Matryoshka II (Cap 20)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 20. Skate Canadá: Cuando sentimos rencor

Cuando su cabeza volvió a caer por la gravedad y el peso de su cansancio, una vez más, Yuri Plisetsky tuvo que reacomodarse en aquel cómodo mueble de la recepción del hotel, mirando hacia todos lados por si alguien lo había notado cabecear. Avergonzado por haberse quedado dormido de nuevo y viendo que nadie lo había notado, respiró hondo antes de volver a consultar la hora. Estaba cerca del amanecer. El hotel Astoria lo acogió sin mediar preguntas, aunque al inicio pudo notar las miradas intrigadas del personal al verle entrar para luego quedarse allí, en los muebles. Su intención era subir, pero en cuanto pisó el lugar pensó que quizás ya era demasiado tarde. Yuuri debería al menos descansar.

Durante esas horas de espera, se había permitido pensar en qué es lo que debería hacer ante esa situación. Víctor le había reclamado de nuevo algo que ambos habían mantenido en silencio durante los últimos meses. Eso solo le daba pie a pensar que aquel evento salió a colación en su conversación con Yuuri. ¿Pero de qué modo? ¿Víctor lo había reclamado? ¿O acaso lo hizo Yuuri? ¿Se habría dado cuenta de lo que sentía? La intriga lo iba a matar…

Moviéndose inquieto en el mueble, no tardó en volver a quedarse dormido con la cabeza escondida entre sus brazos, ahora apoyados sobre aquel posa brazo acolchado y un cojín que atrapó de paso. Al cabo de unas horas, sintió que alguien lo llamaba tocándolo tímidamente en el hombro. Al abrir los ojos, se encontró con la visión de unas bonitas piernas largas y un par de pechos atrapados en el uniforme del hotel. Saboreó su propia saliva espesa por el sueño y se estiró mientras se frotaba la cara.

—Señor Plisetsky —Llamó la joven encargada mientras recogía un mechón de cabello caoba tras su oreja enjoyada—. ¿No le parecería más cómoda una habitación?

—¿Qué hora es?

—Nueve de la mañana, señor.

—¿Y Katsuki…?

—¿Vino por él? —Simplemente asintió mientras se echaba la maraña de cabello rubio hacia atrás. Debería recortarlo un poco…—. No se ha despertado aún, o al menos, no ha pedido el desayuno. ¿Quiere que lo llamemos y anunciemos su visita?

—Sí… ¿Víctor Nikiforov estuvo aquí ayer? —La muchacha hizo una mueca.

—Sí, parece que el encuentro con el señor Katsuki no fue agradable como esperábamos. No estoy autorizada para decir más.

Yuri asintió y volvió a frotarse la cara dormitada. Se levantó tal como la joven encargada se lo pidió y fue hasta el recibidor para esperar hiciera la llamada. Mas nadie contestó. El teléfono timbró hasta cansarse, pero la habitación parecía deshabitada. La conclusión de la encargada fue que seguramente aún siguiera dormido, por lo que le convidó a comer algo mientras continuaba su espera. Yuri aceptó.

Tras haber pedido una guarnición de muchos huevos, tocinos, panes y mantequillas, Yuri miró su celular intentando distraerse y esperar que el tiempo pasara. ¿Qué iba a decirle a Yuuri? No sabía, había esperado que primero Víctor y él hablaran para que, al saber cómo acababan ellos (y con la esperanza de que todo se arreglara), fuera más sencillo para él enfrentarlo luego. Pero no, las cosas no habían terminado de la mejor manera y él había acabado involucrado por mucho que hubiera intentado mantenerse al margen. Ese reclamo de Víctor se lo había dejado muy claro.

¿Si era así, si ya estaba metido en ese asunto hasta el cuello, acaso podría hacer algo entonces  para remediarlo? ¿Quería hacerlo?

Yuri miró el plato vacío, con una mano en su frente y el celular dando vueltas en la otra. Si ahora habían cortado; lo que Yuri traducía como el final de cualquier posibilidad entre ellos, eso significaba que ahora Yuuri era completamente libre. Significaba que ahora podría tener su mirada exclusivamente para sí, que podría tener aquello por lo que tanto luchó en el pasado. Pero tal como había concluido en las duchas aquella mañana meses atrás, tras la discusión por la foto de Víctor, Yuri sabía que no podría hacerlo. Aún si ahora tenía el camino libre e incluso con la seguridad de tener las armas para conquistarlo, sabía que no podría hacerlo. No podría ser feliz sacrificando a su paso la felicidad de Víctor.

La amarga situación lo dejó pensando, con la mirada perdida en los pocos comensales que había en aquel costosísimo hotel.

Lo ideal sería ayudar a Víctor a recuperarlo, hablar con Yuuri, hacerle saber lo que él ha visto de Víctor esos meses y rogar que el Yuuri que, según Víctor había dejado de amarlo, al menos lo perdonara por lastimarlo. Y ya después de eso, quedaría ver con el tiempo que es lo que ocurriría entre ellos tres. Si Hasetsu era factible para ese año, o si tendrá que esperar un poco más. Al menos estaba seguro de que Yuuri le tenía cariño, dado el modo en que aún lo llamaba, más un Hasetsu con ellos dos destrozados sonaba imposible.

O al menos Víctor, no sabía cómo había acabado Yuuri. Víctor aseguraba que Yuuri había dejado de amarlo y si era así, seguramente estaría mejor. Convencido de haber hecho lo correcto, apelando a su pragmatismo para salir adelante sin mediar en mayores consecuencias. Eso explicaría por qué aún seguía durmiendo, mientras que Víctor seguramente no habría pegado ojo en toda la noche.

Al mediodía, volvió a pedir que llamaran pero nadie contestó. La encargada le aseguró que Yuuri Katsuki no había abandonado aún la habitación, pero ya Yuri empezaba a impacientarse. Comenzó a dar vueltas en el recinto, y pronto notó que había un par de personas sospechosas con libretas en mano entrando al hotel. La tensión le llenó el cuello, sintiendo que sería cuestión de tiempo para que la prensa rusa estuviera detrás de Yuuri buscando la primicia. Solo esperaba que nadie en el hotel soltara la lengua.

Se hicieron las dos de la tarde y ante la negativa de respuesta a la llamada, ya Yuri empezaba a tensarse. ¿Yuuri no pudo cometer una locura, cierto? ¿No habría hecho algo contra sí mismo, no? Nunca lo intentó en el pasado, pero en su cabeza las más terroríficas posibilidades se le aparecían, temiendo darles una respuesta afirmativa. Lo peor era que el hotel no accedía a irrumpir a la habitación para comprobar el estado de Yuuri. No podían invadir su espacio y privacidad, no hasta que se cumplieran, al menos, algunos de los puntos de seguridad que tenían en su manual de procesos.

Comenzó a  dar vueltas, a mirar el reloj y a observar el camino al ascensor. Desde la distancia le hacía una señal a la mujer para que repitiera la llamada, viendo desde allí la respuesta negativa con un movimiento de su rostro. Ya tenía mordidos los labios, se sentía cansado, y el temor ganaba cada vez más terreno en su mente. Y lo peor era que ya había iniciado el Skate Canadá con el programa libre masculino y no faltaba mucho para que acabaran las presentaciones del primer grupo.

Miró nuevamente hacia la mujer, quien tras ya entender el mudo pedido, volvió a alzar el teléfono. Esta vez alguien contestó, y eso fue suficiente para que Yuri se levantara de un salto y corriera hasta el recibidor.

—Señor Katsuki, ¿se encuentra bien? —Yuri escuchó con el corazón en un puño, mientras la mujer le miraba con apremio—. Le escucho bastante débil. ¿Desea que le enviemos servicio médico? Nuestro hotel cuenta con un…  —Se vio interrumpida y se mordió el labio grueso mientras Yuri le miraba con preocupación—. Está bien. ¿Quiere que le subamos algo de comer? En la cómoda se encuentra nuestro menú exclusivo… —No parecía estar de acuerdo. Yuri no quiso esperar más y pidió el número de la habitación, mirando a la chica impaciente mientras se lo escribía en un papel aun manteniendo la comunicación con Yuuri—. Señor Katsuki, en este momento el señor Yuri Plisetsky…

No se quedó a escuchar. Corrió por el pasillo sin medir consecuencias. Pensó en tomar el ascensor, pero no había ninguno disponible y se negaba a esperar aún más. Por eso subió por las escaleras, saltando hasta de a tres escalones para llegar al tercer piso y buscar el número correspondiente en la puerta. Apenas la encontró, se detuvo frente a ella y golpeó con sus nudillos, antes de incluso pensar en respirar. Lo hizo varias veces mientras escuchaba sus latidos justo en la punta de su oreja.

Ya no sabía si había sido el esfuerzo por llegar, la carrera o su propio nerviosismo brotando por su piel al saber que detrás de esa puerta estaba Yuuri Katsuki. Sabía que lo vería, no tenía idea de en qué condiciones, pero lo vería, y ni siquiera había esperado a anunciarse para llegar. ¿Querría verlo? ¿Le pediría que se fuera? ¿Acaso…?

La puerta se abrió. Yuri se quedó con el aire retenido cuando la madera cedió y pudo ver al fin la figura de Yuuri Katsuki en pijamas frente a él. Olvidó incluso como respirar mientras observaba la estampa que le había abierto la puerta.

Sus ojos eran lo que más resaltaba de aquella estampa: lucían inflamados y rojos, como si hubiera llorado toda la noche. Su rostro mostraba una profunda pena y había una evidente ausencia de brillo en su mirada. Sus labios estaban mordidos y visiblemente resecos, pero había algo en la pesadez de su expresión que le aturdió más que todo lo demás. Con el cabello despeinado, Yuuri se hizo a un lado mientras dejaba la puerta abierta. Yuri aceptó en modo autómata.

Al entrar, la puerta fue cerrada. Yuri se dio tiempo de observar alrededor, pero no notó más que la cama completamente revuelta, la laptop apagada sobre la cómoda al lado de una bolsa, y la maleta. Volvió su mirada hacia Yuuri, quien mantenía sus ojos pegados al suelo, sobre sus pies cubiertos con calcetines y sandalias de plástico. Parecía estar esperando algún tipo de acusación, y esa sola impresión sirvió para acallar las preguntas que quería hacerle sobre lo que hubiera ocurrido, qué le dijo Víctor, que le había dicho él a Víctor a su vez… ¿qué hacía allí?

Apretó la mandíbula y se mantuvo en silencio.

—Estoy desde temprano llamando… —Se le ocurrió decir. Yuuri no habló—. Llamábamos y nadie contestaba…

—Lo siento… —Yuuri dirigió sus ojos hacia la cómoda de la habitación y Yuri pudo ver  descansando allí el frasco de pastillas. Comprendió… —. Acabo de despertar. Tuve que usarlas para…

Yuri no lo dejó terminar. Antes de poder evitarlo, sus brazos rodearon a Yuuri hasta casi hacerlo retroceder, sujetándose a él con fuerza y sin permitirle espacio para negarse. Lo sintió temblar en sus brazos, pero no le importó. El abrazo le dejó la sensación de haber estado atorado en el tiempo, esperando el momento propicio para surgir. Las manos de Yuri aterrizaron en la espalda y bajo su nuca de Yuuri, apretando los cortos mechones, y sintiendo la tensión abrumar el cuerpo del japonés. A pesar de verlo temblar, no menguó. Sentía que no podía aguantarlo más, y consideró incluso correcto el haber cedido a ese impulso.

—Yura…

—No digas nada —pidió con tono atribulado, mientras le apretaba aún más. Las manos temblorosas de Yuuri aún no habían respondido el abrazo, pero podía escuchar como su respiración se volvía caótica y hasta presentir las lágrimas que se avecinaban—. Si vas a cortar para quedar así, eres muy imbécil… —Lo escuchó jadear por aire con dificultad—. Ambos siguen siendo los mismos imbéciles.

Pronto, los sollozos de Yuuri se escucharon contra su hombro, y Yuri no hizo más que acogerlo en sus brazos, cubriéndolo, aprovechando que la altura y su cuerpo ahora maduro le favorecían. Yuuri lucía pequeño entre sus brazos, y era tan acogedor abrazarlo, que se preguntó cómo había podido vivir esos años sin aquello. Entonces lo escuchó decir perdóname, y eso fue suficiente para que en su garganta se creara una burbuja llena de agua. Porque Yuri también quería decirlo, pero sabía muy bien cuánto había necesitado escucharlo de él, desde hacía demasiado tiempo. Yuuri decía perdóname, mientras se aferraba a su espalda, respondiendo al abrazo y haciéndolo sentir incluso más unidos. Y ante esa lluvia de perdóname que Yuuri pronunció, Yuri solo contestó apretándole, lo que pareció ser  suficiente. Nadie pudo ser capaz de decir nada más…

Otabek levantó su mirada cansada. Sentado sobre la banca, veía la mano de Jean extendiendo la botella de agua en una muda invitación. Mientras tanto, el público de Canadá gritaba con el anuncio de la entrada del segundo grupo de patinadores para el programa libre. Ambos estaban preparados, ya que serían los últimos en participar.

Sinceramente, Jean se hallaba preocupado sobre cómo sería la actuación de Otabek tras lo ocurrido. La noche anterior había llegado con el rostro marcado por la desgracia y, por mucho que intentó saber lo que pasó, Otabek se había negado a hablar al respecto. Por otro lado, sus padres se  habían quedado toda la noche encerrados junto a su hermano sin permitirle acercarse; por lo que sentía que la gente a su alrededor, personas a las que quería mucho, estaban pasando por cosas donde a él no le permitían intervenir. Y aquello resultaba frustrante.

Al ver que Otabek simplemente renegó, Jean hizo una mueca con sus labios y cejas. No se veía nada conforme con su aparente inutilidad.

—¿Seguro estás bien?

—Lo estaré —aseguró, con el tono más falso que Otabek pudo usar.

Jean no lo creía, pero el llamado de su padre fue suficiente para hacerlos ir hasta la pista, donde ya los comentaristas estaban anunciándolos. Otabek se puso de pie con su chamarra emblemática y caminó adelantándose al resto. Su amigo lo miró apartarse mientras esperaba con una mano extendida que su esposa se acercara a él.

Isabella, quien ese día vestía un traje de sastre en un tono amarillo pastel que resaltaba la palidez de su piel, le tomó la mano mientras su hija le miraba desde su cómodo espacio sobre el hombro de su madre. Se chupaba un dedo, aparentemente cansada y con ganas de dormir.  Jean se acercó para besar su redonda mejilla sonrosada y luego compartir un beso con su esposa. 

—Estás tenso, Jean… —Le dijo ella, conocedora de que tras esa sonrisa había tensión. Y sabía por qué—. No te preocupes por ellos, Otabek es fuerte y tu hermano está en buenas manos. Tú has hecho todo lo que puedes hacer por ellos.

—Aun así…

—Aun así —Isabella le interrumpió, acercándose de nuevo para morderle suavemente el labio inferior, sin quitarle la mirada. Jean sintió erizar su nuca, y la inevitable atracción que su esposa creaba en él tuvo que contenerla apretando ligeramente bajo su espalda. Ella sonrió al verle los ojos brillantes y deseosos. Ciertamente con tanta gente alrededor y su hija, no habían podido intimar—, no es algo que deba preocuparte ahora. Tienes una medalla de oro que ganar. El rey J.J no puede dejarse vencer, ¿cierto?

—No sé qué haría sin ti…

Isabella sonrió, pero Jean se acercó para mudar esa sonrisa en un beso más húmedo. Tuvieron que arreglárselas para continuar y reforzar el beso, profundizándolo mientras se apegaban de un costado y preocupándose a la vez de no incordiar a su pequeña, quien ya comenzaba a dormitar. Jean no pudo contener a su mano traviesa, la cual se hundió bajo la camisa, apretando el seno de su esposa por sobre el brassiere. Ella jadeó, ansiosa, y apretó sin misericordia un glúteo de su esposo robándole un sobresalto y un gemido.  

Se separaron con las ganas navegando en la punta de sus dedos. Jean le acomodó la blusa a Isabella y luego dejó un beso sobre su frente. Ella le sonrió contenta y enamorada.

—Esta noche, le diré a mis papás que cuiden de Collette —Isabella sabía lo que aquello significaba, y esa certeza hizo sobresaltar su corazón.

—¿Y nosotros…?

—Iremos a celebrar mi nueva medalla de oro.

Ella estaba segura de ello.

Al salir  a la pista, Isabella dejó a su bebé en brazos de una de sus cuñadas, quien se apresuró a llevarla dentro para que el ruido y la iluminación no la despertaran. Se mantuvo agarrada de mano de su esposo, quien con la chamarra canadiense ocultaba la parte superior de su traje, saludando a todos con su mano libre en alza. Abrazó a su esposa de costado, y ambos, como si fueran una pareja real, saludaron a todo el público, provocando  en respuesta un estallido de aplausos y vítores dedicados a ellos.

Desde la distancia, Alain veía todo con el pecho encogido y sus manos apretadas y retorcidas entre ellas. Bajó la mirada, sobrecogido por la forma en que el público buscaba y admiraba a Jean, haciendo que su participación por su país fuera prácticamente innecesaria. ¿Qué haría él por Canadá? Canadá estaba seguro de que su máximo representante era J.J y no lo veían a él. Por más que se esforzara por demostrar su estilo de patinaje, demostrar que podía ser tan bueno como él; se sentía completamente aplastado frente a su hermano mayor. Y por mucho que sus padres aseguraran con denuedo que ellos sí reconocían su esfuerzo y confiaban en él, Alain sentía que no era más que una retórica programada para no desmotivarlo.

Además, uno de sus hermanos fastidiado con su inseguridad, le gritó en la cara que él solo había buscado seguir tras la sombra de su hermano mayor. ¿Por qué entonces escogió el patinaje? ¿Por qué siguió en la categoría masculina? Era como un autosabotaje, buscar justamente el camino donde su hermano destacaba. Aquello no hizo más que acelerar la caída mental que estaba sufriendo y era evidente en el temblar de sus manos.

Por su parte, Otabek también miró a la joven pareja, pero sus pensamientos fueron distintos. Mientras la tabla era actualizada con los puntajes que había hasta el momento, y presentando luego el orden del segundo grupo; él los veía sintiendo que había perdido algo sumamente importante en su vida. Bajó la mirada hasta sus pies calzados con sus patines, y luego intentó distraerse con lo que había a su alrededor, aunque la visión de Leo de la Iglesia a lo lejos, acompañando y dando ánimos al patinador mexicano, le abofeteó con fuerza.

Todavía tenía en su memoria grabado el cómo esos brazos habían acogido a quien fuera su novia, lo fácil que fue cubrirla. El modo en que el cuerpo de Mila encajó con el suyo. Y aunque sabía que sus celos no tenían fundamentos, que ese sentido de posesividad era ridículo, y que incluso, Leo tenía pareja desde hacía años, él sentía que le había quitado algo y no podía controlar esa amarga sensación.

—Ey. —Jean le llamó, y eso ayudó a volver a enfocar su mirada en otro punto que no fuera la piel tostada del americano y su brillante sonrisa despistada. Se enfocó en mirar la misma sonrisa ridícula en su amigo, pero pronto se percató que no era muy sincera—. Me estás preocupando, en serio. No puedes fallar ahora. Sea lo que sea que haya pasado ayer, no te lo pondré fácil —los ojos de Otabek permanecieron fijos observando a Jean con la mirada firme, empujando fuerza a través de ellos. Ya no estaba con Isabella y se escuchaba la voz de los comentaristas llamando al siguiente patinador—. Porque acabo de prometerle a mi esposa el oro de esta competencia.

—No voy a fallar —afirmó. No podía hacerlo, no frente a Mila. Iba a usar todo ese dolor para darle mayor fuerza a su programa libre y tal seguridad fue transmitida a través de sus ojos oscuros a Jean, quien respondió con una sonrisa y le palmeó el hombro. Luego lo miró dirigirse hasta donde su hermano se retorcía de nervios, ya que vendría después de que acabara el nuevo programa.

Observó allí la resistencia que tuvo Alain de recibir unas palabras de apoyo de su hermano y cómo éste se levantó para alejarse, con la tensión acumulada en la espalda. Sus padres también vieron todo desde lejos, visiblemente impotentes. Alain comenzó a caminar como si buscara salir de la pista y fue perseguido por Isabella.

Para ella, ya había sido suficiente observar y hacer silencio mientras las inseguridades de Alain golpeaban a su esposo, quien solo buscaba acercarse para darle ánimos y quien, durante esos meses, había estado apoyándolo sin descanso. Jean no merecía que Alain atizara sobre él su propia ansiedad, y no era justo que lo tratara de esa manera. La mirada triste y preocupada de su esposo fue suficiente para hacerle decidir tomar acciones necesarias que, aparentemente, sus propios padres no podían aplicar.

Cuando Alain entró al pasillo, con las manos temblorosas y la sensación de estarse ahogando de miedo, escuchó las pisadas apresuradas de los tacones contra el piso y se giró para notar la presencia de la esposa de su hermano. Apretó la mandíbula, harto de sentirse rodeados por todos mientras le decían qué hacer y confirmándole lo que era incapaz de creerse. No mediría su reacción, por ello, tampoco lo vio venir.

Recibió una fuerte bofetada.

—¡Ya fue suficiente! —Sentenció Isabella, mirando al muchacho que le superaba en altura gracias también a las cuchillas mientras este le devolvía la mirada sorprendida y acariciaba su pómulo lastimado—. ¡Compórtate como un hombre, Alain! ¡Deja de ser un niño!

—¡Es fácil para ti decirlo! No tienes que salir allí solo para ver que, da igual lo que hagas en la pista, ¡siempre lo van a ver a él! —Isabella lo miró llorar de frustración, exactamente igual como había visto a J.J años atrás. Reconocía esa desesperación en su rostro. Eran tan parecidos que no cabía duda de que eran hermanos. Dolía que no se diera cuenta que también eran parecidos en otras cosas.

—¿Entonces para eso estás patinando? ¿Para que la gente te vea? Si es así, es buen momento para que lo dejes.

El muchacho se quedó en silencio, pasmado, mientras escuchaba la frialdad con la que su cuñada le trataba. El cabello negro de Isabella estaba un poco más largo que en el pasado y caía hasta su espalda, dándole un aire más elegante y adulto. Sus ojos azules, además, brillaban con fuerza y seguridad.

—Hazlo ahora, porque nada de lo que hagas hará que los ojos del mundo se aparten de J.J. —Sentenció con fuerza, dejando al chico sin espacio para hablar.  Los ojos grandes de Alain de un tono claro como el de su madre, se partieron mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas—. No lo vas a hacer si solo te conformas con tratar de imitarlo a él.

Isabella apretó sus propios labios, dolida de ver a Alain cediendo a la presión y a la ansiedad que la enorme figura de su hermano mayor proyectada desde lo alto. Alain sentía que nunca iba a llegar a ser tan bueno como él, y desde que J.J había logrado realizar ese cuádruple, Alain había luchado en silencio con el desolador sentimiento de envidiar a alguien que amaba y que además no dudaba en apoyarlo. Entre sentirse miserable, no poder con ello, odiarse y odiar la imagen de su hermano, quien solo buscaba compartir con toda su familia sus logros; se sentía preso. 

—Tu hermano también tuvo que luchar contra la imagen de tus padres… también escuchó muchas veces decir: el hijo de Alain y Nathalie Leroy —prosiguió Isabella, acercándose ahora con la calma de una madre, tras haberlo golpeado con la ferocidad de una esposa—. También sintió inseguridad, también lloró, también vio como sus entrenadores lo aceptaban solo por ser hijo de tus padres y luego eran incapaces de entender el estilo que él quería imponer. Pasó por muchos fracasos, comparaciones y tuvo que cargar con las altas expectativas que tanto tus padres como el mundo del patinaje tenían sobre él.

Por eso nació el J.J Style. Algo que lo identificara y diferenciara, algo que no diera lugar a las comparaciones. J.J tuvo que crearse una identidad en medio de las expectativas de todos, y tuvo que creer primero él mismo en el imposible, para que los demás creyeran en él. Había tenido que ser muy fuerte, había tenido que ser terco, necio y persistente.      

Ella lo sabía, lo sabía porque lo había vivido con él. Había tenido que sujetar sus manos cuando temblaba de miedo, había tenido que escucharlo cuando se quejaba lleno de frustración porque sentía que la gente no lograba entenderlo. Lo había visto soportar primero las burlas de aquellos que no creían en él cuando dijo que vencería a Víctor, luego el reparo y la indiferencia con que los otros patinadores llegaban a tratarlo cuando lo vieron surgir, y los ataques de los fans de Víctor cuando empezó a triunfar y venció a Víctor en su último año de competencia, donde ella junto al ejército de fans que J.J cosechó a punta de esfuerzo y carisma, lo defendió de todos ellos.

Y lo seguiría defendiendo, incluso de su familia. Isabella miró a Alain confirmándole que no dejaría de creer y de apoyar a su esposo y que si era necesario, ella misma pelearía con uñas y dientes para protegerlo.

—Pero Jean fue fuerte, se sobrepuso. Usó todo eso para hacer de sí su propio nombre y creyó en sí mismo, aunque nadie creyera en él. Si tú quieres hacer eso mismo, si quieres lograr vencerle, empieza primero creyendo en ti mismo, en que eres capaz de hacerlo —continuó, con la mirada enrojecida pero la firmeza de su voz.

—Yo no soy tan bueno como él… —dijo Alain, cediendo al temor.

—Entonces practica más duro, todos los días, hasta que seas cada vez mejor que el Alain de ayer. Es a Alain a quien debes superar, no a tu hermano, ni a nadie más.

—No van a dejar de compararme.

—Entonces demuéstrales que eres diferente. Que tienes algo que nadie más tiene.

Los aplausos tras el último programa se escucharon sobre ellos y los comentaristas comentaban los mejores momentos del reciente competidor. Alain vio a su madre al final del pasillo, mirándolo preocupada porque ya debía prepararse para patinar. Isabella seguía allí, firme y contundente. Alain la miró, ahora mostrando en su rostro el terrible miedo que había iniciado aquella bola amarga de resentimiento, rencor, e inseguridad con la que estaba peleando desde hacía meses.

—Yo… yo no quiero odiar a mi hermano —Isabella le entendió y buscó abrazarlo, sorprendiéndose al notar que el muchacho cedió y la buscó, apretándola con fuerza. Ella suspiró, con la garganta temblorosa.

—No lo odias… solo tienes miedo, Alain. Habla con tu hermano, dile cómo te sientes y pregúntale cómo hizo él entonces. Confía en J.J, Alain. Y confía en ti —se apartó, tomándole el rostro con seguridad y sonriéndole con afabilidad, tal y como lo haría una hermana mayor—. Ahora, ve a patinar. Muéstranos lo bien que se puede mover Michael Jackson en el hielo, no hay nadie que lo haga mejor que tú. 

Alain sonrió en medio de las lágrimas, y al escuchar su nombre, se las secó antes de girar su mirada hacía su madre. Nathalie  le miró comprensiva y se sorprendió cuando en los ojos de su hijo notó una convicción que se había estado apagando y que junto a su esposo buscó encender, fracasando en el intento. Alain caminó hacia la salida del pasillo y se enfrentó a las luces y las voces de todo el público que se mostraba eufórico. Respiró hondo, antes de dar el paso para acercarse a su padre y entregarle la chamarra. Nathalie  lo miró sobrecogida y volvió la vista hacia Isabella, agradeciéndole en silencio por hacer lo que fuera que hubiera hecho para devolverle la calma a su hijo.        

—Nathalie —susurró Isabella al acercarse a la madre de su esposo—, deberían dejar que Alain y Jean resuelvan el conflicto entre ellos.

—No queríamos que Jean se sintiera mal por la inseguridad de Alain. Ha trabajado tanto estos meses que…

—Jean es fuerte, puede con esto. No hace falta protegerlo, a ninguno de ellos —le dijo Isabella mirándola y sonriéndole con seguridad—. Se aman demasiado como para lastimarse.

Ella podía recordarlo, porque cuando siguió a Jean en su camino sobre el hielo, siempre fue Alain quien estuvo detrás de él, tratando de seguirlo, patinando e imitándolo. Jean nunca dudó en darle su apoyo, en enseñarle, así como lo hizo con todos los demás, incluso con Otabek durante el primer año que estuvo en Canadá. Su personalidad generosa nunca se limitó en ayudar.

Cuando el nombre de Alain Jr. Leroy resonó de nuevo, el muchacho ya se había deslizado en la pista. Isabella dejó atrás a Nathalie y fue tras su esposo, quien de pie observaba atento la entrada de su hermano con visible preocupación en su rostro. Ella lo abrazó por detrás, envolviéndolo con sus brazos y regalándole, cuando él volteó a mirarla, una dulce sonrisa.

Entonces Jean apretó las manos que se juntaban en su estómago, buscando esa seguridad que solo su esposa le daba. Volvió la mirada hasta donde Alain Jr. estaba posicionado, vestido con un traje dorado metálico, también inspirado en uno de los emblemáticos trajes del rey del pop. El silencio de todo el estadio caía sobre él, mientras esperaba el inicio de la pieza. Jean sentía que el aire se le había atorado en la garganta y que incluso había olvidado cómo respirar. 

Wanna Be Starting Something, el tema que había seleccionado por su programa libre dio inicio y Alain Jr. comenzó a moverse, con mayor soltura que en su anterior programa. Durante su coreografía, era capaz de colar ciertos pasos de Michael Jackson, puntuando con sus cuchillas sobre el hielo, antes de deslizarse, ganar velocidad, y comenzar con los saltos. La combinación de los pasos y la actuación de su cuerpo, junto con la destreza técnica, demostró un estilo claramente distinto al que desarrollaba su hermano en la pista. Lejos de buscar el apoyo y la mirada de los otros, expresaba su pasión por el pop a través del hielo y actuaba imitando incluso algunos gestos y movimientos de la estrella.

El clavado del toe loop cuádruple sorprendió a todos, y antes de que se pudiera esperar y sin que nadie supiera quien inició, el público comenzó a aplaudir al ritmo de la música, contagiados con el baile de Alain Jr y asombrados por la forma en que éste se deslizaba y combinaba los complicados pasos de Michael Jackson con las piruetas.

La familia Leroy, quiénes sabían lo difícil que había sido para Alain Jr sentirse por fin cómodo en el hielo, aplaudieron a la par del público mientras lo veían acabar el programa. Jean observó todo con el pecho hinchado de orgullo, y su madre, Nathalie, pasó una mano por su rostro conteniendo el llanto mientras que su esposo, el orgulloso padre, observaba con brazos cruzados y mirada brillante a su hijo, quien finalmente había logrado salir de la sombra de su hermano.

Aquel era su segundo año en la competencia Senior, ya que había demorado su debut porque Jean aún estaba en la pista y no se sentía prepararlo para hacerlo. Lo hizo recién el año pasado, aprovechando que Jean había tomado un año de descanso, sintiéndose más libre de hacerlo pese a no lograr llegar a la final del GPF. Con el regreso de J.J a la pista, Alain había sufrido un retroceso; para sus padres, no fue secreto que su hijo menor esperara que Jean no volviera y se dedicara a su familia, algo que también supieron no iba a ocurrir. Jean no dejaría la pista tan pronto.

Habían temido que las cosas llegaran al punto donde se sintiera la inestabilidad de Alain Jr y Jean se viera afectado, porque reconocían perfectamente que su hijo mayor podría cometer una tontería en pos de su hermano. Con los aplausos que llovieron al final del programa de Alain Jr, estuvieron seguros de que habían iniciado un camino donde no necesariamente los dos hermanos fueran a enemistarse por el oro. El público lo ovacionaba gritando su nombre.

—¡Y esto ha sido un precioso programa de Alain Leroy! —El público aplaudía, mientras Alain Jr recibía las ovaciones y los regalos que caían en el hielo. De un momento a otro había dejado correr sus lágrimas de felicidad libremente, sin detenerse a secarlas, conmovido al sentirse por fin libre.

Era paz lo que sentía en ese momento.

—¡Nos ha sorprendido! Alain Leroy inició el año pasado su temporada como senior, ¡y nos ha demostrado que está dispuesto a pelear de tú a tú su medalla de oro contra los grandes!  

—¡Es posible que sea el nuevo rey del pop sobre hielo!

—Ya Alain ha sido recibido por sus padres. ¡El público lo aclama! ¡El calor de Canadá lo envuelve y reconoce!

— Debo decir que me ha encantado todo este programa. Es como haber estado en un concierto de Michael Jackson, ¡pero en otro nivel!

Mientras los padres acompañaban a Alain hasta el Kiss and Cry, Jean se separaba de su esposa para seguir ese mismo camino y estar con su hermano. Esta vez, ella no lo detuvo, y Otabek, quién lucía asombrado por la presentación del joven patinador, tampoco vio razones para detenerlo. Pero su camino se vio cortado cuando otro de sus hermanos llegó con Collette en brazo, quien lloraba histérica por la ausencia de sus padres, y tuvo que calmarla dándole mimos y secando sus mejillas coloreadas.

Para ese momento, las puntuaciones fueron reveladas y todos gritaron de la emoción al ver como Alain Jr Leroy subía los peldaños de la tabla para llegar al primer lugar, superando al primer grupo. Yuuto Omiki, uno de los representantes de Japón, se preparó para entrar a la pista apoyado por la ex entrenadora de Minami: Kanako Odagaki.

El segundo grupo seguía su curso para cuando Mila Babicheva entró a las gradas en compañía de su entrenador, vistiendo su clásico uniforme ruso de las olimpiadas pasadas. Su cabello lucía un arreglo en bucles semi recogido, y estaba decorado con cintas blancas. Sus ojos estaban cubiertos por los lentes oscuros. Cuando entró y tomó asiento, el cuarto patinador de la lista, Juan Luis Vargas, se preparaba para entrar al hielo. Su homólogo Piotr Antonov, un joven patinador de Rusia acababa de dejar la pista para dirigirse al Kiss And Cry, aunque el rostro de su entrenador no parecía muy contento con su participación. Georgi miró al chico con cierta pena, mientras Mila se ajustaba un mechón de su cabello tras la oreja.

Georgi sabía ya lo que había ocurrido, Mila se encargó de decírselo en el desayuno, cuando le pidió que fuera por ella a la habitación porque no tenía fuerzas para salir. Le contó todo, desde la reunión con Otabek en la cafetería, hasta el haber sido consolada por Leo, quien incluso se tomó el trabajo de acompañarla a su cuarto y asegurarse de que no necesitara nada antes de partir. También que lloró hasta cansarse, y aunque se había maquillado y usado hielo para desinflamar sus ojos, aún lucían ligeramente irritados.

Por ello habían ido antes de que finalizara la presentación del programa libre, ella quería ver la participación total de Otabek. Pese al agujero con el que ahora respiraba en su pecho, Mila estaba segura de que ya no lloraría más por él, queriendo simplemente ponerle un alto a sus emociones y permitirse ver el evento con toda la entereza que merecía.

Miraron con resignación las puntuaciones que quedaron en Rusia, y ya imaginaron la presión que sentiría el joven patinador cuando regresaran a Moscú. No lo hacía mal, de hecho era bueno, pero aún había cosas que pulir. Mila lo observó sin emoción, y luego registró el lugar con su mirada. Notó a Isabella con la bebé en brazos al lado de J.J, cerca de Otabek, y más allá a Leo en compañía del entrenador de México. Lo miró todo completamente abstraída, como si todo aquello perteneciera a un cuadro donde ella no estaba involucrada.

—¿Segura estás bien? —preguntó Georgi, un tanto preocupado al verle el rostro carente de emotividad de su alumna. Ella asintió, sin esforzarse por sonreír—. Pudimos haber venido ya en la tarde.

—No, necesitaba que fuera ahora —aseguró, apretando sus dedos—. Me prometí ayer que esa sería la última vez que lloraría por él y pienso cumplirlo, Georgi. Ahora, solo quiero mentalizarme y seguir el consejo de Yuuri.

—¿El consejo de Yuuri?

—Gana el oro… —Mila sonrió dirigiéndole la mirada a su entrenador—. Me dijo que si él no puede vencerme en el hielo, no permita que lo haga en mi mente. Quiero descubrir cómo hacer eso.

Georgi se limitó a hacer una mueca que nada tenía que ver con lo que se obligó a callar. Esa frase en labios de Yuuri sonaba cruel cuando pensaba en que era Víctor quien no podía vencerle. No podía culparle, pero dolía y demostraba a su vez que Yuuri había enterrado su corazón para poder ganar. Para Mila, que sentía que la batalla en su mente la estaba ganando Otabek, necesitaba con desesperación encontrar la clave para volver a sentirse en equilibrio consigo misma.

En Rusia, Yuuri se encontraba sentado en el mueble de la habitación, mientras observaba el Skate Canadá en compañía de Yuri. Después de haber llorado, simplemente se habían separado sin saber qué decir, hasta que Yuuri le convidó a acompañarlo a ver la competencia. Yuri no se negó, sino que aprovechó y pidió comida para ambos, porque Yuuri tenía todas las señales de no haber comido nada. Pero tuvo que aguantarse la idea de que compartiera una videollamada con Minami, porque Yuuri pensaba verlo con él estando conectados y Yuri no pudo hacer nada para evitarlo.

Así estaban, mientras Yuuri mantenía la mirada frente a la pantalla del televisor de la habitación, Yuri la desviaba entre la pantalla de la Tablet donde se veía a Minami en pijama, y las presentaciones del Skate Canadá. Ya solo faltaba un programa más para que J.J y Otabek se presentarán, el del patinador británico. Mientras los programas continuaban, Yuuri soltaba comentarios críticos sobre lo que veía y Minami escuchaba y comentaba en respuesta a su vez, todo en inglés. De algún modo, Yuri se sentía completamente ajeno, aún si intentaba pensar en algo interesante para comentar y meterse en la conversación. Su cabeza en realidad no estaba pensando en la competición teniendo a Yuuri tan cerca.

¿Se podía estar cerca de alguien y aun así sentirlo tan lejos? Eso se sentía, como un desconocido en la vida de este Yuuri. El que se estableciera esa llamada con Minami allí, dejaba en evidencia que el puesto ya estaba ocupado por aquel y que el hecho de estar separados por miles de kilómetros poco importaba. Se sentía desplazado.

Además, estaba esa sensación opresora que sentía al verlo allí sentado, concentrado, con algunas mañas de Víctor Nikiforov tan visibles que se aterró de reconocerlas. ¿Cómo sería verlo entrenar? ¿También había adoptado ciertos ademanes de Víctor? Yuuri lucía como si hubieran pasado diez años desde la última vez que se vieron, en su rostro había seriedad, aún con la tristeza de su mirada.

Se levantó un tanto ahogado con sus pensamientos y dio vueltas por la habitación, ignorando la presentación del patinador. Se acercó hasta la cómoda donde estaba la bolsa que reconoció era de Víctor y miró la medalla que estaba afuera. Era la del GPF del 2017, estaba allí junto a la nota con la letra de Víctor; visiblemente se había esmerado para devolvérselas como un buen detalle. No estaba seguro de que Yuuri lo hubiera tomado igual.

—¿No verás su presentación? —Yuuri lo venía notando distraído, pero Yuri desestimó su abstracción moviendo su mano en el aire y lanzando un “bah” despectivo. Minami observaba la expresión cansada y pensativa de Yuuri a través de la cámara, aunque no hubiera comentado nada; no necesitaba estar allí para saber que algo muy grave había pasado como para encontrarse así. Hubiera preguntado de haber estado solo, pero con la presencia de Yuri prefería mantenerse callado—. Cuando termine el Skate Canadá hablaremos —le aseguró. Y tanto Minami, como Yuri, no supieron qué decir al respecto.

 —Sé que te comprometiste con el cerillo a verlo —Yuri dejó la medalla en la madera, preguntándose si quería ver las otras en la bolsa.

—Tengo un nombre, Plisetsky —reclamó Minami desde la red.

—Sí, y pensé que también querrías ver a Otabek patinar —agregó Yuuri, considerando aquel hecho como algo importante para Yuri, sin saber la verdad.

Sí, Yuri quería, pero en ese momento no se sentía listo para ello. Estando con Yuuri, sin haber recibido un solo mensaje de Mila y solo tener la respuesta de Georgi diciéndole que ellos habían hablado ayer y que ella había quedado muy mal, además de sumar la expresión y el dolor que Víctor había dejado con fuego en su piel; Yuri no se sentía preparado para verlo.

Solo esperaba que Yuuri no fuera a mencionar a Otabek como amigo.

Pero no lo hizo. Se quedó mirando el programa y comentando cosas con Minami, algunos detalles de la coreografía y demás mientras seguían en inglés. La química entre ellos era palpable, la complicidad y compenetración era tan evidente que dolía verla. Yuri ya no sabía si eran celos, envidia o dolor lo que sentía al notar aquello.

—Viene J.J. —anunció Yuuri, y Yuri pudo notar desde la cómoda como su expresión cambió a una más seria, analítica, una que recordaba haber visto en incontables ocasiones antes.

—¿Crees que ejecute hoy el Axel cuádruple? —Preguntó Minami, evidentemente entusiasmado. La dinámica era tan dura de observar… 

—Probablemente decidió hacerlo para el programa libre. Yura, deberías venir a verlo.  

Yuuri intentó integrarlo de nuevo, pero Yuri no pudo evitar la opresión en su estómago, en su pecho. Yuri desvió la mirada hasta la cómoda y repasó de nuevo las líneas de la medalla abandonada. El hecho de que Yuuri, pese a lo sucedido, pudiera estar así de calmado, ya no sabía si fingiendo o no, le apretaba el estómago.  

—¿Sabes dónde tenía las medallas? —Yuuri se tensó al escucharlo hablar en ruso, y de inmediato la expresión de Minami en la cámara se ensombreció—. Estaban en ese cuarto del librero, junto a los libros y recortes de Lilia que según me dijo son de su mamá. Las tenía en una repisa, eran las únicas que estaban afuera. Todas las suyas, para cuando llegué, estaban guardadas. Llegué a pensar que eran de él.

Por un momento, Yuuri guardó silencio y todo calló a su alrededor a excepción de sus pálpitos, que empezaron a incrementar y a golpear a su pecho hueco, a su cabeza dolida.

—Yuri, por favor —rogó. Yuuri no quería hablar de eso ahora, estaba alargando el momento, intentando con todas sus fuerzas cumplirle a Minami, cumplir su papel. La voz le salió ahorcada en inglés.

—Estaban guardadas en el lugar donde él guarda sus tesoros —prosiguió. Yuuri sintió la amenaza volver a sus ojos, cubriéndolo de húmedo brillo—. Ayer llegó hecho un desastre, tu eres un total desastre, ¿tengo desde la madrugada esperando que despertaras y tú solo quieres ver si J.J va a hacer un maldito salto?

Yuuri volteó, mirándolo con una clara señal de alto que Yuri no pensaba acatar. Sus ojos aún enrojecidos por el llanto de la noche habían cobrado un color mucho más ávido; sabía lo que significaba, y sabía que no iba a detenerse.

Él mismo estaba fatigado y cansado, no podía sentirse en paz tras lo de Víctor, ni estando con Yuuri cerca. Necesitaba respuestas. Se permitió ser egoísta. 

—No te preocupes, Yuuri —la voz de Minami sonó, en inglés, con un tono seguro. El aludido volteó para verlo y casi suplicarle con su expresión que le diera tiempo—. Yo entiendo, fuiste a Rusia a resolver tus asuntos con ellos. Resuélvelos.

—Pero te había prometido ver juntos el Skate Canadá —Yuri sintió que le había sacado el aire. Se apretó con sus manos, abrazándose mientras trataba de calmarse.  

—Lo sé, pero esto es más importante, ¿no? Además te noto cansado, no quiero que te sobre esfuerces, Yuuri. Cuando puedas, comentamos los últimos programas. Total, estarán en internet en pocas horas. 

Yuri se acercó un tanto incrédulo al escuchar las palabras del patinador japonés, pero Minami estaba hablando en serio, ya viendo en Yuuri la intención de soportarlo y callarlo todo, de ser de nuevo más fuerte de lo que era capaz de ser. Sus ojos a través de la pantalla buscaron a Yuri, y aunque él no se encontrara en el mismo lugar, pudo sentirlo, allí.

—Plisetsky —Minami lo llamó, y ambos Yuris miraron la pantalla con sentimientos encontrados, Yuuri atorado ante la idea de presenciar su interacción y Yuri sin saber exactamente qué esperar de Minami—. Cuida de Yuuri.

La premisa los dejó a ambos en el sitio, incrédulos, observando el rostro firme con el que Minami decía aquellas palabras. Yuuri pensó en reaccionar y aclarar que no necesitaba que nadie lo cuidara, pero antes de poder decir nada, sintió el peso de la mano de Yuri en su hombro y como el patinador ruso se inclinó para enfrentarse a la cámara mientras cubría con su sombra al entrenador japonés.

—No tienes que decirlo, cerillo —ladró, sintiendo una animadversión contra él, que no debería compaginar con el agradecimiento que se alzaba por debajo.

—Esta vez. Bien, Plisetsky —aclaró Minami; Yuri pudo saborear la bola que se formó en su garganta ante la muda recriminación, y Yuuri los miró a ambos ya bastante incómodo—. Y Yuuri… voy a seguir entrenado para ganar el oro. Aunque J.J haga el Axel cuádruple, yo ganaré.

Yuuri se vio sobrecogido, limitándose a asentir antes de que la llamada se cortara. Yuri se separó para tomar aire, se encontraba sorprendido por la actitud de Minami pero agradecía que hubiera comprendido la situación y obligara a Yuuri a enfocarse en lo realmente importante. Por su parte, Yuuri se quedó en silencio mirando en la pantalla donde  J.J había ya iniciado su programa. A sabiendas de que Yuri no quería verlo, apagó la tv.

—Pensé que podíamos compartir este momento en calma —reclamó, porque eso sonó como un reclamo. Pero Yuri tampoco se sentía con ánimos para ser condescendiente.

—¿Así sin más? ¿Sin hablar? —Arrojó inmisericorde, apoyándose de la cómoda mientras dirigía la mirada a Yuuri, quién apretaba la mandíbula—. Con decir perdón no se soluciona todo, ¿no? Te quiero a mi lado, pero quiero tener muy claro que es lo que tendré a mi lado.

Yuuri lo entendía, porque era justo el tipo de reclamo que tenía en contra de Víctor, la misma sensación de que todo parecía querer resolverse con una palabra mágica. Lo comprendía, y al mismo tiempo se sintió enojado de pretender cometer el mismo error con Yuri. Tuvo que cerrar los ojos y respirar, sus palabras lo habían golpeado, pero tal como Minami lo había dicho, para eso había ido a Rusia: para resolver. Era hora de resolver.

Él estaba seguro lo que quería de Yuri, y de cómo quería estar en su vida. De Víctor no lo tenía claro.

Lo único que sabía era que no estaba preparado para decir adiós.   

—Entonces, hablemos.      

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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