Matryoshka II (Cap 23)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 23. Skate Canadá: Lo llamamos presente

Phichit dejó caer su puño sobre la madera, agitando el vaso de plástico que contenía los restos de una malteada mientras se mantenía en línea a través de una videollamada. Atrajo así la atención de su pareja, quien observaba desde su lugar el perfil de Phichit que continuaba hablando. Lo imaginaba tamborileando sus dedos sobre la madera, mostraba en su gesto la ansiedad. Seung Gil suspiró y renegó, ocupándose mejor de seguir con su rutina. Volvió a realizar las sentadillas, conforme esperaba.

Al cabo de unos minutos, escuchó a su pareja volver a gruñir y estuvo a punto de sonreír. Phichit debía de estar muy molesto si ya estaba murmurando palabras altisonantes en tailandés. Seung-Gil se levantó de nuevo para acercarse a la mesa donde tenía su Tablet y alcanzó el paño para secarse el sudor que mojaba su frente y mandíbula. Se sentó sobre el banquillo y volvió la mirada hacia la cámara.

—¿Cómo vas? —preguntó en inglés, con la expresión desinteresada que ocultaba su creciente preocupación. Phichit hizo una mueca desesperanzada.

—Otra vez me dejaron en línea esperando con una patética musiquita que terminaré oyendo en pesadillas. —Seung-Gil rodó los ojos al escucharlo dramatizar—. ¿Qué tan difícil puede ser cambiar un pasaje de avión?   

—Phichit, cuelga el teléfono.

La voz de Seung-Gil fue calma, pero precisa. No necesitaba alzar su tono de voz para demostrar la seriedad con la que estaba hablando y Phichit lo miró, por un par de segundos, antes de cortar la llamada. Entonces, se puso por completo frente a la cámara, cabizbajo. Pasó una mano angustiada sobre su frente y apartó los mechones lacios que ya se habían secado tras el baño. Ya era de noche en Detroit, pero para Seung-Gil estaba empezando el día. Este tomó el termo con agua y bebió un poco para refrescarse.

—Entonces, ¿quieres calmarte un momento y pensar con la cabeza fría? —La voz de Seung-Gil sonaba como un ligero reclamo, mientras Phichit levantaba la mirada frotándose la sien con su dedo índice y pulgar—. Ya el martes podrás ir a tomar el vuelo, y para el miércoles estarás en Moscú, allí podrás verlo. No hace falta adelantar el vuelo y además cambiarlo para llevarte a San Petersburgo.  

—Yuuri no me ha escrito. Desde que me dijo que ya Víctor había llegado al hotel, no me ha escrito.

—Quizás están en medio de su reconciliación —Phichit fue quien rodó los ojos, en respuesta.

—Créeme que si estuviera seguro de que existiese una ínfima posibilidad de que eso esté pasando, ¡ni siquiera le hubiera timbrado al teléfono! —Exasperado, levantó los brazos en un gesto que vio mil veces en Celestino—. ¡No es así! ¡Yuuri en este momento primero muerto antes de acostarse de nuevo con Víctor! No sé cómo está, ¡y ya viste como están las redes! Ya saben que está allá, y…

Seung-Gil levantó una ceja cuando Phichit abandonó el hilo de la retahíla para revisar su móvil. Lo vio pasar su dedo varias veces sobre la pantalla, y suspiró un tanto frustrado. Los ojos de Phichit lucieron atentos, luego preocupados y al final permanecieron confundidos. Restregó una mano preocupada por toda la cara, y lució un abatimiento que sabía real, uno que le molestaba ver, porque le inquietaba que todo lo que ocurría con Yuuri le afectara. Phichit a pesar de lo fuerte que era y de haber buscado mantenerse al margen, no podía evitar verse afectado por los ánimos de Katsuki.   

Soltó el aire en un suspiro cansado. Volvió a llevar la boquilla de su termo a los labios para beber otro trago de agua.

—¿Qué ocurrió? —Preguntó, ya que Phichit no se había animado a comentarle. Su pareja, desde el otro lado del mundo, miró a la cámara con un rostro desencajado. 

—Yuuri está con Plisetsky —Seung-Gil no ocultó su desconcierto. Phichit no tardó en ubicar las publicaciones que ya estaban llenando el twitter con la fotografía tomada, para enviársela a través de un link. Entonces comprendió—. No entiendo… es decir, sé que iba a hablar con él pero… ¿irse con él en moto? Él claramente vio a ese fotógrafo.  

Seung-Gil no pudo evitar sonreír. Sí, ese era Yuuri, mandando a la prensa muy lejos; pero debía reconocer que era un acto temerario y hasta imprudente considerando que estaban a días de la Copa Rostelecom. Siendo honesto, desde el comienzo su partida a Rusia en víspera del evento ya era una provocación.

Se quedó en silencio viendo a Phichit exhalar el aire con frustración, esperando de su parte alguna otra reacción para saber qué hacer. Seung-Gil en aquellos momentos sentía plenamente el peso de la distancia. Las puntas de sus dedos picaban con el deseo de acariciar los cabellos oscuros de su novio, queriendo relajarlo apretando su nuca o buscando sus labios hasta hacerlo olvidar. Pero todo eso debía de quedarse en solo eso, en no más que deseos insatisfechos, al encontrarse viendo a su novio a través de un aparato electrónico con miles de kilómetros y horas separándolos.

—Al menos ya sabes que está bien. Solo está resolviendo sus asuntos —Phichit asintió, sin animarse a mirarlo a la cámara—. ¿Ahora si me prestarás atención a mí?

—No me regañes… —La mirada de Phichit, la cual había subido para encontrarse con la imagen de su novio, demostró una mezcla entre pena, alivio y malestar. Seung-Gil lo miró mientras bebía otro sorbo de agua.

—No lo hago, pero no me agrada que te comportes así. Katsuki no es un niño.

Phichit suspiró y decidió dejar el tema así. Era evidente que no tendría más noticias de Yuuri hasta que quizás dejara de estar con Plisetsky. Aunque le preocupaba; los mensajes de odio iban en aumento y ese hashtag rezando: “NoMeGustaElCerdo” estaba albergando más y más insultos, ya no solo en ruso sino también en inglés. La fanaticada rusa parecía estar en caos.

—Además, Rusia tendrá algo más de qué hablar en la copa Rostelecom —continuó Seung-Gil, mientras dejaba sobre la mesa su termo. Phichit lo miró intrigado—. Sobre cómo le arrebataré la medalla de oro a J.J.

La confianza que exudaba su compañero le provocó una sonrisa en Phichit. Sabía que Seung-Gil estaba preparando su mejor arsenal para no solo superarse a sí mismo sino para además callar a todos esos comentarios que decían que J.J era mucho mejor que ellos. Seung-Gil no pensaba darles lugar y estaba ansioso por el enfrentamiento que tendrían en Moscú. Tras ver la participación de J.J en Canadá, y la forma en que prefirió no usar el Axel cuádruple, Seung-Gil sentía la sangre hervir en sus venas.

—No solo te enfrentarás a J.J —Le recordó con una sonrisa. Seung-Gil le miró con confianza, seguro de que daría todo por ganar.

—Lo sé, pero el oro será mío. 

Phichit sonrió, sorprendido por la seguridad que Seung-Gil podía demostrar en la pista. Era cierto que J.J no sería el único contrincante, quien ya venía con el oro de Canadá. También estaba Minami Kenjirou, quien ya había alcanzado el oro en América. Ambos ahora estaban más cerca de llegar al Grand Prix Final y serían contrincantes difíciles de enfrentar. Por si fuera poco, el patinador ruso, Alexis Bogdesko, estaría en la competencia; eso supondría que el público estaría por completo apoyando a su seleccionado. Por otro lado, también se enfrentaría a Leo de la Iglesia, quien aún no había debutado pero fue el ganador de las nacionales americanas.

—Deja ya de preocuparte por Katsuki. De que sigan hablando no va a pasar, y por la fotografía, es claro que Plisetsky tampoco va a dejar que le hagan algo.

—En eso tienes razón… —Aunque a Phichit no le gustaba la idea. Plisetsky había demostrado ser irracional y temía que volviera a realizar acciones que alejaran a Yuuri del resto, aunque debía confiar en que Minami no lo permitiera.

No obstante, otro espectáculo a golpes no sería lo adecuado para nadie. Se limitó a exhalar con frustración.

—Creo que mejor me desconecto —Escuchó Phichit, viendo la expresión hastiada de Seung-Gil; eso provocó que volviera a la realidad. Phichit miró hacia la cámara y soltó un “no” apretado, todo lo que necesitaba Seung-gil para quedarse—. No me estás prestando atención, yo todo lo que quiero es que sea miércoles para verte pero no creo que pueda disfrutarlo así.

—Lo lamento… yo también te quiero ver, amor —Phichit usó un tono mimoso y arrepentido. Seung-Gil se limitó a renegar, antes de notar por la forma en que se veía el brazo de Phichit cómo éste estaba acariciando la pantalla—. Desde julio no nos hemos visto…

—Sí, me habías dicho que regresabas en septiembre.

—Lo lamento, ya sabes cómo se dieron las cosas.

Una nueva propuesta por parte de la federación Americana de Patinaje lo había retenido más tiempo, ya que ésta pretendía fungir como uno de los patrocinadores de su proyecto History Makers. Por lo tanto, Phichit tuvo que quedarse para coordinar las reuniones y hacer todo el levantamiento legal que permitiera esta colaboración. Leo de la Iglesia lo había enlazado con el contacto y Seung-Gil, al saberlo, no dudó en pedirle a su novio que siguiera allí hasta tenerlo todo listo. A Phichit le llenó el corazón cuando su pareja apoyó a ojos ciegos sus próximos pasos, anteponiendo su propio sueño ante su necesidad de verlo. 

Pero ya era evidente para ambos que se extrañaban. Las noches a solas eran duras y por el horario era casi imposible congeniar para poder pasarla juntos así fuera a través de las redes. A veces, a través de una videollamada cedían a la fantasía, en especial los días domingo que Seung-Gil los tomaba para descansar. Sin embargo, sus propias manos ya resultaban insuficientes.

—Te extraño tanto… gracias por aguantarme aun siendo tan necio —Phichit lo decía como si fuera un Katsuki, nada más lejos de ello. Seung-Gil rio animado, dedicándole una mirada llena de dulzura. 

—Muero por verte y hacerte cosas —Phichit rio al escucharlo—. Muchas cosas que podría describirte en este momento, pero que no haré porque no quiero ir con una erección a la pista. Ya mi entrenadora me espera.  

—Me las voy a imaginar y te describiré todo lo que quiero que me hagas —Seung-Gil rio y renegó al mismo tiempo—. Tendrás que llamarme desde el baño del estadio.

—¡Oh, eso suena provocador! —Phichit rio con más ánimo y Seung-Gil supo que al menos podría irse con la certeza de que lo había dejado mejor—. Tengo que irme, te escribo en mi receso.

Se despidieron con promesas de hablarse y sentirse en Moscú, en solo un par de días. Cuando la comunicación se cortó, Phichit se dio tiempo de suspirar y mirar hacia el techo de su departamento prácticamente vacío, con apenas el inmobiliario necesario para convivir. Seung-Gil le había dicho que se iría con él a Detroit cuando acabara la temporada, no solo para estar con él en el inicio de su proyecto sino para compartir su vida. Le importaba muy poco si era demasiado pronto para ello (considerando que solo llevaban menos de un año de relación), Seung-gil quería hacerlo y a Phichit la idea le llenaba de felicidad.

Volvió su mirada al móvil, donde empezaban a marcarse como leídos la decena de mensajes que le había dejado a Yuuri. Luego, solo entró un mensaje diciendo “Estoy bien, estoy con Yuri, te hablo más tarde” que lo hizo suspirar al menos de alivio. Dejó el asunto así y miró de nuevo la pantalla de su computador donde estaban los mensajes, las fotografías y como se iban acumulando más y más tweets, uno sobre otro. Pensó en comentarle a Yuuri de una vez, pero prefirió esperar.

“Estoy harto de que este tipo sea la noticia del día. ¡Joder, hasta cuando tenemos que aguantar a este malnacido! #NoMeGustaElCerdo #LaBasuraSeJuntaConBasura” 5 seg

“Plisetsky vuelve a demostrar porqué está lejos de convertirse en la leyenda del patinaje. ¡Ojalá que Víctor Nikiforov lo pateé lejos! ¡Vean que meterse con el ex! “NoMeGustaElCerdo #PlisetskySucks #KatsukiSucks” 4 seg

“¿Alguien puede pagar para volarle los sesos a ese japonés? #NoMeGustaElCerdo #MuerteAKatsuki #TeOdioKatsuki” 4 seg

“@KatsukiYuuri, deberías morirte. ¡Hazle un favor a la humanidad y desaparece! #MuerteAKatsuki #NoMeGustaElCerdo #VeteDeRusia” 2 seg

Para Yuuri, la situación no había pasado del todo desapercibida, aunque lo viera con los ojos de un espectador y no de una víctima. Esos y mensajes más subidos de tonos, habían aparecido marcados en sus notificaciones porque las personas no habían escatimado en etiquetarlo directamente. En realidad, no distaban tanto de los que había recibido cuando Víctor tuvo la lesión y él, contra todo pronóstico, había alcanzado a superar su propio récord. Le dijeron tantas cosas que se quedaron grabadas con sangre y hiel en su frágil corazón de cristal, el cual se había visto obligado a endurecer para poder continuar patinando aún con todo el odio que fue cosechando en todos esos meses de aquel fatídico año.

Ahora, no podían hacerle demasiado. Su odio era insustancial. Sus reclamos eran insulsos. Y mientras estuvieran enfocados en él y no en Minami, Yuuri estaba dispuesto a tolerarlos a todos sin siquiera mirarlos.

Ya las voces de Rusia no representaban el rencor de Víctor. Y aunque ahora Víctor pudiera albergar resentimiento en contra de él después de haberle revelado la razón por la que no pudo permanecer más a su lado, Yuuri ya no se sentía culpable por ello. Ya había perdonado a ese Yuuri que en la desesperación tuvo que huir.

No entendía en qué momento ocurrió. No podía saber si fue cuando tuvo que abrirse a Víctor para sacar todo, o cuando tuvo que confesarle tal aberración al mismo Yuri. Lo único que importaba era que ya podía ver a ese Yuuri y entenderlo, ya podía verlo y decirle que sí, se había equivocado. Que iba a ser duro, pero huir era lo correcto. Allí, justo en medio del departamento de Yuri Plisetsky, y mientras este había salido a comprar algo para comer, la revelación lo dejó pensativo.

El apartamento lucía como si hubiera permanecido desocupado por mucho tiempo. Ni siquiera Potya estaba por allí, y hubiera preguntado si algo le ocurrió de no ser porque recientemente Yuri había publicado una foto del propio felino revuelto en un ovillo de pelo sobre su chamarra rusa. Suspiró con suavidad y volvió la vista hacia el fondo, en las paredes claras que ya mostraban necesidad de otra pintada. Yuuri estaba pensando en todo lo ocurrido en esos dos días, desde la forma en que se dio su encuentro con Víctor, y la que siguió luego con Yuri Plisetsky. Pudo notar ahora esas diferencias sustanciales que finalmente provocaron resultados completamente opuestos.

La pregunta era si quería dejarlo así. Dejar la relación con Víctor del modo en que la dejó, cortada y sangrante. Con el ceño fruncido, volvió a sentarse en el sofá cama de la sala y soltó el aire, sintiendo la pesadez de su cabeza allí vigente. Ahora que podía estar seguro de haber perdonado al Yuuri que se fue, Yuuri también había comprendido que fue solo su responsabilidad el haber llegado a ese punto. Por no haber pedido ayuda, por no haber buscado auxilio, por haber antepuesto a Víctor por sobre sí mismo; algo que incluso había empezado a hacer desde mucho antes de ir a Rusia, cuando pensó en la descabellada idea de renunciar para que Víctor volviera al hielo. Yuuri podía comprender sus propios motivos en ese momento, pero no podía dejar de increparlos e invalidarlos.

Mas de nada servía ahora juzgarse por las decisiones tomadas en el pasado, lo que debía hacer  era pensar en qué hacer en el presente. Y en ese presente, Yuuri se sentía perdido entre tantas posibilidades. Porque muy a pesar de estar enojado, de sentirse dolido y herido, incluso incomprendido por Víctor; estaba el hecho de saberse aun extrañándolo. El amor no había dejado de estar, eso fue lo que supo cuando se sintió desangrar en la cama de aquel hotel después de que Víctor se fuera. No lo había dejado de amar.

Yuuri tragó grueso y se obligó a meditar. No fue por mucho tiempo, dado que Yuri llegó y el ruido de la puerta lo volvió a despertar, justo a tiempo para ver a Yuri llegar con unas bolsas de papel en brazos, mientras tiraba de la puerta para cerrarla con una ligera patada.

—¿Te vas a dormir ya? ¿Ya eres como el anciano que no se puede desvelar? —Yuuri sonrió al escucharlo y renegó mientras se ponía de pie. Yuri había ido directo a la cocina.

—La edad pesa —bromeó, aunque el problema con él era más por tener insomnio, que por querer dormir en sí—. ¿Dónde está Potya?

—Oh, lo dejé en casa del anciano —Yuuri no pudo contener el enarcamiento de ceja que mostró, mientras Yuri se encargaba de sacar lo que había comprado para colocarlo sobre el mesón—. Me estaba quedando allá con él, hasta que le dijiste algo y me pidió que lo dejara solo unos días.

No fue una velada recriminación, fue total y directa, y Yuuri lo sintió no solo por el tono o lo claro de sus palabras, sino por la mirada que Yuri le emitió esperando ver su reacción. Por supuesto, se tensó. Sus hombros se convirtieron de hierro y sintió una vara helada pegándose contra su columna. Incluso se cruzó de brazos, como si buscara encubrirse de la culpabilidad. Pero la mirada de Yuri ni cedió, ni dio pie a réplicas.

—Lo siento… —Murmuró y Yuri rodó los ojos, queriendo más que un lo siento en ese momento. Necesitaba saber qué pasó, para poder ir a hablar con Víctor y arreglar las cosas.

—¿Qué le dijiste? —Interpeló sin verle, comenzando a montar en el bol los ingredientes para hacer la masa—. Le dijiste… ¿lo que me dijiste a mí?  

—Me hubiera gustado decírselo como te lo dije a ti…

—¿Cómo se lo dijiste entonces…? —El miedo se filtró en la voz de Yuri, provocando en el japonés un respingo—. ¡Maldita sea, Yuuri! ¡No me digas que le dijiste que hicimos algo!  

—No. Nunca le dije que concretamos algo… —Pero parecía ser insuficiente—. No era mi intención provocarte problemas con Víctor, ni siquiera lo pensé cuando ya lo estaba diciendo. Él me reclamó que yo nunca estuve solo, que siempre estuve contigo… me enojé tanto que ni siquiera medité en lo que estaba haciendo o diciendo.

Eran un par de imbéciles, pensó. Víctor por no terminar de entender lo dañado que había dejado a Yuuri en ese tiempo, y Yuuri por soltar las cosas de la peor manera. Eran un par de imbéciles demasiado orgullosos como para dejar al otro hablar y explicarse.

—En teoría, no estuviste solo —Sin embargo, Yuri no podía dejar pasar ese detalle porque, precisamente, fue por ello por lo que dolió tanto su partida.

—Lo estuve, porque quise estarlo —admitió—. Pero lo estuve… Los únicos que sabíamos de lo que pasaba con Víctor era su padre, Yakov y yo. Para cuando Iván dejó de ir, y Yakov volvió a entrar en temporada alta, el único que se quedó con él fui yo. Yakov e Iván insistieron en que debía permitir que lo hospitalizaran y recluyeran en una clínica. Que, como su pareja, era yo quién debía de tomar la decisión. Pero yo no quería que el mundo lo viera de la forma en que yo lo estaba viendo. Me esforzaba por tratar de seguir manteniendo ante sus fans la imagen de la leyenda del patinaje que es —sonrió con tristeza, recordando—. Fui demasiado necio… ahora me doy cuenta del alcance que mi decisión egoísta pudo tener. Pude haber perdido a Víctor por completo… y sería enteramente mi culpa… 

Yuri se quedó quieto, tragó grueso mientras lo escuchaba y el helado viento de aquella posibilidad sopló sobre su nuca. Víctor Nikiforov cediendo al impulso de acabar su vida… si algo así hubiera sucedido, Yuuri se hubiera ido definitivamente con él, para ya nunca regresar. El japonés levantó el rostro hacia el techo, recogiendo aire. Parecía estarse ahogando en un nudo creado por sus propias malas decisiones.

—Yo confiaba tan ciegamente en Víctor que estaba seguro de que se recuperaría. Que se enojaría conmigo si cedía a la presión de todos y lo dejaba internado. Que lo vería como una falta de confianza de mi parte hacia su fortaleza. Debía creer más en él, de lo que él creía en sí mismo. Pensé que, la misma fórmula que yo necesité era lo que él podría necesitar también y… me equivoqué. Mientras tanto, me esforcé por mantener su imagen ante la federación, la prensa, el mundo. Busqué seguir ganando para que nadie viera en mis fracasos las secuelas de lo que con Víctor estaba pasando y… también porque quería mostrarle que podríamos ser fuertes. Quise decirle que me esforzaría en completar las medallas para casarnos, porque aún si él no pudiera caminar nunca más, quería estar a su lado. Luego… él dijo que se arrepentía —Yuri contuvo el aire al ver la lágrima que rodó por el rostro de Yuuri mientras seguía viendo hacia el techo—. Y me quebré, por completo… Me llené de tantos agujeros y de tanta rabia… tanto dolor, que lo único que logré hacer para levantarme fue… guardar rencor.  Todo esto… pudo ser evitado si hubiera pedido ayuda a tiempo. Quise seguir ganando medallas por mí pero no pude, habían perdido significado…

Y entonces, en ese momento, Yuri recordó el momento en el que el japonés alzó en Japón la tercera medalla ganada del GPF. Contuvo el aliento y tragó grueso, sintiéndose terriblemente afectado con la revelación.

—Luego pasó lo que estaba pensando contigo y colapsé… Víctor no me amaba, tú sí lo hacías, y yo no podía corresponderte. Para mí fue evidente quien debía irse.

—Víctor no dejó de amarte —soltó Yuri, intentando mantenerse firme mientras preparaba la masa, usándola de distracción para no dejarse llevar por las palabras de Yuuri—. Nunca dejó de hacerlo. De hecho, el mismo Christofer me lo dijo, cuando nos fuimos de América. Me dijo que era tu culpa que Víctor estuviera como un zombi con vida tal cual lo había encontrado con tu retiro. Y créeme, era un maldito zombi.

—No hace falta ahora saberlo…

—Te ama —repitió, dejando caer las manos con fuerza sobre la masa para atraer la mirada de Yuuri—. Desde que me fui a vivir con él, una de sus condiciones era no mencionarte para no faltar respeto a sus memorias. Tenía tus medallas al lado de las cosas de su mamá, la clave del Wifi sigue siendo la misma, tenía tus conversaciones todas guardadas y lloró como un maldito crío cuando yo se las borré. Estaba dispuesto a ir por ti a las competencias aunque no compitiera y se puso a llorar cuando vio que hiciste Yuri on Ice sin él.

—Basta Yuri… —suplicó.

—Incluso —pero Yuri no pensaba detenerse—, tenía guardados los restos de tu matryoshka pequeña —Yuuri levantó la mirada enrojecida ante esa revelación—. Sí… eran unos restos inservibles de muñecas pero él los tenía guardados como un tesoro al lado de su cama, dentro de sus matryoshka —Yuuri soltó un quejido, como si le hubieran golpeado el pecho—. Te ama Yuuri… dudo que se haya arrepentido en algún momento de hacerlo. Que haya sido tan imbécil para decir o hacer las cosas mal… no quita eso.

Yuuri se mantuvo en silencio, con el rostro agachado, la mirada perdida y adolorida en lo que había pasado y lo que Yuri acababa de revelarle. De nuevo la sensación de haber cometido un error al irse volvía, pero Yuuri supo que no era así. Su error no había sido irse, su error fue no hablar y pedir ayuda. Irse fue la única salida que tuvo.

Sin embargo, si hubiera hablado con Víctor, las cosas hubieran sido distintas. Quizás Víctor hubiera corregido su error y él hubiera tenido la certeza de que ese amor estaba allí aún. Ahora era difícil pensarlo, porque dolía. Dolía de forma indecible.

—Intentaré hablar con él antes de irme a Moscú —Yuri continuó amasando, mientras asentía.

—¿Qué le dirás?

—Lo que pasó para yo irme… que hablé contigo y estoy bien. Que entre nosotros no ocurrió nada —Yuri asintió de nuevo, tranquilizándose al saber que Yuuri corregiría ese error—. Y le preguntaré entonces de qué se arrepintió.

—Yo no digo que vuelvan… —Aclaró Plisetsky, mientras se lavaba las manos para quitarse la harina—. Si están mejor separados y cada uno quiere seguir su vida así, está bien. Yo solo… no quiero perderlos de nuevo. Ya lo hice una vez… no quiero hacerlo de nuevo.

La emotividad de sus palabras ayudó a colar un poco de calidez entre tanto dolor. Yuuri la recibió con agrado y, cerrando los ojos, se permitió suspirar. Ciertamente, las cosas habían cambiado y Yuuri debería estar al pendiente de ese presente en el que vivía, para tratar de recuperar en él todo lo importante, finalmente dejando todo aquello en lo que se equivocaron atrás. Con Yuri, eso resultaba sencillo.

—No sabes cómo me alegra saber que has hecho las paces con él… —Le dijo con sinceridad. Yuri no subió la vista, se ocupó en seguir preparando el cerdo—. También cuando lo vi patinar de nuevo…

—Tsk… —dejó salir, guardándose las ganas de decirle que también le gustó verlo patinar otra vez—, ¡a mí no me agrada que seas entrenador de ese cerillo! 

—Gracias a Minami, estoy aquí —Yuri detuvo el cuchillo y miró hacia su compañero, quien le enviaba una mirada sosegada—. Minami no dejó de creer en mí. Fue a buscarme, me animó a buscar ayuda en un terapeuta, me ayudó a salir por fin del agujero donde me metí tan cómodamente por miedo. Gracias a Minami, estoy aquí.

La seguridad con la que Yuuri lo había dicho dolió, pero ayudó a Yuri a afirmar que el lugar que Minami se había ganado en la vida de Yuuri era irremplazable. Tuvo que quedarse con esa sensación viva sin comentar más mientras se distraía cocinando. Como si lo único que pudiera hacer ahora, era simplemente aprovechar aquel momento con Yuuri por el tiempo que durara, porque en cuestión de días se iría a Moscú.

Comenzaron a cocinar. Yuuri buscó ayudarlo con algunas cosas. Y así la pesada atmósfera entre ellos se diluyó de nuevo.

Una suave nevada caía sobre la ciudad, casi como si fuera una cortina de lluvia. Víctor la veía desde la ventana del despacho de su padre, en silencio, con un vaso de jugo natural en sus manos porque no tenía ánimo de alcohol. Era lo que había quedado de la cena en casa con su padre.

Su esposa se había mostrado amable con él, atenta para pedir la cena al servicio de la casa y para cumplir con los pedidos del hijo de su pareja. Después de comer, padre e hijo decidieron entrar al despacho y compartir juntos su gusto por la ópera, y justamente era eso lo que los acompañaba en ese momento. Iván sabía que el motivo de su hijo por ir a verlo no era necesariamente por extrañarlo; estaba consciente de que la visita de Yuuri tenía mucho más que ver con ello. Pero le estaba dando a Víctor el tiempo suficiente para poder hablar, si es que quería hacerlo. Brindándole el espacio para abrirse si era eso lo que buscaba.

En determinado momento, Víctor se movió de la ventana y tomó lugar cerca de su padre, en el sofá junto al librero. Entre los libros, estaban los portarretratos de sus hermanos y él. Hasta ese momento, se dio tiempo de ver lo que su padre guardaba allí: fotografías del matrimonio de sus hermanos, de algunos cumpleaños de sus nietos, de los actos de grados de todos y sí, también había fotografías de él ganando varias de sus medallas. Todos esos momentos estaban allí, como algo invaluable para el hombre que había visto pasar ya seis décadas.

—No he hecho mucho más que patinar, ¿no es cierto? —Acotó Víctor, al ver la secuencia de imágenes y compararla con las de sus hermanos, más variadas y equilibradas ante sus ojos—. Patinar y ganar, patinar y perder… sobre todo perder.

—Siempre se gana más veces de las que se pierde, Vitya —el aludido se vio obligado a asentir, con una sonrisa triste en sus labios—. Tuviste que perder muchas veces, para empezar a ganar.

—Me siento ahora tan imbécil por todo lo que hice cuando volví a perder…

Víctor estaba consciente de sus actitudes mezquinas tras haber perdido ante Yuuri, y aunque no se atrevía a decirlas en voz alta por vergüenza, era uno de los puntos que Regina había atacado sin misericordia en esas largas horas de sesión.

Buscando distraerse de esa sensación, algo llamó su atención. Era una foto escondida que, por la posición donde se había sentado, no había logrado notar. Se levantó con curiosidad, había una especie de magnetismo tirando de sus extremidades hacia ella. La atrajo desde por detrás de sus premios y se quedó mudo, mirándola. En esa foto él se veía genuinamente feliz, al lado de Yuuri. Ambos se abrazaban con la vista de la torre Eiffel a sus espaldas, sus mejillas juntas, el sonrojo imborrable de sus rostros mientras la nieve caía sobre ellos. Recordó el momento en que habían tomado esa foto, rememoró cuando lo tomó de la mano para levantarse de la mesa de aquel costoso restaurant en pleno atardecer para posar en el balcón. Fue en aquella ocasión cuando le regaló a Yuuri los pañuelos con su nombre en japonés bordado elegantemente en ellos.

Era la celebración de su aniversario, y a su vez una disculpa, por su comportamiento tras haber ganado Yuuri el oro en el GPF. En ese momento eran felices, existiendo aún la promesa de prevalecer muy a pesar del mundo. Víctor sintió su garganta ceder ante el impulso de hacerse un nudo de nuevo, recordando las bellas palabras dichas en esa tarde, el tacto de sus manos juntas y el brillo de los ojos de Yuuri tras sus lentes mientras escuchaba sus frases de amor. La curva de esa sonrisa contenta, el sabor de sus labios con el vino blanco, el calor de sus brazos al abrazarlo, las cosquillas que le provocaban esos suaves besos sobre su cuello… Podía revivir esos instantes de forma tan nítida, aún si detrás de ellos los recientes gritos enfurecidos de Yuuri buscaban quebrarlos. Nada sería más fuerte que la certeza de haber vivido los mejores momentos de su vida con él.

Las memorias eran vivas, llenas de aromas, de sabores, de sonidos y colores.  Una música fantasmal se escuchaba a lo lejos, mientras revivía el momento en que se hicieron el amor tras esa cena. La manera en la que Yuuri se le había entregado en cuerpo y alma, abriendo sus piernas tanto como su corazón para que él pudiera llenar ambos de besos. El brillo de su sudor ante la luz de las velas, sus sonidos entrecortados y llenos de excitación mientras sus dedos rastrillaban sobre su carne, haciéndola florecer. Y luego, cuando el orgasmo burbujeaba como las copas del champagne recién servida, se habían abrazado, compartiendo el temblor y el calor. Para que fuera luego un Yuuri apasionado, quien aprovechara a tenerlo allí entre sus manos para ser entonces quien penetrara, haciéndolo añicos ante la suavidad de sus caricias y el fervor de sus besos. Víctor podía recordarlo, por completo. Podía revivirlo, escuchar su “Vitya” en mil entonaciones sobre su oreja, al tiempo que sus dedos le acariciaban la nuca y lo hacían volar. Para terminar amaneciendo con su peso sobre su pecho, borrachos de felicidad.

—Esa foto se la pedí a Yuuri. No tenía la confianza de pedirte una a ti y quería tener una foto donde estuvieras con tu pareja. Yuuri me envió esta por teléfono, y yo la imprimí. Te veías muy feliz ese día.

—Pasamos la semana después del GPF en Francia, tanto por nuestro aniversario como por su regalo. Queríamos aprovechar a estar solo nosotros ya que él tenía que volver a Japón para las nacionales y yo tenía que quedarme en Rusia.

—Sí, si mal no recuerdo, siempre concordaban —Iván miró la expresión de su hijo, completamente conmovida ante la imagen y su posible recuerdo. Hizo silencio, comprendiendo.

Sin decir nada, Iván caminó alejándose del librero hasta su escritorio. Víctor permaneció allí, observando aquella fotografía como si fuera una ventana a un pasado hermoso que ya no podría recobrar. El recuerdo de la discusión seguía vivo, las conversaciones largas con Regina también. Y Víctor se encontraba demasiado agotado como para discutirlo una vez más.

—Vitya, necesito que leas esto —los ojos de su hijo se levantaron para encontrarse con los de su padre, quien lo observaba con una honda pena incrustada tras su mirada mansa. Víctor dejó entonces la fotografía donde la había encontrado, y se acercó hasta donde su padre le extendía una hoja de papel doblada en su mano.

Iván había decidido que era momento de entregarle aquella escrita a mano, y dejaba abandonada en su despacho. La carta que Yuuri dejó antes de partir.

Al Víctor abrirla, la letra de Yuuri en inglés lo sorprendió y lo primero que hizo fue levantar su mirada hacia Iván, buscando una respuesta. Su padre no se encontró con la fuerza de enfrentarlo.

—¿Cuándo te dio esto?

—Antes de irse a Japón —los ojos de Víctor se abrieron aún más, sin comprender porque aquello estuvo velado de él por tanto tiempo y porqué debería de saberlo ahora—. Me lo dejó en el consultorio. Cuando él se fue yo estaba en una conferencia en Moscú.

Un papel común de cuaderno que saltaba a la vista había sido arrancado. La letra temblorosa carecía del cuidado que Yuuri en su perfeccionismo solía imprimirles a las cosas. La tinta del bolígrafo manchó la hoja junto a varios borrones, así como pequeños errores de sintaxis al leerla; todos esos detalles de aquella obvia apresurada ejecución le decían más a Iván que las palabras en él escritas.

Su hijo ya no escuchaba. Estaba allí, atrapado en esas cortas líneas que lo decían todo. 

“Sr. Nikiforov. Lo siento. No pude comunicarme. No quiero irme así, pero ya tomé mi decisión.

Abandonaré mi carrera después de esta competición. Ya no puedo permanecer con su hijo. Víctor se arrepintió, Me odia y ya no tiene sentido continuar a su lado. Tuvo razón al decir que mi amor no sería suficiente. Todo lo que una vez trabajamos juntos, de todo lo que logramos … ya no queda nada.

Cuídelo… Lo necesita. No deje de estar a su lado. Ayúdelo a continuar. Yo haré lo mismo por mí. Yo no quise hacerle daño. Perdóneme.

Yuuri Katsuki.”

Víctor lo leyó una vez, atragantándose con las palabras. La segunda, se detuvo en cada línea: encontró la descuidada letra, captó el temblor en las manos que la escribieron, vio fijamente el agujero causado por la punta del bolígrafo al escribir con tanta fuerza en el apriete. En la tercera, Víctor tuvo la visión exacta de aquella mano temblando mientras aplastaba la hoja quizás sobre su pantalón, o sobre cualquier superficie que le sirviera de soporte entonces. Y una frase, entre todas las que allí había, golpeaba como un martillo al vacío, creando un ronco y sordo eco en su cabeza.

“Tuvo razón al decir que…”

—¿Le dijiste a Yuuri que su amor no era suficiente? —Víctor soltó, con un temblor en su voz.

Las palabras últimas de su discusión con Yuuri volvieron, junto a la lectura de esa frase. Su amor no fue suficiente, su amor no fue suficiente… ¿Cómo podía decir eso si él se había convertido en su amor y vida en esos años? ¿Cómo podía asegurarlo cuando aún seguía siéndolo? Ante la mirada de su hijo, Iván no tuvo valor de levantar su rostro. Permaneció con su expresión escondida entre su cabello ya blanco por las canas, con la mandíbula trabada, provocando así que Víctor explotara de indignación.

—¿Le dijiste a Yuuri que su amor no era suficiente? —Volvió a preguntar ahora en gritos, con la mirada vidriosa y convertida en dos pequeñas cuencas temblorosas. Decirle algo así a Yuuri, quien solía tomarse todo de forma tan literal… imaginó a su frágil corazón terminando de romperse justo en el momento donde seguramente más apoyo necesitaba, ya que de él solo obtenía silencio.

Iván se obligó a levantar sus ojos para confrontarlo, y soltó un suspiro apesadumbrado.

—Sí, lo dije. —Víctor apretó los labios, casi mordiéndolos—. Intenté corregir mi error cuando nos vimos, pero no quiso escucharme.

—Justo tenías que decirle…

—Mi intención no fue minimizar los sentimientos de Yuuri hacia ti, sino convencerlo de tomar las cosas de forma racional —explicó Iván, deteniendo el reclamo que ya Víctor quería darle—. Yo lo que estaba viendo en ti era una depresión clínica, pero nada podía hacer para intervenir mientras Yuuri no me diera la posibilidad. Estabas enfermo, Vitya. Con solo su amor no te ibas a recuperar; necesitabas cuidados, especialistas, atención las 24 horas antes de que… —Aguantó la respiración y Víctor, ya agotado por completo, se dejó caer en el mueble con una mano en su cabeza, reclinando su cuerpo entero—. Yuuri me aseguraba que solo debía confiar en ti. Que tú saldrías. Me lo aseguró con vehemencia.

—¿Cuándo fue eso…?

—Después de que declararas el fin de tu carrera. El día que me echaste de tu casa cuando te propuse tratarte médicamente.

Cuando le dijo que Yuuri se estaba medicando. Víctor apretó su garganta y renegó, exhausto. La carta en sus manos temblaba como si en cualquier momento pudiera caerse.

—¿Por qué no me entregaste la carta antes?

—¿Cuándo volví? —Se acercó Iván, atreviéndose a sentarse al lado de Víctor en aquel mueble, aún si todavía no se atreviera a tocarlo. Imitó su misma posición, solo que con sus manos tomadas entre sus rodillas abiertas—. Cuando volví, lo que vi me asustó. Me encontré con tu amigo preocupado porque se tenía que ir mientras que tú aún no querías salir de la cama. Prioricé tu recuperación, y decidí que te lo haría saber cuándo te recuperarás. —Iván miró la hoja de papel arrugada entre los dedos de su hijo—. No estaba seguro de cómo la tomarías antes… 

Víctor podía recordar, muy a lo lejos, las constantes visitas de su padre, la enfermera que iba a verlo, las comidas que “mágicamente” aparecían en su mesa para comer. Todo lo que fueron esos meses era apenas un borrón para él, una época que no quería visitar. Le causaba profunda aversión hacerlo.

Arrastró su mano por todo el rostro y trató de sentir algo de paz en medio de la tormenta en lo que se había convertido su vida desde que Yuuri Katsuki apareció frente a él. Los contrastes entre la sonrisa de alivio que vio en América y los gritos que sobrevinieron después, lo dejaban en una encrucijada sin sentido. ¿Qué era lo que sentía realmente Yuuri? Ya no lo sabía… pero lo que veía en esa carta dejaba en evidencia una imagen que hasta le horrorizaba pensar. La de un Yuuri desesperado buscando tan solo una forma de escapar.

Por eso su presentación de Yuri on Ice en Japón…

—Ya no quería guardarlo más. Confío que ahora sabrás que hacer con esto —continuó Iván, atreviéndose a golpear suavemente la espalda de su hijo. Víctor no dijo más—. Lamento que mis palabras hayan sido tan determinantes para él.

—No… no fue tu culpa… —Suspiró—. Ya no quiero pensar… Tengo que irme.

Iván no quiso retenerlo, comprendió el espacio que su hijo necesitaba para pensar las cosas. El hecho de que no se encerrara ya era una buena señal de por sí. Pero Víctor necesitaba hacer más que simplemente evadir la situación. Necesitaba actuar.

Sin embargo, antes de despedirse, Víctor posó sus ojos en el cuadro de su madre, aún puesto en la mitad de la sala, con la belleza etérea que ninguna de las mujeres después de ella en la vida de Iván pudo notar. Lo hizo como si pidiera una ayuda muda, e Iván supo leerlo, en su silencio. Al partir, el padre dejó escapar el aire retenido, y volvió sus ojos a ese cuadro. El recuerdo de Veroshka seguía llenándolo de una cuota profunda entre frustración y resignación.

El Skate Canadá había acabado con la medalla de plata para Mila Babicheva, tras haber quedado por unos pocos puntos de diferencias detrás de la sueca Angelina Olsson y sobrepasando a Deborah Lam. Los medios resaltaban la maravillosa presentación de la rusa, quien no solo destacó por su belleza artística y su calidad técnica, sino por lo cerca que estuvo de romper el actual récord en el programa libre de la categoría femenina. Los elogios y halagos llovían hacia ella, minimizando su fallo en el programa corto, excepto, por supuesto, de Petra.

En medio del panel de periodistas y jurados de la competición, las múltiples observaciones del patinaje de todos los competidores enfatizando sobre lo que les esperaba en la gran final. Mila era la primera competidora de la categoría femenina en clasificar, y ahora se esperaba la copa Rostelecom, que sería en cuestión de días, para seguir escalando las siguientes posiciones.

Por parte de la categoría masculina, los grandes favoritos de la temporada: Otabek y J.J ya habían mostrado su tenacidad para concursar, al haber quedado con la plata y el oro respectivamente. La espera del Axel cuádruple también se convirtió en uno de sus puntos comentados.

Georgi escuchaba la discusión de la periodista rusa Petra junto a su homólogo Canadiense, debatiendo sobre los puntos que provocaron que Mila Babicheva no obtuviera el oro en esa competencia. El joven entrenador tomaba notas mentales de cada uno de los comentarios, buscaba de esa forma la manera de mejorar en su papel como guía, aunque era evidente que había cosas que solo los deportistas podrían hacer por sí mismo. Estaba sentado en la zona de espera para asistir a la celebración que la federación Canadiense había preparado para todos los competidores.

Pensó que no sería necesario asistir, que por lo ocurrido, Mila preferiría evitar la celebración para no ver a Otabek. Pero le sorprendió al decirle que quería al menos pasar un par de horas allí y luego sí podrían irse. Según sus palabras, no deseaba negarse el celebrar su merecida Victoria.

Mientras escuchaba las palabras de Petra, halagando el sentimiento demostrado en el programa libre de Babicheva, percibió la presencia de la deportista detrás de él. Mayor sorpresa se llevó al verla ataviada en un bello vestido negro, que con un escote en V mostraba sus pechos mientras una falda corta en vuelo resaltaba sus piernas. Zapatos y accesorios en rojo complementaban su abrigo del mismo tono, lo que hacía resaltar su figura al contrastar tan fuertemente con la blancura de su piel. Visiblemente anonadado, Georgi la recorrió de pies a cabeza y Mila se avergonzó; mordió su labio con suavidad.

—Wow… —Alabó al ponerse de pie—. Te ves preciosas, Mila.   

—Gracias, Georgi. Ya estoy lista.

—Más que lista. —Se acercó y le ofreció tomar su brazo. Mila, con suma elegancia, se colgó de él antes de ofrecerle una sonrisa—. Siempre he admirado este tipo de dulce venganza en las mujeres.

—No es una venganza, Georgi —le susurró con sus ojos brillantes—. “Compórtate como si fueras la leyenda”, eso me dijo Víctor. Tú me has enseñado que muy por encima del dolor y los resultados, se debe seguir haciendo lo que más amamos. Hoy quiero ser la reina porque así me siento.

—Eres la reina, y estoy muy orgulloso de ti.

Con un suave beso en su mejilla, Georgi selló sus palabras antes de caminar con ella hasta la salida del hotel, donde el taxi les esperaba. En el salón de celebración ya todos los competidores estaban allí disfrutando del agasajo, algunos luciendo sus medallas orgullosamente frente al resto. Cuando la pareja rusa llegó al evento, las miradas fueron hacia ellos de manera inmediata. Mila sonrió y saludó a algunas de sus compañeras de patinaje, recibiendo las felicitaciones con una sonrisa y se mostrándose abierta para hablar con el resto; contando siempre con el respaldo de Georgi en su espalda.

Angelina se acercó y juntas, se fueron a la pista. Las ganadoras del oro y la plata bailaron en medio de la música, ambas luciendo preciosas y como las ganadoras del evento que eran. Luego se les unieron otros patinadores, incluso Georgi logró ver en una de las esquinas a la pareja Leroy muy acarameladamente abrazados mientras se mantenían más cerca de lo que la música exigía. En la barra y acompañado por Alain Junior y otros patinadores, se hallaba Otabek, rezagado, observando lo que ocurría en la pista. Pero Georgi no quiso acercarse.

La música cambió, los ritmos se fueron agregando a la fiesta y pronto incluso Leo de la Iglesia y Juan Luis Vargas encontraron espacio para mostrar sus profundas raíces latinoamericanas. Cuando la salsa caribeña empezó a sonar, más de una patinadora extranjera los buscaba para poder tener un compañero de baile. Mila rio cuando vio al joven Juan Luis acercándosele, visiblemente abochornado, para pedir una pieza de baile con ella. Y presta, se arriesgó a aprender el complicado ritmo de aquel baile sin parar de reír en el proceso.

Otabek prefirió no seguir observando más, se negó a la invitación de Deborah de ir a la pista, alegando que se encontraba muy cansado para continuar celebrando. Se levantó con la pesadez en su rostro, y salió de aquella celebración sin ánimos de buscar nada más que una cama para dormir. J.J e Isabella desaparecieron también al tiempo; nadie se dio cuenta del momento en que escaparon de la multitud y los fans para organizar al fin su propia celebración. Mila siguió bailando con varios patinadores, incluso compartió baile con Leo de la Iglesia, disfrutando entre risas su logro, ese presente que ella debía valorar por sobre todas las cosas. Incluso unió a Georgi en la algarabía, aprovechando la fiesta para celebrar toda la noche.

En la habitación de aquel hotel, Jean abrazó a su esposa contra la pared y la presionó conforme la besaba con euforia. Encontrándose por fin como pareja y no como los padres que ahora eran, la pareja de casados se permitió ese tiempo para dejar salir el deseo y la pasión que sentían por el otro, aderezada por la Victoria recién cosechada. Las manos ávidas de Jean apretaron la cintura y subieron por los costados para sentir los turgentes pechos de su esposa. Isabella, en respuesta, además de gemir sobre sus labios se permitió el apretar los glúteos de su marido, una de sus partes favoritas.

Sumergidos en el delicioso presente de su celebración, continuaron besándose, hasta que sus cuerpos exigían ya más que besos y caricias sobre las ropas. Isabella lo apartó un momento para ganar espacio y con una sonrisa ladeada, le invitó a separarse para darle tiempo de desanudar su vestido. Las telas cayeron al desajustar el tirante, y Jean disfrutó de la visión de su mujer arreglada para él con un conjunto de encaje rojo, que le robó el habla. Isabella se sintió de nuevo deseada pese a los cambios que vivió su cuerpo tras el embarazo, y se acercó gustosa a los brazos de Jean para proseguir con su fiesta.

Desnudándose con sus caricias, ambos llegaron a la cama hasta que lo único que quedaba entre ellos era la medalla de oro del Skate Canada, su nueva Victoria. Isabella la acariciaba con la punta de sus dedos mientras se mecía sobre él, estimulándolo, y Jean la sujetaba de la cadera para permitirle quedarse más así. Antes de conformar su unión, el canadiense se detuvo para sostener el rostro de su esposa, mirándole con devoción velada. Acto seguido, se quitó la medalla para colgarla en el cuello de Isabella y luego dejó llover besos hasta el punto donde el oro rozaba los senos. La mujer casi sollozó de gozo cuando los labios de su marido no dejaron un solo centímetro de su piel sin ser besada.

La competencia había terminado, y aunque unos permanecían separados por sus propias decisiones, otros habían decidido permanecer juntos a toda costa. Y esos fueron quienes  encontraron el momento perfecto para expresar esa promesa, una vez más.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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