Matryoshka II (Cap 30)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 30. Copa Rostelecom: Nos pesa el odio.

fsrussia 5 min
fsrussia Entrenamientos oficiales antes de la Copa Rostelecom #ISU #FigureSkatin #Moscow

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“¿Eso es un flip cuádruple?”

“¡No puede ser! ¡Maldita sea!”

“Y aquí vemos como las malas imitaciones se reproducen. ¡JA! ¡Japón de nuevo queriendo imitar el flip cuádruple! ¡@nikiforov-v nadie como tú!

“¡Estoy tan enojada! ¡Esto es un insulto en nuestra cara!”

Los medios no tardaron en colar la información por las redes sociales y los críticos tampoco en comentar. La secuencia del salto flip cuádruple que Minami había ejecutado en las prácticas, fue como echar sal a la herida de los miles de rusos que vieron con indignación cómo los extranjeros se abrían paso en un deporte donde ellos siempre fueron elite.

Y así, no fue sorpresivo que no solo en las páginas de los aficionados, sino en los grupos y sitios oficiales, el rencor se filtrara a través de comentarios generando inconformidad. Las discusiones en inglés se hicieron largas y extenuantes, cuando fans de todo el mundo empezaron a comentar sobre el hecho.

“¡Alguien debería recordarles a los rusos que el flip cuádruple no fue inventado por Nikiforov! #FuckRussian #fsrussia #CopaRostelecom” 10 seg

“¡Me tienen harto con su estúpido nacionalismo! ¡El flip fue creado por un americano! ¡Qué Víctor haya sido el primer patinador en clavar un flip cuádruple en competencia no lo convierte en un salto ruso! #NikiforovVictor #FlipCuadruple #FuckRussian” 10 seg

“¡Ya quiero que nuestro J.J clave un axel cuádruple en Rusia para que les calle la boca a todos esos comunistas rusos! #JJStyle #JJLeroy #CanadianKing #FuckRussian” 10 seg

“A los rusos hay que darles un medicamento para la memoria, porque están olvidando que Minami Kenjirou lo que menos le interesa es imitar a Nikiforov, está siguiendo a su ídolo, Yuuri Katsuki, ¡quien fue capaz de clavar dos en una sola rutina! #KatsukiRulz #NewLegends #FlipCuadruple #MinamiKenjirou #FuckRussian” 10 seg

“¡Oh miren ese bello flip cuádruple en la segunda parte de la rutina Yuri on Ice, con la que Yuuri Katsuki quebró el récord impuesto por Nikiforov, su pareja! #KatsukiYuuri #NewLegends #FlipCuadruple” 9 seg

“Parece que Kenjirou no confía en sus secuencias de paso como para arriesgarse a meter un quad flip en la presentación. ¡J.J huele el miedo! #JJStyle #JJLeroy #CanadianKing #FearJapan” 9 seg

“Digan lo que digan, el primer patinador que pudo clavar en competencia un flip cuádruple y un Lutz cuádruple es el mejor de todos: ¡Víctor Nikiforov! #VictorNikiforov #GoldLegends #RussianKing” 9 seg

“El primer patinador, que no sabemos si estaba dopado #VictorNikiforov #GoldLegends #RussianKin #FuckRussian #Dopaje” 9 seg

En el comedor de la pista, los competidores se encontraron animadamente para alimentarse y reposar después de una jornada de prácticas. Había condiciones estrictas que cada federación se tomaba para evitar que hubiera algún tipo de sabotaje en la alimentación, y éstas eran agravadas cuando se encontraban en suelo ruso. La severidad de la ISU para evaluar cualquier escándalo de dopaje con la nación rusa era del conocimiento público, ya que a pesar de no haberse podido comprobar mayor cosa, quedó la intriga de haber sido engañados en los corazones de todos.

En la mesa se encontraron Phichit, Seung-Gil, Leo y su entrenadora, Yuuri y Minami se sentaron con ellos tras recoger sus bandejas para comer. Minami no demoró en empezar a masticar los alimentos, hambriento después de la dura práctica y Phichit rio animado al ver que Seung-Gil y Leo hicieron lo mismo. Al rato se acercó Hikari Fujiwara, otro patinador de Japón con quien habían compartido con Minami sus inicios en la categoría Junior. Saludó a ambos patinadores con una reverencia y se mostró emocionado de hablar un poco con Yuuri antes de alejarse a comer. No había mucho espacio en la mesa.

—Oh, Yuuri, los Fujiwara te persiguen. —Ante el comentario, el japonés casi se atragantó con el bocado que masticaba, empezando a toser. Leo levantó la mirada con interés ante la nueva información.

—¿Los Fujiwara?

—No es nada… —Aclaró Yuuri con prisa, dedicándole una mirada comunicativa a su amigo quien no tardó en reír con gracia.

—Oh… Yuuri. Él te fue a buscar en la pista —Minami lo comentó tras limpiarse los labios con la servilleta, para luego prestar atención a las expresiones de Yuuri. Su entrenador se quedó en silencio, pero Phichit le dirigió una mirada elocuente que hacía saber cuáles eran sus pensamientos al respecto.

Yuuri decidió levantarse con la excusa de buscar agua, y se alejó de la mesa, con el teléfono en mano. Preocupado buscó el chat de Takao y se sintió mal por haberlo ignorado, aún si tenía razones completamente justificables. A veces le asfixiaba un poco la sobrada atención, cuando él creía haber dejado las cosas en claro. Y sí, no había mala intención de su parte y debería agradecerlo, pero ahora se sentía sumamente incómodo por los pasos que estaba dando en su vida.

Decidió hacer algo de inmediato y le escribió, para al menos tranquilizarlo. Aprovechó la espera en la maquina dispensadora por una botella de agua, hasta que escuchó el cuchicheo. A través del reflejo del vidrio, vio parte del equipo ruso de patinaje en la mesa cercana. Una rubia, a la que reconoció como una de las patinadoras más veterana quien no había logrado superar a Mila en los últimos años, era la que hablaba.

—Siempre supe que era un trepador —escuchó claramente en ruso—. Debería darle vergüenza de venir aquí.

—Es un oportunista. Aprovechó que podía volver como entrenador y claro, aquí está.

Yuuri recibió la botella de agua y decidió apartarse, sin decir nada. Era mejor no ceder a las provocaciones, a sabiendas que vendrían más comentarios de esa índole en el resto de la competencia. Caminó con prisa hasta dar alcance a la mesa, y se sentó allí, con un gesto que delataba su perturbación.

—¿Pasó algo? —Yuuri renegó ante la pregunta de Phichit, que por obvias razones no le creyó nada. Solo abrió la botella y bebió un largo trago de agua. 

—¿Le escribiste? —preguntó Minami, y tras unos segundos de distracción, Yuuri comprendió a quién y asintió.

—Sí, pero no me ha respondido.

—Se hará el difícil ahora. Yo lo haría —la mirada de Yuuri parecía pedirle un alto, pero Phichit solo le sonrió en respuesta.

Hasta que se escuchó. Habían encendido uno de los televisores y se escuchaba la voz de dos actores jóvenes rusos, en medio de una música movida. Como estaba en ese idioma, la mayoría de los presentes extranjeros no prestaron atención. 

“—¿Entonces crees que Yuuri Katsuki tuvo algo con Yuri Plisetsky?”

Yuuri levantó la mirada hacia la pantalla, con los ojos muy abiertos al escuchar semejante declaración. Entre abucheos del público presentes en la locución, vio a los jóvenes actores reírse antes de poder continuar.

“—Jajajaja ¿crees que Yuri Plisetsky le haría caso? ¡No lo creo!

—Pero solo hay que ver ese abrazo, ¡mira!”

En pantalla se mostraba las fotos ocurridas en la despedida del día anterior, en las puertas del hotel Astoria. Alguien había hecho las tomas desde afuera, pero se veía completamente el abrazo efusivo de ellos dos y casi no se notaba a Louis por una de las columnas.  Todas las imágenes se mostraban enfatizando la posición de sus manos, la forma en que apretaba el abrigo…. Yuuri tragó grueso, palideciendo casi al instante.

“—Bueno, bueno, ¡lo vieron varias veces llegando al hotel!

—¡La foto de la moto es emblemática! De hecho, lo veían así muy seguido antes del retiro de Katsuki, ¿no?”

Comenzó a apretársele el pecho. Yuuri contuvo el aire, mas no porque así lo quisiera. Fue como una presión invisible apretándolo por dentro y por fuera, al punto que empezó a transpirar. Dirigió su mirada hacia la mesa donde estaba el equipo rojo y a la rubia patinadora le vio llena de odio. El que se haya colocado el programa allí había sido una completa provocación.

—¿Qué están diciendo? —escuchó la voz de Minami al lado, quien había reaccionado ante su expresión atónita para mirar la pantalla. Se había girado hasta colgar su brazo en el espaldar—. ¿Yuuri?

Leo se tomó la previsión de agarrar a Minami del brazo, anticipándose a cualquier cosa, porque ya había visto lo impulsivo que podría llegar a ser. Phichit calló, pero su rictus delataba la amalgama de sentimientos contrarios que le apretaban hasta el cuello.  Porque a pesar de no entender el idioma, solo bastaba ver la expresión de Yuuri para comprender lo que estaba ocurriendo. Eso, las fotos, el bullicio que se colgaba del set y…

La pantalla se apagó. Yuuri sintió como si le hubieran abierto las ventanas. Y la figura de Deborah Lam estaba frente al televisor antes de balancear sus caderas y caminar hacia donde la patinadora rusa la miraba. Mantuvieron el contacto visual antes de que la canadiense le sonriera petulante, con su largo cabello sujeto a una cola.

—Tengan la amabilidad de poner programas en inglés, para sus visitantes extranjeros.

—¿Y si no me provoca? —alargó la sonrisa, desestimando la presencia de Deborah con altanería.

Para sorpresa de todos, fue Minami quien se levantó de forma ruidosa y llamó la atención de los presentes. Leo tuvo un mal presentimiento, pero no pudo actuar lo suficientemente rápido como para detenerlo. Sin embargo, Minami no pensaba enfrentarse a Rusia de nuevo, ni tampoco iba a poner en riesgo su participación en la competencia. Lo que sí no iba a permitir, es que nadie se metiera con Yuuri en su presencia.    

Sin decir nada, dejó la bandeja a medio comer allí y le alargó la mano a Yuuri, invitándolo a dejar la mesa. Yuuri, sin terminar de decidir, lo miró aún superado por lo ocurrido, pero otra silla sonó fuerte al ser deslizada, y esta vez se trató de J.J, quien se vio incluso más alto. Puso una mano sobre el hombro de Deborah y le sonrió despampanante.

—No malgastes energías aquí, hazlo en competencia.

Sin nada más que decir, el equipo representante de Canadá siguió los pasos de J.J, abandonando la sala. Phichit fue el siguiente en levantarse, junto a Leo, para hacer exactamente lo mismo. Seung-Gil no muy conforme decidió quedarse. Sin embargo, los ojos de Yuuri permanecieron sobre los de su estudiante, quien esperaba su respuesta para también partir. Sabía que eso sería elocuente, tampoco quería enfrentamientos innecesarios; no obstante, también tuvo la necesidad de escapar de ese lugar y respirar aire fresco.

No dudó más y se levantó. Tomó la mano que Minami le ofreció, para luego soltarla y darle una palmada en la espalda. Hikari Fujiwara también se levantó, llevándose consigo a su entrenador para seguir los pasos de Yuuri y abandonar la sala, dejando a los otros competidores en ellas, donde no solo contaba el equipo de Rusia sino el de otros países que prefirieron mantenerse al margen de la situación.

Nadie dijo nada; concordaron no hacerlo. Todo se definiría en el hielo.

La reunión que tuvo Víctor con Regina se había alargado hasta rozar el mediodía. La mujer, con un gesto analítico, le permitió hablar y luego le hizo ver algunos puntos que debía ahora enfocarse para controlar algunas cosas dentro de sí mismo. Al menos, en palabras de ella, lo veía más sereno. Sin duda la conversación con Yuuri resultó ser analgésica para ambos, aún si la ruptura ya era irreparable. Víctor concordó en eso. Aceptó que hablar con Yuuri de lo ocurrido había sido necesario, que escuchar su perdón fue revitalizante, pero, sin lugar a duda, le pesaba el no haber podido hacer lo mismo.

¿Por qué no pudo pedirle perdón? No cualquier perdón, no con la desesperación que él sintió sino en la forma en que Yuuri lo hizo, con un genuino arrepentimiento que estuviera basado en razones concretas más que en las emociones que él ya tenía. Que pudiera saber por qué actuó de ese modo, para poder asegurarle que no volvería a ocurrir. Le había quedado claro al ver a Yuuri, que Yuuri no volvería a cometer los mismos errores. ¿Qué pasó con él?

—El problema de las personas, Víctor, es que se apresuran a disculparse sin saber el origen. Arrepentirse implica un cambio de curso, asegurar que no vas a volver a caer en el error. ¿Pero cómo puedes saberlo si no entiendes que es lo que te impulsó allí? Mientras no lo sepamos estamos condenados a repetirlo —explicó metódicamente, mientras hacía figuras con las manos en el aire—. Solo aprendiendo la lección tenemos un crecimiento. Pero para eso, Víctor, debemos regresar a ese punto, vernos, ver que nos llevó allí, recordar en qué pensábamos, meditar en nuestros paradigmas, para entonces entender. Y eso, es parte del perdón.

—¿Cómo voy a poder perdonarme cuando regrese a ese punto y vuelva a ver, una vez más, lo injusto que fui? ¿Lo cruel?

Tuvo que preguntarlo, cuando al escuchar las palabras de Regina ya sentía el nudo formándose en su garganta. ¿Hasta cuándo experimentaría tan dolorosa sensación?

—Los vas a hacer, Víctor —susurró la mujer con el conocimiento en sus manos—. ¿Sabes por qué? Porque entenderás que en ese momento no podías actuar de otra manera. Pero para llegar a ese punto, tenemos que estar más en mente, y con menos corazón. Necesitas sacar todas esas emociones acumuladas que tienes dentro de ti, para que cuando llegue ese momento, puedas hacerlo con los ojos abiertos.  

—¿Con los ojos abiertos…?

—Claro… porque tu primera reacción al ir a ese momento será no querer ver.   

La advertencia de Regina sonó atemorizante y Víctor sufrió un respingo involuntario. Sin embargo, se sentía en una extraña calma y dicho estado era una mejoría al menos desde su punto de vista. Al dejar aquella sala se encontró con Yuri y el enorme gato negro de Regina en su regazo. Su nombre era el zar y se comportaba como tal, con esa expresión dominante y el deslizar de la cola oscura en el aire.

—Yuri —llamó, y miró indiferente la expresión compungida del patinador. A pesar de que había pasado un par de horas desde que él había abandonado la sala de Regina aún era notable la hinchazón de sus ojos, el enrojecimiento de su rostro y la mirada vidriosa.

Había llorado.

Ante tal imagen, Víctor pensó que debería significar una mejora que él no hubiera soltado una sola lágrima, a pesar de que a ojos de Regina era todo lo contrario. ¿Pero qué más podría llorar? Había llorado demasiado en los últimos días. Él agradecía el poder tener un momento de descanso, aunque fuera transitorio. 

—¿A dónde van? —regañó la anciana, mientras caminaba con paso rápido hacia la cocina siendo perseguida por el gato negro. Víctor lo vio saltar de las piernas de Yuri—. ¡No me despreciarán la comida!   

—Oh, por supuesto que no, Regina. ¡Encantado de comer aquí! —respondió Víctor con voz ligeramente emocionada. Yuri hizo una mueca y se puso de pie para caminar por allí con las manos en los bolsillos de su pantalón deportivo—. ¿Vas a poder practicar? —preguntó con seriedad. Yuri se veía aún afectado.

—Eso no se pregunta, anciano.

No emitieron ninguna palabra después, limitándose cada uno a estar en sus pensamientos mientras esperaban. Vio a Yuri dar vueltas por las fotografías que Regina guardaba de su matrimonio, con su difunto esposo, visiblemente feliz en distintos lugares de Europa donde viajaron a lo largo de los años. Víctor se dedicó, por el contrario, a leer. Estuvo hojeando sin demasiado interés el libro, más bien repasando en su mente lo escuchado por Regina, lo cual significó estar atorado en la misma línea por casi treinta minutos. 

Regina fue muy franca con él al decirle que Yuri tenía demasiadas cosas atoradas y que debía tener paciencia. No se trataba solo de Yuuri, pero en efecto, Yuuri era lo que más dolía en ese momento por el rechazo suyo que aún estaba masticando y la sensación de haberle fallado a todos por eso. Víctor no tenía claro qué sentir al respecto; si bien, los sentimientos de Yuri no le eran indiferentes, se sentía encerrado en una burbuja protectora desde que había hablado con Yuuri y llorado frente a aquel puente. Como si viera todo a través de un vitral, se sentía protegido de ese modo, aunque todo lo manejara como si fuera algo impersonal.

Con un suspiro cansado, volvió la mirada hacia su aprendiz, quien estaba de pie y de espaldas a él, observando uno de los cuadros de los gatos. A pesar de lo ocurrido, le importaba y preocupaba mucho su desempeño en la pista. Sabía que era poco tiempo el que tenían a favor y mucho aún por mejorar, así que estaba dispuesto a poner todo de sí para llevarlo al punto adecuado, así tuviera que iniciar todo desde el principio. Pero si se encontraba tan afectado emocionalmente, no sabía qué podría hacer por él más que exigirle, como él mismo le pidió.

Para Yuri, la situación no era diferente, aunque no estuviera ya inquieto por el bienestar de Víctor. De algún modo, lo veía tan tranquilo que ahora era él quien se sentía desequilibrado, como si no pudiera hallarse en la nueva situación. No tenía mucha idea de lo que ocurrió entre Yuuri y Víctor esa tarde, pero después de ello, ambos actuaron diferente: Yuuri más sereno, Víctor más hermético. Ese hecho no dejaba de darle vueltas a la cabeza, porque era él quien no encontraba la manera en que debería sentirse al respecto.

Renunciar a Yuuri no era el problema; ciertamente la distancia ayudaría a hacerlo, hasta convertir esos sentimientos aún vivos en pura amistad. Lo verdaderamente apremiante era como controlar el sentimiento de culpabilidad que tenía él desde que vio a Víctor tan mal al volver de América. Eso, junto al desperdicio de la fanaticada y a su propio ego aplastado por sus resultados, era una mezcla que le costaba manejar, sentía que en cualquier momento provocaría una tamaña explosión que lo dejaría desecho.

Además, Regina era muy directa. Él había pensado sobrellevar las citas de una forma que pudiera mantenerse a salvo, pero esa mujer había cruzado todas sus barreras con amabilidad, cariño y determinación. Yuri se sentía burlado por sí mismo; se había dejado llevar por gatos, galletas y leches, para abrirle una rendija donde la mujer supo penetrar sin anestesia alguna. Lo dejó desarmado, le abrió, dejándolo abrumado ante sus propios sentimientos de un modo certero e incluso sádico. Todavía podía sentir el agujero en su estómago cuando ella, con una risita divertida y segura, le dijo que no había que ocultarlo. Que lo sabía todo. Todo sobre él, sobre el ex de Víctor.

Todo.

A partir de allí, no pudo aguantarlo. Todo su temple se derrumbó porque, además, había pensado si así no habría sido tener una abuela. Si así no habría sido el conocer una, porque cuando él nació la esposa de su abuelo ya había muerto. Así que, con tal imagen de la mujer, vestida en pijama, con mirada llena de experiencia y cariño, fue como sentirse bajo los ojos de su abuelo que repitió sin descanso que era un error, un gravísimo error, mirar a la pareja de un compañero de patinaje con tales ojos.

Lloró… lloró hasta que no pudo llorar más. Tuvo que bajar la mirada de aquellos ojos conocedores porque se sentía avergonzado de estar allí y de asumir sus tantas fallas. Había visto de cerca los destrozos que había provocado, había deseado borrarse para evitar que pasaran por todo aquello. Escuchar de Yuuri lo que vivió al irse, ver lo que realmente pasó con Víctor en carne propia, le hizo entender que había sido solo un joven egoísta, cruel y despiadado, al punto de pretender conquistar el corazón de alguien destrozando todo a su paso.

¿Y qué le habría ofrecido a Yuuri? ¿En verdad pretendía ofrecerle algo?

Él ahora mismo sabía que nada tenía que ofrecerle. Nada.

Cuando giró la mirada, fue porque el ruido de la vajilla siendo acomodada sobre la mesa lo distrajo. Aún sentía la amargura vertiéndose en su garganta, pero miró, como quien mira tras una ventana, la estampa de Víctor ayudando a Regina a acomodar la mesa mientras ella reía. Cualquiera diría que era la perfecta representación de una madre y un hijo, aunque no tuviera muy en claro que tan cercana era ella de Víctor.

—¡Ven muchacho! ¡A comer! —Lo trató como si se tratara de una abuela, y el nudo no menguó. Yuri se movió incómodo, pero el aroma era delicioso y los colores invitantes. Se había esmerado en esa comida, sin duda alguna.

—Oh, Regina… no sabía que tenías también este talento.

—Muchacho, a esta edad, créeme que se mover muy bien mis manos.

Víctor rio escandalosamente y Yuri no estuvo seguro si estaba mal haber pensado en tantas cosas referidas con esa poca frase. Carraspeó avergonzado y fue aún peor cuando notó la mirada de Regina sobre él, como si lo hubiera pillado en el infame pensamiento.

Afortunadamente no se dijo nada más. Comieron a gusto; Yuri disfrutó de muy buena manera la sazón de la mujer, tragando casi todo lo que tuvo a su paso como si el vacío de su pecho se fuera a llenar a punta de comida. No sería así, pero algo rico era un buen consuelo, lo alegraba y lo ponía de humor, sin duda alguna. No prestó atención a la forma elegante que Víctor se llevaba los alimentos a la boca, elogiando el buen gusto de Regina y haciendo preguntas extrañas sobre condimentos y términos de cocción.

Al haber acabado, Víctor se ofreció a lavar la vajilla y Regina no tardó en aceptar. Recogió todo de la mesa y Yuri aprovechó ese instante para ir a acariciar el lomo del otro gato atigrado que maullaba ante él.

—Pequeño Yuri —le llamó y Yuri no podía reclamarle esa forma de llamarle, porque de algún modo lo ablandaba a límites insospechados. Levantó los ojos para mirar los pómulos caídos y la pequeña sonrisa dibujada en los labios llenos de arrugas de aquella extraña mujer—. ¿Desde cuándo no has ido a visitar la tumba de tu abuelo? 

—Mmm… —Pensó y dobló su boca en una mueca—. Hace más de seis meses…

—Hazlo ahora.

No explicó nada, solo cerró aquel mandato con una sonrisa que le hizo recoger aire. Porque sí, era una orden, una obligación que debía cumplir. Sin embargo, ¿para qué hacerlo ahora? ¿Tendría alguna clase de significado llegar con el fracaso en sus manos y el corazón roto? Yuri pensó que no.

En la noche hubo una reunión en el hotel donde los representantes de la FFKK dejaban en claro las indicaciones que se debían tomar en el evento. Todos los presentes, entre voceros de las federaciones participantes, acompañantes de los deportistas, entrenadores, coreógrafos, maquillistas e incluso periodistas internacionales, estuvieron dentro de aquella charla que parecía meramente protocolar pero que para todos resultó evidente que tantas aclaraciones debían de significar algo.

Dentro del salón, Yuuri pudo ver la presencia de Hisashi Morooka, y más allá a Petra Kudryavtseva, junto al equipo técnico de medios de comunicación ruso. El sr. Izumi estaba sentado a un lado de él, junto al otro entrenador japonés y el joven Fujiwara. A su otro lado, Minami estaba sentado con el rostro denotando una seriedad impropia en él. Seguía molesto después de lo sucedido en el comedor del estadio, algo que Yuuri decidió no tomarle tanta importancia para concentrarse en las competencias, lo verdaderamente importante. Resultaba vergonzoso, y por supuesto humillante, pero si le daba más peso, provocaría que el resto hiciera exactamente lo mismo. Phichit fue otro que se había mostrado ofuscado tras lo ocurrido.

Al acabar la reunión, todos abandonaron la sala con gestos desinteresados, la mayoría sin demasiado protocolo. Mari a esas alturas lucía suspicaz, miraba a todos como si buscara encontrar alguna respuesta en los rostros extranjeros. Minako intentaba verse indiferente, aunque también tenía una corazonada nada agradable que la había golpeado desde que pisó el aeropuerto y no vio a Yuuri esperándoles en él.

Y nadie quería decir nada. Yuuri lucía como siempre, sonreía a algunos comentarios de Leo o le hablaba a Minami, quien sí lucía como si algo muy importante hubiera ocurrido. La perspicacia de ambas mujeres lanzaba alarmas en todos lados, como si quisieran estar atentas a lo que sea que estaba pasando. Y aunque le preguntaron a Yuuri al respecto, él se limitó a decir que era normal y algo que ocurría desde antes. Que no había nada relevante en ese evento. Cabe decir que para ninguna fue del todo confiable tal afirmación.

Ya en la habitación, después de haberse despedido de ambas mujeres, Minami lo vio desanudar la corbata gris y despeinarse el cabello, visiblemente agotado de la larga jornada que se había llevado, no solo los entrenamientos, sino las preparaciones del evento, algunas entrevistas y reuniones con patrocinadores; todas dentro de los espacios custodiados de la FFKK.

—¿Por qué no les dijiste? —cuestionó Minami, quien no tardó en quitarse la chamarra japonesa para echarla sobre el sofá y comenzar a quitarse la camiseta deportiva. Yuuri soltó el aire mientras se retiraba el saco.

—No hay porqué alarmarlas. Ya escuchaste lo que dijo el sr. Izumi, todo lo que se tienen son solo amenazas en redes y ya la seguridad de Moscú se ha acrecentado. No quieren que haya pánico en el evento, así que actuaremos normal.

—No me refiero a eso —espetó, mientras se cruzaba de brazos. Yuuri dobló el saco y le dedicó una mirada apreciativa a su estudiante, quien lucía muy alterado. Quizás habían sido los días separados, pero por primera vez se percataba del cambio de Minami en comparación a cuando iniciaron el entrenamiento—. Me refiero a lo que pasó en la cafetería, a lo que dicen de ti en la televisión.

—Ah eso…

—¿Ah eso…? —repitió incrédulo. 

—¿Qué quieres que haga al respecto, Minami? —Yuuri decidió confrontarlo, mientras desabotonaba los botones de su muñeca—. No voy a perder tiempo en este momento para aclarar nada. Vamos a competir, mi atención está puesta completamente en ti, Minami. Te ruego que la tuya esté completamente en mí, por sobre todas las cosas.

—Me molesta que estén hablando de ti, que se burlen de ti… todo este montón de cobardes. —Era evidente la aversión que Minami tenía por el país y Yuuri no se esforzó en corregirla. Solo suspiró.

—Lo harán. Soy la expareja de su leyenda rusa del patinaje. Solo eso me hace perfecto para comentar cualquier cosa.          

Yuuri esperaba que su actitud pudiera contagiar a Minami de la misma indiferencia, para que se concentrara en lo verdaderamente importante sin ninguna distracción. No lo logró del todo, porque contrario a Yuuri, Minami no era reservado, no era tímido, ni mucho menos introvertido. Era dinamita pura y tan honesto con su sentir que era imposible cubrirlo. Tampoco se esforzaba en hacerlo.

Así que, cuando Minami se acercó mientras Yuuri se descalzaba, ya él estaba preparado para lo que venía. No lo conocería lo suficiente si ya no supiera de antemano lo que podía esperar de él. Solo levantó la mirada, mientras los ojos caramelos de Minami brillaban como si estuviera bajo fuego.

—¿Qué es lo que dicen de ti? Quiero saberlo. —Yuuri dejó escapar el aire. Sabía que, si no le daba una respuesta, Minami la buscaría en las redes y los resultados podrían ser desastrosos.

—Dicen que odio a Víctor, que vine a desestabilizar al equipo ruso, y… que mi separación con Víctor tuvo que ver con Yuri. Que él y yo tuvimos algo.

La mueca de asco y repulsión que Minami mostró le creó una sensación helada de culpa. Tuvo que bajar la mirada, no podía ver ese rostro en Minami sin sentirse realmente merecedor de todas las cosas que en Rusia se estaban diciendo. No lo miró más que cuando este se apartó y se pasó las manos por la cabeza. Despeinó sus mechones pintados entre los dedos, visiblemente ofuscado.

—¿Qué mierda tiene esta gente en la cabeza? Eso es… ¡es tan ridículo! ¡Absurdo! —exclamó con impulsividad. Yuuri se limitó a mantener la mirada gacha, con mansa aceptación. Gesto suficiente para hacerle ver a Minami que no resultaba tan descabellado lo que estaban diciendo, cuando pudo leer entre esa resignación tan permisiva, una culpa latente.    

Sin aire, se dejó caer en la cama, aterrado. No podía creerlo. No. Ese no era Yuuri. Era casi imperdonable siquiera pensarlo.

Pero resultó una verdad innegable cuando Yuuri subió su mirada y le observó con rastros de vergüenza. Minami ya no quería escuchar, ni saber más.

—Lo aterrador de todo esto es que hay algo de verdad entre tantas mentiras —Yuuri se animó a explicar, de nuevo encorvando su cuerpo hacia el frente—. Sí, llegué a pensarlo por unos momentos en el último mes que estuve en San Petersburgo. Entre la soledad que me hacía sentir Víctor, la presión y su compañía: eso pasó. Solo lo pensé, jamás lo llevé a nada más, nunca me atrevería a hacerlo, pero… lo pensé… y esa es una de las tantas culpas que he estado cargando durante todos estos años.

Minami fue incapaz de decir algo al escucharlo. Todo lo que podía sentir era su pecho contraerse ante tan dolorosa y repugnante revelación. Yuuri podía entenderlo, claro que era horrible de pensar. Era asqueroso siquiera imaginarlo y era la razón principal por la que se sintió un monstruo. Ya podía ver el pasado con otros ojos, pero nada quitaba el peso de sus acciones pasadas, que ya había decidido sobrellevar con todo el temple que poseía. Y entendía que los demás vieran aquello con total aversión.

Soltó el aire y relajó sus hombros, soltando así aquella pesada carga. Ya había sido suficiente de sentirse culpable.

—Lamento decepcionarte de nuevo, Minami, pero así soy. Me equivoqué, ya asumí eso y ya arreglé lo que se podía arreglar. Lo que Rusia pueda decir de mí, ya no importa. 

La determinación con la que Yuuri dijo esas palabras, lo hicieron levantarse, y Minami tuvo que subir también su mirada. Yuuri se sacó la camisa del pantalón, dejándola suelta, mientras caminaba con los pies descalzos, para buscar sus pantuflas. El silencio había llenado la habitación y aunque Minami tenía tantas cosas que quisiera decirle, no encontró palabra alguna. Se sentía tan desbordado de tantas a la vez que sentía que el aire le quemaba.

—Voy a salir… creo que lo necesitas. —Yuuri solo tomó el abrigo, para cubrirse, con la idea de quedarse sentado por una hora en el pasillo.  Entendía que Minami no quisiera verlo en ese momento y respetaría eso—. Ve bañándote y preparándote para descansar. Mañana…

El abrazo sorpresivo de Minami lo tomó desprevenido. Yuuri soltó el aire azorado, pero pronto pudo comprender la situación, volviendo a relajarse al sentir la presión de la frente de su estudiante contra la espalda. Fue difícil no sentir el calor agradable de un abrazo después de todo lo que había estado pasando. Resultó necesario, una vez más. Y que Minami lo hiciera sin esperar su respuesta, era intimidante.

—Yuuri… ¡déjame defenderte en la pista! —El aludido giró un poco, provocando que el abrazo se desarmara, pero pudiendo aún ver en la pequeña distancia, los ojos brillantes y húmedos de Minami, observándolo con absoluta devoción—. ¡Déjame demostrarles a todos quién eres!

—Minami, yo no quiero verme a mí en la pista —le aclaró, pasando una mano sobre su cabeza para desordenarle más los cabellos—. Demuéstrales quién eres tú. Haz que sienta el mismo deseo que tuve en América, de patinar el hielo después de verte hacerlo. —Minami afirmó con fuerza, conteniendo la emoción que empujaba a su pecho con cada latido—. Así venceremos… y bailaremos Victory.

La promesa estaba allí, y era algo que él ya había tenido previsto desde que pisó Rusia. La hizo antes de partir, como un juramento que confirmaba su compromiso con él en esa temporada. Entre los trajes que se había llevado, estaba también el traje que usó en la exhibición de Tokio en septiembre, el mismo con el que bailó a Victory en compañía de Minami y Phichit como una celebración de su regreso.

Y sí, si Rusia pretendía seguir arremetiendo contra él por haber sido la pareja de Víctor y haberle vencido justamente, Yuuri no pensaba irse sin demostrarle una vez más, quién había sido. Porque, después de todo, él se ganó el derecho de vivir esos años en Rusia. Todos los años de sacrificio lo habían llevado a allí.

Con ese pensamiento, en Moscú amaneció y todo se estaba preparando para el inicio de la competencia. La mañana estaría ocupada por el evento de parejas, y en la tarde, estarían las iniciales competiciones del programa corto masculino. Todos los involucrados ya se estaban preparando para asistir a dicho evento. Sin embargo, las advertencias de una tormenta de nieve que sobrevenía a Moscú no detuvieron a la cantidad de personas que rodearon el estadio, con pancartas varias apoyando a su estrella rusa, y único representante de su bandera en esa competición: Alexis Bogdesko. Posters, banderas rusas y afiches emblemáticos llenaban la entrada del estadio, custodiada por un resistente cordón policial.

Como habían quedado de acuerdo, Phichit se iría acompañando a Mari y a Minako a entrar por la entrada resguardada, donde no estaba la cantidad de fanáticos que molestaran. Mari, sin dejar de tener aquella sensación enrarecida, vio a su hermano avanzar con Minami, vistiendo completamente por un saco oscuro de tono plomo y una camisa blanca decorada por una corbata vino tinto. Su cabello hacia atrás por lo corto que era se levantaba como pequeñas puntas afiladas, tan cortantes como el tono de su mirada decidida. Con él, Minami ya tenía el traje emblemático japonés de la temporada. Y con ellos estaban el otro representante japonés, quien antes ya había patinado con ellos y estaba emocionado por volverlos a encontrar.

Sabía que no debería temer, no a sabiendas que toda la representación japonesa los estaba protegiendo. Pero aquella espina estaba allí, persistente desde que abandonó su casa. Como si allí estuvieran sus respuestas, todas… y no sabía si iba a poder con ellas.

Sin poder hacer nada, tuvo que separarse y ver a su hermano perderse con la federación. No entendía nada de la radio rusa que sonaba en el automóvil, y no miró de buena forma a Phichit, que parecía buscar distraerla.

En cambio, Yuuri miró las imágenes que el sr. Izumi le mostró sobre algunas fotos capturadas por los medios y periodistas en la entrada. No solo había pancartas alusivas a la joven promesa rusa; había entre los presentes algunos carteles con palabras en ruso alabando a su patinador y un #NoQueremosCerdo. Yuuri solo contuvo el aire y lo dejó salir. Sabía perfectamente la alusión que estaban usando, pero era descabellado actuar con base a conjeturas. Cerdo era un apodo que Yuri le puso y que tenía un significado completamente distinto al usado por la fanaticada rusa, y él no iba a permitir que eso cambiara.

—¿Estás seguro? —Cuestionó Izumi, mirándolo con preocupación. Yuuri asintió seguro.

La camioneta que los llevaría al estadio era blindada. Para aumentar la seguridad de los miembros, no solo habían dividido las camionetas por federación, sino que los había mezclado, para que no existiera el temor de que aquello fuera una trampa para acabar con ninguna de las agrupaciones por países. Yuuri subió con Minami a la que llevaba a Seung-Gil y a la pareja representante de Suecia, la pareja de Canadá, Deborah Lam y un par de patinadoras americanas. En otra camioneta se fueron dividiendo los equipos y hasta que todas estuvieran ocupadas, salieron en caravana hacia el estadio.

El tráfico había sido despegado para facilitar el acceso de los miembros e invitados especiales al evento. Estaba nevando. La nieve no era demasiado fuerte, caía como una suave manta que cubría de nuevo a las calles con más hielo.

Minami se sorprendió cuando sintió la mano de Yuuri buscando la suya, pero no tardó en responder apretando esos dedos. Era visible la tensión que Yuuri empezaba a sentir conforme se acercaban al rink, que no estaba a una larga distancia. De hecho, estaba muy cerca.

—Pase lo que pase, no mires a los lados, solo mírame a mí —pidió Yuuri en voz baja, hablándole en un bajo japonés. Minami asintió y respiró hondo, apretando la mano con más fuerza.  

—No me quites los ojos de encima. —Yuuri sintió un nuevo y amargo deja vú, pero sonrió, seguro que eso haría. Que no miraría a Rusia, que disfrutaría del patinaje de Minami porque era su momento, porque se lo merecía, porque había luchado por ello y él sería feliz haciéndolo.

—No lo haré.

Cuando la camioneta se detuvo, supieron que ya estaban bajando los primeros competidores. Tendrían que esperar que les llegara el turno, y mientras lo hacían, en ningún momento se soltaron las manos. Era imperativo sentirse.

La primera vez que fue a Moscú fue con Víctor, y había sentido la demoledora avalancha en que los fans y la prensa rusa podrían convertirse. En aquella ocasión, había sido Víctor y su posible regreso lo que habían caído sobre él y, aunque intentó ignorarlo y Víctor insistió en que no le prestara atención, había llegado a ser sofocante desde el primer instante que llegaron.

Yuuri podía recordar lo angustiado que llegó a sentirse cuando la presión del coro de Rusia gritando el nombre de Víctor en el momento que se preparaba para presentar su programa Eros, cayó sobre él. La fuerte opresión que lo obligó a sobreponerse para tomar la corbata de Víctor y hacerle centrar su atención en él. Sí, se había sentido enojado por ser ignorado y convertido en nada, quedando opacado por el solo hecho de estar acompañado por quien era su entrenador, cuando se había esforzado tanto para poder estar allí. Víctor supo entenderlo casi de inmediato. Entre el enojo, los nervios, y el miedo, ese acto tan temerario permitió devolverle la atención de Rusia y Víctor terminó de coronarlo cuando, en el Kiss and Cry, besó su patín frente al mundo.

Parecía que hubiera pasado siglos de ello: desde que enfrentaron juntos a la prensa y las habladurías, con una flamante sonrisa, con besos compartidos en entrevista, con un patinaje diciente demostrando cuanto deseo había del uno por el otro. Desde que el silencio de Víctor se convirtió en el silencio de Rusia en ese mundial.

Cuando la puerta fue arrastrada, el frío de Moscú penetró. Minami y Yuuri separaron sus manos, y esperaron que los primeros y más cercanos a la puerta bajaran y, para cuando les tocó el turno de ellos, se apresuraron para no demorar este punto. Como era esperable, el resto de los competidores no recibían demasiada efusividad de los fanáticos, que estaban más al pendiente de apoyar a sus representantes en esa competición. Sin embargo, apenas Yuuri salió con Minami, los abucheos se hicieron presentes. La multitud se alteró, y los oficiales cerraron más el cordón de seguridad mientras contenía a una multitud que no tardó en gritar palabras como “vete Katsuki”, “no queremos cerdo”, “perdedor”, “imitador”, “traidor” entre otras tantas que se lograban escuchar en un furioso ruso.

Yuuri abrió su brazo para cubrir con él a Minami, mientras apuraba el paso, con la vista siempre al frente. Minami no necesitó entender las palabras cuando era capaz de ver las expresiones enardecidas de algunos que intentaban traspasar la seguridad. Su corazón latió con fuerza abrumadora que competía con los gritos que se escuchaban a su alrededor, cayendo como un tsunami sobre ellos.

La atmósfera amorfa los invadió en medio de los gritos y la nieve que caía, como un zumbido metido en su cabeza. Yuuri había tenido que sujetarle el hombro de Minami con fuerza para no solo invitarlo a seguir su ritmo y entrar prontamente al estadio, sino para evitar que en un momento de impulsividad se le ocurriera arremeter contra algunos de los fanáticos.

Al traspasar a la multitud y quedar bajo el cobijo del rink, Yuuri se permitió de nuevo respirar. Hasta ese momento había aguantado el aire. Al soltar a Minami sintió su brazo acalambrado y entumecido, además de la boca seca y la sensación de haber tenido una baja de azúcar. Sus ojos buscaron a los alrededores hasta que pasó su mano sobre la corbata, la cual sintió le estaba apretando. Logró pestañear y controlar un poco las sensaciones apabullantes que le quemaban bajo la piel, y pronto recibió agua de uno de los representantes de la federación japonesa.

—¿Estás bien? —preguntó Minami mientras lo ayudaba a caminar, y Yuuri se negaba intentando calmarlo—. ¡Estás pálido!

—Estoy bien, solo me mareé un poco.

Intentó sonreír, pero toda intención murió cuando al levantar la mirada, vio a su hermana de pie en compañía de Minako y Phichit. Los ojos de Mari, más abiertos que de costumbre, lo miraron entre preocupada, aturdida y asustada, después de haber podido ver todo con sus propios ojos. Yuuri apretó la mandíbula, experimentando el horroroso sentimiento de desolación que le embargó a través de la expresión de su hermana y así, de inmediato, le emitió una mirada llena de resentimiento hacia Phichit, por haber permitido que ella lo viera. Que ella viera todo. Le había pedido que lo evitara a toda costa.

Pero Phichit no pudo detenerla. Era evidente que la terquedad de los Katsuki había sido heredada en ambos hermanos.

Yuuri no pudo mantener el rostro activo; se enderezó y le tomó la mano a Minami para avanzar al pasillo donde estaría con los demás competidores, y donde ya varios que entraron después de ellos, se estaban adelantando. Minami lo siguió en silencio, pendiente de cualquier gesto que pudiera ser una señal para actuar. Al llegar a un banco, Yuuri buscó sentarse en él y se cubriéndose con las manos la cara que ya sentía helada. Su estudiante no quiso quedarse solo observando, así que se apuró para servir agua del termo de la federación y ofrecerle beber más.

—Yuuri… —le llamó. El aludido levantó los ojos aturdidos y Minami pudo ver la palidez que aún llenaba el rostro de Yuuri, dándole un aspecto enfermo. Sus labios incluso se habían amoratado. Preocupado, Minami se arrodilló frente a Yuuri y sacó de su chamarra un pequeño frasco con tres pastillas—. Hirogu me las dio… me dijo que conversó con un colega y le recetó esto para… para un momento así.

Mordió los labios al ver a aquella cápsula. Sin hacer caso al sentimiento de culpa, la tomó y la llevó a su boca, para pasar el trago con el agua. Minami le puso el resto en un bolsillo de su saco y luego, frotó y apretó los músculos de Yuuri, como un modo de hacerlo entrar a calor. Yuuri le sujetó las manos en agradecimiento.

Sin embargo, la mirada helada de Rusia seguía sobre él y pudo notarlo en los gélidos ojos de aquella patinadora rusa, quien pasó al lado de ellos mirando con especial interés las manos de Minami en sus piernas.  Una sonrisa sardónica adorno sus labios antes de continuar avanzando, para Yuuri fue evidente el juicio impreso en ella. El odio no había parado de mostrar su rostro, y Minami supo, que no pararía hasta el final. Pero no dejaría a Yuuri solo en eso, no, no lo dejaría. Se levantó del suelo al ver a Yuuri cerrar los ojos y dedicarse a respirar mientras esperaba que el medicamento hiciera efecto, sentándose a su lado.

Por supuesto, las imágenes fueron transmitidas no por los canales deportivos, pero si los de novedades de Rusia. La noticia sobre el rechazo mostrado por los rusos en la llegada de los deportistas fue maquillada, porque a pesar de que los insultos hacia Yuuri pudieran escucharse muy bien, los periodistas hablaban más sobre el apoyo ruso hacia sus patinadores, que de los insultos hacia el entrenador. Y no, las redes no pararían.

Por ello, el teléfono de Yuri Plisetsky sobre el mueble de Regina se cansó de vibrar. Ella les había pedido a ambos, entrenador y estudiante, asistir a una cita conjunta esa mañana antes de entrenar. Mientras la mujer los atendía, haciendo especial énfasis en abandonar cualquier aparato distractor para aprovechar el tiempo, el móvil de Yuri recibía llamadas de Mila, quien tras haber visto lo ocurrido en el televisor, se había mostrado espantada ante lo que acababa de ocurrir. Habían cedido los intentos de comunicarse con el de Víctor, quien lo había apagado. Así, era el de Yuri Plisetsky el que se movía entre los ojos atentos del gato “el zar”, que lo tenía entre sus patas.

Ofuscada, dejó de intentarlo antes de mirar a Georgi, quien con un rictus severo veía las noticias que evitaban mencionar nada más del asunto, cambiando a la nevada que iba a caer sobre Rusia. La joven se acercó y acarició su cuello, para luego pasar una mano amable sobre el cabello alborotado de Louis, que lucía tan tenso que casi se veían sus músculos de hierro.

—No contesta ninguno… —Le comunicó Mila a su entrenador, quien dejó escapar el aire.

—Tampoco Yuuri contesta el suyo; parece que lo apagó, y no tengo a nadie a quien llamar.

—Quizás si le pregunto a… Otabek. Mmm… —desistió antes de siquiera intentarlo, Otabek seguro no tendría número de ellos. Pero sí lo tendría Leo, y Leo de hecho estaba allá, así que esa fue su mejor opción—. Trataré de llamar a Leo, debe tener el número de Minami para que podamos llamarle.

Mila lo intentó, pero como era de esperarse, no hubo quien atendiera la llamada. Acercándose el mediodía, todos los competidores estaban completamente concentrados en lo que ocurriría en la pista. Por fortuna, además de la enorme fanaticada rusa que casi no emitía juicio del patinaje que no fuera de los suyos, estaba una concentración de Japón, aunque no fuera tan numerosa como la de Corea, Canadá y Estados Unidos. Ante las presentaciones de las parejas de patinadores, J.J y Leo de la Iglesia decidieron estar atentos a sus compañeros como una forma de paliar el mal sabor de lo que había ocurrido al entrar. No había sido necesario verlo para entender lo que había pasado y para sentir profunda repulsión por aquellos actos.

Yuuri, en cambio, no había salido del pasillo aún a pesar de haberse calmado. Se mantuvo rodeado por la federación japonesa, los cuales intentaban entretenerlo con cualquier información irrelevante que sirviera de distractor. El joven entrenador buscó seguir las conversaciones, en especial del joven patinador que hablaba con él y con Minami, sin atender a la forma en que sujetaban sus manos.

Así, las horas pasaron y fueron a almorzar en el comedor. Yuuri decidió usar audífonos para caminar en los pasillos, acompañado por todos los representantes, como una forma de resguardarse de más cuchicheos indeseados. No atendió a los saludos que le dieron, ni le importó las miradas que le dirigían. El efecto de la pastilla había avanzado, y aunque quedaba poco de él cuando pasaron el mediodía, ahora sentía una calma que prefería disfrutar.

Al regresar, los reporteros ya estaban esperándolos. Sin embargo, Morooka se había mantenido a distancia, evidentemente incómodo con lo que había presenciado. J.J, en un acto sin precedente, había evadido a la prensa rusa mirándolos con una altanería oscura impropia de él, junto a todo el equipo canadiense. Fueron su padre y un representante de la federación canadiense quienes respondieron. Leo de la Iglesia sí se animó a dar algunas cortas respuestas, pero prácticamente fue ignorado cuando Alexis Bogdesko entró y recibió toda la atención. El aturdido chico de apenas diecisiete años se vio solapado por la prensa, necesitando la ayuda de su entrenador para poder enfrentarla.

—Vamos a aprovechar que la prensa está ocupada con Alexis para entrar —decidió Minami y Yuuri, tras quitarse los audífonos, asintió. Ya había tenido suficiente tiempo para controlar la sensación que lo apretó en la entrada.

—Yuuri. —Llamó Phichit, quien estaba avanzando a paso rápido, dejando atrás a Seung-Gil, a quien acompañada. Yuuri le miró—. ¿Estás bien?

—Sí, lo estoy.

—A partir de ahora no puedo estar contigo —Phichit le tomó la mano con fuerza—. Voy a estar al lado de Seung-Gil.

—Puedo entenderlo, Phichit —el aludido le miró con calma—. Mucha suerte.

—También… mucha suerte a los dos.

Sin demorar, Phichit se acercó hasta su novio, quien lo esperaba serio con el uniforme de Corea. Ambos compartieron una mirada comunicativa, porque Seung-Gil jamás había sido de muchas palabras. Pero parecía mentira que el mismo que salió perdiendo en esa lejana copa Rostelecom, fuera el que ahora se presentara con la chamarra olímpica representante de su país, tras haber ganado el oro.

Todos se habían esforzado por estar allí. Él también. Y estaba seguro de que ahora que iniciaban sus competencias, la euforia no le daría espacio al miedo y al odio, por mucho que pesara.

—Vamos Minami.  

Avanzaron por el pasillo evadiendo la prensa y sin ya sujetar sus manos, pero mostrando en su porte la seguridad con la que se movían. Phichit, aun estando ya al lado de Seung-Gil cuando éste fue abordado por la prensa, miró las espaldas de sus amigos y les deseó mucho éxito en esa competencia. Sin embargo, aquel presentimiento no menguaba, y aunque no debería mostrarse preocupado porque estaba protegidos en ese lugar, seguía allí, latente.

—¿Qué expectativas tiene con respecto a esta competición, Seung-Gil? —preguntó uno de los periodistas en inglés. El patinador los miró serio y Phichit regresó la mirada para mostrarse sereno ante los periodistas.

—Espero una competencia justa, donde todos demostremos lo que hemos estado practicando durante estos meses. Y una fanaticada que pueda apreciar el patinaje más allá de la bandera que levanten. —Phichit miró el semblante impenetrable y sereno de Seung-Gil, después de responder de esa manera a la periodista rusa. Ésta enarcó una ceja y con una coqueta sonrisa, agregó.

—¿A qué se refiere?

—Me refiero a que yo y mis compañeros estamos muy sorprendidos por la forma en que fuimos recibidos. Espero ver a la Rusia que competía en el hielo, no fuera de él.

Tales palabras dejaron a varios de los presentes helados, incluido a Phichit que jamás se había esperado semejante enfrentamiento de Seung-Gil. Sin perder más el tiempo, y viendo que los periodistas se quedaron callados con semejante declaración, avanzó cruzando un brazo por encima del hombro de Phichit para invitarle a seguirlo. Su entrenadora sonrió ante la temeridad de su alumno, que desde el principio había perseguido con pasión y obsesión el triunfo dorado en las olimpíadas, y que después de haberlo conseguido, había podido cimentar la confianza y seguridad en sus movimientos. Seung-Gil no iba a una competencia sin estar completamente seguro de estar preparado para ella.

Pero Phichit estaba asustado. Semejantes palabras podrían ser tomadas muy mal por parte de los fanáticos. Sin embargo, no tuvo tiempo de pensarlo cuando la periodista apareció casi corriendo frente a ellos, y volvió a extender el micrófono mientras el camarógrafo los apuntaba.

—¿Seung-Gil, puede explicarnos que hace Phichit Chulanont a su lado?

—¿No es evidente? —soltó con petulancia, y Phichit casi sintió el aire faltarle cuando el brazo de Seung-Gil se mudó de su hombro para tomarlo de la cintura. Estaba seguro de que tenía un escandaloso color rojo en toda la cara—. Es mi novio. Y voy a ganar la copa Rostelecom para entregarle mi medalla de oro a él.

Phichit no sintió sus piernas. Nervioso como nunca se había sentido en su vida, incluso creyó que le faltaba el aire, y era ridículo sentirse así. Su relación fue algo que ambos habían decidido mantener en bajo perfil hasta que pasara el tiempo, y si bien, Seung-Gil se mostró muy inquieto cuando Phichit evadía las preguntas al respecto en los últimos meses, no pensó que sería él quien lo sacara a la luz. La periodista lucía eufórica, encantada con la primicia. Tanto, que cuando el patinador olímpico intentó continuar, de nuevo fue detenido. Phichit solo quería acabar todo eso, estar lejos de ellos y ya estaba seguro de que era para engancharse al cuello de Seung-Gil y comerle la boca

—He escuchado que el Sr. Phichit Chulanont está preparando un show que imita al Stars on Ice de Rusia. ¿Qué puede decir al respecto?

—¿Imita? —volteó Phichit irritado, como si acabara de salir de un trance. Seung-Gil le tomó la mano con seguridad antes de voltear, avanzar hasta la periodista y obligarla a retroceder. La cámara enfocó el semblante duro de Seung-Gil que, con sobrada indiferencia, los veía como si se tratara de mosquitos en su camino.

—Lo que viene en History Makers es algo que no se podrá imitar, ni siquiera con el elitista Stars on Ice ruso. Es un evento para los verdaderos fans del patinaje. No más preguntas.

Con un gesto tajante, Seung-Gil avanzó con sus acompañantes sin permitir que nadie más lo detuviera sus pasos. Phichit caminaba por inercia; ahora tenía una mezcla entre asombro, estupefacción y terror. Cuando se vieron respaldados por los pasillos oficiales, no pudo evitar detener el andar y obligar así a que su novio volteara a verle. Seung-Gil pudo notar el aire compungido y asustado de Phichit.

—¿Qué sucede? —Para Phichit era obvio… esas respuestas, definitivamente, no eran algo que Seung-Gil hubiera hecho por gusto. Pero no sabía cómo expresarlo porque estaba contento con ellas, solo que le habían sorprendido demasiado—. ¿Te ha molestado?

Antes de que Phichit encontrara las palabras, Seung-Gil se acercó hasta sujetarle las mejillas con ambas manos enguantadas. Se mostraba sereno, tranquilo, y eso fue suficiente para que Phichit se relajara un poco al no sentir alarma de él. Se dejó llevar, cerrando por unos momentos los párpados para buscar con mayor calma su mirada.

—Esas respuestas fueron una locura. ¿Acaso…?

—Quería que supieran que tengo a mi lado al mayor soñador de la historia. —Phichit entreabrió sus labios, aturdido, situación que Seung-Gil aprovechó para besar cálidamente esa boca—. Además —agregó—, quería recordarles que Yuuri Katsuki no fue el único que venció a la leyenda. Así que pueden empezar a odiarme también, porque este oro es mío.    

Todo lo que pudo responder, fue con un efusivo abrazo. Seung-Gil le recibió sereno, mientras el peso de Phichit era más que bienvenido y el calor de su cuerpo estimulante. Y sí, claro que ganaría. Le arrancaría a Rusia el oro en sus narices.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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