Matryoshka II (Cap 33)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 33. Copa Rostelecom: El odio nos rodea

Víctor veía desde el vidrio del aeropuerto la espesa nieve caer. Los vientos habían tomado velocidades importantes y, aunque la tormenta no alcanzaba por completo a San Petersburgo, el clima se había visto afectado por ella. Era Moscú la que estaría siendo sepultada en nieve esa noche. Todos los vuelos que se dirigían a la ciudad habían sido suspendidos, y los vuelos que estaban programados y ya estaban en el aire, habían sido reprogramados para aterrizar en otro aeropuerto cercano hasta que cediera la tormenta. Todos los avisos fueron dados.

Solo era esa noche. Al día siguiente, si todo salía bien y la tormenta cedía, los vuelos serían reactivados. Víctor no podía sentirse tranquilo ya que, para entonces, podría ser tarde. Tarde para hacerle ver a Yuuri que esta vez no estaba solo, tarde para alzar su voz y hacer algo. Tarde…

Realmente siempre fue tarde…

No pudo evitar el recordar aquella primera competencia en Rostelecom juntos, cuando no se percató de cómo Rusia solo lo llamaba a él, hasta que Yuuri se lo hizo saber al jalar su corbata y atención. Viéndolo en perspectiva, en esa ocasión estaba tan eufórico por Yuuri y lo que nacía con él, que no le dio peso a la evidencia. Incluso cuando alzó su patín para besarlo y hacerle saber a Rusia que Yuuri era en ese momento su adoración, no fue lo suficiente contundente. Y cuando la prensa rusa le preguntó sobre sus planes, se negó a hablarlo, ni siquiera a mencionar a Yuuri.

Apretó sus labios y se hundió en la frustración. Cuando decidieron hacer el Tango de Roxanne juntos fue para callar a la prensa y a la federación. La FFKK castigó a Víctor por ese año y los fanáticos culparon a Yuuri de esa situación. Víctor expresó su inconformidad, pero jamás mencionó el asunto de Yuuri. No lo creyó necesario, Yuuri mismo dijo que no hacía falta. Creyeron sería suficiente con solo volver a aparecer en la pista seduciéndose mutuamente, para poder acallar aquellas voces llenas de odio.

¿Por qué no quiso intervenir? No podía definirlo, mientras cerraba los ojos y se hundía. Se hundía…

¿Por qué no supo competir? Víctor podía recordar perfectamente su resistencia de decirle a Yuuri que quería volver. Cada vez que le preguntaban los periodistas, cada vez que Yuuri le miró en espera de esa sola respuesta; él no pudo darla. Eso sí podía responderlo en ese momento, y sonrió con burla porque justamente fue eso lo que ocurrió. No quiso decirlo, porque temió perderlo, y Yuuri había clavado la daga esa noche en Barcelona, cuando la posibilidad de perderlo se volvió real e irrefutable. Después de ello, siempre vivió con la zozobra de que algún día iba a ocurrir…

Maldita sea…

—Víctor —al escuchar la voz de Yuri, el aludido volteó y se pasó la mano por el cabello, echándolo hacia atrás. Su mandíbula trabada delataba la terrible frustración que estaba masticando. No necesitó escuchar la pregunta para adivinarla, los ojos de Plisetsky eran muy elocuentes.

—No hay vuelos. Todos están cancelados hasta nuevo aviso —Yuri chasqueó la lengua y empezó a golpear la suela contra el piso—. La nevada es peligrosa en Moscú. De hecho, me está preocupando si podrán salir del estadio.

Y Yuuri seguía sin contestar sus mensajes. Todos los que había enviado llegaron a solo salir de su móvil, más no marcaba la señal de haber sido recibidos. O era mala la comunicación, o Yuuri lo tenía apagado. Víctor sentía el sabor amargo de la incertidumbre viajando por toda su boca.

—Ey… mira —Yuri sacó su móvil, aún inquieto golpeando incesantemente el piso, y se lo extendió para que viera un video.

Víctor apretó la mandíbula al ver que se trataba de la presentación ya liberada de Minami Kenjirou, la cual, con solo ver los puntajes, supo había sido desastrosa. Fuego lo había encendido en América, lo había llenado de increíble energía cuando lo vio patinar. Ahora que lo veía de nuevo, era evidente que el fuego no pudo encenderse entre leños empapados de agua.

Lo más frustrante fue ver la parte final, cuando fuego ya había acabado, cuando solo quedaba una lluvia de humo en la pista. Los ojos de Kenjirou, su evidente indignación y rabia, estaban llenos de rojo y de agua, aunque se atrevía a contenerse. Y Yuuri no estuvo allí, no estuvo a su lado. Conociendo a Yuuri, para no estar, significaba solamente que no había podido hacerlo ni aun deseándolo con todas sus fuerzas. Víctor bufó lleno de inconformidad. No podía estarle pasando eso cuando todo lo que quería era estar en Moscú esa misma noche.

—Yuuri no me contesta el teléfono —Víctor asintió y dijo que a él tampoco. Ambos compartieron un suspiro enajenado—. ¿Qué deberíamos hacer?

Víctor volvió a sacar su móvil y revisó sus redes sociales atestadas de comentarios. La publicación que escapó de sus manos antes de acabarla había recolectado en menos de nada una cantidad insospechada de reacciones y respuestas. Había tanto los que le apoyaban, como aquellos que lo juzgaban por su declaración. Algunos incluso le hablaban en otro idioma dando su apoyo y otros exigiendo que saliera a defender a Yuuri si era cierto el amor que decía profesarle. También había podido ver algunos comentarios en japonés que no alcanzaba a entender y cuyo traductor no era tan potente como para traducirlo.

Pero Víctor estaba consciente que algo como lo que había pasado no podía resolverlo en la comodidad de una red social. No podía simplemente esconderse detrás de una pantalla, aún si llenara todos sus muros de actualizaciones al respecto. No cuando, el otro frente, era la prensa y los medios de comunicación. Necesitaba algo mucho más potente, algo que desviara la mirada de Yuuri y diera que hablar de Rusia. Definitivamente un estado o una foto en una red social no sería eso.

Debía llegar a Moscú…

De repente, la idea vino. Víctor comenzó a buscar desesperado la página del tren y encontró que aún tenía activos los viajes a Moscú, aunque demorarían un poco más en el trayecto debido al clima. Si llegaban a tiempo, probablemente conseguiría un lugar para ir. No importaba lo demás, no tenía tiempo para preocuparse por equipajes. En Moscú tenía ropa en su departamento, podría arreglárselas con ello. Ni siquiera el dolor de rodilla debía importar.

Accionó antes de pensar.

—¡Ey! —estiró el brazo para atajar a Víctor, antes de que se apartara más. Yuri no pensaba dejarlo ir a hacer solo absolutamente nada. Iría con él y también apoyaría a Yuuri—. ¿Qué piensas hacer?

—Buscaré irme en tren —Víctor empujó el brazo de Yuri, para avanzar. El patinador le siguió de cerca, a la misma velocidad de sus pasos.

—¿Cómo iremos? ¿Taxi? El tráfico está atestado. Mucha gente está esperando taxi afuera. —Víctor se detuvo de nuevo, ya desesperado. Volvió a llevarse las manos en la cabeza—. ¿Vamos en mi moto?

Desde el estadio, Víctor se había adelantado con Georgi en taxi y Yuri se había ido atrás con Mila en moto. Sorpresivamente, al tiempo que habían llegado, Louis apareció con un permiso de su madre para poder acompañarlos a Moscú porque también deseaba estar con Yuuri en ese momento. Pero Víctor ni siquiera podía recordar la última vez que estuvo en una moto. ¿Habían pasado diez años de aquello? Incluso más.

Chasqueó la lengua. No importaba.  

Se separaron en ese momento, Víctor para ir a decirle a Georgi su eventual plan y Yuri para ir a buscar su moto aparcada en el estacionamiento del aeropuerto. Con la chamarra cerrada, Yuri se puso los lentes para conducir mientras atravesaba la nevada y la gente que hacía fila esperando su turno para el taxi. Su cuerpo tenso le ayudaba a mantenerse caliente pese al frío imposible que hacía en el exterior. Sacó la moto del puesto, pagó por el tiempo que estuvo esperando, y se acercó hasta la salida donde Víctor se apresuraba. Muchos se percataron de su presencia, Víctor era demasiado llamativo para su bien. Sin embargo, el ex patinador lo menos que podía pensar era en los testigos de aquella descabellada idea.

Se ajustó su abrigo y cuando Yuri le extendió el casco, dudo un momento antes de intentar ponérselo. Se estaba ajustando la correa cuando la duda de porqué Yuri tenía la moto en el estadio le asaltó. Después de todo, habían llegado desde Regina en auto.

—La tenía en el estadio para ir a buscar a Yuuri luego en el hotel —el tema seguía siendo difícil de tratar, pero era hora de dejar las sutilezas. Víctor solo asintió y, un tanto incómodo, buscó la forma de sentarse en la parrilla y agarrarse de cualquier lado—. ¿Tu rodilla?

—Está bien —dolía, pero no importaba. Tenía que llegar a como diera lugar. Víctor intentó agarrarse de la parrilla para sostenerse, Yuri lo notó, pero prefirió no decir nada más.

—Sujétate. Voy a ir rápido y hace un frío del demonio.

Apenas la moto comenzó a correr, Víctor supo que sería imposible sujetarse con tranquilidad de la parrilla, así que cedió a ese impulso que tuvo de abrazarse al cuerpo de Yuri por completo. Allí, fue imposible no darse cuenta de lo irremediablemente grande que se había convertido Yuri Plisetsky, de lo adulto que se sentía al abrazarlo así, siendo él quien necesitara sujetarse y no quien fungía de protector.

¿Eso había sentido Yuuri cada vez que se subió en esa moto?

Con la velocidad aumentando y el rugido del motor que era amortiguado por el paso del viento, Víctor supo que no quería pensar más en eso. No quería seguir revolviendo eso del pasado que ya ambos Yuris habían decidido cerrar. Él… él no tenía derecho para eso.

Cuando Yuuri se sintió capaz de moverse por sí mismo sin los aparentes interminables mareos, decidió que era hora de hablar. Durante el tiempo que había estado allí, tras haber recibido la bofetada de Mari y estar acogido en los brazos de Minako, Yuuri se dio tiempo de reflexionar sobre todo lo que había estado ocurriendo. También de revelarle a su hermana todo lo que sucedió en el pasado.

Mari escuchó en silencio, sin detenerlo, con los puños apretándose en sus muslos. Escuchó cuando fue al psicólogo por pedido de Yakov y cuando empezó el tratamiento que, al inicio, Víctor no había avalado. También lo que ocurrió con la prensa y las redes sociales a partir de ese año, y lo mucho que había ayudado el saber que con Víctor nada era imposible y podía soportarlo todo; lo poco que le importó en ese tiempo, lo crédulo que fue al pensar que la gente terminaría cansándose de hablar. Cuando ocurrió el accidente de Víctor, él dejó de tratarse y pidió medicamentos para ello. Y, progresivamente, todo lo que acumuló desde esa caída junto al silencio de Víctor, las malas noticias, los ataques anónimos recibidos por todos lados, Yuuri lo soltó en ese mundial en medio de un fortísimo ataque de ansiedad y pánico.

Desde allí, necesitó medicarse con más frecuencia, pero nada logró resolver la situación. Los ataques se hicieron más seguidos y su necesidad de medicarse mayor. Mari apretó la mandíbula y tuvo que levantarse a esa altura del relato, porque sus ojos escocían. Dejó escapar varias lágrimas más mientras se apretaba y abrazaba a ella misma, momento en el cual Yuuri prefirió mantenerse en silencio. Minako lo animó a continuar, con caricias calmas en su cabello y el abrazo de una madre. Tenía que decirlo todo.

Le comentó los últimos meses, el cómo se refugió en las pastillas tras sentir que su relación ya estaba acabándose y que el amor de Víctor por él había acabado. No dudó en decir, en ese momento, que se había equivocado y tras hablar con Víctor comprendió que había sido el fruto de un terrible malentendido; pero Mari no iba a aceptar semejante explicación a esa altura. Yuuri continuó hasta confesar el final, cuando compró todas las pastillas que pudo y se fue a Hasetsu con ellas, tras haber abandonado el patinaje porque ya no podía continuar así. Las mismas pastillas que meses después, ella encontraría.

Fueron tensos los minutos en silencio que prosiguieron al final del relato. Yuuri pudo sentirlo con todos sus sentidos alterados ante la presión de enfrentarse a ella.

—¡No debiste quedarte callado! —Finalmente, Mari reclamó alzando la voz y golpeando el aire. Yuuri se limitó a suspirar—. ¡Debiste hablar!

—Sé que debí comentarles a ust…

—¡No! ¡Debiste hablar en la prensa! —Yuuri miró sorprendido a su hermana, ofuscada, pasándose la mano por el cabello ya despeinado a esas alturas—. Debiste explicar tus motivos. Debiste decir que te ibas por ansiedad. ¡La prensa te hubiera dejado en paz, los fanáticos habrían salido a defenderte con argumentos de esta avalancha de imbéciles!

—¡No iba a salir a hablar de mi privacidad y la de Víctor a la prensa!

—No era hablar de la privacidad, ¡era hablar de la verdad! —Yuuri miró sin entender a su hermana, quien estaba alterada por toda la situación. Minako se atrevió a participar para detenerla.

—Mari, entiendo que estés muy molesta con todo esto. ¿Pero, qué iba a hacer Yuuri comentando sobre…?

—Tu doctor de Fukuoka ya viene en camino —soltó de repente, interrumpiendo a la exbailarina. Yuuri le miró con espanto, asustado ante el repentino cambio al rumbo de la conversación. Mari había sonado terriblemente seria, con la mirada encendida y afilada—. La JSF va a pedir que en medio de una rueda de prensa diga lo que te ocurrió y porqué.

—¡NO!

Minako lo sujetó, por lo rápido que se había puesto de pie. Asustada por como Yuuri había reaccionado, esperó que las cosas bajaran de temperatura, pero Mari, decidida, estaba dispuesta a confrontarlo por fin con su mayor miedo.

—¿Por qué no? —inquirió con saña—. Tus fans, la prensa, el mundo merecen saber qué fue lo que te ocurrió allá afuera. Todos los medios lo captaron, ¡el video se repite alrededor del mundo! —Yuuri apretó la mandíbula y empezó a temblar. Minako tuvo que sujetarlo, al verlo perder color rápidamente. Él podía recrear claramente lo que el mundo había podido ver—. Será tu médico quien hable y lo explique. Eso le dará peso a la situación. El mundo sabrá que tú has sufrido desde siempre de ansiedad y que esta situación la disparó —Yuuri sintió que le faltaba el aire y comenzó a jalarlo con dificultad—. Que fue por eso por lo que fallabas en los momentos importantes de tu carrera antes de Víctor, que fue por eso por lo que…

—No quiero…  —dijo, alterándose. Sus pálpitos se habían disparado y de nuevo había empezado a sudar. Minako se alarmó, pero Mari, actuando de inmediato, la alejó de él para apretarlos de los hombros y obligarlo a mirarla.

—¿Por qué no, Yuuri? ¿Tanto te avergüenza asumirlo?

—Mari, por favor, ha sido suficiente —Minako intentó apartarla. Pero nada haría que soltara a su hermano en ese momento.

—¡No! —arremetió Mari, mirándola y gritando un alto a través de ellos—. ¡Ha sido suficiente que nosotros ocultemos y apoyemos esto! —Minako hizo distancia, con un nudo en la garganta similar al que sintió cuando los vio discutir aquella vez, en esa noche donde Hiroko lloró desolada, cuando las pastillas llegaron a la luz—. ¡Hay una razón por la que él se negó a pedir ayuda y dejó que cinco años de su carrera se fueran sin poder dar lo mejor de sí! ¡Una razón para haber dejado que todo volviera a suceder estando en este maldito país! ¡Te conozco muy bien, Katsuki Yuuri, te conozco tan bien que no vas a venir a engañarme con esas lágrimas! ¡Eres un ser demasiado orgulloso, demasiado egocéntrico, demasiado perfeccionista como para aceptarte esa debilidad!

Los sollozos de Yuuri no pararon, se hicieron más audibles mientras apretaba los labios y se negaba a hablar, con el rostro agachado observando sus propias piernas. Mari no cedía, no lo iba a hacer. Ya le quedaba muy claro lo que había pasado y no pensaba permitir que ese círculo vicioso volviera a ocurrir. Había que destruirlo a como diera lugar por el bien de Yuuri, aún si Yuuri la odiara por eso.

—Mírame, Katsuki Yuuri —exigió Mari, tomándole del rostro para levantarlo y enfrentarse a esos ojos rotos—. ¿A qué le tienes miedo? ¿A que el mundo sepa que tienes ansiedad? ¿A qué sepan que necesitas pastillas cuando te supera? ¿Por qué le tienes miedo a eso cuando sabes perfectamente que nunca te importó la opinión de la gente? ¿Qué es lo que lo hace diferente ahora?

—¡Mari, basta ya! —suplicó Minako, alterada. Los ojos de Mari se negaron a retroceder.

Hubo silencio de nuevo. Mari apretaba los pómulos de su hermano mientras lo obligaba a mantener la mirada en alto, y Minako caminaba ansiosa en el consultorio. Aquella situación parecía imposible de solventar, y estar encerrada en ese sitio la ponía más nerviosa.

Entonces, Yuuri tragó con tanta fuerza que ambas fueron capaces de escucharlo. Las lágrimas se habían calmados, pero su mentón y sus labios aún temblaban, con los ojos puestos fijos en su hermana, que no le había soltado. Ella imperaba a través de esos marrones iguales a los propios, que lo soltara una buena vez. Y estaba dejando claro que nada la sacaría de allí hasta lograrlo. Ante Mari, Yuuri inevitablemente se sentía el niño cuidado por su hermana mayor, en apariencia desinteresada pero siempre protectora.

—Yo no soy d-débil —su voz garabateó sonidos roncos en el aire y Mari no dejó de contemplarlo—. Yo no soy débil… y sabía que si decía esto… me verían como alguien débil que no soy.

—¿Por qué creías que íbamos a pensar eso…?

—¡Porque siempre fue así! —apretó los labios, después de haberlo gritado, pero Mari, mirándolo fijamente, le instó a continuar—. Ustedes… ustedes no creían completamente en mí. Solo me acompañaron, pero no creían cuando decía que iba a ganar, que llegaría lejos… Si decía que tenía miedo antes de irme a Detroit, iban a creer que iba a fracasar. ¡No podía permitirlo!

Minako contuvo el aire. Yuuri había bajado la mirada mientras apretaba su pantalón con los puños y Mari le soltaba.

—¡Cada vez que decía que llegaría a ser igual a Víctor en sus ojos veía claro que ustedes no lo creían! ¡Me enojaba! ¡Pero al verme caer entendía por qué pasaba eso y me enojaba conmigo mismo por no ser lo suficiente para lograr hacer lo que quería hacer! ¡Para demostrárselos! ¡Cada vez que perdía, mamá solo decía que la próxima lo haría mejor y papá se limitaba a decir bromas! ¡Nadie entendía que yo quería ganar! ¡Yo deseaba ganar! ¡Deseaba el oro como a nada más en el mundo!

—Ay Yuuri… —musitó Mari, con el perfil endurecido.

—¡Sé que me apoyaron! —clamó en un grito ahogado, mientras se agitaba tempestuosamente—. ¡Sé que invirtieron mucho por mi sueño! ¡Pero lo hicieron no creyendo que iba a llegar con el oro a casa! ¡Lo hicieron solo para darme la oportunidad de autoconvencerme hasta dónde podría llegar y que fuera feliz por eso! ¡Solo Víctor cuando llegó entendió mis ganas de ganar el oro y me empujó a hacerlo! ¡Solo Víctor entendió que quería ser un ganador!

—Lo entendió tanto que cuando te vio ganar no pudo verte más.

Ante el bajo golpe, Minako soltó el aire, aterrada frente a la frialdad de Mari que había dejado a Yuuri desarmado. Sin palabras, Yuuri apretó los labios temblorosos; lucía una fantasmagórica palidez. Pero Mari no tenía motivos para ceder y le sujetó de nuevo la barbilla, con fuerza, provocando que frunciera sus labios. Podía sentir el temblor de su hermana a través del agarre.

—Tienes razón, quizás no fuimos muy claros al respecto. Pero sí hicimos toda esa inversión, es porque estábamos seguros de que podías cumplir tu sueño. Que cada vez que veíamos a través de la pantalla tu patinaje, tú estabas feliz —la voz de Mari se fue llenando de vacíos agónicos, al contener el llanto que no pensaba soltar ya—.  No nos interesaba las medallas que pudieras llevar en casa porque todo lo que queríamos era tu felicidad. Pero estábamos convencidos de que sí podías ganarlas. No íbamos nosotros a sobrecargar sobre ti más presión de la que tú mismo te dabas.

—Perdón… —soltó con los labios apretados y el rostro de nuevo anegado de lágrimas. Mari le miró contenida.

—La próxima vez que vuelvas a decir que Víctor creyó en ti más que nosotros, juro que voy a voltearte la cara las veces que sean necesarias hasta que aprendas a pensar.

—Perdón…

—¡Nunca te vimos cómo alguien débil y nunca dudamos de que podías ganar! —La voz de Mari tambaleaba entre la falta de aire y el cúmulo de emociones—. Ganabas, en todas las temporadas. ¡Ganabas cada vez que ibas a buscar de nuevo el oro! ¡Nunca te vimos débil, Yuuri! —le aclaró, con vehemencia—. ¡Tú eres quien se vio así! ¡Tú eres el que nunca creyó en sí mismo! ¡Tú eres el que convirtió esto en una debilidad vergonzosa, al punto de que fuera incluso un sacrilegio compartirlo con nosotros! ¡Por eso no nos contaste! ¡Porque te avergüenza admitir que necesitabas ayuda! ¡Te avergüenza esto!

—¿Y acaso no lo es…? ¿Este miedo… que vive dentro de mí… acaso no es una debilidad? —preguntó con la voz mojada. Mari renegó con ya el rostro húmedo—. Víctor y los demás podían ganar sin enfrentarse a esto… En cambio, yo…

—No es una debilidad… es parte de tu fuerza.

Mari alargó el brazo para volverlo a cubrir con su cuerpo, y sentirlo llorar en su regazo. Yuuri ya solo era llanto, pero creía necesario cerrar ese punto para poder enfrentar lo que venía con solidez. Que Yuuri llorara todo lo que quisiera sobre su vientre, para estar fuerte como un roble ante el mundo.

—Deja de decir que tienes debilidad mental, deja de pensarlo así… tú no eres débil… Enfrentarte a esto todos los días y superarlo para lograr lo que otros logran, es un mérito, pequeño tonto.

Ante los ojos de Mari, el miedo y la negación de Yuuri de aceptar lo que tenía y la necesidad que había de tratamiento, provocaron todo el caótico desenlace. Nunca lo tomó en serio, creyó que ignorándolo podía cautivar mejor su fuerza, cuando todo lo que había logrado era alimentar al monstruo que, demasiado pronto, lo aplastó bajo su peso. Por eso mismo, fue incapaz de ser lo suficiente aprehensivo con Víctor para que tomara ayuda, era su manera de no hacerle ver débil. Al ignorar su propia necesidad, ignoró por completo la de Víctor, y todo se volvió un caos.

Era inevitable que todo cayera sobre él y se hiciera pedazos.

Cuando el llanto menguó, ambos hermanos se encontraban abrazados sobre el filo de la camilla. Minako los miraba con cierta nostalgia, porque era evidente el amor fraternal que los unía, aún con todos los años que llevaban a cuesta. Parecían dos niños, no dos adultos, porque el miedo los había llevado a su estado más íntimo. A lo más sentido de ellos.

En ese momento, la puerta fue tocada y ante la ausencia de respuesta, se abrió. Izumi Mori había entrado de nuevo, revisando con la mirada que las condiciones estuvieran dadas para atenderle. Supo que sí cuando Yuuri se apartó de su hermana y se limpió las lágrimas que comenzaban a secarse en sus mejillas.

—Lamento incomodarlos tan continuamente —Izumi volvió a hacer una reverencia. Minako soltó un suspiro exasperado, pensando que necesitaba una tina y mucho vino para superar todo lo que había pasado y había presenciado aquel día.

—¿Es cierto que Hirogu viene a hablar en una rueda de prensa? —Se apresuró Yuuri a preguntar, levantándose del asiento mientras miraba con efusividad al representante. Izumi arrugó el ceño sin comprender.

—No, sr. Katsuki. El Dr. Nakajima viene a estar con usted y atenderlo en caso de que lo necesite. No estábamos considerando dar una rueda de prensa con él. 

Yuuri se tambaleó, ligeramente desubicado ante el cambio que eso significaba al panorama que había supuesto, pero casi de inmediato, giró su mirada en clara reprimenda hacia donde Mari estaba sentada. Ella lo miraba indiferente, con esa tranquilidad que le hizo recordar que definitivamente debió haber esperado algo así de ella.  

—Si tú no hablas, la gente lo hará por ti —sentenció Mari. Yuuri apretó la garganta mientras veía que eso era justamente lo que había estado pasando. La gente, sin saber absolutamente nada de lo ocurrido entre ellos dos, hablando por ambos.

Decidió.

Era de imaginarse que, ante la falla de los vuelos, muchos estuvieran haciendo lista de espera en la estación Moskovsky. Víctor mordió sus labios después de conversar con una joven dependiente y acordar, usando los encantos que aún tenía, el que les diera prioridad si algunos de los puestos llegaban a desocuparse. Estaba helado, hambriento y le era ya casi imposible cojear. Su pierna dolía como nunca, recordándole con fuerza los dolores horrorosos que atravesó cuando la lesión era reciente. 

Cojeando, avanzó hasta unos asientos vacíos y se dejó caer. Sus labios temblaban y sentía ya escalofríos recorriendo su cuerpo. Todo lo que faltaba para completar el panorama, era que fuera a resfriarse. Yuri, quien estaba a su lado y notó todos los estragos físicos que sentía, le miró con preocupación.

—¿Qué dice la gente? —quiso saber Víctor. Serviría al menos para distraerse mientras avanzaba la hora.

—Están haciendo un llamado para estar frente al estadio mañana y reclamar sus derechos de asistir al evento, por sus entradas. Otros que no iban a entrar, irán para respaldarlos y apoyar a Rusia ante el posible castigo de la ISU.

—No va a pasar. Rusia paga demasiado bien —Víctor hablaba con conocimiento de causa. Desgraciadamente, no sería tan sencillo sacar a Rusia del panorama deportivo en patinaje sobre hielo, aún si se unieran las otras dos potencias del deporte. Masajeó su sien con brusquedad.

—Yo solo espero que no vuelvan a atacar a Yuuri así.

—Sería muy poco prudente hacerlo por parte de los fanáticos. Yo espero que la nevada los mantenga muy lejos de allí.

En un mundo donde Rusia salió impune tras el vergonzoso y escandaloso caso del dopaje en los juegos olímpicos, definitivamente una situación como esta no tendría mayores consecuencias que la incomodidad de algunos y algunos movimientos de puestos. Resultaba vergonzoso, pero se necesitaría de más ya que Rusia financiaba demasiado bien a la ISU y su aval como imperio deportivo era muy poderoso. Víctor estaba consciente de eso, por más injusto que pudiera sonar.

Miró hacia el televisor de la sala de espera donde el presidente ruso hablaba sobre lo ocurrido en el evento que, debido a su difusión y trayectoria, era imposible mantenerlo callado. Instó a la población rusa a mantener la calma y disfrutar del deporte y las competiciones, sin entremezclar los resentimientos derivados por cuestiones antideportivas. Además, aseguró que el gobierno estaba haciendo todo cuanto estaba en sus manos para castigar a los culpables, y para hacer ver que Rusia seguía siendo un lugar seguro para competir. 

Eso debería funcionar, para al menos aplacarlos a todos, más no resolvía el problema. Seguirán hablando e insultando a Yuuri Katsuki a través de los medios cuando todo eso acabase, de quien, por cierto, no se sabía nada. Su móvil seguía apagado, ni siquiera llegaban a salir las llamadas. Desesperado, vio de nuevo los mensajes y sumó un par más, haciéndole saber su preocupación e instándole a escribirle en cuanto pudiera.

Su prioridad era ir, presentarse, estar con Yuuri y dejarse ver por el mundo allí para dejar una imagen contundente que acallara de momentos las habladurías. Ya luego, tendría que pensar en los pasos que dar para acabar con toda esa parafernalia que la prensa y la fanaticada rusa había tejido alrededor de su separación con Yuuri. Pensaba en una rueda de prensa, pero al mismo tiempo, lo sentía falto de fuerza. Necesitaba algo mucho más potente.

Su mirada volvió a subir hacia el televisor, cuando la prensa estaba entrevistando a Jean-Jacques Leroy, quien quedó en el tercer lugar de la pizarra. Parecía que no había podido salir nadie del estadio aún, la nevada estaba encrudeciendo.

“—La federación canadiense ha lanzado un comunicado declarando que Rusia podría no ser un sitio seguro, ¿qué opina usted de esto?

—Estoy de acuerdo. Rusia en este momento no me da ninguna garantía que, tanto yo como los fanáticos que me han seguido, nos encontremos seguros.  

—Pero las cámaras han mostrado claramente que fueron los fanáticos americanos y los japoneses los que atacaron a la fanaticada rusa.

—Debido a una provocación asquerosa y baja.”

Todavía querían intentar salvaguardar a la fanaticada rusa, señalando el comportamiento agresivo de las otras facciones. Era muy bajo, como había dicho J.J.

“—Vimos que ha quedado usted en la tercera posición. ¿Tiene algún plan para repuntar”

Víctor miró la sonrisa de J.J. alzarse con orgullo y un escalofrío reptó por su columna vertebral. El mismo Yuri también percibió la repentina sensación de temor al verle expresarse así, tanto que tensó sus hombros.

“—Mi plan es terminar de sepultar a la leyenda rusa de patinaje, aquí, en sus tierras. Mañana, ¡yo voy a hacer historia!”

—Maldito imbécil… —rezongó Yuri, con los puños apretados en las rodillas. Víctor tuvo que bajar la mirada cuando varios que lo habían reconocido, le miraban con atención. Parecían esperar una reacción de él—. ¿Te duele? —preguntó con preocupación.    

Víctor respiró por la boca, ya resintiendo el dolor de la rodilla que taladraba directo a su cabeza, pero pudo asentir. Entonces, el sonido de una cámara lo alertó de la fuga que habría de información y lo perturbó al punto de ponerlo sumamente tenso.

Miró hacia el lugar y vio a una joven mujer apuntando con la cámara. De inmediato, la sensación de vértigo cayó sobre él cuando notó todos los ojos fijos en él, al pendiente de cualquier exhalación que escapara de su boca. Trabó la mandíbula y apretó los labios, antes de sentir la sombra de Yuri resguardándolo. Subió su rostro para mirarlo con asombro.

—Borra esa maldita fotografía… —Yuri inquirió enfurecido, señalando hacia la joven que apenada, guardaba el móvil—. ¡Borra la maldita fotografía!

—Yuri, suficiente.

—¡No! ¡Quiero que borre la maldita fotografía! —agitó los brazos en el aire, pasando su mirada adusta entre todos los presentes que se habían volteado a verlos. Víctor se tapó el rostro, a punto de una migraña—. ¿Les divierte? ¿Les divierte cotillear para imaginar lo que estamos haciendo o lo que dejamos de hacer? ¡Les divierte tener en primera plana la imagen de un deportista que le trajo tantas glorias a Rusia devastado en una silla! ¿ES DIVERTIDO?

Ante el bramar de Yuri, Víctor volvió a mirarlo, atónito. Nadie se atrevió a decir algo al saberse por los ojos inyectados de sangre del patinador. Pero, como siempre, nunca faltaba el valiente que, mirando la indecisión del resto, soltara su comentario con ponzoña.

—¿Y dónde está tu oro, Plisetky? ¡No tienes moral para hablarnos! —Soltó. Era un hombre alto, con una camisa de cuadros cubierta por un grueso abrigo de piel, el rostro visiblemente cansado y la mirada hastiada. Víctor tuvo que sujetar el brazo de Yuri, temiendo un arrebato, pero él no pensaba manchar sus manos en vano.

—No sé, ¿por qué no vas a buscarlo tú mismo? —El hombre reculó y Yuri mantuvo el tono áspero, lleno de sorna, mientras lo miraba. Se zafó el bolso donde cargaba sus patines y lo dejó caer en la silla, frente a todos—. Toma mis patines y ve a buscarlo. ¡Enfréntate a todos ellos! —gritó, abarcando a la multitud creciente con un brazo— ¡Ve y destrózate los pies y el alma; trae tu glorioso oro!

De repente, una risa incrédula se escuchó. Víctor miraba el semblante de Yuri, riendo roncamente, mientras renegaba. Parecía estar tan lleno de ira que estaba por enloquecer.

—¿No puedes? ¿Ninguno de ustedes puede? ¡Porque me estoy pensando muy bien si vale la pena seguirme esforzando para ganar por un país que se olvida de quienes lo dejaron en alto! —se le marcaron las venas en el cuello, denotando toda su furia—. ¡Que se mofa de ellos cuando ya no les sirven! ¿Nadie recuerda que el récord del ganador más joven del GPF lo sigue teniendo Rusia por mí? ¿Nadie recuerda que el récord de la mayor cantidad de medallas de oro recolectado en eventos internacionales sigue en Rusia por él? ¡No! ¡Lo único que ven es que estamos aquí y es buen momento de tener likes y popularidad en su perfil subiendo una foto para mofarse!

—Yuri… —Víctor le sujetó, haciendo un esfuerzo para levantarse por encima del dolor y contenerlo. Yuri gritó ya enrojecido, con los ojos anegados de rabia húmeda.

—¡Y una mierda! ¡Que graben toda esta mierda! ¡Que la suban! ¡Les doy permiso!

Víctor alargó la mano para posarla sobre la cabeza de Yuri, instándolo a cobijarse en su hombro. Yuri temblaba de rabia, estaba tan alterado que le era imposible quedarse quieto. Toda la situación lo superaba: la frustración por lo ocurrido con Yuuri, la impotencia de la distancia y el cómo todo estaba en su contra para evitar poder ayudarlo. Era una masa de rabia, desesperación y pena, ya incontenible.

Después de aquello, hubo silencio y nadie se atrevió a mirarlos más. Víctor se sentó al lado de Yuri en la sala de espera, tratando de contener la cabeza de su alumno contra su hombro, mientras masticaba la indignación que lo acogía. Yuri había dejado de temblar, y de algún modo había contenido el llanto furioso que le había embargado, aunque su rostro se había quedado enrojecido.

No pasó mucho tiempo antes de que el televisor volviera a llamar su atención. La periodista hablaba de una rueda de prensa, llamada por la federación japonesa del patinaje.

Yuuri e Izumi Mori avanzaron por el corredor donde les esperaba la rueda de prensa, al final del pasillo. Yuuri lucía tenso, pero decidido, nada en su rostro daba evidencia de querer retractarse o preferir huir, no cuando ya todo estaba puesto en su sitio. Le había tocado hablar antes con Minami para explicarle lo que pensaba hacer y contenerlo para que no fuera a seguirlo. Una última mirada a su hermana le dio el valor necesario para asumir las nuevas consecuencias de sus importantes decisiones.

Izumi lo miró, pendiente de cualquier señal de alerta, porque él personalmente no creía que fuera necesario hacer eso y abogaba más bien por un comunicado oficial. Aprovechando que aún estaban en el estadio, Yuuri le había pedido esa rueda de prensa. El resto de los patinadores estaban cerca, a la expectativa, pero Yuuri había sido muy claro al decir que era algo que solo él y la federación debían enfrentar.

Sin embargo, Rusia ya había sabido hacer y deshacer con la imagen de Katsuki años atrás. Izumi no permitiría que ahora que él estaba en la JSF eso siguiera ocurriendo. No solo por Yuuri, sino por su país entero y por el renombre de su nación a nivel deportivo. Para proteger incluso a las jóvenes promesas que surgían detrás de Yuuri.

Cuando llegaron a la puerta, Yuuri tomó suficiente aire. Sus mejillas aún estaban rojas por la carga emocional que había estado viviendo desde lo ocurrido en el estadio, pero lucía regio, decidido, e incluso sereno. Estuvo a punto de abrir la puerta cuando Izumi le tomó el brazo.

—¿Estás seguro de hacer esto? —Preguntó por última vez, mientras Yuuri ajustaba de nuevo la corbata plomo. Asintió—. Si hay alguna pregunta que no quieres contestar, solo mírame y me encargaré de ella.

—Agradezco su apoyo, Izumi.

Yuuri empujó la puerta y los flashes le golpearon la cara nada más entrar. Caminó ignorando el estallido de las luces de las cámaras y el ruidoso cuchicheó que inició, mientras los periodistas se acomodaban y abrían sus smartphones y otros instrumentos. Pasaron hasta la mesa donde estaban los micrófonos, y ambos se sentaron en los asientos asignados. Desde su lugar, pudo ver a Morooka en la esquina derecha, con una franca expresión preocupada que se dirigía directamente a Yuuri. Este se limitó a darle un asentimiento al periodista para calmarlo.

Del lado contrario, estaba Petra, con los brazos y piernas cruzadas, sentada en uno de los asientos, mientras se limitaba a observar con sus ojos felinos. Fuera de ellos dos, podía ver en los rostros de cada periodista el hambre y la sed de descuartizarlo, como si fuera un grupo de pirañas al que se le muestra un poco de carne. Inevitablemente, sintió el vacío del estómago, así como la conocida sensación de apremio que se conjuraba en sus pulmones. Yuuri mantuvo la mirada al frente, mientras Izumi se colocaba sobre sus pies y alzaba los brazos para llamar la atención de todos y dar inicio con la conferencia.

—¿Cómo se siente ante lo ocurrido esta tarde? —Fue la primera pregunta atendida, dicha en ruso. Izumi tuvo que ocupar su traductor electrónico, cuando escuchó que Yuuri comenzó a responder en el mismo idioma.

—Bastante decepcionado —no tardó en decir—. No pensé que fuera necesario hacer esto para que el público ruso pudiera enfocarse más en el deporte —la dura crítica no tardó en lograr exaltaciones en el conglomerado del periodismo, pero Yuuri no levantó el rostro, permaneció su mirada sobre el espacio vacío de su mano derecha.

—¿No cree que han sido sus acciones, Katsuki, las que ha llevado a la fanaticada Rusia a despreciarlo?

—¿Cuáles acciones?

—Haber abandonado a Víctor Nikiforov tras su lesión y aprovechar la situación para ganar en los eventos siguientes —soltó una periodista, con voz irritada.

—No creo que los asuntos que tuve con Víctor Nikiforov sean de incumbencia pública —Yuuri alzó su rostro, con el ceño fruncido y la mirada fija en la mujer que lo increpaba—. Sobre mis victorias, fueron completamente legítimas. A menos que infieran que el resto de los competidores, incluso Yuri Plisetsky, me permitieron ganar.

—¿Por qué permaneció en competencia tras la lesión de su entonces pareja, Víctor Nikiforov? 

—Porque así lo quisimos.

—¿No considera usted que su deber como pareja de Víctor Nikiforov fue darse un reposo en su carrera para asegurarse de que pudiera recuperarse? —Se escuchó otro, apresurado. 

—Quizás, pero no fue eso lo que hice y no me arrepiento de ello —la algarabía aumentó mientras Izumi se crispaba con la naturaleza de las preguntas.   

—¿Cuáles fueron los motivos de su separación?

—Considero que eso no es de incumbencia para nadie de los presentes —Yuuri enfocó la mirada en esa periodista, ofuscado.

—Yuuri Katsuki, una de las mayores críticas que ha recibido por parte de los fans es su falta de originalidad, al imitar siempre a Víctor Nikiforov. ¿Qué puede decir al respecto?

—Que, aunque en mis inicios siempre busque imitar a Víctor, llegué también a dejar parte de mí en cada una de mis presentaciones. Nuestros estilos serán parecidos, pero conservan diferencias bastante notables. Para empezar, nos motivaban distintos sentimientos.

—¿A qué se refiere con las motivaciones? —Pidió otro periodista mayor explicación.

—Víctor siempre buscó sorprender al público, por lo tanto, jugaba con la imagen que quería mostrar para lograr esa sorpresa. Yo siempre he querido expresar una parte de mí en el patinaje, y en eso me aboqué.

—También se puso a crear sus propias presentaciones, ¿no fue con afán de opacarlo?

—Siempre fue mi deseo hacer mis programas, tal y como el propio Víctor lo hacía y fue el mismo Víctor quien me apoyó en eso.

—¿Usted quería superar a Víctor Nikiforov? —preguntó una periodista al alzar la mano.

—Todos los patinadores de mi temporada y los actuales tienen eso como objetivo.

—¿Considera que superó a Víctor Nikiforov como patinador? —interrogó otro, con prisa.

—Nadie ha superado a Víctor aún, aunque los récords mundiales tengan otros nombres en estos momentos. Los logros alcanzados a lo largo de su carrera siguen invictos.

—Muchos rumores coinciden en la fuerte depresión en que dejó a Víctor Nikiforov mientras usted competía y ganaba medallas. ¿Cree usted que es lo que haría alguien que lo ama?

—¿Por qué guardó silencio sobre el estado de Víctor Nikiforov cada vez que se le hizo entrevista?

—¿Es cierto que usted dejó a Víctor Nikiforov sumido en una depresión clínica? Tenemos reportes de Christofer Giacommeti llamando al edificio donde reside porque no sabía nada de Víctor, incluso reportes de la visita de su padre y de Yakov Feltman.

Izumi miraba aterrado y enojado toda la secuencia de preguntas que cada vez aumentaban de nivel, convirtiendo el evento en un cotilleo absurdo de una prensa amarillista. Yuuri tomó un poco de agua, mientras sentía la mirada de Izumi encima quien intentaba hacerle ver que podía detenerlo. No quiso hacerlo.

—Respondo con otra pregunta: ¿saben que es un ansiolítico? —La mirada de Izumi se agrandó, mientras los periodistas miraban perplejos—. Para los que no saben, es un fármaco para tratar los trastornos de ansiedad. Yo estaba siendo tratado por un terapeuta desde que vine a Rusia gracias a eso y los constantes ataques que recibía de la prensa y de la fanaticada de Víctor, al punto de recibir amenazas de muertes. Pueden investigar en el destacamento cerca del rink de prácticas donde Yakov Feltman presidía, y encontrarán que hubo tres denuncias, todas descalificadas. Estos ataques iniciaron apenas llegué con Víctor, y se agravaron a partir de la lesión de Víctor. Eso provocó la necesidad de medicarme. De lo único que me arrepiento, es el no haber sacado a la luz eso, no haber denunciado con mayor fuerza, no haber buscado ayuda cuando todo esto ocurrió y permitir que las cosas llegaran a este punto. Me arrepiento de haber creído que la fanaticada rusa de patinaje valoraría más mi esfuerzo como patinador que mi relación con su estrella, que entenderían, y dejarían el tema en paz.

Ante el silencio, prosiguió:

—¿Si sabían que Víctor estaba en un cuadro depresivo, alguno de ustedes hizo algo? ¿Alguno de ustedes lanzó una campaña para que entre varios buscaran a Víctor y le dieran su mano? ¿Alguno de ustedes se interesó en él para algo más que un titular caliente para poner en su blog personal en el diario? Han convertido a los deportistas en celebridades, al punto que ven mucho más sus vidas personales y los juzgan por ello sin detenerse a observar sus logros. ¡Han denigrado el deporte en su país y aquí están los resultados! ¡Un público que es incapaz de valorar el esfuerzo conjunto de meses de todos los deportistas que se encuentran aquí por un tema meramente personal que de nadie es de su incumbencia! —Yuuri había alzado ligeramente la voz y apenas se percató de ello—. Han convertido lo que debe ser una competencia, en algo siniestro. Lo de hoy solo me ha demostrado que Rusia no podría ser mi hogar, ni como patinador, ni como persona. Y que el espíritu deportivo se ha perdido, porque la gente parece más preocupada por los problemas personales de sus patinadores que por su rendimiento y logros. Es lamentable…

Calló. Los periodistas estaban callados, estupefactos desde el momento que Yuuri se levantó y se apoyó en la mesa, enviándoles a todos el enojo que había estado acumulando. Izumi permaneció en silencio, atorado. Aquello había sido algo inverosímil.

—Sé —dijo Yuuri al sentarse—, que de aquí pueden salir toda clase de artículos, incluso con información adulterada. Pero al menos tengo la confianza de que de una fuente solo saldrá la verdad —su mirada se dirigió a Morooka, quien asintió—. Cómo japonés que soy, considero que todos mis asuntos personales sólo me conciernen a mí, y soy muy reservado con mi vida privada. Pero lo que hoy ha ocurrido con mi estudiante, Minami Kenjirou, no puedo dejarlo pasar. Mañana nos recuperaremos y Victory resonará con toda su fuerza porque el fénix se levantará de nuevo. Si no hay más preguntas, podemos dar por terminada esta rueda de prensa. Esto fue todo lo que vine a decir.

El silencio se instaló por un largo minuto en la sala, mientras los periodistas se miraban y las cámaras seguían grabando. Hasta que alguien levanto la mano.

—¿Me permite unas preguntas, sr. Katsuki? —Yuuri dirigió la mirada a la mujer que se había levantado del asiento en donde se mantuvo callada. Petra miró a todos los presentes con desagrado antes de enfocar la mirada en los representantes de Japón.

—Adelante —la mujer volvió su atención a Yuuri y caminó para acercarse.

—Señor Katsuki, ¿entonces parte de las razones de su retiro competitivo se debió al tratamiento psiquiátrico que estaba tomando? 

—Así es.

—¿El tratamiento estaba avalado por ISU?

—Sí, el fármaco se encuentra en la lista de medicamentos permitidos de la ISU y AMA, además de estar previamente autorizado y presentado por la JSF. Izumi puede mostrar los documentos firmados para ello —el hombre asintió, buscando mantenerse firme hasta el final de la rueda de prensa.

—¿Esto no debió haber afectado su rendimiento en las competencias? —inquirió Petra, interesada.

—Precisamente por eso no lo tomaba en medio de las competencias —la mujer le miró fijo—. Notaba que podía bajar mi capacidad de responder a la rutina, así que durante esos días me obligaba a estar sin ellos. No importaba si eso significaba insomnio, problemas para comer, náuseas, malestar… valía la pena cuando ponía mis pies sobre el hielo e iba por otra medalla. Conforme pasaba el tiempo, cada vez se me hacía más difícil… Parecía más difícil tolerar un día sin la dosis.

—Por eso también se fue de Rusia —Yuuri afirmó.

—En la condición en la que me encontraba, no podía ayudar a Víctor. Por eso lo dejé en manos de su padre y de Yakov Felstman y decidí buscar mi propia cura.

—¿Ahora sigue con el tratamiento con dicho fármaco?

—No. Ya no estaba tomando pastillas hasta este momento. Estoy en un tratamiento con un terapeuta muy bueno en Fukuoka que no requiere medicación. Eso me había permitido sobrellevar la ansiedad.

—¿Planea volver a las competencias? Se ha visto que puede realizar aún los saltos como si estuviera aún en el circuito.

—No. Mi tiempo como competidor ya acabó y no tengo intenciones de retomarlo.

—¿Piensa proseguir entonces con su carrera como entrenador?

—Hasta el momento, sí —de nuevo hubo susurros entre los periodistas—. Con lo que he estado haciendo puedo comprender mejor el esfuerzo, la responsabilidad y la devoción que hay en las personas que esperan a los patinadores detrás de la barra. También lo difícil que fui yo como competidor.

—Usted ha dicho que Minami Kenjirou remontará mañana. ¿Qué es lo que le hace confiar en ello?

—Minami Kenjirou es un patinador excelente con una fuerza de voluntad inquebrantable. Una vez ve algo para obtener como su meta, no hay nada que lo pare. No importa cuánto se caiga, cuánto se equivoque se vuelve a levantar hasta lograrlo. Por eso lo sé, estoy seguro, que mañana veremos al Fénix con toda su fuerza en la pista.

—¿Cree usted que Minami Kenjirou llegara a superarlo?

—Ya lo hizo. Y sé que puede llegar más lejos.

—¿Qué mensaje podría darle como ex competidor y actual entrenador a la fanaticada rusa después de lo ocurrido el día de hoy?

—Apoyen a sus competidores, sin dañar a los contrincantes. Como competidor sé lo frustrante que es vencer a alguien porque no pudo dar su mayor capacidad debido a otras circunstancias fuera del deporte. Ningún competidor les dirá que no importa ser el mejor a costa de la caída del otro, ninguno de nosotros desea ver a su compañero caer. Queremos batirnos con todos nuestros esfuerzos con alguien que lo haga igual y así estar seguros de sí estamos avanzando o no en nuestras propias metas personales. Y no comparen… Víctor Nikiforov es una leyenda, no hay nadie aún que patine como él lo hizo y eso lo tenemos muy claro. Pero no habrá otro Víctor Nikiforov en Rusia si siguen poniéndolo de medida para el resto de los patinadores que se están alzando. Yuri Plisetky ha tenido que enfrentarse con duras críticas y comparaciones. Alexis, el chico que estuvo hoy compitiendo, lo he visto con temor de enfrentarse a la pista por el mismo público. Nadie sabía que alguien era capaz de lograr lo que Víctor Nikiforov logró, hasta que el mismo Víctor Nikiforov lo hizo. ¿Cómo sabremos si pueden lograrse mejores cosas si seguimos midiendo todo bajo los logros de él? Yo empecé de abajo, me costó llegar a la cima, sacrifiqué mucho por llegar a ella. Pero fue gracias al apoyo que sentí, apoyo que quizás no supe aprovechar pero que estuvo allí, que yo pude alcanzarla.

—¿Debemos ser más tolerantes? —Inquirió Petra, ante la mirada atenta de Yuuri.

—No… deben tener más fe.

—¿Para que veamos surgir a otro Víctor Nikiforov? —preguntó con intriga, ya al haber dominado por completo en ambiente de la prensa. Yuuri le envió una mirada llena de determinación y seguridad de las palabras que iba a dar.

—Solo hay un Víctor Nikiforov, y seguirá siendo el único para mí. Pero puede haber otros que, como él, hagan historia.

—Ya no tengo más preguntas, sr. Katsuki. 

Tras la intervención de Petra, algunos periodistas se animaron a preguntar sobre los ansiolíticos, las competencias y el tratamiento de Yuuri; éste respondió con la verdad, hablando de las amenazas recibidas después del mundial, del ataque de ansiedad que sufrió allí y cuyo historial lo manejaba la FFKK, también de la necesidad que hubo de estar acompañado todo el tiempo, hecho en donde Yuri estuvo involucrado. Mencionó las veces que la policía rusa recibió la denuncia y la desestimó.

Cuando él deseó dejar de responder, Izumi tomó el control. Al cerrarse la rueda de prensa, las puertas fueron abiertas y los periodistas comenzaron a desocupar el gran salón. Izumi se levantó un tanto tenso, ya tendría que hacer un reporte de lo sucedido a la federación, con el cual la JSF deberá tomar una posición tras lo ocurrido. Yuuri al levantarse se dio cuenta de cuán mojada tenía su espalda y la forma en que la camisa e incluso su pantalón, se pegaba a sus músculos endurecidos.

Caminó cuando ya casi todos habían desocupado la sala y sintió el apretón en su hombro por parte de Morooka, quien le miraba con admiración.  Solo hubo un asentimiento compartido, antes de cruzar la puerta hasta el pasillo que había recorrido con anterioridad. Allí encontró a J.J., sonriéndole con efusividad, quien lo recibió con un apretado abrazo que no se esperó, luego se separó para despeinar su cabello, dejándole apenas espacio para que fuera Phichit quien se le fuera encima.

—¡Dios, Yuuri… eso fue! —No tenía palabras para describirlo. Ninguno las tenía. Así que con el efusivo abrazo planeaban entregarle a Yuuri lo que eran incapaces de decir en palabras.

—Minami por mucho que se levante cuán fénix, no creas que lo dejaré ganar —fueron las palabras de Seung-Gil quien veía a la distancia a su pareja agarrada de Yuuri.

—¡Seung-Gil! —exclamó Phichit, mirándolo reprobatorio mientras el coreano alargaba una ligera sonrisa de suficiencia.

—¿Y dónde está Minami? —Yuuri se apartó de su amigo, buscando a su estudiante con la mirada.

Todos miraron hacia el fondo del pasillo, donde estaba sentado en una banca con el cuerpo completamente inclinado y su rostro cubierto por sus hombros. Yuuri se acercó hasta él, mientras el resto comenzaba a dispersarse. Se sentó a su lado en la banca y colocó una palma sobre el muslo de Minami, que este no tardó en sujetar.

—Tuviste que denunciar… —soltó con dificultad—. Hasta ese punto habían llegado los ataques.

—Sí… por eso el equipo ruso en aquel tiempo no me dejaban solo. Yura me iba a buscar al departamento y me iba a llevar al final de las prácticas. Mila también estuvo muy al pendiente de mí y Yakov no dejó de estar atento… —Minami comenzaba a sentirse culpable al haber tratado como villanos a los que no habían hecho nada más que protegerlo a su manera.

—¿Por qué no hiciste esto antes…? —Yuuri bajó su mirada y tomó sus propias manos. Era difícil de explicar.

—Porque fui muy testarudo, y creí que podría con todo yo solo. Que podría salvar a Víctor, ganar las medallas, soportar la presión de Rusia. Quería ser lo suficiente fuerte para cumplirle a Víctor, a mí mismo, y a Japón. Todo lo que hice fue acelerar nuestro hundimiento… Olvidé que Víctor no me pertenecía, que debí haber pedido ayuda, que debí dejar de cargar la imagen de Víctor ante el mundo y revelar que sí, que Víctor estaba mal, que yo también lo estaba, que necesitábamos el apoyo de todos… sobre todo de sus fans… porque yo solo era una voz…

—¿Ya arreglaste las cosas con él? —Minami le dirigió la mirada y Yuuri tuvo que bajarla.

—Hablamos… hablamos muchas cosas, mas no creo que estén del todo arregladas. Vamos, volvamos al hotel. Mi hermana y mi maestra Minako deben estar preocupadas esperándonos afuera. Parece que la tormenta menguó un poco.

—Yuuri —Minami lo retuvo al levantarse. El aludido lo observó a la expectativa—. Voy a encender la pista mañana —su determinación brillaba como fuego, y Yuuri estuvo seguro de ello—. Te lo juro.

—Muero por verlo.

NOTICIA
KATSUKI A LA FANATICADA RUSA: APOYEN A SUS COMPETIDORES, SIN DAÑAR A LOS CONTRINCANTES
Moscú — 4 de noviembre del 2022

Tras los eventos ocurridos en la competición masculina de patinaje artístico, Katsuki Yuuri, uno de los afectados, alzó la voz y confronta a la prensa rusa en la noche. En medio de una fuerte nevada que impedía la salida de los participantes, la federación japonesa del patinaje llamó a una rueda de prensa, donde lo ocurrido a su entrenador y ex patinador Katsuki Yuuri, fue el principal tema de atención.

Durante la conferencia, los periodistas rusos demostraron curiosidad sobre lo ocurrido entre el entrenador japonés y el actual entrenador ruso y ex patinador: Víctor Nikiforov. En respuesta, Katsuki respondió con los eventos que lo llevaron a decidir la renuncia.

El sol azul de Japón y los ansiolíticos

Durante su intervención, Katsuki Yuuri comentó que su retiro del mundo competitivo del patinaje estuvo fuertemente influenciado por la ingesta de medicamentos prescritos para la ansiedad. Los ansiolíticos, o también llamados tranquilizantes menores, ayudaban a Katsuki a superar los síntomas del pánico en medio de la competencia. Estos medicamentos están aprobados por AMA y fueron avalados por la federación japonesa de patinaje.

A lo largo de su carrera, Katsuki Yuuri logró importantes logros, siendo el actual poseedor del récord del mayor puntaje de un programa libre con 226. tres medallas de oro del Grand Prix Final, uno de los cuatro continentes y dos de los World Champion. Sus últimos años fueron brillantes por sus múltiples logros, que ahora, al saberse el tratamiento que estaba llevando y la presión de la fanaticada rusa, toma un tinte agrio. Izumi expresó: “Nadie conoce mejor la fuerza de Katsuki Yuuri que nosotros, en Japón, que lo vimos superar múltiples desafíos hasta el final. Nosotros estamos orgullosos de su legado”.

Tengamos fe

Ante lo ocurrido en la competencia, Katsuki mostró su descontento y enfado por el comportamiento antideportivo de la fanaticada rusa, y el ataque personal hacia su persona. Instó a todos los fanáticos de rusia a tener fe en sus competidores y a permitir que se levanten nuevos Víctor Nikiforov a hacer historias. En este sentido, Katsuki expresó: “no habrá otro Víctor Nikiforov en Rusia si siguen poniéndolo de medida para el resto de los patinadores que se están alzando”.

Katsuki Yuuri ha sido fanático de Víctor Nikiforov desde muy temprana edad, siendo la principal motivación para iniciar en el patinaje artístico y convirtiéndose, eventualmente, en su pupilo y pareja. Durante su tiempo en Rusia, estuvo a cargo de Yakov Felstman y participó con el equipo de Patinaje de San Petersburgo, con quienes se les vio recientemente compartiendo.

Sobre los hechos, en una anecdótica publicación en su cuenta oficial, Víctor Nikiforov comentó su desagrado sobre los hechos ocurridos: “Pero fueron ustedes quienes, usaron mi nombre, para ofender a quien yo aún amo”

Víctor soltó el aire con calma, mientras veía el paisaje moverse a toda velocidad tras la ventana. Un collage de grises y de blancos se azotaba contra su vista, como pinceladas voraces de colores tintando un espacio en negro. El tren se movía con velocidad atravesando la nevada, tras haber salido de la estación y haber encontrado los puestos de una pareja que no pudo llegar a tiempo.

Suspiró con cansancio, sin dejarse llevar por él. Yuri a su lado, sí había cedido a toda la carga emocional hasta colapsar en su hombro, durmiendo. El brazo de Víctor lo mantenía sostenido mientras el joven usaba su cuerpo de almohada. Necesitaba eso, lo sabía. Sería un largo viaje.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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