Matryoshka II (Cap 19)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 19. Skate Canadá: Eso que incumplimos

Después de una hora de llanto constante dentro del auto rentado, Víctor se quedó en silencio. No había movido el automóvil de su sitio, seguía aparcado frente al hotel Astoria donde Yuuri se quedaba; sin embargo, ya no tenía sentido el permanecer allí, ni el buscar cambiar nada. El dolor que Víctor sentía no tenía comparación. Yuuri había clavado una larga espada y Víctor la sentía al respirar, allí, atravesada entre sus músculos y huesos, fría y pesada. 

Con la sensación de que su vida escapaba por aquel agujero invisible con cada con segundo a segundo que transcurría, Víctor se dejó caer de espalda contra el asiento, ya cansado de estar en la incómoda posición encorvada que había adoptado para llorar sobre el volante. En sus ojos cansados ya no quedaba mucho; poco a poco, conforme asentaba la situación de ese presente, Víctor comprendía que ya había hecho todo lo que estaba a su alcance. Y eso le daba cierta calma, una amarga. Una que nacía del hecho de que al menos lo había intentado.

Llegar tarde era una acción que podía llevar a situaciones irremediables. Llegar tarde a un aeropuerto implicaba perder el vuelo, a una entrevista de trabajo el perder la oportunidad de obtener el mismo. Llegar tarde en medio de una emergencia, implicaba la calamidad. Víctor había llegado tarde: tardó en reaccionar, tardó en actuar y tardó en volver. Durante el tiempo que él estuvo lejos, Yuuri había formado una vida sin él y resultaba ahora fácil simplemente atizarle todas sus culpas y acabar con todo lo que hubiera quedado, para continuar con esa vida que había logrado formarse.

Ya no quería guardar esperanzas de un futuro, de un nuevo renacer a partir de las cenizas, ni de un nuevo comienzo o un nuevo capítulo que escribir. No, ya Víctor no quería nada de eso. Los recientes acontecimientos habían dejado demasiadas cosas que él ahora tenía que trabajar dentro de sí, y por primera vez en mucho tiempo, tomó la decisión racional de ponerse por encima del resto. Por encima de Yuri, de Yuuri, e incluso de Yakov; Víctor Nikiforov tenía que encontrar de nuevo su balance. Ya no era un intento para calmar a sus cercanos y complacerlos, ni una máscara con la que pudiera aparentar fortaleza, mucho menos cumplir una promesa. Entre todas las dolorosas verdades, Yuuri dijo algo muy importante: no dejaría que él, ni Rusia, lo pisoteara.

Víctor tampoco permitiría que Yuuri lo pisoteara a él.

Se equivocó, sí. Lo lastimó, también. Pero Yuuri no había sido el único en resultar herido. Si Yuuri no quería admitirlo eso ya era algo que se salía de sus manos. Lo amó, lo amó como no había amado nunca y como, estaba seguro, no iba a amar de nuevo. Si eso no era suficiente, si como Yuuri dijo: su amor no era suficiente, entonces nada podía hacer Víctor para cambiarlo. Solo aceptarlo.

El tiempo había pasado y ni así, ni con la certeza del abandono, ni con el dolor de la pérdida, su amor había muerto. Seguía allí, latiendo como lo único que le daba vida aunque estuviera sumergido en recuerdos. Sus mejores recuerdos. Yuuri quiso tirar por tierra todo lo que habían vivido juntos en aquellos años, incluyendo lo bueno y bonito en ellos, por un año de errores, mientras que él hizo lo contrario al aferrarse ansiosamente a lo bueno. Al menos estaba seguro de que en eso él había hecho lo correcto.

Si todo lo que quedaba eran recuerdos, él no iba a perderlos.

Con una calma glacial, encendió el motor del automóvil y se dirigió al apartamento, agradeciendo que siendo avanzada la madrugada, hubiera pocos autos en la calle. Ahora, el problema era que en el apartamento tenía que enfrentarse con Yuri Plisetsky.

Víctor no deseaba sentirlo, pero tras las palabras de Yuuri, él no quería ver a quien era su alumno. Necesitaba tiempo para digerir la terrible amenaza real que fue Yuri para su vida con su pareja, y cómo todos sus miedos al saber los sentimientos de Yuri se habían concretados con esa confesión. Ese beso borracho ya había dejado de ser una casualidad de la vida, un desliz… no, más bien, aquellas fueron las emociones de Yuuri gritando lo que no se atrevía estando sobrio. Y tenía demasiados escenarios en mente como para soportarlo.

Se sentía engañado… aunque no hubieran concretado, Yuuri había llegado a pensarlo y eso era lo peor que tenía que llevar a cuestas. Se preguntó todas las oportunidades que tuvo, todas las veces que Yuri hubiera podido concretar su deseo… todas las formas… Imaginar que Yuuri pudo haber abandonado su apartamento para irse con Yuri, era de las peores imágenes que su mente masoquista pudiera atraer ahora.

Le frustraba, le enojaba, sabiendo a su vez que tales sentimientos eran un sinsentido. Víctor aparcó el auto y subió al apartamento mientras rumiaba todo ese collage de pensamientos y sentía su pecho aún agujereado. Habían pasado años, eso no se concretó, Yuuri no iba a volver y él debía seguir solo; alimentar un rencor por lo que pudo haber ocurrido con quien era en estos momentos su alumno era una estupidez desmedida. Agradecía que Yuuri hubiera hecho un excelente trabajo destrozándolo por dentro, porque estaba tan roto que podía pensar. Como si sentir hubiera dejado de ser importante, o como si todo lo que pudiera sentir fuera precisamente dolor. No hacía falta que su mente se encargara de identificar lo que sentía, así que podía enfocarse pensando otras cuestiones importantes.

Al abrir la puerta, las luces estaban encendidas y Yuri Plisetsky estaba acostado sobre la mesa, en una incómoda posición de descanso frente a la laptop y con su cabello enmarañado tapándole la cara. El maullido de Potya le dio la bienvenida mientras apagaba las luces y se acercaba para tocarle el hombro a Yuri con el fin de despertarlo. La idea era decirle que mañana quizás se iría todo el día de la casa o le pediría amablemente que lo dejara solo unos días. Pero antes de que su toque llegara, Potya saltó sobre la pierna de Yuri, haciendo que éste se levantara de golpe y moviera la laptop, sacándola así de su estado de suspensión. La luz de la pantalla no sólo iluminó el rostro confundido y somnoliento de su alumno, sino también la pequeña matryoshka  su lado reparada. La cual Víctor miró con sorpresa desmedida.

—Víctor… —La voz ronca de Yuri se escuchó, mientras se pasaba un antebrazo sobre la cara para medio despertarse—. Joder, es tarde…

Víctor estiró el brazo para tomar la matryoshka y aunque fuera mirarla mejor aunque fuera con la escasa luz de la pantalla. Estaba en silencio, mirándola con pasmo, moviéndola de lado a lado para asegurarse que fuera precisamente la matryoshka de Yuuri.   

—Lo lamento… —Escuchó la voz de Yuri y de nuevo se estaba formando un nudo en su garganta. ¿Acaso aún le quedaban lágrimas? —. Vi que tenías los pedazos dentro de la tuya. Me puse a jugar con ellas cuando… me quedé dormido en tu cuarto —Yuri intentó justificarse, sin mirarlo por vergüenza o quizás temiendo alguna reprimenda—. ¿Estás enojado?

Víctor pasó su pulgar y pudo notar las uniones de cada grieta. Cada huella allí seguía intacta. La matryoshka ya nunca sería la de antes, se sabría con solo verla que en un momento se cayó y se rompió, pero estaba allí en su mano, entera, reparada.

—¿Por qué…? —Fue lo único que Víctor pudo emitir, mientras se atragantaba con las nuevas sensaciones.

—¿Por qué la reparé? —preguntó Yuri y frunció el ceño mientras trataba de ver con claridad cómo estaba Víctor. La oscuridad se lo impedía, pero la voz sonaba ronca y agrietada—. Mi abuelo me enseñó que si algo se daña, se bota o se repara. Y para nosotros que no teníamos mucho, siempre buscábamos repararlo antes que botarlo.

Víctor escuchó todo y se mantuvo en un silencio comedido, mientras seguía tocando a la muñeca reparada. Entonces buscó abrirla, pero para su sorpresa, la muñeca no cedió. Usó su otra mano, pero no, la matryoshka no se abrió.

—¿Eh? ¿No abre? —Yuri reaccionó casi de inmediato, arrebatándosela de las manos. Víctor miró el vacío de sus manos antes de mover la mirada hacia Yuri, quien ya mostraba en su rostro frustración. Estaba intentando forzarla mientras se mordía los labios—. ¡Joder, se pegó toda! —Los ojos de Víctor seguían fijos en él, sin expresión—. Si la fuerzo seguramente se partirá toda otra vez.

“Por eso no quiero volver, me costó mucho llegar a este punto y no quiero perder todo lo que he tenido que recorrer para alcanzarlo. Todo lo que costó volver a patinar Yuri on Ice sin sentir que todo lo que quería era llorar. Todo lo que significó ver la pista de hielo, reconocer de nuevo mis logros y dejar de arrepentirme…”

La voz calmada de Yuuri seguía calándolo hondo. La irónica imagen que ahora veía en manos de Yuri reforzaba esa sensación.

—Wow… —murmuró Víctor con pesar, llamando la atención de Yuri, quien pudo ver cómo de nuevo esos ojos se mostraban brillantes y tristes—. Una matryoshka sellada… eso está bien.

—¿Eh? —No entendió nada, pero no le negó el agarrar de nuevo la matryoshka en sus manos. Se la entregó mientras miraba con atención y miedo aquella expresión.

—Yuuri siempre fue una persona cerrada. Pocos habían logrado entender su potencial y él mismo lo desconocía. Lo tenía guardado porque siempre tuvo miedo a ser juzgado por sus sueños. Consideraba una debilidad abrirse a las personas y, sin embargo, conmigo lo hizo. Pero no fue el único, yo también… él logró abrirme también.

Porque a pesar de estar rodeado de personas, Víctor había vivido dedicado por completo al patinaje, lejos de amar. Yuuri sacó del fondo sus mejores sonrisas, sacó de la oscuridad toda su alegría a la luz. Así, sin pensarlo, sin pretenderlo, solo siendo él comenzó a colarse hondo, hondo. Llegó tan profundo que dolía ahora arrancarlo.        

Pero Yuuri ahora era esa matryoshka reparada que, en un esfuerzo por juntar sus partes, se olvidó de dejar la rendija para abrirse y permitirle la entrada a otro. Al menos, ya era una matryoshka cerrada para él que no pretendía siquiera hacer un esfuerzo para volver a abrirse, porque fue precisamente esa persona a la que se abrió, quien lo destrozó.

—Víctor… —Yuri se levantó, conmocionado y sin saber qué hacer ante el repentino ataque de lágrimas de Víctor.

Víctor se sentía un niño, el mismo niño que le lloraba a su papá diciéndole que no quería una nueva mamá, era el mismo que en ese momento lloraba porque no quería un nuevo amor. Se negaba a aceptar que aquel había muerto, pero el llanto estaba teñido de esa triste certeza, porque era más cruel aferrarse al aire. Cuando Yuri se levantó para buscar hacer algo, fue sorprendido por el repentino agarre de Víctor que lo agarró de la cintura para buscar un abrazo. El joven patinador se quedó sin aire al sentirse apuñalado por ese llanto.

Potya maulló en el suelo, frotándose contra la pierna de Víctor y mirando atento a los dos adultos. Yuri tenía la garganta trabada y pronto sus ojos se llenaron de lágrimas al verse desbordado por las emociones de Víctor, tan vivas que lastimaban. Víctor pegó la frente sobre su hombro y lloró con sentimiento, tal y como ocurrió después de ver a Yuuri patinar en esa exhibición, igual… solo que ahora un aquel dolor venía teñido de una enorme cuota de resignación. Lloraba como quién se despedía sin querer hacerlo.

Yuri no supo qué hacer con sus manos, pero llegado el momento, las subió tímidamente a su espalda. Apretó sus labios mientras lo escuchaba llorar y dejó que algunas lágrimas suyas cayeran  también sin siquiera intentar analizarlas. Cuando se alejó de Otabek no sintió el dolor así, no como el que Víctor le transmitía en esos momentos. Dolió, sí, pero no a ese nivel. Yuri podía comparar el dolor actual de Víctor como el que él mismo sintió no solo cuando Yuuri se fue, sino también cuando su abuelo murió. Y no había cosa más dura que esa… porque sabía por experiencia lo que era intentar aferrarse a Yuuri y agarrar el aire, intentar mantenerse cerca y recibir el golpe para alejarse. 

—Debería odiarte, y no puedo… —Le escuchó reír sin fuerza y Yuri tragó con dificultad—. Debería estar molesto contigo, y no puedo.  

—¿Te molesta que… la haya reparado? —preguntó sin estar seguro de que ese fuera el motivo, pero solo escuchó un suspiro hondo, de esos que escapan del alma.

—No… quizás debiste haberlo hecho antes. De hecho, pudiste haberlo logrado.

Yuri apretó sus labios y su garganta, sintiendo que lo que Víctor decía tenía mucho más significado que el que él podía descifrar y nada tenía que ver con reparar una muñeca de matryoshka. Sintió el resentimiento oculto en la frase, y fue aún más amargo cuando Víctor lo apartó bruscamente, como si acabara de recordar algo. Lo hizo a un lado, arrastrando su pierna derecha a su paso para dirigirse a su habitación.

—Necesito que estés fuera de mi apartamento por unos días. No dejaré de entrenarte pero, prefiero por estos días no verte tantas horas continuas.

—¿Eh…? —Apenas pudo reaccionar—. ¡Qué carajo ocurre, Víctor! ¿Cómo que no quieres verme la cara?

—Solo te pido que me dejes unos días —le dijo, dándole la espalda. Yuri no comprendía porque repentinamente Víctor le pedía eso, y la única posibilidad que existía, la consideraba tan aterradora que preferí ni pensarla siquiera.

—Ey… no sé qué pasó contigo y Yuuri, ¡pero no me metan en sus…!

—¡Tú te metiste en nuestro asunto, Yuri! —El grito de Víctor lo sobresaltó, en especial cuando lo vio voltear con los ojos llorosos y rojos. En ellos, pese a la profunda pena que los embargaba, también había un fuego corrosivo que seguía brillando entre la lluvia. Pero, casi de inmediato, Víctor se llevó una mano en la cara y la frotó con brusquedad, mientras Yuri sentía su pecho apretado por el miedo y la culpa—. Solo necesito unos días… —suplicó—. He terminado con Yuuri y…

—¿Terminado? Luces como si se hubieran matado… ¿Acaso no hablaron? ¿No le expl…?

Era tan irónico que el mismo Yuri que había buscado quitarle su lugar en la vida de Yuuri, fuera quien ahora le preguntaba con preocupación tatuada en sus ojos por qué habían acabado así así las cosas. Era esa clase de ironía de la vida de la vida que dolía, esa clase de inconsistencias en las complicadas relaciones humanas.

—Hablamos… lo que se puede hablar con alguien que ha dejado de amarte —Yuri escuchó, con la mirada fija en la estampa alta y vacía de Víctor Nikiforov, con una de esas sonrisas frías y enigmáticas que decían nada—. Y verte me recuerda que lo perdí mucho antes de que él abandonara esta casa. Así que, por favor, dame unos días a solas. Si no quieres salir tú, supongo que tendré que hacerlo yo…

—¿Y unos días serán suficientes…? —Víctor levantó la mirada y luego la posó a una pared, aunque no hubiera nada que ver allí. Para Yuri, la sensación de pérdida volvió a verterse por sobre toda su piel, en forma de escalofrío.

—Tendrán que serlo —finalmente dictaminó Víctor—. Prometí ayudarte a llegar a Hasetsu y estoy harto de que me echen en cara que no cumplo las promesas mientras se olvidan de las que sí he cumplido. Que solo se fijen en dónde me equivoqué, y no dónde acerté… —Le devolvió la mirada llena de agotamiento—. En eso Yuuri no es diferente a la prensa rusa. Se hubieran llevado muy bien…

Con una mueca en su rostro, Víctor volvió a darle la espalda. A pesar del dolor que sentía y la necesidad del abrazo que por un momento tuvo saciada en Yuri, las palabras de ambos Yuris estaban agitadas dentro de sí e impidiéndole olvidar. La manera en que Yuri aseguró ser quien Yuuri necesitaba y que Yuuri le hubiera confirmado que realmente estuvo pensando en ceder, lo perseguirían por muchas noches.

Apretó sus labios, y volvió la mirada a la matryoshka ahora sellada en su mano derecha. Acarició la sonrisa de ese Yuuri con una nostalgia y a su vez un rencor que no deberían de concordar. Más no podía sentir en ese momento otra cosa.

Entonces escuchó la puerta ser azotada y al girar, ya no quedaba rastro de la presencia de Yuri Plisetsky, ni de su abrigo marrón. Solo Potya maullando contra la puerta de entrada de la casa, como si le preguntara a su amo a dónde se iba.

Llevaban media hora en la mesa, escuchando la música suave de viejo pop y observando a la gente que pasaba a sus alrededores. Otabek se había preocupado por hacer preguntas sobre sus padres, su familia, Yakov, y su entrenamiento con Georgi. Mila se había limitado a responder las interrogantes mientras se acababa la malteada que había pedido de inicio, sintiendo los nudos formar gruñidos en su vientre. Otabek le hablaba como si el tiempo no hubiera pasado; era amable al dirigirse a ella, con cariño y respetuoso. 

Y dolía, vaya que dolía. Mila intentaba ignorar el impulso que la empujaba a tomar el asiento al lado de Otabek, aquello que la hacía desear el tomar la mano que él había posado sobre la mesa, tranquila e inerte. Las ganas que tenía de jugar con sus dedos, acariciar sus nudillos y entretenerse con algo tan trivial como eso. Los hondos deseos de besarle, la necesidad de abrazarle y sentir que la cubría con sus fuertes brazos. Ese bajo placer que sentía al clavar sus uñas en la gruesa espalda y verla erizar… todo eso, buscaba obviarlo pero resultaba imposible.

Así se retorcía debajo de la mesa. Sus pies se apretaban entre sí, sus dedos se juntaban dentro de las botas. Estaba derecha, tensa, el aire pasaba con calor y agujas por su nariz y la mano que tenía sobre la mesa, estaba agarrada a ese vaso de malteada como si fuera alguna clase de salvavidas. La otra apretaba el abrigo escondida de la vista de su ex.

No, Mila no quería ser grosera, pero Otabek la había metido en una cámara de tortura. Al hablarle así de suave, a mostrarse interesado en ella, y al crearle la falsa y perfecta imagen de que no, no había pasado. Era su oso de nuevo, su Otabek… que ella aún tenía derecho sobre él.

—¿En serio te encuentras bien? —preguntó Otabek, llamando de nuevo su atención. Mila le dedicó una sonrisa que no sintió suya.

—¡Oh sí! —Soltó una risita—. Lo lamento, es que siento que nos están mirando mucho. 

—Debí pensar en un lugar más privado.

—No te preocupes —volvió su mirada a la malteada que ya se había acabado, y revoloteó la pajilla entre los cubitos de hielo—. Creo que es mi culpa. Me vine muy arreglada y debo llamar demasiado la atención.

—Te ves preciosa —Mila detuvo el ataque a los cubitos de hielo, justo cuando sintió que su corazón comenzó a latir eufórico—. Me gusta cómo te ves. 

No… no debería sonrojarse. No. No debería sentir a su pecho latir así, ni el calor en su rostro, ni el brillo húmedo en sus ojos. No, pero allí estaba, incapaz de controlarlo. Mila bajó la mirada cohibida, ocultó sus dos manos en la mesa y plegó su espalda al respaldar del asiento acolchado.       

—¿Mila?

—Oso… —No pudo evitarlo, el apodo cariñoso salió tan ajeno y al mismo tiempo tan suyo que el hormigueo en sus mejillas y nariz le dio aviso de lo que estaba por ocurrir—. ¿Para qué me trajiste aquí? Es decir… —Tomó aire, mucho aire. Casi sintió que se volvía solo eso—, ¿de qué querías hablar?

—¿Te molesta que diga lo que veo? —La voz de Otabek no cambió mucho, aunque la moduló aún más suave, íntima. Mila percibió una sonrisa dibujarse en su rostro, mientras veía sus manos, sus dedos vacíos. Simplemente renegó—. ¿Entonces?

—Duele… duele que seas tan amable y dulce, tan encantador como siempre… Es como si pudiera hacerme esperanzas y… —Ella levantó la mirada brillante y conmovida. Vio en Otabek una tensión palpable en su rostro, en sus hombros, en la forma en que jalaba sus dedos izquierdos con los derechos—: ¿debería hacerlo? 

Otabek se mantuvo en silencio. Bajó la mirada, incapaz de permanecer un segundo más observando esos bellos y rotos ojos azules que lo veían con tanto dolor y nostalgia juntas. Mila entendió perfectamente ese lenguaje y soltó el aire; sintió temblar su mandíbula. Decidió entretener su vista en los azulejos de las paredes, mientras apretaba sus dedos y respiraba pausado, así, como se respira cuando se siente un insoportable dolor.

Pasaron largos minutos. La gente pasaba cerca, algunos comentaban sobre una nueva librería, otros sobre la música del momento, y un par de parejas tomadas de las manos se abrazaban antes de bajar del piso. Ellos estaban allí, estacionados en la indecisión, entre lo que se quería, lo que se podía, lo que se debía.

A Otabek le gustaría cambiar las cosas. Pensaba en cómo tuvieron que haber sido, y no, no debieron ser así. Ellos debieron haberse encontrado en esas competencias con las ilusiones acrecentadas, con el amor recubriéndolos. Debieron aprovechar el momento en que de nuevo se cruzaban sus caminos. La hubiera invitado a salir, seguramente a aquel mismo sitio, pero tomándole la mano, mirándola a los ojos, deleitándose con el sonido de su risa, el brillo de sus grandes ojos azules y el sonrojo que brotaba en ella cuando había una ligera insinuación. Entonces, apretaría con fuerza su mano y ella mordería sus gruesos labios de esa forma tan sensual que le aceleraría el corazón, las palabras sobrarían y sus cuerpos hablarían por sí solos.

No podía negar que aún había atracción, que aún deseaba abrazarla, besarla, simplemente sentir su peso a un costado mientras rodeaba su delicada cintura con un brazo. Que le gustaría sentir sus dedos acariciándole el pecho, o la nuca, ver su rostro desmaquillado de esa manera tan íntima, y su sonrisa carente de labial. ¿Pero cómo podía compaginar eso que aún siente con el deseo casi obsesivo de que Yuri lo tuviera solo a él…? ¿Con la ansiedad de ser lo suficiente para que Yuri pudiera ser feliz con él? ¿Cómo podrían conjugarse en una misma oración los amores que sentía por Mila y por Yuri?

Otabek había esperado, en el fondo, que tras la desconexión con Yuri y su ida a Canadá, todo estuviera claro; mas no había sido así. No pensó que luego pudiera volver por Mila diciéndole que todo aquello no había sido más que una equivocación, pero sí creyó que pudiera sentirse mejor consigo mismo antes de tratar de recuperarlos a ambos, esta vez diferenciando lo que sentía por ellos. No obstante, se había enredado aún más, como una mezcla maldita que era incapaz de separar. Entre extrañarlos a ambos, quererlos a ambos, desearlos a ambos… ¿Cómo podía decirle a Mila que la amaba si aún algo en  él le empujaba fuertemente a Yuri? ¿Qué clase de amor era entonces el que aún le quedaba por ella?

—Lo lamento… —dijo Mila, sacándolo de sus cavilaciones. Con esa coquetería tan innata, recogió uno de sus mechones rojos y lo echó tras la oreja—. No debí decir todo esto…  ¿Te he incomodado, cierto?

Otabek relamió sus propios labios y retuvo el aliento un poco más.

—No, estás en todo tu derecho.

—Me dijiste que querías decirme algo… yo, estoy esperando eso, Otabek.

—Lo sé, pero no es fácil para mí —confesó, rascándose un lado del cuello—. No ha sido fácil para mí estos meses.

—Bueno… tampoco para mí lo ha sido —admitió.

—Desde que me echaste de tu habitación esa noche, siento que estoy viviendo una larga pesadilla —no se miraron a los ojos, solo hablaron así, como si no quisieran que nadie más, aparte de ellos, escucharan.

—No puedo disculparme por eso… creo que no hubiera podido reaccionar de otra forma. —Mila sonrió con tristeza, mirando el vaso de la malteada llenarse de gotitas condensadas—. ¿Tú no pensabas decirme lo que pasaba verdad? Contigo… y con Yuri.

Para ella no había quedado duda de que Otabek prefirió mantener el silencio, y que fue solo por lo ocurrido, que se vio obligado a confesar. Eso… eso había dolido. Ya Mila no podía cuantificar si esa falta de confianza dolió más que el desamor o si ambas cosas, al final, eran parte de lo mismo.  

—Cuando me di cuenta, llamé a Jean y le conté todo. No quise llamar a ninguno de mis amigos porque sabía lo que me aconsejarían: fóllate a Yuri y te quitas las ganas —Mila apretó el cuerpo entero y Otabek no fue capaz de mirarla—. Yo no podría hacerles algo así, no podía jugar con Yuri de esa manera ni mentirte así a ti.

—Sin embargo, me mentiste… —Por que llegar a su casa, besarla, tocarla, hacerla sentir tan única, poseerla… eso también fue una mentira.

—No… o al menos, creo que no —Otabek levantó la mirada para ver la sonrisa falsa, disecada, en el rostro de su antigua novia—. Mila, al hablar con Jean, él me aconsejó que te llevara a Almaty. Que quizás lo que necesitábamos era mayor contacto. Yo lo pensé…—Ella le regresó los ojos, con una inconfundible emoción en sus ojos—, realmente lo hice. Pero pensé en cómo le afectaría a Yuri quedarse solo con Nikiforov en Rusia y…

—Y lo pusiste por encima de nosotros —culminó, sintiendo un dolor tan hondo por dentro, que se sentía como ser abierta con pinzas en su pecho.

—Lo lamento… pensé que ambos estaríamos de acuerdo con que en tal situación, esa era la prioridad —Mila lo escuchó y renegó, con una sonrisa falsa, sus ojos perdiéndose en el aire—. Que también querrías quedarte con Yuri.              

—Otabek… si hubiera sabido que nuestra relación estaba así de mal, ¿crees que hubiera priorizado a Yura? Además, ¡deberías ver lo bien que se lleva ahora con Víctor! —Otabek lo escuchó como si hubiera sentido en su lugar una patada en el abdomen. Su rostro se mantuvo duro, mientras Mila agarraba una servilleta de papel y respiraba con dificultad—. Y no solo él, tiene también a Yakov, a Georgi, hasta a Louis… su madre regresó… ahora es Yuri quien tiene dónde apoyarse, y si todo sale bien ahora que Yuuri fue a San Petersburgo, también lo tendrá a él —y de de nuevo, pero esta vez en lugar de una patada había sido como recibir el golpe de un automóvil a alta velocidad.

Víctor Nikiforov y Yuuri Katsuki  orbitando alrededor de Yuri, de nuevo, sonaba como una penitencia que no se sentía capaz de cargar. Pero no hubo maldad en la voz de Mila al mencionarlos, simplemente soltaba aquella información como si comentara que la malteada estaba muy fría o que al día siguiente tendría que competir. Sin embargo, Otabek se quedó callado, como si se hubiera convertido en piedra.

En medio del mutismo de su ex, Mila renegó, incapaz de mirarlo. Se sentía terriblemente decepcionada, un sentimiento que ayudó a cuajar el dolor que había estado cargando durante meses.

—He estado todos estos meses pensando en qué fue lo que falló —continuó ella, y Otabek se preguntó cómo era posible que, siendo él quien hubiera buscado hablar, se encontrara ahora sin palabras que decir—. En realidad, en qué fallé yo. —Mila pasó sus yemas sobre la primera lágrima traicionera que rodó por su mejilla—. ¿Te aburrí? ¿Fui predecible? ¿No… no te seduje suficiente?

—Mila…

—Quizás me entregué demasiado… Quizás no debí haberlo hecho, dejar siempre el aura de misterio y hacerte creer que jamás podrías hacerme tuya —el tono de su voz, tan parco y carente de emociones, distaba mucho del temblor que le otorgaba el vibrar en su garganta y la mirada vacía sobre la pared—. Pero, luego pienso, que me confié.

—Yo no quería hacer esto… —Otabek bajó la mirada y Mila volvió a sonreír, tan hueco, que en esa curva cabían miles de sueños rotos. 

—Pero pasó… —Ella le devolvió la mirada y encogió sus hombros, resignada—. Simplemente pasó, ¿no? Así como con nosotros, que un día me di cuenta de que te quería para mí futuro… o tú que en alguna mañana o noche, pensaste podrías hacer una vida conmigo.

—Nunca te mentí cuando te lo dije… —La afirmación de Otabek, quebrada, poco podía hacer para cubrir esa herida. Mila levantó la mirada, tratando de contenerse, pero sintió una bola de demolición a todo su esfuerzo cuando Otabek le tomó su mano temblorosa. El calor conocido hizo mella en toda su fuerza, y volvieron todas esas ganas de enterrar todo y simplemente lanzarse a sus brazos aunque fuera esa su última noche—. Una parte de mí aún quiere aferrarse a ello.

—Yo también, ¿sabes?  —Mila dirigió sus ojos hacia la unión de sus manos, tan distintas, y en otro tiempo tan destinada a estar juntas—. Una parte de mí quiere abrazarte, besarte y autoconvencerme que puedo reenamorarte. Una parte de mí quiere luchar, entregarme más que antes, dar mucho más de lo que di… La otra, mucho más sensata, me dice que no.

Otabek percibió el escalofrío metiéndose en toda su médula y derramándose por todas sus articulaciones, en el justo momento en que Mila apartó su mano y le miró con una seguridad húmeda, aguda. Enderezándose y luciendo tan bella como era, tan fuerte como siempre había sido, mientras él, de hombros caídos, podía sentir la culpa cayendo como ladrillos de cemento, uno a uno, en cámara lenta.

—¿Sabes por qué no? —Le dijo tan suave, tan dulce y tan triste que Otabek sintió una caricia de penitencia en su mejilla—. Porque desde el momento en que pusiste a algo más sobre nosotros, esto estaba destinado a terminar así. Desde el momento en que te rendiste, Otabek…

—No me rendí —se defendió, apretando sus puños sobre la mesa y empujando en su mirada oscura la desesperación que le corroía ante la inminente pérdida—. Luché con esto, luché con mis dudas, intenté…

—¿Solo…? —La suave condescendencia de Mila le golpeaba como una brisa amarga y helada—. ¿Para qué era yo tu novia entonces? ¿Para librar tus batallas solo? —Se encontró sin argumentos mientras ella llevaba la servilleta doblada sobre su mejilla izquierda, para secar la nueva lágrima, con elegancia y dignidad—. Si me hubieras dicho, hubiéramos podido salvarnos… Hubiéramos hablado con Yuri, me hubiera ido contigo a Almaty, a Pekín, incluso aquí… a dónde hubieras querido… Yuri hubiera entendido, no se habría enojado con nosotros.

Aquella posibilidad se presentó ante ellos, como esa que él estuvo buscando y jamás pudo encontrar. Si la hubiera acompañado a esa habitación, decidido a confesarle lo que sentía, otra cosa hubiera ocurrido. Si hubiera sido sincero, desde el principio, con ella y en vez de ceder al impulso de olvidar con el cuerpo, sería distinto el desenlace. Se vio a sí mismo tomando sus manos con calma y pidiéndole unos minutos para simplemente hablar. Se vio a ambos sentándose en la cama mientras él jugaba con los dedos delgados de ella, tan blancos como la nieve, diciéndoselo todo. Seguro hubieran llorado justo como estaba ocurriendo en esa mesa, pero con un significado diferente. Le hubiera pedido ayuda, hubieran pensado juntos en cómo salvar las promesas hechas. Le hubiera dicho que él quería poner por encima de sus dudas a su relación, a ella… 

Y Mila, la Mila de quien se había enamorado, hubiera recibido todo eso con la entereza que la caracterizaba, le hubiera impulsado a luchar por lo suyo sin guardar rencor ante él, ni ante Yuri. Hubiera sido un secreto entre ellos, hubiera sido una batalla para luchar juntos, y seguramente, hubieran vencido.

Como todas esas batallas que Jean e Isabella había librado y salido Victoriosos, con más fuerza en su relación y en su amor, convencidos que estaban juntos no porque se necesitaran mutuamente o no pudieran estar completos sin el otro; simplemente porque compartir sus alegrías y tristeza entre ellos, lo hacía todo más llevadero. Más posible… 

Jean se lo dijo: habla con ella… habla con ella. Él desentendió el consejo. Allí estaban las consecuencias, en esos ojos azules cuarteados con el brillo de esos filos clavados en él.  

Bajó sus ojos, derrotado. Y al sentir el suave toque de esas yemas en su oreja, él simplemente se partió. Se desmoronó, temblando, reteniendo el aire y apretando sus labios mientras las lágrimas brotaban, una tras otra, sin más sonido que el que hacía intentando respirar. Mila lo vio derrumbarse, como aquel ídolo de pies de barro que cede a la gravedad. Con tristeza, con pena, con resignación.

Entonces se levantó, en silencio, y rodeó la mesa para sentarse al lado de Otabek y cubrirlo en un abrazo lleno de consuelo, al que él se aferró con todas sus fuerzas. Pese a que el contacto fue tan anhelado por tanto tiempo, Mila solo acomodó sus labios sobre la coronilla de Otabek, mientras sus dedos le acariciaban una mejilla y su espalda, y lo sentía temblar contra su pecho. Ella lloraba, pero no con el sentimiento que Otabek lo hacía. Se abocó a calmarlo a él porque lo amaba, y a pesar de saberse no correspondida, el amor seguía primando en ella.

—Lo lamento tanto… —La voz de Otabek tan agujereaba le dolía escucharla, pero se limitó a acariciar su espalda con suavidad—. Tanto, Mila…

—Yo también lo lamento…

—Yo quería cumplirte todas las promesas… —Le costaba respirar para completar las frases pero se esforzó—. Yo quisiera hacerlo… 

—Me hubiera gustado que confiaras en mí… —confesó—. El que no hayas podido hacerlo, significa que yo no pude… yo no pude ganarme esa confianza…

—Eres perfecta… eres la mujer perfecta… —Y lo decía de corazón. Todo su ser lo gritaba mientras la apretaba aferrándose para no dejarla ir a sabiendas de que no sería posible retenerla. Lo había leído, en su mirada mansa—. Te amo tanto…

—No lo suficiente, oso… —Le susurró, en intimidad. Otabek gimió con tanta desesperación por no tener la seguridad para decirle que no. Por no tener la fuerza para intentarlo y hacerle ver que no había dejado de amarla. Aunque ya no supiera qué nombre darle a ese amor, ahora que estaba enfrentándose a la separación emocional, se negaba a soltarla—. Al dudar de que tu amor y el mío fueran fuertes para enfrentar esto, me haces pensar que no me amas lo suficiente. ¿Y no es injusto? ¿Quedarnos con menos que eso?

Aunque ella tuviera razón, él sentía que había un enorme error en el curso de los hechos y en el nombre de sus sentimientos, pero era incapaz de verlo en ese momento. La inminencia de la despedida estaba tan latente que dolía por cada articulación. Se suponía que había ido para consolarla y calmar su dolor, y era ella la que estaba allí, consolándolo, demostrando su fuerza, haciéndolo admirarla y desearla con la misma fuerza con la que se arrepentía de sus errores.

Allí se quedaron, tendidos en el tiempo. Sin nada que hubieran probado para llenar sus estómagos y solo dolor latente, dentro, muy suyo. Se abrazaron hasta que las lágrimas acabaron y los pulmones ardieron. Y callaron cuando las palabras sobraron. En ese momento, cuando Otabek subió la mirada y vio a Mila observándole con amor contenido, la distancia se esfumó. Sus labios se juntaron tímidamente, saboreándose con lentitud, vistiendo a los ajenos mientras sentía el deseo querer encender una llama en un tronco húmedo.

Se apagó.

La ausencia de esperanzas por parte de Mila y la inseguridad de Otabek sobre sus propios sentimientos, impidieron que la llama encontrará oxígeno para mantenerse el tiempo suficiente como para poder resurgir. Se apartaron dubitativos, heridos y conscientes del desenlace. Esta vez, sosteniendo la pena como quien sostiene un cadáver.

—¿Nos vamos? —Propuso Mila, separándose ligeramente mientras bajaba la mirada.

Otabek asintió y con una señal, pidió la cuenta.

El camino de regreso al hotel no era muy largo, y sin embargo, decidieron hacerlo juntos. Otabek buscó la mano de Mila suavemente y ella se la apretó en respuesta, aceptando en silencio la invitación de ir así hasta el hotel. Era como una última caminata juntos y el simbolismo, a pesar de ser sumamente duro, era necesario. No obstante, conforme sus pasos se acercaban a la entrada del hotel y a la inminente desconexión de sus manos, Otabek se vio envuelto ante el terror de hacer lo incorrecto. Esos minutos en silencio lo sumieron en una marejada de dudas; sobre sus sentimientos, sobre lo que quería hacer, sobre lo que valía la pena intentar o no. Sobre lo que su corazón deseaba en realidad.

¿Era ese deseo de aferrarse su real anhelo o producto del miedo que le provocaba el saber que con Yuri no habían posibilidades? ¿Era esa necesidad de aferrarse a ella causada por la sensación de quedarse con las manos vacías?  ¿Era…?

—Aquí… —ella mencionó, al detenerse, y Otabek dirigió la mirada hacía la puerta de vidrio. La mano de Mila se separó, con igual suavidad a él cuándo la tomó, escurriéndose de sus dedos. Y hasta apenas ese momento, en que sintió su palma desnuda, se percató del frío de la noche y la nevada suave que caía—. Gracias por invitarme, Otabek.

El perfil de Mila en medio de la nevada lucía impoluto. Su piel blanca brillaba entre los copos; parecía una hermosa estatua de mármol, silente, espectacular.  Otabek la observó con la sensación de que la imagen quemaba a sus ojos, que ya ardían por el llanto anterior.  Ella le miró, con una sonrisa enigmática.              

—Ahora será más fácil para mí —acotó, mirando un par de copos cayendo entre ellos—. ¿Qué harás con respecto a Yuri?

—No lo sé…

—Bueno… —respondió Mila, encogiendo sus hombros—. Solo no pierdas la bonita amistad que tienen juntos… y si algo pasa más allá, ya me encargaré yo de mis sentimientos —clavó cuál puñal, atravesándolo justo en el centro del pecho de Otabek, quien no pudo contener el escalofrío.

—Yo… yo no haría algo que te lastimara —aseguró, pero en respuesta, Mila le dedicó esa misma sonrisa, esa mirada brillante y vacía, esa expresión impoluta y mansa.

—No me subestimes, Otabek…

Sin esperar una respuesta de su parte, Mila comenzó a caminar para entrar al hotel. Dejó un adiós en el aire, mientras empujaba la puerta de vidrio y entraba en la estancia, azotando los tacones de sus botines sobre el piso lustrado del hotel. Otabek la miró desde afuera, observando como las luces amarillas golpeaban el saco blanco y le daba un aire tan poderoso al caminar de la leyenda femenina rusa. Se grabó el movimiento de sus caderas, el vaivén de esos llamativos cabellos rojos, el perfume que dejó a su lado junto al calor de aquella mano que había encajado tan perfectamente en su palma, como si no fuera a volver a verlo jamás.

Y Mila solo quería estar encerrada entre paredes. Solo quería encontrarse en la soledad de su habitación para echarse a llorar, como no se atrevió a hacerlo frente a él, llorar una última vez por el fin de un amor que tanto le hubo dado. Sus manos intentaban contener el temblor, más sus labios ya vibraban y sus ojos, anegados, estaban luchando por no pestañear para que la primera lágrima no la traicionara. Porque sabía que en cuanto iniciara, no podría parar; que lloraría como si acabaran de arrancarle algo, por más que hubiera ocurrido hacía ya tiempo, que no podría respirar y se aferraría a las sábanas o almohada hasta caer rendida. Hasta que se acabaran sus lágrimas, hasta que le doliera el cuerpo, hasta saberse vencida.

Ya estaba cerca… ya estaba cerca. Solo tomar el ascensor, marcar el piso, caminar el pasillo y llegar a su habitación;  ella repetía la secuencia mientras se daba fuerzas y observaba la puerta de elevador abrirse y dejar salir a un par de patinadores. Solo…

—¿Mila? —Leo, quien era uno de esos patinadores, la miró con una clara expresión de desconcierto al notar el esfuerzo que la rusa ponía en contenerse a pesar de que las lágrimas ya asomaban en sus ojos. Juan Luis, quien estaba a su lado, también se detuvo preocupado, pero de inmediato comenzó a buscar en los alrededores por si veía a alguien persiguiéndola—. ¿Qué ocurre? ¿por qué estás así?

—No te preocupes… —Intentó despistar y dio un paso hacia atrás para ganar espacio. Pero fue suficiente para que todas sus fuerzas se cayeran y su rostro se llenará de gruesas lágrimas que ya no pudo detener—. No me pasa…

Pero Leo no la dejó hablar o intentar hacerlo, ya que las lágrimas de Mila se agolparon en sus ojos y el nudo se creció en su garganta, ahogando su voz antes de que pudiera intentar explicarse. El muchacho simplemente cedió a su instinto protector y buscó cubrirla en un abrazo que ella al inicio intentó apartar, pero al que luego cedió al saberse sin fuerzas. Tapándose el rostro con ambas manos, se permitió llorar allí, resguardada; como si de esa manera fuera imposible que alguien la notara en el mundo. Leo, aún abrumado por la inesperada situación, simplemente le dio cobijo sin preguntar nada, guardando un respetuoso silencio y dejando sus manos quietas en la cabeza y espalda de Mila, sin buscar más. Permitiéndole desahogarse.

Otabek miró todo desde afuera, conteniendo el fuego que sintió en su estómago cuando la vio envuelta en brazos ajenos. Y entonces se preguntó si podría soportar ver a Mila en brazos de alguien más.

“—Me dijiste que solo besarías una medalla de oro. Aquí tienes: una medalla de oro.

—Estoy orgulloso de ti, Yuuri…

—Me tardé… pero pude hacerlo. Si tú no hubieras estado conmigo, Víctor, yo no…  

—…

—Víctor, pensé que querías besar la… 

—Yuuri, tú eres mi medalla de oro.

—Vitya…

—Lo eres. Quiero que lo recuerdes, que cada vez que estás conmigo y nos enfrentamos a la prensa, me siento más orgulloso que con cualquier medalla de oro que haya ganado antes.

—¿Incluso la de las olimpiadas?

—Por supuesto.”

Caían…

“—¿Love & Life? ¿Por qué se llamará así tu temporada?

—Porque… son las dos palabras que vienen a mi mente cuando pienso en ti, Yuuri. Amor, y vida. ¿Qué te parece?

—Yo… no sé qué decir…

—Solo dime que me amas.

—Te amo, Vitya… Tú, tú también eres mi Love & Life…”

Caían…

“—¿Estás enojado aún, cariño?

—No puedo creer que lo hayas dicho. En serio, no puedo creerlo, Víctor.

—Perdóname amor… no quise decir eso.

—Si lo quisiste decir. No intentes ahora justificarte.

—Bueno sí, pero… 

—¿Pero…?

—¿Sabes cuánto tiempo tengo sin pisar un podio en toda mi carrera? ¿Lo sabes…?

—Lo sé…

—… Debes pensar que estoy siendo irracional…

—La verdad, no pienso eso… Creo que puedo entenderlo, pero me esforcé tanto Víctor… como para que digas que solo fue un golpe de suerte.

—Tienes razón, y lo hiciste increíble. Tu programa fue precioso, te veías tan bello en la pista… claro que ayudó el traje que te recomendé, porque con ese que pensabas usar…

—Víctor…

—Además, siendo sincero, me alegra que hayas sido tú quien la hayas ganado.

—Yo aún no puedo creer que haya ganado…

—¿Te imaginas si hubiera sido J.J? Hubiera tenido que tolerar como se paseaba con su medalla hasta los camerinos.

—¡Eres especialmente cruel con él!

—¡O Yuri! ¡No podría soportarlo en todo el vuelo de regreso hablando de cómo me quitó la medalla de oro. Al menos a él no le gusta desfilar una de bronce.        

—Víctor, no lo estás arreglando.

—Lo que quiero decir es… te la mereces.”

Caían, tantas…

“—Toma…

—¿Eh?

—Sé que dije una estupidez en el anterior GPF, mi Yuuri, así que tenla.

—Pero es tuya, Víctor. La ganaste… yo, yo ni siquiera pude competir por la lesión, yo…

—Shhh… Me hubiera gustado competir contigo de nuevo, pero ahora, no es lo importante. Solo quiero que te recuperes. Quiero verte patinar de nuevo, amor…”

Como ver una película vieja, entre manchas de colores y efectos de la luz. Solo que, en esa película, era un solo rostro el que estaba en aquella pantalla invisible.  A veces cerca, tan cerca, que solo podía ver su grande nariz, el cabello claro, la frente a la que luego acariciaba con la yema de sus dedos o detallar el brillo de sus ojos azules junto a sus pupilas oscuras. En otras: lejos, así que podía observar su singular sonrisa, la graciosa forma en que fruncía los labios cuando no estaba de acuerdo, o la envolvente intensidad con la que se insinuaba en el silencio.

“—¿Qué te parece? Aquí estarán las mías, y aquí está el espacio para las tuyas.

—Es mucho espacio, Víctor… ¿sabes que tengo ya veintiséis años? ¿En qué momento voy a ganar tantas medallas de oro para llenar todo ese espacio?

—¿Ya estás pensando en retirarte?

—No me hagas esa cara graciosa… y no, no estoy pensando en eso. Solo estoy siendo realista.

—Mmm…

—Vitya, quita esa cara. Pareces un niño pequeño…

—No quiero que Yuuri se retire. No quiero que te retires nunca.

—El tiempo como patinador es corto… tendremos que hacerlo. Pero, eso no significa que dejaremos de patinar. El Ice Castle, seguro estará abierto para cuando queramos.

—¿Lo prometes? ¿Qué patinaremos juntos hasta que nuestros pies no nos aguanten?

—Lo prometo…

—Entonces, además de casa ninja, tendré que comprar una pista de hielo.

—¿Estás hablando en serio, Vitya?

—Y tú debes estar en ella…”

Caían, una tras otras, como lluvia. Sus memorias estaban allí, flotando en el aire, acompañando a sus lágrimas. Estaban allí mientras Víctor en sus miles de formas le hablaba, le sonreía, le amaba…

Le seguía amando.

Yuuri ya no lloraba, pero las lágrimas caían solas, completamente libres, mientras los recuerdos hacían fila y bailaban un réquiem perdido. Caían sin gesto, sin sonidos, sin expresión. Solo caían… y él se vio extrañando, deseando y añorando a todos esos momentos. Entonces recordó porque los había olvidado, y otra volvió a caer.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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