Matryoshka II (Cap 27)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 27: Continuemos.

El tiempo había formado una laguna, un estacionamiento húmedo donde los espacios y las fechas se congelaban para permitirles estacionarse allí. Se sentía de ese modo, como si fuera una cristalina superficie que podrían recorrer con la agilidad con la que cruzaban las pistas de hielo. Estaban allí, mostrando situaciones y eventos sin las justificaciones furtivas, sin los razonamientos innecesarios. Mostrando hechos, para analizar resultados. Porque nada de lo que estaba bajo ella podría cambiarse.

—¿Sabes que era mala idea eso de que me trajeras a Rusia cuando fuiste a Hasetsu? El Yuuri que era en ese momento no hubiera soportado la presión de estar en un equipo de elite, al lado de su ídolo, fracasando en todos los intentos.

Víctor sonrió con la mirada perdida en algún punto de la pared. Ya ni siquiera se esforzaba a encontrar las formas de las fotografías colgadas, solo era capaz de encontrar los bordes de los marcos.

—Puedo imaginarme frustrado, teniendo ataques de ansiedad y agarrando el primer vuelo de regreso a Japón, y ahora sí, renunciando definitivamente.

—Suena a una mala idea.

—Una pésima idea…

—En mi cabeza sonaba mejor —Yuuri hizo un sonido que lo incitó a continuar—. Vivías conmigo, te enamoraba a base de regalos y comidas hecha en casa mientras vigilaba tu dieta y hacíamos el amor en menos de dos meses.

—¡Pufff! —Víctor apretó los labios al escuchar y sentir el cuerpo de Yuuri temblar por la carcajada que no logró soltar—. Eso solo ocurriría en tu cabeza, Víctor Nikiforov.

—Tenía mucho material para pensar. Montón de doujinshi que había leído de nosotros.

—¡Ay, por favor! —Víctor rio, sin fuerza. Todo su cuerpo clamaba por descanso, y resentía la enorme carga emocional y mental que había estado aguantando desde hacía ya más de una semana.  

—¿Pero sabes…? Sí tienes razón al decir que era una mala idea.

—Te lo digo, no lo hubiera soportado.

—No me refiero a eso… si te hubiera traído a Rusia, no hubiera conocido al Yuuri en todas sus facetas: Al Yuuri con su familia, al Yuuri con sus amigos, al Yuuri somnoliento, al Yuuri queriendo katsudon… al Yuuri bailarín, al Yuuri que se enojaba y me tiraba la puerta en la cara.

—Oh… sí, fui grosero…

—Al Yuuri que me dejaba con ganas todas las veces, al que apenas me dejaba robarle un par de besos… —siguió enumerando—. Al Yuuri fascinante en esa pista donde solo estábamos los dos y nadie más.

Regresar al inicio… ambos dieron una mirada rápida a ese pasado distante donde empezaron como desconocidos que, tras una noche de demasiado alcohol, terminaron enredados en una serie de vueltas del destino, que se encargó de reunirlos más. Esa primavera en Hasetsu, Víctor trajo la fría nieve de Rusia consigo solo para derretirse ante el calor y los colores de Japón, ante la dulzura que Yuuri trajo a su vida.

Esa primavera tan lejana y añorada.

—Extraño Hasetsu… —comentó, con la mirada puesta en el pasado—. Me gustó mucho la vida allí…

—Debí haberte dicho que fuéramos a Hasetsu cuando todo ocurrió.

—Debí habértelo pedido…

Ambos callaron.

Permanecían acostados en el mueble negro donde, a pesar de lo espacioso, Víctor había tenido que dejar la pierna izquierda afuera para darle espacio al peso de Yuuri que se acomodaba en su costado derecho. No había intención sexual en ambos, simplemente estaban allí, reposando después de estallar tantas veces, hasta quedarse sin energía. Su brazo rodeaba la cintura cubierta de abrigos de Yuuri, y posaba su mano en la espalda recubierta. Yuuri, en cambio, estaba con la cabeza reposando en el borde del hombro de Víctor y ambas manos se juntaban con un par de dedos entrelazados sobre la camisa de él. Los dos miraban a distintos puntos aunque aún conectados exactamente en el mismo lugar, el pasado.

Entonces el estómago de Yuuri sonó tan fuerte que a ninguno le quedó duda de que debían volver al presente. No habían sido conscientes de cuánto tiempo llevaban encerrados esa oficina, pero como si fuera una respuesta, el propio estómago de Víctor también salió a confesar que estaba hambriento. Y mientras que Yuuri se sonrojó avergonzado, Víctor en cambio no pudo evitar el reírse ante la inverosímil situación. Quedándose ambos  unos segundos más de esa manera, incapaces de levantarse aún.

Después de aquella cadena de besos, sobrevino un abrazo con tanto sentimiento que ninguno quiso detener lo que estaba ocurriendo entre ellos. Era tan necesario… había sido casi liberador el poder abrazarse con esas fuerzas, quizás tanto como aquella vez que volvieron a encontrarse en el aeropuerto cuando Yuuri volvió a Japón y Víctor lo esperaba con Makkachin. Ambos lo habían sentido de ese modo, aunque no fueron días separados sino que se trataron de años. Para los dos había sido tan necesario sentirse así, que no pudieron pedir más.       

En medio del arrebato, Víctor llevó el cuerpo de Yuuri consigo hasta acostarse y poder seguir manteniendo esa unión. Así, duraron mucho tiempo. Víctor estaba seguro de haberse quedado dormido como por al menos diez minutos, siendo la siesta más reparadora en años porque al abrir los ojos, Yuuri seguía allí y su abrazo apretado persistía a pesar de que él también hubiera cedido al sueño a juzgar por sus párpados cerrados. Y tenerlo allí era todo lo que había deseado desde que se fue.

—Creo que debería regresar al hotel… —Yuuri alzó su cabeza y Víctor se dio tiempo de notar los estragos que habían quedado de ese nuevo encuentro. Tenía los ojos hinchados, casi hasta cerrarse, sus ojos y rostro rojos, la marca del tejido sobre su mejilla izquierda y el cabello despeinado.

—¿Quieres que pida algo para comer aquí? —Víctor alzó su mano para acariciar los pliegues marcados en el pómulo de Yuuri—. También tengo hambre y así descansas un poco más.

Yuuri asintió. Claramente se veía que aún estaba cansado.

—Pero es hora de levantarme ya.

Ahora, quedaba el cansancio y una pierna dormida por la mala posición. Víctor atrapó un quejido cuando quiso mover su pierna izquierda y Yuuri se mostró preocupado al verlo imposibilitado de levantarse del mueble. Por el momento, Víctor no quiso luchar contra lo imposible; más bien llevó su mano hacia su muslo e intentó masajear la zona para procurar la circulación. Al menos no era su rodilla la que dolía.

—¿Estás bien? —dijo Yuuri, mientras se quitaba uno de los abrigos que tenía puesto para luego dejó caer uno más.

—Sí, solo se durmió mi pierna —Víctor le extendió una mano para que Yuuri se la tomara y lo ayudara a empujarse hacia delante. Éste así lo hizo y Víctor pudo sentarse en el mueble, para tratar a su pierna adolorida.

—¿Y tú rodilla?

—No duele, no te preocupes.   

Yuuri miró el suéter tejido, la camisa, y la otra camiseta debajo de ella que aún lo cubría del frío de Rusia. Sin embargo, debido a la calefacción de la oficina, estaba sudando. No se preocupó por ello cuando siguió a Víctor a ese lugar, pero ya sentía que debía cambiarse debido a la transpiración.

—Yuuri, ¿podrías traerme mi teléfono? Lo dejé en el escritorio, seguro al lado de tu bufanda.

El aludido asintió, y se levantó para ir hacia el mueble de madera. Aprovechó eso para despegar un poco su camisa de su espalda húmeda y la tela de ella de su cuello adolorido. Al acercarse, miró su bufanda doblada y los lentes sobre ella. No podría estar seguro de cuando Víctor los había recogido pero era bueno saber que no necesitaría comprar otros lentes, acababa de reponerlo después de lo ocurrido en América. Hablando de eso, ya solo quedaba una ligera huella poco notable del golpe de Yuri bajó su pómulo.

Agarró el móvil, el cual iluminó la pantalla al pasar sin querer su pulgar sobre él. La imagen del equipo ruso comiendo juntos pizza tras las pruebas de la FFKK apareció y le iluminó el rostro.

—Toma —le extendió el móvil, y Víctor empezó a marcar mientras el brazo izquierdo lo rodeó para mantenerlo cerca. Yuuri se dejó llevar, resignado, aunque empezaba a resentir el exceso de contacto que Víctor quería mantener cuando lo vio plegar el rostro sobre su estómago—. Víctor, estoy sudado…

—Créeme que es lo que menos me importa ahora —restregó su frente sobre el suéter tejido de Yuuri y este se limitó a suspirar. Aprovechó el momento de aquel extraño abrazo para peinar algunas hebras descompuesta del cabello de su expareja mientras Víctor hacía el pedido en ruso, dejándole terminar así la llamada.

—Víctor, no lo hagas más difícil —susurró al sentirlo cada vez más apegado a su abdomen. Víctor hizo una mueca dolorosa, alejándose apenas un poco para levantar su mirada.

—Solo quería abrazarte todo lo que pudiera antes de que te fueras… —explicó. Yuuri apretó sus labios—. ¿Tienes calor, cierto? Voy a bajar la calefacción.

—Por favor…   

Se apartaron, Víctor para acercarse al termostato y Yuuri aprovechando para sentarse en el mueble, con gesto apesadumbrado. En su estómago, además de hambre, había una sensación de amargo vacío que buscaba apalear. Si miraba la espalda de Víctor, el deseo de volver todo a como era regresaba en un pálpito incontenible. Pero sabía que no sería lo correcto, ni para él, ni para Víctor. No sería una decisión que los llevara a  buen puerto si emprendían en ese momento un descabellado camino para una apresurada reconciliación. Para empezar, él ni se sentía preparado para ello.

Bajó la mirada cuando Víctor se acercó de nuevo, para sentarse a su lado. Mantuvo esa misma posición con sus manos agarradas entre las rodillas, y su mirada puesta en los dedos. De inmediato, comenzó a sentirse el efecto de la calefacción bajando, volviendo a aparecer el frío del clima ruso. Yuuri lo agradeció, en verdad se sentía acalorado.

—¿Está mejor así? —Yuuri asintió, sin mirarle. Víctor observó por un momento la postura de Yuuri, buscando alguna forma de mantener el contacto, más al no hallarlo solo le imitó.

—Víctor… Esto no significa que vamos a volver.

El aludido aguantó el aire por un momento, para seguidamente dejarlo salir en un hondo suspiro. Yuuri le había devuelto la mirada, temerosa, y solo consiguió en respuesta un ligero asentimiento.

—¿Puedo saber por qué? —Sus ojos volvieron a cosquillear, pero se sentía más preparado para enfrentar esa respuesta. Yuuri parpadeó.

—No quiero  empezar ninguna relación en este momento —Víctor alzó una ceja, mientras Yuuri se tomaba el tiempo de explicar—. No es nada personal, Víctor. Sólo quiero estar solo por un tiempo más. Quiero competir y compartir con Minami esta temporada, y siento que todo lo que inicie fuera de mi papel como entrenador será una distracción.

—Oh…

—Todavía hay cosas que debo resolver de mí mismo. Quiero tomarme el tiempo y… pensar.

—Entiendo…       

—Cometimos demasiado errores… No sé si volver no sea, más bien, contraproducente. 

Aunque él mismo hubiera sentido a través de aquellos besos y abrazos que volver de inmediato era imposible, tenía un peso distinto cuando lo escuchaba desde la voz de Yuuri. Sin embargo, algo en su forma de explicarlo lo llenó de calma, más que de malestar. Víctor no podía estar seguro de porqué, quizás porque parte de lo que nacía al escucharlo tenía que ver mucho con admiración. Le sorprendía la seguridad con la que Yuuri hablaba, y le agradaba que pudiera decírselo de forma tan sincera. Aunque dolía la pérdida, sentía que a su vez había ganado algo más. Solo que le era difícil conceptuar el qué.

Yuuri tenía razón al sentirse intranquilo ante la idea, él mismo temía cometer los mismos errores, y no se sentía preparado para afrontarlos de nuevo. Como había dicho Regina, empezar ahora sería más bien atrofiar el avance que, era evidente, ya tenía Yuuri en su propia recuperación. Víctor soltó el aire, meditabundo.

—Pensé que tendría que ver con el chico —Yuuri arrugó el ceño al escucharlo, sin llegar a comprender. Víctor lo había dicho con una sonrisa triste tatuada en su rostro, y al notar el silencio de su expareja, le dedicó una mirada conocedora—. El chico con el que has salido últimamente en las redes.   

Yuuri abrió muchos los ojos, pese a la inflamación de sus párpados. De inmediato desvió la mirada, aunque el sonrojo que se incrementó en su rostro fue bastante comunicativo para Víctor. Éste, sin amilanarse ya al llegar a ese punto, buscó la mano más cercana de Yuuri para tomarla, pese a su inicial resistencia.

—Está bien… —musitó, animándose a pegar su frente contra el hombro de Yuuri—. Puedo entenderlo, Yuuri… no tienes que avergonzarte.

Tras un largo suspiro, Yuuri asintió. Se movió para cortar el contacto de Víctor y subir su pierna sobre el mueble, de manera que pudiera mirarlo de frente. El gesto fue demasiado elocuente, pues indicaba que Yuuri quería ser absolutamente franco; por ello, Víctor le sonrió, pero no le soltó la mano que había logrado atrapar. Necesitaba sentirlo para escuchar esa verdad.

—Es Takao —Yuuri se esforzó en soltar, tratando forzosamente de mantenerle la mirada—. A veces salgo con él, me hace sentir bien pero… le dije exactamente lo que te acabo de decir —en ese punto, Yuuri tuvo que volver la mirada al mueble—. No se trata de él… se trata de mí.

—¿Te gusta? —Se atrevió a preguntar y Yuuri afirmó con un movimiento apretado—. Lo supuse desde la primera imagen que los vi juntos.

El miedo se filtró como una pequeña araña caminando por las rendijas abiertas de su mente. La sintió caminar por su espalda con sus peludas patas y trató de sobreponerse a la horrenda sensación. Hizo silencio, mientras seguía sosteniendo esa mano. La podía sentir temblar bajo sus dedos, así que Víctor intentó una caricia pequeña, diáfana, para calmarlo. Pero no podía mentirse, aquello había dolido. Había sentido como si le hubieran abierto otro agujero, solo que, en esta ocasión, no podía culpar a Yuuri de haberlo hecho, ni al chico de haberse fijado en él. 

Yuuri había reiniciado su vida, eso fue lo que le gritó en América. Víctor sabía que era una de las opciones de volverlo a ver, siempre la había considerado, por momentos incluso la única posible; sin embargo, quedaba aquella vaga esperanza de que no fuera así, que aún lo estuviera esperando. Y, si bien no era propiamente ninguna de las dos vertientes, el término medio no dejaba de sentirse amargo. Intentó comprender, intentó continuar… ese roce con aquella mano era lo único que le impulsaba a dejar de ver las enormes ramas que tapaban los pequeños rayos de luz.

Esos que no había querido ver por el terror de enfrentarse a los montones de mensajes contradictorios que Yuuri bien había sabido darle en esos días.

—Yana me comentó que estuviste en el teatro ayer —Yuuri volvió a tensarse, pero Víctor buscó su mirada hasta que logró encontrarla—. Me sorprendió cuando me lo dijo. Y no supe qué pensar.

—No era mi intención que me viera… —respondió atorado y Víctor soltó una ligera sonrisa.

—¿Cuál era tu intención entonces?

—Estaba haciendo un recorrido que hablé con mi terapeuta… el final era en el teatro de Alexandrinsky, y que en ese momento hubiera una función de su trabajo me pareció… adecuado —Víctor fue quien arrugó su frente al escucharlo. Yuuri tomó aire—. Te he visto con ella… quería verla, saber por qué… —suspiró—. Lo lamento si te traje problemas…

—No… Yana es solo una muy buena amiga —Yuuri levantó la mirada mirándolo con suspicacia. Víctor tuvo que pasarse una mano tras su cuello y carraspeó—. Sí, también he tenido un par de encuentros con ella pero no ha sido nada… nada que signifique una relación.

Al igual que Víctor, la confirmación de sus sospechas también hicieron mella en Yuuri, aunque fue más el peso de la realidad lo que estaba cayendo en ellos. La distancia hecha con años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos que apilaron al separarse, estaba allí dejando ver cuánto ambos habían cambiado. Yuuri no pudo evitar el bajar el rostro y Víctor se lo permitió. Habían sido más decisiones, mucho más que la de solo irse y dejar ir. Ellos habían tomado decisiones individuales que también habían colaborado en hacer aún más profunda la brecha.

Yuuri titubeó. Víctor seguía sosteniendo su mano y aunque eso le daba calma, a su vez le llenaba de nostalgia. Víctor había vuelto a estar con una mujer, él había estado con otra persona rompiendo así la supremacía de Víctor en su vida: ambos, eran otros.

—Es el tipo de mujer con la que se podría tener algo serio… —dijo con tono apagado y una sonrisa que no llegaba a ser tal.

No podía negarlo, Yana le había dejado la impresión de ser el partido que todo hombre (incluso él, debía admitirse) consideraría con mucha seriedad. Hermosa, culta, trabajadora, y sumamente agradable. A pesar de lo desconfiado que solía ser, ella no representó una amenaza, más que el dolor que sintió en la franqueza de sus palabras. Sí Víctor decidía seguir su vida con ella sin duda sería feliz, de nuevo aquel pensamiento le asaltó, sin mucha fuerza para enfrentarlo. 

—Ni ella ni yo queremos eso —le aclaró Víctor, al verlo tan pensativo. Yuuri levantó la mirada—. Ella tiene sus propias razones y yo… tengo la mía justo al frente.    

Yuuri apretó el aire y fue incapaz de mantener el contacto visual al sentir que su corazón se había acelerado ante la mirada fija de Víctor. Sabía que lo que decía era cierto, reconocía la honestidad de Víctor en sus palabras, pero bajó los ojos y mordió su labio, sin saber que debería hacer en ese momento. Solo sus manos juntas se mantenían allí, inertes e indiferentes a todas las cuestiones que estaban poniendo sobre la mesa.

Tiempo… No podía decidir algo tan trascendental en ese momento. Y Víctor supo interpretar que Yuuri no quería tocar ese punto; así que lo comprendió. También ocultó sus ojos en los mechones de su cabello mientras recogía aire y trataba de mover la conversación a un punto menos espinoso.

—Cuéntame de tu terapeuta —Yuuri le regresó la mirada intrigado y Víctor apretó el toque de su mano—. Mientras esperamos que llegue la comida, me gustaría escucharlo. Yo… empecé a verme con una amiga de mi padre. Se llama Regina, es una mujer bastante particular… le dije a Yuri que también se viera con ella.

—¿Es psicóloga? —Víctor asintió.

—Una retirada, que solo me está atendiendo por la amistad con mi padre. Yo… le pedí que me buscara a alguien en quien pudiera confiar.  Sabes que he tenido decenas de psicólogos por la federación, ninguno en especial con quien me involucrara. 

—Lo sé, entiendo eso… Hirogu fue recomendado por el padre el Minami. Me está tratando desde junio. Admito que al inicio no fui muy colaborador, pero gracias a él he podido comprender muchas cosas…  

Se sintió como desenrollar una enorme maraña de hilos. Como si el carrete en sus manos, convertido en nudos sobre nudos, cayera entre sus piernas y rodara y rodara, encontrando por sí mismo la dirección correcta hasta ir deshaciendo solo todos aquellos nudos formados.

Yuuri le comentó de cómo empezó todo con Minami. De cómo llegó al onsen, haciéndole recordar tantos paralelismos que su primera respuesta fue huir. Hasta que entonces lo vio, patinando, con sus errores y aciertos, tratando de imitarlo como en su momento él intentó en esa tarde a solas con Yuko, cuando una cámara lo grababa sin saber. Paralelismos tan opuestos, tan absurdos, que le hicieron entender un poco lo que Víctor sintió en ese primer tiempo, antes de llegar a Hasetsu.

Le confesó que creyó que no lo vería en ese camino de regreso en el hielo. Que una parte de él siempre temió eso. Pero en el momento en que la noticia se supo, su ansiedad provocó que Minami le obligara a buscar ayuda. Y fue, por cumplir fue, hasta que Hirogu consiguió la forma de abrirlo después de sobrados intentos.

Yuuri ahora podía ver los hilos esparcidos en el suelo, en una alegoría que databa de todos aquellos momentos que había vivido desde que tomó la decisión de luchar. Luchar por su sueño, luchar por sí mismo, luchar contra la soledad y la culpa para ponerse al lado de Minami. Víctor, en cambio, pudo ver algo más.

El carrete de sus manos estaba tan lleno de nudos que estaba seguro de que de lanzarlo, sería solo verlo rodar y enredarse aún más. Mientras Yuuri tomaba decisiones por sí mismo para salir de su agujero, él se vio obligado a salir por el miedo a la nueva pérdida. Su posición con Yuri estaba llena de baches y golpes, colisiones duras, valles planos. Obligados a cumplir una promesa, habían tenido que aprender a callar y a ceder, muchas veces a simplemente a ignorar. Ahora las cosas estaban en un punto donde no se admitiría la cobardía, la competencia estaba encima y no podían detenerse. Pero mientras ambos se daban golpes contra los mismos y contra los otros, Yuuri estaba saliendo aunque fuera lentamente del abismo, hasta tener la entereza de ese momento para enfrentarlos.

Para cuando llegó la comida, Víctor lo agradeció porque necesitaba salir para respirar. Escuchar de la voz calma de Yuuri todo lo que había tenido que pasar para llegar a patinar a Yuri on Ice de nuevo, lo hizo consciente de cuán lejos estaba de él. Aceptando que, aún si las manos siguieran juntas, no iban a permanecer así.

Regresó, y Yuuri se acomodó frente al escritorio con una de las sillas mientras Víctor abría los envases calientes y entregaba los cubiertos de plásticos. El aroma del lomo Stroganoff llegó a la nariz de Yuuri, y pronto su rostro se iluminó porque no solo reconoció la receta, sino que le dio nostalgia por ser uno de los platos que más gustaba comer estando allí. Y que Víctor lo recordara, calentó su interior de una forma muy agradable.

Mientras Yuuri comía, Víctor no pudo dejar de mirarlo, como se miran las cosas perdidas. Y ante la sonrisa agradecida de Yuuri, corta y perfecta, no pudo evitar ese frenesí que le empujaba a sonreír de vuelta aunque todo lo que probara le supiera a nostalgia.

La familia Katsuki se encontraba en espera desde que Yuuri se había ido a Rusia. Con el corazón latiendo acelerado entre miles de dudas e incertidumbres. El hogar, a pesar de seguir atendiendo a clientes, en especial por las bajas temperaturas del clima, estaba con sus ojos puestos en la puerta, esperando alguna noticia de quien era su hijo menor. Aquello era algo a lo parecían no haberse podido acostumbrar nunca; a pesar de que Yuuri había abandonado la casa muchos años atrás y que desde que tomó el camino del patinaje el tiempo juntos siempre fue limitado. Sin embargo en esta ocasión, todos sabían que Yuuri no se enfrentaría a rivales de talla mundial por un puesto en el podio. Se enfrentaría a quien siempre había sido su peor enemigo: él mismo.

En el silencio de la noche, Hiroko caminó por el pasillo hacia la habitación de su hija mayor, que aún estaba encendida. Con un suspiro hondo, se acercó hasta la cama donde la vio acomodando las prendas que se llevaría para el viaje. Estaba doblando un grueso abrigo de lana, pero su rostro demostraba una tribulación que era imposible de maquillar en su falsa aura de indiferencia. Al menos para ella, que era su madre, y la conocía mejor que nadie en el mundo.

Mari no había tomado de buena manera la partida de Yuuri a Rusia, sin embargo, eso no la detendría de ir a defender y apoyar a su hermano de la parvada de buitres que lo esperaban en Rusia.

Hiroko se sentó en silencio en el borde de la cama, y notó con bastante interés las imágenes pegadas en la pared de su hija mayor. Mari había decidido un estilo de vida independiente, donde casarse y tener hijos jamás había estado entre sus expectativas de vida. Por el contrario, le gustaba ser dueña de su tiempo; leer, escuchar música, administrar el onsen y cuidarlos a ellos. También había encontrado placer en viajar, y después de haber ido a Barcelona con Minako se dispuso a ahorrar para seguir viajando a otros países de Asia y Europa. En su pared había fotografías de aquellos paseos en solitario o en grupo que se había dispuesto a hacer.

—¿Aún enojada con Yuuchan? —le preguntó con suavidad, notando el movimiento involuntario de su hija al mover con una mueca su boca.

—Ya está bastante grande para saber qué va a hacer —Hiroko sonrió al escucharla y comenzó a jugar con la bufanda tejida que tenía entre sus manos.

—Oh, eso es lo que suelo decirme cada vez que ustedes hacen algo que no esperaba. Lo que dije cuando Yuuchan se fue a América, cuando tú no quisiste más novios, cuándo se fue Yuuchan a Rusia…

Mari detuvo sus movimientos para mirar a su madre con el ceño fruncido. Entendía perfectamente hacía donde iban sus palabras, pero aunque quisiera, ella no podía dejar pasar lo que vio en su hermano, lo mal que llegó de Rusia en aquel entonces. No debería señalar culpables, pero definitivamente aquel instinto iba más allá de ella. Siempre había admirado a Yuuri, lo consideraba alguien fuerte, así que verlo volver de ese modo para luego pasar ese año tan oscuro, había creado en ella una huella imposible de olvidar.  

Con una mueca en el rostro retomó su actividad sin comentar nada hacia su madre, aunque quedaba el mudo entendimiento viajando en el aire. Hiroko permaneció con su mirada caída, era evidente que los años no habían pasado en vano. Un par de canas ya se adivinan pese a tratar de preservar su color natural, y además algunas arrugas ya se veían en su rostro. Pero lo que más llamó la atención de su hija fueron aquellos ojos tristes, la secuela más evidente después de haber pasado el año más turbulento ante su hijo menor.

—¿Quieres que le diga algo cuando lo vea? —preguntó Mari, mientras doblaba un par de calcetas. Hiroko exhaló el aire y le entregó lo que llevaba en sus manos.   

—Solo quiero que le entregues esto a él y a Minami-kun.

Los ojos de Mari miraron el tejido cuidado, junto al bordado que estaba hecho a mano. De algún modo tuvo que recordar aquel ridículo forro que su madre le hizo a Yuuri con la imagen de Vicchan cuando estaba compitiendo.  Ahora no era un caniche, eran un par de bufandas negras con el bordado de la bandera de Japón en sus extremos. Se veía tan artesanal pero hecho con tanto amor, que Mari tuvo que sonreír para felicitarle internamente por el gesto.

Sin duda alguna Yuuri amaría eso .

—Cuídate mucho, y cuídalo a él.  Dile que estamos orgullosos de ellos. Yuko-san prometió venir para ver las competiciones. Sabes que no entiendo mucho, pero quiero estar allí.

—Él sabe que siempre estas allí.

Hiroko asintió con una sonrisa triste, una que levantaba sus pómulos gruesos. Acomodó los lentes y buscó alejarse de la habitación para dejar a su hija acabar con el equipaje. Sin embargo, cuando estaba pronto a llegar a la puerta, volteó al sentir algo en particular. Como si una fuerza nacida desde su vientre le tirara hacia su hija, quien notó se había quedado mirando las bufandas en sus manos mientras sus ojos se endurecían.

Había amargura, Hiroko lo entendía. Su hija sentía resentimiento hacia Rusia y todo lo que pudo marcar de ese modo a su hijo. Sabía todo lo que había hecho para poder darle la oportunidad a Yuuri de ir a América, las limitaciones a las que accedió a vivir sin dudar. Todo porque, desde un inicio, supo que Yuuri llegaría lejos. Muy lejos.

—Suelta eso —Mari le miró, conteniendo el aire que se había quedado atrapado en sus costillas, dolorosamente—. Suéltalo ya…

—Quiero entender que fue lo que pasó. No sé cómo me contendré de no ir a San Petersburgo a averiguarlo yo misma.   

—Ya sabemos qué pasó. Mi hijo es terco, y creyó poder soportar más de lo que podía.

Mari soltó el aliento, con pesadez, mientras lanzaba las bufandas con rabia sobre el equipaje. No podía ser todo tan sencillo, Yuuri no era tan fácil de…

—Simplemente se rompió.

Al final de la tarde, salieron del estadio sin mucho más que hablar, no de parte de Víctor. Sin embargo, hubo una petición de parte de Víctor a la que Yuuri fue incapaz de negarse. Entre todo lo que habían logrado transmitir del pasado, Víctor tenía la certeza de que eso pudiera ser lo que necesitaba para seguir caminando, aún si Yuuri le había dejado los términos bastante en claro. Sí, había terminado. Definitivamente con todo lo que eso implicaba, habían dado fin a una historia que para Víctor había sido lo mejor que le había pasado en toda su vida.

Sí, había acabado. 

En silencio, porque las palabras habían abandonado a Víctor desde un inicio, caminaron sin mirarse. Yuuri estaba a su lado, cubierto nuevamente de todos aquellos abrigos, con la bufanda de nuevo rodeando su cuello y el gorro cubriendo sus negros cabellos. Le gustaría tomarle la mano una última vez, pero sabía que eso ya no era posible. Además, Yuuri había cortado toda posibilidad al ocultar sus manos enguantadas en lana dentro de sus bolsillos. Pero él había puesto el destino de aquella caminata, y Yuuri había accedido.

La calle estaba ligeramente despejada, y la nieve caía con suavidad sobre ellos, como un viejo réquiem. De algún modo, fue fácil para ambos transportarse hacia el momento de sus vidas en el que aquel trayecto había sido algo natural en su rutina. También recordaron cuando salían de la pista con Yuri, y las risas que compartían jugando con el menor, quien no dejaba de fastidiarse por cada una de sus muestras de cariño. Víctor jamás pensó que eso podría tener otras interpretaciones. En perspectiva, entendía que Yuuri tampoco. Pero había un año oscuro para él, un año en donde no estuvo allí y donde ese camino lo recorrieron solo ellos dos.

Su ausencia había abierto una brecha, y Yuri había intentado entrar en ella.

Al percatarse de la mirada de Yuuri, quien había levantado su rostro para buscarle, se dio cuenta que no podía quitarle los ojos de encima, resultándole tan difícil como contener las ganas de abrazarle. Se sonrió con vergüenza y bajó la mirada. El silencio, pese a ser consensuado, era como una manta que pesaba sobre su cabeza. Ojalá y fuera así, como la nieve, y se derritiera. Ojalá.

Cuando llegaron al inicio del puente, se detuvieron. Del otro lado de éste, había ocurrido aquel momento días atrás, cuando Yuuri estuvo a punto de lanzar sus medallas allí y Víctor temió verle hacerlo. Ahora, lo veían a través de una distancia invisible, como si estuviera detrás de un vidrio esmerilado. Víctor sintió sus pies negarse a avanzar, como si la seguridad del clímax le amenazara con partirlo.

—¿Vamos? —Yuuri dio un paso, y volteó para buscarle los ojos. La nieve se movía con tanta suavidad que parecían bolas de azúcar.

El puente de los besos era tan emblemático que dolía regresar allí, pero a su vez era el perfecto  lugar para despedirse. Fue allí donde hicieron una promesa, una sobre abrazarse ante cada separación, esperando con el recuerdo de ese calor cada reencuentro. Y había un reencuentro, la promesa existía, aunque las condiciones no fueran las que Víctor deseaba. Y por mucho que su razón las avalara, nada podía hacer con el reclamo de su pecho y su sentir más íntimo que era el desear detenerlo todo, parar la tortura, y rogarle de nuevo.

—La última vez que vine aquí, vine solo —inició Yuuri al inclinarse contra la baranda, mientras algunos automóviles pasaban por su espalda. Víctor volvió a respirar con pesar, casi como si tuviera atorada una piedra en el pecho. Pero se quedó a tan solo un par de pasos, de espaldas al río, de frente al muro que no tardó en reconocer. Vio algunos detenerse, más los ignoró—. Necesitaba hacerlo, y necesitaba estar aquí. Fue cuando decidí que no iba a regresar.

—¿Era necesario decirlo? —preguntó, era amargo saberlo ahora. Yuuri renegó y dejó salir el aire.

—No… lo lamento.

—Ya no importa.

—Es importante para mí estar de nuevo aquí. Pensé en hacerlo antes de irme, a solas. Venir contigo… está bien.

Víctor le miró con tristeza llenando sus ojos azules. Se le formó otro nudo a la garganta pero fue capaz de controlarlo. Arrugó su ceño, y pestañeó repetidamente hasta que pudo poner en orden a sus pulmones que querían jalar más aire de lo que era capaz de absorber. Se dio la vuelta, como Yuuri. Miró su reflejo, como él.

Detenerse a pensar en ese momento en quien falló la promesa, era irrelevante. Si fue él quien no fue con Yuuri a ese lugar para al menos despedirlo a cada competencia, o si fue Yuuri quien debió invitarlo a ir.  No parecía importar ya, nada cambiaría ahora los resultados, muy a pesar de saber esas respuestas. No podía regresar en el tiempo para hacer las acciones correctas, pero si podrá aprender de ellas para no cometerlas en un futuro.

Y Yuuri estaba allí, demostrándole algo tan sencillo, de una lección aprendida años atrás, pero que en algún punto olvidó. Caer jamás debió significar la muerte. Fallar jamás fue un indicativo de su valía. Haber perdido, había sido el camino que le permitió ganar después. ¿En qué momento fue que olvidó aquello?

Yuuri se acercó un poco más, lo suficiente para que ambos brazos se rozaran a través de las gruesas telas. Víctor agradeció ese ínfimo recuerdo de calidez.

—¿Por qué querías venir aquí? ¿No te arrepientes de haber hecho las cosas así?

—Me arrepiento de las decisiones que me llevaron a ese punto —admitió Yuuri, con el nudo en la garganta—. Me arrepiento de no haber detenido el camino de la destrucción. Pero quería encontrarme aquí. Verme y perdonarme por todo ello. Al fin y al cabo, para eso estaba aquí.

Era doloroso recobrar la confianza. Acababa de notarlo, era eso lo que había recuperado, la confianza.  Yuuri podía hablarle con la libertad de antes, no parecía detenerse por el hecho de lo que habían sido. Era como haber retrocedido mil pasos, pero no haber quedado propiamente en el inicio tampoco.

Yuuri volvió a mirarle. Sus ojos marrones y cálidos le miraban con un mudo agradecimiento. Víctor siempre sintió que la mirada de Yuuri era tan honesta y tan intensa, que podría reconocerla en la distancia, y que sería capaz de interpretar todas aquellas verdades que él era incapaz de decir con palabras. Y allí había demasiadas verdades…

—Ya hablé con tu padre y le pedí perdón por haberte abandonado y no ser más inteligente en nuestra relación. Ya le pedí perdón a Yakov por no haber atendido a sus consejos. Le pedí perdón a Yura también, por haberle hecho daño. Y a ti…

—Creo que debo hacer un viaje para pedir perdón también…

Los codos se frotaban. La nieve caía como en cámara lenta, y golpeaba con tal suavidad el hielo, que este apenas podía notar su llegada. Ellos se quedaron en silencio porque muchas de esas verdades aún eran impronunciables, y demasiados de esos sentimientos eran intocables. Yuuri tomó aire, movió sus manos y se estiró hacia atrás. Víctor le miró, sacudido de repente de esa honda tristeza que le embargaba. El viento jugaba con la bufanda enrollada en ese cuello mientras la luz del atardecer se colaba, coloreando las mejillas pálidas de Yuuri. Víctor giró su mirada hacia el ancho horizonte que estaba frente a sus ojos. El sol se escondía temprano, como acostumbraba a pasar en un día corto de invierno ruso. 

—Espero verte con Yuri en Marcella, para el Grand Prix Final. Minami y yo lucharemos duro para estar allá.

Víctor volvió a mirarlo y notó una luz diferente en esos ojos. Como si Yuuri hubiera corrido una espesa cortina, permitiéndole ver la paz que ahora embargaba su espíritu tras ese viaje. Víctor la ansió… deseó sentirse igual. Anhelando con tal fuerza beber y bañarse de esa calma que él en esos momentos no sentía. Alcanzar a Yuuri en los años luz que los separaban.

—Espero que podamos competir ahora.

Víctor pestañeó y bajó la mirada, para notar la mano extendida. Yuuri le extendía su palma derecha desnuda del guante, sin el anillo que alguna vez la vistió.

—Ahora no tengo miedo de mirarte como antes. Y aún quiero competir contra ti.

No, no era el inicio. Víctor se quedó mirando la palma extendida, comprendiendo justamente eso; no era el inicio. Era otro punto, un punto que jamás habían pasado ni recorrido. Un punto que estaba muy lejos de lo que alguna vez habían experimentado juntos.

Porque en el inicio, en su inicio Yuuri había sido incapaz de verlo a los ojos, sin creerse con el suficiente valor como para siquiera posar en una foto con él. En ese fugaz inicio, había necesitado del alcohol para externar su mayor deseo, más que competir, entrenar con él. Ahora Yuuri se presentaba sabiendo qué y quién era, mirándole como un igual y expresándole con toda la suavidad que él aún poseía al hablar, que quería batirse contra él.

Le devolvió el gesto, apretando con todas sus fuerzas y el temblor empujando sus dedos, esos dedos de Yuuri. Levantó la mirada con un brillo húmedo en sus ojos.

—Recuerda que soy mal perdedor —le dijo, con la voz atravesada. Yuuri le miró con tal seguridad que ni siquiera fue capaz de bajar la mirada, a pesar de lo amargo que podría llegarse a sentir, sabía que no era para lastimarlo.

—Entonces esfuérzate para que Minami no venza a Yuri.

Las palabras se quedaron allí, clavadas. Permanecieron como enormes piedras formando un nuevo puente sobre aquel que se había demolido en el recuerdo. Estuvieron presentes, aun cuando Yuuri se había ido, aun cuando la luz se había apagado y la nieve había dejado de caer. Siguieron mientras la noche caía, mientras la gente caminaba, e incluso mientras él se quedaba solo en el puente. 

Y pensó. Meditó en todo lo que había ocurrido, en todo lo que se habían dicho, en todo lo que había sentido. Reflexionó el dolor que iba enterrándose, saboreó de nuevo esa rabia explosiva que lo llenó por un momento, y que de ella solo quedaba la presión invisible. Consideró su miedo, su pena, su rabia, sus ilusiones rotas. Y midió la distancia que había entre ellas y su presente.

Así que, para cuando Yuri llegó a buscarlo, con el abrigo cubriendo su cabeza y la prudente separación, Víctor tenía muchas cosas claras. Ni él iba a curar en ese momento sus heridas, ni iba a poder recuperar lo perdido. El tiempo no se detendría a esperarlo. Yuuri no iba a esperarlo. Como en toda competencia, había un tiempo para dar el todo por el todo en una presentación. No había ninguna clemencia en la vida cuando se trataba de ganar.  

—¿Para qué me enviaste el mensaje? —Yuri preguntó, evidentemente escéptico. Víctor soltó el aire y con él, soltó todos aquellos pendientes imposibles de solucionar ahora.

—Ya Yuuri se va mañana a Moscú. Me ha dicho que Minami puede hacer el flip cuádruple —le dirigió a Yuri una mirada con claro reproche, quien apretó los labios sin comprender—. ¿Hasta cuándo seguirás en calentamiento, Yuri?

Yuri le miró sin terminar de comprender el repentino cambio, pero los ojos de Víctor lo miraban con una dureza diferente a todas las otras miradas que con desprecio, rabia o decepción, le envió. Ésta era distinta, en esta estaba cargado el desafío, la muda seguridad de lo que podría dar y de que no estaba dándolo todo, que ya había sido suficiente de jugar.

Víctor suspiró de nuevo, con la mirada puesta en el espacio ennegrecido cubierto de puntos brillantes de la ciudad iluminada. El viento se meció sobre ellos, el frío de Rusia los abrazó como una madre aprehensiva.—Yo también dejo de jugar al entrenador. Soy el entrenador. Yuri…mañana continuaremos.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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