Matryoshka II (Cap 34)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 34. Copa Rostelecom: Pero tenemos amor.

La intensa nevada había provocado que el traslado fuera casi imposible. Por tal razón, Petra tuvo que llegar a su apartamento en el centro de Moscú a altas horas de la noche.

Cubierta de espesos abrigos de pieles, la rusa se movió impasible por los pasillos de mármol, desajustándose mientras la bufanda de lana que rodeaba su cuello. Capas de nieve cubrían su gorro de piel y colgaban atorados de algunos de sus bucles, casi congelados por el inclemente clima.

Sacó la tarjeta de su bolso, y la pasó por el identificador, hasta escucharse el seguro ceder. Con calma, penetró al apartamento apenas iluminado con las luces tenues sobre el arreglo de yeso, y se movió mientras se quitaba el ajustado abrigo. Sentía la pesadez en su cuerpo como una tonelada de concreto apegado a su espalda y su cuello. No, no era nieve, no era el frío, no era la pesadez de su abrigo pesado por la nevada: era todo lo ocurrido lo que ella cargaba como cadáveres congelados sobre sus hombros.

El maullido de su gato la alertó, mas no fue hasta él para darle su merecido recibimiento. En cambio, se dirigió hacia el minibar, y sacó un vaso de vidrio para llenarlo del tan ansioso vodka. Suspiró después de sentir el calor bajar por su tráquea.

—Me tenías preocupada, Petrushka —la suave voz a su lado la relajó casi al instante. Anna caminaba descalza con la bata negra de seda cubriendo precariamente el camisón de dormir, que apenas cubría con encajes los pequeños pechos y la curva amplia de sus caderas. 

—Te avisé que no podíamos salir por la nevada.

—Eso me preocupaba.

Petra no dijo más. Volvió a servirse otro vaso y lo bebió con velocidad, necesitando ese calor en su organismo. Dejó caer el vaso sobre el minibar con fuerza, y luego dirigió la mirada hacia la mujer a su lado. Era blanquísima, su piel relucía entre las tenues luces de la sala y contrastaba con el suave negro que camuflaba el largo de su cabello igual de oscuro. Tenía ojos grandes, vivaces, como los de un gato. Azules como piedras de zafiro. Pequeña, de curvas pronunciadas, caderas muy anchas y muslos que en un momento de su juventud significaron inseguridad; para Petra todo el conjunto era atractivo ante sus ojos, aún si tenían más de siete años juntas.

—Estás enojada, puedo verlo —Anna tomó el vaso de vidrio que Petra tenía en sus manos, para servirse allí un poco de la misma bebida. La tragó, con la misma velocidad que su compañera—. Vi la rueda de prensa.

—Sabían que era una rueda de prensa oficial y todos se comportaron como unos imbéciles. ¡Jamás había sentido tanta vergüenza de ser rusa como hoy! —Anna sirvió otro trago, mientras veía a Petra moverse por la sala, quitándose los botines con evidente frustración—. Una vergüenza para el deporte. Créeme que me importan muy poco los temas personales de ellos. ¡Pueden revolcarse con un perro si así lo desean! —Ofuscada, se retiró la camisa y la dejó caer sobre la alfombra—. ¡Pero aquí parecen estar más interesados en eso que en el deporte! ¡Un evento oficial! ¡Por Dios, Annia, un evento oficial! ¡El comportamiento de los fanáticos me provoca náuseas! ¡Es asqueroso! ¡Repugnante!

—Petrushka.

—¡Y se lo advertí! ¡Al imbécil de Dmitri se lo advertí! ¡Desestimó mi voz como si fuera una mosca que le susurrara a la oreja! ¿Qué nos espera ahora? ¡No lo sé! ¡No sé si tendré voz para informar que dejamos de ser una sede para la ISU! ¡No sé si…!

Calló. Petra notó muy tarde que toda su visión se encontraba afectada por la humedad que ya había cubierto sus mejillas. Todo rastro de maquillaje cediendo al impulso, pero no fue eso lo que detuvo aquella catarata indomable. Fue la caricia de su pequeño minino gris que maullaba a sus pies, frotándose contra su pierna cubierta por el pantalón.

Se inclinó, ya vencida, y se fue abrazar a su gato regordete, el cual se acomodó contra su hombro como si de un bebé se tratara. Lo acarició con suavidad mientras se dejaba ahora sí llevar por la angustia, el miedo y la ansiedad que había estado acumulando frente a todo el evento. Anna se acercó con cuidado, viendo a Petra levantarse mientras ya lloraba sin mostrar vergüenza por ello. Sus ojos grandes enrojecidos, sus pestañas pegadas por las lágrimas y la máscara, sus labios temblando con rabia; todo, una perfecta representación de su dolor. Anna acarició su mejilla mojada, para arrastrar las lágrimas de su rostro. Luego, la convidó al mueble.

Petra se acostó en el mueble, con el peso de su gato Stefano sobre sus pechos solo cubiertos por el brassiere de encaje blanco y con las caricias de Anna sobre su cabeza, mientras esas piernas redondas le servían de almohada. Dejó fluir todo su malestar con las lágrimas hasta sentirse seca.

—Petrushka, amor —la rusa miró con sus ojos hinchados el rostro de su novia, mirándola apacible.

—El maldito de Dmitri me llamó así, estuve a punto de voltearle la cara.

—Oh, eso hubiera sido digno de ver.

Anna, una diseñadora comunicacional que conoció en el pasado, en un evento en Alemania. Anna, con su acento regio, con su perfil fuerte, con sus inseguridades tontas, y absurdas, y hermosas. Petra solo se dejaría caer frente a ella, era su debilidad. La única permitida. La única.

—Verte así, me recuerda a aquella vez que supiste lo del escándalo del dopaje. Recuerdo cómo te negaste a creerlo, como lloraste pensando que todo era una farsa, como un niño al que le acaban de decir que su héroe no existe —peinó sus cabellos rubios, jugando con las ondas—. Recuerdo… recuerdo que te pedí que no te involucres cuando los periodistas y los encargados empezaron a desaparecer. Recuerdo que te lo supliqué, aun sabiendo que una parte de ti quería saber la verdad.

—Anna, no lo hice no porque me lo hayas pedido. Tenía miedo de saber la verdad, miedo de ser parte de una enorme y asquerosa farsa. Fui una joven cobarde… y creo que viviré preguntándome si realmente hice lo correcto en ese momento. 

—Entonces, haz lo correcto ahora. —Petra la miró, mientras recibía ese suave beso en sus labios húmedos—. No te quedes con la pregunta.  

Vitya »  Yuuri, ¿estás bien?
Vitya »  ¡Por favor, dime que estás bien!
Vitya »  Vi lo que pasó, Yuuri. ¡Lo vi!
Vitya »  Dios, debí escucharte.
Vitya »  Lo siento, lo siento, lo siento, amor.
Vitya »  No debí dejarte solo, no debí hacerlo, Yuuri.
Vitya »  Esto es mi culpa.
Vitya »  Dime que estás bien
Vitya »  Yuuri, por favor, ¡contéstame!
Vitya »  Estoy preocupado, me voy a volver loco si no sé nada de ti.
Vitya »  Quiero ir, quiero estar contigo.
Vitya »  Amor, por favor, háblame.
Vitya »  Dios mío, han pasado tres horas.
Vitya »  Amor, quiero que estés bien. Dime que estás bien. Dime que no te hicieron nada.
Vitya »  Yuuri, comunícate… por favor.
Vitya »  No me dejes con esta zozobra.
Vitya »  Ya son cinco horas… me voy a volver loco.
Vitya »  No encuentro con quien comunicarme allá. Necesito saber de ti.
Vitya »  Esto es mi culpa, lo sé, lo sé.
Vitya »  Yuuri, por favor, háblame.
Vitya »  Sé que no te está llegando nada, pero me estoy desesperando.
Vitya »  Quiero estar contigo…
Vitya »  Yuuri, cielo…
Vitya »  Háblame cuando puedas…
Vitya »  Estaré al pendiente

[4 horas atrás]

« Hola Víctor, buenas noches.
« Estoy bien.
«Discúlpame, tuve durante todo el evento el teléfono apagado.
« No te haces una idea de la cantidad de notificaciones que he recibido.
« Estoy bien, solo tuve una pequeña recaída. Me atendieron.
« Acabo de despertar… voy a volver a dormir. 
Vitya »  Me alegra saber que estás bien.
« Víctor… es tarde, no quise despertarte.
Vitya »  No podía dormir sin saber de ti.
« Yo… lo lamento.
Vitya »  No debiste ocultarme esto, Yuuri…
Vitya »  Vi la rueda de prensa, debí haber estado contigo.
« No te preocupes por eso, tenía que hacerlo. Debí hacerlo antes.
« Duerme, por favor. Descansa.
Vitya »  No creo poder.
Vitya »  ¿En serio estás bien?
Vitya »  ¿Qué te ocurrió? Dime.
« Me asusté mucho… Tuve miedo.
« La gente se movía muy rápido. Me sentí aterrado.
« Temí que le hicieran algo a Minami por mi culpa.
« Tuve tanto miedo…
Vitya »  Yuuri…
« Hace frío, Víctor…
« Lo siento…
Vitya »  ¿Puedo llamarte?
« no
« no hace falta
« Minami duerme a mi lado
« no quiero despertarlo
« tú deberías dormir.
Vitya »  Voy a llamarte.

Cuando el teléfono sonó en sus manos, Yuuri soltó un jadeo. Sus manos no dejaban de temblarle, su cuerpo empapado completamente de sudor no dejaba de sentir el miedo metido en lo más hondo de sus tuétanos, congelando sus arterias, rastrillándolas. Era una sensación espantosa.

Apretó la quijada y trató de contener los temblores que gobernaban sus extremidades. Eventualmente, el teléfono dejó de sonar. Yuuri se encogió en la cama, mirando a Minami acostado en su lado a pesar de ser una cama individual, completamente vencido por el sedante. Él debió tomar el suyo, pero no había tocado bien la cama cuando quedó profundamente dormido por el agotamiento.

Hasta ese momento. La pesadilla había sido tan vívida, que incluso tras despertar y abrir los ojos la sentía así. Había sido una combinación horrorosa entre ella y la parálisis de sueño, lo que había provocado aquel cuadro en él. Todavía temblaba… todavía sentía aquel peso enorme sobre su cuerpo, aplastándolo. Solo podía ver la cabeza de un cerdo soltando humo por sus fosas nasales, por sus ojos vacíos. Mientras respiraba, tan espantosamente, que Yuuri podía aún recordar y desear sollozar esa respiración escandalosa contra su cara.

Volvió a temblar, y se apretó mientras esperaba que el efecto del sedante llegara. Ni siquiera tenía el valor de levantarse y darse un baño, todo lo que quería era cerrar los ojos y esperar al amanecer. Por miedo, no quiso ver en las redes el resultado de su rueda de prensa, prefirió enfocarse en contestar los mensajes que habían llegado sin descanso a su móvil, incluyendo los de Yuri y Víctor. Sabía que era un miedo irracional, que debería dominarlo, ya que nadie podría lastimarlo; pero no le era posible. Era más fuerte que él.

Jadeó… el teléfono volvió a sonar. Miró la pantalla el nombre “Vitya” y apretó sus dientes antes de atreverse a contestar. Hubo silencio, llenado por la respiración acelerada de él mismo. Víctor fue quien habló.

—Estoy contigo, Yuuri —apretó los párpados, hundiéndose entre la almohada y la cobija—. Estoy contigo, Yuuri. He estado muy preocupado por ti… Dios, ¡no sabes cuánto…!

—Perdón…

—No… no, mi vida. Soy yo quien debe pedirte perdón. No debí dejarte solo… Ahora te entiendo y me siento imbécil. Debí haber estado contigo, debí habérmelo tomado en serio.

—Víctor…

—Me alegra tanto escucharte… ¿Cómo estás? ¿Qué tienes ahora? Te escucho…

—Desperté hace poco… —Jadeó conteniendo sus temblores—. No me siento bien… tomé la pastilla, no creo aguantar mucho. 

Víctor hizo silencio en la línea y Yuuri se hundió en la almohada, con el temblor atorado en la punta de sus extremidades. El cabello rubio de Minami estaba frente a él, su mechón rojo caía desordenado sobre su frente y se veía profundamente dormido. Tanto que ninguno de sus movimientos pudo despertarlo, incluso cuando se sintió que estaba a punto de morir. Ahora tenía miedo, el miedo lo llenaba, apretándole todos los poros. Le era imposible no jadear con necesidad, un sonido profundo ante cada exhalación que procuraba llenar sus pulmones.

—Yuuri… estoy contigo.

—¡No estás conmigo, Víctor! —gritó alterado, y ya fue tarde cuando se percató de las lágrimas que caían y del temblor desesperado que cubría a su cuerpo—. ¡Estoy con Minami! ¡Estoy con Minami!

—¡Estás conmigo también! ¿Acaso no me escuchas? —La voz de Víctor se mostró alterada, podía escucharla cortarse en la línea—. ¡No me importa si nos separan millones de kilómetros! ¡Estoy contigo! ¿Por qué otra razón estaríamos hablando a esta hora?  

—¡Estoy con Minami y le fallé! —respondió Yuuri, con angustia—. ¡Por mi culpa se medicó! ¡Por mi culpa estuvo asustado! ¡Por mi culpa falló en su programa! ¡Si no pasa al GPF también será mi culpa!

—Yuuri, por favor… —Yuuri apenas lograba escucharlo, en medio del llanto. Había dejado de hablar para solo dejar escapar los sollozos afligidos—. Está bien, llora… llora Yuuri. Está bien… Está bien…

Fueron un par de minutos de llanto ahogado, hasta que todo empezó a pesarle dentro de sí. Una sensación de ingravidez lo envolvió y la mirada perdida en el rubio cabello de Minami, comenzó a oscurecerse. La mano pesada de Yuuri buscó agarrarse de ese rostro, jugando con sus cabellos, aferrándose a ellos como si temiera que al hundirse no pudiera salir a la superficie. El sedante hacía su efecto, amortiguando todo, encerrándolo en una burbuja de falsa paz medicada.

—Yuuri… —escuchó en la línea. Víctor le seguía hablando en la llamada—. ¿Estás mejor…?

—Me duermo… tengo frío —incluso comenzar a hablar le pesaba. La lengua parecía estarse durmiendo con él—. Víctor…

—Está bien amor, duerme… y confía en que mañana todo saldrá bien. ¿Recuerdas lo que me decías? Tienes que confiar más en Minami, de lo que Minami confía en sí mismo. Va a pasar al GPF. Lo sé.

—Víctor… hace frío.

Desde el tren, eso fue lo último que escuchó de Yuuri, antes de que la respiración acompasada llenase la línea. Su mandíbula tembló y su mano apretaba el teléfono con fuerza, casi como si tuviera la capacidad de romperlo. En el vidrio, podían verse las lágrimas; gruesas y enormes lágrimas que habían empapado su rostro y enrojecido su piel. Yuri, quien había despertado alterado por la voz de Víctor, le miró sobrecogido, con los ojos rojos de sueño, pero la piel pálida.

—Te amo… —le escuchó decir, antes de tapar con su otra mano a sus labios temblando, abrumados—. Te amo tanto… P-perdóname… p-perdóname.

Yuri atoró la voz, al verlo. Víctor dejó caer la mano que sostenía el móvil hasta sus piernas y comenzó a sollozar, con tal sentimiento, que sonaba como un niño desconsolado. La mano que antes había cubierto sus manos ahora tapaba su rostro, drenando por fin todo lo que había estado acumulando desde que el ataque ocurrió. Su espalda se estremecía, sus hombros vibraban mientras se ahogaba; lloraba como si acabaran de arrancarle algo de tal valor, que su vida ya no sería la misma.

¿Qué hacer? Era cierto que Yuuri se había roto años atrás, que la matryoshka ahora sellada en pegamento, era la alegoría de eso. Pero Víctor, Víctor no había dejado de romperse. Seguía rompiéndose ante sus ojos, seguía partiéndose en pedazos, seguía quebrándose como si ya no fuera suficiente, como si la vida buscase hacerlo añicos.

En silencio, Yuri lloró tras observarlo; sabiéndose incapaz de interponerse en ese duelo íntimo.

Anastacia Semiónova » Fanclub Víctor Nikiforov, The Gold Legend
“¿Han visto esta publicación? Fue hecha desde la página oficial del antiguo entrenador de Víctor, Yakov Felstman, avanzada la noche. La página estuvo inactiva desde que se anunció su retiro, pero allí publicó una copia de una denuncia policial, hecha en 23 de abril de 2019. Allí muestra que Yakov Felstman denunció los varios acosos que estuvo recibiendo Yuuri Katsuki en el rink, donde se había superado la vigilancia para hacerle llegar al casillero amenazas de muerte. Pidió que se investigara el caso, ¿saben que encontré ahora que revisé los expedientes? El caso fue desestimado por falta de pruebas, teniendo todas las cartas que Katsuki recibió en ruso. 
Estoy arriesgando mi puesto tras esto, pero estoy espantada. Pensé que las denuncias que dijo Katsuki en la rueda de prensa eran una farsa para desprestigiarnos, pero vi esto y encontré que es verdad.”
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Yuri Gólubev: Estamos jodidos. Eso es lo que significa, estamos jodidos. Y ya vimos de qué lado está el antiguo entrenador de Víctor Nikiforov.

Alexander Kuznetsov: ¿Y si eran amenazas de muerte? Es decir, pueden decirle que no les gusta su patinaje, o que deje a Víctor, o alguna cosa parecida. Pero… ¿amenazas de muerte?
—Anastacia Semiónova: Son amenazas de muerte. Las estuve leyendo, hay algunas donde se ven recortes de cabeza de cerdo, fotos de él degollado y cosas similares. Es aterrador. Esto es serio.
Alexander Kuznetsov: ¿Y dijeron que no tenían pruebas?
Yuri Gólubev: La policía no puede actuar con solo la “posibilidad” de un “delito”.  Son solo cartas, si no hay denuncia de que hubo un ataque frontal, no ha pasado nada.
—Anastacia Semiónova: Gracias a gente como tú hay tantos niveles de femicidio. Una amenaza jamás se debe tomar a la ligera.

Pyotr Vinográdov: Incluso sin haber un antecedente tan trágico como este (que, sin duda alguna, nos pone contra las cuerdas), el solo hecho de que haya sido amenazada su integridad en pleno evento en vivo, ya nos deja muy mal parados. No sé de dónde salieron todos estos locos fanáticos que se hacen llamar fanáticos del patinaje a provocar este desastre.
Alexander Kuznetsov: Estoy totalmente de acuerdo contigo. Cuando vi el programa con mis hijos, quedé espantado con lo que ocurrió. Deben ser una nueva ola de fanáticos, nosotros que lo seguimos desde el inicio, jamás caeríamos en algo así. La vida personal de los patinadores no es lo que me interesa, sino el talento que muestran en la pista.
—Natasha Ivanova: Dios, par de hipócritas. Ustedes también se metieron en el hashtag de #NoMeGustaElCerdo, diciendo que Katsuki era un imitador y que realmente no mereció a Víctor. ¿Ahora se lavan las manos ya que las cosas estuvieron rudas?
Pyotr Vinográdov: Y no me gusta Yuuri Katsuki, mas no significa que iba a aprobar semejante estupidez. Es cierto, sí, publiqué con el hashtag, ¡pero eso no me hace parte de este boicot!
Alexander Kuznetsov: Yo no me siento señalado, Natasha. No intervine ni aprobé esto.
—Natasha Ivanova: Al hacer el hashtag y estar apoyándolos, alimentando su odio infundado, son tan cómplices como los que fueron a la copa Rostelecom. Varios de nosotros estuvimos llamando a que bajaran los humos cada vez que publicaban como habían hecho trending topic con el hashtag y miren, ¡teníamos razón!
Anastacia Semiónova: Natasha tiene razón. Yo sí vi que, entre Natasha, Georgi, Iván y Leandro, estaban pidiendo al grupo que dejaran de meterse con lo del hashtag y miren el resultado. Yo me había mantenido al margen, ahora me arrepiento de eso.
Iván Semiónov: Esto es como decir: Oh, no, yo no fui quien liberó a los perros asesinos; después de haberlos alimentado por semanas con carne humana. ¿Cuándo íbamos a tomarnos en serio esto? Ya, ahora. Katsuki estuvo en un peligro real. Pudo haber recibido un golpe de ese fanático enfurecido, o pudo haber fallecido víctima del ataque de pánico. El que no haya ocurrido, no quita que pudo haber pasado.  
—Natasha Ivanova: Hemos tenido que banear a muchos que estaban solo enviando mensajes de odio al grupo. ¡Ha sido una semana terrible para nosotros los administradores!
—Georgi Alekséyev: Realmente baneamos a más de 20 personas. 
Anastacia Semiónova: ¿Tenían los datos de las personas que estaban llamando al hashtag cierto? ¿Por qué no denunciaron?
—Yuri Diatlov: Vaya. Hace 3 horas Anastacia hizo una pregunta. El silencio otorga, ¿cierto…? 

Después de la rueda de prensa, la cuenta de Yakov salió con una fotografía de las copias de la última denuncia hecha por ellos a las autoridades. El título rezaba: “Debí haber puesto mayor presión, pero Yuuri Katsuki me pidió que no lo hiciera. Si hoy le hubiera pasado algo, jamás me lo habría perdonado.”

La fotografía fue compartida y se hicieron artículos al respecto durante la madrugada. Sin embargo, la JSF recibió del mismo Yakov Felstman un correo, disculpándose como su último entrenador por no haberlos informado de lo ocurrido mientras Yuuri estuvo bajo su cuidado. Explicó que fueron esas las instrucciones de Yuuri, quien prefirió mantener todo en silencio para evitar que aquella situación afectase el ya de por sí delicado estado de su pareja, Víctor Nikiforov, y él cedió a ese pedido por el bien de ambos. Expresó su profundo arrepentimiento y se puso a disposición, para que su testimonio pudiera ser de ayuda en caso de que la JSF quisiera hacer un movimiento legal. Expresó también que, si ellos lo veían necesario, autorizaba la difusión de dicha comunicación.  

Izumi Mori no pensaba desaprovechar semejante oportunidad, y actuó en consecuencia. En compañía de Mari Katsuki, fue con los abogados representantes de la JSF y testigos de la ISU y la FFKK hasta la principal jefatura de Moscú, donde levantó la demanda oficial por lo ocurrido en el día anterior, con lo que darían peso a la investigación adelantada. Las copias de las demandas anteriores fueron además adjuntadas para elevar cargos a los oficiales que hubieron demeritado la amenaza. Mari pudo ver de reojo la figura de Dmitri Bukin, quien no había perdido la palidez que tenía desde que el hecho ocurrió. Izumi le había dicho que era el representante de la FFKK y el principal interesado de que las cosas salieran acordes a sus condiciones para garantizar que Rusia no tuviera problemas mayores.

A pesar de que la programación estaba para que la categoría masculina fuera disputada en horas de la mañana, fue modificada por la ISU para cubrir con el pedido de Japón, el cual era que para el momento de la competición el terapeuta personal de Yuuri Katsuki se encontrara en Moscú. El avión ya estaba en camino, en un vuelo directo no comercial que fue auspiciado por uno de los principales accionistas de la JSF, para asegurar así que llegara lo más rápido posible. Se pensó en la posibilidad de negar la participación de Katsuki y que Minako Okukawa tomara su lugar, pero aquello crearía aún más controversia, algo que Rusia buscaba minimizar a toda costa.

Minako estaba preocupada, y eso se notaba en su expresión cuando vio a Yuuri salir del baño con el traje puesto. Su rostro se veía aún afectado por todo lo sucedido, pero la mujer era lo suficiente perspicaz como para saber que debió tratarse de más. La respuesta la tuvo cuando vio que la última llamada recibida por Yuuri había sido de Víctor Nikiforov, al haberlo levantado.

La mujer sonrió cuando su alumno apareció con el traje negro, y una camisa blanca. Se levantó para acomodar la corbata, mientras veía los ojos de Yuuri rehuyendo del contacto visual. Con paciencia, Minako levantó las manos para tomar el rostro de Yuuri y obligarlo a hacerlo.

—¿Cómo te sientes?

—Nervioso —respondió con honestidad y Minako asintió—. ¿Minami ya está listo?

—Sí, ya bajó con Hikari y Leo a desayunar. Se ve bien, el efecto de la pastilla ya pasó para él. —Yuuri afirmó ante eso—. En ti aún no, ¿verdad? 

—Todavía siento algo de pesadez.

—Bien, esperemos un par de horas más antes de que tomes la otra pastilla.

Minako se separó y tomó su abrigo para también salir. Cuando la puerta fue cerrada se giró hacia Yuuri para extenderle su teléfono. Lo vio tomar el móvil y revisarlo, hasta detenerse en una pantalla que lo dejó bastante pensativo. Para Minako no resultó difícil imaginar porqué.

—¿Qué ocurre? —decidió preguntar, para ver si su alumno sería capaz de decirlo.

—Es Víctor. Me dejó un mensaje diciendo que hoy hablaríamos.

—¡Oh vaya! —Yuuri se sonrojó al escucharla y subió la mirada—. Eso es bueno, ¿no? No hemos hablado de cómo te fue. Pero si se están hablando, está bien.

—No habíamos hablado desde que me fui. La verdad, no fue tan bien que digamos… —Minako lo miró bastante interesada por escuchar por qué—. Quiero decir, lo que sucedió es que discutimos muchas veces. Solo antes de irme pudimos tener una buena conversación, pero no estoy seguro de si será correcto seguir hablándonos después de eso.

—¿Qué sentiste? —se atrevió a interrogar. Yuuri tragó grueso y soltó el aire, desviando la mirada hacia la pared.

—Demasiadas cosas confusas…  Quisiera no hablar de eso ahora.

—Está bien, tendremos mucho tiempo para hablar eso de regreso, porque no creas que te salvas de mí, Katsuki Yuuri —Yuuri sonrió y asintió ante ella, mirándola con profundo respeto—. Me alegra que te llamara.  

—¿Cómo supo que me llamó? —arrugó el entrecejo y Minako se limitó a sonreír.

—Recogí tu teléfono cuando te fui a despertar, vi que estaba el anuncio de las llamadas perdidas y la suya.  

Yuuri no quiso hablar más del tema, así que se apresuró para bajar a desayunar en compañía de su maestra. Se encontró en el comedor con J.J. y Phichit, quienes de inmediato fueron a asegurarse de que se encontrara bien. Compartieron algunas impresiones y Yuuri buscó con la mirada a su hermana, a quien no vio. Cuando supo en dónde estaba y con quien, palideció al pensar en las terribles posibilidades. Sus labios temblaron, aunque tuvo que admitir que no había manera de evitar ese movimiento de la federación.

Prefirió no pensar en ello mientras recuperaba el aliento y trataba de pensar en escenarios más positivos. Minami se acercó en ese instante y al verlo, le tomó la mano, apretándosela para darle seguridad.

El camino hacia el Megasport fue rápido, pese a las capas de nieve que debió haber dejado la nevada en Rusia. El equipo de limpieza se había encargado de despejar la carretera que los dirigía al enorme complejo deportivo, por lo cual llegaron sin mayor inconveniente. Un gran cinturón de seguridad de policías se encontraba apostado en los alrededores del lugar, pero así mismo, también estaba la gran cantidad de fans rusos. Había muchos que hacían huelgas para que se les permitiese entrar ya que habían comprado las entradas, otros iban para apoyarlos y muchos más para apoyar a la federación rusa acusando a los otros fans extranjeros de haber provocado la violencia.

Yuuri tomó aire cuando tocó salir, tomado de mano con Minami Kenjirou. La gente estaba lejos, pero al verlos, inmediatamente comenzaron a alterarse. Los pasos de Yuuri fueron rápidos, se notaba su necesidad de escapar de ellos cuanto antes, mientras en algunos gritos era capaz de escuchar variadas cosas, tales como: “No fuimos nosotros”, “Tienes que vernos”, “Rusia te hizo grande”. Prefirió no escuchar más.

—¿Por qué se están demorando tanto en iniciar la categoría femenina? —Indagó Minami, ya impacientándose. Yuuri golpeaba la suela de su zapato contra el piso, visiblemente preocupado.

—Parece que están haciendo unas negociaciones. Los fanáticos rusos que compraron entradas están exigiendo entrar. Argumentan que ya se hicieron las detenciones, y ellos no estaban involucrados en el evento. De hecho, han venido con una petición formal —Leo de la Iglesia se había acercado para hablar lo que venía escuchando de los pasillos. Yuuri soltó el aire con rastros de ansiedad.

—¡Espero que no dejen entrar a ninguno de esos malditos! —La aversión de Minami era más que justificada—. No saben disfrutar del patinaje.

—De todos modos, también es cierto que no se puede castigar a toda la fanaticada por el movimiento de unos, y ellos pagaron. No quieren recibir la devolución del dinero, quieren entrar.

Y ciertamente, tuvieron que ceder. Cuando Yuuri supo que la ISU decidió ser flexible con los fanáticos rusos, aunque debieran pasar por un estricto control de seguridad para entrar, sus pálpitos comenzaron a acelerarse sin remedio. Más cuando al asomarse, vio que las gradas se llenaban de banderas rusas, como una asfixiante presencia donde la fanaticada estaba dispuesta a demostrar lo contrario a lo demostrado en el día anterior. Phichit se acercó a él, preocupado. La piel de Yuuri había tomado una palidez fantasmal. Cuando lo tomó del brazo y lo empujó para volver al pasillo, supo que nada podría detener el miedo que Yuuri sentía mientras parecía repetirse el evento una vez más.

La llegada a Moscú se vio retrasada por las increíbles capas de nieve que se encontraron en el camino, y que provocó que, en distintos tramos, el tren se viera obligado a bajar la velocidad.  Pero llegaron, y muy cansados tras el largo viaje, Víctor y Yuri buscaron con rapidez un taxi que los llevara a su departamento en la capital.

Aquello también significó demora. Las calles estaban cubiertas por nieve de casi medio metro de altura, y mientras hacían la limpieza, eran pocas las avenidas que habían logrado habilitarse. Eso significaba un mayor tráfico a pesar de los pocos autos que estaban fuera. Víctor, denotando el cansancio que ya aquejaba a su rostro, buscó en su móvil la conexión al canal oficial, para estar enterado de las noticias del evento deportivo que, según los periodistas, esperaban la confirmación de la ISU para iniciar.

Mirando la calle, era posible observar algunos árboles caídos y gente en el exterior paleando fuera de sus negocios. Había sido una nevada como nunca, y que hubiera ocurrido en el mes de noviembre era una singularidad propia de los extremos cambios de clima que han sufrido en los últimos años. Víctor solo quería llegar, solo eso. Necesitaba darse un baño y prepararse para llegar al Megasport, y para ello necesitaba hacerlo lo más pronto posible.

Al llegar a su departamento, se escuchó la noticia del inicio del evento con la categoría femenina, y la decisión de la ISU de permitir la entrada de los fanáticos rusos. Solo bastó con mirar la expresión atribulada de Yuri para entender que manejaban la misma preocupación.

—Apresúrate —le instó, con un tono parco. Al entrar fue Yuri el primero que se apuró a ocupar la ducha. Víctor cerró la puerta con cierta pesadez.

Su rodilla dolía. Por más que intentara ignorar ese hecho sobreponiéndose al intenso dolor, que volvía como un latido expansivo, no podía evitar que se le notara por el modo en que caminaba. Víctor tuvo que mirar de nuevo hacia el cesto donde se veían un par de bastones esperando por él. Aunque sabía que los dolores solían ser psicosomáticos, estaba seguro de que esta vez era algo más que simplemente una respuesta de su cuerpo al estrés emocional. Quizás el frío, el sobreesfuerzo, incluso el mal dormir, hubieran colaborado para que ahora el solo flexionarla se convirtiera en una verdadera tortura.

Soltó el aire en un siseo cuando se inclinó ligeramente para alcanzar el bastón de madera, y al tenerlo en mano, lo usó para apoyar su peso mientras avanzaba a la habitación. Escogió dos trajes, el que él usaría, y uno para Yuri, quien ya no debiera tener problema alguno para entrar en su talla. Luego se sentó en el borde de la cama y miró el teléfono. Un par de llamadas perdidas habían entrado, seguramente por los problemas de comunicación debido a la caída de varios cableados de telefonía y electricidad. Suspiró con desgano.

—Yakov —hizo la primera llamada y su exentrenador respondió casi de inmediato, preguntándole dónde estaba—. Ya estoy en Moscú, llegamos hace poco. Estoy en mi departamento preparándonos para ir al estadio —le interrogó sobre el clima—. Todavía está nevando y se siente viento. Ya debiste ver las noticias, las calles están intransitable —Yakov decidió no seguir preguntando por lo que podría saber a través del televisor o el internet. Entonces le explicó lo que había hecho, dejando a Víctor pasmado.

Tras haber visto la rueda de prensa que Yuuri llamó de emergencia en la noche pasada, Yakov buscó entre sus documentos oficiales las copias de las denuncias que habían hecho, para respaldar así el testimonio del joven entrenador japonés. Envió el correo a la federación japonesa, y en ese momento acababa de salir Georgi, con los documentos y las fotos tomadas a la evidencia que habían dejado, para que al llegar a Moscú se lo entregase a los miembros de la JSF. Él y Mila iban para tomar un avión que los llevara a la capital, esperando que ya los vuelos se estuvieran reintegrando, aunque hubiera una larga lista de espera.

—No me dijiste nada, Yakov… —apretó la voz y escuchó el suspiro enajenado del anciano—. No me dijiste nada de esto. Ni del ataque, de las amenazas…

—No estabas preparado para escucharlo, Vitya —Víctor renegó, aún desbordado por la frustración—. Tú mismo estuviste buscando y te detuviste. No podías saber más, no estabas preparado.

—No me siento preparado ahora.

—Lo estás… ya estás en Moscú.        

Ciertamente, él había estado investigando algunas cosas tras aquella conversación con Yuri, cuando decidieron volver a intentarlo. Aun así, no había podido llegar más allá porque llegaba a enojarse. Él mismo se había puesto una venda, él mismo temía a seguir ahondando en lo que pasó mientras estuvo encerrado. Pero no, la vida no se había detenido y Víctor Nikiforov lo veía de la peor forma posible.

Se levantó, ansioso, y arrastró su pierna hasta poder acercarse a la puerta de baño y golpear con sus nudillos, como una forma de acelerar los movimientos de Yuri. Necesitaban darse prisa.

—¿Qué harás, Vitya? —preguntó el anciano, con un tono apacible e interesado. Víctor había tenido mucho tiempo en el tren para pensarlo. 

Lo primero, era aparecerse en el Megasport. Tras el baño de Yuri, Víctor se hizo espacio para darse el suyo e intentó no pensar en lo mucho que le dolía mover la rodilla y en cómo el dolor buscaba ramificarse al resto de su pierna. Se lavó lo más pronto que pudo, y salió desnudo, mientras Yuri aún se preocupaba por revisar que todo estuviera en orden con el traje azul que Víctor le había prestado. De reojo, solo notó que ciertamente Yuri ya encajaba en su talla, aunque luciendo con su desenfadada forma de vestir, el joven decidió dejar la camisa por fuera.

Sin dedicarle más tiempo a ello, se vistió, usando él un traje en tono gris oscuro y una camisa negra. Se peinó el cabello hacía atrás y verificó que todo estuviera en orden. Era inevitable que se notara el cansancio acumulado bajo sus ojos, pero eso no le preocupaba en lo más mínimo. Se levantó y caminó con dificultad hasta el closet, para sacar un estuche oscuro y largo que llamó la atención de Yuri. Víctor no explicó qué contenía, pero decidió que ya estaba listo para salir.

Un taxi los fue a buscar hasta la entrada del edificio y se dirigió directo al Megasport. Yuri miraba la ventana con profundo nerviosismo, mientras Víctor se dedicaba a esperar con los ojos cerrados, como si meditara. Por el tráfico, se encontraron con una fila de autos en espera, que los obligó a detenerse, pero ya desde allí se podía ver una multitud fuera del estadio, con sombrillas oscuras, enfrentándose a la suave nevada.

—¿Qué haremos cuando lleguemos? —quiso saber Yuri, ya enfrentándose a los indicios de ansiedad.

—Lo primero que debemos hacer es buscar a Yuuri, necesito que nos vea —Yuri asintió en respuesta. Eso era prioridad—. Luego, usaremos esto.

Yuri volvió a ver el enorme estuche sin comprender porque tal elemento sería tan significativo, hasta que Víctor le reveló lo que guardaba dentro. Todo tuvo sentido.

El taxi aparcó frente al complejo, y tras pagar, ambos bajaron para enfrentarse a la multitud. Aún el círculo de seguridad los mantenía a distancia de la entrada, pero solo bastó que Víctor apareciera en escena, para que las decenas de fans se volvieran eufóricos y comenzaran a clamar su nombre.

A pesar del sonido del viento meciéndose y la nieve que caía, el nombre de Víctor fue coreado con júbilo. Yuri apenas miró de reojo la situación, cubriéndose con la capucha del abrigo pesado que Víctor le había prestado para la ocasión, pero el aclamado siquiera les dedicó una minúscula mirada. Víctor caminó con la pesadez de sus rasgos y la dureza de su perfil encabezando su postura, el bastón era arrastrado mientras se movía y un grueso abrigo gris lo cubría de la nevada. Los periodistas se enfilaron, los flashes cayeron pronto sobre ellos, mientras escuchaban sus nombres y el clamor por Víctor se volvió aún más fuerte.

Pero no, no los miró.

—¡Sr. Nikiforov! —Lo abordó un periodista, entusiasmado, cuando Víctor llegó al borde de la puerta en compañía de Yuri—. ¡Qué sorpresa tenerlos aquí! ¿Qué puede decirles a los fanáticos que con tanto empeño le aclaman?

Yuri soltó un chasquido, irritado. Aunque hubieran coreado por él no les hubiera dirigido la mirada; sin embargo, la certeza de que eran más a Víctor que a él a quienes llamaban, significaba que no habían sido sus fans las autoras de semejante desastre. Víctor no cambió su pétrea expresión cuando el micrófono se extendió hacia él.

—Ellos no son mis fanáticos.

Sin más que decir, Víctor adelantó su paso y Yuri le siguió, ayudándole a abrir la puerta de vidrio. Los periodistas dentro de la recepción se apresuraron a acercarse para encontrar una primicia, pero Víctor los ignoró con una frialdad muy atípica a su usual carisma y atención a los medios. Yuri observó, en silencio, siguiéndole el paso mientras comprendía que Víctor había sido muy claro al decir que no iba a detenerse. Buscar a Yuuri era la prioridad y él no podía estar más de acuerdo con ello.

Al llegar a la zona de seguridad, no fue sorpresivo que no le permitiera entrar al no estar invitado ni pertenecer al equipo técnico de los que estaban participando. Víctor comenzó a hablar con el personal de vigilancia y exigió que le dieran acceso, evento que fue tomado por las cámaras de los periodistas. Entonces, Víctor pidió que llamaran a Dmitri Bukin. Yuri recogió el aire, empezando a sentir el inevitable mareo tras la subida de sus pálpitos. Víctor no necesitaba decir nada, ignoraba las preguntas que los periodistas buscaban lanzarle y mostraba a través de su rostro la profunda aversión que les tenía.

—Si tanto les gusta tomarle foto a mi rostro para adivinar mi estado de ánimo, les daré de qué hablar —recordó que eso fue lo que le dijo en el taxi, cuando recibió de su mano el largo estuche.

Nadie que lo viera pensaría en algo diferente: su rostro era el vivo retrato del enojo ruso.

Entre tanto, dentro de los pasillos oficiales, Minami veía con las manos empezando a temblarle que Yuuri de nuevo había apagado el televisor donde estaban transmitiendo la repetición del programa libre de Deborah Lam, quien había demostrado con sobrada diferencia su superioridad a las patinadoras rusas que estaban en el evento. Phichit tuvo que agarrarlo del brazo cuando notó los síntomas de ansiedad haciendo eco, ya no podía ignorarlo, mucho menos ahora que estaban a nada de anunciarse los resultados de la categoría femenina y comenzaría ahora sí a prepararse todo para la categoría masculina, donde Minami tendría que patinar en el primer grupo. 

—Minami, ¿tienes el medicamento? —El estudiante se levantó y buscó entre los bolsillos de su chamarra. Se lo extendió a Phichit al encontrarlo—. Vas a tomar el medicamento y no aceptaré un no por respuesta.

—E-estoy bien… —O eso quiso fingir, pero en cuanto los aplausos arreciaron, con tal fuerza que parecía una lluvia de granizo, Yuuri se encogió tal cual lo hizo en la Copa China, hacía tantos años atrás, aunque fuera un momento que Phichit recordaba bien.

—No, no lo estás —Phichit le extendió la pastilla y a pesar de que Yuuri le miró con esos ojos llenos de angustia—. Tómala, en serio, nos tienes preocupados.

A Yuuri solo le bastó recorrer con la mirada el espacio a su alrededor para verlo. Phichit y Minami le miraban con atención, visiblemente inquietos por sus síntomas. Más atrás, J.J. lo miraba mientras se apoyaba pegado a la pared, en compañía de su padre. Parecía listo para intervenir de ser necesario. También era capaz de ver al otro equipo de Japón, donde Hikari lo observaba como si esperara algo. Todo aquello sirvió como impulso para tomar la pastilla que se había negado a ingerir por los mismos nervios.

La tragó y Phichit le sacudió el hombro, antes de dirigirse a donde estaba Seung-Gil, quien estaba sentado en una de las bancas con los brazos cruzados y los audífonos puestos, ajeno a todo. Yuuri soltó el aire para recuperar el ritmo de la respiración, mientras sentía ahora la mirada efusiva de Minami sobre él.

—Confía en mí —pidió Minami, buscando la mano de Yuuri para tomarla a pesar de sentirla sudar—. Lo haré bien, voy a llegar al GPF.

—Eso lo sé —Yuuri cerró los ojos para tomar aire—. Eso lo sé, Minami. Solo tengo miedo de lo que hagan… no quiero que te lastimen, que te hagan sentir…

—¿Ellos? —la forma despectiva con la que sonó su voz provocó que Yuuri le devolviera la atención. Abrió sus ojos, para mirarlo, conforme el apretón de la mano de Minami en la suya le decía mil cosas más que sus palabras—. Yo tengo muy claro para quién estoy patinando. No me importa lo que ellos hagan, si quieren seguir mi ritmo, o si prefieren ignorarme. Yo sé para quién voy a patinar hoy, para quien lo he hecho. Solo necesito que no me quites los ojos de encima.

Yuuri asintió y respondió con la presión de sus dedos, robándole una ligera sonrisa a su alumno. Necesitaba pensar de ese modo, necesitaban enfocarse. En medio de la nevada rusa, y con ese espantoso frío, eran ellos dos los que debían encender el fuego de sus corazones. Para eso estaban allí, para eso habían vencido mil obstáculos en el pasado. Ese era su momento.

Con ese pensamiento, fue más fácil para Yuuri el respirar. Como si la presión invisible hubiera abandonado su pecho, le permitía tomar más control sobre sí mismo y calmarse. Minami le vio mucho más relajado, y no pudo evitar el regalarle un apretado abrazo de respuesta. A pesar de tener los patines, todavía quedaba un par de centímetros por debajo de Yuuri quien siempre fue más alto que el promedio de su país.                   

—¡Ey! —escucharon la voz de Leo y se separaron—. Parece que hay un alboroto allá afuera.

—¡Leo! —Ese fue el reclamo de Phichit, quien se reintegró al ver como los hombros de Yuuri volvieron a caer. El americano lo miró por un momento y soltó un suspiro.

—Pensé que necesitaban saberlo. Es decir, no sé qué pasa, solo sé que se alborotó la gente afuera. Lo vi desde el ventanal.

—No creo que nos interese eso —arremetió Phichit, cruzándose de brazo al ponerse al lado de Yuuri. Minami solo le apretó el hombro para ayudarlo a calmarse—. Además, es afuera, no es como…

No pudieron acabar cuando el grito lleno de emoción de una mujer los interrumpió. Todos voltearon hacia el pasillo, donde vieron entre las personas que entraban, la figura de Víctor Nikiforov cojeando con el bastón en mano, acelerando el paso cuando notó que por fin había dado con Yuuri. Detrás de él, Plisetsky intentaba seguirle el ritmo mientras cargaba un estuche negro tras su espalda. Parecía decidido a detener a Víctor de esa imprudente carrera.

Porque, ante los ojos de Yuri, la pierna debía estarle doliendo y Víctor no estaba prestando atención a ese detalle, solo lo veía cojear con mayor efusividad. Intentó tomarle del brazo, pero fue imposible cuando divisó a Yuuri, y supo que no habría manera de detenerlo.

—¡Yuuri! —gritó Víctor, al verlo a la distancia. El japonés lo miró pálido desde allá.         

—¡Víctor! ¡Tu rodilla! —reclamó Yuri, preocupado. No había necesidad de seguir corriendo si ya habían encontrado a Yuuri, Víctor debería pensarlo de esa manera.

Repentinamente, Víctor se detuvo. Yuri pensó que por fin había escuchado su voz y había decidido hacer caso a la advertencia de su pierna. Sin embargo, cuando vio que Víctor dejó caer el bastón al suelo y abrió los brazos, fue solo cuestión de segundos para estar en primera fila en el momento donde Yuuri prácticamente saltó sobre él.

Contuvo el aliento. Desde aquella corta distancia vio la manera en que los brazos de Yuuri se habían aferrado al cuello de Víctor, apretándose con tanta necesidad que incluso temblaba. Víctor no tardó en responder con un abrazo igual, rodeando el cuerpo de Yuuri y encerrándolo aprisionado entre sus brazos. Temblaron… las respiraciones afectadas de ambos rugían con fuerza mientras se oprimían con vigor. El rostro de Yuuri se había apoyado por completo contra su hombro y cuello, era imposible ver más que su cabello negro. Por su parte, Víctor también había ocultado su rostro en el espacio disponible, apretando aún más ese momento de intimidad.  

Entonces, Yuri lo supo y entendió que esas antiguas palabras que Yakov le hubo dicho tres años atrás, todavía estaban en vigencia. No, Yuuri no lo necesitaba a él, siempre fue a Víctor. Siempre fue a Víctor a quien estuvo esperando en todos esos eventos, en todas esas competiciones.

Ese abrazo, era el abrazo atorado por el tiempo y la distancia. El abrazo que no llegó, el entendimiento que no nació y ahora se abría paso con la fuerza de un maremoto. Ese abrazo, era lo que Yuuri había buscado cada vez que lo llamaba encerrado en el baño, ante cada presentación. Ese gesto tan íntimo y significativo entre ambos, que dejó de estar después de aquel fatídico accidente.

Era la pregunta: “¿Dónde estás, Víctor?”

Y su ansiada respuesta a ella: “Estoy aquí”

Fue tan claro aquella verdad, tan abrasiva, que los ojos de Víctor se llenaron de lágrimas cuando Yuuri comenzó a apartarse, tembloroso e incómodo. Lo apretó un poco más y se negó a soltarlo, porque sentía que ese era muy poco tiempo para cubrir todos aquellos años de carencia. Porque quería retribuírselo todo, cada abrazo que no vino, cada palabra no dicha. En el borde de la oreja de Yuuri, Víctor susurró cien “perdóname”, y mil “lo siento”, seguidos de millones de “estoy aquí”. Necesitaba decírselo, confirmarlo, comprobarlo. Le brotaban sin represión alguna, con la esperanza de que aún estuviera a tiempo para llegar.

Pero Yuuri, ya más calmado, volvió a buscar distancia mientras bajaba los brazos y la mirada. Víctor tuvo que dejarlo ir sintiendo los brazos acuchillados por la ausencia. Cuando Yuuri volvió a levantar sus ojos rasgados, Víctor pudo ver que al menos algo sí había llegado a él; porque la humedad brillante que estaba sobre sus irises marrones y se acumulaban en los bordes de los lagrimales, significaba que así había sido. Que no había sido en vano ir. Buscó con prisas un pañuelo; sin embargo, Yuuri sacó primero el suyo y con él se limpió la cara ya enrojecida. Supo reconocer ese objeto al instante.

Apartó sus brazos por completo y le miró con vergüenza a sabiendas que mucho de lo que Yuuri había tenido que pasar había sido culpa de él. La mirada de Yuuri pareció decirle que ya no importaba, pero buscó con sus ojos a Yuri, quien aún estaba cerca, y se acercó para también procurar un abrazo con él. Yuri no tardó en envolverlo en sus brazos con fuerza y transmitirle así toda la preocupación que había estado acumulando desde lo que pasó. Yuuri lo entendió… pudo leerlo en la presión que apretó sus huesos. Se sintió lleno de felicidad por tener la fortuna de que ellos aún estuvieran allí.

Víctor miró, mas no quiso hacer nada. Aprovechó el pañuelo que había sacado para limpiar su rostro y tomó mucho aire cuando miró a su alrededor. La mayoría de los patinadores de la categoría masculina estaban allí, junto a su equipo técnico y todos lo miraban. Incluso Alexis desde la distancia, acompañado de su entrenadora. Luego, buscó a Minami, a quien encontró a varios metros lejos de él, en la distancia que Yuuri había recorrido corriendo para llegar a sus brazos. La mirada del joven ardía, había un millón de insultos mudos siendo transmitidos a través de esos encendidos ojos de caramelo.

Comenzó a avanzar a su encuentro. Minami apretó la garganta cuando vio a la leyenda rusa del patinaje cojeando, casi arrastrando su pierna derecha y manteniendo en lo posible su entereza, mientras caminaba hacia él. Para nadie pasó desapercibido el estado en que tenía su rodilla y más de uno fue incapaz de mirar más. Pese a eso, Minami no se movió. Lo esperó firmemente de pie en el mismo lugar donde había estado con Yuuri y no le importó que Phichit estuviera cerca. Cuando Víctor lo alcanzó, dejó caer su mano sobre el hombro de Minami y este se mantuvo en su lugar. Le enfrentó con la mirada, incandescente, decidido. Víctor pudo leer en esos ojos que estaba dispuesto a todo para dejar el nombre de Yuuri en alto, incluso frente a él.

—Minami, muéstrales a todos el fénix que tú mejor conoces.

—No tiene que decirlo. Voy a incendiar a Rusia —aseguró con una seguridad aplastante, mientras le retiraba la mano de su hombro con brusquedad. Víctor apretó las palabras y aceptó aquello.     

Las bocinas anunciaron el momento para que se preparara el primer grupo de la categoría masculina. Yuuri, quien ya se había separado de Yuri Plisetsky, miró a su alumno al saber que ya estaban por ser llamados, pero fue sorprendido por la llegada de un Izumi apresurado viniendo a su encuentro por el pasillo. Venía acompañado con Hirogu Nakajima, su terapeuta, quien visiblemente parecía haber bajado apenas del avión. Víctor los miró con curiosidad, observando la dinámica entre ese hombre y Yuuri, a quien le mostraba infinito respeto.

Yuri se acercó a él con el bastón en sus manos y lo golpeó con la punta de él a un costado. Víctor le miró sorprendido con el arrebato.

 —¿Quieres dejar una pierna en Moscú? ¡Recuerda que aún me debes entrenar!

—Lo sé.

A su lado, el representante ruso de esa competencia pasó acompañado y Víctor fue capaz de notar la profunda aversión de la entrenadora hacia él. Eso buscaba, no pensaba contenerse pensando en lo que la gente esperaría de él. Quería formar tal escándalo que a nadie le quedara duda de hacia dónde se dirigían aún sus sentimientos, así que poco le importó el desprecio de la entrenadora. Sin embargo, Alexis si se vio cohibido con el ambiente, y bajó la mirada cuando se encontró con los ojos de Víctor.

—Alexis —llamó Víctor, y el patinador se detuvo. La mujer de inmediato comenzó a reclamarle a Víctor que ya no tenían tiempo que perder, pero este la ignoró. Cojeando, fue hacia el muchacho únicamente para ponerle su mano al hombro y hacerle saber su pensar—: Da lo mejor de ti ahora. No podré apoyarte allá arriba, pero estoy seguro de que lo harás bien.

El rostro del muchacho se transformó al escucharlo, Yuri fue capaz de verlo. Aún con el malestar explícito de la tutora, Alexis no pudo contener la profunda felicidad que le embargó, y lleno de un espíritu patriótico, hinchó su pecho y asintió con orgullo ante su ídolo. Así, sin más, avanzó por el pasillo hacia la pista.

Todo lo que hizo Yuuri para despedirse de ellos cuando le tocó tomar su lugar como entrenador, fue enviarles una mirada comunicativa. Yuri vio como ahora tomaba la mano de Minami, apretándole, al tiempo que empezaban a avanzar hacia la salida. Era inevitable seguir sintiendo esos dolorosos golpes en el estómago cuando lo veía con Minami o comprendía que su amor seguía siendo para con Víctor, pero Yuuri había sabido hacerle ver que también lo quería allí. Cuando lo abrazó y le dijo: “Gracias por estar”, “gracias por venir”, “gracias por estar aquí, Yura”; Yuuri justamente se lo había demostrado. Que había un espacio para él, un espacio exclusivo para él; Yuri no pensaba perder ahora ese espacio.

Víctor lo invitó entonces a subir, abandonando los pasillos oficiales. Aun cojeando con ayuda del bastón, avanzó las escaleras, aunque necesitó tiempo para subirlas por el dolor que, con el correr del tiempo, empezaba a hacerse cada vez más real. Definitivamente ya eso no era psicológico, algo había pasado que se había lastimado y su cuerpo se lo advertía. No tenía tiempo de pensarlo ahora.

En los últimos tramos, ya necesitó la ayuda de Yuri para subir, sujetándose del brazo mientras contenía con fuerza la respiración. Pero apenas llegó a salir del túnel, algunos fans rusos que habían logrado entrar lo notaron y comenzaron a aplaudir, a pesar de estar en el área de solo los competidores y miembro del cuerpo técnico.

Yuri lo ayudó a llegar hasta la baranda, mientras los aplausos comenzaron a contagiarse y el nombre de Víctor volvió a retumbar. Muy a pesar de lo que pudiera decir la prensa o los críticos de él, para los fanáticos Víctor seguía siendo la leyenda, el insuperable, el Dios del hielo capaz de sorprenderlos a todos. Las banderas rusas eran agitadas con júbilo, la gente se ponía de pie y aplaudía al verlo. Nadie se preguntó lo extraño que era verlo allí, solo estaban felices de volverlo a ver; como si lo hubieran esperado por años.

—Mientras nos estamos preparando para los minutos de calentamientos de los concursantes del primer grupo de la categoría masculina, el público aclama el nombre de Víctor Nikiforov.

—Así es. Sorpresivamente la leyenda del patinaje ha venido hasta el complejo de Megasport. ¡Esta es la primera vez en años que vemos a la estrella aparecer en un evento oficial dentro de casa!

El nombre era coreado, entre aplausos. Las barras canadienses y americanas se mantuvieron en silencio, mientras observaban cómo los rusos lo aclamaban sin pensar, celebrando su presencia. Yuri se inclinó contra el metal de la baranda, en silencio, observando como las pantallas ahora los enfocaban.

—Yuri, saquemos la bandera.

—¿Sabes qué? —dijo Yuri al tiempo que tomaba el estuche con una sonrisa taimada—. Me gusta tu estilo.

El estadio parecía retumbar, como si en cualquier momento los cimientos fueran a ser destruidos ante la fuerza con la que los fans los aclamaban. Víctor sonrió, sin mirarlos, sin enfocar sus ojos en ellos ni responder a los aplausos, tan solo enfocándose en sacar la bandera a la vista mientras que Yuri dejaba el estuche a un lado.

—El público lo aclama, aunque me sorprende que Víctor no haya volteado a saludarlos. Era algo que solía hacer.

—Quizás está molesto por lo ocurrido el día de ayer. Había publicado en su cuenta un conmovedor men… ¡Wow! ¡Miren eso! ¡Ha sacado la bandera de Japón!

—¡El público que lo llamaba ha dejado de corear su nombre! Víctor Nikiforov en compañía de su estudiante Yuri Plisetsky, han abierto una bandera japonesa como señal de apoyo al equipo japonés del entrenador Yuuri Katsuki y su estudiante Minami Kenjirou, ¡principales afectados del boicot de ayer!

—Las barras americana, japonesa y canadiense han expresado su aprobación ante este gesto. Los aplausos han llenado el silencio que los fanáticos rusos hicieron al ver este emblemático acto simbólico por parte del par ruso.

Y ciertamente, la euforia que antes aclamaba su nombre bajó en un bullicio desalentado, que pronto fue acallando los murmullos por los aplausos que los fanáticos de las otras facciones iniciaron. Víctor no esperaba los aplausos, pero sí el silencio; sin embargo, su atención estaba fija en las personas que ya estaban cerca de la pista de hielo. En Yuuri, quien los miraba sobrecogido desde abajo, completamente tomado por sorpresa. En Minami, quien al lado de Yuuri y sin soltar su mano, miraba igual de sorprendido el repentino gesto. 

—¿Qué diablos con estos imbéciles? —criticó Minami, mostrando una confusa expresión al no saber si era mayor la irritación, la vergüenza o la sorpresa lo que le dominaba.

Fue peor cuando Yuri se inclinó, sosteniendo su esquina de la bandera japonesa con su mano, para gritar un fuerte “Davai” hacia ellos. Minami tuvo el deseo asesino de arrancarle la cabeza, al llenarse de rojo ante el cúmulo de emociones dispares. Pero Yuuri rio, rio… y al verlo tan envuelto de felicidad, supo qué no cambiaría nada de ese instante.

Gamba, Minami —susurró Yuuri en medio del bullicio, mirándolo con un brillo conmovido en esos ojos—. Ve a ganar.

—Prepárate, Yuuri —Minami se retiró la chamarra japonesa, mostrando el brillante traje de Fénix. La camisa con corte japonés y exquisito detalle de pedrería y degradé, acompañado con el pantalón y los guantes rojos, lo vestía para representar su mayor elemento—. Porque te llevaré al GPF.

Tomó la chamarra que Minami le entregó en manos, y lo vio apresurarse a la salida, para entrar junto a los otros al calentamiento del primer grupo. Entre el silencio de los rusos, los “Davai” de Víctor y Yuri, el corazón retumbándole y la euforia que llenaba a los fanáticos del extranjero, Yuuri solo supo una cosa.

No, no quería abandonar el hielo. Quería seguir allí.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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