Matryoshka II (Cap 21)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 21. Skate Canadá: Cuando decimos adiós

El público gritaba su nombre cuando fue anunciado por los comentaristas el inicio de su presentación. Jean alzó sus brazos aceptando las ovaciones, y se retiró su chamarra para dejarla a manos de su esposa. Su hija había tenido que dejarla a manos de Nathalie, porque estaba bastante inquieta y parecía fastidiada. El traje era un conjunto donde su camisa con un degradé en amarillo desde sus hombros hasta el blanco en su cintura se unía a un pantalón amarillo. La camisa con semi transparencia y las mangas anchas y sujetadas a su muñeca, tenía adornos de huellas de manitos pequeñas en distintos colores por delante y por detrás. El diseño había sido idea de una diseñadora oriunda de Canadá, quién entendiendo los deseos de J.J, había pedido que su hija dejara huellas de colores en tela para ella fijarlas al traje. Era como si Collette hubiera jugado con pintura sobre él.

Se separó tras un beso corto con su esposa, y se deslizó en medio de los aplausos hacia el centro de la pista. Alain Jr, mucho más calmado, se acercó a la baranda para ver a su hermano mientras el público lo vitoreaba. Los aplausos acabaron cuando se puso en posición, sus manos agarrando a su corazón como si lo tuviera en el pecho, con una devoción palpable. La música entonces empezó a sonar.

[Children — Escala]

Las voces de un grupo de niños riendo, jugando, llamándose, llenó la estancia. Dio la media vuelta, con la misma posición de sus manos mientras se escuchaba el sonido de las risas de los niños en la interpretación. Con una sonrisa en el rostro, volvió a girar con lentitud como si les tomara la mano a todos esos niños. Sus pasos eran lentos, llenos de belleza y emotividad, expresándose incluso en su rostro; mostrándose conmovido, como si viera el rostro más hermoso sobre la tierra. Justo cuando el violín empezó a sonar, su velocidad aumentó. Se deslizó en el hielo con suavidad, moviendo las manos y abriendo los brazos como si cargara a un niño del suelo para hacerlo volar en el aire y luego cobijarlo en su pecho. Su patinaje era así, mostraba a través de sus expresiones la infinita gratitud que tenía, el amor que le provocaba y los deseos de proteger que nacía para cada una de esas criaturas.

Para Jean, era como recordar el inicio desde el nacimiento de su hija Collette. Lo pequeña y frágil que se vio en sus brazos, la primera vez que la vio bostezar, aquella oportunidad en que con su manita se agarró fuertemente a su pulgar para que no se alejara. Cuando inevitablemente le robó el corazón con sus ojitos grises mirándolo con atención.

Sus piernas se movieron con velocidad en la pista, dando un par de vueltas mientras recorría el largo y daba la espalda para prepararse para el primer salto. Mientras lo hacía, Jean rememoraba las noches de desvelo en las que tuvo que levantarse para atender a su hija en sus primeros meses. Cuando no supo qué hacer en su primera fiebre, o aquella vez en que vomitó sobre su camisa favorita. Quizás nadie entendería lo que significaba para él esa etapa. Quizás, pocos podrían lograr comprender el amor desmedido que le había nacido por esa pequeña nena que era capaz de doblegarlo con solo una mirada y encantarle con una sonrisa. Pero desde que Collete nació, Jean estuvo seguro de que daría su vida y más por ella.

El combo de un triple flip, un sencillo y un triple Lutz se alzó, provocando que el público soltara una exhalación. No perdió velocidad, y dando media vuelta, comenzó a patinar con mayor fuerza mientras sus piernas le permitían recorrer la pista. Sus manos se alzaban, se movían en el aire y hasta se permitió hacer un par de vueltas. Todos los ojos estaban sobre él, todos esperaban el momento en que lo hiciera, y cuando Jean se preparó por el frente para ejecutar el salto, todos sin disimulo contuvieron el aire y contaron los giros en el espacio para contar tres giros de un Axel.

—No ha sido un Axel cuádruple pero ¡que altura y que velocidad para el triple Axel! ¡Esto tiene que ser puntuado con la mejor puntuación en ejecución!

—Sin duda alguna, con este salto nos ha demostrado que tiene todos los elementos para hacer el Axel cuádruple. ¿Será que nos sorprenderá con él en la segunda parte de su programa?

Al caer, los aplausos de todo el estadio arreciaron sobre él mientras los pasos rítmicos y movidos de la nueva parte de la música aparecían. Instrumentos de viento que se unieron en la fiesta, acompañaban el baile de felicidad que J.J ejecutaba en la pista, mientras los aplausos de todo el público seguían al ritmo de la percusión. Jean realmente no estaba pensando en la competencia, ni en los puntos, mucho menos en sí ganaría (estaba seguro de ello); solo pensaba en todo eso que lo movió desde el minuto que decidió que su tema sería plenitud y estaría completamente abocado a su hija. Desde el momento en que entendió por qué su padre decía que conocería el mayor amor del mundo cuando fuera papá.

Jean saltó y una preciosa combinación de piruetas provocaron estallidos de júbilo, mientras la velocidad incrementaba. En ningún momento, Jean dejó de sonreír. En su memoria estaba fresco cada momento compartido con su hija, haciéndole fácil el desestimar todos aquellos comentarios que en su momento aseguraron que, tal como Víctor Nikiforov con su año sabático, él perdería todo el logro alcanzado.

No sería así, porque su hija era su impulso, su fuerza, la razón por la cual luchar y llevar su cuerpo a su límite. No era así, porque cada vez que despertaba de madrugada, aprovechando que su esposa dormía y aun sintiendo a su cuerpo quejarse por el cansancio desmedido que las prácticas y sus esfuerzos por ejecutar el Axel cuádruple le dejaban; caminaba hasta la habitación de su bebé solo para verla dormir, con sus brazos extendidos en el aire, las piernitas separadas por el pañal, los labios ligeramente separados que al recibir una ligera caricia, no dejaban de sonreír.

—¡Éste es el cuarto cuádruple ejecutado!

—Un bellísimo salchow cuádruple, eso es lo que hemos visto. ¡J.J ha vuelto y lo ha hecho por todo lo alto!

—Y se está preparando para otro. Vemos una complicada entrada a través del águila para ejecutar un… ¡Lutz triple!

—J.J nos tiene en vilo con cada segundo que pasa de su presentación mientras esperamos el anhelado Axel cuádruple, pero parece que no lo veremos en Canadá.

“No… no pienso ejecutar el Axel cuádruple. No empañaré el logro de mi hermano, no hace falta.”

No lo iba a hacer, y aunque sabía que su hermano podría tomar aquello como un enfrentamiento desleal, J.J estaba abocado en otra cosa. Sus movimientos fluidos e intensos mostraban la fiesta que había en su corazón por su hija. Y en medio de los aplausos el llanto de Collette había menguado mientras veía en el televisor la figura de su padre danzando en el hielo. J.J había dejado de lado el salto no solo por su hermano sino para demostrarle al mundo que no lo necesitaba para ganar. Que tenía todo para hacerlo así como era, y que aquel salto solo sería una firma más para agregar a su complicado estilo de patinaje que muy pocos lograban comprender.

No es aquí donde quiero mostrarlo.”

J.J hizo un nuevo salto, clavándolo todo con una ejecución perfecta que tenía a todo el público completamente embelesado con la presentación. Imaginar la risa de su hija, sus palabras extraviadas y la mirada brillante, era el impulso que tenía para bailar inclinando su cuerpo en el hielo y volviéndolo a alzar en piruetas mientras sujetaba su pierna hasta alzarla a lo alto. Soltaba su extremidad con gracia y volvía a patinar recorriendo toda la pista, hasta que el momento final había llegado. Sus puntajes ya eran altos y no había duda de que con un programa excelente y saltos ejecutados a la perfección ganaría. J.J había demostrado que no necesitaba el Axel cuádruple para ganar.

Mientras daba las últimas piruetas, alzando sus manos y con una velocidad que nadie pondría en duda, Isabella veía conmovida el final del programa. Alain Jr estaba a su lado, sonriendo al ver a su hermano hacer el movimiento final y terminar entonces la presentación con los brazos apuntando al cielo. Todo el estadio estalló en aplausos y vítores sin demorar en arrojar distintos peluches y flores al hielo mientras Jean recibía las felicitaciones, inclinándose ante el público. Había sido una preciosa presentación, sentida, que había dejado en claro que a pesar de no haber ejecutado el Axel cuádruple, tampoco le era necesario.

Otabek lo supo desde un inicio, el Axel cuádruple no sería lo que le daría la Victoria de J.J porque J.J siempre estuvo por encima del resto. Solo Yuuri Katsuki había sabido hacerle frente con su tenacidad, después de Víctor Nikiforov; más ahora con el campo libre, sería difícil superarlo. Como competidor, sintió la sangre arder ante la perspectiva de lo duro que tendría que luchar con la siguiente presentación para seguir manteniendo su primer puesto en la pista.

—¡Ésta ha sido una presentación prodigiosa! ¡J.J hace el J.J Style en la pista y todo el estadio le sigue al unísono!

En efecto, cuando realizó la emblemática señal, todos los que estuvieron allí no dudaron en decir “It’s J.J Style” complementando la exclamación con los aplausos. J.J abandonó la pista con una sonrisa triunfante, a pesar de que estaba sonrojado y sudado por el esfuerzo, ya sintiendo como sus piernas se resentían por el efecto del programa. Al llegar a la salida vio allí a su esposa ya esperándole para abrazarlo y obtener el beso en sus labios, así como sus padres, y uno de sus hermanos quien alargó a Collette hasta los brazos de su padre cuando empezó de nuevo a llorar para buscar su atención. J.J le llenó la cara de besitos cortos y a través de la cámara se pudo ver como la niña se aferraba al cuello de su padre esbozando un gracioso y conmovedor puchero.

Jean no necesitaba ganar en la pista para demostrar que era un ganador en la vida, y Otabek observaba todo eso en silencio. Su voz se sintió rasposa cuando los vio dirigirse al Kiss and Cry y luego el peso de la mano del padre de J.J llegó a su hombro, anunciándose que era momento para prepararse. Jean tenía todo para ganar la competencia, pero él no podía rendirse. Para bien o para mal, su programa libre era una despedida y él estaba en medio de una. Era perfecta para mostrar sus emociones al rojo vivo.

Se quitó la chamarra de su país y la dejó en brazos de Alain padre, aprovechando para distender sus hombros con un movimiento circular. Su camisa de un tono azul acero era de una tela semitransparente y vaporosa y su pantalón en un tono plomo se acoplaba perfectamente al grosor de sus muslos. Puso las cuchillas en el hielo y le quitó los protectores para dejarlos en manos del padre del J.J que con una mirada serena y confiada, le demostraba su pleno apoyo. Otabek no quiso prestar atención a los números ni a los aplausos que estallaron cuando fueron anunciados los números de J.J. La diferencia… era notable.

—Puedes hacerlo —le aseguró el padre del canadiense, enfocando sus miradas en los ojos dubitativos de Otabek que empezaban a sentir el peso de la presión—. Enfócate Otabek, tienes algo que decir con tu programa.

Ligeramente tenso, Otabek asintió antes de soltar la barrera y empezar a deslizarse al centro. Rodeó la pista con un movimiento firme y los aplausos y gritos del público lo avalaban, esperando entusiasmado el último programa libre de la categoría masculina.

J.J estaba liderando el primer puesto. Otabek levantó la mirada y la enfocó no en la tabla de puntuación, ni en las banderas de Kazajistán que se ondeaban con la de Canadá. Dirigió sus ojos hacia donde pudo identificar estaba Mila, con su chamarra rusa y su cabello rojo como el fuego. Su mano derecha entonces se extendió hacia ella y su rostro, que estaba en la misma dirección que su brazo extendido, se inclinó hacia su hombro mientras se mantenía con los ojos cerrados. Mila, de inmediato, se sintió presa de cualquier movimiento que Otabek fuera a realizar en la pista.

[Oblivion – Zirah]

Cuando los violines entraron, Otabek recogió su brazo para llevarlo a su pecho y golpear sobre él, como si recibiera una puñalada. Sus pasos se movieron hacia atrás, con lentitud, y una ligera curva provocó que abriera sus piernas y se extendiera como si estuviera a punto de resbalar de un precipicio al vacío. Sus pasos eran sentidos, pesados, húmedos. La expresión en su rostro distaba de la usual pasividad y seriedad que siempre lo habían caracterizado, mostrando por el  contrario, un profundo dolor. Otabek se deslizó de espalda al hielo, como si se alejara de lo que más amaba por obligación, sintiéndose en los movimientos de sus brazos una necesidad impetuosa de aferrarse.

Se deslizó con una pirueta alta, extendiendo su pierna a lo largo. Luego la recogió en una pirueta corta. Al levantarse, sus movimientos se hicieron más veloces e impetuosos, como si corriera en un pantano, escapando, huyendo, como si se tratara de un criminal aún si la voz y la carga emocional de la música hablaba otra cosa.

Hablaban de un amante despidiéndose.

El primer cuádruple se clavó con velocidad, un precioso salchow cuádruple que luego acompañó de una pirueta alta. Otabek seguía moviéndose con soltura, elevaba la mirada y se despedía, con cada movimiento de sus brazos, con cada expresión de su rostro, con la velocidad y fuerza de sus piernas.

Dentro de él, estaba Mila. Estaba la primera vez que se acercó y la molestia de Yuri intentando interponerse para que no se relacionaran tanto. Recordaba las curvas de su cuerpo desnudo, los sonrojos de sus mejillas redondas, ese coqueto gesto de morder sus labios cuando bromeaba y lo acogedor que era su abrazo. También estaba Yuri, su cabello rubio, su sonrisa picarona, el brillo de sus ojos de soldados en contraste de esos rojos que mostraron el alma de un niño quebrado por la soledad. Vio a la Mila madre que lo abrazaba, a la Mila novia que le lloraba por no saber cómo ayudarlo.

Y él, en el medio, jugando con ambos sentimientos como pólvora a punto de estallar en sus manos.

Justamente estalló.

El público contuvo el aliento con el nuevo combo ejecutado, un toe loop cuádruple acompañado de un loop y una triple Axel. De nuevo, se deslizó en el hielo con velocidad, formando un zig zag desde su espalda, al tiempo que extendía sus manos hacia ese ser amado de quien se alejaba, cantándole una última vez con el dolor de saber que era un para siempre. Un adiós rotundo. Un final para una historia que él hubiera no querido acabar.

“Yo me encargaré de lo que siento”, eso le dijo Mila, con la ferocidad de la próxima reina de hielo. ¿Qué haría él con los suyos? La imagen de su novia vestida de blanco como tantas veces la imaginó se diluía ante sus ojos, mientras clavaba un par de piruetas veloces para intentar apartar aquella horrorosa sensación de pérdida que avanzaba segundo a segundo con cada nota y letra de esa canción.

Ella desaparecía, al igual que los dos pequeños niños, la casa, la pared llena de sus medallas y la presencia de Yuri al lado de ambos, feliz por tener una familia consolidada cerca. Era consumido por el fuego.

Moría…

Otabek ejecutó otro cuádruple, abrió los brazos como si sacudiera unas cadenas, y los llevó de nuevo a su pecho agujereado, empujando fuera de sí todo el dolor, toda la miseria que sentía ante la pérdida. Ahora corría, corría entre el pantano, corría y huía buscando un final a la oscuridad. Alejándose en el exilio, porque ése era el castigo autoimpuesto: el exilio. De la vida de Mila, de la vida de Yuri. Él mismo había decidido ese camino.

Las piruetas se ejecutaron con desesperación. Las manos de Otabek se alzaban a su cabeza para luego empujar hacia los lados, mostrando la agonía de un hombre que lloraba y sufría, cuyo único consuelo era saber que esa persona en algún momento volvería a llamar por él. Pasos rápidos, voraces, sentidos… hasta que llegó al final. Cayendo a la locura, perdiéndose en su mente, derrumbándose.

El público contuvo el aliento. Mila miraba con sus ojos grandes la caída del hombre que amó, y contuvo un grito en su garganta, apretando duramente su puño contra su pecho.

Pero al llegar al acantilado, Otabek se detuvo. La velocidad paró de golpe y dio una media vuelta. Su presentación acabó con ambas manos cubriendo su rostro y su figura encorvada en señal de derrota.

Se encontró agitado, absorto, agujereado de por vida por sus propias emociones a flor de piel. Los aplausos arreciaron sobre él, cayendo como lluvia. Otabek levantó el rostro y cerró sus ojos con ganas de llorar. Alzó su brazo en un puño y sintió el sabor amargo del vacío.

Sus labios apretados en una mueca guardaban el dolor y lo que había significado patinar el programa justo ahora. Se sintió cobarde…

Los comentaristas no tardaron en alabar su presentación como sentida y profunda. Cuando Otabek abandonó la pista, sostuvo el aire en su estómago ante de sentir la palmada de Alain padre, casi sacándolo del hielo de un golpe. Otabek apretó el puente de su nariz y colocó sus protectores, sintiéndose enfermo de todas las emociones que había dejado fluir en esa pista. El pantano estaba en su pecho, ya lo sabía. La confusión, el horror y las ganas de quedarse creaban un pantano en su interior.

Caminó sintiendo sus piernas dentro de bloques de concreto y se sentó en la banca, recuperando el aliento mientras fruncía su ceño copiosamente. Sus manos temblaban sobre sus rodillas mientras intentaba no enfocar sus ojos en la imagen de su amigo junto a su esposa e hija. Seguramente el cuadro entero estaría cerca.

Los números se actualizaron y el estadio estalló en júbilo. Su puntaje lo había dejado en el segundo lugar, con una diferencia de cinco puntos en comparación a J.J, quien se quedó con el  primer puesto al mismo tiempo que su hermano, Alain, pasaba a reubicarse al tercer lugar. Mientras el público aclamaba a J.J y los comentaristas daban cierre al evento masculino, Otabek alzó la mirada hacia donde había visto a Mila, haciéndosele imposible verla al ya estar todos levantados.

Alain padre lo instó a moverse. Todo se estaba preparando para la entrega de las medallas. Cuando caminó entre todos recibió felicitaciones varias de compañeros y competidores, pero lo sentía todo distante. Luego la palmada de J.J intentó devolverlo a la realidad pero él no fue capaz de levantar su mirada. Otabek sentía que el agujero se iba acrecentando, ganando terreno en su interior, y profundizando sus raíces hasta hacerse irreversible. Soltó el aire, casi sintiéndolo silbar, y buscó entretener su mirada en cualquier cosa mientras sentía filas de hormigas viajar bajo la piel de su rostro.

Cuando fue dado el anuncio, los tres patinadores que alcanzaron el podio en el Skate Canadá se deslizaron en la pista entre los aplausos. J.J mostraba orgulloso su medalla de oro y la besó ante el público, mientras Alain Jr hacía lo mismo con su medalla de bronce. Otabek se mantenía inmutable, luciendo su medalla de plata aún invadido de mil emociones y sin decidirse en mostrar ninguna. Los brazos de J.J agarrándolo del hombro para posar frente a la cámara no cambió eso.

Los aplausos llovían, la felicidad era palpable, y Otabek solo tenía ganas de llorar. Sus ojos rojos y frustrados fueron lo único que gritaron lo amarga que era esa Victoria.

Luego de su “hablemos”, fue el silencio el que sobrevino. Silencio y una mutua certeza de que aquel tema de conversación terminaría saliendo a luz y que ambos lo entendían; sabían que las cosas se harían insostenibles cuando ese punto saliera a colación. Yuuri se dio su tiempo, alargó aquella espera un poco más mientras se levantaba, caminaba hacia la consola y observaba sin expresión la medalla de oro en sus manos. Yuri no pudo pensar en estar por más tiempo de pie, así que se sentó en el mueble, esperando. El televisor fue apagado, al igual que la Tablet e incluso los teléfonos. Nadie debía perturbar ese momento tan importante para ellos.

Tras un suspiro profundo, Yuuri regresó hasta el mueble, sentándose a unas palmas de distancia. Yuri lucía derecho, nervioso, con sus manos juntas entre sus muslos mientras intentaba contener la manía de llevarse una a la boca. Yuuri, en cambio, se había sentado encorvado, con su cabello lacio golpeando ligeramente la montura de sus lentes, su expresión cansada y dolida, su mirada opaca sobre la medalla.

—Cuando me escribiste todo eso el día que Minami y yo tuvimos la rueda de prensa, lo primero que pensé es que al verte te pediría perdón —esas fueron las sinceras palabras de Yuuri, dichas con voz calma y gesto apesadumbrado, sin quitar la mirada de aquel brillo dorado—. Sé que te lastimé y que fui injusto. Supe en ese momento que, a pesar de los años, no me habías perdonado.

¿Era así…? ¿No le había perdonado? Yuri mordió su labio inferior, viéndose confrontado ante aquella demoledora verdad. ¿Había perdonado a Yuuri? ¿O necesitaba hacerlo ahora? Había estado tan preocupado por verlo, por saber cómo actuar ante él; tan desesperado por estar delante suyo que no se había detenido a pensar en ello, hasta que ejecutó su programa en el Skate América.  Necesitaba escuchar de Yuuri unas disculpas, era cierto, pero ¿qué iba a hacer él con ellas? ¿Usarlas de aval para perdonarle?

¿O ya lo había hecho?

—¿Esperabas que lo hiciera? —Cuestionó. Yuuri se encogió de hombros, inseguro de tener una respuesta a esa pregunta—. ¿Entonces qué esperabas?

—No sé, que las cosas fueran como siempre…

—Te fuiste sin decirme nada de tu plan de retirarte, a pesar de que siempre estuve ahí para ti, para todo lo que tú quisieras… ¿de verdad creíste que era tan fácil como llegar y que las cosas fueran como siempre? —Yuuri renegó ante las palabras que brotaban de Yuri con ligero malestar y frustración.

No… ya lo había perdonado. Pero la herida seguía aún allí. Aunque aceptara que eso hubiera ocurrido, y entendiera en parte las razones que lo llevaron a lastimarlo, eso no mitigaba el dolor de la herida ni el vacío de la ausencia. No quería reclamos, no los sentía válidos a esa altura. En cierto modo, solo quería la seguridad de que, si se daba la oportunidad, aquello no volvería a ocurrir. Que Yuuri no volvería a abandonarlo de ese modo…

Ya no importaba bajo que nombre.

El darse cuenta de ello no resultó relevante en ese momento, pero Yuri lo dejó apartado en un lugar donde luego buscaría analizarlo a conciencia.

—¿Sabes cómo me sentí cuando anunciaste tu retiro? —Aunque Yuri intentara controlarlo, su voz se filtraba entre cuerdas flojas—; un imbécil. Así me sentí, como un maldito imbécil. Yakov lo sabía, tu amiguito lo sabía, y yo, que estuve a tu lado en todo momento ¡no tenía ni puta idea de algo tan importante! —Yuuri apretó sus labios, con los ojos nuevamente enrojecidos pero incapaz de levantar la mirada y justificarse—. ¿Sabes cómo me sentí? Engañado, traicionado… ¡Pensé durante meses qué demonios había hecho mal…!

—No fue tu culpa.

—¿Qué importaba eso? —le interrumpió, sin deseos de escucharlo en ese momento. Yuri le miraba con todo lo que tenía acumulado, y encontró que pese a haberlo perdonado, aún dolía. ¿Qué clase de perdón era ese entonces?

¿No que perdonar era recordar sin dolor? No parecía ser algo que se consiguiera con solo desearlo. Yuri quería a Yuuri Katsuki en su vida aunque doliese, sin embargo, no podía evitar sentir aún el dolor formando raíces y removiéndose mientras producía aún más dolor.

—No me importó si fue o no mi culpa… así lo sentí —continuó, apretando sus puños contra sus muslos—. Lo sentí por mucho tiempo. ¡Y fue peor cuando mi…!

No pudo mencionarlo. El recuerdo de su abuelo llegó con fuerza, atropellándolo, por lo que Yuri se quedó tieso y apretó todos sus músculos, como si con ello pudiera obligar a sus lagrimales a no soltar la congestión que allí se formaba. Y ciertamente, no pudo. Las furiosas lágrimas se derramaron sobre sus mejillas y Yuri se odió por mostrar ese momento de debilidad; el recuerdo de aquella tarde de la noticia lo había destrozado.

Se había encontrado solo; solo corriendo a Moscú, solo odiando a su madre, solo soportando la pérdida. Yuuri debió estar allí con él… Yuuri debió estar a su lado tal y como él lo estuvo, mas no fue así.

No, no había perdonado. Y Yuri lo supo cuando empezó a quebrarse; no había perdonado porque aún dolía la soledad en el que él y su madre lo habían arrojado. Eso era algo que no iba a cambiar aún si recibiera el abrazo tardío de Yuuri y la fuerza con la que buscó cubrirlo con su cuerpo, con desesperación. No importaba si ahora sentía las caricias en su cabello, la soledad seguía allí. Yuri lloró en los brazos de Yuuri sabiendo que era lo que hubiera querido hacer un año atrás y no pudo. Que ahora aquello no valía de nada. Que era demasiado tarde, para muchas cosas…

—Perdóname… —Yuuri le susurró, apretándolo con fuerza contra su cuerpo, sin intenciones de dejarlo ir. Aún si Yuri ya era más alto que él y su contextura fuera mayor, Yuuri no dejaba de verlo como aquel chiquillo que había llegado a desafiarlo en los baños de Sochi, y en el Ice Castle. El chico que le inspiraba tantos deseos de proteger, y que, por esos precisos deseos, había tenido que abandonar—. Perdóname…

—¡Cuando murió mi abuelo…! —Intentó hablar, atorado con las lágrimas y su propia desesperación de detenerlas—. ¡Tú no estuviste! ¡Yo esperé…! ¡Al menos un… un mensaje!

—Lo lamento, Yura…

—¡No me digas Yura! —Gritó, zarandeándose entre sus brazos mientras apretaba los puños en el pijama de Yuuri, en una contrastante acción que demostraba cuanto dolía tenerlo cerca y cuánto lo necesitaba a su vez—. ¡Me enferma que me llames así! Me recuerda… ¡cuán imbécil…!

“Fui al confiar en ti…”

Yuuri fue capaz de completar la frase en su cabeza y apretó sus labios en respuesta, mientras lo sostenía. Yuri temblaba entre sus brazos y él no encontró otra manera de transmitirle su arrepentimiento que acariciando su espalda y cabello, permitiéndole desahogarse. Yuri dijo otras cosas más, como cuánto lo detestó en aquel momento, cuánto se arrepintió de todo el tiempo que le dedicó, que creyó haberlo odiado, y que en ese momento no sabía cuánto aún había de todo ello. Yuuri sabía que no podía haber odio porque entonces no lo buscaría de la manera en que lo hacía, pero estaba seguro de que sí había aún resentimiento, rencor. Y que tendría que soportarlos.

Yuri lloraba y Yuuri veía la nada en la pared con los ojos rojos y nuevas lágrimas cayendo al vacío. Su garganta se apretó y se sintió incapaz de hablar, mientras ahora Yuri vociferaba la pregunta que más le dolía escuchar. ¿Por qué se fue? ¿Por qué no le explicó? ¿Por qué no lo buscó después? ¿Por qué castigarlo con el silencio por años? ¿Por qué abandonarlo de esa manera…? ¿Por qué? Yuuri temía dar esa respuesta…

—Ni siquiera… —Hipó, afectado por el llanto que no paraba mientras restregaba su frente sobre la camiseta mojada de Yuuri—. Ni siquiera cuando abuelo…

—Me enteré tarde… Yuri —se obligó a modular el nombre sin apelativos, extrañándolo de inmediato.

—Hubieras llamado, hubieras escrito. No importaba si había pasado un puto año.

—Pensé que ya era tarde…

—¡Y una puta mierda, Yuuri! —recriminó sin alzar su rostro, pero mostrando el temblor en su voz—. ¡No te importó! ¡No te importó un carajo cómo estaba!

—Sí me importó, Yuri —intentó justificarse, más Yuri renegaba entre sus brazos—. Tenía miedo.

—¡Miedo de qué! —Alzó la voz y el rostro, mostrándole a Yuuri cuán quebrado se encontraba. Sus ojos verdes ahora llenos de rojo—. ¿De mí? ¡Me conoces! ¡O creí que lo hacías! ¡Renegaré, gritaré, patearé, pero yo…!

—No miedo de ti, Yuri —le tomó con fuerza de sus hombros, mostrándole también que sus ojos, aún hinchados por haber llorado toda una noche, tenían la facilidad de partirse en más pedazos—. Miedo de mí… Tenía miedo de mí. —Yuri se mantuvo en silencio, sintiendo el frío penetrando en su espalda—. Miedo de lo que me pasaría si te veía. Me había costado demasiado mantenerme firme, necesitaba enterrar a Víctor a como diera lugar y entre eso… estabas tú.

Yuri dejó de temblar. Sus pupilas empequeñecidas y rodeadas de rojo fueron lo único que temblaron mientras hacía esfuerzos para delinear la figura de Yuuri Katsuki frente a él. Se obligó a tragar, y el calor que ardía en todos lados se convirtió en una intensa nevada. Tiritó solo por la sensación de tener hielo en las venas.

—Lo hiciste a propósito… —Una nueva lágrima cayó de sus ojos verdes—. Sabías… sabías que me destrozaría y lo…

—Sí, lo hice a propósito. Estaba consciente del daño que te haría al hacerlo y aun así, lo hice. —Yuri soltó la camiseta de Yuuri, lentamente—. Sabía que te lastimaría y decidí hacerlo. Fui egoísta, pero esa fue la decisión que tomé.

Esa fue la decisión que tomó; destrozarlo a pesar de las consecuencias. Destruir lo que habían formado. Huir.

Yuri atoró los gritos en su garganta y su rostro enrojeció producto de la nueva amalgama de sensaciones que se apresuraron a subir. Sus ojos enrojecidos no dejaron de estar fijos en él, pero su visión se volvía humo. Solo sintió fuego navegando en las venas y al mismo tiempo hielo cayendo en su espalda. Él estaba decidido, eso lo sabía; cuando Yuuri tomó esa decisión, estaba decidido… pero llegó a pensar que había sido tan imbécil de dejarse llevar por lo que ocurría con Víctor y el dolor de la separación, que no midió el daño que le haría a él de forma colateral.

No, no fue daño colateral, fue premeditado. Calculado con esmero, revisado con atención y alevosía. Planificado y ejecutado con profunda precisión. Yuuri Katsuki lo había amputado de su vida porque eso fue lo que decidió.

Eso…

Yuri no midió cuando se le había ido encima. En un arranque de ira e impulsividad, había arrojado a Katsuki al mueble y se había puesto sobre él para golpear, reiterada veces, el hueco entre la cabeza de Yuuri y su hombro, apretando con cada puño el acolchado relleno. Eso no mitigó su angustia, más bien ésta incrementó con cada golpe que era incapaz de encajar en el rostro de Yuuri y sentir que era, a su vez, imposible observar su reacción. Pero Yuuri estaba dispuesto a eso, incluso había considerado que cada golpe que llegara a recibir era más que merecido. Sin embargo, ninguno cayó sobre su rostro, solo las lágrimas de Yuri caían, mojando sus mejillas y su nariz; aquello fue peor golpe que el sentir esos nudillos en su piel.

Entonces se detuvo. Yuri dejó de golpear y se contuvo temblando a horcajadas sobre el cuerpo de Yuuri con los puños firmes contra el mueble. Temblaba como si fuera a desarmarse y su largo cabello le cubría el rostro, mirándolo con profunda decepción. Yuuri se obligó a pasar la saliva que se había quedado acumulada en su boca, mientras lo observaba con los lentes descompuestos. La escena le había recordado a lo que ocurrió con Víctor en Barcelona. Su reacción había sido similar…  

—Ahora sé que eso es lo que vale mi amistad… —dijo con un sollozo atorado y la rabia moviéndose entre sus cuerdas vocales—. ¡Una mierda! ¡Eso es lo que vale! —Otro par de lágrimas cayeron sobre el rostro de Yuuri, una sobre el vidrio de sus lentes. Yuuri se obligó a callar, conteniéndose mientras ahora sentía el puño de Plisetsky agarrando la tela de su franela, arrugándola con fuerza—. ¡De nada sirvió…!

—Tú no querías solo mi amistad, Yuri —la voz salió acartonada, y Yuri se meció con fuerza, agitando sus dorados cabellos mientras intentaba no se le pegaran a la cara.

—¡No vengas a justificarte con tus estupideces! —Bramó, cediendo al impulso de zarandearlo a través del pijama. Yuuri sujetó fuertemente la muñeca del ruso para contenerlo y así, demostrarle que tampoco iba a permitir que lo violentara.

—No son estupideces —aseguró, apretándole con fuerza la muñeca—. ¿Creíste que no me daría cuenta? ¿En verdad creíste que no lo vería? —Los ojos de Yuuri le miraron en medio de la irritación de su mirada, con fuerza y determinación. Empujó el miedo lejos para por fin enfrentar aquel punto álgido que habían dejado pendiente entre los dos—. Reconozco que no supe cómo actuar cuando me di cuenta de cómo habían cambiado tus sentimientos hacia mí. Que allí estuvo mi error, y que fui un cobarde al no tener la fuerza de enfrentarlos entonces.

Yuri se detuvo, casi convirtiéndose en una estatua de piedra cuyo único calor provenía del que irradiaba esa mano apretando su muñeca, y de los ojos de Yuuri mirándolo fijamente. Con su mirada agitada y perdida, observó a Yuuri con horror mientras podía sobreentender en esas palabras su mayor temor. Yuuri no podía saberlo, ¿cierto? No podía haberse dado cuenta, ¿cierto? ¿De lo egoísta que fue? ¿De lo que buscaba hacer? Del deseo que tuvo por él… ¿del deseo que aún existía?

—¿De qué hablas, cerdo? —le salió con temor, y Yuuri torció una mueca, apretando sus labios con cierto fastidio y reprensión.

—¿En verdad tengo que decirlo? —cuestionó, alzando su barbilla y mostrándose muy superior a pesar de estar bajo su cuerpo. Yuri tembló, sintiendo una corriente helada besar su nuca—. Es cierto que tardé en darme cuenta, pero cuando lo hice… —Yuuri sintió que la camisa, de nuevo, era soltada por la mano de Yuri—. Cuando lo hice, tuve miedo.

—Entonces, —dijo casi sin voz, con las pupilas empequeñecidas mirándolo con horror—, ¿ese fue el plan? ¿Destrozar mis sentimientos…?  ¿Te costaba tanto simplemente… rechazarme?

Yuuri bajó la mirada, la dejó a un lado, echándola a volar hacia la mesa donde el computador y otros aparatos descansaban. Por esa reacción, Yuri sintió un frío aún más fuerte metiéndose en sus poros, acariciando su espalda, pero el fuego volvía a emerger por todas partes. Recordó el toque de Víctor al abrazarlo a la madrugada, recordó el modo en que lo apartó.

Debería odiarte y no puedo.

Tú te metiste en lo nuestro…

Las palabras de Víctor cayeron con fuerza y formaron el panorama que hasta ese momento, él consideró un imposible. La fuerza del ruido en su cabeza lo dejó paralizado mientras enfocaba la mirada en la garganta de Yuuri, sintiendo como las llamas se abrían como largas lenguas de fuego por todo él, lamiendo su propio cuello. Tuvo miedo, pero tuvo deseos. Quería saberlo, y al mismo tiempo no quería ser parte de ello. El peso de la sombra de Víctor le caía en su espalda, cubriéndolo como una manta, aplastándolo; mientras que debajo se hallaba Katsuki, encendiendo llamas. Una posibilidad distante volviendo a tomar fuerza.

—¡Dime! —Yuri lo sujetó ahora de los hombros, zarandeándolo bajo él, tratando de ignorar la voz que le decía que ya lo tenía como siempre quiso. Yuuri apretó sus labios. Los mordió con fuerza—. ¡Dime por qué no simplemente me lo echaste en cara! ¡Por qué no me rechazaste!

—Entonces… ¿lo admites? —Yuuri volvió a dirigirle la mirada. La única respuesta que recibió fue la mano de Yuri abriéndose por completo sobre su hombro, para luego deslizarse por sobre su camisa hasta su corazón, y sentir los golpeteos que el corazón de Katsuki dejaban contra su palma—. ¿Admites que no querías ya solo mi amistad? ¿Qué esperabas de mí algo más?

 —¡Solo responde la maldita pregunta…! —escupió con fuego, el fuego que empezaba a sentir irradiado como brasas sobre su torso y abdomen.

El corazón de Yuuri latía eufórico, y el suyo propio corría al mismo ritmo, amenazando con abrirle las costillas. Los ojos marrones de Yuuri estaban brillantes, llenos de rojo por el llanto, rojo por el miedo, rojo por el fuego decisivo que le recorría. Él nunca dejaría de ser esa gasolina pegada en su piel en una noche de lluvia. Nunca dejaría de encender llamas que lo consumieran aún si estaba bajo una tormenta.

—No… no era tan sencillo —aseguró Yuuri, apretando su garganta para tragar grueso—. Durante muchos días pensé en que ocurriría si te confrontaba con ello, e imaginé tus reacciones. Te imaginé insistiendo, te imaginé pretendiendo que no era así. Imaginé muchas cosas. Y yo… yo no me vi con fuerzas para confrontarlo. No me vi capaz de contrarrestar un: él no te merece.         

Eso… eso es lo que hubiera dicho.

—Te imaginé —insistió Yuuri, cerrando sus ojos mientras tragaba con fuerza y sus pálpitos aumentaban su ritmo bajo la cálida palma de Yuri—, te imaginé proponiéndomelo. Me imaginé yo haciéndolo, cediendo, decidiendo hacerlo. Solo por despecho… Solo porque podía. Solo porque estabas al alcance y sería… fácil.    

Porque solo él podría hacerlo sentir tanta agua y tanto fuego al mismo tiempo. Yuri soltó el aire en un jadeo contenido. Sus ojos verdes miraron a Yuuri con el asombro y el terror marcados en sus irises, y fue incapaz de decir palabra alguna al escuchar, al imaginar, aquel terrible escenario. Un escenario parecido al que ahora tenía en sus manos, porque con la fuerza con la que lo había tirado, la camiseta de Yuuri dejaba ver un poco de su abdomen trabajado por el ejercicio y las huellas de las estrías. Porque estaba bajo él, enrojecido, a pesar de que no fuera de excitación, con el cabello desordenado y los lentes descompuestos.

Una estampa tan parecida a aquellas que habían aparecido en sueños en un sin fin de ocasiones, y en ellas, él arrastraba su mano por el rostro redondo de Yuuri para buscar sus labios, y el beso era correspondido. En esas imágenes, él reptaba su cuerpo sobre el de Yuuri mientras el beso tomaba fuerza y sentía los brazos de Yuuri apretándolo contra él. Imaginó muchas veces esa caricia en la nuca que Yuuri se encargó de darle durante aquel beso lleno de licor. Se derritió pensando en lo bien que se sentiría esa misma caricia mientras lo penetraba… Todo eso volvió de pronto como lluvia de fuegos sobre su espalda y el terror lo inmovilizó al notar en esos ojos marrones la certeza de que ese fuego seguía allí. Se sintió desnudo, expuesto…

—No estaba preparado, Yuri —continuó, tomando nuevamente la muñeca que dejaba posar la palma de Yuri contra su propio corazón, para apretarla, obligándole a sentir como ese músculo latía fúrico—. Estaba dividido entre seguir con Víctor y destrozarlo. Estaba entre amarlo y odiarlo —su voz sonaba hueca, carente de fuerza—. Yo lo amaba con la misma fuerza con la que quería lastimarlo para ver si así reaccionaba… Pero si yo hubiera hecho…

—Lo hubieras matado…

Víctor no lo hubiera soportado. Y aún aunque siguiera con vida después de eso, sería un ente sin alma viviendo en la oscuridad por no sabía cuánto tiempo. Esa era una realidad que él mismo no hubiera soportado y sabía que Yuuri tampoco hubiera tenido capacidad de hacerlo. Tal y como había pensado en aquella mañana dentro de los locker del estadio, su amor estaba condenado nada más al nacer. Ahora quedaba muy claro.

—Te hubiera matado con él —Yuuri afirmó, tragando nuevamente piedras. Movió por fin una de sus manos y recogió varios mechones dorados para ponerlos detrás de la oreja. Era una caricia mínima, una caricia tan ínfima que dolía ver el escalofrío que dejó en el cuerpo de Yuri el solo darla—. Fue la única salida que encontré, Yuri… la única para no enfrentarme a tu amor, ese que tanto me hacía falta, y lo egoísta que puedo ser por llenar un vacío que solo quería que Víctor llenara. Me dio miedo… reconocer hasta dónde podía llegar mi egoísmo. A veces sentía que me asfixiaba, que me quedaba sin aire cuando pensaba en las posibilidades. Y solo quería esconderme y no sentir más…

Los mechones volvieron a caer fruto de la gravedad y Yuuri pudo ver como estos enmarcaban la mirada de nuevo húmeda de Yuri. Lo vio tragar aire, pestañear hacia la puerta y volver a enfocar su mirada congestionada sobre él, aún apresado en la montaña de peso que ahora representaba Plisetsky y que, para su pesar, no se sentía nada mal.

Yuuri contuvo el aire cuando Yuri dejó caer el rostro contra su clavícula. Se mantuvo quieto cuando lo sintió reptar por su cuello, dejando que sus mechones acariciaran la piel expuesta y el aire de su aliento le golpeara allí por donde pasaba, erizándolo. La mano de Yuuri soltó la muñeca para sostenerlo del hombro, aunque sus pálpitos habían aumentado significativamente.

—Tienes razón —entonces Yuri habló, con la voz afectada. Su nariz alta y respingada acarició y dibujó una línea sobre el cuello de Yuuri—. Tienes toda la razón, cerdo. Si te hubiera visto dudar, ni loco te hubiera dejado pensarlo…  Era tan estúpido en ese tiempo para hacerlo… Hasta hace unos meses seguía siendo ese mismo estúpido.

—Sé que no me hubieras dejado salida… —asintió Yuuri, apretándose mientras sentía el calor que Yuri irradiaba sobre él—. Sé que no hubiera querido buscar ninguna. Aunque inmediatamente después de irme me di cuenta de que hubiera cometido la peor de las locuras y me sentí culpable de solo pensarlo…

—¡Es que imaginarlo era tan genial…! —Soltó con una risa ahogada, mientras dejaba caer todo su peso sobre Yuuri, provocándole una incómoda reacción. A Yuri no le importó, solo se dejó caer, abrazando ese fuego que siempre lo había consumido y dándose por vencido—. Imaginaba que cedías, como cuando nos besamos.

—¿Besamos? —inquirió Yuuri, con la voz afectada por la poderosa cercanía corporal—. Yuri, nosotros nunca…

Volvió a reír. Yuri volvió a reír y Yuuri se tensó como una cuerda en sus manos, reprimiendo un jadeo cuando sintió el beso mojado en su cuello. Plisetsky, sobre él, reía sin aire, con el dolor hueco sacando zumbidos de su pecho mientras sentía los furiosos latidos de Yuuri contra su palma. No estaba pensando, solo sintiendo. No estaba razonando, solo viviendo. No sabía cuándo tendría oportunidad de sentirlo así de nuevo, y aunque sabía que era momentáneo, quiso vivirlo, así…

—Nos besamos, katsudon… —Yuuri se erizó. Subió sus manos para hacerse puños sobre la camiseta de Yuri, como si intentara contenerlo—. Nos besamos, en Japón —Yuuri sintió a su corazón retumbar del miedo—. Estabas tan borracho que no lo recuerdas, pero te fuiste sobre mí, te restregaste. Tenías una gloriosa erección igual a la mía —Yuuri soltó un jadeo de sorpresa al escucharlo—. Fue el mejor jodido beso de mi vida. Aún puedo saborearlo…

—No… —emitió quedamente, con pasmo.

—De hecho… me acariciabas, así…  —Yuri deslizó su mano libre bajo la nuca de Yuuri, haciéndolo temblar cuando sus yemas acariciaron y arrastraron mechones de cabellos negro.

Yuuri lo reconoció… esa indudable caricia que descubrió su efecto en Víctor, cuando le hacía el amor, cuando estaba sobre él penetrándolo. Lo poderoso que era arremeter contra su cuerpo y acariciarlo de ese modo para derretirlo en sus brazos. Una caricia que aún no había probado en Takao…

—Se sintió bien, tan bien —la voz erógena de Yuri golpeó contra su oreja y Yuuri se removió bajo su cuerpo, su corazón golpeando sin detenerse—. Pensé que te había alcanzado… pensé que te haría mío. Pensé que sería la noche más intensa de mi vida hasta… que lo nombraste.

El furtivo fuego que Yuuri empezaba a sentir con la cercanía, se apagó de un solo soplido al escuchar esa última frase. Sus manos se quedaron estacionadas sobre los hombros de Yuri, mientras sentía el aliento golpear el hélix de su oreja, y el temblor de su piel sobre él. Se había imaginado el escenario y su mente le permitió rememorar esa mañana que despertó con la jaqueca producto de beber. La sensación pastosa de un beso sentido en sus labios, y como él mismo, al saborear el nombre de Víctor bailando entre sus encías, se había convencido de que solo era la sensación de un beso que ya no se habría de repetir, producto de un sueño.    

Pero no, no fue un sueño. Yuri acababa de decirle que fue real y que ocurrió algo que él jamás hubiera deseado. Se sintió estúpido al creer que podría alejarse a tiempo, cuando ya todo lo había dejado destrozado desde antes. Yuri entonces pasó sus labios por la mejilla ahora húmeda de Yuuri. De nuevo había empezado a llorar por el espanto que sus acciones pasadas habían dejado sobre su piel. Besó una, y dejó que los cabellos dorados cayeran sobre el rostro del japonés mientras lo miraba. Yuuri tardó en devolverle la mirada arrepentida a él.     

Todavía estaba enamorado. Todavía, no le había perdonado. Todavía lo amaba, y le dolía, pero lo ansiaba cerca. Todavía, y sabía que esta vez no era Yuuri quien tenía que poner los límites, sino él. Él quien tenía que dibujar las fronteras, porque ya no se trataba de si Yuuri cedía o no. Ya no se trataba de ser correspondido o no. Se trataba de Víctor… Por eso reía, por la surrealidad de sus emociones, por los inesperados eventos y por como él había cambiado.

Había dejado de ser un mero testigo de una historia de abandono, cobardía y miedo. Había pasado de ser el perdedor que no le dejaron competir, a convertirse en el mejor jugador que estuvo a punto de vencer a Yuuri. Siempre compitió, logró hacerlo, fue Yuuri quien perdió la batalla en su corazón. Una Victoria amarga, pero Victoria al fin. Yuri jamás imaginó que al menos saber que hubiera podido ganar, le llenara de algo que le había faltado por tanto tiempo: confianza en sí mismo.

—Siempre quise tenerte así —confesó con resignación. Se sintió bien hacerlo así, sin ansia, sin espera—. Siempre pensé que sería lo más excitante que viviría en mi vida.

—Lo hubiera sido, sí… —aceptó Yuuri, liberando la presión que había dejado en sus hombros mientras Yuri, con los ojos húmedos, lo veía como si se estuviera despidiendo—. De hecho, aún podríamos hacerlo. Estoy soltero —sugirió y Yuri sonrió de lado, renegando. Ya sabía lo que Yuuri estaba buscando de esa respuesta, lo había llegado a conocer lo suficiente como para saber que lo detendría en caso de ceder a la fácil carnada que había dejado en el suelo.

Yuri era más inteligente que eso. Más inteligente que el saco de hormonas que había llegado a ser. Sin embargo, la invitación era necesaria para dejar todo zanjado entre ellos. Para no dejar nada en el aire y enfrentar así cada una de las decisiones tomadas y sin tomar.

—No, ya no quiero —le aseguró con calma mientras le miraba dulcemente—. Quiero que te quedes como mi amigo —a Yuuri le tembló la mandíbula, conmovido.

—¿Ahora sí soy amigo? No cerdo, no katsudon, no mi único mejor amigo es…

—Amigo —le interrumpió antes de que mencionara aquel otro nombre que ahora dolería escuchar. Pegó su nariz contra la mejilla redonda y soltó el aire—. Mi amigo. Eres pésimo como pareja.

Yuuri soltó una risa ahogada, sabiendo que estaba en lo correcto. Yuri también le dirigió la mirada, sonriendo en medio de las lágrimas que aún caían suavemente.

—Perdóname… —le dijo Yuuri, con la mirada brillante y llena de dulzura—. Perdóname por haberte lastimado, por no saber cómo enfrentarte. Perdóname por haber pensado en usarte… perdóname por ser un cobarde.

—Te amo, Yuuri…

—Perdóname, por no poder corresponderte de ese modo.

—Perdóname por haberte hecho responsable de mis sentimientos.

—Perdóname por no hablarlo… —Sobrecogido, abrazó la espalda de Yuri mientras lo sentía pegarse más sobre él.

—Perdóname por no haber querido escucharte —el rostro de Yuri se pegó contra su cuello, apretándolo también contra su espalda.

—Perdóname por haber pensado en un mejor modo de evitar que fueras tras de mí.

—Perdóname por haber sido tan predecible de no ir por ti.

—Perdóname por no haber estado cuando ocurrió lo de tu abuelo.

—¡Esa fácil no te la voy a perdonar…! —Yuuri soltó el aire con una risa ahogada—. Perdóname por no haber entendido tu silencio.

—Perdóname por no luchar por nuestra amistad.

—Perdóname por dejarte solo…    

Y perdón. Perdón por dejar pasar el tiempo, por dejar que el rencor entrara, por ser débil para no ver que había más que odio. Perdón por no ser fuerte, por no soportar, por tener miedo, por huir. El desfile de perdones que se decían, así abrazados, con el calor de sus cuerpos que ya no buscaban una salida carnal, fue analgésico. Yuri sintió que la herida que Yuuri había abierto y había golpeado con la verdad, dejaba de arder y se convertía en un dolor llevadero. Yuuri sintió que de algo había valido la pena hacerse pedazos en Rusia, si al menos podía contar con ese calor. Porque los perdones siguieron y, cuando acabaron, vinieron los ‘te perdono’. Te perdono apretados, calientes, húmedos, envolventes; reales. Con la verdad en las manos, con las heridas abiertas, con las certezas…

La certeza de que su amor hacia Yuuri jamás tendría una salida sexual y que decía adiós a ese sueño.

La seguridad de que estarían bien así.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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