Matryoshka II (Cap 18)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 18. Skate Canadá: Eso que prometimos

« Yuuri, ¿cómo amaneciste? Me preocupaste ayer.

« Lamento lo que pasó.

Mi Yuuri » Hola. Estoy mejor.

Mi Yuuri » Ya estoy en el hotel.

Mi Yuuri » Te avisaré cuando puedas venir para que hablemos.

« Está bien. Espero tu mensaje.

Mi Yuuri » Hola Víctor. Ya estoy disponible. Te anuncias en la recepción.

« Bien. ¿Quieres comer algo?

Mi Yuuri » No tengo apetito.

Mi Yuuri » No vengas muy tarde.

Llevaba aproximadamente una hora dentro del automóvil, con la calefacción activada, agradeciendo internamente que la nevada hubiera parado. Terminó de ver la presentación del resto de los competidores y no fue del todo sorpresa ver tales resultados: Otabek superó a J.J por tan solo un par de puntos de diferencia. El podio, por el momento, parecía ser realidad para Kazajistán, Canadá e Inglaterra. Tras haber visto la tabla actualizarse, desconectó su móvil y miró hacia el frente, dónde el hotel Astoria se mostraba imponente.

Georgi había escogido un hotel suntuoso para Yuuri, uno que seguramente éste hubiera descartado de inmediato. El hotel Astoria era uno de los hoteles cinco estrellas de la ciudad, con una privilegiada ubicación a minutos de la catedral de San Isaac y el histórico Museo del Hermitage. Su fachada señorial databa de 1911, algunas habitaciones aún mantenían el diseño de antaño, con decoraciones elegantes y majestuosas. Pero además de ello, contaba con todos los servicios que cualquiera pudiera desear para tener la mayor comodidad en su estadía, y gozaba con una imponente reputación. Era el lugar donde las figuras públicas solían ir.

Según las palabras de Georgi, había escogido un hotel de esa categoría tanto por el confort del propio Yuuri, como para salvaguardar su identidad. Sería mucho más sencillo que cualquiera lo reconociera en un hotel mucho más económico, además de que no contaría con el personal para resguardarlo en caso de necesidad. Georgi había dado indicaciones precisas para mantener en confidencialidad a su huésped, aunque no recordara ningún escándalo en el hotel por ello. Yuuri estaría seguro allí.

Víctor salió del auto y activó la alarma, al tiempo que subía la mirada por la fachada buscando el piso tres. Sacó un cigarro para fumarlo antes del encuentro como medida para bajar su propia ansiedad. Sus dedos hormigueaban y su garganta picaba, lo segundo de seguro por el frío que había pasado en la noche anterior. Después de haber inhalado la última calada, dejó caer el cigarro, aplastándolo con su suela. Con mucho más control en sí mismo, se movió usando el bastón en su mano derecha, uno de fina madera y diseño sobrio.

Al llegar a la recepción, se acercó hasta la joven que atendía y le sonrió con coquetería. Preguntó por la habitación de Yuuri, y ella le contestó que ya el huésped había avisado que tendría visita. Le volvió a sonreír, fijando con atención sus ojos en la mujer mientras escribía algo en el computador. Notó lo emocionada que se encontraba y no estuvo seguro si era por él, o por lo que podría significar su presencia allí. Le resultó irónico porque para él no había indicio para celebrar absolutamente nada.

—Puede pasar. ¿Quiere que le avise de su llegada?

—Por favor.

—Bien —la chica alargó una tarjeta—. Para su acceso. Lo entrega por favor al salir. 

Víctor miró extrañado la tarjeta. No recordaba la última vez que estuvo en ese hotel y podría jurar que no la había necesitado, pero considerando el tiempo que pudo haber pasado desde su última visita, decidió tomarla. Caminó con decisión hasta el ascensor y marcó el piso correspondiente. En ese interino, sintió su estómago encogerse.

No era tan ingenuo como para pensar que lo que le aguardaba dentro de esa habitación fuera a ser un encuentro pasional con el hombre que amaba. Estaba consciente de lo que Yuuri buscaba de él, y él intentaría que lo obtuviera, si con eso le daba paz. A pesar de que aquello significaba sacrificar todos los sueños que aún, ilusamente, había guardado dentro de él.

Una parte de Víctor no quería ir. Quería esconderse en algún lugar inhóspito donde nadie lo conociera, con todos los recuerdos de Yuuri como su único presente. No quería escuchar lo que Yuuri quería decirle porque tenía miedo, no quería terminar con todo como Yuuri le pedía porque no quería perder las esperanzas. Aunque le hubieran repetido mil veces que el fin podría significar un nuevo comienzo, para Víctor el fin nunca significó más que eso. El fin era fin… y ya había tenido que cargar con demasiados finales en el pasado.

¿Qué le aseguraba que dejando a Yuuri ir, pudiera tenerlo de vuelta luego?

Entre tanto, Yuuri recibió la llamada dando aviso de la visita de Víctor; agradeció en ruso y colgó el teléfono, quedándose quieto mientras observaba la habitación, pensando nuevamente  que aquello era demasiado para lo que él estaba acostumbrado. Georgi había pagado por esas noches más de lo que él le había dicho que pagaría, con una diferencia de casi cien dólares por día de su presupuesto inicial. Yuuri no se sintió del todo cómodo cuando supo que Georgi pretendía asumir ese gasto. Pero decidió esperar a que regresara a Rusia para hablar de esos temas económicos en persona.

Suspiró y miró las medallas que estaban sobre el tocador. Acababa de cortar comunicación con Minami y con Phichit, con quienes estuvo viendo el final del programa corto del Skate Canadá. Habían esperado ver el Axel cuádruple de J.J, pero entendió por qué había decidido posponerlo. Comentaron sobre aquello hasta que se hizo el momento en que tanto Minami como Phichit debieran retomar sus rutinas, uno acostándose y el otro terminando el día. 

Después de haber despertado, comió algo y partió hasta el hotel no solo por ropa, sino también para descansar y estar un rato a solas. Aprovechó las instalaciones para tomar una hora en el gimnasio y así activar a su cuerpo, obligándolo a recuperarse lo más pronto posible y recordando además pedir los medicamentos recetados para el resfriado. Cuando envió la foto con las medallas a Phichit, este no tardó en llamarle con voz angustiosa, exigiendo saber qué había ocurrido. Le explicó todo, incluso de la fiebre que le había agarrado y que aún estaba en su sistema.

Su cuerpo aún tenía una ligera calentura, por lo que no había querido salir. La comunicación con Víctor tampoco le dio razones para hacerlo. Ya consideraba cuestión de tiempo para que el mundo supiera de su estadía en San Petersburgo y no le quedaba otra opción más que adaptarse a ese hecho. Ya luego asumiría las consecuencias de su precipitada decisión; necesitaba quitar de su mente el peso que representaba Rusia y todo su odio malintencionado si quería enfocarse en resolver sus propios conflictos, algo cada vez más difícil de ignorar con cada minuto que pasaba.

Intentar engañar a su mente con el ejercicio, las competencias y la conversación con Phichit pudo haber funcionado en ese espacio de tiempo, pero ahora, que sabía que Víctor recorría el camino para encontrarse con él en esa habitación, todo sonó infructuoso. Había entumecido sus emociones para poder pensar con cabeza fría y ejecutar el movimiento con la certeza de un médico, con un corte limpio y sin manchas. Pero ahora se veía como un cirujano que veía el corazón a tratar con pulso tembloroso, su propio corazón, latiendo entre la carne. Empezaba a dudar otra vez.

—¿Entonces, qué harás? —Le había preguntado Phichit, con tono preocupado. Yuuri trató de retener de nuevo esa conversación en su memoria, para darse fuerzas—. Debiste haber hablado ayer. Para eso habías ido.

—Lo sé. Lo sé muy bien, pero al ver las medallas recordé todo y… me enojé. Ni siquiera sé en qué estaba pensando cuando salí del auto para arrojarlas al puente. Solo me di cuenta de lo que estuve a punto de hacer cuando entendí… 

—¿Entendiste?

—Entendí que era un hipócrita. Que lo estaba siendo. Que yo estoy siendo tan injusto y egoísta como Víctor.

Yuuri había sentido como si toda Rusia hubiera golpeado a su rostro con su helada indiferencia. Sintió cada copo de nieve de la nevada clavársele como cuchillas sobre su cuerpo cuando salió del auto, pero nada de eso mitigó el odio enervado que corría como lava ardiente por su sangre a través de sus venas. Solo lo hizo el encuentro con su propio reflejo en el agua, y el recuerdo de todos los aplausos que consiguió con cada medalla que pesaba en su mano. Solo lo hizo el reconocer que fue él quien las quiso y también él quien, en aquel entonces, decidió  tomar el riesgo de buscarlas contra todo y todos. Que él las deseó… su yo competidor detuvo a su yo enamorado y dolido, para impedir que cometiera una locura que ninguno de ellos dos, merecía.

—Pensé que eso ya lo habías visto.

—Sí, así fue. —Mientras recordaba, tocaron la puerta—. Pero lo olvidé en ese momento de ira. Lo olvidé, Phichit, solo recordé el rencor. ¿Cómo puedo volver con él como él desea si es eso lo que provoca? ¿Si todo lo que puedo pensar cuando estoy con él fue en lo que pasó, en todo lo malo? —Yuuri caminó hasta la puerta, tomando aire para abrir, aún con todas las palabras que hacía momentos le había confesado a su amigo rondando frescas en su mente—. La verdad, cuando vi a Víctor tan frustrado, me regodeé por dentro. Pensé: ahora entiendes. Pero no tiene sentido, sé que es injusto, innecesario y absurdo tratar de hacerle ver lo que me hizo comportándome igual.

—Exacto Yuuri.

—Pero eso solo lo pienso cuando él no está. Cuando está… siento la necesidad de demostrarle que las cosas han cambiado, de hacerle ver que no son como antes y, de sentirme de algún modo a gusto al ver en él aunque sea una parte de la misma desesperación que yo sentí en ese momento. Y eso… eso está mal.

Gracias a la terapia, Yuuri era capaz de reconocer sus propios sentimientos, aún los más egoístas y mezquinos, así como entender las acciones a las que estos le empujaban. El enojo acumulado, la impotencia e indignación, así como el ego herido, eran tan solo una parte de todas las cosas que Yuuri Katsuki guardaba de su vida con Víctor Nikiforov, y con las que todavía debía luchar. Sabía que si le daba una oportunidad a Víctor en ese momento, solo sería para dañarlo, empujar en él todo aquel resentimiento guardado y cobrarse así justicia con sus propias manos, aunque fuera de la forma más ruin.

Y no, no podía dañarlo más de lo que ya había hecho, por muy dañado que él mismo se encontrara por su culpa. ¿Qué de bueno puede traer juntar dos piezas filosas y cortantes?

Al abrir la puerta, se encontró con Víctor. La mirada azul lo observó por un momento que les pareció largo a ambos, cargada de una mezcla indiscutible de emociones. Yuuri tragó fuerte y se hizo a un lado, dándole espacio para entrar a la habitación. Luego de eso, miró hacia el pasillo para asegurarse de que no hubieran miradas y cerró la puerta. Sus pálpitos incrementaron el tempo, justo cuando el seguro de la puerta se escuchó y se supo a solas con Víctor. Sus dedos hormiguearon ante la seguridad de que esa bien podría ser la última vez para siempre. Sin embargo, el aroma a cigarros golpeó sus fosas nasales y lo jaló de vuelta a la habitación; Yuuri no pudo evitar voltear y mirarlo de forma sorpresiva. Sus ojos marrones lo observaron con estupor y dolor, los cuales aumentaron cuando notó el bastón que Víctor usaba en la mano derecha.

—¿Te duele? —Aún con la tensión que sentía, necesitó preguntar.

—Un poco —la sonrisa de Víctor fue indescifrable y Yuuri frunció su ceño—. Está bien, no es nada.

—No te dolía ayer… ni cuando te vi en América.

—Sí, no suele dolerme seguido pero ayer estabas ardiendo en fiebre, Yuuri. Fue un poco complicado cargarte —con un dejo de culpabilidad, Yuuri bajó la mirada avergonzado. No pudo recordar que Víctor lo hubiera cargado—. No te preocupes por eso, Yuuri.

—También hueles a cigarros. 

—Oh sí, fume antes de subir.

—Tú no fumabas… —acotó con una arruga formándose en su frente.

—Es cierto, no fumaba.

Había quedado en evidencia que no eran los mismos que fueron tres años atrás. En el silencio, Yuuri lo miraba con atención para permitirse notar lo difícil que resultó para Víctor el sentarse en el borde de la cama. Víctor, en cambio, no se sentía capaz de regresarle la mirada. Temía encontrar decepción o compasión como tantas veces en el pasado, y ya no quería verlas. Le hubiera gustado que su rodilla no molestara pero fue así, y no hubo manera de acabar con el dolor. Por lo que le dijo su hermano, debía tener un par de ligamentos inflamados por el esfuerzo que hizo al levantarse con todo ese peso sobre él. Saber que tendría que enfrentarse a Yuuri así, con un bastón, fue suficiente para sentir en su estómago un inusitado ataque de nerviosismo que solo pudo calmar con la nicotina.

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que se había sentido tan ínfimo frente a Yuuri. Tan insignificante. La sobrecogedora distancia que empezó a sentir hacía ya tantos años cuando no entró al podio y que fue incrementándose luego con cada nueva medalla ganada por Yuuri, con cada competencia en la que no pudo asistir; volvió ahora con mayor fuerza, como una demoledora presión que hizo caer sus hombros. Aún si era él quien estaba pulcramente vestido en esa habitación y Yuuri vistiera sus comunes pijamas, se sentía completamente por debajo de él. Inferior, débil… eso le generaba ansiedad y a su vez repulsión.

Caminar hacia esa habitación se había sentido como si estuviera recorriendo un largo pasillo antes de entrar a un juicio. Sentarse ahora mientras Yuuri lo miraba desde arriba, le había profundizado esa horrorosa sensación. Como si fuera el culpable de delitos terribles, Víctor se sentía acosado y señalado por esa mirada que en otro tiempo sólo había sabido darle adoración y amor. Por eso no pudo devolverla.

—Debo disculparme por lo de ayer —murmuró Yuuri, acercando el asiento de la consola para así poder sentarse frente a Víctor. En ningún momento subió la mirada, solo se encorvó juntando sus manos sobre sus rodillas, mientras Víctor miraba fijamente el cabello negro, tenso al reconocer que Yuuri llevaría el control de la conversación—. No era mi intención causarte problemas ni alargar esto… Las cosas ayer no fueron como me hubiera gustado.

La lejana sensación de aquel beso que no debió ser, junto a la certeza de cuánto le había extrañado, volvió como una brisa fría, que los hizo tiritar a ambos.

—Fue mal plan traerte las medallas, ¿no? —Había algo de mofa en la voz de Víctor y Yuuri solo suspiró. Víctor ya había notado la bolsa donde él mismo se las dio el día anterior, e incluso miró aquella que ahora estaba fuera, acomodada cerca de la laptop de Yuuri.

—No… fui yo quien no reaccionó adecuadamente. Agradezco que me las hayas traído. Después de todo, ya no significan nada entre nosotros.

“Tendrás que compensarme. Cómo mínimo, debes ser cinco veces campeón del mundo”

Víctor abrió sus labios para tomar aire. Aquellas últimas palabras le supieron igual a un golpe descomunal justo en el centro de su pecho, uno que lo había dejado incluso sin posibilidad de respirar; mientras que al mismo tiempo, recordaba el rostro de aquel Yuuri que acababa de ganar la medalla de plata y le miraba con ojos desbordados y enamorados, aceptando aquella ridícula condición con la ceguera que solo da el amor. De nuevo su mirada se vio embargada de profunda tristeza ante el recuerdo y la culpa, y no pudo apartar sus ojos de esa bolsa y de las medallas dentro. Se estaba arrepintiendo de habérselas devuelto, simplemente porque sentía que todo lo que le quedaría de Yuuri sería el aroma del recuerdo y una matryoshka rota por su propia incapacidad de amarlo como merecía.

Y él quería volver, lo deseaba con todas sus fuerzas. Quería aferrarse a Yuuri aunque fuera de su pierna, y suplicarle que le diera tan solo una nueva oportunidad. Quería llorarle, se vio hacerlo, pero su orgullo no le permitía llegar tan bajo aunque supiera que quizás obtendría algo de regreso. No era eso lo que Yuuri quería ver, Yuuri siempre quiso ver en él un ganador. Humillarse no lograría más que Yuuri volviera por pena y no por amor.

—Escúchame Víctor, como te dije en la llamada, yo no he venido para volver. —Víctor no quiso mirarlo a los ojos—. Vine a que hablemos, me digas lo que sientas necesario decirme y a decirte lo que creo mereces escuchar. Tú me dijiste que no creías que hubiéramos cortado, no sin hablar, y a eso he venido. Pero para mí cortamos, cortamos hace mucho tiempo, y fuiste tú, Víctor, quien puso ese punto y aparte. No yo.

Las palabras de Yuuri fueron certeras, concisas y claras. El tono de voz fue modulado. Víctor sintió el deja vù de lo ocurrido en Barcelona y el nudo se formó nuevamente en su garganta. Ahora sí, estaba temiendo. Estaba temblando de miedo porque el Yuuri que le estaba hablando era el que no estaba dudando, él que había tomado la decisión. Y ya sabía el nulo efecto que tendría el llorar en ese momento, por lo que se obligó a evitarlo. Pasó una mano sobre su nariz, y cubrió con ellas los labios que habían empezado a temblar. Su mirada fija en un punto muerto del piso revelaba su profundo deseo de no estar allí, escuchando eso.

Yuuri, entre tanto, miraba con dolor la estampa de Víctor y sus expresiones. No quería lastimarlo, aun cuando sintiera ese impulso egoísta de buscar venganza por cada desplante que antaño recibió de él. No quería llegar a hacerlo y no creía que Víctor al final se lo mereciera, así que para él lo mejor era cortar todo de raíz y separarse, por completo. Se armó de valor para hacerlo; no quería estar con Víctor si era ese sentimiento amargo y mezquino el que lo dominaba, ni quería darle esperanzas solo para lastimarlo en el proceso. Y se vio muy capaz de hacerlo.

—¿Qué sentido tiene decir lo que quiero decirte si no va a cambiar tu decisión, Yuuri? —le preguntó al final, con la voz atorada. Yuuri se limitó a encoger sus hombros.

—Para empezar me parece increíble que sientas lo que dices sentir —horrorizado y ofendido, Víctor le devolvió la mirada, para encontrarse con la mansa calma de Yuuri mientras este miraba sus propias manos—. Y sinceramente tampoco lo entiendo. No entiendo por qué, repentinamente, regresas diciéndome que aún sientes algo por mí cuando en aquel tiempo te encargaste de demostrarme lo contrario.

—Yuuri… —El aludido levantó su mano en señal de alto. Miró a Víctor, decidido a continuar por ese camino ya que había encontrado la forma de hacerle saber lo que sintió. Sus ojos, detrás de los lentes, se mostraban tranquilos, y peligrosos.

—Por favor, escúchame. Lo que tengo que decir es muy importante y lo único que pido es que me escuches. La razón por la que me fui fue porque sentí que tú habías dejado de amarme. Y aún entonces, me fui con la esperanza de que no fuera así, que con mi ausencia te dieras cuenta y fueras a buscarme; pero como eso nunca ocurrió, terminé por comprender que ya no había más amor de tu parte y aprendí a vivir con ello —los ojos de Víctor lo miraron sobrecogido y aterrado ante la magnitud de sus palabras. Sus labios entreabiertos temblaron con deseo apenas contenido de rebatir semejante mentira, teniendo que conformarse por el momento con solo callar—. Dolió, sí. Duele, sí, aún duele. Pero aprendí a vivir con ello, aprendí a seguir con esto, aprendí a caminar con la certeza de que Víctor Nikiforov dejó de amarme, y ahora  ya sé cómo hacerlo —la voz de Yuuri voz se agrietó en ese instante y Víctor mantuvo su mirada en él, conteniendo a duras penas sus constantes y crecientes temblores. Yuuri tuvo que bajar el rostro—. Por eso no quiero volver, me costó mucho llegar a este punto y no quiero perder todo lo que he tenido que recorrer para alcanzarlo. Todo lo que costó volver a patinar Yuri on Ice sin sentir que todo lo que quería era llorar. Todo lo que significó ver la pista de hielo, reconocer de nuevo mis logros y dejar de arrepentirme…

—Yo nunca dejé de amarte, Yuuri…

—Víctor, he dicho que me escuches —dijo con voz cortada por el llanto que intentaba controlar, apretando sus dedos en el intento.

—No, ya escuché suficiente y necesito que me escuches a mí. Porque yo, Yuuri, yo nunca dejé de amarte.

—Ya no importa, es muy tarde para saberlo, ya… —Mordió inquieto sus labios y escondió su mirada entre el cabello suelto.

Sin embargo Víctor enderezó su espalda, harto de escuchar algo tan lejano a la realidad como el haberlo dejado de amar, cuando era justamente eso lo que más dolía. Necesitaba hacerle ver que aquella falacia en la que Yuuri muy cómodamente se había metido para esconder su propia cobardía por no luchar, era una mentira. Porque él nunca dejó de amarlo, ni recordó haberle dicho tal aberración. Podría dejarlo por lo que fuera, más nunca por falta de amor.

—No, sí importa. Porque quiero que entiendas que yo nunca dejé de amarte, ni tampoco aprendí a caminar sin ti, y mucho menos he abandonado tu recuerdo. —Expresó con seguridad, buscando la forma de hacerle llegar a Yuuri esas palabras mientras buscó alcanzar las manos de Yuuri, retorcidas entre sus rodillas—. ¡Yuuri, desde el momento en que supe que volverías como entrenador, yo…!

—¡¿Por qué siempre tienes que hacer esto, Víctor?! —Gritó y apartó sus manos del agarre, dejando a Víctor callado y con las palabras atravesadas en su garganta. Yuuri había levantado su rostro con una frustración temblorosa colmando sus movimientos, mientras sus ojos ya rotos, dejaban correr libremente aquellas lágrimas amargas—. ¿Crees que puedes regresar así como así? ¿Qué todo lo que debo hacer es simplemente entender tus motivos y recibirte con los brazos abiertos? ¿Acaso no entiendes que todo tiene consecuencia? ¡Fue justo lo que ocurrió con la federación! —Manoteó al aire para liberar su propia tensión. De todos los sentimientos que le embargaban en aquellos momentos, la frustración era lo que sentía le dominaba—. ¡No puedes pretender que todos tengamos que entender que tú eres especial y tengas motivos ocultos que revelarás solo cuando llegue tu gran regreso!

—¡No se trata de eso…! —Parecía que cualquier cosa que dijera sería tergiversada por Yuuri.

—¡Sí, se trata de eso! —Yuuri pasó una mano temblorosa para quitarse los lentes y tratar de secarse la cara—. ¡Se trata justamente de eso! — Apretó su tabique—. Te estoy diciendo todo lo que ha significado para mí tener que vivir con tu ausencia, y tú lo único que quieres es que te reciba con brazos abiertos y entienda que, ahora sí, ¡milagrosamente! ¡Víctor Nikiforov sí ama a Yuuri Katsuki! 

—¡No! ¡Quiero que entiendas que nunca dejé de hacerlo! —Víctor a duras penas podía contener el impulso de tocarlo, frustrándose por saber que no era el momento—.  ¡Que de eso no se trataba mi silencio y que por eso ahora no quiero simplemente escucharte, entender y dejarte ir! ¡No quiero Yuuri! 

—¡No sirve de nada saberlo ahora! —Renegó en el asiento, agitando así furiosamente sus cabellos.

—¡Sí, siento que es necesario que escuches todo lo que no pude decirte en ese momento…!

—¿Por qué no simplemente aceptas que terminemos esto ya? —Clamó, levantándose del asiento. Víctor aunque tardó, buscó hacer exactamente lo mismo. Yuuri caminaba como bestia enjaulada, con prisa y tensión acumulada demostrándose en cada movimiento—. ¿Por qué tienes que hacerlo tan difícil? —Repitió—. ¿Si dices que ahora me amas porque no simplemente aceptas que ya acabó y me dejas ir en paz?

—¡Porque no me gusta perder! 

—¡Eso ya lo sé! ¡Vaya que lo sé! ¡No me quedó nada más claro que eso, Víctor! —La expresión llena de ironía que le devolvió Yuuri provocó que a Víctor le temblara la mandíbula.

—¡Yuuri, por favor, déjame explicarte! —suplicó, desesperándose.

—¿Explicarme qué? —Yuuri era ya incapaz de controlarse ni de retener sus lágrimas—. ¿Qué odiabas saber que yo ganaba? ¿Qué odiabas saber que pude alcanzar tus récords? ¿Qué desde el mismo momento que empecé a ganar medallas de oro y tú no, todo tu amor se convirtió en rencor y resentimiento? —Víctor calló—. ¿Qué vas a decirme ahora, Víctor? ¡Todo eso ya lo sé! ¡Sé que odiabas verme ganar! ¡Sé que odiabas que yo fuera capaz de patinar y tú no! ¡Sé todo eso! ¡Sé que te arrepentiste de haber ido por mí a Hasetsu y de haber tomado ese año sabático! ¡Lo sé! —Apretó sus puños al gritar—:  ¡Sé que te arrepentiste de haberme conocido!

—¡No! ¡Jamás me arrepentí de eso! —Pasó sus manos para recoger su cabello entre los dedos, con ganas de arrancarse la cabeza. Sus dedos se apretaron en el cráneo con tanta fuerza como sintió necesaria, mientras sus ojos luchaban por no llorar.

—Sí lo hiciste, Víctor. ¡Tú mismo me lo dijiste! ¡No vengas ahora a decir que todo es producto de mi imaginación! —Yuuri retrocedió hasta toparse con la pared, como si buscara una vía de escape para acabar con ese encuentro. La necesidad de respirar aire que no estuviera cargado por la ira y la tensión en el ambiente le estaba empujando a correr.

—No me arrepentí de haberte conocido. ¿Cómo podría arrepentirme de lo mejor que me ha pasado en la vida?

—¡Lo hiciste! —Gritó con rencor tatuado en su mirada. No podía creer que Víctor ahora se negara a reconocerlo.

—¡No! ¡No me arrepentí de eso! Y si aún no crees eso, Yuuri, ¡entonces me arrepiento ahora mismo de haberte hecho creer que lo hice! —Yuuri calló, mirándolo con sus grandes ojos marrones, transmitiendo con ellos toda la rabia que sentía en ese momento—. Escúchame Yuuri… —Víctor se acercó y acarició una de sus mejillas para llevarse consigo aquella lágrima, pese a que enseguida sintió caer otra—. Tienes razón, tienes toda la razón. Yo me arrepiento de todo el daño que te hice, me arrepiento de no haber sabido estar contigo. De haberte dejado solo, de hacerte sentir que había dejado de amarte, por todo eso, sí, me arrepiento. Incluso, me arrepiento de no haber dejado mi carrera como deportista después de las olimpíadas de Pyeongchang.

Yuuri soltó un jadeo, aún con el llanto atorado, y comenzó a ver bordes negros alrededor de Víctor y su propia vista. Estaba sintiendo la opresión en su cuerpo, la manera en que sus pulmones empezaban a apretarse, sabiendo que estaba perdiendo la facilidad de respirar. Pero aún con todo eso no podía dejar de verlo, de sentir el rencor corroerle, la rabia emerger como fuego por su garganta. Tenía deseos de devolver todo, tenía ganas de llenarlo de mordidas de furia, arrancarle todo el amor que decía profesarle cuando antes, de eso no hubo nada.

Tenía ganas de golpearlo, ganas de gritar. Ganas de hacerse mil pedazos. Explotar.

—Me arrepentí de muchas cosas Yuuri —y la voz de Víctor sonaba ahogada, meliflua, como un sonido añorado que ahora venía a decirle que todo fue un sueño—. Pero te puedo jurar, amor, que nunca me arrepentí de haberte conocido. 

—¡Eres un maldito mentiroso! —Yuuri empujó con todas sus fuerzas el torso de Víctor, obligándolo a retroceder en medio del desconcierto de su acción—. ¡Un maldito mentiroso! ¡Eso no fue amar! ¡Estuve noches suplicándote! ¡Días pidiéndote que me miraras! ¡Todas las malditas competencias llamándote, tan solo esperando que me dijeras que sí habías visto el programa! ¡Qué me habías visto a mí! —Víctor sentía cada palabra siendo arrojada inmisericorde contra su cara, golpeando como pedazos de vidrios rotos y dejando rastros de sangre detrás—. ¡Todo mientras que además tenía que proteger tu imagen ante el mundo para que el mundo no viera lo que yo veía al regresar! ¡Para que su leyenda no cayera como cayó ante mí! ¡Tratando inútilmente de autoconvencerme que el culpable no era yo cuando tu silencio lo gritaba! ¡Cuando el mundo lo arrojaba a mi cara! ¡No vengas a decir ahora que me amabas y que no te arrepentiste! ¡Ahora no me importa!

—¿Crees que fue para mí fácil quedarme en esa habitación solo durante semanas? —Bramó ahora Víctor, alzando la voz ya atorándose con sus propias lágrimas, las cuales habían comenzado a fluir durante el arrebato de Yuuri. Pero Yuuri no veía, todo estaba nublado, en sus ojos el negro se estaba comiendo todo rastro de color—. ¿Viendo que ya no era nadie a quien admirar? ¡Que incluso dejé de ser un ganador para ti!

—¡No eras tú quién tenía que salir al mundo y enfrentarse a su odio! ¡Preguntándome si al final ellos no tenían razón! ¡Si no era cierto que fui yo quien te destruyó, Víctor! 

—¡Yo quería patinar contigo, Yuuri! —Intentó explicar. 

—¡No es cierto! ¡Tú lo único que siempre quisiste fue ganar! —Recogió aire casi sin fuerza, enrojecido hasta las orejas, con las venas marcándosele en el cuello. Víctor se vio golpeado con las acusaciones cada vez más afiladas de su expareja—. ¡Tu ego era lo único que te importaba! ¡Por eso no pudiste verme ganando medallas a mí!

Yuuri no quería escucharlo. Víctor apretó sus labios con impotencia al entender que Yuuri no quería escucharlo, que solo lo veía como el culpable de todo y que ya no importaba los te amo que había guardado para él. Se sintió herido, porque todo intento de sobrellevarlo de la mejor manera eran rotos al darse de frente contra el rencor de Yuuri. Se sintió cansado… ¿cuántas veces más necesitaba romperse para que Yuuri entendiera lo que significaba para él? No importaba cuantos te amo le dijera ni cuantos perdones le pidiera, Yuuri seguiría atizando que era su culpa y no terminaba de comprender que si había caído en aquella horrible depresión fue gracias a él.

Lo trataba como si nunca lo hubiera amado. Lo trataba como si antes de aquel fatídico año, no hubiera habido otros tres donde Yuuri había sido su todo. Lo trataba como si en verdad no hubieran tenido días felices,  esos donde fueron el uno para el otro. Como si todo su posterior sacrificio tampoco hubiera importado nada… Como si no hubiese sido su Love, y su Life.

Víctor se cansó de intentar dialogar y recibir gritos a cambio. Se vio harto de luchar. El enojo evaporó los rastros de lágrimas que habían brotado en la discusión y encendió sus ojos azules con la ira corroída y guardada por años.

—¿Solo mi ego Yuuri? ¡No es eso lo que decían todas esas medallas que ganaste! —Las señaló entre temblores contenidos de rabia—. ¡Esas medallas gritan que él único que pensaba en su ego no era yo! ¡Tú también querías ganarlas!

—¡Sí quería! —Yuuri no se amilanó, estallando de nuevo con él a niveles más altos de voz—. ¡Claro que quería! ¡Durante años esforzándome para lograr estar a la altura, a tu nivel y rebasarte! ¡¿Y para qué?! ¡¿Para detenerme en ese momento?!

—¡Yo te quería a mi lado, Yuuri! ¡Te necesitaba a mi lado! ¡Todo lo que hacías era entrenar y competir! ¡No lograbas soportarme y no dejabas de pedirme perdón!

—¿Hubiera cambiado algo? ¡Estuve a tu lado durante muchos meses y nada cambió! —Manoteó el aire, rojo de rabia y casi sin aliento—. ¡Puedes decir ahora lo que quieras pero nada cambia lo que sentí en ese momento! ¡Lo que me hiciste sentir! ¡Lo solo que estuve!

—¡No sabes lo que es estar solo! ¡Tú no sabes lo que es estar solo, Yuuri!

—¡No lo sabía hasta ese momento! ¡Supiste mostrármelo muy bien!

—¡Tú no estuviste solo, Yuuri! ¡Tú me abandonaste!

¿Y de qué servía saberlo ahora? ¿Decirlo ahora? ¿De qué valía soltar la ira y dejar estragos a su alrededor como dos tifones colisionando cuando… no había nada?

—¡Claro que lo estuve!  ¡Me sentí completamente solo tratando de mantener tu imagen en alto mientras esperaba que te levantarás! ¡Tuve que irme porque ya no había razón para quedarme!

—¿Crees que era eso lo que necesitaba de ti? ¡Te necesitaba conmigo! ¡Necesitaba que entendieras por lo que estaba pasando y dejaras de martirizarte y hacerme sentir culpable! ¡Qué dejaras de tratarme como un enfermo!

—¡No, Víctor! ¡Lo que debí hacer fue darte una patada para enviarte directo a una clínica y tratarte como el enfermo que eras! ¡Debí dejarte encerrar como tanto temías!

—¡Eso hubiera sido mil veces mejor que irte cobardemente como tanto te gusta hacer!

Mientras que afuera nevada, dentro los reclamos fueron y vinieron, cada uno con más hiel que el anterior. Y las huellas que dejaban esas palabras en ellos era semejante a arrancarse un pedazo de carne al rojo vivo, para seguidamente lanzarla como una bola de fuego al rostro del otro. Cada vez que hablaban, se herían, y cada vez más olvidaban las consecuencias de sus palabras, de sus confesiones. Perdieron el filtro y convirtieron en bombas los lamentos que se guardaron por tanto tiempo.

Si sus ánimos pudieran convertirse en energía, seguramente ya estarían quemándolo todo a su alrededor. Porque mientras gritaban, se podía sentir el aroma a fuego y cenizas que se movía entre ellos, como chispas que surgían con el único fin de quemar y destruir. El enojo era tal que sus ojos no habían podido llorar más y se miraban con todo el resentimiento recubriendo sus rostros. Donde antes hubo amor y deseo, ahora existía una guerra encarnizada donde no importaba tener la razón: solo acabar.

—¡Te fuiste, Yuuri! ¡Me arrojaste por completo a la depresión cuando agarraste todo y te fuiste sin hablar! ¡Para luego decir frente al mundo que fue una decisión tomada por los dos! ¿Cuándo me preguntaste, maldita sea?

Revivía aquella declaración de Yuuri, la que vio en la soledad de su apartamento, mientras sentía que con ella había perdido todo norte.

—¡Tú no me detuviste! ¡No quisiste hablar! ¡Estaba harto de esperar algo más de ti! ¡Cansado de seguir viendo cómo me destruía intentando ayudarte cuando tú no querías ayuda y veías más fácil seguir viviendo en tu miseria!

Recordó la tarde en que decidió irse, y como Víctor le había observado partir en silencio.

—¡Intenté explicarte pero no me escuchabas! ¡Ya no querías escucharme!

Solo pudo recordaba el rostro lleno de hastío y cansancio que Yuuri le mostró entonces.

—¡Ni siquiera eras capaz de mirarme, Víctor! ¡Qué peso iban a tener tus palabras y tus excusas si eras incapaz de hacer hasta eso! 

La imagen de Víctor siendo incapaz de mirarlo a los ojos, aun pidiéndoselo, flotó ante él.

—¡Sentía culpa de sentirme como lo hacía y no poder con ello, Yuuri! ¡Pensé que me comprenderías! —gritó en respuesta.

Recordó los reclamos, sustitutas de anteriores disculpas infundadas.

—¡No! ¡Solo lograste decepcionarme! ¡Nos prometimos mantenernos abiertos y contarnos todo y fue otra de las promesas que incumpliste!

Yuuri solo revivía el sentimiento de animadversión que sintió al verlo allí así, postrado y pudriéndose, alejándose de todos, alejándose de él.

—¡Tú tampoco lo cumpliste Yuuri! ¡Tú tampoco fuiste sincero!

Me quedaré a tu lado y no me iré nunca…

¿Dónde había quedado esa promesa…?

—¡Intenté hablarte y transmitirte lo que sentía de mil maneras! ¡Incluso seducirte y hacerte el amor a ver si así lograba que me escucharás!

¿Dónde había quedado esa promesa…?

—¿Cómo? ¿Tratándome como a un enfermo que incluso en el sexo tenías que cuidar para no partirme? ¿Tocándome por compasión?

Me quedaré a tu lado y no me iré nunca…  

—¿Compasión? ¡Maldita sea, Víctor, tenía miedo de que me rechazaras!

¿Dónde había quedado esa promesa…?

Yuuri ya tenía la garganta seca de gritar y sentía la aspereza de su voz perdiendo fuerza entre cada grito. Víctor, en cambio, no se reconocía. Era como si todo se hubiera convertido en una erupción incapaz de contener. Entre cada réplica, reclamo y acusación, todo lo que podía pensar era en lo poco que quedaba de sí mismo. En el control que ambos habían perdido, en lo monstruoso que se veía Yuuri y el propio reflejo que, como un espejo, le daban aquellos ojos marrones.

—¡Estuve solo! ¡Me dejaste solo todos esos meses y me cansé de estarlo!

—¡No Yuuri! ¡Estabas muy entretenido afuera como para estar solo!

—¿Entretenido? ¿Haciendo caso omiso de todos tus fanáticos imbéciles?  

—¡Entretenido con Yuri!

Hubo silencio.

Aquel grito de Víctor lo abofeteó. Fue como un golpe helado en la cara que le dejó sintiéndose incapaz de poder modular absolutamente nada en ese segundo. Yuuri lo miró con los ojos grandes y llenos de fuego e incredulidad, como si el hielo que acababa de recibir se hubiera derretido al solo contacto. Las lágrimas ya habían cesado.

Mas Víctor no quiso detenerlo y no se arrepentía de ello. Si Yuuri pudiera atizar todas sus culpas de esa manera, Víctor también tenía razones para inculparlo. Y el recuerdo de Yuri era lo que tenía reciente. Aquel ligero resentimiento que había guardado y que ahora aparecía voraz e incandescente, empujó por fin todo lo que quedaba de él. El silencio que se cernió sobre ellos con una atmósfera pesada presagió ya el fin.

—Tienes razón, no estuve solo —la voz de Yuuri bajó repentinamente varias octavas, convirtiéndose en un sonido grave y tenebroso, casi gutural. La nevada ahora había entrado a la habitación, cubriendo las cenizas que aún danzaban en el aire—. Fue lo único bonito que tuve ese año —asestó, provocando que Víctor sintiera que todas sus entrañas eran removidas—. Debí de haberme acostado con él como tantas veces pensé para que ahora tuvieras verdaderas razones para inculparme.

—No estás hablando en serio… —Soltó Víctor casi sin voz. Aquella revelación confirmó algo que todo ese tiempo había intentado negarse.

—Al menos tendría el buen recuerdo —ironizó, torciendo la boca mientras una nueva lágrima, esta vez nacida de la más profunda decepción, brotaba y rodaba por su mejilla—. Pero te amé tanto, Víctor, que prioricé tu bienestar sobre mis deseos y necesidades. Te amé tanto que preferí correr y huir antes de cometer la peor locura que hubiera podido cometer en mi vida, aún si te lo merecías. Te amé tanto… y aun así, ¿de qué sirvió? Mi amor no fue suficiente, no pude levantarte a ti, pero pude salvarme a mí a tiempo… Nunca me arrepentiré de haberme ido.

Hubo silencio, un silencio húmedo. Las miradas dejaron de conectarse y Víctor se sintió fuera de todo punto de equilibrio, agujereado. Lo último había sido como quedar sin corazón. El hueco que sentía en su pecho le traía un dolor que era no solo mental o emocional, sino físico. Dolía todo, dolían sus pestañas y párpados, la mandíbula, las articulaciones. Le dolía el tórax y los músculos, la piel, los huesos. Le dolía el alma…

—No voy a dejar que tú, ni Rusia, vuelvan a pisotearme. Lo permití en ese tiempo únicamente  por mi amor hacia ti. Pero no más. 

Con eso dicho, Yuuri caminó con decisión hasta la puerta. Llevaba el mismo dolor asediándole, salvo que en su caso, éste se hallaba anestesiado por las emociones que ahora lo gobernaban y la sensación de vacío que quería acorralarlo. Abrió la puerta y la dejó abierta, sujetando la manilla con firmeza, mientras posaba una vez más sus ojos mojados y duros sobre Víctor.     

—Vete —ordenó, y Víctor tragó grueso—. Ya tienes el “final” que buscabas. 

—No Yuuri… —replicó Víctor y levantó su mirada rota hacia los ojos de Yuuri para dibujar una sonrisa hueca entre gruesas lágrimas—. Es el final que tú querías. 

 Tras la actualización de la pantalla y los marcadores, el evento cerró por el día. Los periodistas rondaban alrededor de los pasillos y abordaban a los competidores de las distintas disciplinas para conocer sus apreciaciones tras el evento. Otabek no quiso atender a ninguno, y se movió rápidamente hasta el camino que lo llevaría hacia las gradas, recordando dónde había visto a su exnovia para buscarla y así aprovechar de irse juntos. Poco le importaban las habladurías, había algo que tenía que hacer y lo haría sin dudarlo.

Caminó apresurado, esperando encontrarla antes de que se alejara, pero casi todos ya se habían retirado. Sin embargo, a quien sí encontró fue a la joven patinadora con quien también comparte rink junto a Jean. La chica le sonrió de lado, con la chamarra de Canadá cubriendo su cuerpo, pero Otabek se limitó a darle tan solo un asentimiento a modo de saludo y continuar.

—¿Buscas a tu ex? —Otabek se detuvo—. Se fue con su entrenador apenas terminó tu programa.

Por un momento dudó en sí escucharla, pero ciertamente tampoco tenía motivos para dudar de ella. Deborah nunca se había mostrado como una mujer conflictiva, había estado atenta a él desde su llegada y tenía buena reputación en medio del grupo. Ella aún tenía el peinado que había usado para su programa, recogido por completo, salvo por los tirabuzones de cabello que caían por encima de su hombro izquierdo. Su maquillaje en tono oliva, acentuaba sus grandes y expresivos ojos verdosos, al igual que aquel rojo sobre sus gruesos labios. 

Agradeció y dio media vuelta para regresar mientras sacaba su móvil para escribirle. Pensó que Mila lo esperaría, era en lo que habían quedado cuando entendió que hablar en ese momento sería contraproducente para ella y para él mismo. Seguramente prefería cambiarse antes de salir.

—¿Quieres volver con ella? —Escuchó de nuevo a Deborah, esta vez apartándose del pasillo mientras movía sus afiladas caderas con soltura.

—No hay razón para hablar eso entre nosotros —ella hizo una mueca descontenta.

—Tienes razón —de inmediato dibujó una sonrisa y se acercó coqueta a Otabek—. Solo no quisiera que te sintieras mal.

—Estaré bien.

Sin esperar respuesta de su parte, Otabek avanzó por el pasillo de regreso, con las manos ocupadas intentando comunicarse con Mila. Le preocupaba la razón por la que se había retirado y esperaba que no fuera que ahora no quisiera verlo tras su presentación. Había querido usar el patinaje para dejar fluir los sentimientos que ya no podía expresar en palabras, pero en ningún momento había querido hacerles daño.

En el camino, tras haber enviado su mensaje a Mila, se encontró con Jean, quien se mostraba muy inquieto mirando hacia todos lados. A Otabek le sorprendió verlo lejos de los periodistas, había pensado que la prensa canadiense no lo dejaría en paz.

—Ey, Ota, ¿has visto a mi hermano?

—¿Cuál de todos? —bromeó, y Jean soltó un suspiro divertido para luego mirarlo de forma comunicativa. Era cierto que tenía muchos, pero solo uno estaba con él antes de que iniciara el programa corto—. A Alain no lo he visto desde la competencia. ¿Qué ocurre? ¿No estaba con tu madre?

—Pues, no los encuentro a ninguno —en un gesto que denotaba nerviosismo, Jean se llevó una mano a su nuca y la rascó con insistencia—. Tengo un mal presentimiento.

—Debieron adelantarse al apartamento —Otabek no quiso darle demasiada importancia en ese momento. Tenía un asunto de mayor prioridad para él—. Ve y descansa también. Yo tengo que ver qué ocurrió con Mila.

—¿Qué ocurrió?

—Deborah me dijo que se fue apenas terminé mi programa.

—¿Le escribiste?

Justamente, en ese momento llegó respuesta a su mensaje. Ambos caminaron por el pasillo y tuvieron que responder a la prensa cuando fueron abordados al salir. Otabek logró responder un par de mensajes tras eso, y se dedicó a alimentar los cuestionamientos de los periodistas, quienes preguntaban cómo se sentía con la ventaja que ahora poseía en la competencia y cuáles eran sus opiniones respecto a los programas de sus contrincantes. Otabek se limitó a dar respuestas concisas que evitaban armar polémicas, mientras miraba de reojo a su amigo, quien lucía demasiado pensativo. Apenas pudieron sortear la prensa, se alejaron para entrar a la calle, en la cual nevaba muy suavemente.

« ¿Estás bien? Te he estado buscando pero me dijeron que ya te retiraste.

« ¿Sí puedes salir hoy?

Mila » Oh, Otabek, ¡estoy bien!

Mila » Jajaja discúlpame, es que pensé que sería más tarde. Vine a descansar un rato al hotel y a cambiarme.

Mila » ¿Dónde y a qué hora nos vemos?

« Cerca de tu hotel hay una cafetería.

« Podemos vernos allí, ¿o prefieres cenar algo distinto?

Mila » Por mí estará bien.

Mila » ¿Hora?

« En una hora te paso a buscar por el hotel y vamos.

Mila » No hace falta, podemos vernos allí.

« ¿Está todo bien?

Mila » Todo excelente. Nos vemos más tarde.

Mila » No te preocupes 😉

Otabek miró sin expresión el emoticono de guiño que puso Mila para acompañar el último mensaje y no pudo evitar suspirar. Aparentemente, sí estaba bien…

Sin embargo, la realidad era que Mila estaba acostada en la cama de su habitación, aún con la ropa puesta y los ojos hinchados de tanto haber llorado. El pecho le dolía, incluso respirar era casi un martirio, y sentía que no tenía fuerzas de nada mientras se burlaba de sí misma y de la fortaleza que antes había dicho tener. Otabek seguía siendo tan amable como siempre, la trataba con cuidado, siempre respetuoso, y todo eso era lo que la hacía dudar y doler su corazón. Le recordaban tantos momentos preciosos que sabía ya no volverían, y le daban infinitas ganas de desaparecer porque el pensamiento de no ser suficiente para él regresaba.

¿Si no, por qué Otabek volcó sus sentimientos en su mejor amigo? ¿Por qué habría dejado de amarla si no era así?

Ella se giró, tragando grueso mientras sus ojos observaban sin ganas el enorme techo de su habitación. Dejó caer otro par de lágrimas que brotaban incansables, ahora atravesando su cabello rojo y despeinado. Otabek quería hablar y ella no estaba segura de qué, pero tenía el amargo presentimiento que sería de su ruptura. Y hasta ese momento se había encontrado ante la certeza de que aún no lo había superado.

Levantarse después de caer sonaba tan sencillo cuando era dicho en palabras, pero cumplirlo con eso resultaba una de las cosas más difíciles en la vida. Levantarse tras un salto era natural, ¿por qué no podía levantarse ante el dolor de la pérdida con esa misma facilidad? Quería abrazarse de su mamá, quería estar de nuevo en su regazo y dejar que ella derramara caricias en su cabello como lo hizo en esa semana oscura en la que se topó con la peor de las verdades.

Ella no quería ser fuerte para aguantar el dolor, no. Ella solo quería que dejara de doler.

Estuvo un tiempo más allí, tirada en la cama, hasta que vio la hora. No podría llamar a su familia porque ya era tarde en San Petersburgo, por encima de la una de la madrugada. Yuri tampoco era una opción. Se obligó a levantarse y se miró al espejo. Daba pena verse. Su rostro estaba jalado, su mirada vidriosa y sus párpados hinchados de tanto llorar. Era como si en verdad tuviera días encerradas en una habitación y no horas. Presentarse así ante Otabek era algo que ella no podía aceptarse, de ninguna manera.

Decidida, sacó todo el maquillaje que tenía de su bolso y lo tiró sobre la cama para buscar sus bases. Antes de hacer eso, corrió con la crema desmaquilladora para quitarse el resto del maquillaje usado en el evento, y se dio un baño caliente y relajante, obligándose a respirar hondo. Lavó su cabello, frotó su rostro, y se permitió respirar mientras se preparaba mentalmente para el encuentro. No iba a dejar de doler si se quedaba tirada, era una verdad que incluso se aplicaba al patinaje. Si querías que el músculo dejara de doler, debía moverse, y eso era justo lo que ella estaba haciendo.

Hurgó entre sus ropas y se decidió por un conjunto bonito de tono lila. Era un pantalón de tubo hasta su tobillo y una blusa semitransparente y estampada delicadamente. Soltó su cabello y de inmediato aplicó crema para sus rizos, ayudándose del secador para formar sus preciosos bucles. Además de ello, se enganchó en su cuello una coqueta bufanda y se cubrió con un abrigo blanco, junto a sus botines del mismo tono. Al ver que tenía el conjunto completo. Se quitó el abrigo para preocuparse por arreglar su cara. Un par de hielos en un pañuelo sirvieron para ponérselos sobre los párpados y aligerar un poco la inflamación. Luego, aplicó cremas y correctores para mejorar el resultado. El maquillaje al final era sencillo, puesto que lo que más le preocupaba era no mostrar lo mucho que le estaba afectando el verse con él.

Tenía dignidad, y no iba a dejarla ir tan fácilmente.

Tras observar el maquillaje en su rostro sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos. De nuevo vistió su abrigo blanco, buscó sus lentes de cristal lila entre sus accesorios y al colocárselos y notar que camuflaba  a la perfección la inflamación, se dispuso a ver la hora. Había estado justo a tiempo.

Caminó decidida, con una mano en su bolso y las llaves de la habitación. A pesar de los nervios que la gobernaban, se las arregló para caminar con seguridad y mostrarse como lo que era, la leyenda del patinaje ruso femenino, ante sus compañeras que entraban y salían de los pasillos mirándola con altivez. Atravesó el pasillo hacia la recepción y dejó sus llaves al salir, aprovechando para decirle a Georgi que saldría con Otabek como habían quedado. Tomó aire, y se giró, y encontró a Otabek dentro del hotel, entrando en ese justo momento.

Otabek vestía un abrigo grueso que lo cubría casi por entero, con jeans y una camisa oscura debajo. No se veía nada especial si se comparaba con ella misma. Se sintió un poco ridícula, pensando en el esmero que había puesto para vestirse y mirando la sencillez con la que Otabek fue a buscarla. Prefirió no pensar en eso demasiado, acercándosele y dibujando una cordial sonrisa en su lugar. El hombre no le apartó la mirada hasta tenerla frente a él, no podía negar que se veía exquisita.

—Decidí venir de todos modos —dijo al ser abordado, pero Mila no hizo ademán de darle ningún saludo.

—Oh… está bien. —Otabek asintió y entonces miró hacia la calle—. ¿Nos vamos?

Tras asentir, ambos empezaron a caminar fuera del hotel sin importarle demasiado la mirada de todos sobre ellos. Sin tocarse, sin tomarse las manos, como dos viejos conocidos en el camino se acercaron hasta el café que sería su punto de encuentro. Cuando llegaron al lugar, Otabek pidió una mesa privada y fueron guiados hasta el piso superior del local hasta una de las mesas apartadas a la pared. Mila se detuvo un momento, mientras escuchaba a Otabek hablar en inglés, preguntándose cómo daría inicio aquella conversación.

Aunque lo que ella realmente quisiera preguntar fuera; ¿dónde habían quedado todas sus promesas?   

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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