Matryoshka II (Cap 26)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 26: Necesitamos perdón

Yuuri tuvo un sueño en los treinta minutos que se quedó dormido esa noche, mientras esperaba recibir respuesta desde Japón.

El estadio estaba tan lleno de gente que no había un solo lugar vacío. Las gradas gemían al son de los zapateos de todos los fanáticos, y los gritos llenos de emoción y éxtasis le embargaban. Yuuri sentía la emoción naciendo desde sus pies, mientras los patines le sostenían, y esa misma viajaba hasta hacerle sentir electricidad bajo su nuca. Sus ojos marrones se abrieron tanto como le fueron posible para poder absorber la escena.

La luz en la pista no lo estaba cubriendo a él, no, él estaba cerca de la barrera, quizás a un metro de ella. No podía estar seguro de qué traje estaba usando en ese momento, parecía no importar. Yuuri miró aquel espacio iluminado por decenas de reflectores que se movían, mientras escuchaba a lo lejos la voz de los comentaristas. De nuevo, los deseos de volver a hacer historia volvieron a él en forma de electricidad en la punta de sus dedos. Escuchó la mención de Japón, sintió a su cuerpo removerse eufórico. Sin embargo, cuando intentó acercarse hacia el centro, las figuras de cuatro jóvenes patinadores lo hicieron por él, pasando a través de su imagen como si fuera un fantasma en la pista.

Ahogó un grito, porque sus ojos se quedaron prendados en las cuatro espaldas que patinaban hasta el centro, mientras ondeaban la bandera de Japón en su espalda. Pudo reconocer a una de ella como la de Minami Kenjirou, al frente de los cuatro, llevando el estandarte como un testigo que Yuuri ya hubiera entregado.

En silencio, el terror comenzó a desprenderse hasta dejar un aire absorto en su mirada junto al orgullo que empezaba a subir como llamaradas desde sus pies. Luego llamaron a Rusia, y un grupo de casi diez personas se precipitaron al centro de la pista, todos pasando por su lado o a través de él como si fuera un ente incorpóreo sobre el hielo. Logró ver a Mila, Yuri y Louis encabezando al grupo con las banderas rusas ondeando en sus espaldas. Después llamaron a otros países, y con ellos iban varias espaldas ondeando sus banderas y uniéndose al centro en medio de los aplausos. Incluso Yuuri empezó a ver banderas que no logró reconocer, aunque fueran solo ondeadas por una o dos personas. Pero estaban allí, dando vueltas en un festival de colores donde llovían los aplausos.

—Para esto somos la leyenda —escuchó a su lado, sin voltear. La sensación de unos dedos agarrando a los suyos fueron tan bienvenidos que Yuuri respondió con una sonrisa sin apartar aún su mirada del espectáculo—. Somos ese espíritu que empuja a los que vienen a superar la barrera de lo imposible, porque demostramos que era posible hacerlo.

—¿Creo que eso te lo dije yo?

—No, fue Yakov.

—Oh sí, Yakov.

—Ese día estaba muy molesto. Luego tú lo repetiste.

—Ya, ya recuerdo…

Se quedaron en silencio. Yuuri no necesito devolver la mirada a su lado para saber quién era, solo se quedó prendado en la gloriosa presentación frente a él, donde los jóvenes danzaban en el hielo en medio de las luces, mientras ellos estaban relegados en la parte oscura del escenario. Sin embargo, seguían allí. Aún estaban en lo que más amaban, quizás no frente al mundo, pero estaban empujando a los que creyeron en ellos en ese lugar. El hielo seguía uniéndolos. El hielo seguía estando bajo sus pies.

—Llamamos amor a todo lo que está en el hielo —susurró Yuuri, con la emoción pujando en cada vertebra, como si fuera a romperla con cada pálpito.

—¿Y cuándo no haya hielo, Yuuri…? 

Todo se apagó.

Los aplausos cedieron, las luces desaparecieron; incluso el frío de la pista se disipó, dejándolo en su lugar templado, oscuro y vacío. La vacuidad tenía su propio eco, era como el paso del aire en medio de la nada, susurrándole al oído. Los dedos ya no estaban, tampoco su voz, y Yuuri en ese momento se percató de la soledad que lo rodeaba, hasta despertar.

Al abrir los ojos, con el sonido incesante de la notificación, Yuuri se permitió recordar esa última pregunta. Ni siquiera podía estar seguro de que eso hubiera sido un sueño; quizás, se había tratado de una construcción de su subconsciencia. Pero ante esa pregunta que escuchó de Víctor, y el roce de esa mano que extrañaba, llegó a la misma conclusión que meses atrás fue posible confesar ante Hirogu, y luego ante Phichit.

Su error había sido llamar amor a todo lo que estaba en el hielo. Amor era estar juntos dentro o fuera de él: junto a su familia, a sus amigos, a Víctor. Aquella visita solo le había dejado en claro que había algo que Yuuri extrañaba más que las competencias, más que el ver a Víctor asombrar al mundo. Extrañaba a Víctor, a aquel Víctor del que se fue enamorando cada día en Hasetsu y cada día en Rusia sin poderlo contener. A aquel Víctor que revivió en medio de ese camino tortuoso, para por fin aceptar lo que siempre había sabido.

Entonces alzó su móvil, mirando la notificación activa. La nota de voz de Minako estaba esperando por ser escuchada, y a su vez, vio que ya era de madrugada. La pregunta que él le había dejado fue simple: ¿Cómo saber que la decisión que tomaría sería la que no lo haría arrepentirse después?

La respuesta fue tan obvia y Yuuri no pudo contradecirla. No había garantía alguna de no arrepentirse, no la había. No había forma de saber que no se equivocaría, pero las personas se suelen arrepentir más de lo no vivido, que de lo hecho.

¿Qué es lo que dice tu corazón?

Y allí estaba, frente a Víctor dentro de la oficina que antes le perteneció a Yakov, dispuesto a hacer lo que había decidido.

—Perdón… —dijo, en un suspiro.

Había inclinado su rostro y su espalda, en una pronunciada reverencia que bien Yuuri podía convertirla en una dogeza, como tiempo atrás ocurrió y Víctor vio fascinado. No lo hizo, pero ya era lo suficientemente enfática como para transmitirle a Víctor su sentir y debió funcionar porque, finalmente, había dejado de mirarle de esa forma helada que le hacía sentir como en medio de una ventisca.

Yuuri tragó, y se mantuvo firme en esa posición a pesar del modo en que sus piernas temblaban. Pronto, sintió la caricia de su bufanda al rodar al suelo y abrió los ojos acuosos para verla desparramada en medio de los borrosos colores. Sus lentes ya habían atrapado un par de lágrimas en sus cristales, pero estos aún se mantenían sostenidos. Si no era capaz de ver con nitidez, era por el ardor en sus ojos y la congestión que se avecinaba.

Pero el silencio prosiguió. Como era de esperarse, Víctor no dijo nada, y Yuuri apretó sus labios mientras saboreaba otra lágrima. Se dio cuenta que tenía que empujar a salir esas palabras que se habían quedado atoradas dentro de su garganta y tratar de darle forma a sus pensamientos. No era sencillo cuando muchas de ellas se vieron aplastadas ante la realidad de que el Víctor que había dejado el día de su partida, de nuevo estaba allí; pero esa misma certeza provocaba que su arrepentimiento se sintiera justo en el tiempo correcto, tres años atrás, cuando tomó la horrorosa decisión.

—No quise hablar porque tenía miedo de hacerlo y escuchar que ya no me amabas… —logró decir, saboreando una nueva gota salina. Su voz tembló, vibrando con el movimiento de cada trago amargo—. Estaba seguro de que habías dejado de hacerlo… No había otra forma de ver el hecho de que, tal como estás ahora, no quisieras verme y decidieras fingir que yo no estaba allí. Sentí que era yo el que te estaba hundiendo, yo quien te estaba lastimando… y cuando todo me superó fui lo suficiente cobarde para salir huyendo. La verdad… fui cobarde desde el principio. Siempre lo he sido…

Para ese punto, ya varias habían caído en el acolchado tejido de la bufanda en el suelo, y otras más se habían hecho añicos al golpear la superficie del piso. Algunas pocas sobrevivían sobre el cristal de sus lentes. La inclinación debía ser mantenida por siete segundos, pero Yuuri la había alargado por más de un minuto y seguía negado a quitarla hasta empujar todo lo que estaba dispuesto a decir.

Era fácil, porque los recuerdos ahora corrían como un río golpeando rocas, y esas rocas no eran más que todas las razones que antes se habían convertido en una presa para contener todas esas memorias. Hirogu tenía razón; Yuuri había intentado autoconvencerse con razones de que todo lo que hizo tenía un significado, porque le daba terror enfrentarse a la realidad de que él mismo había fallado. Colocó piedra sobre piedra con cada uno de los desplantes de Víctor, con cada respuesta, cada silencio, cada arrepentimiento, para formar con ellos una pared que contuviera los recuerdos que dolían y dejarlos allí, atrapados. Solo porque lo ahogaban, solo porque lo superaban. Solo porque dentro de él únicamente quería volver a hundirse ya que no hallaba más calma que esa, porque no hallaba felicidad ahora que lo había dejado ir.

Las filtraciones empezaron y esa noche en que sintió su carne ser expuesta ante el ardor de los reproches, la presa cedió. Yuuri sintió que cada piedra puesta le había golpeado en la cara y sus extremidades, pero fue mayor la sensación de ahogo cuando todos los recuerdos volvieron. Todo aquello bueno y bello que había guardado regresó solo para hacerle saber que nunca habían dejado de estar.

“—No se superan las cosas guardándolas o reprimiéndolas —le explicó Hirogu con una paciencia casi infinita a través de la nota de voz—. Las aguas siempre hay que dejarlas correr, porque si no, ellas mismas buscarán el espacio para hacerlo.”

Yuuri había construido en terreno húmedo e inestable, por eso cuando todo sobrevino a él, nada pudo quedar en pie dentro de sí. Sin embargo, ahora que todo se había liberado notaba que al final, el agua apenas llegaba a sus tobillos y las piedras se encontraban ahí, desparramadas. Si él hubiera hecho eso antes, quizás estaría en otro punto de su recuperación. Pero ocurrió ahora, y ahora no era tarde: era justo a tiempo. Y este era el momento de Yuuri para hacerlo, no otro más. 

—No supe hacerle frente a la idea de que jamás te vería patinar de nuevo, porque sabía cuánto amas hacerlo y cuánto amo verte haciéndolo, sentí que debí haber sido más aprehensivo para evitar que llegaras a ese punto. Me sentí responsable de tus decisiones, y luego responsable de mantener tu imagen en alto mientras no estabas. Aticé sobre mí la presión de enorgullecerte a ti y al mundo, me autoconvencí que seguía patinando por mí, cuando no dejé de hacerlo por ti… Una parte de mí seguía ganando por ti, Víctor. Entre mi egoísmo y mi necedad, empecé a ahogarme…

No, no era el vapor que Víctor había dejado al no volver a brillar sobre el hielo. Era él quien empezó a asfixiarse ante sus propias expectativas y sueños, al ver cómo éstos se esfumaban con el paso del tiempo. Fue él quien no supo ver a Víctor en su dolor al encerrarse en el propio mientras se ahogaba en la culpa. Fue él quien empezó a hundirse con Víctor al tiempo que le suplicó le diera razones para volver a enfrentarlo todo solo, como si él pudiera salvarlo a pesar de su condición. Víctor no era el culpable de su propia caída, solo Yuuri Katsuki lo era. De la misma manera que solo Víctor Nikiforov era el culpable de la suya.

Ninguno supo cómo manejarlo.

—No atendí a los consejos de Yakov, ni a los de el sr. Iván. No busqué ayuda en mi familia, y decidí lo más fácil, apoyarme en Yura. Yura no preguntaba nada, no decía nada de lo ocurrido, me era fácil estar con él al saber que no me recriminaba. Nunca sentí otro sentimiento por él más allá del compañerismo y la admiración, por eso me asqueé a mí mismo del rumbo que tomaban mis pensamientos al final. Cuando Yakov me dijo lo que Yuri sentía y yo empecé a darle forma a esa idea, la duda de porqué quedarme con alguien que se había arrepentido de haberme conocido junto a la rabia, decepción y dolor, me llevaban a imaginar cosas que luego detestaba. Me odié… y supe de inmediato que por eso no había sido suficiente para ayudarte. Luego de irme, supe que era indigno de estar a tu lado. 

Sus lentes cedieron a la presión y cayeron sobre la bufanda, dejando que las lágrimas que se habían acumulados en ellos también se vertieran hacia el tejido. Tras ellos, otras gotas cayeron sin demora. A Yuuri no le importaba, no le importaba porque ya sus ojos eran incapaces de ver nada, porque ya simplemente quería soltarlo. No era falso lo que le dijo a esa mujer en el teatro: él quería esa paz, esa paz de decirlo todo. Esa paz de soltarlo todo. Sea lo que sea que viniera en el futuro, sabría enfrentarlo ahora que sus manos estaban vacías.

Se obligó a tragar, aunque cada movimiento ardía como tener una cuchilla atorada en la faringe. Su nariz congestionada también quemaba y picaba, sus ojos enrojecidos estaban colmados por el llanto.

—C-cuando me fui… —Trató de aclarar su voz, en vano—, t-todavía tenía la esperanza de que fueras a buscarme… Hasta que con el p-paso del t-tiempo, me di cuenta de que no sería así, y me convencí de que merecía eso. Q-que había sido mi culpa, ¡q-que claro que no irías p-por mí! Sí te habías arrepentido de hab-berlo hecho antes… que…

El toque en su cabeza fue como un choque eléctrico. Yuuri apretó sus párpados y contuvo el impulso de buscar más de esa caricia cálida que le despeinaba. Necesitaba hablar, aún había mucho que decir, pero el ligero roce había sido suficiente para que todo lo que saliera de sus labios fueran solo sollozos.

—L-levántate, Yuuri —escuchó esa voz… el tono de Víctor se partió, al igual que el ritmo de su respiración, y el poco control que le quedaba.   

Yuuri tardó en hacerlo. Se demoró en volver a su posición habitual, sintió doler su espalda pero poco importó en ese momento. Con la mirada aún agachada y ya sin la caricia de los dedos de Víctor en su cabello, se pasó la palma de sus manos sobre el rostro, y trató de contener las lágrimas que le estaban ahogando. Quiso poder enfocarlos, pero era inútil siquiera intentarlo. Aún había  cosas que decir, tantas… ¡pero tantas…!

El toque volvió, tembloroso, como si Víctor tocara una frágil hoja seca a punto de caer. El invierno se acercaba con velocidad a Rusia, no tardaría nada en envolver con su helada máxima a toda la ciudad de San Petersburgo. Sin embargo, el roce de los dedos de Víctor no se sintió así. No, no se sintieron como una ventisca, no se percibió como un golpe de hielo. Yuuri retuvo el aire y las explicaciones, que parecían ahora sobrar. Cimbró ante la caricia meliflua que Víctor dejaba sobre su mejilla húmeda, y se entregó a ella con los ojos cerrados y las heridas abiertas.

—Perdón… —musitó una vez más. Su voz ya escaseaba y solo era el aire el que deletreaba las potentes sílabas de aquellas dos palabras que terminaban de abrirlo.

Los labios de Yuuri tiritaron sin más aliento. Los presionó ahora, recogiéndolos por la manera en que se sentía desbordado. Pero los brazos de Víctor se abrieron. La fuerza con la que se apresuró y lo tomó le sacaron lo último de alma que le quedaba y Yuuri casi se cae tratando de sostenerse, cuando era en vano. Víctor lo sujetaba; rodeó su cuerpo con los brazos aferrados en su espalda, lo alzó casi sin posibilidad de tocar el suelo, y dejó descansar su rostro pegado a su cuello. Yuuri no podía respirar… se encontraba apretado por todo. Con la mirada extraviada en el aire, mientras sus manos apresadas luchaban por liberarse, estaba consciente de que tampoco quería alejarse de ese arrebatado abrazo que ahora quería contestar con todo el deseo de sí.

—V-Víctor… —llamó, sin aliento.

El aludido aflojó un poco su abrazo, pero Yuuri aprovechó dicho espacio para pasar sus brazos tras aquella espalda y volverse a apretar ahora con comodidad. Sintió el cuerpo de Víctor removerse como una columna cediendo al peso de un enorme sismo. Yuuri apretó, apretó restregando su frente contra aquel abrigo. Apretó prensando sus dedos contra esa espalda.

“Uno no se arrepiente de lo que realmente quiere hacer. Porque si quieres hacerlo aun sabiendo las consecuencias, significa que vale la pena.”

Apretó. 

“Así sé que no es una decisión de la que me voy a arrepentir.”

Era evidente que no podrían continuar con las prácticas luego del exabrupto de Víctor Nikiforov. Todos se quedaron en sus sitios mientras la expareja salía del lugar, y luego, se miraron con clara confusión en su rostro. Georgi tenía que ser realista, ninguno tenía cabeza para nada en ese momento, y con lo cansado que aún se encontraba por el viaje, decidió que lo mejor era cancelar. Le instó a Louis descansar ese día y le prometió que a la mañana siguiente retomarían el entrenamiento con todo. El joven ni siquiera se molestó, comprendía.

Al estar los tres adultos a solas, Mila soltó un suspiró desalentado. La situación era peor de lo que ella siquiera había previsto, y no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Víctor en América estaba muy ansioso de ver a Yuuri, de conversar con él; ahora, sus palabras habían estado tan llenas de rabia y de desprecio que fue demasiado sorpresivo para ella. Y lo peor era que la actitud también estaba dirigida a Yuri.

Arrugó su ceño y levantó la mirada. Ella había visto las fotografías que habían tomado de ellos dos juntos, pero no resultaba extraño cuando era algo que había habituado desde antes que Yuuri dejara las competencias. Víctor no podría estar molesto por eso, ¿o sí? Pero lo que más le asustaba era la actitud de Yuri; él respondió como si Víctor tuviera toda la razón para actuar así.

Yuri levantó la mirada al notar los ojos fijos de su amiga y notó el preciso instante en que los ojos de Mila brillaron con pasmo. Parecía tan agobiada con la posibilidad, que se sintió incapaz de ponerla en palabras. Afortunadamente, Georgi intervino.

—Vamos a comer. Dudo que ellos salgan hasta dentro de un par de horas.

Todos estuvieron de acuerdo con ello y se dirigieron al comedor.

Mila no dejó de observar el rostro de Yuri en todo el trayecto, incluso cuando se sentaron ocupando los asientos de la mesa, ya que después de haber abandonado la pista él no le había dirigido la mirada. Aprovechando que Georgi se había levantado para pedir algo en la cafetería, ella le tomó la mano y se la apretó, necesitando escuchar que era lo que estaba ocurriendo. No quería armarse ideas precipitadas, pero los elementos parecían claros y al mismo tiempo aterradores. Y se trataba de Yuri; antes de formarse cualquier conclusión quería escucharlo de sus labios.

—Suéltalo —le exigió, porque a la vez notaba en Yuri una enorme desazón que tendría que abandonar. El aludido solo suspiró antes de mirarla con una expresión que ella supo identificar.

—Me gusta Yuuri —la mujer apretó los labios al escuchar, pero se limitó a asentir—. Me gusta de mucho antes… de…

—¿Antes de que se retirara? —Yuri afirmó—. ¿Él sabía?

—Según lo que hablé con él… sí.

Eso explica… Mila hizo una mueca con sus labios al entender por qué Yuuri prefirió guardar silencio hasta el final. ¿Qué clase de cosas habían pasado mientras ella estaba distraída con Otabek y su propia vida? No podría culparse, solo sentía que pudo haber hecho algo por ellos.

Soltó el aire con impotencia y peinó su cabello rojo hacia atrás con los dedos. La otra mano apretó un poco más el dorso de su amigo para darle calma y hacerle saber que estaba con él, independientemente de lo que hubiera pasado.

—Supongo que lo de ahora significa que Víctor sabe.

—Sí…

—¿Cómo supo…?

—¿Te acuerdas cuándo casi me dejaba de entrenar? Allí… fui tan estúpido que se lo solté en la cara.

—¡Ay Yuri! —exclamó incrédula. Aunque podía admitir que definitivamente era algo que haría su compañero de pista. 

—¡Estaba celoso! ¡Enojado! ¡Frustrado! —intentó explicarse—. Yuuri acababa de regresar al hielo, estaba con el maldito cerillo ese y… —La mirada de Mila fue bastante elocuente para hacerlo bajar la voz. Yuri bufó—. Víctor no lo tomó nada bien; pensé que lo habíamos superado pero…

—Es evidente que estando Yuuri aquí se siente inseguro, más si su situación con él está tan… difusa —resopló irritada y Yuri asintió—. Yuri, no puedes culpar a la gente de tu incapacidad de controlar tus emociones.

—¿Eh? —Mila le miró con bastante seriedad, como si fuera una hermana mayor.

—Sí, no puedes ir por la vida culpando a Yuuri, a Víctor, a Minami ahora, de cada vez que no puedes controlar lo que sientes. Primero la culpa era de Yuuri y de Víctor.  Ahora la culpa es de Minami, incluso de Otabek, ¿no? —Yuri quiso acotar algo, más no lo dejó. Mila soltó su mano para extender sus dedos y rozarle el pómulo derecho—. Escúchame. Solo escúchame ¿sí? no te estoy juzgando, pero tienes que entenderlo. Te he visto haciéndolo desde siempre y el resultado es el mismo. Desde que eras un pequeño gatito. Pero ya es hora de que dejes de pensar que la gente tiene que entenderte porque sí. De eso no se trata.

—¡Yo no quise enamorarme de Yuuri! —explicó con frustración. Los ojos verdes le miraron como si quisiera asegurarle que no había sido algo premeditado. Claro que ella lo sabía, sin embargo, se permitió tomar el asunto con mayor seriedad ya que era muy diferente gustar a enamorarse, y eso le daba más peso a los sentimientos que Yuri había declarado—. No fue planeado. ¡Solo inició…!

—No hablo de eso, ni siquiera de lo que acaba de pasar ahora, Yuri —indicó con paciencia—.  Me refiero a todo, a cómo lo manejas. —Volvió a sujetarle la mano—. ¿Cómo vas a hacer ahora? Víctor está lastimado, eso fue más que evidente, y Yuuri se va a ir mañana. No puedes dejar que tu relación con Víctor se desmorone. No es justo ni para ti ni para él, no después de todo lo que han mejorado. Y si Víctor se hubiera enterado de otra manera de lo que pasaba contigo, quizás ahora no estaría ocurriendo esto.

Yuri no pudo estar seguro de que eso fuera todo lo que afectaba. No fue cómo se enteró de su parte, sino cómo se enteró de lo de Yuuri. Pero tampoco iba a revelar que Yuuri llegó a pensar en ceder, ni mucho menos lo que pudo haber ocurrido si Yuuri hubiera flaqueado. No era necesario y no quería complicar más el panorama. Al final, ya era algo que no iba a ocurrir.

Suspiró con desgano y calló hasta que Georgi llegó con una bandeja para los dos. Ambos agradecieron aunque no estuvieran con muchos ánimos de pasar alimentos. Lo hicieron obligados porque era necesario, y estando en competencia no podían castigar sus cuerpos sin que esto pasara factura más temprano que tarde. Yuri tomó el cubierto y comenzó a combinar el puré con la guarnición de verduras.

—¿Tú sabías esto, cierto? —apuntó Mila con el cuchillo hacia su entrenador, quien estaba abriendo el sobre de azúcar para su jugo—. Sobre lo que pasa con Víctor.

—Me doy una idea —admitió. Yuri intentó pasar el trago—. Vino a terminar, Mila, se lo dijo a Víctor. ¡Por supuesto que ninguno de los dos se debe encontrar bien por esto! Pero no es algo en donde podamos involucrarnos.

Los tres guardaron silencio, tan solo permitiendo el sonido del cubierto al tocar la superficie del plato y sus suspiros desanimados con la situación. Yuri veía con insistencia la puerta, como si con ello algunos de los dos fueran a entrar y todo volviera a ser como nunca debió dejar de ser. Era una esperanza furtiva, pero quería aferrarse a ella… Esos días parecían una pesadilla de la que no podía despertar.

Debía admitir que Mila tenía razón: todo había sido provocado por su incapacidad de expresar y manejar lo que sentía. Casi obligaba a Yuuri a corresponderle, había actuado egoístamente con Víctor, incluso había preferido no ver las señales que Yuuri le dio en su momento para pedir su ayuda. Todo cayó por su propio peso, y él, que había querido estar en medio de ambos, había acabado justamente de ese modo; pero atrapado entre escombros cada vez más pesados, grandes y difíciles de contener.

—He estado pensando en que me gustaría sacar a Yuuri esta noche, antes de que se vaya —ambos jóvenes levantaron la mirada. Ya habían acabado de comer pero debido a las circunstancias, ninguno había hecho esfuerzo alguno para levantarse.

—¿Sacarlo? ¿Salir con él? —preguntó Mila y Georgi lo confirmó con un movimiento de su rostro.

—Quisiera que se llevara algo bueno de Rusia, y si la prensa quiere saber tanto sobre lo que pasa, esa puede ser una buena opción.

—¡Me encanta la idea!

—Yo paso. —Mila le dirigió la mirada a Yuri al escucharlo y Georgi pareció entender sin necesitar una explicación. Sin embargo, Yuri la dio—. Seguramente Víctor no podrá ir, y no creo que le caiga bien verme paseando con Yuuri. Al menos no ahora.

—Eso me parece una sabia decisión —concordó Georgi, mirándolo con interés—. ¿Con Yuuri ya estás bien?

—Sí… —Tuvo el ánimo de sonreír ligeramente—. Al menos eso está bien…

—Entonces me parece pertinente que por el momento te enfoques en Víctor. Luego tendrás tiempo de compartir con Yuuri —Georgi aprovechó para revisar su móvil y escribir un mensaje—. Le diré a Anastasia que aliste a los niños para la tarde, también que le avisé a Yakov. Podremos ir a una cena de despedida.

—¡Yo sí quiero ir! Aunque… ¿no deberíamos esperar a ver cómo termina todo? —Los tres compartieron mirada—. Es decir, no sabemos si las cosas terminan mejor de lo que creemos y Yuuri esté muy ocupado en la noche.

Tuvo que callar de golpe al observar la expresión constreñida de Yuri, quien había arrugado la cara como si hubiera recibido una patada en el estómago hasta sacarle el aire. Georgi también observó en silencio, pero prefirió borrar el mensaje que escribía y no comentar nada de lo que había notado. Ya era demasiado elocuente su gesto como para seguirlo atizando. Mila, en cambio, apretó sus labios y miró hacia el otro lado, sin llegar a sentirse arrepentida. No podría acostumbrarse tan pronto a guardarse esos comentarios cuando ella deseaba con fervor que ellos volvieran. Que al menos ellos tuvieran un final feliz en su historia.

En medio del silencio provocado, Yuri tardó en reaccionar. Alejó sus manos de la mesa y las dejó caer sobre sus piernas, con los hombros caídos. Había deseado con tanto anhelo que todo volviera a ser como antes, que había olvidado lo que eso significaba para sí. Porque por supuesto, el sentimiento seguía allí. No es como si se hubiera apagado.

Se relamió los labios y recogió aire con tribulación. Apartó la imagen mental de ellos por fin cediendo a sus deseos y arreglando todo, para que él, a costa de tener de nuevo a Yuuri cerca, tuviera por fin que asumir que no podrían ser más que amigos. No era dolor propiamente lo que sentía, solo era la sensación resignada de tener que dejar ir. Eso era, desprendimiento…

—Dale tiempo… —Escuchó a su lado. Georgi se animó a acercarse y posar una palma confiada en su hombro—. El tiempo es bueno para eso.

Tiempo… Yuri apretó los labios y soltó una sonrisa amarga. Sus ojos enrojecieron y hasta ese momento se percató de que no podía evitar sentir eso que sentía. Que era duro desprenderse, que una parte de él le gustaría que las cosas fueran diferentes. Tan preocupado por ellos dos, había dejado de lado su propio sentir y ahora era incapaz de contenerlo. Hipó. Se pasó el antebrazo bajo la nariz al darse cuenta de que ya era imposible evitar que éstas cayeran. Mila se levantó con prisa de su asiento para rodear la mesa y abrazarlo al verlo quebrarse de ese modo, rodeándolo con sus brazos para apegarlo contra su pecho en un acto de consuelo maternal. Georgi se limitó a apretarle el hombro y dejarlo llorar. Necesitaba sacarlo todo, hasta que ya no quedara nada.   

Entre los susurros conciliadores de Mila, el sonido de ese corazón latiendo en su oído, y el sabor de las lágrimas que vestían sus labios; Yuri solo lloró. Nada podía hacer para evitarlo. O bien Yuuri se iría para estar lejos, o se quedaría para estar con Víctor; de cualquier modo, él jamás podría tener ese lugar especial con él. Y hubiera podido, casi pudo lograrlo. Y, aunque le dio confianza saberlo, al mismo tiempo era como tener una espina que lo obligaba, tal como pensó al hablar con él, a poner ciertos límites aunque eso significara rendirse. Y el único lugar que le quedaba, Minami ya se lo había arrebatado.

Volvió a escuchar a Georgi invocando al tiempo. Yuri pensó si el tiempo, en algún momento, iba a llegar.

Había un vacío que zumbaba dentro de su pecho, un agujero anestesiado. Eso sentía Víctor tras haber llorado todo cuánto había podido. Derrumbado contra la pared al lado del bebedero de agua, se detuvo para poner en orden lo que era incapaz de cuantificar. Yuuri lo había hecho de nuevo, otra vez, tal y como siempre sería. Como si no pudiera hacer nada más que sorprenderlo y dejarlo desarmado.

Con los párpados cansados y la sensación de agotamiento sedándolo, movió un poco sus dedos cosquilleantes porque no podía dejar de percibir ese vacío. Eran sus brazos reclamando de nuevo el cuerpo de Yuuri entre ellos. Era su nariz quejándose porque ya perdía, otra vez, el aroma de ese shampoo. Era sus labios que se quedaron con las ganas de besarlo, su cuerpo que no lo quería dejar ir. No, no quería hacerlo.

Apenas Yuuri empezó a soltarlo todo, Víctor sintió que le estaban arrancando una a una las escamas con las que había buscado escudarse, hasta dejarlo desnudo, expuesto, de nuevo como lo más básico que era él en ese momento. Yuuri había logrado sacar una vez más al Víctor enamorado y dolido que todo lo que quería era que se quedara, sin importar razones, consecuencias o argumentos. El Víctor que no quería dejarlo ir de nuevo, el Víctor que se sentía vulnerable ante su ausencia.

Pero tras las emociones vividas al rojo vivo y la sensación de estarse quemando, ahora quedaba el agotamiento y la incertidumbre, pues a pesar de haber escuchado de Yuuri tantas cosas y tantos perdones, él aún se sentía incapaz de armar un discurso igual. No porque no las sintiera…. era más bien porque no hallaba en ninguna de sus palabras un argumento sólido de porqué ocurrió.

Miró hacía el bebedero y extendió su mano para presionar el botón que llenaría el vaso con agua fresca. Miró llenarse el envase sin expresión alguna y bebió como si no hubiera bebido en años. Volvió a llenar el vaso y lo vació casi de inmediato, con necesidad. Sus ojos cansados se cerraron por un momento, tratando de encontrar un punto de equilibrio. El agujero estaba allí, en ese momento había sido tanto que ya no dolía, pero sabía que no tardaría en suceder.

En cuanto Yuuri se fuera…

Llenó de nuevo el vaso, pero esta vez se lo llevó consigo camino al despacho. En el camino, pensó en lo que había ocurrido con Regina horas atrás. La mujer había sido sumamente dura al mostrárselo, pero le hizo ver lo fastidiada que estaba de verlo dando círculos sobre el mismo eje. El mismo tema, las mismas conclusiones, los mismos sentimientos y la misma incapacidad de enfrentarlos. Se sintió como un niño regañado, incluso se enojó. Pero Regina había sido muy tajante al decírselo.

“—Ya sé que no lo entiendes, que lo extrañas, que estás enojado, que lo quieres lejos. Víctor, me has dicho esto desde que llegó —rezongó con una mueca deliberada, que acentuó su visible hastío—. ¡Si tanto te atormenta qué esperas para hablarlo directamente con él!“

Era miedo… Víctor estaba aterrado ante lo que podría encontrar si seguía buscando a Yuuri. Le temía llegar a responder a la pregunta que se venía haciendo desde esa noche del hotel. Si preguntaba más sobre lo que ocurrió en ese tiempo, ¿podría soportar las verdades ocultas? ¿Hasta qué punto Yuuri podría destrozarlo por completo? ¿Hasta qué punto él lo hizo? Pero no, eso no lo dijo, solo le reclamó si era ético que un psicólogo le hablara de esa forma, como un cliente insatisfecho, y Regina se rio en su cara haciéndole sentir aún más enojado, frustrado y perdido.

“¿Qué parte del ‘no estoy ejerciendo’ no entendiste? Muchacho, mi tiempo vale mucho más que toda tu fortuna. Cuando ejercía sí debía quedarme callada a esperar que pasara una hora infructuosa de terapia que no llevaría a nada porque el paciente no quería colaborar, pero en ti, no pienso tolerar eso. Te dije desde un inicio que odio las causas perdidas. “

Cuando llegó a la puerta, respiró hondo y se detuvo antes de hacer el esfuerzo de abrirla. Recordó la taza de té humeante que llegó a sus manos treinta minutos después de haber sido dejado solo rodeado de gatos en esa sala. La mujer regresó y solo le ofreció té y galletas. No le dijo nada más al respecto, solo se sentó como si él no estuviera allí.

Tuvo que soltar con frustración que ya no sabía qué iba a hablar con Yuuri. Ya había intentado todo. Él había buscado dialogar y en todas las ocasiones había recibidos golpes cada vez más duros, profundos y desalmados por parte de quien aún amaba, no creía poder soportar otro más. Era humillante, alegó. Tenía orgullo, advirtió. No se arrastraría, aseguró. Regina solo resopló mientras movía la cucharilla.

“Tú no estás enojado, Víctor, estás muerto de miedo. ¿A qué le temes? ¿A qué te lastime más? ¿A perderlo? ¿A quedarte solo? ¿A dejar de amarlo? ¿A qué le temes, Víctor?“

Temía llegar a ese punto muerto, lo supo al empujar la puerta y luego cerrarla con un movimiento de su pie. Tenía miedo de estar en esa justa posición, donde Yuuri había dicho todo, donde conocía sus razones y podía tener la certeza de que por su parte, todo había sido aclarado, para encontrarse él sin argumento alguno. Sin respuesta. Sin palabras para decirle o devolverle aunque sea una décima lo que Yuuri acababa de darle.

Le amedrentaba mirar sus manos vacías y reconocer que no era suficiente. Que ya no merecía a Yuuri, que nada tenía que ofrecerle para invitarle a quedarse. Todo lo que pudo entregar fue un vaso de agua. Y cuando Yuuri levantó la mirada marrón enrojecida por el llanto y sus párpados hinchados de dolor para regalarle una diminuta sonrisa, se sintió lejos de merecer.

Yuuri le había pedido perdón por todo, y él no pudo hacer más que llorar. Llorar y apretarlo. Llorar y rezar a cada Dios que conocía para que detuvieran el tiempo y lo dejaran estacionado allí para siempre. Llorar y añorar el pasado que había sido, querer devolver el tiempo, y poder tener el permiso de besarle los labios otra vez.

Pero Yuuri se iría.

Víctor se sentó a su lado. Aquel sofá negro era suficiente espacioso para ambos, y mientras Yuuri llevaba el vaso lleno de agua a su boca, él se quedó inclinado con las manos en las rodillas y el rostro derrotado. Yuuri lucía como si hubiera soltado una enorme carga. Él, en cambio…

—Gracias por el agua, Víctor… —La voz de Yuuri sonaba áspera, casi sin fuerza. Víctor se limitó a asentir—. Y por escucharme, ya siento que puedo irme en paz. 

Víctor apretó todo, porque todo le tembló al escuchar aquella demoledora frase. Recogió aire y contuvo la explosión que quería hacerlo llorar de nuevo.

—Me alegra que… ya estés mejor —intentó mirarlo, pero apenas contactó con esos ojos tuvo que bajar y pestañear con dificultad.

—Ya no puedo seguir autoengañándome con la idea de que puedo ignorar que existes cuando sigues siendo parte importante de mí. He estado reprimiéndolo todo creyendo que así podría ser fuerte, pero todo lo que viví aquí también me hizo fuerte. Ya… ya solo quiero acogerlo, abrazarlo y… continuar.   

Sonaba tan fácil para Yuuri desprenderse… y Víctor quería aferrarse con uñas y dientes a él, a su sombra, a su recuerdo, porque sabía que en cuanto se fuera de nuevo quedaría todo oscuro y ya estaba cansado de decir adiós. Y era peor despedirse de esa manera, porque no era la muerte la que se lo arrebataba, habían sido sus propios errores los que habían enterrado viva su relación. Ahora, por mucho que pretendiera con la punta de sus dedos rastrillar entre tantas equivocaciones, sentía que ya era tarde, porque todo lo que quedaba era un cadáver sin vida.

Entonces el roce de los dedos de Yuuri terminaron quebrándolo. Había atrapado una de las gotas que cayó de sus pestañas húmedas y le había regalado una tenue caricia en su rostro. Minutos atrás, él había hecho exactamente lo mismo, ahora era Yuuri quien se la devolvía quizás con la misma devoción que él le imprimió. Quiso creerlo así.

—Víctor… —Le escuchó decir.

De nuevo se encontró desbordado por todas las cosas que era incapaz de decir, que no hallaba como expresar. Yuuri le extendió los brazos y él no dudo un segundo más en caer dentro en ellos y abrazarlo con sobrada fuerza. En ese momento era incapaz de razonar, el dolor hablaba por él, sus fuerzas se encontraban quebradas. Los dedos de Yuuri acariciaron entonces su cabello y él lo sintió aún peor porque era una despedida. Eso estaba ocurriendo. Yuuri se despedía. De la forma más dulce… como la última caricia de su madre.

—No te quedes callado, Víctor… —suplicó. Yuuri lo sostenía suavemente, como si pudiera romperse, mientras él no había escatimado el apretarlo con todas sus fuerzas—. Por favor… necesito que hables. No nos…

—No quiero que te vayas… No quiero perderte, Yuuri. Y-yo… yo no dejé de amarte… No m-me arrepentí de c-conocerte. Nunca lo hice, Dios, nunca lo hice…    

Eso era todo lo que podía soltar, y se detestaba por ser incapaz de darle razones o prometerle de volver y ser mejor. Se odiaba por no tener la capacidad de enumerar cada uno de sus errores como Yuuri lo había hecho. Solo podía decir eso, era lo único que salía con honestidad. Lo único que podía decir con todas sus fuerzas aunque se escuchara como un niño aferrándose a lo que más amaba ahora.

Yuuri comenzó a jugar con el remolino en su cabello, dejando una caricia circular con su índice que a Víctor le conmovió hasta la médula. Extrañaba tanto eso… lo extrañaba tanto…

—Yo n-no quería hacert-te daño, no quería… Yo no sé qué p-pasó conmigo, no lo entiendo. No entiendo c-cómo dejé que esto pasara, no entiend-do cómo dejé que creyeras que no te amaba. No entiendo qué hice… a veces s-solo quiero olvidarlo. Solo quiero que vuelvas…

—Estoy aquí, Víctor…

—¡Pero te vas a ir! —exclamó, alzando la voz y presionando los dedos contra su espalda. La garganta la sintió tirar de dolor y esfuerzo—. ¡Te vas a ir, mi Yuuri! ¡Te vas a ir! —se restregó contra su hombro, sucumbiendo al peso de esa deliciosa caricia en su cabeza—. No quiero… quiero que volvamos, quiero reconquistarte… Te quiero conmigo… perdóname… amor, perdóname…

“Perdóname”    

Víctor lo dejó salir con tono de súplica, derramándose mientras se aferraba a ese cuerpo y dejaba salir por fin toda su angustia ante la separación. Ya no importaba cuán patético podía sentirse, cuán ridículo debía sonar de sus labios. No le importaba. Solo quería hacerle ver, pelear una última vez con lo único que tenía en ese momento para retenerlo. Aunque supiera que sus lágrimas jamás habían tenido efecto, aunque estaba consciente que Yuuri nunca se detuvo por ellas. Pero estaba allí, derramándolas porque dolía y le consolaba hacerlo justo allí, en esos brazos.

No dejó llorar y de pedir perdón, hasta que se quedó sin voz. Sus ojos se encontraron secos, pero siguió agarrado de ese espacio. No podría determinar cuánto tiempo había pasado, solo se quedó estacionado, recordando como respirar. Y así, pudo escucharlos a ambos recoger aire con fuerza, y soltarlo como si sus pulmones dolieran. Exhaustos… vacíos.

Apegados al espaldar del mueble, Víctor seguía abrazado a Yuuri, con sus manos rodeándole la cintura y apegadas a su espalda, mientras Yuuri le abrazaba la cabeza y le peinaba. Agotado, cedió al impulso de dejar un beso casto sobre el cuello de Yuuri y acurrucarse allí, en el hueco de su cuello. Ya no sabía qué sentir, tampoco qué esperar. Pero después de dolor, y más dolor soltado, quedaba una calma que le permitía, ahora sí, pensar las cosas con una claridad que jamás había tenido antes.

Yuuri no se estaba despidiendo. Por eso había ido a buscarlo…

—Vitya… —El nombre culebreó en su columna—. Aquella noche, tú dijiste que te habías arrepentido del año en Hasetsu… Que muchas veces pensabas en que hubiera ocurrido si no te hubieras ido ese año. Yo, yo allí vi que te habías arrepentido…

Víctor renegó. Su mano dejó de apretarle la espalda y se dejó caer sobre el muslo de Yuuri, más la mano de él la sujetó con suavidad. No había deseo de intimar de otra forma, solo necesitaba el contacto para tenerlo cerca, mientras buscaba las palabras y daba forma a sus razones.

Esa noche… Víctor la recordaba. Esa noche que Yuuri salió corriendo de su cama y él supo que había cometido un gran error. Faltaba poco para que la última temporada de Yuuri diera comienzo. Si él se veía en ese tiempo, se gritaría y se empujaría a ir por él, a ir antes de que fuera tarde.

Desde esa noche, Yuuri no volvió a dormir sin usar las pastillas. Desde esa noche, él no pudo evitar tratar de mirarlo para fracasar en cada intento y sentir que se estaba desmoronando. No encontró la forma de solucionarlo y solo se asustó, se asustó al darse cuenta de que lo estaba perdiendo. Que todo lo que podría salir de sus labios era un: tengo envidia. Que todo lo que podría decir es que odiaba saber que él sí podría patinar, que odiaba eso y que no podía controlarlo. Todo cuanto podría decir, sería para arruinarlo más. Víctor se convenció de eso y por eso calló… calló. No podría estar seguro de qué esperaba del tiempo con callar. Se dedicó a reclamar lo que no podría conseguir, y a no hablar lo que en verdad ambos necesitaban escuchar.

—Antes de irme a Hasetsu, Yakov me dijo: Si te vas no podrás volver. No me importó la amenaza, realmente no creía que eso fuera a suceder, pero cuando volví y perdí… él me lo recordó —Víctor sintió los dedos de Yuuri tensarse, pero los sujetó, esta vez entrelazándolos para evitar que se fueran—. Me dijo que debí haberte ido a buscar y regresarnos los dos a Rusia, que él me hubiera ayudado a entrenarte y podría haber competido contigo esa temporada. No quise darle la razón en ese momento, pero cuando me lesioné… —escuchó el aire de Yuuri escapar como si hubiera recibido un golpe—. Y entonces… tenía demasiado tiempo para pensarlo… una y otra vez…

—Entonces era eso…

—Pensaba en que hubiera pasado si te hubiera traído a Rusia desde el inicio… fantaseaba con la idea de entrenar juntos y competir juntos. Competir como la leyenda que tanto adorabas… Era mejor pensar en eso que ver… el lisiado que en ese momento me sentía. Incapaz de patinar, incapaz de sorprenderte, incapaz de…

—Estúpidos… —Víctor no dijo nada al escucharlo, no lo dijo porque tembló ante la caricia de los dedos temblorosos de Yuuri sobre sus labios, pidiéndole callar. Luego sintió la frente ajena restregándose a la suya y las narices buscándose para rozarse en medio de la humedad. Yuuri tembló, Víctor sintió el aire vibrar contra su piel, pero cerró los ojos para dejarse llevar… —. Somos unos estúpidos… —gimió Yuuri. Víctor relamió sus labios, con los párpados cerrados y los pálpitos en su garganta—. Pensé que no me amabas… ¡pensé que…!

Lo besó…

Víctor cedió al impulso, traspasó la débil barrera de los dedos de Yuuri, y se sorprendió al encontrarse con el jadeo atorado de él y la fuerza con la que respondió a ese beso necesitado. Dejó ir sus cadenas, se aferró a él mientras sus labios se movían con angustia y respondía al desespero de Yuuri en un beso que lejos estaba de encender la pasión, sino que buscaba hacerles sentir unidos.

Se besaron; apretándose las camisas, las mejillas, los labios, las almas. Y cuando la angustia cesó, los besos se volvieron calmos y anestesiados. Como si buscaran besar cada herida dejada usando sus labios. Como si desearan curar cada brecha con el calor de un beso, sus bocas se movieron ahora en sincronía, sin la torpeza y el dolor de antaño, para dejarse sentir que el amor seguía allí.

Y si, no iban a volver. Incluso Víctor lo sintió, mientras aferraba las manos en las mejillas de Yuuri y acariciaba los pómulos con cariño, desviviéndose en ese bálsamo tan necesario. No iban a volver porque estaban muy dañados, no iban a volver porque necesitaban curar, no iban a volver porque él aún no estaba preparado para hacerlo.

No iban a volver pero estaba bien así, porque nada había que buscar en aquella tumba. Yuuri lo invitaba a abandonar aquella lápida y eso significaba recorrer un camino completamente distinto, uno que ninguno de los dos había hecho antes. No volver, ya no volver… 

No necesitaron decir te amos, porque esos estaban implícitos en cada caricia de sus labios. Y cuando dejaron de besarse al sentir que era imposible continuar, Yuuri volvió a abrazarse del cuello y Víctor lo atrajo con amor infinito hacia él. Ya ninguno dijo nada. Dejaron que el tiempo los envolviera…

En ese momento, era todo lo que necesitaban.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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