vientre. Él ya conocía qué clases de sentimientos podían ser tan oscuros y destructivos como para crear ese tipo de reacciones. Sabía qué clase de emociones podría provocar esa actitud en ella. Ella siguió llorando y Hirogu solo pudo sostenerla para evitar que cayera al piso cubierto de nieve. Apretarla mientras se deshacía en llanto agudo, sufriendo ahogadamente, apretando sus dientes como si con ello pudiera encerrar las sensaciones que ya la desbordaban.

Porque Mari no quería perdonarlo, no quería hacerlo. No quería, aunque hubiera entendido. Se aferraba a ese odio visceral porque era lo único que le quedaba, porque dejarlo era que entonces solo ella se quedara con la sensación de que todo lo sucedido también fue su culpa. Mari no podía estar segura de que la detenía con exactitud, solo se aferraba a ese sentimiento oscuro mientras sufría arcadas, junto al llanto que no dejaba de brotar, apretándola, lacerándola. Hirogu la sostuvo con fuerza al percibir que sus fuerzas menguaban y la dejarían caer.

Lo que Mari sentía era una acumulación de rabia, dolor y vergüenza, porque Víctor la había vencido. Ella lo sabía, la había vencido al haber hecho la doggeza y haber sobrepuesto su orgullo ante la certeza de asumir su falta y demostrárselo. La había vencido, la había humillado y la había comprometido a perdonar. Y ante eso, ella se sentía el monstruo. Mari sentía ser ella quien había estado equivocada todos esos años, que su odio perdía sentido porque era injusto. ¿Pero, cómo soltarlo? ¿Cómo?

Mari plegó su cabeza contra el pecho del terapeuta, soltando el llanto a modo de suspiros asfixiados por el dolor. Lloraba como se llora un cadáver en las manos, con esa terrible sensación que le había quedado ante la posibilidad de haber perdido a Yuuri. Lloraba como si todo se hubiera convertido en un muerto dentro de sí.

Y Hirogu se preguntó, ¿cuántos años tuvo guardado ese llanto? Porque ese era el peso que reflejaba… años.

Georgi y Mila se sintieron un poco fuera de lugar en cuanto Yuuri tomó control de la situación. Ambos vieron desde la distancia la manera en la que Yuuri manejó lo que ocurría con Víctor, hablando con los paramédicos, llamando a un médico de confianza, e incluso dando información de Víctor y la lesión que había tenido cuando fue requerido. Había decidido que era él quien iría a la ambulancia, relegándolos, y nada pudieron hacer para evitarlo.

Cuando Georgi y Yuri se toparon, ya el entrenador había logrado dar con los paramédicos que estaban retirándose del lugar al acabar la competición. Corrieron con ellos arrastrando los implementos para atender cualquier lesión mientras intentaba explicar lo que pasaba. Obviamente no iba a comentar que Víctor había sido atacado por la hermana de su ex, solo se enfocaron en los dolores que ya había sentido y en lo mucho que le costaba caminar. Cuando llegaron al sitio, Yuuri ya estaba allí, y este de inmediato les apremió para que le inmovilizaran la rodilla. Víctor, aún recostado en el hombro de Yuuri, respiraba entrecortadamente, con la sensación de estar demasiado agotado. La pierna estaba estirada y Yuuri había improvisado un almohadón con su saco para mantener la rodilla ligeramente levantada. Exigió que llamaran a una ambulancia para que lo llevaran a un centro médico. Había tanta certeza y seguridad en sus palabras que nadie se atrevió a contradecirlo.

—Necesitamos distraer a los periodistas que están fuera del estadio para que no vean a la ambulancia —dijo Yuuri, mientras ayudó a Víctor levantarse del suelo tras haberle inmovilizado ya la pierna. Fue mejor así que intentar acostarlo, porque al estar pegado a la pared hubiese sido mucho más complicado de esa manera. Así que Yuuri le sirvió de soporte para levantarse—. Yuri, ven conmigo a la ambulancia. Si te ven salir sin Víctor sospecharan. Georgi, Mila, vayan afuera con Louis, intenten atraer la atención de los periodistas. Yo me voy con Víctor. Maestra Minako, sr. Izumi… Los veo en el hotel.  

Mila le dejó el teléfono a Yuuri para que pudiera comunicarse con los doctores a los que llamaba, limitándose a hacer lo que se le pidió en compañía de Georgi y Louis. Como era de esperarse, los periodistas los abordaron haciendo preguntas sobre su presencia en el evento y su opinión sobre lo ocurrido en el programa corto. Louis se mantuvo en silencio mientras Georgi y Mila respondían las preguntas y se mostraban en desacuerdo con lo ocurrido en la competición, aprovecharon la oportunidad para reprobar los actos realizados por los fanáticos y el modo en que afectaron la competencia.

Para cuando llegaron al Centro Médico, ya Víctor era atendido. Vieron de lejos a Yuuri hablando con un médico, pero no se acercaron por la sensación de que su ayuda ya no era necesaria. Yuri parecía manejar muy bien toda la situación y era sorprendente el porqué. Después de todo, quien había estado corriendo con Víctor tras la lesión había sido precisamente él.

—¿Con quién habla? —preguntó Mila, curiosa al mirar aquel hombre que tenía mucho parecido con Víctor.  Yuri, quien acababa de acercarse, se encogió de hombros mientras cargaba el mano el saco que Yuuri se había quitado y el cual estaba lleno de tierra y polvo.

—Es Iván Nikiforov. El hermano mayor de Víctor.

—¿Es Vanya? —replicó sorprendido Georgi, mirando de nuevo al hombre alto de cabello rubio clarísimo y mirada tan celeste como la de Víctor, con un par de entradas bastantes pronunciadas en su cabello corto. Hablaba con Yuuri con familiaridad—. No puedo creerlo… ¡hace años que no lo veía!   

—¿Lo conoces? —interrogó Mila. Georgi se limitó a asentir.

—A veces iba a la pista a buscar a Víctor. Estoy hablando de hace muchos años, no habíamos comenzado la categoría Junior cuando eso.

—Bueno, yo lo conocí recientemente porque Víctor me llevó a una de sus fiestas familiares llenas de médicos y cirujanos. —Yuri rodó los ojos y Georgi rio. Mila no dijo nada; repentinamente acababa de caer en cuenta de lo poco que conocía a quien fue un compañero de pista—. Parece que es traumatólogo, uno de los que atendió a Víctor tras la lesión. Lo mandaron a hacer varios exámenes para asegurarse de que no se hubiera desgarrado nada. 

Asintieron, en espera de más noticias. Louis se mantuvo sentado con las piernas sobre el asiento mientras revisaba el móvil, masticando su propia impotencia.

Mientras tanto, Yuuri estaba hablando con Iván Nikiforov, a quien llamó apenas pudo para pedirle su ayuda. Le habló sobre lo poco que sabía, además del estado al que había sentido la rodilla, aunque no se había atrevido a subir la manga del pantalón por temor a lastimarlo más con los movimientos. Iván le dio instrucciones sobre lo que debía hacer y se apresuró a ir al centro médico para atenderlo personalmente. También le dio el número del fisioterapeuta de Víctor porque probablemente iba a requerir volver a los ejercicios después de aquello.

Lejos de sentir el reclamo de Iván como el hermano mayor de Víctor, Yuuri encontró entendimiento y agradecimiento. Iván se veía mucho más mayor a como lo había dejado, aunque se notaba feliz e incluso le comentó sobre su hija, quien ya estaba por entrar a la universidad. Yuuri le sonrió, agradecido con la bienvenida, pensando en cuánto le hubiera gustado fuera así de su parte de la familia.

—Me alegra volver a verte. Estaré revisando algunos pacientes, volveré cuando tenga los últimos resultados.

Se despidió Iván, con un ligero apretón en su hombro antes de retirarse. Todo apuntaba a que Víctor había sobre esforzado la articulación y hecho sufrir sus ligamentos por el esfuerzo y la falta de cuidado, los cuales estaban más sensibles, muy probablemente por el entrenamiento y el frío. Afortunadamente, no había sido nada que requiriese una nueva intervención, al menos, por el momento.

Después de verlo partir, Yuuri volvió a entrar en la habitación donde Víctor estaba recostado y parecía dormir. Por palabras de Víctor en la ambulancia, ya tenía una jaqueca, así que inyectaron analgésicos para que los malestares cedieran mientras era revisado. Tenía una férula que cubría su rodilla y habían doblado la bota del pantalón hasta su muslo para exponer la lesión. Le dejó quieto, mirando con interés hacia su pierna lastimada y evaluando con el recuerdo el alcance del daño.

Fue inevitable no detenerse a pensar en todo lo que había pasado en ese día. Desde los nervios que tuvo al saber que se había hecho el proceso de la denuncia formal, hasta la posibilidad de sufrir otro ataque de parte de los rusos en la competencia, la llegada de Víctor, la victoria de Minami y el final… era como muchas cosas en tan solo pocas horas. Se sentía cansado de tan solo rememorarlo todo. Aunque le tranquilizaba saber que, por el momento, el diagnóstico a Víctor era favorable. A veces ese tipo de lesiones eran más escandalosas de lo que parecían. En ocasiones… no es así.

—¿Qué fue lo que ocurrió? —Yuuri se giró rápido al escuchar la voz de uno de los representantes de la FFKK. Dmitri Bukin había entrado a la habitación sin siquiera anunciarse y en la puerta, tras haber entrado, se encontraba Yuri Plisetsky quien aparentemente intentó detenerlo.

El hombre se acercó con aspecto intimidante hacia Yuuri, como si quisiera aplastarlo con toda su autoridad. Pero Yuuri no se movió, siguió al lado de la camilla, dirigiéndole la mirada con fuerza y sin titubear un solo momento. A través de un movimiento de su mano derecha, le hizo saber a Yuri que lo mejor era que permaneciera calmo y no interviniera.

—¿Por qué será que siempre que uno de los nuestros se lesiona estás tú en el medio? —acusó,  su mirada se volvió agresiva mientras la enfocaba en Yuuri.

—Porque dudo que ustedes lo vayan a estar —asestó con la voz apretada. Dmitri hizo una mueca de desprecio ante la forma en la que Yuuri se mantuvo de pie a pesar de su presencia.

Repentinamente, Yuuri sintió que su mano fue tomada. Víctor abrió sus ojos, ligeramente enrojecidos, para mirar directamente hacia el representante de la federación mientras afianzaba la mano de Yuuri con firmeza. Dmitri bajó sus ojos hacia la unión de ambas manos y buscó la mirada de Víctor, como si intentara encontrar una respuesta más razonable que la que expresaba ese gesto. 

—¿Qué hace aquí, Bukin? —preguntó Víctor con la voz áspera. El aludido le miró firmemente antes de suspirar.

—Me avisaron que tuvieron que sacarte en ambulancia del estadio. Vine a cerciorarme de que se encontraba bien, Nikiforov.

—¡Qué amable de su parte! —cantarreó con sarcasmo y Yuuri bajó la mirada hacia el punto donde Víctor le sujetaba la mano, devolviéndole el gesto con suavidad—. Estoy bien, ya mi hermano me ha sabido advertir sobre qué cosas no debo hacer. Me esforcé demasiado en llegar a Moscú para resolver y limpiar su desastre. —Yuuri no pudo contener la ligera sonrisa apretada que llegó a sus labios mientras miraba la fría expresión de Dmitri.

—Limpiar mi desastre… —repitió inconforme. Víctor hizo esfuerzo por sentarse en la camilla y Yuuri se apresuró a ayudarlo. No se encontraba mal para hacerlo, solo un poco débil por el efecto del cóctel que le habían dado para mitigar los dolores.

—Así es. Es bueno ver que mi gesto les haya servido. Louis me estuvo mostrando la atención que recibió de los medios rusos. Mucho más de la que recibió Yuuri con lo sucedido ayer.

—Veo que te encuentras bastante bien. —Dmitri se mostró incómodo con las veladas acusaciones que Víctor empujaba sobre él, pero sin arrepentirse de usar todos sus recursos para mantener la posición de Rusia limpia después de lo ocurrido con ese boicot.

—Así es, gracias a Yuuri. —Este le miró con apremio, pidiéndole medir sus palabras, pero Víctor no le miró—. Él supo qué hacer cuando me vio mal y me trajo aquí sin llamar la atención de los medios. Le ahorró mucho trabajo, ¿no cree, Bukin? ¡Debería agradecerle!

Yuri chistó al ver hacia donde Víctor estaba empujando. A pesar de lo aterrador que podían verse los ojos de Nikiforov cuando hablaba con ese tono, estaba consciente que Dmitri merecía eso y más. Yuuri, en cambio, se mantuvo impávido, tratando de no verse involucrado en el intercambio a pesar de estar en el medio. Dmitri se mantuvo callado.

—Aunque… lo mejor que debería hacer sería disculparte. ¿Ya lo hizo? ¿Se disculpó con Yuuri en nombre de Rusia por lo que pasó ayer? —insistió Víctor, apretando las palabras entre sus dientes mientras miraba fijamente hacia el representante, quien empezó a temblar de rabia—. ¿Lo hizo, Yuuri?       

—Ya di mis disculpas formales en los medi…

—¿Lo hizo, Yuuri? ¿Se disculpó contigo, personalmente, por lo que pasó? —Dmitri calló al ser interrumpido por la voz demandante de Víctor. Yuuri renegó y tras mirar a los ojos fijos de su expareja quien le apremiaba a saber la verdad, dirigió su atención hacia el representante ruso, con una seriedad apabullante.

—No Víctor, no lo hizo —emitió una mirada fría y cortante a Dmitri—. En mi país, si hubiera ocurrido una ofensa así, todos los miembros de nuestra federación hubieran practicado una doggeza frente a todos para mostrar nuestro profundo arrepentimiento.

Una enrarecida atmósfera rodeó el ambiente. Dmitri tuvo un tic nervioso en sus labios y Yuri pudo respirar el frío que se había metido en la habitación a pesar de estar resguardados de la nevada de fuera. Víctor empujó la presión sobre los hombros de Bukin al dirigirle una mirada de apremio y Yuuri se mantuvo en silencio, esperando algo, a sabiendas de que se lo merecía. Ahora estaba en la posición de exigir.

—Una doggeza… no piensen que voy a arrodillarme ahora —soltó Dmitri con visible aversión. Conocía algunas nociones de aquella práctica que Yuuri había comentado, pero jamás haría algo así. Víctor le sonrió a sabiendas de eso.

—Entonces, póngase creativo. ¿De qué forma piensa disculparse? —Dmitri apretó los puños a ambos lados de su cuerpo, enojado. Yuuri decidió posar su otra mano sobre la que Víctor le sostenía a modo de conciliación.

—No hace falta Víctor. Nosotros como japoneses apreciamos el verdadero arrepentimiento. —Dmitri se mantuvo en silencio al escuchar la voz de Yuuri. Había en ella una clara afrenta, más no quiso discutir, no allí donde se encontraba en desventaja.

En silencio, Dmitri se retiró, no sin antes recibir la mirada de desprecio del propio Yuri Plisetsky. 

Cuando Bukin salió, Yuuri se permitió soltar el aire, antes de sentir el ruido que hizo Víctor al recostarse de nuevo en la camilla. Este no le soltó la mano y Yuuri tampoco hizo esfuerzos de librarse de ella, más sí le miró con claro reclamo después de lo que acababa de ver.

—Algún día le voltearé la cara de un golpe… —murmuró Víctor, irritado—. Juro que algún día lo haré.

—¿En serio no piensas mejorar tu relación con la federación? ¿En serio, Víctor? —replicó Yuuri, sujetándose con la mano libre de su camilla—. Eres entrenador, ahora más que nunca debes…

—Shhh… no lo voy a hacer, no mientras te traten así —Víctor no dio pie a reclamo, Yuuri solo renegó y volvió a acomodar sus lentes. Por fortuna, no ocurrió más.

—Qué bueno que ya estás bien. Ya pensaba buscar una camilla para llevarte en ruedas hasta el estadio para las prácticas —comentó Yuri acercándose e intentando aminorar el ambiente con una ligera broma. Funcionó, ambos sonrieron ligeramente—. Entonces, ¿no fue nada?

—Según Vanya, no fue nada. Pero tengo que esperar a que me den de alta.

—Entonces iré a avisarles a Mila y Georgi para que se vayan a descansar. Yuuri, tú también deberías hacerlo —Yuuri inmediatamente renegó con seguridad.

—Iré con ustedes para asegurarme de que Víctor vaya a seguir las indicaciones de Vanya esta noche. Después de eso me iré al hotel.

Yuri solo asintió y salió de la habitación para avisarle al resto y hacerles saber que todo estaba bien. Yuuri, mientras tanto, esperaría la respuesta de Iván antes de proceder.

Al cabo de una hora más, Iván llegó para dar de alta a Víctor y permitirle ir a casa. Les dijo que le gustaría llevarlos él mismo pero que tenía una emergencia que atender, a lo que Yuuri le indicó que no tenía de qué preocuparse. Además de las instrucciones que debía tomar en cuenta para no afectar más su rodilla, Víctor tenía que visitar al día siguiente a su fisioterapeuta, quien se encargaría de evaluar el diagnóstico de Iván como traumatólogo para decidir qué tipo de fisioterapia sería la mejor para tratar el caso, en especial ahora que Víctor había retomado la actividad deportiva de patinar cuando entrenaba a Yuri sobre el hielo. Era probable que eso hubiera desgastado lentamente la rodilla lastimada, haciéndola propensa a ese tipo de inflamaciones con el sobreesfuerzo.

Como lo hicieron en el estadio, Yuuri se encargó de llevar a Víctor a cuestas, abrazándolo por la espalda mientras este se movía usando el bastón. Yuri se encargó de llegar al taxi en el estacionamiento privado donde Iván le pidió esperar, además de abrir todas las puertas para que no tuvieran problemas al pasar por cada uno de los obstáculos. El trayecto se realizó en silencio. Víctor intentaba no mover demasiado la pierna inmovilizada por la férula, pero empezó a resentir el malestar del frío del ambiente y el hecho de que los analgésicos iban perdiendo su efecto. En casa, tendrían que comer y después de eso ya tenía recetadas unas pastillas para el dolor. Iván también había dado recomendaciones sobre cómo dormir para que en esa noche no tuviera accidentes con su pierna y su rodilla pudiera descansar.

Para ese punto, los tres se encontraban agotados. Yuri resentía la mala noche en el tren, la prisa para dar el viaje, la carrera por llegar al estadio y luego por ir al centro médico. Tenía su espalda adolorida y su cuello afectado. Sin embargo, cuando veía atrás, notaba que, pese al cansancio, la genuina preocupación de Yuuri por saber si Víctor estaba cómodo en el viaje o necesitaba algo más permanecía, junto a las respuestas calmas de Víctor al intentar tranquilizarlo. Ahora que lo pensaba, desde lo ocurrido en América, no los había visto tan relajados el uno con el otro. Parecía otro nuevo paréntesis en su separación.

Al llegar al apartamento, no hubo necesidad de guiar a Yuuri, sabía justamente a donde iba a ir. Cuando abrió la puerta con las llaves de Víctor, le ayudó a entrar y encendió las luces; Yuuri sostuvo a Víctor al dirigirse a la habitación.

—Buscaré algo para comer —informó, a sabiendas que lo que menos quería era entrar a la cocina. Preguntó por algo que les provocara y Víctor soltó un ‘Pizza’ con algo de ánimo. Yuri consideró que esa era una buena señal.

Apenas él partió, Yuuri siguió caminando con Víctor en su costado, ayudándolo a avanzar en la penumbra de la habitación. Pensó que tendría problemas al ubicarse en la oscuridad, más con su vista cansada, pero Víctor no había cambiado nada dentro de ella y Yuuri la recordaba muy bien como para tropezarse. Así que en cuanto pudo dejarlo sentado en la cama, avanzó hacia la pared para encender el interruptor. En una de las paredes, sobre la repisa, estaba una foto de ellos que logró ver en la distancia. Su garganta se trabó.

La imagen era muy clara, se trataba de ellos dos en uno de los banquetes. Se hubiera quedado allí plantado, evocando el recuerdo, si no hubiera escuchado a Víctor quejarse a sus espaldas.

Se giró, Yuuri miró a Víctor sin la camisa, tratando de acostarse después de haber quitado sus zapatos con esfuerzo. Tuvo que acercarse para ayudarlo y acomodó las almohadas en la espalda para que Víctor quedara sentado en la cama. Apenas lo dejó en posición, fue a la sala a recoger uno de los cojines para usarlos bajo la rodilla lastimada. Todo lo hizo para intentar a su vez disipar todo lo que le había removido aquella sola imagen.

Pero Víctor empezó a sentir de nuevo las puntadas de dolor que, pese a ser más moderados que horas atrás, no dejaban de resultar molestos. Apretó su quijada mientras se acomodaba y Yuuri apartaba las sábanas de la cama y algunas prendas de ropa que dejaron por allí cuando fueron a cambiarse más temprano. De un momento a otro, se sorprendió cuando Yuuri le quitó los calcetines y luego fue por el cinturón. No reaccionó a tiempo cuando lo vio abriendo el botón del pantalón y bajando la cremallera.

—¡Ey! ¿Q-qué…? —intentó decir, repentinamente abochornado. Yuuri subió la mirada con el ceño fruncido e intrigado.

 —No vengas ahora a decirme que te volviste pudoroso —Víctor no supo qué responder y solo rio avergonzado.

—Bueno, no… p-pero… —Yuuri fue bajando los pantalones con cuidado de no mover demasiado la pierna afectada. Intentó no fijarse en la piel desnuda que iba quedando a la vista, ni en la ropa interior que lo vestía, aunque estaba resultándole bastante difícil. Pronto escuchó la risita de Víctor, y el bochorno llenó su cara. Al levantar la mirada, y ya un poco irritado, Víctor le observó con una ligera sonrisa—. No, tú sigues siendo el pudoroso. 

—Calla, ¿sí? —se enfocó en colocar el cojín bajo la pierna. Víctor soltó un amplio suspiro—. Veo que ya estás mucho mejor…

—Me está doliendo un poco de nuevo, pero es tolerable. —Yuuri asintió a su respuesta tras cubrirlo con las cobijas. Víctor no dejo de hablar mientras seguía al pendiente de sus movimientos—. Estaba muy asustado… llegó a doler tanto que todo lo que recordaba era la lesión, lo que sentí y…

—Lo imagino…

—Creo que los preocupé demasiado… —suspiró—. Quizás exageré un…

—Siempre has sido dramático —lo detuvo Yuuri, y Víctor hizo una mueca inconforme con sus labios—. Pero no considero que hayas exagerado. Tuviste una lesión grave, Víctor, todo lo que pueda pasar con ella es signo de alerta.

Víctor aceptó las palabras de Yuuri, sin decir más. Todo lo que hizo fue contemplarlo como si apenas tuviera el momento de hacerlo, como si no hubiera estado a su lado durante esas cuatro horas, moviéndose entre todos y dando instrucciones para procurar su bienestar. Se preguntó cuántas veces se repitió ese panorama a lo largo del año y medio que Yuuri estuvo con él tras la lesión. Cuántas veces estuvo así, al pendiente. Todas las ocasiones que se encargó de buscarlo de la rehabilitación, llevarlo de regreso a casa, y estar pendiente de hacer los ejercicios por y con él. Todo lo que hizo durante esos meses en completo silencio, mientras organizaba su vida entre su entrenamiento como competidor y su pareja.

Y no, no era que no lo había notado, sí lo había hecho. Pero ahora el dolor le permitía, como si estuviera en una tregua, concentrar a todos sus sentidos para enfocar su atención en Yuuri y darse cuenta de todo. Sin la atmósfera enfebrecida que había llenado sus anteriores encuentros, sin la distancia, ni la sensación que debían cumplir ante otros o mantener una imagen ante el mundo. Simplemente estando allí, acompañándose.

En esa habitación habían sucedido tantas cosas entre ellos que, pese a no atraerlas ni evocarlas, parecía ser perfecta para alojarlos. Se sentía íntima y reconfortante. Daba la sensación de estar en casa. Y quizás por eso, por el santuario que ese lugar significaba para ambos, ninguno de los dos tenía ni los ánimos ni la fuerzas de propiciar ninguna batalla.

O quizás ya no había nada por lo cual pelear.  

—Lamento lo que pasó hoy con mi hermana… —Inició Yuuri, cortando ese espacio mudo que habían propiciado y que no resultó incómodo. Víctor sólo renegó—. No creas que todos en casa piensan eso. Mis padres… lo han tomado de otra manera.

—Me alegra saber eso…

—De hecho, mamá te había enviado saludos, pero entre todo… olvidé decírtelo. —Yuuri enfocó su mirada ligeramente empañada hacia Víctor, recordando las palabras de su madre cuando decidió partir a Rusia una semana atrás. Se sorprendió al encontrar en los ojos de su expareja un brillo tan húmedo que le cerró la garganta. 

—¿Mamá Hiroko entonces no me odia? —Yuuri negó. Y Víctor, sintiéndose repentinamente apretado por las inminentes lágrimas, soltó el aire y pestañeó mientras apartaba su vista a otras direcciones.

—Mamá no podría hacerlo… Así que, por favor, deja de pensar en eso.

—En todo caso, me lo hubiera merecido… —resopló. Víctor intentó en vano detener toda la humedad que se apresuró a llegar a su nariz y ojos, frustrándose en el proceso. La primera lágrima pudo secarla antes de caer, pero no pudo con la segunda ni con la tercera que corrieron rápidamente detrás. Pronto se encontró vencido y apretó los labios mientras se pasaba con fuerza su antebrazo por la cara.

—Vitya, ya… —Yuuri se apresuró a apartarle el brazo para secar él las lágrimas que quedaban—. Ya, por favor… —Víctor hizo un esfuerzo consciente para contenerse.

—Te gustaba hacerme llorar… ¿no lo recuerdas?

—Ahora no me gusta —le aseguró Víctor relamió sus labios y miró de nuevo a otro punto. Ver los ojos de Yuuri desde tan cerca se sentía inmerecido—. Víctor, escúchame —Yuuri se acercó más, hasta estar sentado muy cerca de Víctor para tomarle el rostro con ambas manos y provocar que lo mirara. Para ese punto ya las pestañas claras estaban humedecidas por las lágrimas previas, sus ojos azules luciendo aún más brillantes gracias a eso, aunque ya no cayeran más de esas gotas—. Prométeme que no vas a arrodillarte de nuevo, no para pedir perdón por lo nuestro.

—Pensaba hacerlo con tus padres cuando…

—No —dijo Yuuri categóricamente. No había sombra de duda, Víctor tuvo que notarlo y aceptarlo—. No, Víctor. Tú no fuiste el único culpable de lo que nos pasó. Fue nuestra culpa… no tienes por qué arrodillarte ante nadie, ni siquiera hubiera permitido que lo hicieras ante mí. ¿Me prometes que no volverás a hacerlo?

—¿Aún creerías en mis promesas?

—Aún no es tarde para cumplirlas.

Víctor se quedó en silencio, pasmado. La fuerza con la que Yuuri empujó esas palabras de sus labios y con la que las comunicó con sus ojos, lo dejó congelado, mientras el fuego que nacía en su pecho amenazaba con quemarle. Quiso entender lo que estaba implícito, quiso hacerlo. Quiso aferrarse y al mismo tiempo, tuvo miedo. Buscó en la mirada café de Yuuri alguna confirmación y cuando la tuvo en esa pequeña sonrisa, no supo qué hacer con ella. Tenía ganas de todo… tenía miedo de intentarlo todo y arruinarlo de nuevo cuando lo sintió cerca.

Yuuri bajó la mirada y relamió sus propios labios resecos. Cuando quiso retirar sus manos del rostro de Víctor, este le tomó una para besarla sobre su muñeca.

A Víctor, las emociones le desbordaban. Todo ese sentir acumulado y palpitante que se había acrecentado al escuchar esas palabras fue aún mayor ante aquel pequeño pero significativo gesto hecho por Yuuri que, al no hacer esfuerzo alguno de apartar la mano de sus labios junto a su mirada comprensiva, fue la confirmación muda a lo dicho.

—Tengo que irme… mañana voy a patinar con Minami en la exhibición.

—¿En serio…? Quiero verlo… —murmuró con suavidad, como si fuera un secreto. Yuuri logró ocultar el retumbo que llenó sus oídos gracias a su corazón.

—Sí… pero no te sobre esfuerces. Tienes que ir al fisioterapeuta temprano. Le diré a Yuri que no deje que pierdas esa cita.

—¿A qué hora será?   

—Empezará a las dos de la tarde, creo.

Yuuri se levantó y Víctor tuvo que dejar ir la mano que sostenía. A pesar de no haber nada que los uniera de nuevo, la atmósfera se sentía distinta y él necesitaba hacer algo con ella, algo con lo que Yuuri le había dicho y expresado, con todo lo que le había transmitido. Algo para que Yuuri no se fuera con las manos vacías y se sintiera justo como él se sentía, lleno… no sabía de qué, pero profundamente lleno.

—Gracias Víctor, por lo de esta tarde —le dijo Yuuri. Víctor lo miró como si hubiera encontrado ese algo que faltaba. Ese algo que él no había dado.

—Yuuri, no… Gracias a ti.

Todos le dijeron de pedir perdón, de explicar razones, de escuchar, de dialogar… nadie le dijo de lo más evidente. Nadie le habló sobre lo más evidente que tenía que decir, antes que cualquier otra cosa, antes de pedir disculpas y de justificar errores, incluso antes de expresar aquellos viejos “te amos” estancados.

—No me refiero a lo de hoy —Víctor se apresuró a agregar—, me refiero a todo lo que hiciste por mí durante ese año y medio… desde mi caída. —Yuuri le miró sorprendido—. Quisiera recordar todo lo que hiciste, de verdad quisiera hacerlo. Pero he estado pensando que lo que hiciste hoy debió ser algo muy similar a lo que hiciste todos esos días. Por cuidarme, por hacerte cargo de todo, por procurar que yo estuviera a salvo… gracias.

La sorpresa mudó rápidamente a una evidente conmoción y, antes de darse cuenta, Yuuri sintió la garganta atorada y el rostro caliente. Tembló ligeramente mientras mantenía la mirada en Víctor y luego, tímidamente, y con esa reserva tan suya, se inclinó un par de veces, como si aceptara ese agradecimiento genuino con el corazón, como si aceptara el haberlo esperado. Para cuando Víctor volvió a ver esos ojos, estos estaban nublados por las lágrimas que ahora se acumulaban en ellos.

—Volvería a hacerlo… —susurró. Víctor le sonrió lleno de gratitud. 

Aún no era tarde, no lo era… Víctor comprendió que aún no era tarde para devolverle a Yuuri todo lo que supo darle mientras estuvieron juntos, en silencio, con devoción.

Por eso, ya no podía dudar.    

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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