Matryoshka II (Cap 25)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 25. Lo que encontramos

Las luces iluminaban el escenario frente a él, quien se encontraba a una larga distancia del escenario debido a lo tarde que compró el boleto. Sin embargo, a pesar de estar viendo en vivo la obra de “El Hombre de la máscara de Hierro”, sus ojos estaban nuevamente perdidos en los recuerdos vividos que albergaba el teatro de Alexandrinsky, en la sombra de los dedos que acariciaban el dorso de su mano, y la presencia fantasmagórica de los enormes cortinales que envolvían, en aquel tiempo lejano, el palco principal que Víctor Nikiforov solía apartar para ellos.

También podía saborear, en el silencio que provenía de su cabeza, la silenciosa lágrima que llegaba a marcar a su mejilla en aquel tiempo. Estaba en un verano lejano de Rusia, cuando las noches llegaban a ser atardeceres eternos, cuando conoció lo más caluroso que podría llegar a ser aquella ciudad abandonada en el hielo. Cuando sintió el toque íntimo de Víctor tras su nuca al contemplar la noche blanca sobre el puente de los besos. Era verano en Rusia, y dado que el teatro no presentaba obras, ya que las compañías dedicaban ese tiempo para viajar a otras ciudades, el ballet de Bolshoi aprovechó la ocasión para presentar el lago de los cisnes. Era verano en Rusia, Víctor estaba allí, y en un regalo inesperado, lo invitó a ir con él a ver en vivo esa preciosa presentación que lo dejaría marcado por siempre.

Yuuri podía recordar la forma en que su corazón palpitaba emocionado ante la sinfónica en vivo y los preciosos pasos de los bailarines sobre las tablas. Podía revivir el calor que viajaba por sus venas a través de su torrente sanguíneo, así como el cosquilleo en sus mejillas que lo impulsaba a llorar. Podía saborear todo ese collage de emociones que sobrevinieron sobre él mientras los bailarines danzaban y la escenografía se movía con tal gracia y perfección que no podía despegar su mirada. Poco entendía de lo que hablaban, tampoco importaba. Todo lo que podía era observar con la fascinación de un niño, al ballet de Bolshoi por primera vez frente a sus ojos.

Recordó entonces cuando las cortinas cayeron para preparar el siguiente acto, entre los aplausos de todos los presentes. La infraestructura era tal cual la veía en ese momento, elegante y magnificente, se había sentido intimidado ante tanto lujo y belleza. Pero en aquel tiempo, mientras Víctor rozaba su mano con cierta timidez, Yuuri podía recordar que nada del brillo dorado y del rojo de los detalles grabados podía compararse a la belleza del ballet ruso, que le había llenado de tanta emoción que la única forma de expresarlo había sido a través de las lágrimas.

—Estás llorando… —Víctor le dijo al oído, pasando luego la punta de su nariz por la mejilla humedecida. Yuuri rememoraba la sensación de un nudo en su garganta, equivalente al que tenía en ese mismo momento ante el recuerdo, cuando Víctor con esa voz mansa, le habló de forma íntima—. ¿Estás bien?

—Lo estoy… —tardó en hablar, por el esfuerzo que había significado pasar el nudo—. Solo estoy emocionado. Mi maestra Minako siempre me hablaba cuando pequeño de sus presentaciones en los grandes teatros de Rusia, Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Cada vez que ella hablaba, o me mostraba algunas de sus presentaciones en video, me sentía eufórico. Fui a varios estando pequeño en Fukuoka, y una vez me llevó a Tokio a ver una en vivo. Pero siempre soñé con verlo… así. Había olvidado que alguna vez lo había soñado. 

—Entonces fue una buena idea traerte aquí como nuestra primera cita oficial. —La voz de Víctor sonó seductora, profunda, pero había un timbre contento en ella que se vertía en la entonación de sus palabras—. Lamento haber tardado para hacer esto, no he sido buen no…

Recordó… el tacto frío de su mejilla, el sabor de sus labios que callaron cuando, en un acto sorpresivo, Yuuri le tomó de la mandíbula para besarlo y dejar toda duda dispersa, toda culpabilidad desecha. Víctor retuvo el aliento, podía recordarlo, revivirlo a cámara lenta. Podía volver a observar la forma en que sus fosas nasales se abrieron, sus párpados temblaron y sus pestañas vibraron por el contacto. Lo cerca que estuvieron, casi rozando sus narices, mientras veía embebido en el bello brillo azul de sus irises, la confirmación de que todo lo que vivía en ese tiempo era real.

—Víctor, gracias por traerme aquí —Yuuri podía recordar como esas palabras salieron con tanta franqueza por entre sus labios, que incluso se quebraron al final debido al cúmulo de emociones que tenía atoradas. La sonrisa de Víctor también fue genuina, porque aún sin verla sabía que estaba allí ya que alumbraba a través de sus ojos.      

—Te amo, Yuuri…

Los aplausos cayeron como un torrencial aguacero sobre él, devolviéndole a su realidad. Todos los presentes se pusieron de pie para aplaudir el final de la obra. Ligeramente conmocionado, se removió en el asiento antes de mirar a su alrededor y notar la figura de una mujer bastante mayor, entallada en un vestido elegantísimo y con su cabello castaño ya adornado con pequeñas canas, envuelto en un elaborado arreglo. Al otro lado, un hombre de edad también enfundado en un costoso saco aplaudía sin siquiera inmutarse por las lágrimas que tarde Yuuri notó en su rostro.

Se obligó a respirar. Yuuri se inclinó en el asiento, incapaz de siquiera poder ponerse de pie mientras los aplausos llovían, siendo como un estruendo en su cabeza. Las vivencias eran tan reales que estaban aún pegadas en su piel, y sentía que parte de su ser se había quedado perdidos en esas memorias distantes. Como si le hubieran arrancado parte de su dermis al ser arrebatado de allí, a donde quería regresar.

Se reclinó aún más mientras los aplausos se alargaban como si fuera el eco de muchos logros que resonaban entre las paredes del teatro. Apretó su mandíbula y trató de recuperar el control. Con un suspiro de ansiedad, se llevó sus manos para secar el paso furioso de las lágrimas en su rostro, tratando a su vez de recobrar el aliento. Quería volver… ¡quería volver! Y lo más aterrador era que volver no era imposible.

Si Yuuri se detenía a pensar en las palabras de Minako, comprendía que debía tomar una decisión pensando que no se arrepentiría después de los años. Y allí estaba, en ese lugar emblemático, temblando de dolor. Allí se encontraba perdido en la bifurcación que la vida había puesto frente a él en espera de que él decidiera. Si él tomaba el camino lejos de Víctor, ¿no llegaría a arrepentirse? Hasta ese momento no le había ido mal, parecía que era posible hacerlo, aunque doliera, aunque cargara con él toneladas de piedras que hacían pesado el camino; no era imposible hacerlo.

¿Podría, a sabiendas de que Víctor aún lo seguía amando?

¿Podría continuar sin él a sabiendas de que aún había amor en ambos?

¿Podría ver, en diez años, esa bifurcación maldita sin sentir que dejó la última oportunidad de su vida para volver con él?

¿Vería atrás para hacerse entender que se equivocó y tendría que vivir con las consecuencias…?

¿Aprendería a vivir con ello?

Cuando los aplausos se acallaron, todo lo que quedó fueron los murmullos con lo que la gente comentaba y se despedían conforme abandonaba el enorme recinto. Yuuri se quedó allí, estacionado en el tiempo, mientras recogía sus rodillas para permitir el paso de los otros que estaban en esa fila y trataba de encontrar las fuerzas para continuar. Porque después de aquella salida, el siguiente paso había sido llegar al apartamento en el que vivía con Víctor, fue besar sus labios apenas cerraron la puerta, fue perderse en la locura de sus caricias mientras apenas eran capaces de caminar con los trajes cubriéndolos, con las ansias llenándolos. Y era algo a lo que no podría regresar. Solo le esperaba la fría cama de la habitación de hotel, tan impersonal como sentía ahora su partida.

Cuando sintió que ya se estaba quedando a solas, se puso de pie y notó a sus muslos temblar. Caminó casi de forma autómata hacia la salida, pero desvió sus pasos hasta uno de los tocadores del teatro, tan elegantes como toda su fachada. Solo se estacionó allí, exhausto. Pasó su mano por la nuca, abrió el grifo y se lavó. Todavía temblaba, pero había un paso más por hacer.

Esa obra había sido dirigida por una de las nuevas figuras de las artes interpretativas de Rusia, Yana Savicheva. Según había leído, era una mujer de treinta y cinco años, divorciada, quien luego de haber incursionado como actriz, había decidido probar en la dirección y había obtenido cuantiosos resultados. Figuraba en la lista de las mujeres más atractivas de Rusia, aunque muy por debajo de lo que significaba el puesto de Petra Kudryavtseva. Por lo que decían los artículos de curiosidades en las revistas rusas, Yana había superado su fracasado matrimonio y hecho una vida llena de logros lejos de él.

La razón por la que Yuuri había buscado toda esa información había sido mezquina, cuando Phichit le reveló lo que ya corría en las redes con respecto a su acercamiento a Víctor. Durante esas semanas, lleno de sentimientos indescifrables, Yuuri había buscado información de ella solo para sentir que cada cosa que decían de Yana lo ponía a él muy por debajo de los estándares que Rusia esperaban para la pareja de su leyenda de patinaje. Rusia estaba entusiasmada con la idea de que ellos dos se unieran, las fotos que habían aparecido de ellos se llenaron de miles de mensajes de felicitaciones y buenos deseos que los dos supieron ignorar. Durante esos días, todo ello sirvió para echar más tierra sobre Yuuri quien, si comparaba esto con el recibimiento que él tuvo en Rusia, vio con notable obviedad cual era la mejor pareja para Víctor.

Por fortuna, las reuniones que prosiguieron con Hirogu habían logrado desenterrar a Yuuri del hueco donde se había metido al considerar que quizás nunca debió haber estado con Víctor, hasta ahora, cuando al fin tenía claro lo que él realmente valía. No, no fue un patinador más. No, no estaba solo. El fénix que brilló de azul en Tokio gritó que era un ganador, que había sido de los mejores, que estaba dispuesto a demostrarlo y a vivir su propia leyenda a pesar de todos. Junto a Minami, escribiría una historia en marcador indeleble sobre la pista de hielo y consolidaría a Japón como una de las potencias de patinaje.

Yana tenía sus méritos y Yuuri también los suyos propios. Así, le resultaba más sencillo el buscar con la mirada la figura de la directora de teatro para observar aquel elemento que estaba justamente en la bifurcación, en el camino que daba hacia la decisión de no volver. Porque conocía a Víctor, lo conocía tanto como para saber que su cercanía a ella no era casualidad. Yana podría equivaler a Takao en su vida; puede que no lo amara en este momento, pero nada impedía que no lo hiciera después. Y, si al final las cosas quedaban tal cual como acabaron tres años atrás, Víctor podría devolver la mirada hacia ella y encontrar en esa mujer lo que ya Yuuri no estaba dispuesto a darle.

¿Podría continuar ese camino lejos de Víctor, con la certeza de que aquellos podrían ser los brazos que lo cobijaran? ¿Podría hacerlo y así darle la oportunidad a Víctor de seguir la vida que toda Rusia esperaba de él?

Salió del baño, con la seguridad ahora enmarcando sus rasgos endurecidos por la tensión. De las lágrimas no quedaba más que el rastro del pañuelo y la bufanda que había pasado por su rostro. Su espalda derecha y su mentón en alto complementaban la impresión que él quería guardar de sí mismo. Ya no importaba si toda Rusia lo reconocía, Yuuri no bajaría de nuevo la mirada. Él era un ganador, seguía siéndolo.

Como era esperable, siempre la compañía de actores o bailarines tardaban más en abandonar el teatro, mucho después de que el público dejara la estancia. Sin embargo, cuando Yuuri salió hasta el vestíbulo, notó que aún había algunas figuras presentes allí, rodeando el cuerpo de la joven directora de teatro. Supo reconocerla de inmediato. A pesar de verla de espalda, el cabello castaño recogido y decorado en pequeños bucles que caían por su cuello, junto a la menuda figura, así como su precioso vestido, le indicaron que debía tratarse de ella. Toda duda se disipó cuando vio a un hombre acercarse en traje hacia la directora, saludándola efusivamente tras haber mencionado su nombre en alto.

Yana lucía un vestido precioso, sofisticado y elegante, que le daba a su vez un aire dulce y recatado. El traje con sus mangas vaporosas no entallaba sus brazos, pero sí enmarcaban entre sus pliegues de color rosa vieja sus pechos visiblemente firmes, delineando su pequeña cintura con un cinturón de satén con pedrería que adornaba su costado derecho. Toda la falda caía vaporosa, solo caía mientras las telas se deslizaban al ritmo de sus movimientos: sinuoso, lleno de gracia, con soltura. Eso inspiraba Yana: frescura, libertad, confianza.

Atragantado con la imagen, Yuuri se quedó observando en la distancia mientras ella recibía el saludo de otro par de señores enfundados en trajes caros. Ni siquiera ella necesitaba de elaborados accesorios para complementar su atuendo; se veía tan preciosa y tan correcta que nadie dudaría de la alta clase a la que estaba acostumbrada. A su vez, se veía el carisma que era evidente en su trato, en su sonrisa diáfana recibiendo halagos y opiniones sin mostrarse cansada, y la forma en que elegantemente reía mientras aceptaba cada comentario.

No fue difícil imaginarla al lado de Víctor, seguro yendo a eventos como esos, sonriéndole a la prensa, agarrada de su brazo. Juntos eran el epítome de la clase, elegancia y buen gusto. A su lado debía verse preciosa… y Yuuri tuvo que bajar sus ojos y respirar antes de dejarse embeber por la espiral de autoflagelación que le era tan fácil tomar. Se permitió unos segundos para recordar quien era, para convencerse que él también se vio bien al lado de Víctor, y que aun así, a Víctor poco le importó en el pasado si compartían gustos por la moda, o se veían del mismo extracto social. Ese recuerdo también dolió.

Se permitió verla una vez más. Si llegaban a tener hijos, ¿cómo serían? Hijos rusos, completamente rusos, seguro con la mirada celeste de Víctor y el cabello castaño de

Yana, las mejillas redondas y rojas por el frío.

La decisión a la bifurcación parecía obvia. La menos dolorosa, la más razonable. Ir y dejar a Víctor, permitirle seguir su vida sin seguir llamando al pasado ni enfrentarse a los destrozos que ambos habían provocado. Él volver a Japón y hacer su vida, permitirle a Víctor seguir la suya en Rusia. Tomar todo lo que aprendió al lado de Víctor y hacer una vida fuera de él, tal y como hasta en ese momento había hecho. Seguir caminando, hasta que, quizás cuando cumpliera los cuarenta años, girara la mirada a su espalda y ya no viera ese cruce donde le tocó decidir. 

En ese instante… ¿se preguntaría qué hubiera pasado sí…?

Un rayo atravesó su médula cuando notó la mirada sobre él. Los ojos de Yana Savicheva lo encontraron y a él apenas le dio tiempo de recoger el aire. Lo percibió, irónicamente, de la misma forma en que se sintió cuando Víctor a lo lejos se percató de su mirada atenta el día que compartieron la final de Sochi. La misma sensación de verse al descubierto, el mismo nerviosismo. Yuuri apretó los labios y bajó los ojos, dispuesto a dar media vuelta y esconderse en los pasillos del teatro hasta que ella se fuera. Pero al dar la espalda, buscando la primera salida de emergencia, escuchó su voz suave llamarlo.

—¿Yuuri Katsuki? —El aludido enderezó su espalda. Por un par de segundos, debatió entre sí fingir demencia y continuar el camino al pasillo, o voltear y asumir las consecuencias de los actos que lo habían llevado hasta allí. Finalmente, decidió hacer lo segundo.

Armándose de valor, apretó sus dedos haciendo puños mientras giraba su rostro hacia la fuente de aquella voz meliflua. Yana se había alejado de las importantes figuras para acercarse a él, con evidente muestra de curiosidad en su rostro. La miró, logró hacerlo, aunque sentía piedras en vez de saliva llenando su boca.

—¿La conozco? —preguntó con voz impersonal, y ella le respondió con una sonrisa amable.

—No, al menos aún no —Yana se acercó con paso calmo, dejando que su vestido se moviera al ritmo de sus largas piernas—. Pensé que te conocería cuando Víctor te presentara. Bienvenido a Rusia, soy Yana Savicheva.

Yuuri la miró por unos segundos, desubicado ante el inesperado abordaje de ella. Yana había extendido su mano para presentarse y él se quedó mirando aquella sin saber qué hacer. Sus costumbres adoptadas en Rusia actuaron antes de que su mente diera una orden concreta, y tomó la mano, para responder a la presentación. La alzó ligeramente para inclinarse sobre el dorso pálido de la mano de Yana y luego la dejó ir con suavidad. Yana sonrió satisfecha.

—Katsuki Yuuri.

De inmediato, la mirada de los pocos presentes estaba puesta sobre ellos y eso le creó incomodidad. Yana fue capaz de percibirlo y con la elegancia que cubría cada uno de sus movimientos, posó una mano sobre el brazo de Yuuri y le sonrió encantada.

—Caminemos.

Yuuri no podía creer lo que estaba pasando y el vuelco inesperado que habían tomado sus acciones ahora que caminaba en el largo pasillo con Yana sujeta de su brazo. Era un poco más alta que él por los tacones que resonaban contra el piso, sin embargo, se movía con profunda confianza. Y él aún sentía sus nervios formando ahora nudos de acero en su espalda y cuello, incapaz de decidir cuál era el próximo movimiento o si debiera despedirse y huir. Solo había querido mirarla de lejos, solo eso, no tenía intenciones de nada más. ¿Qué es lo que hablaría con ella en todo caso?

—Pensé que si venías al teatro sería con Víctor —confesó Yana con una sonrisa afable mientras le miraba a través de sus frondosas pestañas—. Le había dicho que podía contar con asientos de primera si decidía traerte.

—¿Cómo sabía que estaba aquí? 

—Tengo un par de alumnos que son fanáticos del patinaje, los escuché. Y Víctor también me informó —detuvo su andar para soltar el brazo tras dejarle una caricia fantasmal. Yuuri sintió escalofríos—. Me alegra mucho por fin conocerte, Yuuri. Víctor me ha hablado mucho de ti.

—¿Sí? —rezongó incrédulo, pero bajó la mirada y se vio obligado a preguntar—. ¿Cómo se conocieron?

—En un café. Fui a solas, a disfrutar una de esas noches con mi sola compañía y lo vi allá en la mesa, lucía algo triste —Yuuri volvió a mirarla. Yana había cruzado sus brazos bajo sus pechos, provocando que estos se enfatizaran por sobre los bordes de su escote—. Decidí acercarme y conversar. Dos almas solitarias podrían quizás hacerse mejor compañía. 

Para ese punto, la garganta de Yuuri era incapaz de pasar absolutamente nada, su estómago volviéndose del tamaño de un guijarro. Apretó su pecho, sintiendo la tensión amarrarse y formar un tejido prieto dentro de su espalda, un nudo nacido de toda la intensa mezcla de emociones que venía sintiendo y acumulando desde que pisó Rusia.

—Víctor es un hombre maravilloso —prosiguió ella—. Galante, inteligente, sensible… Fácilmente el mejor partido que cualquier mujer quisiera, aunque solo somos amigos —le sonrió. Yuuri fue incapaz de devolverle el gesto—. Le he ayudado con Yuri Plisetsky para mejorar su programa.

—¿Con Yuri? —Yuuri frunció su ceño. Yana aprovechó para acercarse nuevamente y dejar otra caricia conciliadora en su brazo.

—Así es. Problemas para poder expresar sus emociones en el programa, eso fue lo que Víctor me explicó. Pero lamento admitir que de patinaje sé lo mismo que de física nuclear —ella rio, él hubiera querido hacerlo también, pero sabía que cualquier movimiento de sus labios acabaría como una mueca monstruosa—. ¿Qué te pareció? —Yuuri enarcó una ceja, mostrándose perdido con el rumbo de la conversación. Yana le miró comprensiva—. La obra, ¿qué te pareció?

—¡Oh…! —Ligeramente extraviado, Yuuri bajó la mirada y trató de respirar aire por la boca. Necesitaba recuperar un poco el control en sí—. Realmente, no la vi. —Dirigió de nuevo su mirada a Yana, quien le observaba con extrañeza—. No vine a ver la obra… solo vine a recordar.

—Entiendo…

Y en verdad, Yana comprendió. Vio el sentido de los ojos brillantes y afectados, la respuesta tras el rostro inflamado y tembloroso. Halló el significado de la mirada que huía, de la tensión que respiraba. Por supuesto, no era a ella a quién había ido a buscar, al menos no a conversar, pero claramente había estado en busca de algo. No podría adivinarlo, pero allí… allí veía la misma expresión de Víctor, la misma con la que lo había conocido cuando lo halló en ese local. Buscando en la ausencia la figura de quien había amado, reviviendo los momentos como si fuera así posible traerlos de vuelta. Añorando el pasado…    

—Tengo que irme… —Fue lo que Yuuri pudo decir, para cortar el silencio en que ambos se habían sumergido. Yana dibujó una sonrisa tímida, pero bajó la mirada y juntó sus manos sobre su regazo al dudar sobre lo que debía hacer—. Fue un placer, conocerla, srta. Savicheva. —Hizo una corta inclinación, apresurada—. Por favor, no le diga a Víctor que estuve aquí.

Yana miró a la figura de Yuuri girar sobre sus talones para darle la espalda. Dentro de ella, un impulso pujaba para hacerle decir y hacer cosas que no estaba segura de realizar. Le gustaría explicarle, le encantaría decirle lo que Víctor le ha estado confiando, a sabiendas de que para Víctor la presencia de Yuuri era muy importante. Todo aquello se quedó atorado en su garganta y se vio frustrada, porque no sentía derecho alguno de inmiscuirse.

Apretó sus párpados, tomó suficiente aire y decidió. Apresuró su paso de tal forma que sus tacones resonaron con fuerza sobre el suntuoso piso y Yuuri, al escucharla, se detuvo para encararla. Volteó visiblemente confundido, y Yana le miró con una tensión que hasta ese momento Yuuri no había notado en ella.

—Antes de que te vayas, Yuuri, déjame decirte algo más —Yana recogió aire y lo dejó salir en una dolorosa exhalación—. Permítele a Víctor explicarte lo que pasó. Quizás a estas alturas no signifique nada, pero al menos dale la paz de que logró hacértelo saber.

—Yo también quisiera esa paz, srta. Savicheva, aunque a esta altura no signifique nada.

Aunque las heridas ya estén hechas. Aunque los errores ya hubieran sido cometidos. Aunque nada se pudiera arreglar de lo pasado… 

Yana le sonrió con pesar, contagiada por la mirada húmeda que le dirigió Yuuri antes de partir. Ahora que se había enfrentado a él, tenía muy en claro hasta qué punto se habían lastimado ambos. Miró a la espalda cubierta de negro perderse de su visión, y se permitió una profunda inhalación. Todo lo que podía pensar era en lo poco que podía hacer ella desde su posición.

Con prisa, se dirigió a los camerinos donde aún algunos de sus estudiantes estaban guardando todo para partir. Tomó su bolso, y sin mucha ceremonia buscó su móvil para empezar a escribir en él.

« Yuuri Katsuki estuvo aquí.

Tardó un par de minutos, que aprovechó para despedirse de algunos de sus alumnos y recoger sus cosas, para recibir respuesta.

Víctor N. » ¿Qué?

« Yuuri Katsuki estuvo aquí. En el teatro de Alexandrinsky. Vino a la presentación.

Víctor N. » ¿Cómo lo identificaste?

Víctor N. » ¿Iba acompañado?

Víctor N. » Hoy había función. ¿Cómo entre tanta gente…?

« Tenías razón al decir que tiene una mirada muy intensa. Lo sentí mirarme en la salida.

« Estaba solo. Logramos hablar. Se supone que no debía decirte.

Víctor N. » No entiendo… ¿Fue a ver la obra?

« No la vio. Vino a recordar, eso fue lo que me dijo.

No recibió respuesta, tampoco Yana la esperó. Era evidente que Víctor tendría en qué pensar.

Todo indicaba que las prácticas a partir de ese momento serían un verdadero suplicio en vida, pero Yuri estaba dispuesto a soportar la mala cara de Víctor. Terco como nunca, estaba convencido de que si Víctor no quería verlo, tendría que ser él quien se fuera, porque bajo ningún concepto le daría el placer de desaparecer de la pista de hielo. Yuuri seguía siendo un tema sensible, pero era hora de enfrentarlo y si de su parte no había problema alguno, esperaba que Víctor terminara de verlo igual. Sus sentimientos por Yuuri habían quedado relegados; no habían dejado de estar, pero eran mucho más manejables ahora que sabía el sentir de Yuuri y ponderaba lo más importante.

Al llegar a la pista, notó que Víctor no se encontraba aún y por el mensaje que luego recibió, supo que estaba de nuevo con Regina. A esa señora de edad ya la había conocido en la semana anterior, cuando prácticamente fue obligado por Víctor, y debía admitirse que se había ganado su confianza. No hablaron de grandes cosas, pero terminó jugando con sus gatos, y comentando cosas de Potya, a quien ya extrañaba. Imaginaba que le tocaría visitarla nuevamente, el jueves, justo el día que Yuuri ya estaría en Moscú.

Suspiró desalentado; la presencia de Yuuri era sumamente efímera. Después de la copa Rostelecom, no lo vería hasta casi un mes después en Francia, y de allí, quizás unos días en Hasetsu antes de tener que volver por las nacionales y prepararse para la copa Europea. Luego del GPF serían casi tres meses los que tendrían que transcurrir antes de volver a encontrarlo en competencia, esta vez en Barcelona.

Era mucho tiempo… pocos días. Yuri quisiera volver a tener la oportunidad de tenerlo como antes, cuando siempre lo veía y compartía con él, que era parte de su rutina molestarlo y admirarlo al patinar. Todo eso ya no lo poseía y Minami lo disfrutaba sin siquiera esforzarse por conseguirlo.

Era frustrante…

El hilo de sus pensamientos se rompió cuando vio la figura de Louis acercarse, con los patines ya puestos y dispuesto a entrenar. Víctor ya no iría en la mañana, y no estaba seguro de cuánto tardaría Georgi en aparecer (por el mensaje que recibió en la madrugada, el vuelo desde Canadá había llegado bastante tarde ya); así que ambos estaban solos en la pista.

—Ey —escuchó a Louis hablar, aunque se veía bastante incómodo al dirigirle la mirada—. ¿Me ves hacer el programa?  

—¿Quieres que te supervise? —El chico respondió con un chasqueo de lengua y Yuri no pudo evitar el reírse entre dientes, luciendo una sonrisa fanfarrona en los labios delgados. Louis se replegó ya incómodo.

—Es para que veas que soy mejor que tú…

Pudo haberse reído, pero Yuri se limitó a rodar los ojos y levantarse para dejar una palmada en el hombro del joven patinador junior. Éste respondió incrédulo, observando a Yuri avanzar hasta la barra. Había dejado las elongaciones para poder prestarle toda su atención. 

—¿Qué esperas? —le retó, provocando que Louis sintiera un escalofrío al mirarlo, repentinamente, más alto de lo usual—. Muéstrame si serás mejor que yo antes de que te aplaste en tu debut de senior el próximo año. 

El desafío fue suficiente para que Louis se precipitara a la entrada de la pista y dejara los protectores sobre la barra. Yuri se acomodó con los codos sobre la barrera y miró con una sonrisa confiada hacia la ubicación del patinador, quien ya se había posicionado en el centro de la pista. Con el control remoto activó el inicio de la música y Louis comenzó a mostrar su rutina. Louis iba en serio, y podía reconocer esas ganas junto a la necesidad de demostrar que ya era grande, no un chiquillo, y que estaba dispuesto a estar a la altura de la próxima liga. Podía reconocerlo porque se veía allí.

Por primera vez, pudo aceptar que Louis estaba siguiendo el camino que él ya recorrió y dejó de verlo como una amenaza latente, tal como sentía en los meses pasados. Dejó de irritarle su presencia y sus comentarios retadores; ahora era capaz de comprenderle al verle a la luz de su edad e inexperiencia. Como si de repente pudiera percatarse de los casi siete años que los separaban.

¿Era eso lo que Yuuri sintió en un inicio con él, cuando lo retaba de esa forma tan grosera, y respondía con aquella calma tan suya? ¿Acaso Yuuri sentía eso mismo que él estaba sintiendo al ver a Louis como lo que era, un niño?

No pudo pensarlo, en medio de su distracción de repente sintió un par de pechos apretándose contra su espalda y los delgados brazos abrazándole el cuello. Yuri se enderezó ligeramente avergonzado con el arrebato de, quien reconoció luego, era Mila.

—¡Vieja bruja! —exclamó, sin intenciones de alejarla al sentir su apremio—. Joder, luego no te vas a hacer responsable.

—¿Responsable de qué? ¿Del despertar del gran tigre?

Imposible… Yuri siempre perdía cuando se trataba de la desfachatez que Mila tenía para avergonzarle. Se puso rojo y se dio media vuelta para poderla abrazar apropiadamente. Mila se colgó de su cuello poniéndose en puntas, y él la envolvió posando sus manos en la espalda menuda de la patinadora. Detrás de ella, Georgi ya estaba observando a Louis patinar a la distancia, con sus brazos cruzados.

—Pensé que no vendrían hoy —comentó Yuri, al soltarla—. Felicidades por tu medalla de plata. Ya estás calificada para el GPF.

—Así es, pero no me puedo conformar con una plata, ¿no? —Le guiñó el ojo y Yuri sonrió en respuesta—. Así que quedamos que dormiríamos un poco y aprovecharíamos para seguir entrenando.

—¿Y Víctor? —preguntó Georgi, Yuri dejó salir el aire con desgano.

—Viene después del mediodía.

Georgi no quiso saber más del asunto, creyendo prudente el enfocarse en iniciar su entrenamiento con el menor de sus estudiantes. Yuri y Mila se fueron a sentar a una banca al sentir que era necesario ponerse al día con algunas cosas.            

Ambos patinadores se sentaron y empezaron a hablar sobre los últimos eventos que ocurrieron en sus vidas en solo cuestión de un fin de semana. Yuri veía con casi incredulidad que tanto hubiera pasado con él y sus sentimientos en esa fracción de tiempo. Por su parte, también le hizo saber a Mila su creciente preocupación al verla tan desenfocada en el programa corto y haberla oído tan mal cuando hablaron. Ella le sonrió apenada y le tomó su mano, para comunicarle su mudo agradecimiento y la seguridad que ahora, tras haber hablado con Otabek, sentía en ella. También aprovechó para informarle sobre la conversación que precisamente tuvo con su ex y lo que logró encontrar al haber hablado.

Yuri se mantuvo en silencio, con un nudo en la garganta.

—No crees… ¿qué debiste decirle que volvieran? —Otabek le había dicho que la amaba, a Yuri no le cabía en la cabeza como eso no era suficiente. Mila se limitó a renegar.

—Si él hubiera deseado eso, me lo habría pedido. Mas no fue así… Él todavía tiene dudas sobre lo que siente por ti, Yuri —el aludido chasqueó la lengua, sintiéndose inconforme con la resolución. Mila solo se acercó y le apretó la mano—. Estoy bien… obtuve lo que buscaba. Ya… ya puedo seguir sin él en paz. 

La sonrisa sincera, aunque triste, de Mila, le provocó un terrible mareo que tuvo que matizar pasando una mano sobre su cuello. Resultaba desalentador la certeza de que se podría continuar sin el ser amado al lado aunque él bien podría decir lo mismo si se fijaba en lo vivido con su madre. Pero si alguien le preguntara que prefería, él mismo estaba seguro de responder que hubiera deseado la compañía de su madre por sobre la soledad que lo empujó a ser más fuerte. 

—Con Yuuri…. ¿cómo fue? Imagino que por eso Víctor no está aquí aún —Yuri asintió y volvió a pasar su mano, esta vez por su frente, despejando algunos mechones rubios del camino. Mila no necesitaba usar su percepción femenina para haber adivinado eso.

—Terminó mal… no he vuelto al apartamento de Víctor desde que hablaron. Víctor… me pidió tiempo a solas —Mila no estuvo segura si debía preguntar por qué, pero Yuri siguió hablando—. Yo estuve con Yuuri bastante tiempo el domingo, y ayer fui a buscarlo a su hotel pero no estaba allí. Ya vi que estuvo caminando por la ciudad, los malditos paparazis no lo dejan dar dos pasos cuando ya suben las fotos en la red. 

—Ojalá y fuera interés por saber de él y su carrera, pero no. Solo están pendiente de qué nuevo drama armar con su relación con Víctor —repuso frustrada. Yuri asintió mientras se cruzaba de brazos.

—Siguen siendo los mismos hijos de putas que buscan su noticia de primera plana en las malditas revistas de farándula.

Si Yuuri se hubiera enamorado de cualquier otro patinador que no tuviera la trayectoria y fama de Víctor, seguramente no tendría que pasar por todo ese tipo de situaciones incómodas. Pero Rusia parecía muy empeñada en hacerle saber que no era bienvenido en el país. Si fuera por Yuri, hubiera pedido una foto al lado de Yuuri para subirla a sus redes y callarles las bocas a todos, además de invitarles de forma muy cordial a dejar de seguirlo si tanto les molestaba el asunto. No lo había hecho, por Víctor.

No quería complicar más el panorama.

Dejó salir un suspiro derrotado y Mila se acomodó contra su brazo, como si buscara mimos. Se quedaron mirando en silencio a Louis patinar y practicar su rutina.

—¿Hablarás con Otabek cuando se vean en Francia? —preguntó suavemente y Yuri afirmó sin mucha energía—. Me alegra saber eso… no quiero que su amistad se vea afectada.

—Ya te dije que eso no es culpa tuya. No te preocupes por eso… ya sé que debo hablar con él. 

Mila torció los labios con inquietud. El gesto meditabundo de Yuri lucía tan contrario a él que no pudo evitar el notarlo y preocuparse por ello. 

No obstante, el repentino llamado de Louis gritando “Yuri” hizo que los dos patinadores voltearan para buscarlo, pensando que algo terrible debía haber pasado. Fue mayor su sorpresa cuando se percataron que no los estaba llamando a ellos, y que Louis se dirigía a toda prisa a la salida. El siguiente grito que vino fue de Mila, y Yuri, aturdido, se apartó para proteger a sus tímpanos quedándose bastante desconcertado por el repentino alboroto. Primero vio la espalda de Mila al ella levantarse y casi correr para bajar las escaleras a toda velocidad, y luego, fue que pudo empujar su mirada hacia donde notó el origen de tanta algarabía. Se levantó con la emoción surgiendo como una corriente en su estómago. Ese montón de abrigos, bufanda y gorro de lana solo podía pertenecer a una persona.

Contrario al resto, Yuri se tomó su tiempo para bajar por los escalones al aún cargar puestos sus patines, pero ya Yuuri había sido abordado por el resto del equipo ruso. Mila se había colgado de su cuello, abrazándolo apretadamente mientras Yuuri respondía tímido, con las manos puestas en la angosta cintura. Georgi estaba a su lado, hablándole, y Louis parecía una versión rusa de Minami Kenjirou allí. Yuri al verlo chasqueó la lengua.

—Felicidades por tu medalla de plata, Mila —le susurró Yuuri, mientras ella se apartaba para sonreírle. No quiso alejarse, así que se quedó pegada a su costado.

—Gracias Yuuri, fuiste de gran ayuda para eso —Yuri enarcó una ceja al escuchar aquello y miró a Georgi sin comprender. El entrenador se limitó a encoger sus hombros—. Y tú estás redondito con tantos abrigos. ¡Extrañaba esto!

—Estuve más redondo en Japón… —musitó. Yuri, quien sabía ya a lo que Yuuri se había referido, solo desvió la mirada.

—¡Dios, debías verte tan tierno! —exclamó Mila.

—Sinceramente, no… —la mirada de Yuuri fue hasta Georgi, luego a Louis y a Yuri, pero pronto empezó a buscar algo que no encontró allí.

Para nadie fue secreto a quién estaba buscando.

Mila lo soltó suavemente y notó cuando Yuuri lanzó la pregunta silenciosa hacia Yuri. Este soltó un suspiro fatigado antes de responder:

—El viejo viene más tarde. 

Georgi le pidió a Mila soltar a Yuuri para que empezara con sus estiramientos y le dio órdenes a Louis de retomar sus prácticas. El chico no dejaba de mirar a Yuuri con ojos encantados, algo que no pasó desapercibido para él; pero Yuuri no respondía muy bien a esas clases de comportamientos. Le costó mucho dirigirle una sonrisa humilde, aunque podía recordarlo como el pequeño chico que estaba a punto de entrar a su primer Grand Prix Junior a sus trece años. Al final, el joven patinador obedeció a las órdenes de Georgi y ambos Yuris se quedaron tras la barrera, aunque el ruso no tardó en convidarle a acompañarlo en las gradas.

Hubo silencio, mientras Yuuri observaba el programa de Louis y Mila partió a cambiarse. Yuri lucía un tanto extraviado con la llegada de Yuuri a la pista, no le había hablado de ir precisamente allí. Pensó que se comunicaría con Víctor directamente y acordarían un lugar de encuentro, no que lo buscaría directamente en la pista.

—¿Notaste periodistas? —Yuuri torció el labio, restándole importancia. Yuri resopló con obstinación—. Maldita sea…

—No importa Yuri, ya los ignoro —para el aludido, la situación iba más allá de simplemente pasar de ellos—. Mañana ya estaré tomando el tren a Moscú.

—¿Tren? ¿No ibas en avión?     

—Prefiero evitarlo. Ya sé que me van a esperar allí, así que será mejor despistarlos. Tardaré más en llegar pero estoy seguro de que estaré a tiempo para recibir a Minami. Estando en Moscú, estaré protegido por la JSF, así que no hay de qué preocuparse.

Chasqueó la lengua con ofuscación y se cruzó de brazos. Aquella situación le resultaba vomitiva.

—Quisiera ir contigo —repuso, con ansiedad—. Al menos me aseguraría que…

—Yuri, ya no hace falta —la mirada de Yuuri fue bastante elocuente, porque Yuri al sentirla no pudo mantenerse firme y tuvo que reclinar la suya, a sabiendas de que la decisión de Yuuri ya estaba tomada—. Tú tienes que entrenar y asegurar tu pase al GPF. Ya no quiero que hagas… lo que hiciste antes.

Yuri se atoró con esas palabras, tragando con dificultad cuando Yuuri terminó de darle fuerza al empujarlas a través de sus ojos. No podía negarlo, le avergonzaba que Yuuri tuviera que decirlo. Había estado durante meses convenciéndose sin lograrlo de que estaría preparado para ese momento y que podría enfrentar a Yuuri a través de Minami, solo para demostrar que tan lejos aún estaba del podio. Apretó sus labios y contuvo el aire, mientras Yuuri le retaba con solo el brillo de sus pupilas oscuras.

—Quiero ver al Yuri por el que decidí no renunciar en Barcelona —Yuri permaneció perplejo, sin darse cuenta del modo en que estaba apretando sus propias rodillas al escuchar a Yuuri así—. No hagas el camino al oro de Minami tan fácil.

Sin permitirle decir nada, rápidamente Yuuri sacó su móvil y buscó algo en la pantalla. Ese tiempo fue suficiente para que Yuri pudiera digerir lo que había escuchado. Pero, sin anestesia, Yuuri al encontrar lo que buscaba le mostró aquella secuencia grabada desde su celular, y Yuri sintió de inmediato su espalda ser asaeteada por flechas de hielo. Un escalofrío se ramificó en todas direcciones, cuando pudo ver parte del programa de Fuego donde Minami Kenjirou lograba clavar un flip cuádruple.

La garganta se secó al paso de los segundos, mientras podía ver al video repetirse. Yuuri se había inclinado a su dirección para hacerle ver con mayor nitidez aquella grabación. Desde esa distancia también podía observar el impacto de las imágenes y sus palabras sobre Plisetsky; de esa forma, sabría cómo empujar.

—Minami me ha dedicado esta temporada. Fénix es un homenaje a mí… —Yuri tragó piedras, estaba seguro de ello—. Se está esforzando mucho, está llevando su cuerpo al límite para lograrlo.

Yuri giró la mirada para encontrarse con esos ojos marrones tan llenos de fuerza y orgullo que dolían; porque los reconocía, los había visto tantas veces en el pasado que lastimaba verlos ahora motivados por una persona ajena a él. Sin embargo, se guardó ese sentimiento amargo mientras se esforzaba por no bajar el rostro y no dejarse vencer por la seguridad aplastante de Yuuri. Ya no había razón para seguir pensando en todo lo que había perdido; Yuuri estaba allí y por el modo en que lo miraba, Yuuri lo quería de vuelta.

—Todavía recuerdo tu Allegro Appasionato del GPF —y era cierto, porque Yuuri guardaba en su memoria la forma en que Yuri había dejado su alma en el hielo, y cómo se quebró cuando lo acabó. Él no se rindió a pesar de su récord, se negó a darse por vencido e hizo que no pudiera quitarle la mirada. Provocó que su alma competitiva vibrara con fuerza, con deseos de competir nuevamente y esta vez ganar—. Quiero ver ese Yuri de nuevo.

No fue capaz de emitir palabra alguna, porque sentía la tonelada de verdad que había brotado de los labios de Yuuri y asumía que necesitaba esa sacudida. Ya faltaba tan solo una semana para preparar todo e ir a Francia, en nada tendría que competir en el trofeo de Francia. Tenía que vencer, esa era su última salida, vencer. Tenía que ganar mínimo la plata para poder tener posibilidades de entrar al GPF.  Yuuri lo estaba impulsando a enfocarse en eso, y dejar de verlo a él. Lo mismo que había intentado Víctor, aunque debía admitir que él hecho de que él mismo Yuuri fuera quien se lo pidiera le otorgaba un peso mucho mayor.    

De todos modos, la tensión y presión que sintió por las palabras de Yuuri, incrementó cuando la gélida mirada la percibió como una ventisca sobre su rostro. Yuri fue el primero en voltear, para notar desde la barrera y con el morral colgando de su hombro al rostro férreo de Víctor, quien lo miraba con tal aversión que creyó encogerse ante él. Yuuri también había volteado al darse cuenta de esa intensidad que Víctor había logrado transmitir con sus ojos de hielo, pero contrario a Yuri, se levantó para enfrentarle. Yuri fue incapaz de moverse y solo atinó a voltear el rostro, para cortar el contacto visual.

El japonés se abrió paso para caminar hasta las escaleras, con todas sus pertenencias colgando de un bolso similar. Yuri no se esforzó en buscarlo con sus ojos, pero se tensó irremediablemente cuando Víctor, en un tono antinatural para su persona, pronunció el nombre de Yuuri con una tirantez brincando por cada vocal.

—¡Yuuri! —alargó innecesariamente y el aludido se detuvo en las escaleras—. ¡Qué sorpresa! ¿Has venido ver a Yuri? ¡Espero que eso lo motive a no hacerme perder el tiempo!

Si siempre la franqueza de Víctor le había resultado, por momentos, irritante; en esta ocasión sin embargo, tuvo la capacidad de hacerlo más insignificante que una cucaracha. Yuri agachó el rostro, presionado por el tono que Víctor imprimió en sus palabras. Yuuri, sin embargo, se mantuvo con la mirada en alto. Desde lejos, Mila podía notar la forma en que su mandíbula se había tensado.

Georgi no quiso intervenir, aunque bastante incómodo bajó la mirada.

—He venido a hablar contigo, Víctor —Yuuri empujó su voz, pese a la presión que le había rodeado. Víctor le dirigió una mirada tan vacía, que Yuuri sintió más frío frente a ella que en medio de la nevada de la noche anterior—. Las cosas no han salido como…

—Últimamente las cosas no han salido como querías, Yuuri —le interrumpió y las cejas de Yuuri se doblaron con irritación. Víctor había tomado ahora un tinte más oscuro para su voz—. Esta es… ¿la segunda vez que me lo dices? No estoy seguro.

—Víctor.

—¿Estás seguro de ahora saber lo que quieres? 

Frustrado por la situación, Yuuri bajó los escalones con prisa, apretando los labios con tanta fuerza que parecían casi mordidos. Víctor no se movió de su lugar, sin embargo su espalda se tensó con tal fuerza que parecía un mástil allí de pie. Casi todos los presentes habían dejado de respirar cuando Yuuri, al encontrarse a solo un paso de él, se detuvo y le enfrentó con el mentón en alto y la indignación transfigurado en su expresión. Nikiforov le devolvió una mirada llena de aversión, miedo, y dolor juntos.

El silencio se alargó, fue una pausa casi eterna. Yuuri la aprovechó para tomar aire, cerrar los ojos y masticar los sentimientos negativos que empujaban de él, así como el deseo de simplemente desaparecer allí. Volvió a enfocar su mirada en los ojos claros de Víctor, quedando preso en ellos. En esos bellos irises que parecían gritar un vete que Yuuri lograba escuchar como grandes gritos en su cabeza.         

Pero Yuuri era terco y no podía irse, no sin antes hablar con él. Empujaría toda esa terquedad para al menos cumplir con ese objetivo.

—Por favor, Víctor —la voz de Yuuri bajó y se volvió tan mansa que la seguridad de Víctor se vio amenazada—. Necesito hablar contigo una vez más.

Los ojos de Víctor se debatieron entre cerrarse, o apuntar a distintos espacios de la enorme pista para escapar de la imagen de Yuuri tan cerca que llegaba a lastimar. Al final, no hicieron más que prendarse en los ojos marrones y gritar al unísono un «¿por qué?» con su mirada. Pero estaba consciente de que nada podrían hablar allí y, sin abandonar todas esas sensaciones acuosas que le embargaban, dio un paso hacia atrás, casi mecánico, dirigiéndole una voz impersonal.

—Vamos al despacho de Yakov. 

Allí tendrían privacidad… Allí estaban sus logros junto a Yakov. Víctor sintió ese como el lugar perfecto para enfrentar a Yuuri una vez más en ese momento en que se sentía tan perdido entre lo que sentía, pensaba y deseaba hacer. Víctor no le dirigió la mirada cuando empezó a emprender su camino hacia el pasillo; tampoco estuvo al pendiente de que Yuuri lo siguiera, asumió que lo estaría haciendo. Mientras en su mente se enfrentaba a una batalla sin precedentes entre argumentos y deseos, Víctor empujó la puerta del despacho, y la dejó abierta tras entrar. Enfocó rápido sus irises azules sobre las fotografías que había en la pared, tras apoyarse en el filo del escritorio y escuchar la puerta ser cerrada.   

Sus manos se escondieron entre sus brazos, cuando Víctor los cruzó. Yuuri miró la estampa desolada de su expareja con un profundo dolor y de nuevo, rasgos de culpabilidad. La manera en que ahora no quería mirarlo, la dureza de sus rasgos bellos que le hacían imitar a las estatuas de mármol; todo ello era un doloroso recuerdo. Era tal cual… tal cual esas noches frías y eternas, donde las caricias habían quedado congeladas y el amor luchaba por respirar ante tanta indiferencia.

Se sintió sin voz; Yuuri tuvo que buscarla entre toda el agua que parecía ahogarle en ese momento. La figura diciente estaba allí: Víctor fingiendo que no se encontraba en esa oficina estaba allí. No podía ahora detenerse, ya no había tiempo. Pero era evidente que el Víctor de aquel año aún seguía allí, tal como pensó -y temió- en América.

Dio dos pasos. Víctor los escuchó y tragó el vacío que tenía acumulado en el pecho. Trataba incluso de no pestañear, porque sentía que ese mínimo movimiento ya quemaba. Esperó todo, de todo, e intentó armarse ante lo que sea pudiera venir de Yuuri. 

—Perdón…

Esperó todo menos eso.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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