Matryoshka II (Cap 22)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 22. Skate Canada: Superemos las pérdidas

El tiempo pasó, como pasan las lluvias y las nevadas. En un suspiro, ambos se habían encontrado tan llenos y tan vacíos que tuvieron que callar.

Yuri le contó lo ocurrido con su abuelo, cómo fue que se enteró de la noticia y lo duro que fue enfrentarse a su madre tras su fallecimiento. Yuuri le hizo ver lo que ocurrió al llegar a Hasetsu, los meses encerrados en su habitación, y la dependencia a esas pastillas que tanto le costó dejar. Lo terrible que fue enfrentarse a su familia al tener que revelar de dónde surgieron sus ataques de ansiedad. Ambos sintieron el escalofrío recorriendo sus vértebras al escuchar al otro en esos momentos tan difíciles, comprendiendo lo mucho que se habían hecho falta.

Yuuri jamás imaginó que su ausencia hiciera tanto daño en Yuri, consideró que sus sentimientos eran infantiles y cederían con la distancia. Gran equivocación considerando que esos sentimientos habían seguido allí sin variar. En cambio, Yuri, jamás pensó que para Yuuri hubiera sido tan difícil el alejarse. Se llenó de la certeza de que Yuuri simplemente había huido y arrancado ese peso de encima. Y cuando lo vio volver con Minami, esa sensación se incrementó.

Al hacer silencio, ambos permanecieron con la mirada apartada, desconectada. En algún punto, el cansancio de Yuri pudo más que su voluntad y se quedó dormido, todavía sobre Yuuri, abrazándolo porque aún no habían cambiado de posición. Yuuri logró dormitar por momentos, más su mente no parecía estar en paz y le obligaba a recordar todo lo sucedido, una y otra vez. Al final se rindió al intento de dormir y solo se permitió descansar por un rato más.

Fue al cabo de una hora que Yuri despertó. Cuando levantó la cabeza, el entrenador japonés tenía sus ojos cerrados pero lucía intranquilo, con la respiración lenta pero su ceño fruncido. Lo observó por unos segundos así, antes de que Yuuri abriera sus ojos y los enfocara en él. Lucían cansados y opacos, incluso enrojecidos, y estaban tan hinchados que se cerraban.

—Te ves fatal… —Soltó Yuri, sintiendo su boca pastosa. Yuuri pestañeó un par de veces antes de responder.

—Tú no te quedas atrás. 

Ciertamente, Yuri también tenía una apariencia bastante deplorable: su cabello desordenado y opaco, sus ojos cansados y enrojecidos, menos inflamados que los de Yuuri pero claramente afectados por el cansancio, el mal dormir y el llanto. Incluso en su piel blanquísima ya podían adivinarse las ojeras como marcas moradas bajo sus ojos. Yuuri renegó y pasó una mano cansada por su frente. Todo su cuerpo dolía.

 —Ey, Yuuri… —El aludido volvió a dirigirle la mirada agotada y calma—. Querrías… ¿querrías ir a mi apartamento? —Yuuri enarcó una ceja con sorpresa, y Yuri se apresuró a aclarar—. Tengo hambre, quiero preparar piroshki de katsudon. Además, esta habitación debe ser aburrida… y apuesto que esta vez sí puedo ganarte una partida.

—¿De videojuegos? —preguntó con incredulidad y Yuri echó su mirada hacia un lado, intentando controlar su vergüenza—. ¿Quieres que te gane de nuevo?

—¿Eh? ¡Claro que no! —Aseguró soportando su peso en sus propios brazos—. ¡Te ganaré!  ¡Le he ganado a Otabek muchas veces! ¡Apuesto a que no has jugado!

—A veces, con Minami —se encogió de hombros y Yuri apretó sus labios al sentir la punzada de celos en su interior—. Siempre le gano.

—¿¡El cerillo también juega!?   

—Por supuesto, somos japoneses —volvió a desestimar el asunto, con una sonrisa cansada—. Entonces, ¿quieres que te gane de nuevo? 

—Eso veremos, Katsuki.

Yuuri rio y renegó mientras intentaba estirarse bajo el cuerpo del rubio. Pronto, tuvo que sisear por el dolor de su pierna acalambrada. La postura le estaba pasando factura.

—Yuri, ¿puedes quitarte de encima? —El aludido se sonrojó de nuevo y se levantó casi de golpe, aunque estuvo a punto de caerse del mueble. Yuuri solo negó con cuidado e intentó mover su pierna adolorida—. Deberías ir a darte una ducha…

Yuri hizo caso, porque en verdad necesitaba un baño para terminar de despertarse y no quería perder el tiempo. Se tomó largos minutos en la ducha del hotel, aprovechando los múltiples productos de higiene que había en el lugar para su placer, y al salir se vistió con la misma ropa al percatarse de que no había traído un cambio.

Yuuri no había notado que ya su compañero se había duchado; lucía perdido en sus pensamientos frente a la misma consola con la medalla nuevamente  en sus manos. De perfil, Yuri pudo observar aquella amplia tristeza que lo envolvía, la pesadez de su gesto y la profundidad de su mirada, como si realmente no estuviera allí. Fue inevitable no pensar en si Víctor estaría en las mismas circunstancias, teniendo que controlar el impulso de tomar su teléfono celular para preguntar por él. En su lugar prefirió hacerse notar al carraspear su garganta para que Yuuri saliera de su ensoñación y lo mirara.

La sonrisa corta y amable de Yuuri le golpeó. Era parecida a la misma que había visto en incontables ocasiones cuando estaba a su lado, cuando lo veía en el estadio llevando su cuerpo al límite para agotarse, cuando estaba desmoronándose. Yuuri aún estaba en ese estado, como si hubiera regresado a ese momento. Se preguntó si eso es lo que Yuuri buscaba en un inicio.

—Vete a bañar —ordenó, torciendo la boca en un mohín malhumorado. Yuuri solo asintió y dejó la medalla en la superficie de la consola, con cuidado—. Las extrañaste, ¿no?

—Hasta ahora no me había percatado de ello… —confesó, con una sonrisa sosegada—. Y también tengo un extraño sentimiento de tener que disculparme con ellas.

Yuri lo miró como si Yuuri hubiera cambiado de color. Con la extrañeza en su semblante, no pudo entender a qué se refería Yuuri con eso de disculparse con unas medallas. Pero para Yuuri, no era eso, era disculparse con cada parte de él que las ganó con tanto sacrificio. Por no haberse dado la oportunidad de disfrutarlas, de ser fuerte y continuar.  Era una disculpa hacia el niño de doce años que decidió, en una tarde, que llegaría a ser el mejor del mundo para poder compartir el hielo con él.

Soltó un suspiro apesadumbrado, y se dirigió sin perder más tiempo hasta la maleta para sacar una muda de ropa e ir a tomar un baño tal como Yuri se lo propuso. Apenas Yuuri entró al baño, Yuri se apresuró a escribirle a Víctor para saber cómo estaba y si estaba todo bien. No le gustaba sonar preocupado, pero era justamente eso lo que sentía. Aprovechando además para escribirle a Mila. Revisó las redes para buscar las noticias del Skate Canadá y pudo observar la tabla de puntuaciones de la categoría masculina y los comentarios sobre la ausencia del Axel cuádruple en las presentaciones de J.J. También estaba el video con el programa libre de Otabek, con los respectivos comentarios admirando la entrega y pasión de este, así como la tristeza implícita en él.

Pero Yuri no tuvo el valor de verlo, no aún.

Cuando leyó el mensaje, solo contestó que todo estaba bien y guardó su móvil dentro de su abrigo. Víctor Nikiforov no estaba de ánimos para socializar, mucho menos con Yuri Plisetsky. Sabía que estaba siendo radical al respecto, pero por ese día quería darse la oportunidad de ser egoísta. Era domingo, no había prácticas y era el momento perfecto para escapar.

Sobre su pierna, una enorme gata regordeta de pelaje naranja atigrado se retorcía y ronroneaba al ritmo de sus caricias. A un lado de su pierna, estaba un gato blanco de pelaje largo y ojos increíblemente verdes, tan delineados que parecían estar maquillados. Más allá, si alzaba la vista, vería una gata negra, con cola larga y delgada y mirada amarillenta, colgada sobre el librero. Ella lo miraba como una diosa a un infiel terrenal a quien debía darle su misericordia.

Extrañaba una mascota. La idea que había tenido meses atrás, y que desechó por la cercanía de las competencias, volvió tan brutalmente como si fuera a atropellarlo.

El ruido en la puerta llamó su atención y Víctor giró la mirada a sabiendas de con quien se encontraría. Regina acababa de entrar con sus pantuflas afelpadas, un colorido pijama de flores y esos lentes que le daban distinción pese a sus ropas. Se dio tiempo de admirar las líneas del tiempo que se habían dibujado en la piel de la mujer, la papada pronunciada, las líneas de expresión en sus pómulos y alrededor de sus ojos.

—Esta ha sido sin duda alguna, mi cita más larga en la carrera —comentó ella con un tono jovial y Víctor tuvo que sonreír ligeramente avergonzado.

Ciertamente había llegado desde muy temprano en la mañana, tras esperar que simplemente ella le dijera que estaba bien como respuesta a un mensaje en la noche. Cuando ella lo vio, de inmediato le dio paso, y toda la mañana se dedicó a escucharlo hablar de Yuuri, de lo que sentía y de lo que había sucedido. Regina se limitó a cuestionar sus sentimientos y pensamientos al respecto, permitiéndole el espacio para desahogarse.

Lo primero de lo que habló fue de los recientes hechos con Yuuri. Le explicó el cuidado que se había tomado para envolver las medallas y las intenciones que tenía de hacerle ver cuán importantes fueron para él, a pesar de que ahora eran ellas las que los separaban. Le confesó que tenía la esperanza de que las cosas cambiaran, y la terrible frustración y angustia que le produjo el ver el modo en que Yuuri tomó el recibimiento de las medallas y su intención de arrojarlas al río Moika.

Víctor pudo revivir en ese momento la desesperación que sintió al verlo así de afectado. Pudo entender lo muy destrozado que lo había dejado cuando lo contuvo en ese abrazo apretado, tratando de sostenerlo antes de que se derrumbara por completo. Cómo cayó con Yuuri al pavimento, ajeno a la nevada. Cómo lo sostuvo contra sí mismo y lloró al decirle los varios perdóname que no lograron llegar a ningún lado, porque por muy profundo que fuera su arrepentimiento, ante los ojos de Yuuri, este resultaba vano y vacío. Porque a pesar de tenerlo con él, lo sentía más lejos que nunca.

También, confesó cuando lo besó aprovechando su fiebre. Describió con doloroso detalle los ojos quebrados de Yuuri cuando lo observó entre la nubosidad de sus síntomas. Tuvo que admitir lo difícil que fue verlo y percatarse que había tanto dolor que se había convertido en una capa impermeable imposible de atravesar.

Entonces, llegó a lo de la noche anterior. Víctor retuvo el aire, sus pulmones sisearon al soltarlo y sintió de nuevo sus ojos amenazando con llorar. Le confesó que ya antes de ir sentía el dolor en su rodilla, también le hizo saber que según palabras de su fisioterapeuta, no solo el frío del clima le haría sentir ese dolor, sino que muchas veces podría ser psicosomático. Víctor había encontrado en esa explicación mucha verdad, porque eso fue lo que sintió en ese momento.

Sus ojos estaban prácticamente nublados mientras comentaba cómo había hecho su camino hacia el hotel. Se detuvo a explicar lo que sintió cuando lo vio abrir la puerta con calma y cómo su mirada mansa y decidida le provocó terror. Luego, todo ese choque… el miedo que sintió cuando Yuuri, con una tranquilidad letal, le expresaba las razones por las que no pensaba volver. La necesidad de corregirlo y sacarlo de su error cuando le aseguró que Víctor no le amaba. Víctor necesitaba hacerle ver que estaba equivocado, que sí lo amaba, que nunca dejó de hacerlo; pero nada pudo hacer cuando Yuuri, en su mayor acto de incredulidad, le gritó en cara cada uno de sus errores.

Víctor no podía estar seguro de todo lo que ocurrió después, pero sí era capaz de explicar lo que sintió ante cada grito que él mismo dio y recibió. Pudo describir la necedad de su cuerpo de querer acercarse y el cómo dolía el rechazo. Pudo dibujar el rostro de Yuuri en medio de la desesperación a través de sus palabras. Repitió cada argumento que dio y recibió, narrándole cómo se sintió convertido en tajos con cada uno de ellos. Regina escuchaba, sin interrumpir. Observaba el modo en que Víctor perdía el ritmo de su respiración, le temblaban los labios, los dedos, agitaba su cabello y lo echaba hacia atrás para tratar de recuperar la calma mientras sus lágrimas se acumulaban como gotas de rocío en sus pestañas.

Víctor lloró, se calmó y volvió a llorar; primero con rabia y frustración, luego con profunda pena y resignación. Cuando retomó el relato, después de largos minutos tomando un té que Regina le preparó para calmarlo, lo hizo con una demoledora pasividad. Sus ojos vacíos y dolorosamente rojos, mirando un punto hueco en el espacio mientras solo dejaba fluir las palabras como si éstas fueran parte del viento. Le dijo lo mucho que dolió escuchar de los labios de Yuuri que estuvo a punto de serle infiel. De que, en cierto modo, él sentía que lo había sido. Lo traicionado que se sentía por ambos, porque Yuri, el chico al que en un tiempo había cuidado, había buscado exactamente ese resultado y pudo haberlo logrado. Que ahora, su mente se encargaba de hacerle imaginar todos los momentos donde Yuuri pudo ceder. La cercanía que debió haber cuando entre ellos no había más que distancia. Los abrazos, y lo que debieron de  provocar en Yuuri; aquello que él no volvió a sentir. Había rencor en sus palabras, algo asquerosamente amorfo creciéndole dentro, apretándole. Lo sentía como un tumor, uno de esos que se desarrollaban aceleradamente, empujando sus órganos, provocando desgarros, hasta el punto de hacerlo explotar para dejarlo desangrado por dentro.

Esa era la mejor forma de describir el dolor que Víctor vivía en ese momento, y Regina comprendió. Sus ojos ahora luciendo hinchados y cansados.    

Regina no comentó nada al respecto, limitándose a escuchar, anotar algo en su Tablet, y observar. Entendió por qué no quería a Yuri cerca y porque sentía que Yuuri había regresado a Rusia solo para devolverle, con intereses, toda la cuota de dolor que le había provocado. Y también comprendió porqué ahora lo quería lejos, tan lejos como pudiera. Porque su presencia se había convertido en algo nocivo y por qué, simplemente, lo necesitaba lejos de su vida.

Sus ojos claros tras los lentes trazaban formas mientras observaba cada gesto de Nikiforov y veía lo mucho que se parecía a Iván. No era una situación muy diferente, aunque no fue en esa sala, sino en su despacho de la universidad, y no fue sobre ese sofá, sino sobre un diván de cuero; pero era la misma estampa. Un Iván destrozado ante la inevitable pérdida que venía, asustado ante el panorama de sacar adelante y solo a sus hijos, resignado porque nada estaba en sus manos para cambiarlo.

Volvió su mirada a la pantalla y movió su índice para levantar la cuantiosa información que el buscador le traía de Yuuri Katsuki. Había fotos recientes en el aeropuerto de Chicago y en medio del Skate América, Regina se animó a dar doble click, luego movió sus dedos en la pantalla y extendió la fotografía para mirarlo mejor.

Veroshka tenía una belleza casi surreal: piel blanquísima como la porcelana, cabello clarísimo que a veces parecían hilos de plata, ojos azules y vivos, llenos de vitalidad. Era la envidia de muchas de sus amigas, porque además era una bailarina delgada y llena de gracia. En tutú, cuando pensaba debutar como Odette, se veía preciosa. Nadie dudaba del porqué Iván Nikiforov había caído rendido ante su encanto, Veroshka era casi un sueño para cualquiera. De espalda ancha, pechos pequeños y cintura de avispa, con piernas fuertes y tonificadas, glúteos de infarto… Regina varias veces bromeó que incluso ella caería ante su encanto, a lo que Veroshka se sonrojaba.

Pensando en una belleza así de llamativa, había buscado a Yuuri Katsuki para conocer el rostro del hombre que tenía de ese modo a la leyenda rusa del patinaje, y no pudo evitar sentirse decepcionada. Era apuesto, sí, pero lo apuesto que puede llegar a ser un japonés común a quien seguro confundiría en el metro con cualquier otro si llegaba a pisar a Tokio de nuevo. Parecía un hombre común, que en saco resaltaba su edad. Pasó a otras imágenes para verlo en patinaje y el asunto mejoraba un poco si se lo veía en mallas. Sonrió divertida ante tal pensamiento.

Elevó su mirada de nuevo hacía su improvisado paciente, y soltó la imagen, para ahora revisar otros sitios webs. Se metió entre las noticias y fue sorpresa encontrarse con un par de portales rusos cotilleando con la llegada del japonés a San Petersburgo. Eso no fue lo más sorprendente. Regina arrugó el ceño y bajó moviendo sus dedos sobre la pantalla hasta los comentarios, donde no había uno solo que viera con gracia la llegada de Katsuki a sus tierras. Los mensajes de odio, uno más subido de tono que el anterior, la abrumó indescriptiblemente.

—Víctor… —mencionó la mujer mientras le extendía la Tablet. Víctor tardó en inclinarse para tomarla, mirando con interés la pantalla, donde aparecían los cientos de comentarios—. Me habías comentado que una de las cosas que tu expareja te reclamó fue su enfrentamiento con tus fanáticos. ¿Siempre fueron así de radicales?                              

Víctor hizo una mueca, bajando de mala gana la barra de desplazamiento para poder leer los otros comentarios que se apilaban, cargándose continuamente en la pantalla. En un punto, prefirió detenerse. A pesar de lo que sentía tras lo ocurrido con Yuuri, lo estúpido que se veía por haber creído que había oportunidades y lo doloroso que era saberse abandonado; le provocaba una aversión inhumana leer todo lo que hablaban de él.

Pero siempre fue así. Yuuri no podía culparle por aquello cuando él mismo había decidido ir con él a Rusia y enfrentarse a todo y todos aludiendo que no le importaría que Rusia lo odiara. Yuuri sabía a lo que se enfrentaba cuando llegó.

—Los fanáticos suelen ser muy imprudentes y apasionados —justificó, mientras le devolvía el aparato a la mujer anciana—. Estos comentarios y más, es algo que siempre estuvo. Que incluso yo recibí tiempo atrás. Admito que están un poco… alterados.

—Un poco alterados —repitió con una media sonrisa, mientras regresaba a su posición, con la Tablet en manos—. Me parecen muy alterados.

—Yuuri nunca ha prestado demasiada atención a lo que dicen de él en las redes.

—Dijo que soportó a tus fanáticos, de alguna forma debió “soportarlos”.

—¿A dónde quiere llegar, Regina? —indicó irritado, mientras se pasaba la mano por su cabello—. Hice lo que pude, siempre estuve con él y enfrentaba a la prensa con él cuando hizo falta. Yuuri mismo también supo defenderse —se apresuró a aclarar—. Claro que me molesta ver lo que dicen, lo que llegaron a decir de él. Me enoja. Pero fue algo a lo que yo siempre tuve que enfrentarme, todos los deportistas de alto nivel deben hacerlo. ¿Qué hubiera podido hacer yo? —dijo con su palma ocultando la mitad de su rostro.

Regina le mantuvo la mirada. Sus ojos conocedores se posaron sobre él por demasiado tiempo, haciéndolo sentir incómodo. Víctor se removió en su asiento y la gata naranja saltó para estirarse y mover su larga cola. Aún, y pese a ello, la mirada de la mujer no menguó, manteniéndose firme e imperturbable. 

—No sé, Víctor Nikiforov, leyenda del patinaje ruso, cinco veces campeón mundial, dos veces campeón olímpico… ¿Qué podrías hacer para defender a tu pareja de tus fanáticos? Si no lo sabes tú, ¿qué puede saber esta anciana?

—Siento que me está incriminando.

—No, no es mi intención. Solo me causa enorme curiosidad; quizás tu expareja no esté del todo equivocada con sus reclamos. Porque algo me dice que el Víctor Nikiforov que logró todos esos méritos, lo hubiera hecho. Hubiera hecho “algo”. Me intriga saber por qué no lo hizo.

—¿Y eso qué tiene que ver con mi camino a la recuperación? —preguntó con la garganta seca. Regina solo sonrió.

—Con todo. Con el inicio que estamos buscando.

Víctor siseó, inseguro. Con el ceño fruncido, la miró inconforme y soltó el aire, incapaz de mantenerle por más tiempo la mirada. Regina se enderezó y dejó su Tablet a un lado. Sus ojos se mantuvieron sobre él, inclementes.

—No has respondido aún la pregunta que me prometiste —Víctor regresó su atención hacia ella, visiblemente afectado con todo lo que había significado esa conversación. No pudo evitar el observarla sin entender—. La pregunta, ¿no la recuerdas? —La expresión de Víctor era muy elocuente—. ¿Quién es Víctor Nikiforov después de esto?

El aludido lo pensó, lo pensó detenidamente mientras observaba los ojos grandes de la gata que ahora estaba bajo sus piernas, moviendo la cola de forma hipnótica. Soltó un suspiro amplio, mirándola de nuevo con los ojos conmovidos y el rostro apretado entre tanto dolor y cansancio.

—Soy un hombre enamorado que se siente traicionado, y que solo quiero paz. Solo quiero recuperar un motivo.

—Ya lo tienes, Víctor —aludió Regina, con una sonrisa—. Solo falta darle un nombre.  

Los nervios la estaban matando. Mila tuvo que inclinarse en el lavado, mientras trataba de controlar las náuseas que le provocaba aquel cúmulo de emociones guardadas. Desde que Otabek hubiera mostrado ese programa, ella apenas podía controlarlo. Sentía como si una horrible masa estuviera agitándose en la boca de su estómago, sumado al ardor que eso le generaba y a la sensación de fatiga que era tan desgastante.

Ya estaba vestida para su participación, arreglada y peinada como se esperaba. A ella le tocaría abrir el segundo grupo debido a su baja participación en el programa corto. Eso le dejaba un amplio margen para prepararse pero, para Mila, no sería suficiente y ella lo sabía.

Descompensada, levantó la mirada enrojecida y se miró al espejo. Algunos de sus bucles se habían soltado de su arreglado peinado y tuvo que ajustarlo con los dedos temblorosos. El maquillaje aún estaba intacto, pero Mila debía reconocer que se veía enferma. A pesar de la base, no se podía ocultar el dolor encerrado en sus irises.

Apretó sus labios y se obligó a respirar con calma. Debía enfocarse porque un nuevo error podría quitarle toda oportunidad de participar en la final del Grand Prix y no podía fallarle de ese modo a Georgi. Su entrenador estaba siendo bastante indulgente con ella al reconocer su estado anímico, pero no podía aprovecharse de eso para fallar. Debía levantarse, a como diera lugar.

—¿Estás embarazada? —escuchó a su espalda, y reconoció a través del espejo la perfecta figura de Deborah detrás de su cuerpo. Mila la miró y mostró su desagrado ante tal posibilidad, negando sin querer decir ninguna palabra. No habría modo, de todas formas—. Luces enfermas, ¿quieres que llame a alguien?

—Estoy bien —soltó con aversión, mientras se enderezaba. Ambas chamarras de colores rojo y blanco mostraban sus propios países; la de Mila, representándola como parte del equipo olímpico ruso mientras Deborah lucía la común de Canadá.

Debajo de la chamarra de Deborah se adivinaba el ajustado pantalón negro que vestía, un traje atípico para lo acostumbrado en la categoría femenina. Su cabello se encontraba amarrado en una cola alta, peinado de forma desenfadada mientras que su rostro lucía un maquillaje oscuro e intenso que resaltaba sus grandes ojos. Su presentación prometía encandilar al público. Comparado al traje vintage que escondía la chamarra rusa, Deborah lucía peligrosamente atractiva.

Mila hizo una mueca al recordar lo muy cercana que parecía ser a Otabek. No quería siquiera pensarlo.

—No deberías acercarte a él. Si ya lo dejaste, deberías dejarlo en paz, ¿no? —Mila la miró a través del vidrio, con clara interrogante en su rostro. Deborah no se molestó en buscar la mirada en el espejo sino que permaneció con su expresión firme observando el perfil de la rusa—. Lo has hecho sufrir demasiado.

—¿Disculpa?

Oh… claro. Mila comprendió casi al instante cuando sus ojos azules se encontraron con los de Deborah, los cuales llameaban entre su color verdoso. Se veía genuinamente preocupada, aún si estaba equivocada sobre cómo se habían dado los hechos. De seguro, había creído a los rumores nacidos en Rusia, donde alegaban que Mila había cortado con Otabek para estar con Yuri. Y a eso se debiera su inicial comentario.

Mila hizo una mueca, encontrándose demasiado cansada como para tan siquiera intentar explicarle. Además, tampoco le interesaba lo que el resto del mundo creyera de ella. Ella sabía muy bien cómo es que habían ocurrido las cosas. Suspiró hastiada y al menos agradeció que aquello le sirviera de combustible para dejar de sentirse miserable: la rabia era un buen distractor.

A Deborah no le gustó sentirse ignorada.

—Espero que esta vez des lo mejor de ti. Voy a vencerte, pero no me lo dejes tan sencillo —dijo la canadiense, girando su cuerpo para abandonarla en el lugar. Mila torció su labio.

—Te deseo suerte —replicó, apoyando sus manos en el lavado mientras le dirigía una mirada encendida—. En la pista, y con él —aclaró. Mila no sintió remordimiento alguno de empujar toda esa amalgama de emociones y sentimientos anómalos hacia la ira—. La vas a necesitar.

Era una provocación. Así lo sintió Deborah, mientras le sostuvo la mirada con sus brazos cruzados y el mentón en alto, ya que Mila era un poco más alta que ella. Ambas, mujeres y competidoras, se enfrentaron en un duelo de miradas donde cada una comunicaba a la otra la profunda aversión mutua. No había medias tintas, era desagrado y antipatía lo que sentían por la otra, y mientras Mila estaba harta de seguir sintiendo todo eso por Otabek, Deborah estaba decidida a sacarla no solo del podio.

Y hubieran seguido así, enfrentándose indolentes al tiempo, si el llanto de un bebé no hubiera atravesado el lugar. Las dos giraron su mirada hacia la entrada, donde Isabella Leroy entraba agitada con su bebé en brazos. Deborah aprovechó para despedirse con una señal y una sonrisa confiada ante Mila, y la dejó  a solas con la mujer del ahora ganador del Skate Canadá en la categoría masculina.

Mila se dio tiempo de respirar cuando la presencia de la competidora desapareció por completo. El llanto de Collette también había menguado entre los mimos insistentes de Isabella, quien había adoptado un gracioso tono consentidor. Para Mila, fue imposible no mirar hacia la estampa donde la madre jugaba con su niña, para ver como la pequeña inflaba sus mejillas regordetas y jugaba a sujetarse con las manitas sus pies para obtener mayor atención. Todo mientras su madre se encargaba de limpiarla para cambiar su pañal.

Había visto tantas fotos de Otabek con ella que fue como si toda la rabia que había acumulado con la presencia de Deborah se esfumara de golpe, dejándola con la amarga sensación de los ahora imposibles ‘hubiera’. Mila volvió a apretar sus labios, obligándose a quitar la mirada. No quería pensar que esos hubieran podido ser ellos. Decidió que lo mejor era salir por su propia paz mental.

Por tanto, Mila recogió todo, decidida a alejarse de aquel futuro inhóspito y ya inalcanzable. Pero justo cuando estaba por llegar a la puerta, escuchó la voz calma de Isabella.

—¿Te encuentras bien? —Mila supo que la gente no pararía de notar lo miserable que se sentía. Apretó la garganta y se obligó a asentir—. Ayúdame por favor, ¡Collette está tan inquieta! 

Con sus pálpitos agitándose al punto de hacerla temer que fueran a escucharse en todo el estadio, Mila la miró de reojo. Isabella no parecía con problemas para contener a la bebé, pero notó que se le estaba dificultando un poco alcanzar su propio bolso para sacar algo de allí. Collette volvió a llorar, bastante efusiva, como si se sintiera muy mal. Antes de que Mila pudiera pensarlo, ya se había acercado para ayudar a la madre primeriza.

—Está agitada, parece que quiere darle fiebre de nuevo —comentó Isabella mientras la sujetaba con una mano de la pancita y con la otra buscaba algo en su bolso. Mila decidió extenderlo más cerca, mirándola en silencio. Collette ya pataleaba de nuevo, incontrolable—. Voy a tomarle la temperatura.

La patinadora observó el rostro compungido de la bebé y empezó a soltarle besitos en el aire, mientras le acariciaba la mejilla húmeda y llamaba su atención. Isabella aprovechó la distracción de la pequeña para colocar el termómetro bajo su axila, y luego empezar a vestirla. Después de eso, observó con una sonrisa conmovida como Collette tenía sus ojos fijos en Mila, haciendo un gracioso puchero.

Isabella no conocía nada de Mila, si era sincera. Solo la había visto de lejos en incontables ocasiones cuando acompañó a su novio y ahora esposo a sus competencias. A veces había cruzado con ella, sea en los baños como en esa ocasión o en las fiestas de las galas, pero nunca habían buscado conversar la una con la otra. E incluso, después de que ella iniciara la relación con Otabek, la cosa no mejoró. Otabek siempre fue bastante reservado en el pasado con J.J y a ella no le agradaba ver como su pareja era ignorada por el resto. Así que se tomó la tarea egoísta de acapararlo para que J.J no resintiera esa falta de compañerismo deportivo por parte de los competidores internacionales.  

Pero era mujer, y como tal, su empatía estaba con ella tras el quiebre de su relación con Otabek. No conocía los detalles porque J.J los había ocultado con el lema del “código de amigo”, pero lo único que sabía de labios del mismo Otabek, cuando se animó a preguntar, es que sus sentimientos parecían haber cambiado. Y por el rostro descompuesto de la rusa, era evidente que los de ella no lo habían hecho aún.

Retiró el termómetro y lo agitó para mirar la medición; sí, empezaba a darle fiebre. Lo mejor era regresar, aunque J.J estaba tan feliz con su Victoria que quería quedarse a apoyar al equipo femenino canadiense.

—Tiene una hija hermosa… —soltó Mila, enternecida con la visión de esos ojos rojos por el llanto y sus labios haciendo una tierna mueca consentida. Isabella cargó a su bebé y la acurrucó contra su pecho, donde la niña se agarró con fuerza para quedarse allí mientras sollozaba—. Siempre he estado viendo sus fotos…

—Es una princesa consentida, la verdad. J.J la tiene muy mimada —susurró con una sonrisa mientras repartía caricias en la espalda de la menor—. Aún me parece un sueño que esto esté pasando.

Mila observó con cuidado a Isabella, quien tenía su atención por completo en su pequeña. Tantas veces se había imaginado a sí misma en un cuadro similar y, sin embargo, aún con lo amargo que resultaba pensarlo, debía reconocer la calidez que Isabella exudaba estando así. Se veía plena y realizada.

—Recuerdo cuando J.J pasó al podio por primera vez. Empezó a aumentar su fama y había centenas de chicas detrás de él. En uno de sus viajes por las competiciones, J.J publicó en su Instagram una foto con dos chicas. Oh… ¡hubieras visto cómo me puse!  —Mila no podía recordar esa imagen en particular pero no fue difícil imaginarla, tampoco imaginar la reacción de Isabella—. Me enfurecí, ¡me sentí tan insegura! Teníamos una relación de años pero había escuchado tantas veces que no iba a funcionar, que terminaríamos siendo como hermanos y que él de seguro se aburriría de mí… que me lo estaba creyendo. En ese momento, lo sentí como una amenaza real. Fue tanto así que apenas llegó a buscarme, le arrojé todos los regalos en la cara y le cerré la puerta del cuarto. J.J estuvo durante horas tocando y pidiéndome perdón.

Perdida en el relato, Mila levantó su mano para acariciar la mejilla de la niña, quien dirigió su mirada hacia ella. Los pares  de hermosos y enormes ojos azules se miraron como si se comunicaran algo en secreto.

—Me costó mucho aceptarlo de vuelta, ¡estaba tan llena de miedo! No quería salir lastimada; pero al final decidí hacerlo. J.J buscó las mil y una formas de hacerme saber que no quería a nadie más que a mí, y cuando se acercó el inicio de temporada y el miedo de aquellos viajes lejos regresó, me pidió matrimonio.

—Yuri me contó de haber detenido dos bodas esa temporada —Mila dijo con gracia. Isabella también rio ante el recuerdo, aunque en su momento no había sido agradable—. ¿No pensaste que eras muy joven?

—Bueno, en ese tiempo se piensa menos y se siente más —eludió divertida—. No me arrepiento de cómo hicimos las cosas, de eso estoy segura. A veces imagino que hubiera pasado si perdía a J.J y… duele.

La mirada conocedora que Isabella le entregó no necesitó de palabras para ser comprendida. Mila pudo leer en sus ojos azules, la comprensión muda a sus sentimientos y no pudo evitar sentirse escuchada, a pesar de no hablar. En respuesta, Mila le dibujó una sonrisa agradecida. Sus ojos volvieron a enrojecerse al sentirse abrumada, pero se sintió bien esa cuota de entendimiento por parte de una mujer. Aún si no pudo mantener por mucho tiempo sus ojos en alto.

—Admiro mucho que estés aquí compitiendo —Isabella agarró su bolso para colgarlo en su brazo libre, antes de acercarse y dejar una caricia de consuelo en el brazo de la patinadora rusa—. Eres muy fuerte. J.J también lo cree.

—La gente espera lo mejor de mí, debo hacerlo —justificó, pero Isabella no tardó en renegar suavemente.

—La gente puede esperar, ¿pero, qué esperas tú? Eso es lo más importante.

Tras el encuentro en el baño, las palabras de Isabella dieron vueltas y vueltas en la mente de Mila, aún tiempo después, cuando esperaba en el pasillo las presentaciones del primer grupo. Con el peso del tiempo sobre su espalda, conforme iban anunciando a las competidoras ella sufría los estragos de la presión y su cuerpo, descompuesto por toda la carga emocional que venía cargando en solo dos días de competición. Estaba inclinada sobre su rodilla, dejando que una pierna se agitara inmisericorde contra el suelo, mientras sus ojos estaban en un punto fijo de la pared. Georgi, solo la observaba en silencio, sin tener idea de que más hacer para apoyarla y lograr que Mila se centrara en la competencia.

Aunque Isabella hubiera dicho que debía pensar en lo que ella esperaba, no podía dejar de ver lo que el mundo esperaba de ella. Intentaba enfocarse en eso porque era mejor hacerlo que recordar la conversación con Otabek, o a Deborah, o el hecho de que se iría de Canadá y ellos se quedarían allí con todas las posibilidades a su favor.

Apretaba sus ojos, estrujaba sus dedos, se frotaba los brazos, mordía los labios. Georgi veía como los nervios estaban comiéndose a Mila y sentía la impotencia de no saber ya cómo proceder. Se sentía demasiado inexperto en ese momento, tratando de recoger lo que Yakov hacía con él cuando se encontraba en esa situación y sin ser capaz de aplicar los mismos gritos para concentrarla. También recordaba cuando simplemente le daba espacio, en silencio, y aunque eso estaba adoptando, no parecía ser suficiente para ayudarla.

La vio levantarse y dirigirse con prisa al baño, de nuevo, algo que había hecho ya tantas veces que él había perdido la cuenta. Sin embargo, cuando la vio regresar, aún pálida, Georgi se obligó a hacer algo diferente ya que sus acciones no estaban ayudándola en nada. Se paró firme y recogió aire mientras cruzaba sus brazos para mostrarse lo más serio que le era posible.

—Mila, necesito que te concentres —habló con firmeza y estrujó sus cejas. Mila no tardó en levantar la mirada para observar a Georgi con vergüenza—. Entiendo lo que estás pasando, ¡Dios sabe que sí! Pero no podemos desconcentrarnos ahora. ¿No quieres ganar acaso?

—Quiero hacerlo…     

—Entonces necesito que te concentres y dejes todo eso atrás —sentenció, pero Mila solo bajó la mirada de nuevo apretando sus dedos entre sí—. Mila…

—Le escribí a Yuuri —Georgi escuchó y la miró con sorpresa, sin entender por qué lo habría hecho. Ya sabía a qué Yuuri se refería por la pronunciación—. Estoy esperando que me responda.

—¿Por qué a él?

Mila no respondió, solo apretó los labios mientras escuchaba, a través de los parlantes, el final del primer grupo y la continua actualización de las marcaciones. En el pasillo, todas las jóvenes patinadoras que se presentarían en el segundo grupo empezaron a  alistarse para entrar. Algunas ya estaban haciendo ejercicios de estiramientos, otras solo estaban sentadas en las bancas, concentradas con sus audífonos puestos. Solo Mila se veía evidentemente nerviosa ante el resto.

Georgi no pudo esperar a que Mila le respondiera, y le pidió que se pusiera de pie. En pocos minutos iban a llamarlos para entrar a la pista al calentamiento previo antes del inicio de las presentaciones. El peso de los gritos que se sentían a través de las paredes y el techo del estadio caían sobre ella, cada uno de ellos como un nuevo ladrillo que pretendía hundirla. Mila volvió a ocuparse en su respiración, en la forma en la que debía recoger el aire y dejarlo salir. Abrió sus ojos e intentó destensar sus hombros, agitando sus brazos para tratar de liberar la tensión en ellos. De nuevo, su estómago se había vuelto del tamaño de un puño y ella, mientras caminaba hasta la salida del pasillo con su entrenador, volvió a sucumbir al temblor en sus extremidades.

En el pasillo, volvió a dirigir la mirada a su móvil, sin respuesta alguna.  Mila apretó sus labios y su mandíbula mirando con un temor inusitado hacia la pista de hielo. La melodía que le tocaba presentar era la que más hablaba de su tema de temporada; la amistad que lo podía todo. Pero en ese momento, con lo destrozada que se sentía y lo vacío que estaba su pecho, ella no podía sacar nada para dedicárselo a Yuri. Mucho menos pensar en Yuri y en como quería ayudarlo, cuando era ella la que estaba ahogándose en sí misma.

Aún tenía la sensación de un grito de auxilio atorado, mientras se quitó la chamarra y miró con los ojos rojos a Georgi, quien le devolvió la mirada con preocupación. Dejó la prenda a un lado, junto a su móvil, y al escuchar los anuncios, apretó la mandíbula. Su traje de corte Victoriano tenía la falda negra y vino plegada acompañada de un corset que levantaba sus pechos, encerrados en una camisa de mangas voluminosas que se ajustaban en sus muñecas. Las mallas de color piel cubrían sus largas piernas, y el peinado dejaba caer bucles rojos sobre sus hombros cubiertos. En su garganta, una gargantilla negra con diseños vintage adornaba su cuello y unos delicados zarcillos de piedra complementaban el atuendo.

Las demás patinadoras entraron a la pista en medio de los aplausos, y Mila se vio obligada a soltar la barrera. Georgi contuvo el aliento mientras la miró unirse al equipo de chicas que estaban con las mejores calificaciones del programa corto. Las que más resaltaban eran las del trío que hasta el momento tenían las mayores posibilidades de quedarse en el podio. Angelina vestía un delicado y brillante traje rosa lleno de pedrería que se unía a su cuello, sin mangas, y un peinado elegante y formal que recogía todo su cabello para adornarlo entre cintas de plata. La participante china Zhao Yi Fei, en cambio, llevaba un ajustado vestido negro que cubría sus brazos y tenía un pronunciado escote en su espalda. El degradé del tono acababa en azul para los pliegues de su falda y parecían estar salpicados por estrellas del firmamento.

La más llamativa y la favorita de la competencia era Deborah, quien en medio del calentamiento desplegó su seguridad mientras vestía un traje negro ajustado, enterizo, que cubría sus patines blancos y llegaba a sus manos. El traje tenía detalles de transparencia que resaltaban las curvas de su figura entregándole un aura sensual y salvaje. Su maquillaje ayudaba también a resaltar esa aura de misterio y pasión que buscaba dar en la pista.

En medio del calentamiento, Mila solo podía sentir como la presencia abrumadora de las otras patinadoras, decididas a darlo todo, la aplastaban. También podía sentir las miradas preocupadas de Angelina, la chica que había estado acompañándola en el día anterior, y hasta escuchar la risita prepotente de Deborah en la punta de su oreja. Pese a que todas las demás aprovecharon para demostrar algunos de sus saltos y piruetas, Mila se dedicó a simplemente tratar de sentirse de nuevo ella en el hielo. A volver a verse con firmeza, a acostumbrarse al hecho de que estaba allí. No fue algo que los comentaristas dejaron pasar.

—Me preocupa la patinadora rusa, Mila Babicheva. No pareciera estar muy concentrada en su calentamiento.

Georgi levantó la mirada hacía el parlante y apretó los labios ya sintiéndose preso por la presión del público. De repente, y como si pudiera sentirlo como una corriente eléctrica en su espalda, Georgi volteó para encontrarse en las primeras gradas con la mirada potente y fría de Petra Kudryavtseva, observando con fría calma. Ella representaba en ese momento a toda Rusia.

Después de los minutos establecidos para el calentamiento, el teléfono sonó. Las jóvenes patinadoras abandonaron la pista y dejaron solo Mila sobre ella, quien acababa de tomar la barrera mientras intentaba tomar aire. Georgi posó su mano sobre la palma de la joven patinadora, inseguro de qué decir.

—¿El teléfono? —preguntó ella, mirándolo con desesperación, como si en ello estuviera la respuesta.  Georgi no recordaba haberlo escuchado, pero aun así, se lo extendió. Mientras los anuncios iniciaban, Mila desbloqueaba el equipo y buscaba aprisa la pantalla del chat.

Había una respuesta. 

—¡Iniciamos con la presentación de la patinadora rusa, Mila Babicheva! —Mila desatendió las voces, pidiendo con desesperación unos audífonos porque había sido enviada a modo de una nota de voz. Georgi no entendía demasiado, pero le entregó los suyos y la dejó escuchar—. Su tema de esta temporada es “La amistad que todo lo puede”, una frase preciosa que denota las intenciones de la rusa con su presentación.

—En el Skate América vimos una presentación loable, llena de fuerza y de sentimientos, con un despliegue artístico que destaca la participación de Georgi Popovich como su coreógrafo.

Georgi observó cómo los ojos brillantes y conmovidos de Mila le devolvieron la mirada, una sonrisa empezando a dibujarse en su rostro. Sin poder comprender nada, solo se mantuvo en silencio hasta que la rusa, sin aviso alguno, se colgó de su cuello dándole un fuerte abrazo. El público al ver la muestra de afecto entre entrenador y estudiante no tardó en aplaudir y agitarse de júbilo, mientras Mila apretaba la espalda de Georgi y parecía liberar toda la tensión acumulada.  Sin saber qué más hacer, le devolvió el abrazo con todas sus fuerzas, y al separarse, pudo ver un nuevo brillo en sus ojos, una confianza suave y sincera que brotaba de lo más hondo de Mila fue reflejado en sus irises y Georgi supo verla.

—Da lo mejor de ti, Mila —se vio incapaz de decirle algo más. Mila solo asintió y lo soltó, devolviéndole el móvil.

Sin dejar respuesta, se deslizó pero, contrario a lo que hubiera esperado, no se dirigió de una vez al centro, sino que dio una vuelta rodeando toda la pista mientras levantaba sus brazos hacia todo el público, saludándolos. Los aplausos y vítores por tal acción no se hicieron esperar.

Ella se puso en posición. Elevó su brazo derecho hacia el cielo, subiendo la mirada mientras su izquierda señalaba a su corazón.

« Hola Yuuri, soy Mila

« Sé que debes estar ocupado en tus propios asuntos, pero… necesito tu ayuda.

« ¿Recuerdas lo que te dije en Chicago? Ayer hablé con él.

« Estoy destrozada, al hablarle solo comprobé lo tonta que fui, mis errores y porqué lo perdí.

« No sé qué hacer, porque ahora estoy por presentarme, y me siento… hueca.

« Soy como un piano sin cuerdas, me siento vacía, me duele todo.

« Es como si tuviera un agujero dentro, no puedo parar de llorar cuando empiezo, e intento no pensarlo por más que me dé vueltas.

« Me dijiste que ganara el oro…

« Me dijiste que si él no podía vencerme en el hielo, no lo dejara vencer en mi mente.

« Pero Yuuri, él va ganando…

« Me está ganando, me siento derrotada, enferma y cansada…

« He llorado tanto como he podido pensando que será suficiente y siento que no sirve.

« ¿Cómo hiciste?

« ¿Cómo ganaste ese día que Víctor se accidentó? ¿Y todas las otras ocasiones?

« ¿Cómo eras capaz de patinar así?

« Yo… yo siento que no voy a poder hacerlo. Tengo ganas de vomitar y esconderme a llorar…

Yuuri Katsuki » Nota de voz.

[Light —  Sleeping at Last]

Al inicio de los toques de aquel piano, Mila bajó sus brazos hasta abrazarse a sí misma y luego se deslizó por el hielo, de espalda. Abrió sus brazos de nuevo, mirando a alguien que estaba con ella en la pista. Sus movimientos fueron precisos, suaves, abnegados. Mila se movió con fluidez para ahora patinar de frente, recibiendo el viento en la cara, mientras tomaba velocidad y sus manos se movían como si estuviera bailando en medio de una pradera rodeada de girasoles. Como si fuera capaz de tocarlos con la punta de sus dedos, mientras corría, saltaba, se sentía libre.

“Hola Mila. No te preocupes, puedo entenderte. No fue fácil salir a patinar durante ese tiempo, puedo entender cuando dices que sientes que lo quieres es estar encerrada y no ver a nadie en mucho tiempo. Yo lo sentí.”

Mila extendió su pierna derecha hacia atrás, inclinando su cuerpo al frente mientras acariciaba algo a la distancia y luego devolvía sus manos hacia su propio rostro, como si hubiera recibido una caricia en respuesta. Cambió la posición de su cuerpo, aumentando la velocidad mientras abría sus brazos para ahora girar con suavidad, luciendo como si abrazara la llegada de una acogedora lluvia de otoño. Una sonrisa se le dibujó, vistiendo sus labios.

“Cuando me tocaba patinar, solía tener un ritual. Cerraba los ojos mientras escuchaba la música. Siempre  ha sido en  el hielo el lugar donde más fuerte me siento; es mi escape, mi fortaleza. Recordé que en él puedo ser yo mismo. Así que, cuando cerraba los ojos, recordaba todo lo que he hecho desde pequeño en él.”

El primer salto se clavó, un precioso Axel triple que complementó con sus brazos al aire en un giro precioso que se llevó los aplausos del público. Mila soltó sus brazos en esa parte del programa, extendiendo las manos en el aire mientras invitaba a un ser invisible a seguirla, a tomarle la mano, a danzar en una laguna congelada donde se hallaban solos. No era un llamado para el amor, era un llamado para la compañía… y mientras ella tomaba aquella mano invisible, comenzó a girar en el hielo, con velocidad, atrapándolo a su pecho para luego bajar perfectamente girando en un mismo punto.

“Recordaba quien soy, y recordaba a quienes estaban allí conmigo. Pensaba en mis padres viendo el programa en Hasetsu, sin entender nada. Pensaba en mi hermana, seguramente atendiendo a los clientes mientras dejaba que mis padres disfrutaran del televisor. Pensaba en mi profesora Minako, en Yuuko, Takeshi y las trillizas pendientes a pesar del cambio horario. Pensaba en toda la gente que me apoyaba, en Yakov que estaba allí conmigo en silencio. En ti… en Yura.”

El combo que ejecutó dejó a más de uno en silencio. Una preciosa combinación de un Toe Loop triple con un Lutz doble, mientras clavaba perfectamente el filo y demostraba la calidad técnica que Mila rebosaba desde un inicio. Pero esta vez, sus pasos y presentación eran los que más resaltaban. La capacidad de interpretación que tenía al expresar con su rostro y sus gestos, extendiéndolo a sus pasos, aquella historia donde consolaba a un ente invisible, diciéndole que todo estaba bien. Que lo harían juntos y lo harían mejor. Por muy duro que fuera ese momento, por muy tristes que fueran las circunstancias, por muy oscuro que estuviera el cielo; había una luz que solo emanaba de esa persona y esa luz podría con todo.

Mila arrastró sus manos de nuevo hacia sí misma y ejecutó un triple Salchow, antes de retomar las piruetas con velocidad y fuerza, sujetando su pierna con un brazo en una impecable figura sobre el hielo. Sus giros, limpios y llenos de agilidad, movían sus bucles rojos formando una perfecta visión de fuego en medio de la lluvia. Como si el sol golpeara sus hebras e hiciera un arcoíris con ellas.

Ella misma, brillaba.

“Y al pensar en ello, solo iba. Me convencí de que antes de él yo ya estaba en el hielo. Que después de él, seguiría en el hielo. Y de que, quizás algún día, él volvería y me encontraría allí. Sé que puedes Mila. No estás sola. Yura y yo estamos contigo. Sé que Víctor también.”

Ella misma, era luz.

Mila soltó a ese ente, como si pudiera ahora acompañarla en esa danza de libertad, moviéndose con belleza y fuerza en la pista mientras clavaba su filo y ejecutaba piruetas en él. Porque esa persona que estaba con ella era ella misma. Era la Mila que se había esforzado desde pequeña a patinar. La Mila que recibía las palabras de ánimos de sus padres, la que era molestada por su hermana, y la que veía a las otras patinadoras deseando ser como ellas. Era la Mila que creció bajo el respaldo de Yakov, la Mila que vio a Georgi y Víctor competir mientras esperaba pacientemente hacer historia con ellos. La Mila que venció en la junior, la que subió a la categoría senior. La Mila que entendió que no necesitaba tener una pareja de baile en el hielo, para disfrutarlo.

Mila danzaba, se movía, brillaba en medio de un torbellino de luz como si sus pasos crearan vida. Ella vivía. Y recordó, que no necesitaba un compañero de baile en el hielo, tampoco en la vida. Ella podía seguir y ser feliz sola.

Ella estuvo antes de él en el hielo, y seguiría allí después de él, así sería. No hacía falta que volviera, porque ella no quería volver.

Cuando acabó su programa, los aplausos llovieron. Georgi conmovido, estaba aplaudiendo mientras sus ojos, anegados de lágrimas, miraban con profundo orgullo como su estudiante había logrado hacer su programa  ahora dedicándoselo a ella misma. Mila, percatándose así de su propia emoción, rompió en llanto como si fuera un sonido de pura libertad. Arrastró con delicadeza las lágrimas de su rostro, mientras agitaba sus brazos al público, y derramaba besos al aire.

Eufórica, regresó hacia la salida de la pista donde Georgi la esperaba con el rostro tan bañado de lágrimas como ella. No lo pensó cuando prácticamente se arrojó a sus brazos con una carcajada, cómo si solo recientemente hubiera podido recuperar la capacidad de respirar. Georgi logró mantener el equilibrio por ambos, pero eso no fue impedimento para casi tenerla alzada y cargada sobre él, apretándola con efusividad y cariño desmedido.

La imagen era transmitida en todas las pantallas, mientras los comentaristas hablaban de la magnífica presentación de la rusa, mucho más perfecta que la demostrada en América. Otabek miraba serio desde las gradas, donde J.J aplaudía e Isabella, a su lado, miraba con una sonrisa complacida la interpretación de Mila en el hielo. Ella, de reojo, quiso saber cómo había tomado Otabek semejante despliegue de fuerza en la pista. Su seriedad decía mucho, pero fue mucho más elocuente cuando Otabek giró su mirada hacia la esquina de aquel espacio, donde Leo de Iglesia y Juan Luis Vargas soltaban cuánto aplausos, gritos y silbidos les era posible, uniéndose a la algarabía de la gente, compartiendo esa misma alegría. 

Observó en silencio, sacando sus propias conclusiones.

En Rusia, ya Yuuri veía los resultados desde su móvil, tras haber salido del hotel con el abrigo impermeable azul oscuro cubriendo sus vaqueros, una camisa de rayas celestes y un suéter oscuro. Ya la tabla había sido actualizada y empezaban a filtrarse las imágenes de la celebración de Georgi y Mila en el Kiss and Cry. Se la veía tan desbordada de felicidad y de llanto que su rostro ya enrojecido e hinchado lucía aun así precioso. Abrazaba a Georgi como si no quisiera hacer nada más.

Fue inevitable no soltar el aire con alivio, y no tardó en escribirle felicitaciones, que seguramente tardaría en leer. Yuuri levantó su mirada, y trató él mismo de sobreponerse a su propio agujero mientras veía la noche en Rusia, tan helada como recordaba, y a algunas personas que pasaban cerca a la intervención donde estaba el hotel. Yuri había ido a buscar su moto, para traerla y así irse juntos. 

Entonces lo sintió. No pudo estarse equivocando. Tampoco le sorprendió aquel hecho, porque más bien habían tardado en percatarse de su presencia en Rusia. Yuuri trabó la mandíbula ante la ineludible sensación de ser observado, y giró su mirada hacia la derecha, para enfrentarlo. Allí estaba, el periodista no estaba buscando pasar desapercibido, y lo miraba mientras apuntaba la cámara y sacaba una nueva fotografía. En ese instante, el sonido de la moto se acercó y Yuuri sintió que su estómago se había convertido en un cúmulo de nudos que seguían creciendo y retorciéndose conforme el ruido se acercaba. Frente a él, Yuri se detuvo con la enorme moto y su chamarra marrón con un tigre grafitado en su tela. Tras el casco, se podían adivinar los mechones rubios que sobresalían y por el vidrio los ojos claros de Yuri.

—Listo —escuchó la voz de Yuri, mientras éste le extendía el casco. Yuuri solo sintió la presión de esa mirada y la de otras. Como si de repente todos lo observaran. Como si hubiera miles de ojos puestos sobre él.

Tardó. Tragó grueso mientras tomaba el casco y lo apretaba con la yema de sus dedos. En medio del momento de duda, Yuri entonces enfocó su mirada al frente, notando al fin la presencia del periodista y empezando a sentir los mismos síntomas de Yuuri, pero con la incertidumbre de si  en ese momento deberían mejor despedirse y descartar la salida que habían planeado. Sin embargo, en un acto de pura rebeldía de parte de Yuuri, se puso el casco e inmediatamente se acomodó en la parte trasera de la motocicleta, abrazando a Yuri para sostenerse. Esa fue confirmación suficiente para que Yuri acelerara su vehículo, y ambos desaparecieran de aquella calle, dejando los flashes derramándose tras ellos y a algunos cuantos transeúntes que habían logrado identificarlos, señalándolos…

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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