Matryoshka II (Cap 17)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 17. Skate Canadá: Aún hay dolor

Los dos jóvenes estaban intentando comunicarse a través de la Tablet, llamando insistentemente a su compañera tras haber visto su desempeño en el programa corto, aún sin resultados. Ya habían acabado las prácticas, estaban a punto de retirarse y, de hecho, Yuri había visto que tras haber recibido un mensaje en su móvil, Víctor estaba bastante apresurado por acabar.

Debía tratarse de Yuuri. Según Víctor le comentó en la noche, se había resfriado como resultado del clima ruso y su estrés. Ya sabía cómo le daba, en el pasado había presenciado en incontables ocasiones las fiebres y las recaídas de Yuuri tras una nevada. Sin embargo, ese no era el asunto importante. Necesitaba saber con urgencia qué ocurrió con Mila y porque había salido llorando de la pista.

Volvieron a intentarlo, pero terminaron desistiendo cuando notaron que la llamada era cortada. Louis miró la pantalla decepcionado y Yuri estuvo a punto de patear algo con la impotencia a flor de piel. El adolescente terminó resignándose a la situación, pero Yuri no podía simplemente abandonar la idea de seguir intentándolo. Le daría unos minutos más antes de volver a  insistir.

—¡Yuri, ya debemos irnos! —El aludido chasqueó la lengua al escuchar la voz de Víctor, y Louis, sabiendo que también tendría que irse con ellos, recogió sus cosas y las guardó en el morral—. ¡Apresúrate!

Arrugó la cara y recogió también su morral, caminando de muy mal humor tras haber visto los resultados. Sabía que Mila podía recuperarse de eso, pero saberla allá sola con Otabek cerca, le turbaba. Temía que lo ocurrido tuviera que ver con él y moría de ansiedad ante la impotencia que sentía de no poder hacer nada para ayudarla.

Torciendo la boca, se enfocó en el caminar de Víctor, quien mostraba como cojeaba de su pierna derecha. Había llegado así desde la noche anterior. De lo que éste le había dicho, se había lastimado cuando cargó a Yuuri debido a un mal movimiento al levantarse. Por un momento pensó en si Yuuri le habría dado un puntapié y, de alguna forma y aunque no le agradara el panorama, al mismo tiempo la imagen mental le divertía.

De todos modos, lo que le llamaba la atención era la prisa de Víctor. Incluso en vez de caminar como solían hacerlo, estaba buscando un taxi apenas se halló fuera del rink.

—¿Te verás hoy con Yuuri? —preguntó de forma inconsciente y Louis subió la mirada asombrada. Víctor se limitó a asentir mientras esperaba la llegada de su taxi—. ¿Crees que puedan hablar?

También estaba impaciente por hacerlo, pero las horas libres que tenía ese fin de semana eran además coincidentes con los horarios para poder ver el Skate Canadá y por nada del mundo iba a perdérselo. Aquello también le ayudaba a mantener la mente calmada mientras esperaba que esos dos resolvieran su situación.

—Me dijo Yakov que apenas despertó al mediodía, comió y se fue al hotel. Creo que ya está mejor y no puedo demorarlo más.

—¿Entonces, Yuuri Katsuki sí está aquí? —La forma en que Louis formuló la pregunta atrajo la inmediata atención de ambos.

—¿Cómo que “sí…”? —Yuri apretó cada sílaba, más Louis se mantuvo imperturbable.

—Habían publicado unas fotos de un japonés llegando al aeropuerto hace un par de noches. Decían que podría ser Yuuri pero me negué a creerlo. 

—Muéstrame —le exigió Víctor, acercándose mientras cojeaba hacia el muchacho. Louis no tardó en abrir la aplicación de su móvil y moverse a las publicaciones guardadas, pero al encontrar las fotografías, le entregó el aparato a Víctor y le permitió verlas. Detrás de él, Yuri se asomó para también observarlas y apretó la mandíbula al reconocerlo y leer los mensajes de odio que las acompañaban.

—Estos malditos… —Víctor escuchó la expresión de Yuri, pero se mantuvo serio, mirando con repulsión los mensajes de los fanáticos de su club de fans.

—Le diré a Yuuri que no salga solo y que hablemos en el hotel. Creo que tendrás que hacer lo mismo, Yuri.

—¿Vendrá? ¿Yuuri Katsuki vendrá al rink?  —Los dos mayores miraron al adolescente con sus ojos soñadores ante la posibilidad. Yuri recordó que Louis siempre estaba al pendiente de Yuuri cuando Víctor dejó de estar en la pista, no era extraño que ahora lo buscara.

—Buscaré convencerlo —Víctor sonrió, como si nada malo pasara entre ellos—. Pero necesito que me mantengas al tanto de lo que se filtre en las redes de él, ¿de acuerdo?     

Louis aceptó sin demora.

Después de haber dejado al menor en su casa, el taxi llevó a Víctor y Yuri hasta su edificio, ya que por el malestar en su rodilla Víctor no se sentía cómodo para caminar. Subieron al apartamento y ambos se separaron, Yuri apresurado para seguir tratando de comunicarse con Mila, y Víctor preparándose para ir por Yuuri al hotel.

Al cabo de varios minutos de insistencia, Mila finalmente tomó la llamada. Yuri estaba en el comedor de la casa de Víctor con su laptop ya sintonizando el canal de deporte y una pequeña bolsita esperando ser abierta. Potya se paseaba sobre la mesa, maullando en busca de una  atención que Yuri no podía darle en aquellos momentos.

—¡Maldita sea, Mila! —rezongó alterado—. ¡Tengo horas llamándote! —Escuchó una leve disculpa de su amiga, que no sonaba alentadora—. ¡Nada de disculparte! ¿Qué pasó bruja? ¡Eso fue patético! ¡Tú eres mejor que eso y lo sabes! —Excusas, excusas. Yuri arrugó la cara cuando notó que se negaba a poner la cámara, a pesar de que él lo había hecho—. ¡Pon la cámara, bruja! —Se negó—. ¡Quiero verte! ¡No seas imbécil! ¡Te he visto en peores momentos! —Siguió renegando Yuri, insistiendo por casi cinco minutos más hasta que Mila, con un suspiro, la activó.

Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y poco quedaba de su maquillaje. Ella intentó dibujar una sonrisa pero Yuri, atragantado con la impresión, solo pudo observarla con pesar, rabia e indignación, todo eso junto a la impotencia de estar demasiado lejos como para poder hacer algo. 

—¿Por qué…? —Le costó soltar la pregunta—. ¿Qué ocurrió…? Y no me digas que nada. No soy un niño —Mila pareció pensarlo un momento antes de contestar.

—Lo vi, Yura… Lo vi justo antes de iniciar mi programa. Fue verlo y comenzar a recordar cosas y… simplemente pasó.

—Joder… —miró de reojo a Víctor, quien estaba terminando de arreglarse—. ¿Y él? ¿Hizo algo aparte de mirar? —Ella sonrió con tristeza.

—Me dijo que quería hablar conmigo cuando acabe la presentación de su programa corto —rio desganada—. ¿Y sabes qué es lo peor? Tengo el estómago como si estuviera amarrado en mil nudos. 

—Quisiera estar allá…

—No te preocupes, Yura. Tú tienes que seguir entrenando —le animó, con una corta sonrisa—. Yo estaré bien… y hablaré con él. No sé qué quiera hablar, la verdad…  

Él tampoco… y comparándolo a la expresión perdida y confundida de Víctor con la que había llegado en la noche anterior, Yuri tuvo que admitir que tener ex era lo peor que podía pasar. Demasiados problemas, demasiados conflictos, y demasiados sentimientos encontrados. Si el  solo hecho de ver a Yuuri sin haber tenido nada le había causado ese efecto, no podía imaginar lo que hubiera ocurrido de haber sido su pareja en algún momento.

Suspiró cuando la llamada cortó. Mila le dijo que quería ver la presentación de los grupos de la categoría masculina. Yuri no sabía si era acaso un arranque de fuerza o de masoquismo por parte de Mila el querer ir a ver a Otabek patinar, a pesar de querer hacer lo mismo él también. No solo para saber qué clase de programa habría creado Otabek y si realmente había mejorado con su estadía en Canadá, sino también para evaluar la competencia y si Jean sería capaz de ejecutar el cuádruple en la competición.

Tras el pase de dos jóvenes patinadores, el estadio seguía eufórico. Jean abriría el segundo grupo y Otabek estaba dentro de esa lista. Sin embargo, el público clamaba por J.J de una forma que a él le aturdía, había tantas voces que creía harían caer el estadio. La presencia de los fans de J.J en el lugar era abrumadora, por lo que Yuri incluso pensó que irremediablemente se hubiera sentido sobrecogido ante ello. Cuando la cámara captó el momento en que Jean salió a la barrera de la pista, el público bramó y comenzó a zapatear el piso gritando en una voz su nombre. “J.J” resonaba en toda la estancia y aún desde las redes, se podía sentir la terrible presión de sus voces llenas de júbilo.

Jean levantó sus brazos y el público se levantó como una ola. Los comentaristas incluso hablaban de lo apabullante que era la sensación estando en vivo. En sus brazos estaba su hija, con una mano hecha puño dentro de su boca, quien además de la chamarra canadiense llevaba puesto un vestido que la hacía ver como una princesa.

Si J.J clavaba el Axel cuádruple allí, sería algo que nadie podría contener. Canadá se vendría encima sin duda alguna.

Solo el sonido de la puerta y el maullido de Potya lo sobresaltó. Estaba tan metido viendo el streaming que no había notado a Víctor a punto de partir. Iba con un abrigo y lentes oscuros junto con una bufanda marrón. Esta vez sus manos enguantadas solo cargaban las llaves del carro, aunque pronto también tomaron el bastón dado que no había forma de que pudiera disimular la cojera.

—¿Irás a ver a Yuuri? —preguntó, quitándose los audífonos. Víctor giró su mirada para encontrarse con los ojos verdes de su pupilo.

—Sí… ¿Cómo le fue a Mila en el programa corto?  —Yuri pestañeó, notando  en ese momento que Víctor no había estado al pendiente de Mila.

—Terminó de quinta en la tabla de posiciones —Víctor hizo una mueca indescifrable y se dio la vuelta—. ¿No dirás nada?

—Ahora no. Regreso en un rato.

La puerta se cerró y Yuri se mordió el labio inferior. Sentía que cualquier cosa que ocurriera entre ellos determinaría algo importante en su propia vida y no podía dejar de pensar que la sensación no tenía sentido alguno. Su vida no debería depender de las decisiones de los demás, aunque muchas veces éstas terminaran por orillarle a tomar las suyas.   

Antes de retomar el streaming, Yuri fue hasta su habitación y trajo consigo una pequeña bolsa hasta el comedor. Dio play en su laptop y, conforme escuchaba ahora sin audífonos las palabras de los comentaristas anunciando al siguiente patinador, sacó de la bolsa los restos de la matryoshka y un tubo de pegamento transparente. Mientras esperaba el inicio del siguiente programa se puso manos a la obra a una misión muy personal, una que quizás no significara nada o bien pudiera significarlo todo.

Canadá parecía incendiarse por la pasión que todos los fanáticos que habían ido a respaldar el evento desprendían. No había ni un solo puesto desocupado, todos estaban atestados de personas e, incluso en las afueras y pese al frío, había otra decena más elevando pancartas con el nombre de J.J como si de una estrella de rock se tratara. Mila empezaba a dudar que no lo fuera, porque solo había visto algo parecido cuando Víctor volvió a patinar tras su año sabático.  

Después del GPF donde Yuri ganó la medalla de oro y Yuuri la plata, Víctor había regresado para participar en las nacionales, y Moscú casi agonizaba de la emoción. La gente se había movido hasta el rink, los puestos se agotaron casi al instante de saberse la noticia. El regreso de Víctor Nikiforov había provocado una avalancha tal de personas, que jamás creyó que alguien más pudiera lograr algo igual. Empezaba a dudarlo.

Georgi la acompañó mientras se movía con cuidado entre la gente, desde donde podría observar todo junto a otros competidores. Se sentó a su lado y observó como Deborah se apoyaba contra la baranda, alzando la bandera de Canadá con bastante entusiasmo. 

—Es impresionante, ¿no? —Comentó Georgi con bastante fascinación con el escenario—. La manera en que el público se mueve y grita. J.J es bastante popular aquí.

—Justo pensaba en las nacionales del 2016 cuando Víctor regresó de Japón.

—Oh sí, Rusia también estaba igual. Solo gritaban su nombre y lo coreaban con fuerza. —Mila observó a Georgi, quien miraba todo con genuino interés. En sus palabras no se colaba el resentimiento pese a que siempre vivió bajo la sombra de Víctor. Y no hablaba de resentimiento hacia Víctor, sino para Rusia.

—Georgi… ¿nunca sentiste envidia? —El aludido la miró intrigado—. Por Víctor… o la atención que recibía de Rusia. 

—Oh… en algún momento, sí. Cuando era muy joven y Víctor acababa de entrar a la liga senior, por un momento sentí que nada podría hacer para alcanzarlo y me llené de sentimientos negativos. Pensé en dejar de patinar, no podía siquiera estar en el mismo lugar que Víctor y en verdad no soportaba ver sus afiches y toda la publicidad abierta hacia él.

—Wow… jamás lo hubiera imaginado.

—La verdad, no es algo de lo que me gusté hablar, pero cuando fui decidido a dejar el patinaje, Yakov me detuvo. Fue una muy larga conversación donde hasta que me encontré llorando. Tuve que enfrentarme al hecho de que sí, era envidia, y estaba enojado conmigo mismo por no ser tan bueno como Víctor. Cuando eso pasó, simplemente seguí patinando, pero sin sentirme muy a gusto al respecto hasta que fue el mismo Víctor quien, inocentemente, elogió una de mis presentaciones. Entendí que no tenía por qué sentirme así, Víctor no me estaba lastimando, yo lo hacía. Decidí que ya había sido suficiente.

—No importa lo que me cuentes, Georgi, siempre termino admirándote aún más.

—El sufrimiento es siempre una opción que cada uno decide escoger o no. Cuando te caes en el hielo puedes quedarte llorando por el dolor, o levantarte por sobre él y seguir adelante. Me di cuenta de que me había quedado tirado y que nada resolvía con eso.

Hubo algo en el tono de sus palabras qué hizo sentir a Mila incómoda, y esto incrementó cuando Georgi le devolvió la mirada con una sonrisa conocedora. Mila tragó duro, de repente pudo comenzar a entender en otra clave las palabras dichas por Georgi. Sus ojos volvieron a humedecerse pero antes de cualquier cosa, Georgi puso una mano sobre las suyas instándola a calmarse. 

—¿Qué te dijo? —preguntó con preocupación, y Mila solo pudo batir sus pestañas para tratar de controlar el inminente llanto. 

—Hablaremos cuando termine el programa corto. Me invitó a cenar —Georgi estiró una ceja con desconfianza—. Dijo que hay cosas que tenemos que aclarar. 

—Puedes contar conmigo si hace falta…

—Lo sé, Georgi —le dijo, apretándole la mano para enfatizar sus palabras.  

—Sé lo que ocurrió con Yuri —Mila lo miró sin comprender y Georgi se vio obligado a explicar—. Yuri me lo contó. La razón por la que ustedes cortaron.

Mila se mantuvo inmóvil, palideció. Sus ojos se mantuvieron abiertos pero sus pequeñas pupilas temblaron y boqueó, intentando atraer alguna palabra que nunca llegó a salir. No pudo, así que inclinó su rostro y apretó sus labios, la vio tan tensa y encogida que Georgi tuvo que pasar una mano por su espalda.

—¿Por qué lo hizo…? Pensé… que sería un secreto entre…

—Yuri estaba desesperado. Le afectó más de lo que creo que llegaste a ver. Esa semana que no fuiste a la pista, Víctor y Yuri tuvieron una discusión muy fuerte, de hecho Víctor hasta lo botó de su casa y estaba por renunciar a ser su entrenador —los ojos de Mila lo miraron, mostrando el terror que le causaban esas palabras—. Fueron días bastantes tensos, por fortuna todo se arregló entre ellos. Pero Yuri estaba mal.

—Y yo… no, no supe… es decir, Yuri me comentó que algo ocurrió pero… no me dijo que Víctor lo botó de la casa.

—Pasaron muchas cosas… y no debería extrañarte eso de Yuri. No es alguien a quien le guste contar sus problemas y en ese momento, su prioridad eras tú. La razón por la que te comento esto es porque quiero que sepas que entiendo tu sentir, entiendo lo que debes estar pasando y quiero que puedas encontrar en mí el apoyo que necesitas. Solo quiero que tengas en cuenta que sufrir siempre es una decisión que podemos tomar, o no.

Compartieron una sonrisa en el momento en que los aplausos arreciaron sobre ello. La presentación del último participante había acabado y era turno de que el mexicano Juan Luis Vargas empezara. El chico ya estaba en la salida de la pista, junto a su entrenador y Leo de la Iglesia, quien había acompañado a su compañero de pista. Ambos saludaron al público que les aplaudía y tras un intercambio de movimiento de manos, se separaron para que el mexicano tomará el centro de la pista.         

Juan Luis estuvo en posición mientras la música comenzó a sonar con un ritmo lento. Los toques de piano se mantenían constantes hasta la inclusión de varios instrumentos. Su tema era la constancia y en esa representación artística se veía como el personaje comenzaba su empeño en cruzar una larga distancia usando una cuerda, y cómo fallaba una y otra vez, frustrándose, pero volviendo a abocarse con empeño y determinación. En una entrevista, Juan Luis había hablado de que era una representación de lo que había sido su vida deportiva, de cómo había sido el levantar su carrera en México, y como había tenido que sobreponerse a comentarios despectivos gracias a que, en su país, el deporte del patinaje sobre hielo era algo que no se consideraba digno de ver.

Dos años atrás, cuando aún era de la liga junior, jamás pensó que Leo de la Iglesia llegaría de pronto con su entrenadora a darle una propuesta que jamás pensó encontrar y que con ello, las posibilidades se abrieran como un abanico en su vida. Él recordaba ese momento con profundo agradecimiento, porque después de haber recibido la propuesta de Leo de la Iglesia de coreografiar sus próximos programas y haberse mudado a Detroit con su entrenador, Juan Luis veía más cerca el cumplir sus sueños. Valió la pena todo el esfuerzo de sobreponerse al mundo y al estigma, y salir adelante.

Cuando su presentación acabó, los aplausos no se hicieron esperar y Juan Luis tuvo que contener sus lágrimas de emoción, mientras recibía los elogios con elegantes inclinaciones hacia el público. Rio contenido cuando sombreros de charros cayeron sobre la pista, tomando uno para ponérselo y agradecer así al público una vez más. Sabía que no tendría oportunidades de llegar al GPF, no si en esa competencia ya se estaba enfrentando contra Jean y Otabek, pero lo estaba disfrutando. Y estaba dando lo mejor para superarse cada día más.

—¡Y éste fue Juan Luis Vargas! ¡El patinador mexicano que nos ha traído una original presentación!

—Ya se ha acercado a la salida de la pista, donde su entrenador y Leo de la Iglesia lo han recibido con abrazos efusivos. ¡Este chiquillo tiene una prometedora carrera por delante! ¡En verdad me siento muy expectante con las nuevas presentaciones que nos traerá en el futuro!

—Aquí vemos la repetición de su precioso Lutz triple, el nuevo salto que incluyó en esta temporada.

—Este programa fue coreografiado por Juan Luis Vargas, bajo la supervisión de Leo de la Iglesia. ¡También el patinador estadounidense ha demostrado tener una excelente habilidad para coreografiar sus propios programas!

—De hecho, no solo ha apoyado a Juan Luis; el programa debut de Gabriel Fernández el año pasado también fue suyo, y ha colaborado con Minami Kenjirou y Guang Hong Lee.

—¡Ya la puntuación se ha revelado! Juan Luis Vargas queda en el segundo lugar, por detrás del patinador británico Stevan Stefano. Los tres abandonan el Kiss and Cry, mientras que se prepara el siguiente concursante, representando a Canadá.

Otabek ya se encontraba en la barrera con su chamarra de Kazajistán puesta sobre su traje, dejando ver sólo los pantalones bronce que llevaba debajo. Caminaba con sus patines ajustados y protectores en dirección hacia donde Jean y sus padres apoyaban la entrada de su hermano e hijo. Alain Jr. lucía nervioso, tomaba suficiente aire e intentaba mirar al frente, aunque sus ojos rehuían de todos con facilidad. Las palabras de ánimo tanto de sus padres como de su hermano mayor no eran suficientes como para poder calmar sus nervios.

Alain vestía una chaqueta negra con cuello alto y cuadrado, que tenía colgada bandas doradas desde sus hombros cruzándose frente a su pecho. El traje contaba con la inspiración de uno de los emblemáticos atuendos de Michael Jackson, quien fuera su ídolo desde niño. Tenía el cabello largo, con pequeñas ondulaciones que fueron remarcadas con ayuda del gel, y que rozaban sus hombros. Después de hacer la señal de la cruz se puso en posición en mitad de la pista, mientras que el público seguía aplaudiendo con entusiasmo.

—¡Aquí tenemos al otro retoño de la pareja Leroy, Alain Junior! Desde que inició su temporada como Senior, ¡nos ha deleitado con presentaciones muy creativas!

—Ante la señal de su hermano mayor, J.J, el público ha hecho silencio para esperar su rutina. Es increíble la influencia que la estrella canadiense tiene sobre el público.

—No podemos culparlos, es a quien todos esperamos ver con ansias desde que presentó su video en Instagram clavando con agilidad un Axel cuádruple. Este día, podría ser el día en que hiciera historia.

Isabella apareció detrás de Otabek, vistiendo un hermoso traje de sastre rojo. Su chaqueta de corte V cubría elegantemente su pecho, llevando debajo una blusa blanca de satén que tapaba el resto de su escote, mientras que el pantalón siendo un modelo acampanado, estilizaba sus muslos al abrirse desde lo bajo de sus rodillas, luciendo hermosa pero formal. Intercambiaron un par de miradas antes de que se acercara detrás de su esposo y acariciara su brazo. Collette se asomó sobre el hombro de su papá para ver a su madre y le sonrió, a lo que Isabella contestó con una graciosa mueca.

—¿Te ayudó a cargarla? —preguntó, pero Jean se negó, sin quitar la mirada de su hermano ahora que empezaba la música. Esa temporada su hermano había decidido usar temas de Michael Jackson, un artista al que admiraba desde pequeño, usándolo de referencia también para sus trajes.

—Ahora que me toque patinar, ¿sí?

Isabella sonrió, y se quedó a su lado, hasta que Jean alargó su brazo para invitarla a pegarse a su costado izquierdo que no era acaparado por su hija.

El tema escogido por Alain Jr Leroy fue Bad, de Michael Jackson, y su coreografía incluía pasos de la estrella, alternándolos con los saltos. Sin embargo, fue fácil darse cuenta de que el joven patinador se encontraba nervioso. Por mucho que el público estuviera a tono con la música, Alain Jr no se movía con la fluidez que antes le habían visto sus compañeros en la pista de prácticas y fue algo que Jean y Otabek observaron con mucha atención. Jean incluso tenía una expresión indescifrable entre la pena y el miedo. Otabek dirigió la mirada hacia la salida, donde los padres y a la vez entrenadores del joven, esperaban con los brazos cruzados con sus rostros calmados, casi como si pudieran haber previsto toda la situación.

El público clamó y un hondo jadeo se escuchó en el estadio cuando Alain tuvo su primera caída al interpretar el Toe Loop cuádruple. Se levantó casi de inmediato, pero los nervios comenzaron a afectarle de forma más evidente, evitando que pudiera moverse con la gracia que estaba estipulada. Pronto el rostro de Alain mostraba su terrible frustración al respecto y Jean mordió su labio, teniendo un doloroso Deja vú. Su hermano había cedido a la presión tal como él en el GPF de Barcelona. 

Cuando acabó, pese a los resultados, el público no dejó de aplaudir. Jean le entregó su hija a Isabella e hizo el ademán de ir, pero fue detenido por la mano de su esposa quien le dio una sonrisa comprensiva. Otabek observaba todo desde lejos, pero sabía que tras esa interpretación quedaban los quince minutos para que el segundo grupo se preparara antes de presentarse en la pista ya que debían iniciar el calentamiento pronto. Las luces se encendieron para aclarar el hielo mientras que Alain iba con sus padres al Kiss and Cry, y Otabek también ayudaba a Jean a distraerse de lo ocurrido con su hermano y prepararse.

Alain quedó de quinto lugar en el programa corto y partió a los vestidores perseguido por su madre, mientras su padre se quedaba en la pista para respaldar ahora la salida de sus otros dos estudiantes. En medio de los aplausos, los otros patinadores del segundo grupo entraron a la pista, incluyendo a Jean y a Otabek. El traje que vestía Jean estaba compuesto por una camisa blanca que tenía una cinta color amarillo pálido que iba desde sus hombros hasta sus muñecas. En su cuello había un cravat blanco con detalles en el mismo amarillo pálido y a juego con su pantalón, que se ajustaba al grueso de sus piernas. Parecía sencillo, pero la combinación del blanco y amarillo pálido resaltaban con su tono de piel y le daba un aire alegre.

A diferencia de Otabek, que vestía el traje bronce que se había probado unas noches atrás. Lucía regio, como un noble sacado de un cuento Victoriano, con su traje lleno de detalles de pedrería y el tono oscuro que contrastaba con la palidez de su semblante. Los siete patinadores se presentaron ante el público canadiense, que no dejó de aplaudirlos con júbilo.

Cuando el calentamiento acabó, todos regresaron a la salida de la pista pero Jean se quedó cerca de ella, ya preparándose para entrar a mostrar su programa. Isabella se acercó a él con Collette en sus brazos y, tras compartir un beso con ambas (uno lleno de baba por parte de su hija), les sonrió con infinita adoración.

—J.J va a abrir el segundo grupo para el programa corto masculino. Se siente la forma en que el público aplaude con entusiasmo. Ahora vemos a J.J despidiéndose de su familia para iniciar el programa.

—Con su programa plenitud, J.J salió de su habitual costumbre con los temas musicales y escogió dos temas clásicos, con arreglos que le dieron un toque personal para sus presentaciones. ¿Veremos en el programa corto Ode to joy el increíble Axel Cuádruple?

—No lo sabemos, Morooka, J.J no ha revelado en cuál de los dos programas ha incluido este nuevo elemento para su coreografía, y estamos ansioso de verlo. Ya lo tenemos en medio de la pista, saludando a todos con sus brazos en alto.

—¡El momento que más hemos esperado ha llegado!  

[Ode to joy — Katherine Jenkins, David Garrett]

Cuando la música inició, ya todo el público hacía silencio esperando atento por la presentación de su programa. Jean levantó sus brazos, como si animará al público a dejar la seriedad para otro momento, mientras patinaba de espalda a la pista. Instó a un tramo del escenario a levantarse, luego a otro, y así los invitaba a ese canto de alegría que significaba el inicio de su temporada. Las personas no tardaron en tomar la palabra del patinador para levantarse sobre sus pies, eufóricos, mientras el violín sonaba con suma delicadeza y velocidad, y el cuerpo de Jean ondulaba en la pista. De un momento a otro, Jean tomó velocidad y ejecutó un precioso Lutz cuádruple, del cual cayó con gracia justo con la entrada de la voz de la cantante y los gritos del público.

Los aplausos cayeron y Jean siguió moviéndose en la pista, con una enorme sonrisa. Esa música fue una de las tantas que él junto a sus amigos habían coleccionado para el primer DVD dedicado a su pequeña Collette, cuando aún estaba en el vientre de Isabella. Y fue esa misma, la que habían notado los padres primerizos que era la que más le gustaba a la pequeña bebé, de quien incluso aún desconocían su sexo en ese momento, pero a la que dando pataditas y removiéndose ansiosa desde dentro del cuerpo de Isabella, la pequeña respondía positivamente. Por eso le había tomado un aprecio incalculable a ese tema, ya que a través de él había tenido la primera oportunidad de sentir una patadita en la palma de su mano. Su primer contacto directo con su pequeña bebé.

Con nuevos ánimos, Jean no dudó en ejecutar el combo de Axel triple y un toe loop doble. El público siguió aplaudiendo y él continuó moviéndose a través de la pista para tomar velocidad y ejecutar un alto y prodigioso salchow cuádruple. Parecía estar en su elemento. Jean se movía con soltura y confianza, jugando con el viento, sintiendo la adrenalina moviéndose entre sus dedos.

Por eso ambos programas hablaban de la plenitud. A pesar de no estar en competencia como sus compañeros y escuchar en incontables ocasiones a los canales deportivos dudar de su regreso, Jean sentía que había hecho lo correcto. Cada mañana que despertó con Isabella en sus brazos, todas las ocasiones en que la apoyó con sus dolores y síntomas prenatales, incluso la ocasión en que, sin motivo alguno, era él quién sentía las náuseas mientras ella reía; todo aquello, era parte de un camino que se encargaría de recorrer todas las veces que fueran necesarias. Su plenitud estaba en la familia que acababa de consolidar con la llegada de su pequeña.

Un nuevo cuádruple apareció, sacándole el aliento a muchos por la altura en que aquel Toe Loop cuádruple en combinación de un sencillo y seguido de un flip triple apareció, clavándose con suma agilidad y belleza. El pecho de Jean estaba hinchado de emoción y de múltiples sentimientos que le provocaban las imágenes que le emergieron de esa época. Él era feliz, estaba feliz, el patinaje solo era una parte de su vida pero no la que lo llenaba. Como deportista, era lo que le apasionaba, pero como persona, su pasión estaba en su esposa, en su hija, en las miles de maneras que tenía de hacerlas feliz.

Ahora ambas eran sus impulsos. El viento que soplaba sobre la vela y lo llevaba a su destino. Jean volvió a ejecutar un toe loop cuádruple, y al deslizarse en el hielo, se preparó para una combinación de pirueta mientras de su rostro la sonrisa no podía ser borrada. Sus ojos brillaban, extasiados. Su cuerpo casi vibraba al tono de las voces, los instrumentos, los aplausos. Jean estaba feliz porque estaba haciendo lo que le gustaba, apoyado por la gente que adora, e impulsado por el amor de quienes lo amaban.

Acercándose al cierre, ya no solo era la voz de la cantante que entonaba aquella letra con emoción, sino la de todo el público que, llenos de un significativo sentimiento de júbilo, acompañó a Jean cantando las últimas estrofas. Era como si hubiera podido transmitírselos, como si la felicidad de la que estaba siendo testigo el mismo Jean, hubiera sido traspasada al público a través de su patinaje. Isabella veía desde la barrera conmovida y llena de felicidad como su esposo iniciaba otra serie de piruetas para el esperado final.

No hubo un Axel cuádruple, el público no lo necesitó, nadie lo necesitó. La felicidad de Jean y su regreso chispeó todos los rostros y les infló las venas. Isabella apretó sus labios conteniendo un gemido y Otabek observó la escena con una ligera sonrisa en sus labios. Había sido testigo de esa felicidad, la había vivido, era la misma que incluso le había ayudado a él a sanar un poco las heridas que había llevado de San Petersburgo. Jean se la merecía, de eso estaba seguro. Se había ganado con tesón, empeño y una terrible convicción en sí mismo, esa anhelada plenitud de la que ahora hablaba.

Y allí estaba el amor del público. Conforme la orquesta tocaba en el clímax, y Jean daba piruetas hermosas en el hielo en un programa perfecto, la gente aclamaba y aplaudía con todas sus fuerzas, casi desesperadas de poderle transmitir a Jean lo que él había provocado en ellos. Si subía la mirada, era capaz de notar a algunos incluso llorando de la emoción. De hecho, su padre y entrenador lo hacía, aplaudiendo orgulloso con una lágrima asomándose en sus ojos.

Al acabar, Jean terminó alzando los brazos al cielo, con las piernas abiertas, casi como si saltara de pura alegría. Todo el estadio estalló en aplausos y ovaciones hacia él y los regalos llovieron a montones, entre peluches de animales que seguro decorarían luego la habitación de la princesa.

—¡Qué maravillosa presentación, señores! A pesar de que no realizó el Axel cuádruple, nos tuvo a todos al borde del asiento, viendo embelesados el canto de la felicidad que J.J nos ha demostrado!

—Sin duda alguna un glorioso regreso para uno de los mejores patinadores del circuito, digno rival de Víctor Nikiforov y quien batió en incontables ocasiones el oro también con Yuuri Katsuki. ¡Jean Jacques Leroy se ha legitimado como uno de los patinadores más impresionantes en los últimos años!

—Posiblemente nos muestre el Axel cuádruple mañana. ¡No pierdo mi fe de verlo en competencia! ¡Pero puedo decir ahora mismo que esta competencia promete ser muy interesante!

Jean siguió haciendo inclinaciones al público antes de empezar a deslizarse hacia la salida, después de que los pequeños patinadores despejaran el área de los regalos. Tomó un conejo en el camino, que aproximadamente medía el tamaño de su antebrazo y se lo entregó a su pequeña niña quien lo apachurró con fuerza. Aprovechando que su hija estaba distraída, él fue por un beso de Isabella mientras su mano le apretaba la cintura y su boca se movía lenta y sustancialmente sobre los rojos labios de su esposa. El momento lo extendió mientras que el público miraba embelesado y contento la escena, aplaudiendo al comprender cuál era el motivo de tal felicidad.

Casi derretida, Isabella se despegó de los labios de su esposo y luego rio avergonzada, al sentir todas las miradas sobre ella. El que un hombre como J.J aún se fijara en ella y la viera atractiva, a pesar de seguir peleando con los kilos de más y estrías, la hacían sentir terriblemente afortunada.

La feliz pareja fueron al Kiss and Cry y en el camino, Jean recibió un abrazo de su padre, esperando juntos hasta que se dieron las puntuaciones. Jean escaló fácilmente al primer lugar, con una diferencia de quince puntos con el concursante anterior.

El siguiente patinador estaba preparándose para entrar a la pista, mientras Jean regresaba con su familia en brazos, contento con los resultados. Ya Otabek sabía que no usaría el Axel cuádruple aún y tenía razones muy valederas para hacerlos. La primera: quería hacerlo cuando realmente fuera necesario y la segunda, quería que su regreso fuera perfecto, sin margen de error y usar un salto que aún tenía un porcentaje de caída no resultaba ninguna garantía. Escuchando la forma en que Jean planeaba su temporada, le hizo entender que ya no era el muchacho impulsivo de antes, ávido por ganar a costa de lo que fuera. Ahora pensaba mucho mejor en sus límites, y aunque no dejaba de ser el patinador intrépido, también había madurado para hacerse consciente de la competencia y usar sus elementos a su favor.

Admiraba eso, y se lo hizo ver devolviéndole la sonrisa al verle acercarse. Se dieron un par de palmadas en la espalda y observaron el patinaje del nuevo competidor, esperando el turno de Otabek que sería después de dos presentaciones más.

—No te he preguntado. ¿Qué piensas hablar con Mila?

Otabek lo escuchó hablándole en confidencia, mientras le mantenía el brazo sobre su hombro en un gesto que ya se había acostumbrado a aceptar. Con Jean era imposible discutir porque era terco y te convencía de que ese no era más que un gesto fraternal que él le daba a sus mejores amigos. Desvió la mirada de la pista por un momento y enfocó sus ojos en otro punto de la barrera.

—Creo que le debo una explicación, ya te lo dije. Una mejor que la cobarde actitud que tuve en ese momento. —Jean hizo una mueca inconforme—. Estaremos bien.

—Eso espero… Por cierto, ¿y Alain?

—Está en los pasillos con tu madre —notó las intenciones de Jean de ir por él, por eso lo retuvo tomándole del brazo—. Es mejor que lo dejes por el momento. Con tu madre estará bien.

—¿Por qué? Es mi hermano, ¡debo ir a…! 

—Jean… ¿de verdad no entiendes por qué Alain cedió a la presión?

La mirada confundida del canadiense fue indicio de que, no, no lo entendía. Los ojos de Otabek se entrecerraron severos, y allí, Jean comenzó a preocuparse. A pesar del duelo de mirada, no pudo comprender el mensaje oculto en los ojos de Otabek, y los aplausos del público llovieron sobre ellos cuando el patinador que estaba compitiendo había acabado su programa. Mientras los comentaristas daban opiniones sobre el desempeño del patinado coreano, Otabek soltó el brazo de Jean, resignándose al entender que él no comprendería con sus gestos lo que ocurría.

—¿Por qué mi hermano cedió a la presión? —Insistió Jean, y Otabek puso la mirada en las pantallas donde se veía la secuencia de los saltos y las caídas del joven patinador que acababa de batirse. Ahora, el japonés, Yuuto, se preparaba para comenzar—. Otabek.

—Olvídalo. Hablaremos después de que compita y hable con Mila.

—¿Estás loco? ¿Piensas dejarme con la intriga? ¿Por qué lo sabes tú y no yo que soy su hermano?

Otabek se volvió hacia él con franca incomodidad por los cuestionamientos de su amigo. Él no lo sabía porque el joven se lo hubiera dicho, sino que pudo adivinarlo porque fue capaz de notarlo en sus gestos. Lo que se había estado amasando durante esos meses ahora había salido y nada habían podido hacer para detenerlo ni evitarlo. Afortunadamente, Isabella volvió a acercarse y logró distraer a Jean del asunto, mientras Otabek se acercaba al viejo Alain para prepararse en la salida de la pista.    

Cuando el momento en que le tocaba participar llegó, Otabek ya se encontraba preparado. Dejó en manos de Alain su chamarra y se quitó los protectores, mirando con determinación hacia la pista de hielo. Jean se acercó, aún incómodo por el impase que habían tenido hacía un momento, pero sin dejar que aquello le impidiera desearle éxitos a su amigo e intercambiando un leve golpe de puño entre ellos antes de salir a la pista.

El público aplaudió y Otabek sintió que en parte, todo ese apoyo se debía a la presencia de Jean en su carrera. No era algo que le preocupara, así que se limitó a saludar a todos y a agradecerles mientras se deslizaba en el hielo. Mila, para ese momento, observaba todo con el corazón encogido en su pecho y una impresión desoladora en su rostro. Otabek se veía impresionante, era imposible quitarle la mirada con ese traje de tonos bronces y arreglos dorados que le daban porte a su figura masculina. Pero lo que la desconcertó, fue el modo en que la patinadora Deborah comenzó a saltar y a gritar, agitando las manos hacia el patinador mientras lo llamaba por sobre los aplausos. Otabek solo la miró de reojo, y se concentró en lo suyo.

La mirada fija en la espalda de Deborah fue suficiente para que ésta volteara y notara la expresión aversiva de Mila, imposible ya de contener. Georgi se mantuvo al margen, consciente de que era algo que su estudiante no iba a poder contener por mucho tiempo. Pero le irritó la respuesta recibida por parte de la patinadora canadiense, quien sonriendo de lado y con obvia petulancia, giró su mirada de vuelta a la pista deseándole suerte a Otabek a toda voz.

[Requiem: Lacrimosa — Mozart]

Con el sonido de aquella melodía en violín, Otabek inició su patinaje en un ritmo sobrio, lento, pero apasionado. Su cuerpo se movió abarcando la pista, moviendo sus brazos con una desesperación preciosa y cruda. No era el llanto de una víctima, era el pesar del victimario el que se movía, contando una historia muda que nadie más que los involucrados comprenderían. El tema usado era las consecuencias y un réquiem a la muerte y al duelo era perfecto para iniciar.

Porque precisamente, Otabek vivía un duelo. Él estaba cargando con el lamento del cadáver que él mismo había asesinado. Allí, en ese cuerpo que cargaba aún en su espalda, yacían los sueños de una mujer que no merecía más que amor, y los suyos propios de cumplírselo. Allí, yacía también la esperanza de una amistad eterna, y los sueños de un muchacho que no merecía más que eso. Amor… amor no como él había pretendido darle. Allí, yacían las dos cosas que más había amado en aquellos últimos años de vida, y a las que había destrozado sin misericordia.

Otabek se preparó para el primer cuádruple, clavando el salchow con fuerza y determinación, demostrando altura y velocidad. Los aplausos del público no lo desconcentraron de la atmósfera mortuoria de su programa, ni de la fuerza de sus sentimientos hecho baile. Con el salchow, recordó cómo Mila le había insistido en que le enseñara a realizarlo porque quería lograr hacerlo en competencia, aún si el cuádruple resultara difícil para ella como mujer. También recordó el enojo de Yuri al saber que fue J.J quien le había enseñado el que era su emblemático salto cuando estuvo en Canadá.

Esas memorias se clavaban en su pecho y fortalecían su presentación. Tomando en el viento algo invisible, sus brazos se movían como si lanzara súplicas al destino, como si le rogara por saber qué había hecho para recibir esa prueba, y le suplicara por quitar la condena que con creces se había ganado. Él les había fallado a ambos, y aunque sabía que nada pudo hacer para detenerlo, estaba caminando con las consecuencias como si éstas fueran una pesada cruz en medio de un camino que a nadie más le interesaba observar.

El nuevo combo de saltos se clavó con firmeza y gracia. Los movimientos fuertes y definidos de Otabek eran parte de la belleza y originalidad de su propio patinaje. No había movimientos con gracia y elegancia, no, sus pasos se denotaban con fuerza, firmeza y decisión. Ese coraje era lo que lo había llevado hasta ese momento, y era por el cual permanecía de pie.

Aún después de las consecuencias, Otabek estaba decidido a seguir cargando con ellas y admitiendo sus errores, así como asumiendo sus culpas. Quizás no pudiera recuperar sus valiosas presencias en su vida, pero al menos podría darles el camino para seguir. Elevó su vista al cielo y dio vueltas con las manos extendidas frente a su pecho como si recogiera rocío del aire. Quizás era el lamento aún vivo, en una lengua sombría que él era incapaz de notar, pero que la música era perfecta para expresar por él.

Con ese programa, pretendía hacer llegar un mensaje tanto a Mila como a Yuri, sus dos grandes víctimas. Quería que ellos escucharan de alguna forma el clamor que él había traído atorado desde que salió de San Petersburgo. Con la secuencia de saltos, cerca del final, y con sus movimientos llenos de lúgubre pesar, Otabek quería transmitirles el dolor que cargaba, el cómo él también había sufrido, y cuánto lamentaba el haberles lastimado. Porque más que dolerle la propia herida, le dolía la certeza de cuán destrozados los había dejado a ambos. De haber destruido con sus propias manos lo que en un momento juró proteger.

Quisiera decir perdón, pero no había espacio. Quisiera arrepentirse, pero no podía. No podía arrepentirse de haber amado a Mila, ni de haberse enamorado de Yuri. La vida lo había puesto en una encrucijada donde no había espacio para vanas disculpas. Y al girar en una pirueta baja para cerrar la presentación, expresó justamente eso cuando sus manos taparon su rostro, quedando arrodillado, justo en el segundo en que la música acabó y los aplausos comenzaron a llover.

Se levantó en medio de la algarabía y alzó su brazo en puño, satisfecho con el resultado de su rutina. Las voces de los comentaristas elogiaban sus saltos y su estilo personal, pero los ojos de Otabek se enfocaron solo en buscar algo en medio del público. Hasta que lo encontró. Ese cabello rojo era imposible que se perdiera de su vista, y aún pese a lo lejos que se encontraba, quiso transmitirle con la mirada parte de lo que ya hablarían a solas.

Un mensaje que supo llegó, porque el rostro de Mila nuevamente se había forrado de lágrimas, sintiendo un dolor agudo en su corazón. Mordió sus labios con desespero intentando no llorar, y recibió sobrecogida el abrazo de Georgi, quien a pesar de no haber logrado comprender el mensaje por entero, sí entendía lo duro que había sido ver esa presentación para su estudiante.

En medio de los aplausos y ovaciones, Otabek tuvo que despegar la mirada de ese punto para deslizarse al fin hacia la salida de la pista. Al tiempo que Mila hacía lo mismo, levantándose del asiento sin ánimos de permanecer más tiempo allí. Dejó que Georgi la cubriera con su brazo mientras la ayudaba a moverse, ya que las lágrimas le impedían ver con claridad por donde caminaba, y no notó como Deborah los observaba salir de las gradas con un aire pensativo.

En San Petersburgo, Yuri miraba la pantalla completamente embargado, sin poder definir todas las emociones que sentía tras haber visto aquella presentación. Ya sabía que Otabek había cambiado el tema, pero este era totalmente diferente al que estaba dispuesto a usar a inicio de año y del cual incluso le había compartido la música que hubo escogido entonces. Y, aunque entendía el cambio, le aterró. Le aterró hasta límites insospechado el haber podido sentir el dolor de Otabek y saberse en parte culpable de él, aún a pesar de poder él mismo reconocer que todo aquello no hubiera podido ser de otra manera.

¿De eso se trataba la vida? ¿De destruir a tu paso a los que amas sin poder hacer otra cosa que ver sus pedazos? Yuri volvió la mirada a la matryoshka a medio construir que estaba en la mesa, esperando a secarse, para poder pegar otra parte del rompecabeza en que se había convertido. Al verla, supo que no, no era así.

La vida se trataba de reparar.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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