Matryoshka II (Cap 24)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 24. Lo que buscamos

Los piroshkis de katsudon se robaron la noche. Ver la cara de gusto de Yuuri al volver a probarlos, hizo que para Yuri valiera la pena el esfuerzo con el que los cocinó. A Yuuri se le hincharon las mejillas de puro gusto y hasta se le iluminaron los ojos marrones, como si estuviera viviendo su propio pedazo de felicidad. Varias veces, Yuri rio, rio de diversión al verlo tan encantado comiendo como cerdo, como antes; rio de felicidad por tenerlo justamente así. Se dio cuenta en ese momento que ningún encuentro sexual con Yuuri le traería la plenitud que sintió en ese justo instante que Yuuri subió la mirada contenta y le dio las gracias por el platillo.

Era perfecto así.

Tras haber cenado, ambos se sentaron en el mueble y activaron el aparato de videojuego; sin embargo, no fue mucho lo que pudieron jugar. Entre partidas que debido al cansancio ambos perdían casi a propósito, estaban las conversaciones banales que resultaron mucho más importantes y entretenidas. Escuchó a Yuuri reír varias veces, solo por ello valió la pena. No obstante, era evidente que el cansancio de ambos les obligaba a buscar la cama y dormir.

Así despertó, al día siguiente. Tenía la cabeza hecha un lío y escuchaba de lejos la alarma del despertador en su móvil. El techo de su habitación era el mismo, solo se percató de lo extraño que resultaba verlo después de tanto tiempo. Se retorció entre las sábanas, aún demasiado fuera de sí como para pensar, hasta que su móvil sonó con el timbre de entrada de una llamada.

Yuri se arrastró con dificultad en su cama hasta casi caer, para poder alcanzar donde había quedado su teléfono. Por un momento, pensó que no había sentido la presencia de Potya en las cercanías. Sin mirar la pantalla, contestó la llamada y se dejó caer sobre la almohada, con marañas de cabello dorado en la cara. Pero al escuchar la voz, se sobresaltó.

Era Víctor, era Lunes, era tarde…

—¿Dónde estás? —El tono de voz de su entrenador sonaba áspero e impaciente. Yuri prácticamente se enderezó como un alambre en la cama.

—¡Y-ya voy en camino!

—Tengo una hora esperándote aquí, Yuri. ¿Dónde estás metido ahora?   

—¡Dije que ya voy en camino!      

Yuri se levantó de la cama y comenzó a buscar desesperado por donde había dejado su ropa regada. Caminó apurado entre las piezas de ropa abandonadas en el suelo y se dirigió al baño, solo para notar el mal aspecto que tenía encima. Eran evidentes sus bolsas de sueño en la cara.

—¿Dónde estás, Yuri Plisetsky? — La voz de Víctor golpeaba. Yuri corrió con el teléfono sujeto en una oreja mientras buscaba donde estaba su bata de baño.

—Estoy en mi apartamento. ¡Me quedé dormido, joder! 

A tirones, jaló la toalla de una silla en su habitación, haciendo que ésta se cayera por la fuerza ejercida, mientras que Víctor seguía quejándose desde el otro lado de la línea; diciéndole de cómo tenía más de una hora esperándole y que no podía creer ese nivel de irresponsabilidad de alguien que, se suponía, estaba dispuesto a ganar en el Trofeo de Francia. Yuri entretanto, corría de un lado al otro, sosteniendo la llamada con su hombro, teniendo su ropa en una mano y abriendo el grifo para nivelar la temperatura de la ducha con la otra.

—¡Lo sé, Víctor, lo sé! —Gritó exasperado, no encontraba su cepillo de dientes—. ¡Es que me quedé hasta tarde con Yuuri, y…!  

Lo que sintió fue como una descarga eléctrica. Yuri apretó los labios al darse cuenta de lo que había dicho justo después de haber soltado esas palabras. Detrás de la línea, se escuchó silencio; pero era esa clase de mutismo que presagiaba una tormenta. Frustrado, se llevó la mano a su cabello para echarlo hacia atrás, mientras se reclamaba internamente. Una cadena de «mierda» escuchándose en su cabeza y llenando el vacío de la llamada.

—No es lo que… —intentó justificar, pero ya era tarde.

—Te doy treinta minutos —y cortó la llamada. Yuri se miró en el reflejo mientras escuchaba el tono incesante detrás de la línea ahora muerta.

Era un imbécil…

Enojado consigo mismo, Yuri tiró su ropa de dormir en el cesto y se metió en la ducha rastrillando sus dedos sobre la cabeza como si quisiera arrancársela. Se bañó rápido, aunque con frustración. Salió con prisa del cuarto de baño y se cambió en su habitación, jalando su bolso con fuerza mientras no dejaba de martirizarse. Víctor estaba enojado con él, por esa razón no estaba en su apartamento, y acababa de hacer la estupidez de mencionar a Yuuri y comentar que pasó casi la noche con él. ¿Acaso podía auto sabotearse mejor?

Corrió con el morral en el hombro hasta la cocina y buscó prepararse rápidamente algo para desayunar. Era bueno haber ido de compras el día anterior. Puso un par de panes a tostar y agarró rápidamente mermelada de la nevera. Preparó algo de café instantáneo y calentó un par de piroshkis que habían quedado de la noche anterior. Casi se atragantó comiéndolo todo.

Con un par de golpes en su pecho, logró tragar el último mordisco que se le había quedado atorado por apresurarse. Se movió de la cocina y se asomó en el mueble de la sala donde Yuuri estaba durmiendo. Su semblante se veía profundamente relajado. Sus labios entreabiertos, sus cejas curvadas… estaba envuelto en las mantas y solo sobresalía su cabeza. Todo el ruido que había estado haciendo no sirvió para levantarlo. Entonces recordó, con el nudo en la garganta, cuando Yuuri le pidió agua en la noche anterior para beber una pastilla. Debía ser demasiado fuerte como para sedarlo así.

La idea vino casi como un relámpago. No lo pensó cuando sacó su móvil y aprovechó la inconsciencia de Yuuri para tomarle la fotografía que luego le mostraría a Víctor para hacerle ver que nada ocurrió. Odiaba sentir que tenía que justificarse, pero en ese momento, lo menos que quería era otra discusión con Víctor. No tenía tiempo para ello.

Prácticamente corrió hasta el Sports Champions Club, llegando a duras penas cinco minutos después del plazo que Víctor había puesto. Se apresuró a cruzar el pasillo y vio la figura de Louis moviéndose con firmeza en el hielo, lleno de confianza, pasión y heroísmo. Fue inevitable no mirar aquella figura y recordarse a sí mismo patinando, luchando por ese momento en donde tendría el esperado debut, internamente soñando con él. Louis lucía como un superhéroe en batalla, herido, lastimado, pero sobreponiendo su dolor al bien común de una humanidad por la cual estaba luchando. En ese sentido, Louis parecía estar más preparado que él para pasar a la nueva categoría. Él en ese tiempo era incapaz de sentir lo que estaba patinando.

Caminó ya sin apresurarse hasta donde Víctor estaba de pie, mientras observaba el programa del joven junior. En ese momento, el chico acababa de ejecutar un bellísimo Lutz triple y Yuri aguantó el aire al verlo. Ya lo había visto intentar realizar cuádruples en el pasado, pero parecía haber desistido a ello cuando Víctor le dijo que podría ganar sin usarlo. Louis Petrov, a diferencia suya, sí tomaba en cuenta sus consejos y no desestimaba la opinión de sus mayores.

—Llegas tarde —escuchó la voz de Víctor, carente de modulación. Parecía haberla sacado por obligación. Yuri pudo haber chasqueado la lengua o bufado en respuesta, pero estaba consciente de que no era el momento de probar la paciencia de Nikiforov—.  Apresúrate a completar el calentamiento. Terminaré con Louis antes de seguir contigo. Tendrás que  compensarme el tiempo perdido.

No le miró. Yuri tampoco esperaba algo diferente, pero no pudo evitar el hacer una mueca cuando se dio cuenta que sus ojos seguían fijos en Louis y a él le hablaba como si fuera un poste en el camino. Respiró hondo y se armó de paciencia. Ese día de práctica ya prometía un infierno.

—Fui a buscar a Yuuri ayer. Ya hablamos —soltó, sin más. Yuri miró hacia Víctor dispuesto a que sí se estableciera el contacto visual, aún con la resistencia de Víctor a hacerlo. Fue así como pudo notar el modo en que había apretado la mandíbula—. Luego se quedó en casa.

—Lo sé —dijo con la voz acartonada—. Me llegaron cientos de notificaciones etiquetando mi perfil en las fotos.

Yuri palideció. Retuvo el aliento mientras recordaba la mirada de aquel periodista, la forma en que Yuuri y aquel habían establecido contacto y cómo, en medio de su propio terror, Yuuri decidió subirse a la moto mientras que a él no se le ocurrió otra cosa más que acelerar.  En Rusia era imposible que ellos hicieran un movimiento sin que todas las redes sociales supieran de él, tal como ocurrió con él y Mila, tal como Víctor y Yana… era a veces asfixiante.

Se obligó a soltar el aire, pero se sintió mareado. Víctor siguió sin mirarlo.

—No fueron muy cuidadosos al respecto —se escuchó como un reclamo, pero Yuri no estuvo muy seguro al respecto.

—Cuando me di cuenta Yuuri ya lo tenía encima —Víctor allí sí desvió su mirada de la pista para mirarlo de reojo—. Al periodista. Estaba allí a unos pasos de Yuuri.

Maldiciendo internamente, Yuri sacó su móvil y buscó la fotografía, para enviársela a la ventana de Víctor. De inmediato, guardó su teléfono en el morral y se acercó a la banca para abandonarlo allí. Víctor parecía de piedra en ese momento.

Con un chasquido de su lengua, renegó, consciente de que para Víctor no sería suficiente esa escueta explicación. No le gustaba el ambiente de ingravidez que había entre ellos. Como si no hubiera suelo y flotara en el aire lo que era incapaz de soltar y mantener sobre tierra. Le faltaba ese punto de equilibrio para ambos, y supo que si dejaba a Víctor en silencio y sin más respuesta añadida, ése se encargaría de rellenar los vacíos de formas impensables, aumentando así la distancia.

No podría con ello.

Así que, en una muestra de tozudez, Yuri se le acercó de nuevo y jaló del brazo a Víctor para que este por fin le devolviera la mirada. El sonido de las cuchillas que dejaba Louis a su paso calló.

Entonces pudo verlo. Pudo notar los ojos de Víctor revueltos como las aguas de un mar atravesadas por corrientes agresivas. Atoró sus palabras mientras observaba con impotencia la forma en que el miedo, la rabia y los celos se movían en los ojos azules del ex-patinador. Pero Víctor también fue capaz de ver los ojos transparentes de Yuri, la honestidad que empujaba como un viento poderoso que buscaba envolverle. Y precisamente, eso le llenaba de pavor.

Podría escuchar cualquier cosa.

—No pasó nada entre nosotros —afirmó, y observó el modo en que Víctor apretó el aliento—. Si te quieres seguir martirizando con eso, es muy tu problema, pero ya te estoy diciendo que no pasó nada entre nosotros.

—Pudo pasar —Yuri lo escuchó y saboreó el desagrado implícito en esas palabras. Más no se amilanó.

—Pudo pasar, pero no pasó. Igual que pudiste ir antes y solucionar todo esto, o Yuuri abrir la maldita boca y evitarnos todo eso. Pudo, pero no pasó, ¿podemos dejar de pensar en las posibilidades? —Le soltó con impaciencia y se cruzó de brazos. Víctor parecía fuera de su balance—. Hablamos, sí… No sabía lo que estaba pasando con él, ahora que lo sé puedo entender por qué actuó así. No quita el que haya sido un cretino, pero al menos fue un cretino con sentido común.             

Louis comprendió desde la distancia que no era el momento de acercarse, o al menos eso fue lo que notó Yuri en su lugar. El joven se limitó a hacer piruetas sencillas y calentar como si hubiera sido una orden de su entrenador. Entretanto, Víctor movía su mirada disconforme entre los variados puntos que tenía a su alcance; sus propios pies calzados con los patines aún protegidos por los protectores, los tenis de Yuri, incluso la línea divisoria entre el piso y la barrera de la pista. En su cabeza había demasiadas cosas a la vez.

Al verlo tan perdido, Yuri soltó el aire y se permitió acariciarse el cuello con desinterés. El sonido de su exhalación le regresó la atención de Víctor sobre él, pero de inmediato, retiró la mirada.

—Ve a estirar de una vez —no quería hablar de eso, era fácil notarlo a través de su incomodidad. Yuri apretó los labios.

—¿De verdad aún dudas? —Se sentía ofendido. Venir para hacerle saber la verdad aunque sabía que no tenía por qué excusarse, no era algo que él haría si no fuera estrictamente necesario. Le enojaba pensar que Víctor, aun así, tuviera sus reservas.     

Prefirió dejarlo así. Con un chasqueo de su lengua, le dio la espalda y caminó para hacer distancia, procurando iniciar los ejercicios de elongación. Con sus audífonos puestos, para no tener que escuchar nada del entrenamiento del más pequeño, Yuri se abocó a cumplir con su rutina y olvidar el mal despertar. Por momentos, se preguntaba si Yuuri ya habría despertado, si tendría para el desayuno o si se quedaría en el apartamento. Apenas pudo dejarle mensajes de texto le indicó donde podía calentar lo que quedó de la cena, pero algo le decía que Yuuri no se mantendría allí por mucho tiempo.

Al cabo de una hora, el entrenamiento de Louis terminó y ya Yuri estaba practicando los ejercicios básicos en la pista, calentando tras su estiramiento. Víctor lucía igual, como una estatua de mármol con la mirada de piedra helada. Aún se negaba a verlo. Frustrado con la situación, aprovechó que Louis se había alejado a los vestidores para acercarse a él. No creía que las cosas fueran a funcionar así.

Fue peor notar que ante su acercamiento, Víctor se separó de la barrera y caminó hacia las bancas. Le dio la sensación de querer mantener la distancia. Por ello, Yuri chocó con la pared y sujetó sus manos enguantadas en la superficie helada. Apretó con fiereza sus puños. Víctor se había encogido allí en la banca, no tenía intenciones de siquiera tomar en serio el entrenamiento. Lo vio peinar sus cabellos claros, soltar el aire, y revisar el teléfono antes de quedarse inmóvil viendo la pantalla. Yuri se limitó a solo observar.

—Ey… —llamó con una mueca irritada y Víctor subió la mirada—. ¿Me vas a entrenar o qué? —exigió—. Joder, ¡me vine corriendo, Víctor!    

La pista estaba ya solitaria. A través de los enormes ventanales, se filtraba el sol de la tenue mañana nevada al suelo helado del centro de entrenamiento. Con ellos solo estaba el silencio, la luz que se escurría besando el hielo, los recuerdos, la rabia, y el ardor de la distancia que existía. Yuri no tenía idea de cómo quebrar esa última barrera. No sabía de qué manera solucionar aquella situación que le estaba afectando de forma tan personal. Sin embargo, sintió la mirada de Víctor sobre él, esta vez con un sentimiento distinto. Una mirada que en vez de reproche, venía atestada de pura nostalgia, melancolía, añoranza.

Así, guardó silencio. Yuri vio a Víctor apartar la mirada por unos segundos, pestañear rápidamente y recoger aire como si su pecho estuviera lleno de agujeros. Ya no sabía qué decir.

—Recuerdo que Yakov se estaba divorciando de Lilia cuando me estaba entrenando —de repente, la voz de Víctor sonó como si fuera un réquiem olvidado en algún palacio invadido por la soledad—. Recuerdo pocas cosas de mi niñez, sobre todo de ese año, pero nunca vi a Yakov sucumbir en los entrenamientos. Solo un momento cuando le pedí de favor que me trajera una foto autografiada de ella. 

Yuri pudo comprender que Víctor estaba buscando conseguir esa fuerza, pero no había que analizar demasiado para notar cuantiosas diferencias entre lo que vivió su antiguo entrenador con el divorcio de Lilia, y lo que ellos estaban viviendo. Entonces, recordó el llanto con el que Víctor lo abordó un par de noches atrás, la fuerza de su abrazo. También rememoró los ojos hinchados de Yuuri, y la forma en la que se quebró cuando fue él quien lo abrazó. Había demasiado dolor en ambos, tanto que les era imposible notar el del otro porque sus ojos llenos de lágrimas solo veían tinieblas.

Si cerraran los ojos y tan solo extendieran las manos quizás, al tocarlas, pudiesen notar que todo lo que necesitaban era eso… Sin promesas, sin futuros, sin pasados. Solo ahora…

De un movimiento firme, Víctor se levantó. Recogió tanto aire como fue capaz de retener y dibujó una sonrisa hueca, tan fantasmal como el toque vacío del invierno. Apretó la mandíbula, pero se alejó de la barrera cuando Víctor se acercó a la entrada de la pista y retiró sus protectores.

—Bien. Muéstrame a Arsonist’s Lullabye —Yuri tragó al escucharlo, mientras Víctor se deslizaba suavemente en el hielo y ajustaba sus guantes negros—. Debió haber cambios tras los últimos acontecimientos.

La mirada de una estatua de mármol, la frialdad… Yuri comprendió al instante, porque allí, dentro de tanto hielo era capaz de notar la fuerza con la que Víctor se sobreponía al hueco en su pecho.

Y no, no era tiempo de hablar. No era con él tampoco con quien debía hacerlo. Yuuri le prometió que hablaría con Víctor y él esperaba que fuera pronto, en ese momento, su entrenamiento era prioridad. Y si Víctor quería ser más fuerte que el dolor, no sería él quien siguiera atizando a la herida abierta. Obedeció y se preparó para tomar la posición en medio del hielo.

Arsonist’s Lullabye resonó. Yuri abocó sus recientes emociones en esa pieza lúgubre y llena de sentimientos, para poder así expresarse, pero lejos a lo que antes había representado esa pieza, Yuri sintió que era la mejor forma de expresar la desazón que le producía la tirante relación que ahora llevaba con Víctor.

Quizás, así él también lo comprendería.

Minako observaba con ojo crítico la secuencia de pasos que Fuego tenía en su ejecución.

Minami se movía con fluidez, más no era una celebración lo que estaba expresando a través de ella. Por el contrario, había incomodidad, furia, una terrible impulsividad que se disparaba para todos lados y creaba un incendio que estaba lejos de ser controlado. La bailarina arrugó su ceño mientras lo veía. Minami no estaba concentrado, y era algo que se había mantenido durante toda la práctica.

Era comprensible si se dedicaba a pensar que Yuuri apenas y se había comunicado ese día. Todo lo que sabía de él, era lo que Minami le había dicho de la tarde anterior. Solo pudieron ver el evento del Skate Canadá a medias, donde J.J obtuvo la Victoria, porque Yuri Plisetsky había estado acompañándolo. Minako sabía lo que podría provocar aquello. Pero no era algo que ella pudiera cambiar desde tal distancia.

Irritada con la forma tan desordenada y honesta con la que Minami patinaba, ella decidió detenerlo. De seguir así terminaría lastimado; Yuuri bien le había advertido que le pusiera especial atención a la pierna derecha de su pupilo.

Aplaudió con tal fuerza que el joven patinador se detuvo, agitado. Su cabello ya mostraba algunas raíces castañas y estaba apegado a su rostro sudado por el ejercicio. Minami apenas podía controlar su exasperación; al respirar, lo hacía por la boca. Se pasó una mano por la frente mojada y luego se despeinó mientras Minako se movía tras la barrera.

—Ha sido suficiente —le dijo con gesto adusto. Tomó el paño de donde estaban sus pertenencias y se lo extendió, indicándole con ese movimiento que debía salir de la pista—. Lo único que veo es tu desesperación por caerte en la pista.

—Lo lamento —el tono de Minami demostraba su profunda vergüenza al no poder entregar lo que debía en el programa.  No podía transformar todas sus emociones negativas en algo que alimentara a Fuego como era debido.   

—Lo lamentarás más si dejas en vergüenza a Yuuri en Rusia —para Minami, fue como recibir un latigazo en la espalda—. Te daré treinta minutos para que aclares tu mente y te concentres. No estamos para perder el tiempo. Lo viste, ¿no? J.J no necesita el Axel cuádruple para ganar, y…

—No tengo que vencer a J.J. Solo debo superarme a mí mismo.

A pesar de estar inclinado, con la toalla colgando de su cuello y sus manos sosteniéndose de sus muslos temblorosos por el esfuerzo, Minami pudo levantar la mirada con fuego encerrado en sus ojos marrones. Minako contuvo el aliento, y luego, sin poderlo soportar más, soltó el aire como si hubiera sido llenada de alivio. Allí estaba… su pupilo estaba allí, formándose en Minami.

El mismo espíritu, la misma terquedad…

Renegó mientras se alejaba de la pista.

—Éste es tu penúltimo día de entrenamiento ante de la copa Rostelecom, Minami. Debemos aprovecharlo —la mujer revisó su reloj y su teléfono. Apenas tuvo la primera señal de Yuuri en casi día y medio. Le decía que estaba bien e iba de regreso al hotel. No quiso preguntarle en donde había pasado la noche—. Así que tienes treinta minutos para reposar, reflexionar sobre tu programa, y mostrarme el fénix que queremos ver en Rusia.

—¡Sí! —La mujer asintió ante la fuerte afirmación de Kenjirou, quien obedeciendo, abandonó la pista para descansar, cubriendo las cuchillas con los protectores y secándose el sudor que caía por sus mejillas.

Minako dejó de mirarlo, sintiendo que era buen momento para caminar un poco y descansar también. La tensión no era algo que solo desestabilizaba a Kenjirou, sino que también le afectaba a ella. Según lo que había estado revisando, Rusia no había tomado de muy buena manera la llegada de Yuuri a San Petersburgo.  

Suspirando con ansiedad, levantó la mirada al sentir que era observaba fijamente. Fue mayor su sorpresa cuando notó a la distancia la figura del joven bailarín con el que Yuuri salía. Takao, ella recordaba su nombre, estaba allí con ropas de prácticas y su morral; parecía venir de sus ensayos. Llevaba un abrigo que cubría su cuerpo del frío que ya se sentía en Fukuoka por la cercanía del invierno.

Minako no podía negar que era un chico muy llamativo, bello, sin duda alguna. Mucho más que Yuuri si era sincera. Un rostro digno para un idol. Si Mari lo conociera seguramente lo aprobaría sin pensarlo.  

—Srta. Okukawa. Buenas tardes. —Se inclinó como indicaba la costumbre japonesa, y ella hizo lo mismo con incomodidad—. Pensé que Yuuri estaría aquí.

—¿Tienes mucho tiempo esperando? —Takao renegó y notó que por un momento vio a sus espaldas, seguro estableciendo contacto con Minami—. Bueno, Yuuri en este momento no se encuentra.

—¿Estará aquí mañana? —preguntó y Minako retuvo el aire—. Le he escrito pero no me ha contestado desde ayer. Pensé que…

Ella se dedicó a renegar. Takao frunció su ceño, observando la expresión de la bailarina mientras Minami prefirió ocuparse de sus propios cordones.

—Yuuri no está en Japón. Está en Rusia resolviendo unos asuntos.

La clara expresión de Takao le hizo saber a Minako que Yuuri no le había dicho nada; y no pudo evitar el enojarse por ello. No había que ser adivinos para notar los sentimientos que el bailarín estaba desarrollando por Yuuri, tampoco se veía como si este quisiera ocultarlos. Era Yuuri, en todo caso, quien parecía hacer caso omiso de ello. 

Soltó el aire con pesar y caminó hasta tocar el hombro de Takao, convidándole a seguirla hasta el pasillo de salida. Él tardó en hacerlo, se notaba perdido tras la revelación. Minako caminó hasta que creyó que había una distancia prudente desde la pista y volteó para confrontar los ojos confundidos y dolidos del muchacho. Era muy joven, demasiado joven como para darse cuenta de los riesgos que corría en esa relación, demasiado joven como para querer aferrarse con fuerza. Le había contentado su presencia en la vida de Yuuri porque significaba que podría volver a recuperar esa sonrisa que antes fue tan característica en su exalumno, pero después de lo que hablaron al final, era claro que Yuuri no se encontraba listo para ello.

—Voy a ser sincera contigo, Takao —le habló con un tono casi maternal, mientras se cruzaba de brazos y se mantenía erguida. El aludido levantó la mirada para enfocar sus ojos oscuros en ella—. Yuuri salió el jueves a Rusia, había unos asuntos personales que atender antes de que inicie la Copa Rostelecom.

—¿Jueves?

—Así es… ¿desde cuándo no hablas con él?

—Desde hace dos días —le explicó, ahora siendo él quien se cruzaba los brazos pero más para un auto abrazo que bien necesitaba—. Me contesta siempre a deshoras, pero ya estoy acostumbrado con ello  —Minako en ese punto renegó. Cierto que Yuuri tampoco era de estar pegado al teléfono, pero era evidente que no era por falta de tiempo—. ¿Fue a hablar con su ex?

—Entre otras cosas, sí —afirmó y se fijó en la forma que la mandíbula de Takao se endureció. 

—¿Piensa volver con él?

—No lo sé muchacho, eso es algo que Yuuri deberá responderte —Takao asintió en respuesta—. Escúchame, amo a Yuuri, es como un hijo para mí, pero también reconozco que suele ser una persona muy cerrada y cometer… demasiados errores.

—Eso suena indulgente —Minako suspiró al escucharlo, porque tenía razón.

—Lo sé, pero me puedo dar esa licencia porque lo conozco desde que era una pequeña bola de carne y carisma. Extraño ver a ese Yuuri de nuevo —se acercó para posar su mano sobre el hombro de Takao, quien ahora mantenía la mirada en el suelo. Era comprensible que se sintiera perturbado ante el panorama que tenía frente a él—. Pero tú no deberías conformarte con menos de lo que vales. Y si Yuuri no es capaz de…

—Yo siempre he tenido un precio, srta. Okukawa —la expresión de la mujer hizo evidente su desconcierto. Era claro que Yuuri no le habría contado de cómo fue que se conocieron. Sin embargo, la voz de Takao sonaba con un tinte de amargura difícil de evadir—. Supongo que debo recordárselo… ¿Puede decirle que lo busqué, cuando lo vea?

—Lo haré.

Todavía intrigada, Minako miró al muchacho inclinarse suavemente a modo de despedida y ajustarse el cuello del abrigo mientras caminaba hacia la salida. Takao lucía serio, molesto incluso, pero no dijo nada y simplemente se fue alejando de ella. En ese instante, al verlo caminando hacia la puerta, ella lo sintió. Un impulso abrasivo imposible de detener.

—Takao —El chico se detuvo, y tras unos minutos, se animó a voltear. Era evidente que estaba haciendo un esfuerzo por no demostrar lo mal que le había caído la noticia—. Yuuri me había comentado que eres muy bueno y después de ver algunas de tus presentaciones, concuerdo con ello. ¿Qué me dirías si te pongo en contacto con algunos conocidos que tengo? Quizás puedan ayudarte a salir de Japón. 

—Srta. Okukawa, con todo respeto, no necesito un premio de consolación —no se esperaba esa respuesta del bailarín, pero Minako pudo comprender perfectamente el sentimiento que le impulsaba. Soltó el aire con fuerza y se acercó con pasos lentos hasta él.

—No es un premio de consolación, Takao. Es una oferta —prestó atención a sus palabras, girando su cuerpo por completo para estar frente a ella—. Yo ayudé a Yuuri a conseguir los contactos necesarios para ir a Detroit.

—¿No cree que ya es muy tarde para mí? —Takao enarcó una ceja ante la proposición, incrédulo, pero Minako solo sonrió.

—El mejor patinador japonés empezó a relucir a sus veinticuatro años —el joven apretó los labios, formando así un pequeño corazón con ellos, algo muy particular de él. Minako pudo ver desde esa corta distancia, el fuego que se abría tímidamente en sus ojos oscuros—. Piénsalo. Ya tienes mi contacto por si lo necesitas.

Takao asintió, sorprendido con la posibilidad. Una parte de él se negaba a creer ciegamente, ya era evidente que las cosas en su vida siempre exigían un precio, tarde o temprano. Sin embargo, solo pudo ver la espalda de Minako Okukawa mientras se movía de regreso a la pista. El cabello corto meciéndose a su paso y sus movimientos que no habían perdido la elegancia.

Tras el baño, Yuuri sintió que había recuperado mucho de sí mismo. A pesar de lo que había significado al inicio su encuentro con Yuri, al final había sido más reconfortante y satisfactorio de lo que había pensado. Le había entregado más confianza sobre los pasos que había dado y le había dado un mayor significado a su viaje a San Petersburgo. Quedaba Víctor, pero en cuanto a éste, Yuuri aún tenía dudas de qué es lo que buscaba de ese encuentro. Lo único cierto es que no quería que todo terminara de esa forma.

Quizás había sido demasiado ingenuo en un inicio al pretender que tras los dos años separados, el ver a Víctor fuese como ver a un viejo conocido con el que  simplemente pudiera hablar con normalidad. Lo había sido, por él mismo. Fuera de lo que Víctor pudiera aún sentir, Yuuri debía ser honesto consigo mismo y con las ganas que tuvo de besarlo apenas pudo tenerlo enfrente. Lo mucho que le gustó sentirse abrazado, cuánto quiso que permanecieran así.

Manejar sus propias emociones no era problema; lo complejo vino cuando notó en Víctor los mismos sentimientos. Que Víctor aún siguiera guardando amor por él, lo empujaba a tomar una decisión y no se encontraba listo. No podría simplemente volver sin estar claro sobre lo que quería para sí mismo, y sobre lo que Víctor ahora era. No quería volver a hacerlo sin razonar correctamente en sus posibilidades, porque la emoción se apagaba y ya Yuuri sabía muy bien que de amor no se sobrevive.

Con ese hilo de pensamientos marcando el paso de sus movimientos, Yuuri ajustó la fina camisa blanca sobre su torso y abrió el cuello. Luego deslizó la corbata de seda azul para amarrarla y anudarla. Viéndose al espejo, Yuuri pensaba en todo lo que había pasado con Víctor mientras reforzaba la decisión que acababa de tomar, una de la que no estaba seguro, pero que necesitaba hacerlo con fuerzas. Al terminar con la corbata, acomodó el cuello de la camisa. El pantalón de vestir cubrió sus piernas y la correa lo sostuvo. Se aseguró que todo estuviera en orden aún después de colocarse el saco color negro y se miró al espejo, para garantizar su apariencia pulcra. 

Volver al inicio era una de las formas que Yuuri conocía para encontrar respuestas en una encrucijada. En el pasado, había funcionado. Ahora, era imposible volver al momento en que Víctor llegó a Hasetsu, así como al instante en que decidió abrazarlo hasta hacerlo caer en el piso pidiendo un año más juntos. No, no podría, no había manera de regresar a esas ocasiones que dictaminaron una dirección en su vida, pero quizás… quizás, podría repetir aquello que le hizo desear, tiempo atrás, saltar con él.

No había Hasetsu para patinar juntos y no podría pedírselo a Víctor, tampoco. Pero sí había algo que Yuuri podría hacer, y era eso lo que haría. Jaló el abrigo para colocarlo encima de su traje y ajustó algunos mechones que se revelaban a la crema de su cabello. Los lentes los colocó con firmeza y satisfecho con la imagen que le devolvió el espejo, decidió partir.

Después de aquella salida a un bazar ruso, donde Yuuri se había entretenido comprando matryoshka, había conocido un poco más de Víctor. Ambos entendieron que debían dar más en esa relación que se estaba viendo asfixiada por la cantidad de compromisos deportivos que cada uno tenía; sobre todo Víctor, por la presión de la federación. Así que decidieron sacar tiempo para solo ellos, y aunque por lo general ese tiempo lo terminaban invirtiendo en compartir tiempo a solas en el departamento, Víctor había decidido que quería mostrarle San Petersburgo, armando un recorrido por lo que siempre había sido su hogar. Yuuri recordaba aquellos momentos con tanta calidez que muchas veces sentía deseos de llorar.

Haciendo caso omiso de la sensación pulsante en su pecho, salió del hotel cubierto con su grueso abrigo marrón, y una bufanda enrollada en su cuello que ocultaba la mitad de su rostro. A pesar de percibir las miradas de algunos periodistas y curiosos, siguió su camino sin detenerse a mirarlos.

Eran apenas la tres de la tarde, pero el cielo estaba nublado, casi como si se acercara el atardecer ruso. Era natural que los días fueran increíblemente cortos porque se acercaba el invierno, pero Yuuri no le detuvo eso porque había llegado a acostumbrarse. El aire helado golpeaba sus mejillas al descubierto, pero sus ojos permanecieron firmes en las calles empedradas de los alrededores. El hotel estaba bastante cerca de la Plaza de San Isaac, a solo una cuadra donde debía cruzar. El amplio espacio de zona verde daba capacidad para ver la hermosa construcción de la catedral que llevaba el mismo nombre de la plaza. Sus ojos se perdieron en la enorme edificación, mientras ocupaba espacio en una de las bancas solitarias. Con el frío que había, pocos se quedaban allí por mucho tiempo, ya que necesitaban el estar en movimiento para palearlo. Pero Yuuri, Yuuri necesitaba estar allí.

Se ve impresionante, ¿no? —Yuuri recordó la voz claramente en su oreja. La sensación se sintió tan real que incluso creyó percibir el aliento acariciando los pliegues de esa zona—. Había olvidado lo hermosa que es. Supongo que es porque siempre paso frente a ella. Llegas a acostumbrarte.

En algún momento, él también se acostumbró. Se acostumbró a los edificios enormes y el tacto frío del concreto. Se acostumbró al frío, a los días cortos, las noches largas, los atardeceres eternos de Junio. Se acostumbró a su vida allí.

Se levantó, con las manos enguantadas ocultas en su bolsillo. Se sentía como caminar con un fantasma. Hacer el recorrido de una de las citas que más amo de su vida juntos en Rusia, era como caminar con el cadáver en su espalda y detectar aromas en algo que ya se había perdido. Caminó con paso lento, mientras sus mejillas tomaban color por culpa del clima. Pasó a atravesando la calle entre las personas que caminaban sin notarlo. Salió de la plaza de San Isaac y regresó hacia el camino que llevaba al hotel, pero pasó de largo, ahora siendo capaz de recrear el tacto caliente de su mano tomada a pesar de estar oculta en el abrigo.

Comenzó a nevar suavemente. Los copos de nieve cayeron como una danza en violines y arpa, suave, lenta, casi como si buscaran besar cada rostro que se encontraba en su camino. Yuuri abrió la sombrilla que llevó en su brazo y siguió caminando en dirección al puente azul que cruzaba el río Mokia. Se detuvo allí, mirando el agua que aún corría, aunque ya se veían algunas capas de hielo formándose. Se reclinó sobre la estructura de metal y miró la ciudad desde allí. Los autos pasaban por su espalda, siguiendo la dirección de ascenso para llegar a la plaza que había dejado atrás.

En ese lugar, recordó el calor del cuerpo de Víctor cuando lo abrazaba de espalda, cubriéndolo con su presencia y ocultándolo, porque así lo sentía, de los ojos curiosos de Rusia. Rememoró la voz dulce nombrándole los lugares que eran capaces de ver desde allí, y lo mucho que le gustaba escuchar su voz mencionando aquellos nombres con su acento ruso.  Él intentó pronunciarlos, revivió esa situación porque la risa de Víctor se escuchó tan diáfana que aún con la distancia que daba el tiempo, seguía removiéndole el estómago y llenándolo de calor.

Así no se pronuncia —recordó que le dijo, mientras pasaba su nariz helada sobre sus mejillas enrojecidas por el frío y la pena—. Tendremos que practicar mucho tu acentuación, Yuuri.   

Yuuri se apartó de las barandas azules, y recuperó el aliento. Tuvo que pestañear varias veces mientras buscaba controlar lo que se estaba abriendo en su pecho. Abandonó el puente, regresando sus pasos como si buscara recuperar el propio control que había perdido. Esa zona le traía tantos recuerdos, porque solían desviarse a esos sitios después de algunas prácticas, quedándose simplemente de pie entre los puentes innumerables de la ciudad, o tomando un café entre las tantas cafeterías que encontraban en el camino. Los copos de nieve caían y algunos se alojaban en su cabello, otros se derretían sobre su mejilla. Yuuri recordaba con cada roce de la nieve en su cuerpo, el tacto fantasma de Víctor, la forma en que restregaba su nariz contra su cabello negro, la manera en que dejaba besos furtivos en sus pómulos.

Conforme avanzaba, caminando, Yuuri se supo en medio de una tortura muy personal. Atravesaba las calles y se escondía de la gente mientras los recuerdos le llovían con fuerza, casi como si fuera un granizo lo que caía ahora sobre él. No, era nieve, pero los recuerdos golpeaban en su contra como si estuviera detrás de un parabrisa. Los escuchaba estrellarse contra su rostro. Los sentía golpearle por dentro.

En algún punto, había abandonado la sombrilla. Porque la nieve caía sobre él y ni siquiera se había percatado de lo helado que se sentía por fuera. Porque dentro se estaba quemando con la forma en que los recuerdos se arremolinaban. Sus ojos se habían humedecido en el camino y se sumaba la música ausente de la voz de Víctor, de la risa de Víctor, todo conjugándose con la sensación inexistente de su calor a un costado de su cuerpo, la falta del brazo que ya no estaba sobre sus hombros y de la mano que ya no tomaba la suya.

Jadeó. Lo sintió necesario cuando se detuvo en una esquina. Se sintió como si hubiera recibido un golpe en su estómago que le obligó a abandonar todo aire. Las lágrimas estaban atoradas en sus pestañas como gotas que no tardarían en crearle hielo. Se agazapó sobre el vidrio del edificio y agarró la punta de su bufanda para frotar su rostro. Necesitaba recoger suficiente aire para seguir el recorrido, no podía acobardarse ahora. Estaba ya cerca de la Plaza del Palacio, otro de sus momentos memorables.

Armándose de valor, siguió caminando. Al cruzar la calle, pidió un café muy caliente para poder combatir la sensación de estarse ahogando con las lágrimas atoradas. Agradeció a la encargada cuando le ofreció el vaso caliente, y el calor que aquello le entregó a sus manos cubiertas de lana. Yuuri continuó su camino con la vista puesta en la preciosa visión del edificio Admiralty del final. El café se enfrió  pronto; debido al frío que empezaba a hacer a su alrededor, ni siquiera se dio cuenta de que se había quemado la lengua.

Los recuerdos no menguaban, no, pero habían parado de sentirse como golpes de granizos en su rostro. Ahora eran más como un oleaje fuerte contra sus piernas. Era como ser un acantilado golpeado de manera inclemente por aguas furiosas, arrastradas por las fuerzas con la que la tormenta les empujaba a tierra. Y a veces, Yuuri se perdía en esos recuerdos, sintiéndolos tan reales que incluso creía poder oler los aromas de entonces. El perfume de Víctor, el sabor del café cuando compartían besos, la blanca estampa de su perfil mientras miraba al frente y él, siempre magnetizado por su presencia, mirándolo con adoración.

Para cuando llegó a la plaza del palacio, la columna de Alejandro lo recibió con un golpe de pura dulzura añorable. Yuuri apretó los labios mientras se detuvo en la esquina, observando a la gente moverse en medio de la nevada. La columna se alzaba orgullosa entre los edificios que rodeaban la plaza, entre ellos, el edificio del Estado Mayor, y el palacio del Invierno. Recordó las tantas veces que estuvieron caminando allí, las historias que Víctor le contaba en cada uno de esos recorridos, e incluso, como si realmente se tratara de un alma perdida, el ladrido de Makkachin mientras se afanaba por corretear por el espacio amplio y los copos de nieve.

“—¡Víctor! ¡Ponte allá y corre!

—¿Correr?  ¿Para qué quieres que corra?

—¡Corre, con Makkachin! ¡Quiero tomarte una foto!”

Víctor había reído, sin comprenderle. Yuuri sintió un dolor que se asemejaba a ser desgarrado por dentro, como si todo estallara dentro de él, llenándolo de dolor.

“—Es que, en una de tus primeras entrevistas que vi, tenías una foto aquí. ¡Estaba ansioso por  visitar esta plaza una vez!

—¿En serio? No la recuerdo.

—¡En serio! Estabas en tu primer año senior, y corrías aquí, con Makkachin. ¡Quiero tomar una igual!  

—Ok. Ok, ¡creo que estoy ante mi fan número uno ahora, no mi novio!

—¡Víctor!

—Ya, ya, ¡solo bromeo! A ver… jajaja ¿en serio Yuuri? ¿Entre tanta gente?” 

Allí, su garganta se presionó hasta cerrarse por completo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y esta vez, no dio tiempo de simplemente contenerlas en el borde de sus pestañas. Cayeron, mientras veía la imagen nítida a través de un vidrio que no podía traspasar. Allí estaba Víctor, caminando entre incómodo e intimidado, evadiendo amablemente a algunos que se acercaban para tomarse una foto con él. Makkachin ladrando para ir tras él. Víctor llevaba entonces un abrigo marrón y largo. Su cabello ya estaba despeinado ligeramente por el viento.

Recordó que se había puesto en posición. Víctor rio avergonzado y acarició a su mascota, quien subió las patas sobre su pierna. Apremió con su mirada y gesto hacia Víctor, quien rio al notarlo tan apresurado. Entonces hizo lo que quería, corrió hacia el lado derecho mientras Makkachin le perseguía, riendo y sin mirar a la cámara. Yuuri había tomado esa fotografía.

“—¡Pero necesito que mires a la cámara!

—Yuuri, no voy a correr otra vez en la plaza. ¡No soy el muchacho de dieciséis años! 

—Te la pasabas corriendo y haciendo muecas en Hasetsu…

—¡En Hasetsu casi nadie me conocía! Yuuri… no me pongas esa cara. Es trampa.

—Una vez más, y me miras a mí.

—Eres mi fan más exigente. Además, para que esta foto sea emblemática, faltas tú.

—¿Yo? 

—Sí, tú, ¡deberías correr conmigo y Makkachin!

—¡Pero quién tomará la foto!”

Yuuri sacó su móvil, mientras la nevada incrementaba y el viento frío golpeaba su abrigo. Se metió en la galería, y buscó aquella carpeta que a veces terminaba viendo y otras tantas más cerrando con prisa, antes de sentirse envuelto en el recuerdo. Vitya apareció ante sus ojos, y una incontable cantidad de fotos se esparcieron, derramándose ante sus ojos. Movió sus dedos mientras pasaba por ellas, moviéndose entre los años y los meses, sintiendo temblar sus dedos aunque ahora ya no de frío.

¿Qué estaba buscando?

Apretó los labios. El agujero se hizo enorme dentro de él, abrasivo. Sus ojos quebrándose, seguían fijos en cada fotografía que pasaba a toda velocidad en sus ojos, como si estuviera presenciando un viaje a través del tiempo.

¿Qué estaba buscando?

Lo halló. La fotografía tomada en aquel lugar emblemático. Una donde Víctor corría con Makkachin, una donde le abrazaba desde la espalda mientras apuntaba la cámara para la selfie. Una donde compartieron un pequeño beso que jamás se subió en las redes… Y esa, que Víctor pidió a un policía que pasaba en la plaza para que la tomara, donde corría tomado de la mano de Víctor mientras este le jalaba y Makkachin mantenía su paso, corriendo también tras él.

¿Qué estaba buscando?

Yuuri caminó un poco sobre la plaza. De nuevo, usó la punta de su bufanda para secar su rostro y entonces, se puso en posición. Le dio la espalda al monumento, con el agujero allí abriéndole las costillas, fragmentando sus pulmones. Recogió aire, y puso la cámara a la distancia de una selfie. La tomó. La miró.

Al despertar, en Japón, Hirogu recibió la notificación. Restregó su mirada somnolienta y miró la hora, notando que eran las cinco de la mañana pasadas. La diferencia horaria de nuevo burlándose de ellos. Abrió la fotografía que Yuuri le había enviado mientras caminaba  a la cocina, para poner el café a hacerse. La amplió para notar mejor el rostro de su paciente en ella.

Los ojos de Yuuri, brillantes, contenía el dolor con el que se quebraba al paso de los segundos. Sus labios denotaban la dificultad que había en mantenerlos cerrados, seguro temblando entre el frío y el llanto que guardaba. Era visible que para Yuuri tomar esa fotografía no había sido sencillo, pero agradecía que lo hubiera hecho. Así le permitía ver mejor hasta qué punto le estaba afectando la visita a ese lugar.

Suspiró y presionó la nota de voz que venía debajo. La colocó en altavoz, aprovechando que el resto de su hogar dormía, para escucharla mejor.

“Hace tanto tiempo quise venir a Rusia. Siempre decía, que si llegaba a patinar internacionalmente, aprovecharía alguna competencia en Sochi o en Moscú y me escaparía a San Petersburgo, solo para tomarme una fotografía aquí. Era como el deseo que siempre quise cumplir, un sueño de adolescente. Pero cuando vine aquí, vine con él. Cuando estuve aquí, estuve con él.”

Por el temblor de su voz, por la dificultad del tono, por la forma en que pronunciaba sus palabras; Hirogu supo, que Yuuri estaba sobreponiéndose con todas sus fuerzas al llanto.

“Usted me preguntó si podría ver a San Petersburgo de nuevo como un turista; no, no puedo. Recorriendo sus calles, es imposible no recordar todo lo que viví. No puedo venir sintiéndome un turista, me duele como haber abandonado mi casa. Así, es equivalente a eso. San Petersburgo fue mi hogar, y lo extraño… No se siente como cuando estuve en Detroit, no lo siento como un pase más. Fue mi casa, fui feliz aquí… extraño esa felicidad.”

—¿Qué extrañas de San Petersburgo? —preguntó en una nota de voz y la envió. No tuvo en ese momento una respuesta.

Porque cuando Yuuri recibió la nota, ya abandonaba la plaza del palacio, hundiendo sus manos en los bolsillos, y escapando de la sensación que le aprisionaba con el recuerdo. Con los ojos enrojecidos y el paso áspero reciente de la bufanda sobre su mejilla, se apresuró hasta la calle para pedir un taxi.  Se sentía temblar, necesitaba un momento oculto para poder manejar todas esas emociones. Al entrar al automóvil que se detuvo, se acomodó sobre el respaldar y tomó suficiente aliento disfrutando de la calefacción. El rostro le hormigueaba, la garganta le ardía, dentro de él solo había dolor. 

Respiró hondo, aunque se supo hueco. Apretó el sentimiento en lo más hondo de sí, y rápidamente, se llevó la mano sobre su pecho, temblando. Escuchó la pregunta, ya sabía cuál era la respuesta.

—Por favor, al teatro de Alexandrinsky.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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