Matryoshka II (Cap 32)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 32. Copa Rostelecom. El odio nos hirió

NOTICIA
BOICOT EN COPA ROSTELECOM PONE EN JAQUE LA POSICIÓN DE RUSIA COMO PRÓXIMA SEDE DE EVENTOS INTERNACIONALES DE LA ISU    
Moscú — 4 de noviembre del 2022

Los recientes eventos ocurridos en la Copa Rostelecom, con sede en Moscú, podrían significar un golpe bajo para Rusia, ante las decisiones de las federaciones de patinaje invitadas. Hoy, durante la celebración del programa corto del patinaje individual masculino, un complot encabezado por la fanaticada rusa ha dejado doce heridos; entre ellos, el entrenador japonés y ex-patinador, Yuuri Katsuki.

A pesar de las fuertes medidas de seguridad implementadas por la policía, la federación y el gobierno ruso, nada pudo detener a la avalancha de fanáticos rusos que, aún resentidos por la separación de Katsuki con su leyenda de patinaje, Víctor Nikiforov, decidieron tomar con sus manos la represalia. El resultado ha sido captado por todas las cámaras en medio de la transmisión en vivo y ha significado la suspensión del evento por parte de la ISU.

En consecuencia, las federaciones de patinaje de Canadá y América han lanzado un comunicado oficial, no solo repudiando los hechos categóricamente, sino elevando una petición a ISU para investigar si es viable seguir estableciendo eventos oficiales internacionales del patinaje en territorio ruso. Esto ha puesto a la FFKK y a Rusia en el ojo del huracán.

A pesar de que Dmitri Bukin, representante de la federación rusa del patinaje, asegura que ya todo está controlado; la comunidad internacional muestra escepticismo al respecto, después de que las pruebas de la trampa de dopaje que se encontraron en las olimpíadas de Sochi 2014 fueran descartadas y los testigos desaparecidos.

Sin embargo, las cartas están en manos de Japón, porque la federación japonesa podría terminar de empujar a la patria rusa del tablero internacional en patinaje, al haber sido la principal afectada en este incidente sin precedentes en la historia del patinaje.

Todavía se está en la espera del comunicado formal de la JSF ante lo ocurrido, pero es posible que esto no pase sin represalias para Rusia.

J.J. solo asintió cabizbajo mientras escuchaba la palabra de la representante canadiense de su representación que se mostraba enojada por lo ocurrido ya que, aunque Yuuri Katsuki hubiera sido el blanco, J.J. estuvo cerca de él y pudo haber terminado herido. No se encontraba nada satisfecha con las respuestas que la FFKK había dado de lo ocurrido, y empezó a mover las piezas a su favor, para garantizar que los patinadores de Canadá estuvieran a salvo. América había hecho lo mismo, pero más influenciados por la voz del patinador estadounidense: Leo de la Iglesia. Aunque las investigaciones hubieran arrojado que el fanático que había logrado traspasar el lindero de seguridad no estaba armado, las posibilidades seguían allí.

La mujer le miró con desencanto al notar el semblante sombrío de J.J. La ISU ya había dado órdenes para continuar en unos minutos. Él se sentía ahogado, imposibilitado de salir a patinar a celebrar nada. Sabía que era su deber hacerlo, pero su mente estaba en otro lugar. Todavía sus manos y piernas gritaban y temblaban, además de tener con nitidez casi mortal la forma en que Yuuri le apretó pidiendo auxilio, con sus ojos a punto de saltar de sus cuencas y la boca tratando de liberar un grito que murió mudo. El sonido de su garganta tratando de jalar aire… el espantoso sonido…

—Jean —llamó su padre, y J.J. levantó la mirada al sentir la palma fraternal de él revoloteando sobre sus cabellos. Aún estaba calzado con los patines y sus protectores, al igual que con la chamarra canadiense. Su padre le miró preocupado y le extendió el teléfono—. Es Isabella.

J.J. no lo pensó. Con sus manos aun temblándole tomó el teléfono y se levantó tratando de apartarse de todos. Escuchó la voz de su esposa en la línea, su preocupación filtrándose en la voz que trataba de alcanzarlo. Se inclinó contra la pared, encontrando sosiego en un lugar apartado y sus lágrimas silenciosas comenzaron a bajar. No había podido llorar desde lo que ocurrió, no creyó que necesitara hacerlo. Pero estaba allí, cediendo a ese impulso mientras escuchaba la voz de su mujer tratando de consolarlo.

—P-pudo morir en m-mis brazos —intentó decir, mientras pasaba saliva con dificultad—. F-fue peor que el de aquella vez. 

Isabella sabía lo mucho que le había afectado a J.J. el ataque de aquella ocasión. Se había asustado demasiado, porque muy a pesar de reconocerse como competidores y rivales, ver a uno de sus compañeros cediendo a un ataque así era espeluznante. También recordaba lo que J.J. le comentó, cuando al asomarse a la enfermería había encontrado a Yuuri ya calmado, cediendo al efecto del calmante. Recordaba la vergüenza en sus ojos al mirarlo y el modo en que apartó la mirada, como si se sintiera culpable de vivir algo así.

Por esa razón, ninguno de los patinadores mencionó lo ocurrido, manteniendo un respetuoso silencio acorde a la decisión de Yuuri de no hablar de lo que pasó. Ni de las pastillas, ni del tratamiento, ni de la crisis ocurrida. 

Se escuchó un suspiro en la línea. J.J. se dio tiempo de pasar un paño a su cara para recobrar la calma.

—Mi rey, él está bien, ¿cierto? —respondió con sí, y ella se animó a proseguir—. Está bien gracias a ti, a que actuaste rápido e impediste que ese loco se le fuera encima.  Estoy muy orgullosa de ti…

—Isa…

—Eres muy valiente, amor. ¡Estoy casada con el mejor! —J.J. no pudo evitarlo, se sintió reconfortado ante la confianza certera de Isabella—. Quisiera estar allá contigo, y abrazarte, besarte…

—Menos mal no viniste… no quiero que veas esto.

—Pero amor, estaría allá contigo…

—No —su voz se escuchó firme, como si la sola idea le hiciera hervir la sangre. Isabella hubiera estado en el público, hubiera podido ser golpeada en medio del tumulto. Sin duda alguna, aquello era algo que no hubiera podido soportar. Su esposa lo entendió, haciendo silencio. Comprendía que no era ese el camino para la conversación.

Por fortuna o desgracia para ambos, J.J. recibió el aviso de que debía regresar. Ya estaba iniciando el evento y Minami era el primero que debía presentar. Él mismo no se sentía en condiciones de hacerlo, no sabía cómo lo haría Minami cuando se derrumbó en llanto apenas Yuuri cayó.

—Tengo que irme —avisó y escuchó la respuesta calma de Isabella—. Aún no sé cómo voy a presentar a Ode to Joy después de esto.

—Solo hazlo. No hay nada que J.J. no pueda hacer, ¿sí?

—Quizás hoy no pueda, mi reina, pero mañana…

Sus ojos mostraron una determinación casi líquida, filtrándose en el color azul de sus irises. Su padre le llamó para que se apresurara y tras cortar la llamada, le siguió en silencio, escondiendo sus manos en los bolsillos. Después de lo ocurrido, ninguno de los competidores podía estar en las gradas, por lo cual no fue extraño conseguirse con Deborah en el pasillo, mirándolo seria, vestida con el traje canadiense. Simplemente compartieron un asentimiento, antes de enfrentarse a las luces que caían en la pista de hielo.     

Leo estaba a un lado, tenso. Su mandíbula parecía de hierro y la sombría expresión de su rostro denotaba todo lo que venía guardando, mientras estaba al lado de su entrenadora, inquieta y visiblemente afectada. Al otro lado, se podía ver la figura de una mujer japonesa que J.J. reconoció como una de las acompañantes de Yuuri en el pasado. Estaba de pie con los brazos cruzados, mirando a Minami patinar. Fuego se escuchaba en los parlantes, pero Minami no era más que una pequeña nube de humo en medio del agua. No había la emoción, no había pasión, lo que si podía leer era frustración entumeciendo los huesos, atrapando los músculos, afectando sus saltos y piruetas.   

Viéndolo, estaban Seung-Gil con el rostro indiferente mientras cargaba sus audífonos, y sostenía la mano de Phichit Chulanont escondida en su chamarra. El tailandés tenía la expresión sombría, aunque aún estaba sonrojado. J.J. lo había visto correr en los pasillos cuando los paramédicos se llevaban a Yuuri, y luego sostener a la hermana de él, a quien reconoció porque sus rasgos eran muy parecidos. Aquello había sido como una pesadilla.

Devolvió su mirada hacia la pista, donde Minami acababa su presentación. Para nadie era secreto que su puntuación no sería alta, no con los errores cometidos, y con tanta falta de emoción. Minami regresó a la salida con los puños tensos a cada lado de su cuerpo, donde lo esperó la mujer. El público también estaba afectado, apenas aplaudían y se notaba que estaban aún siguiendo el evento porque era necesario.

—Ya Minami Kenjirou ha acabado su presentación, fuego —incluso la voz de los comentaristas se escuchaba desanimada—. Se ha notado la ausencia de su entrenador en la pista. Minami no ha podido sacar adelante su programa después de lo ocurrido.

—Quien lo está recibiendo es Minako Okukawa, antigua entrenadora de Yuuri Katsuki, y quien funge ahora de entrenador sustituto ante la ausencia del ex patinador.

—Sabemos que no ha sido su mejor presentación. Minami había obtenido con este programa coreografiado por Yuuri Katsuki una de las más altas puntuaciones en el Skate América. Sin duda alguna, de haber sido otras las circunstancias, hubiéramos visto el fuego surgir.

J.J. miró con pesar las expresiones de Minami que eran mostradas a través de las pantallas que señalaban al Kiss and Cry, mientras caminaba con su padre hacia la salida. Su rostro estaba completamente rojo, aguantando el llanto, aunque sus ojos ya delataban la congestión que sentía y que amenazaba con partirle. El toque suave de Minako pretendía confortarlo, pero J.J. sabía de sobra que nada podría hacerlo. Cuando las calificaciones salieron, solo pudo ver la manera en la que los labios de Minami temblaron al cerrar sus ojos y esconder su rostro en las manos. J.J. apretó la garganta y sintió la palmada de su padre, animándole a concentrarse en su presentación.

—Concéntrate, Jean —le exigió, y él asintió obediente, aunque veía aún a sus manos temblar—. Ya aquí solo está la gente que te sigue.

—Estoy enojado —J.J. le aclaró y su padre solo pudo asentir en comprensión—. Muy enojado.

Alain no dijo nada, y al ser escuchada la señal, Jean avanzó hasta el centro de la pista con los aplausos de sus fans respaldándolos.  A diferencia de las otras ocasiones, J.J. no levantó los brazos ni pidió más aplausos a su gente, se limitó a deslizarse hasta el medio del hielo, para prepararse y dar su presentación. Pronto, la gente calló y comprendió la seriedad que J.J. estaba imprimiendo a ese momento, el velado silencio que pedía por lo ocurrido. Y respetaron eso.

Ode to Joy se ejecutó como era esperado, pero sin la usual alegría de J.J., sin la certeza y la confianza que siempre buscaba demostrar en el hielo. Se mostró como un mero protocolo necesario para continuar, porque incluso el sabor de cualquier victoria en esas circunstancias sería amargo.  Se presentó porque era necesario, patinó también como solía hacerlo, pero definitivamente no se sintió él; y para nadie fue sorpresa aquello.

Mientras observaba la presentación carente de emotividad de J.J., Seung-Gil se mantenía firme, con la mano de Phichit tomada dentro del bolsillo de su chamarra coreana y la expresión férrea. Se quitó uno de sus audífonos para escuchar el ligero silencio de la presentación, incluso el de los comentaristas, que parecían haber captado la sensación de J.J. y se mantuvieron sin emitir ningún juicio. Los saltos de J.J. salían perfectos, no había ningún tipo de error en la ejecución del programa, a diferencia de Minami, pero se sentían como si fueran hecho por otro, y no por J.J.

Fastidiado, Seung-Gil dirigió la mirada hacia el resto. Vio a Minami Kenjirou desaparecer en el pasillo con prisa, siendo seguido por quien era su ahora entrenadora y Leo de la Iglesia. Hizo un mohín con sus labios y miró a su novio, quien había también observado la situación y mantenía la vista hacia el pasillo.

—¿Quieres ir? —preguntó directamente y sin vueltas. Entendía perfectamente que Phichit se sentía dividido en dos, entre su deseo de estar acompañándolo y el impulso de estar allá, con aquellos a quienes también apoyaba con entrega—. Puedes ir, no te necesito aquí para ganar.

—¿Qué? —repuso Phichit, sorprendido por la repentina decisión de Seung-Gil. Comenzó a irritarse y pese a que ya le había soltado la mano Seung-Gil, él la apretó de vuelta para afirmar su posición—. Deja de decir tonterías. Me voy a quedar aquí.

—No estás aquí. Estás allá como la mayoría de los presentes —soltó con desgano, sin retomar el agarre—. Prefiero que estés allá. Ya te dije, no te necesito para ganar. Ganaré con o sin ti, e iré a poner esa medalla en tu cuello aquí, en el pasillo o en Tailandia. Da igual —Phichit abrió la boca, incrédulo.

—No sé qué demonios te pasa, pero no pienso ir a ningún lado. Sé muy bien el orden de mis prioridades, y tú eres la principal para mí ahora.

—No tienes de qué preocuparte, es en serio —Phichit se mordió los labios al notar la manera en que Seung-Gil tocaba el tema con absoluta frialdad. No podía estar seguro de si lo que decía era la verdad, o si era acaso una prueba—. Te he dicho que no te necesito a mi lado para ganar, estaré bien.

Enojado, Phichit apretó los ojos y se puso rojo, rojo hasta las orejas. Su novio se limitó a observarlo de reojo, mientras los aplausos caían tras la finalización del programa de J.J. Sus discrepantes personalidades solían chocar de ese modo, Phichit era como un mar que podría acariciar la montaña helada de Seung-Gil o golpearla en medio de una tormenta. A Seung-Gil a veces le fastidiaba el apego que tenía Phichit a los suyos, familiares y amigos, cuando él solía ser tan solitario. Phichit, en cambio, no comprendía como Seung-Gil podía aislarse incluso estando acompañado y le irritaba, porque conocía a una persona que hacía exactamente lo mismo con resultados desastrosos.

Así que no se movió. Aún enojado, tragándose todo ese malestar, Phichit enfocó la mirada en la pantalla y mantuvo su mano en el bolsillo de Seung-Gil, aunque éste ya no la tomara de vuelta. Escucharon en silencio, dejando la discusión en ese punto sin resolución, los comentarios que sonaban a través de las bocinas mientras J.J. esperaba la puntuación en el Kiss and Cry, donde estaba sentado junto a su padre.

—No puedo decir que esto haya tenido error alguno, pero definitivamente no hubo expresión. Es evidente que J.J. ha demostrado su profundo desacuerdo por seguir compitiendo en estas circunstancias.

—Sin embargo, la ejecución de sus pasos ha sido soberbia. Se puede ver lo habituado que está a ejecutarlos, aunque los dos cuádruples simplemente fueron cambiados por triples. ¿Será acaso que veremos una presentación similar para mañana? 

—Sus fans incluso han bajado su entusiasmo. No parecen molestos; siguen aplaudiendo, aunque sin la algarabía que suele acompañarlos en todas sus presentaciones.

—¡94,87 puntos! Una calificación bastante baja en comparación a su programa en el Skate Canadá, pero que lo posiciona en el segundo lugar, por debajo de Leo de la Iglesia quien alcanzó los 98,71 puntos con Unstoppable.

—Parece bastante tranquilo con la puntuación. ¿Tendrá planeado algo para el libre?

—No lo sé, Bladimir, pero hasta el momento la tabla es encabezada por Leo de la Iglesia por Estados Unidos, Jean-Jacques Leroy por Canadá y Guo Luogeng por China. Seguidos por Hikari Fujiwara, quien patinó al inicio del primer grupo, Minami Kenjirou y, por último, Alexis Bogdesko, representando a Rusia.

—Ahora nos preparamos para la entrada del australiano Marcel Sindelar, quien viene a sus segundas eliminatorias del Grand Prix Final.

—En el Skate América no le fue muy bien, pero aquí tiene oportunidades de repuntar.

El joven patinador se apresuró para ir al centro de la pista, entre las luces, mientras los comentaristas hablaban de los detalles de sus programas. J.J. y su padre abandonaron el Kiss and Cry con actitud taciturna, visiblemente indiferentes a lo que estaba ocurriendo en la competición. Allí los abordaron algunos periodistas tantos internacionales como rusos, intentaron tener alguna declaración de su parte que J.J. evadió.

Seung-Gil volvió a suspirar, molesto. Phichit lo podía ver por el rictus implacable de su perfil y la forma en que sus cejas se juntaban, viéndose ceñudo. Con aún el enojo turbándole el ánimo, Phichit se limitó a resoplar e intentó acariciar los dedos tensos y fríos cubiertos por los guantes que Seung-Gil aún mantenía en el bolsillo. La música del nuevo programa estaba sonando y Phichit notó de reojo que J.J. se quedó allí, en la pista, simplemente cruzando sus brazos contra la pared.

—Estás enojado —le hizo saber, aunque Seung-Gil ni siquiera se inmutó—. Bien, yo también lo estoy.

—Lo sé.

—¿En verdad quieres salir a patinar así?

—No tenemos tiempo. En unos minutos me llamaran —Phichit exhaló agotado. Empezaba a sentir el dolor de cabeza emerger para completar la lista de cosas horrorosas en ese día—. De todos modos, es indiferente. Podría caerme patinando e igual quedaré en el primer puesto de esta competencia porque nadie está compitiendo en serio.

—¿Te fastidia eso? —reprochó, inevitablemente molesto—. Sé que no eres muy amigo de Yuuri, pero…

—No me malentiendas, Phichit Chulanont —el modo en que pronunció su nombre lo dejó callado. Seung-Gil había apretado su mano, con fuerza, sin buscar lastimarlo más si hacerle sentir lo que estaba pensando—. Me preocupa, recuerda que también estuve aquí cuando eso pasó —Phichit se obligó a tragar—. No estoy molesto con Kenjirou, entiendo perfectamente su posición. Estoy molesto con el resto que se han olvidado de que vinimos a competir. Estoy molesto con J.J. Leroy porque está tan seguro de poder ganar que se permite este bajo puntaje, como si me subestimara. Estoy molesto porque vine a competir y luché durante un año para esto, y esto no es lo que debería de ser. Ni el público, ni los competidores, ni la prensa lo ve así.

Los aplausos llovieron de nuevo, con el mismo pragmatismo que habían mantenido tras la presentación de J.J. El joven australiano caminaba hacia el Kiss and Cry tras tener un programa un poco más estable en comparación al anterior.

Seung-Gil se apartó, sin decir nada, tras guardar silencio y ver que su novio había hecho lo mismo. Su entrenadora ya le estaba haciendo señales para avanzar. Seung-Gil vestía un traje inspirado en el hanbok tradicional coreano: tenía una camisa blanca y encima un chaleco tradicional en un tono azul índigo. El pantalón, a diferencia del baji, era ajustado con el mismo tono del chaleco, y el cinto blanco con detalles negros y rojos que se amarraba bajo sus pectorales, caía con un cordón rojo a su lado derecho.

Avanzó sin demora, completamente listo para participar. Sin embargo, cuando se quitó los protectores y puso las cuchillas en el hielo, Phichit se apresuró para tomarle del brazo.

—Amor… —susurró de forma íntima y la entrenadora se apartó para darles espacio. Seung-Gil le miró tenso, pero al sentir el modo en que Phichit deslizó la caricia por su brazo para tomarle la mano, se animó a soltar el aire pesado de sus pulmones—. Compite.

Phichit enfatizó sus palabras con su expresión firme, férrea, que buscaba transmitirle todo ese sentir. Seung-Gil prestó atención mientras apretó su mano.

—Demuéstrales todo lo que te preparaste. Recuérdales para qué vinieron aquí, a todos: a Rusia, a ellos, a mí —La mirada de Seung-Gil se mantuvo en su novio por varios segundos, hasta que escuchó de nuevo la llamada. Phichit insistió con un asentimiento de su rostro y todo lo que tuvo de respuesta fue el agarre de sus dedos, antes de que fuera soltada su mano y Seung-Gil se deslizara en el hielo rodeando la pista.

No había mucho que decir…

Los aplausos continuaron. Seung-Gil no se preocupó por saludar a ninguno de ellos y se enfocó en prepararse para dar su mejor programa. Movió su hombro para dejar de tensionarse, agitó sus brazos y movió su cabeza. Comenzaba a sentir cómo los músculos antes tensos cedían para dejarle moverse con libertad.

—El medallista olímpico Seung-Gil Lee está ya en el hielo. Estamos ansiosos de ver cuál es el repertorio de esta temporada.

—Seung-Gil Lee ha mostrado una evolución increíble en estos últimos años. Fue una verdadera sorpresa ver la pulcritud de sus programas en la temporada pasada y pese a que no se alzó ninguna medalla durante los eventos oficiales, ¡nos sorprendió a todos con la sobrecarga de talento en las olimpíadas!

—Seung-Gil reveló en entrevista que había estado guardando todo su potencial para dicho evento, por el cual el podio en ninguna de esas competiciones le era importante en esa temporada. ¡La ambición de este patinador es indescriptible!

Phichit por fin había entendido el malestar de su pareja. A diferencia de él, Seung-Gil nunca perdió la visión de lo que buscaba en el patinaje, y competir era su forma de disfrutarlo. Ante lo que había ocurrido, él estaba perdiendo el interés y le frustraba reconocer que todo el ambiente lo estaba afectando. Agarró sus manos, sintiéndose nervioso, mientras veía la figura de Seung-Gil ya de pie sobre el centro de la pista. Tenía los ojos cerrados e imitaba la posición de combate con sus manos en el pecho y su pierna izquierda ligeramente alzada y flexionada.

—Su tema de temporada es “cambio”. Queremos ver qué es lo que nos tiene preparado.

[Infinity — Yann Tiersen] 

La música comenzó a sonar, aunque esta se escuchaba como si estuviera encerrada en un espacio cerrado y se conglomerara con los sonidos de un viento confinado, atravesado por una tormenta. Seung-Gil comenzó a moverse tras una media vuelta y a deslizarse para tomar velocidad. La música sumía a todo el lugar en una tensión increíble; era como estar viendo un campo lleno de niebla en la madrugada, mientras el sol apenas se asomaba a las faldas y los sonidos naturales se vieran amortiguados por la espesa soledad. Seung-Gil patinaba como si se estuviera abriendo paso en el silencio, y todo lo que se escuchara era el zumbido sordo de la mañana, mientras su cuerpo estaba alerta a cualquier sonido externo.

Dio un salto, un Toe Loop cuádruple que cayó con suma gracia al hielo, estilizado, elegante y preciso. Su cuerpo se movió de nuevo, y sus manos se extendieron como si retirara la maleza de su camino. Volvió a prepararse para otro salto, y esta vez un combo de un axel triple, con un triple salchow apareció en escena. El recorrido se alargó y la velocidad comenzó a aumentar, el bosque parecía extenderse al infinito. Se escuchaba a lo lejos el sonido de unos tambores amortiguados por el potente sonido que los asfixiaba. Parecía aquello una carrera que no se detendría hasta avanzar al final, sin importar cuántos enemigos se encontrara al frente.

Entonces, con la inclusión de aquel nuevo sonido ancestral, era posible, aún sin escucharlo en la melodía, imaginar las explosiones a su lado, la caída de la pólvora que arrebataba la preciosidad del paisaje, y el fuego extendiéndose en medio del amanecer.

Seung-Gil se lanzó en el hielo y volvió a surgir como si hubiera sido derribado en el combate. La velocidad de sus deslizamientos incrementó preparándolo para un nuevo salto. Un axel triple cayó velozmente, con una altura impensable, que hizo que más de uno contuviera el aliento. A la caída procedió la presentación de la coreografía, donde Seung-Gil patinaba de espalda como si estuviera luchando y retrocediendo, para luego girar y empezar a dar patadas con sus cuchillas, dando vueltas, para emular perfectamente un combate.

Eso era el programa, una lucha constante contra sí mismo, contra los medios, contra sus limitaciones. Llevando su cuerpo más allá de lo imposible, sin conformarse con lo que había logrado en un día, para seguir buscando hallar más. Llevándose a sí mismo: cuerpo, alma y espíritu, más allá del paroxismo.

Por eso estaba allí, por eso había llegado a ese punto. Y aunque los enemigos que ahora sentía combatir eran aquellos que estaban en la falta de fe hacia su propio potencial, los atacaría y los degollaría, hasta abrirse paso.

Seung-Gil comenzó a las piruetas en alto, sujetando su pierna en alto mientras giraba con velocidad, para luego bajar y hacer una pirueta baja. Cuando la música con los efectos de sonido se incrementó, los pasos de la coreografía aumentaron su velocidad y el combate arreció, como si fuera una verdadera guerra entre una sola persona y un ejército de enemigos. Se veía a Seung-Gil corriendo en aquel bosque espeso, desviando ataques, propinando golpes. La batalla continuaba, pero parecía que todos se alejaban de ella. Dejaban solo a Seung-Gil en medio de un combate infinito que se alargaría con cada anochecer y cada amanecer. El sonido se dispersaba, alejándose y se podía ver por el modo en que los movimientos del patinador iban menguando. La música se apagó, igual que aquella opresión que mantuvo al público en vilo y a los comentaristas sumidos en el silencio. Y acabó, cuando Seung-Gil se detuvo en el centro de la pista, alargó sus manos hechas puños y apretó con fuerza.

Eso había sido la mejor presentación de esa competencia, y todos, que no habían esperado ya nada de ellas, arreciaron en aplausos sorprendidos. Pocos regalos llovieron a la pista, pero Seung-Gil se limitó a extender sus saludos a todos en modo de inclinaciones y se movió hasta la salida de la pista, donde su entrenadora y Phichit aplaudían con júbilo.

—¡Qué presentación, señores! ¡Qué presentación!

—Artísticamente el trabajo de Seung-Gil es magnífico, ha logrado sumirnos a todos en ese ambiente aterrador que representaba la melodía. Sus movimientos precisos, saltos impecables, la manera en que se movía eran demoledora.

—Seung-Gil ha prácticamente sacudido el espíritu de todos y nos ha devuelto a la competencia. ¡No hubo siquiera un momento de duda! ¡Ha venido a ganar y lo ha demostrado con creces!

—Recibe ahora el abrazo de su entrenador y de su pareja, Phichit Chulanont, ex patinador representante de Tailandia. Esta primicia fue revelada horas atrás antes del inicio de la competencia, y explica lo involucrado que se encontraba con el nuevo proyecto de show de hielo que prepara Chulanont desde hace un año.

En el Kiss and Cry, mientras aún los abrazos seguían, Phichit y Seung-Gil se sentaron a lado de la entrenadora, sujetando sus manos. Esperaban la puntuación, mientras J.J., tensó al haber visto la presentación, veía la repetición de los saltos e identificaba la perfecta ejecución de ellos, tal cual se habían visto en las olimpíadas. Seung-Gil había mejorado, se notaba el cambio, aunque siguiera manteniendo su mismo estilo. Su forma de expresarse, su confianza, todo era distinto.

La tensión fue mayor cuando al revelarse los resultados, la euforia del público retumbó en el estadio. Los 115,52 los sorprendió a todos y Seung-Gil, orgulloso de su resultado, apretó las manos celebrando su victoria. J.J. miraba los veinte puntos que ahora lo separaban del primer lugar, tomado por Seung-Gil, mientras se quedaba en el tercero.

—Digna presentación, digno puntaje, ¡ha sido un despliegue increíble!

—Además que Seung-Gil acaba de batir su propio récord en el programa corto. Debe estar muy orgulloso.

—Ahora estoy ansioso de verlo en el libre. ¿Podrá Seung-Gil mantener su lugar en el podio?

Ciertamente lo estaba. Seung-Gil salió del Kiss and Cry con la cabeza en alto, pasando su brazo sobre el hombro de Phichit mientras avanzaba hacia el pasillo. Faltaban dos patinadores más para presentar, pero quería ver esas presentaciones de ellos desde el pasillo. Podía en él el deseo de besar y abrazar a Phichit para celebrar su puntuación.

Cuando pasó por la salida, vio a J.J. dirigiéndole la mirada, con los brazos cruzados y los hombros tensos. Se separó un momento de su novio para acercarse al canadiense, y le miró fijamente, ignorando por completo la diferencia de altura que había.

—Eso estuvo muy bien —elogió J.J., aunque era visible la incomodidad que había al hacerlo. Seung-Gil adivinaba que no se trataba de él, sino de darse cuenta de que necesitaba esforzarse más.

—Lo estuvo —Seung-Gil manifestó su regocijo a través de su expresión confiada—. He venido a ganar, no me lo pongas tan fácil.

Ajena a todo el bullicio que ocurría en el estadio, se hallaba Mari sentada frente a la camilla, con el saco de su hermano en brazos, mientras lo veía acostado con la camisa desabotonada y el cinturón abierto. Los paramédicos tuvieron que actuar de inmediato ante el ataque de pánico que Yuuri había sufrido en la pista, pero la nevada que había empezado a caer con fuerza los había imposibilitado de moverse a una clínica. Sin embargo, habían contado con todo lo que necesitaban para paliar la situación.

En la camilla, el rostro de Yuuri se veía pálido, con su cabello ya seco y despeinado y los ojos abiertos, pero sin enfocarlos más que en la pared. Pestañeaba lentamente y parecía perdido; a Mari se le hizo un nudo en la garganta al notar lo drogado que había quedado tras el episodio. Al quitarle la chaqueta y abrirle la camisa para atenderlo, los médicos habían notado la sudoración exagerada que había en sus extremidades. Mari sabía que Yuuri había tenido miedo, real miedo, y si a alguien le quedaba duda del efecto que Rusia había tenido en él, esta situación la había aclarado. Era más que evidente el destrozo que había provocado ese país en su hermano.

Apretando los labios con frustración, Mari desvió la mirada hacia la puerta cuando escuchó el ruido. Izumi Mori apareció con su porte serio. Era un hombre de menor altura que su hermano, delgado, y con el cabello oscuro. Miró con preocupación hacia la camilla.

—Veo que ha despertado. Parece que los calmantes fueron fuertes.

—¿Ya nos sacarán de aquí? —exigió la mujer, con la mirada endurecida y sin buscar justificaciones. Izumi renegó.

—Falta poco para que termine el evento, daremos tiempo así para que la tormenta baje su intensidad. De momento no es seguro movernos de aquí. Yuuri estará bien…

—Eso decían desde Japón —reclamó con desdén. Izumi respondió con una ligera inclinación y soltó una disculpa—. Suficiente ya. Sus disculpas no nos…

El toque en su mano la alertó, obligándola a voltear para ver a su hermano, mirándola con un poco más de entendimiento. La mano de Yuuri había sujetado la suya, apretándole ligeramente. Aún lucía como si estuviera extraviado, apenas intentando despertar de la nebulosa donde estaba sumido en una falsa calma. Por lo que podía notar, estaba esforzándose para despertar por completo.

—Hemos hecho llamar a su terapeuta. Le hemos pedido que venga de emergencia a Rusia. A esta hora ya debe estar en el aeropuerto. Queremos asegurarnos de que se encuentre bien, haremos todo de nuestra parte para lograrlo.

—¿Qué harán con Rusia? —interrogó, apretándole la mano a Yuuri, mientras que con la otra acariciaba sus mechones negros. Podía notar la vaga mirada de su hermano sobre ella, pero ella enfocaba sus ojos con fiereza ante el representante de la JSF—. Me imagino que harán algo.

Si no lo hacían, se arrepentiría toda su vida de no haber cedido al impulso enloquecedor que tiraba de ella para hacerla golpear a todos los que cargaban máscaras de cerdo. Por no haber caído ante aquella mujer, para hacerle saborear todo el peso de su ira sin mediar consecuencias. Mari había visto todo y, ante la encolerizada llamarada, se encegueció hasta que los clamores de los comentaristas llamaron de nuevo toda su atención. El tumulto que enfocaba las cámaras, mientras ellos gritaban que algo le había pasado a su hermano, la había hecho pasar de la burda furia a la total desolación y desesperación.

Había corrido. Minako no pudo sostenerla cuando, sin rumbo fijo, había corrido para tratar de llegar a él.  Agarró a cada oficial ruso de su chaqueta clamando para que la llevaran donde Yuuri estaba, y había tenido que ver la frialdad de aquellos que no se detenían a entender lo que estaba pasando. Si no hubiera sido por Phichit, no hubiera podido dar con Yuuri; pero, cuando intentó acercarse a la camilla donde lo llevaron y la arrastraron fuera de su alcance, Mari se percató en ese momento de lo mucho que dolía su garganta y de lo poco que veía. Estaba llorando y se había cansado de gritar.

Por eso estaba allí, y no habría fuerza que la sacara de su lado. Mari Katsuki iba a sacar toda su terquedad para asegurarse que Yuuri llegara completo a Japón. 

Izumi entendía eso, y bajó la cabeza. Mari respondió con una mueca disgustada.

—La JSF lanzará un comunicado donde mostremos nuestra posición con el ataque y pidamos acciones por parte de la ISU, si no, nos llevaremos a nuestros atletas de aquí, pero la ISU nos ha pedido un poco de paciencia. Con la presión de las federaciones de Canadá y Estados Unidos…

—Quiero gente presa… —respondió Mari, con aversión—. Los quiero expuestos a todos con sus malditas máscaras de cerdo ante la prensa y el mundo. Quiero que cada uno de ellos se arrodille y le pidan perdón.

—Srta. Katsuki, entiendo su pesar, pero de momento eso está en las manos de la justicia rusa. —Mari bufó con desagrado—. Sin embargo, hay formas de cobrar lo que le hicieron a Yuuri.

Mari necesitaba un cigarro. Lo venía ansiando desde que todo empezó en la mañana y ahora eso se volvía como una bola de ansiedad temblando entre sus manos. El impulso hormigueaba en sus manos, le apretaba en el pecho, la hacía sentir exhausta. Tuvo que cerrar los ojos y respirar.

—Minami… —Escuchó la voz de su hermano, y ella se giró para observarlo recuperando poco a poco la lucidez—. ¿Dónde está?

—Está compitiendo, Yuuri —se apresuró a contestar Izumi. Mari pudo ver el momento mismo en que esa verdad atravesó los ojos de su hermano como puñales—. Está acompañado de la Srta. Okukawa.

—No… yo tengo que estar con él.

Lo conocía lo suficiente como para adivinar su reacción. Yuuri no se iba a quedar quieto a sabiendas de que su pupilo estaba enfrentando solo la competencia. Atragantó todo cuando le vio moverse con descuido, sin darle importancia a la vía que estaba en su mano; y, aunque entendía perfectamente la necesidad de Yuuri de ir, no iba a dejar que volviera a primar la seguridad de otros por la suya.

—Yuuri, no te muevas —el tono de voz de Mari no admitía réplica, pero Yuuri la ignoró, y comenzó a respirar con dificultad.

—Tengo que estar con él, se lo prometí… 

—Yuuri, no me hagas repetirlo —la voz atorada de Mari intentaba imponerse, pero ya Yuuri empezaba a moverse neciamente en la camilla.            

Irritada, se quedó en silencio mientras Izumi se acercaba y la apartaba de Yuuri, intentando calmarlo por su cuenta. Ella sabía que aquello no iba a ser posible. Lo conocía demasiado, era para ella evidente el nivel de terquedad de su hermano y así lo vio, levantándose mareado, dejándose llevar por la ansiedad. Apretó sus palmas y sus labios, su ceño se frunció cuando Izumi intentó contenerlo, sin resultado.

No podría…

—Sr. Katsuki, por favor vuelva a la camilla.

No podría…

—¡Sr. Katsuki!

—¡Tengo que ir con Minami! ¡Se lo prometí! —Yuuri alzó la voz, sacando fuerzas de donde no tenía a pesar del tembloroso movimiento de sus piernas.   

No…

Idiota…

Mari se acercó con paso firme y con un ligero empujón apartó al encargado de la federación de su lado. Yuuri levantó la mirada atribulada, pero nada detuvo la trayectoria de la mano de su hermana cuando la alzó para dejarla caer y abofetear su rostro, con fuerza. Del golpe, Yuuri volteó la cara, con los ojos muy abiertos y la respiración atorada. Izumi guardó silencio al verlo, porque además de la expresión sorprendida de Yuuri, quien se quedó en silencio, estaba el rostro enrojecido y frustrado de la hermana mayor, observándolo.

—¡Hasta cuando vas a ser tan egoísta! —reclamó su hermana, alzando la voz—. ¡Tuve que llamar a nuestra madre para calmarla después de lo que vio en televisión! —La piel de su cuello enrojeció rápidamente. Mari estaba golpeando el aire con cada grito, expresando así toda su angustia—. ¡Nos has hecho correr a todos hasta aquí! ¡Sabías que esto iba a pasar, sabías que esto ya estaba pasando, y no fuiste capaz de decir absolutamente nada!

—¡No quería preocuparlos…!

—¡Lo lograste! No estamos preocupados, ¡estamos aterrados! —exclamó con el dolor en la garganta, y Yuuri se encogió en sí mismo. Mari tuvo que controlarse al sentir su mandíbula temblar—. ¡Maldición…! ¡Me asuste tanto…! —Yuuri levantó la mirada solo para ver a su hermana derrumbarse sobre el asiento y tapar su rostro con ambas manos, intentando secar las lágrimas que ya la atoraban—. ¡¿Pretendes acaso que vuelva a Japón con tu cadáver?! ¡Qué le voy a decir a mamá y a papá! 

—Lo siento…

—¡No lo sientes, Yuuri! ¡Tú no lo sientes! —gritó y fue incapaz de hablar más cuando la última sílaba murió en medio del ahogo. Yuuri trabó la mandíbula mientras las gruesas lágrimas caían por sus mejillas.

Los dos hermanos fueron incapaces de continuar, y en medio de ello se formó un agujero lleno de silencio. Entre los hipeos y los suaves lo siento de Yuuri, estaba el mutismo de Mari, quien no quería hablar, aunque estaba ahogada en llanto. Izumi se mantuvo ajeno a la escena, respetando la privacidad final que había. Lo hizo aun a sabiendas de que nada podría hacer para ayudar.

El momento se volvió mucho más íntimo, cuando Yuuri mencionó neechan con ese tono tan melódico y Mari se encogió sobre su cuerpo, temblando. El recuerdo de su pequeño hermano regordete y terco con sus patines, apretando sus mejillas tras cada caída, volvió a ella para aplastarla entre la nostalgia, el dolor, y el miedo a la pérdida. Ella no podría soportarlo, no podría soportar volver a verlo derrumbarse de ese modo. Mataría a quien se atreviera en esos momentos a siquiera insultarle, así tuviera que llenarse las manos de sangre rusa. Sus pensamientos congestionados la llenaban de rabia y de frustración porque sabía que no podría hacer nada.

Pero Yuuri intentó extender su mano, para tocarla. Mari aún temblaba hecha un ovillo en la silla, apretando el saco de Yuuri como si lo que hubiera en la camilla fuera un cadáver, y eso fuera todo lo que quedaba de él.

—Neechan… estoy aquí —suplicó Yuuri, tratando de controlar su propio llanto, el cual fluía libremente al ver a su hermana derramarse de esa manera.

Mari neechan siempre había sido fuerte, siempre había sido capaz. Yuuri la admiraba porque nunca cedía al miedo, ni a la frustración. Mari era una mujer altísima, potente, fuerte… él quería ser como ella, tomar las cosas como ella, ser fuerte como ella. Jamás la había visto llorando, así…

Ella se levantó, en un momento, y agarró la cabeza de su hermano para pegarla contra su cuerpo. Yuuri respondió a ese gesto abrazando la figura de Mari, mientras se dejaba arrullar por los latidos furiosos de su corazón, la respiración descontrolada, el tacto caliente de sus pechos. 

—Nos hubieras dicho… —susurró Mari, intentando recobrar la calma mientras peinaba los cabellos negros de su hermano—. ¿Por qué cargaste con todo esto solo? Eres tan tonto… tengo un hermano tan tonto y necio… 

Izumi decidió salir. Dejó a ambos hermanos abrazados y susurrándose cosas que no alcanzaba a escuchar, para quedarse en el pasillo pensando en las posibilidades que tenía en sus manos. No había querido decirle en ese momento del bajo desempeño de Minami, no creyó prudente hacerle saber del desarrollo de la competencia. Ya era muy tarde, y sólo quedaba tomar decisiones y ver cómo llevar a cabo el resto de la presentación.

Estando en el pasillo, vio la figura apurada de Minako Okukawa. Su cabello ya lucía algo despeinado a lo habitual, su largo abrigo se movía mientras caminaba acelerada. Para Izumi, era increíble la forma en que la ex ballerina se mantenía, con porte y gracia, pese a su avanzada edad. Se inclinó a modo de respetuoso saludo, cuando la vio detenerse.

—¿Y Yuuri?

—Ya despertó. Está en este momento con su hermana…

No le dejó terminar de hablar. Minako lo apartó de su camino, para apresurarse a la habitación e Izumi apenas pudo asomarse para ver de lejos la escena. La mujer llegó a apartar a Mari de su camino para agarrar en un fuerte abrazo a Yuuri, mientras soltaba mimosas palabras de amor que más se asemejaban a una madre. Luego vinieron los regaños: por qué no les dijo, por qué no corrió en ese momento, por qué quiso ocultarlo todo. No dejaba de preguntar y reclamar, aunque tampoco le daba tiempo a Yuuri a explicarse, porque casi de inmediato lo apretaba contra su pecho y le acariciaba la espalda.

Soltó el aire, y cerró la puerta para darles privacidad. Le asombró no ver a Minami allí, cuando éste era uno de los primeros en querer estar cuando Yuuri despertara. Le frustraba toda la situación porque se sentía de manos atadas, Minami no debió haber competido tras semejante situación. Había estado llorando, cabizbajo, controlando todo su enojo. Era visible que todo ello lo haría flaquear en la pista.

Leo pensaba lo mismo, mientras con los brazos cruzados se apoyaba contra el lavadero, viendo la escena. Al otro lado estaba Seung-Gil con la chamarra coreana puesta y ocultando sus manos, cuando J.J. decidió entrar a los vestidores y quedarse callado viéndolos. Phichit estaba frente a un cubículo y parecía estarle hablando a alguien a través de la puerta de metal. J.J., curioso, dirigió la mirada hacía Leo para tener alguna respuesta.

—Minami no ha querido salir de allí desde que compitió.

J.J. se limitó a hacer silencio; bien sabía que esa clase de frustraciones no se iban a aliviar con una palmada en la espalda. Por otro lado, Phichit insistía en convencerlo para hacerlo salir. Lo hacía con un tono amable, como si realmente no estuviera pasando nada y le invitara a abandonar toda esa rabia para después. 

—Ya Yuuri despertó, Minami, él quiere verte —solo recibió el silencio en respuesta—. Vamos, Yuuri no se va a molestar por lo que pasó. ¿No tiene moral, recuerdas? ¡Se cayó más veces de las que pude contar! Él también se frustraba, y también fallaba en sus presentaciones… él sabrá entender. 

Ante la ausencia de respuesta, Seung-Gil estaba cansándose. Al menos había logrado besar y abrazar a Phichit en los pasillos antes de que se metiera en la tarea de tratar de animar a Minami, ya que Leo no había podido convencerlo y Minako no podría entrar. Mostró su aversión en el rostro, ya pensando seriamente en abrir la puerta de una patada. Ya había sido demasiada debilidad mostrada.

—Minami, Yuuri quiere verte, es en…

—Permíteme —la voz de Seung-Gil resonó mientras caminaba hasta el cubículo. Phichit le hizo una expresión de advertencia, pero su novio lo hizo callar al apretar suavemente su brazo—. Sal de ese lugar, Minami Kenjirou. ¿Piensas dejar a Yuuri más tiempo solo aquí? Deberías estar allá, con él, planeando la ofensiva para repuntar el día de mañana.

—Yuuri cree en ti… —se animó a continuar Phichit—. Siempre me decía al ver tus presentaciones el año pasado, que le gustaba verte patinar porque lo recordabas a él, a su carrera. Se emocionaba. Él volvió a disfrutar el patinaje por ti.

Leo escuchó la llegada de alguien más al baño y, al voltear, se quedó en silencio reconociendo su presencia. J.J. siguió observando la escena frente al cubículo pensando en si debería intervenir, ignorando la nueva persona que estaba allí. Seung-Gil y Phichit seguían frente a esa puerta llamando a Minami de vuelta, intentando alimentar un poco su confianza para que pudiera salir.

—Cuando ocurrió aquella vez, vi a Yuuri levantarse y al día siguiente patinar con todo lo que él traía. A pesar del silencio de toda Rusia y la presión, ganó orgullosamente el oro callándolos a todos —le hizo recordar Seung-Gil, enfatizando sus palabras en inglés.

—Yuuri ya no puede hacerlo ahora, pero tú puedes hacerlo por él.

—No —Seung-Gil invalidó las palabras de su novio con voz firme—. No tienes que hacerlo por él. Tienes que hacerlo por ti mismo —las palabras de Seung-Gil fueron certeras—. Toda esa gente menospreció tu trabajo, se burló de tu esfuerzo, se regocijó de tu derrota. Pretendió convertir un evento tan importante para nosotros en un circo burdo. Se burlaron de ti, Minami, de nosotros. Nosotros debemos responder en consecuencia. Tú debes hacerlo. Demuéstrales por lo que tanto te has esforzado, que no son suficientes para vencerte.

Hubo silencio. El resto de los patinadores presentes tomaron esas palabras de forma muy personal. Esa competencia no había sido lo que habían esperado, pero era su momento, ese momento en sus vidas donde podrían demostrar lo que eran capaces de hacer en la pista. Aún si el público lo había olvidado, ellos tendrían que recordárselo.

En la reflexión muda de todos, se escuchó el seguro de la puerta y Minami salió. Su rostro estaba hinchado de llorar, aún enrojecido, pero con los ojos hinchados, fue capaz de subir la mirada y observarlos con pesar a todos. Sin embargo, Phichit pudo ver que en el fondo todavía había una pequeña llama que luchaba por sobreponerse a la humedad. Leo se acercó, cortando la distancia mientras observaba con una sonrisa amigable la expresión descolocada y cansada de Kenjirou. Posó su mano sobre el hombro tenso y lo sacudió ligeramente.

—Estoy ansioso de ver al nuevo fénix en la pista —le dijo, animándolo. Minami se limitó a asentir y a inclinar su rostro en agradecimiento, aunque se le atoraban las palabras.

—Yo… lo siento —todos se giraron al escuchar la entonación en inglés con acento ruso. Alexis Bogdesko estaba allí, con la expresión compungida y apretando los labios gruesos con vergüenza. Con su cabello pelirrojo y despeinado y su piel blanquísima, miraba la escena de los patinadores extranjeros animándose entre sí, y animando a Minami—. Yo… lo lamento mucho.  Me avergüenza lo que mis compatriotas han hecho hoy. Me siento muy apenado, y preocupado por el estado del sr. Katsuki y yo… no sé cómo expresar mi vergüenza…

—Ya lo has hecho… —sonrió Phichit, animándole a acercarse. El muchacho prefirió no hacerlo; los ojos encendidos de Minami le advertían que mejor guardar la distancia—. Gracias por tus palabras, le haré saber a Yuuri que no toda Rusia lo odia.

—Yo lo admiro —se precipitó a confesar—. No he podido acercarme porque… sería mal visto. Admiré mucho su patinaje, al igual que el de Víctor Nikiforov. Ambos son mi ejemplo para seguir…

—Ojalá no sigas el ejemplo de Víctor de callar —la voz que se escuchó fue la de J.J., quien se había mantenido al margen hasta ese momento—. Son nuestros fans, y nuestro apoyo, pero también hay que saber contenerlos.

—Sr. Leroy, creo que todos los que estamos aquí es porque no hemos tenido que abandonar el hielo por una lesión grave —arremetió Alexeis, dejando en claro que en su presencia tampoco iban a hablar mal de Víctor Nikiforov. J.J. hizo una mueca de desagrado y Minami chistó—. Yo… ya dije lo que necesitaba decir. De verdad, lo lamento mucho.

Sin más que agregar y sintiendo la electricidad en el ambiente, Alexis abandonó el baño. Leo en ese momento se percató que había retenido el aire en los últimos segundos de aquella extraña confrontación. Seung-Gil solo renegó y Minami se limpió un poco la cara.

—Es otro Nikiforover más —ladró con desidia, al abrirse paso para enjuagarse la cara. Sus manos aún temblaban.

—Pero tiene razón —Phichit se cruzó de brazos—. Es fácil juzgar el silencio de Víctor, pero ninguno de nosotros ha tenido que abandonar esto en contra de su voluntad.

Todos guardaron en silencio, reflexionando esa honda verdad. Minami, al verse en el espejo con el rostro completamente afectado, pensó que necesitaba ahora ser más fuerte que nunca si quería ser el apoyo de Yuuri… si quería ganar el oro para regresar a Japón con la frente en alto. Había sido derrotado, pero el fénix siempre se levanta de sus cenizas…

El sonido de toda la gente que se movía en el aeropuerto de Pulkobo I no lo distrajo de seguir buscando información en las redes. No había nada, ninguna noticia sobre Yuuri, en cambio, se habían mostrado las terribles presentaciones de casi todos, excepto Seung-Gil, después de lo ocurrido. Esperaba sentado en la sala de espera junto a Mila, apretando los labios al volver a correr una vez más la presentación de Minami Kenjirou tan distinta a la que vio en vivo en América.

Por primera vez, podía comprenderlo. Ahora Minami había estado en el lugar donde él estuvo en un momento, podía imaginar lo que sentía porque él mismo lo vivió. Claro que no se podría patinar después de eso, lo comprendía, pero era tan evidente lo mucho que le había afectado que no le quedaba duda de los sentimientos profundos que Minami tenía hacia Yuuri.

Torció los labios, impaciente, y volvió a cargar el inicio del Instagram. La fotografía extraña que Víctor subió junto a esa publicación todavía recibía reacciones de todo tipo. Algunas incluso se animaban a decir que Víctor no debería perder tiempo estando pendiente de esas cosas sino en entrenarlo a él para que hicieran “algo” en Francia. Las Yuri Angels se habían metido a discutir con varios, y otras fans de Víctor a defenderlo. Aquella publicación recortada, que Yuri pensó se publicó en un descuido de Víctor, seguía formando un revuelo.

—Oh… mira esto… —escuchó la voz de Mila, y se asombró para ver el inicio de su red social. Allí pudo notar la publicación de Alexis Bogdesko, hablando de lo sucedido.

Alexis Bogdesko
12 min — IOS Iphone
“Hoy Rusia puede estar avergonzada de mi baja participación, pero yo estoy avergonzado de su actitud en el estadio. Hoy, me siento avergonzado de alzar la bandera rusa.”

Leer más…

Vanya Petrov: Menos mal que te avergüenzas de alzar la bandera. Deberías dejarla y dejar de avergonzarnos a nosotros en cada presentación.

Mijail Troski: Eres tan patético, que pretendas ganar fama aprovechándote de esto es la peor idea que se te pudo ocurrir.

Alexia Ivannova: ¿Sabes que la mayoría de los fanáticos rusos que fueron no estuvieron en el complot? Y, además, que los rusos solo se pusieron las máscaras, ¡fueron los salvajes de américa los que iniciaron los golpes!

Piotr Bakunin: Ahora que Rusia necesita tu apoyo le das la espalda. Que decepción.

Las reacciones eran mayormente de odio y desagrado a lo dicho. La publicación fue compartida en distintas partes, mostrando su profundo odio a las palabras de uno de sus representantes. Yuri miró los comentarios y apretó la garganta al leer la aberración escrita de ellos. Alexis era joven, no tenía muchos fanáticos, asique lo que había hecho era, prácticamente, lanzarse al foso.

Ambos suspiraron cansados de toda esa situación inverosímil. Miraron hacia la caja de la aerolínea, donde Víctor y Georgi estaban discutiendo aún: buscando pasajes de avión para Moscú, los más cercanos e inmediatos. Fuera, estaba nevando; a pesar de lo lejos que se encontraban de la nevada que habían anunciado, el clima de San Petersburgo estaba siendo afectado por la fuerte tormenta. Muchos vuelos ya se habían cancelado.

Louis se sentó a su lado, al volver con un vaso de café en manos. Soltó un suspiro contagioso.

—Parece que los fanáticos que compraron entradas al evento estarán apostados mañana exigiendo entrar —anunció. Mila y Yuri compartieron una mirada comunicativa—. Esto se ha salido realmente de control…

—¿Qué deberíamos hacer? —Mila pensó. No creía que ponerse a escribir nada en las redes sociales en este momento ayudara, sería como meter más combustible en semejante incendio.

—No lo sé. También están llamando a hacer una manifestación frente al estadio en contra de las declaraciones de Estados Unidos y Canadá. La consigna es defender a Rusia: “Ellos no nos representan”.

—¿Cómo sabes todo eso, enano? —refunfuñó incrédulo y Louis se cruzó de brazos.

—Tengo cuentas falsas…

Al menos, el movimiento que había encabezado semejante situación estaba perdiendo fuerza. Los fanáticos de Rusia estaban enardecidos con la posibilidad de que perdieran sus sedes, tal y como América y Canadá inquirieron. Y el haber sacado a la luz el antiguo escándalo del dopaje había sido otro golpe en el ya afectado orgullo ruso. Yuri se limitó a sujetarse la cabeza, cansado de pensar.

Entonces, vieron a Víctor apartarse cojeando de la aerolínea, visiblemente molesto. Georgi decidió insistir más; aunque era evidente al ver en las pizarras los vuelos que eran cancelados, que ningún avión podría salir a Moscú esa noche.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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