Matryoshka II (Cap 16)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 16. Skate Canada: Vamos a hablarlo

La nevada no perdonó y arreció, al mismo tiempo que la gente comenzaba a correr y a cubrirse al resguardo de los edificios esperando ésta cediera. Decenas de autos pasaron por su lado, y otras tantas personas apuraron el paso, mientras que ellos dos se quedaron allí, en el mismo punto, hasta que Víctor notó que Yuuri estaba helado. Ya había dejado de llorar y tarde se percató de que él también lo había hecho, pero cuando intentó ayudarlo a levantarse, recibió de nuevo el rechazo de Yuuri. Se alejó instintivamente, al tiempo que Yuuri se abrazaba a sí mismo después de sacudirse la nieve de la cabeza. Estaba temblando, y ahí sí era de frío.

Víctor lo miró preocupado, considerando necesario el refugiarse en algún lugar ya. No sabía si proponerle a Yuuri volver al apartamento sería adecuado, quizás invitarle a un café cercano. Ya a esas alturas sería demasiada suerte que nadie los hubiera reconocido después de lo ocurrido, y sin embargo, a Víctor en ese momento no podía importarle menos lo que la prensa o las redes pudieran decir. Resolver todo ese asunto con Yuuri era prioridad.

Intentó acercarse una vez más y nuevamente volvió a recibir esa misma actitud esquiva por parte de Yuuri. La reconocía de todas aquellas ocasiones que la había recibido en el pasado, aunque en ese momento era lo que menos quería recibir. Viendo cómo estaban, resultaba inverosímil que de eso se tratara su reunión para hablar: no habían hablado nada. Ni él, ni Yuuri. Lo único ocurrido habían sido  aquellos gritos y luego el escucharlo llorar hasta cansarse, sin poder entender a cabalidad qué era lo que ocurría dentro de él. Yuuri siempre fue un enigma, y tendía a tener esas explosiones que bien podrían ocurrir en lo que consideraba una plática seria o en un momento de gritos. Pero sus estallidos siempre fueron tan inesperados que Víctor nunca logró encontrar el punto de alarma, nunca pudo verlos venir. Y aquel no era la excepción.

—¿Vamos a algún lugar? —preguntó, y Yuuri no le dio respuesta—. Debemos buscar algún sitio para calentarnos, debes estar helado —no hubo respuesta—. Yuuri, ¿qué quieres hacer?

No hubo respuesta. Yuuri se mantuvo en el mismo sitio; sin mirarlo, sin responderle, sin siquiera decirle si lo quería allí. La brisa arreciaba, la nevada aumentaba su fuerza, y Víctor sentía que ni siquiera su grueso abrigo o guantes, eran suficiente para cubrirlo. Pese a estar acostumbrado al clima, había una cantidad de buenas razones para no sentirse preparado para él. Todo el estado anímico que le provocaba Yuuri estaba colapsando contra su cuerpo y provocándole significativos malestares.

Dejó pasar los minutos y el silencio por parte de Yuuri persistió. No recibió ni mirada, ni gesto que le indicara cuál era el siguiente paso, y todo eso colaboró para hacerle perder la paciencia. Lo veía a él congelándose en el mismo sitio y escuchaba a sus dedos gemir de dolor por el frío, a su mente gritando de mil formas y a su corazón angustioso sintiendo que cada latido le clavaba un nuevo filo.

—¡Dios mío, Yuuri! —Bramó, pasando una mano angustiada sobre su cabello—. ¿¡Qué viniste a hacer aquí entonces!? ¡Dijiste que íbamos a hablar, que íbamos a cortar, eso es lo que me estoy obligando hacer y tú solo te quedas callado y…!

—Al menos ya sabes… —Víctor calló de golpe ante la mirada vacía que Yuuri le dirigió y la falta de emoción en sus palabras, que por el contrario, estaban cargadas de mil sentimientos—. Al menos ya sabes lo que se siente quedarte como un imbécil esperando respuesta y no obtener nada.

—¿Qué…?

—No puedes soportarlo un par de horas. Imagina ahora lo que fue aguantar eso por meses.

—¿De eso se trata? —No pudo evitar recriminar—. ¿De venganza? ¿De hacerme sentir tan miserable como te hice sentir…? —Replicó con amargura, y Yuuri solo movió ligeramente su labio, en un intento de sonrisa que no llegó—. Yuuri, no te estoy entendiendo.       

—Fue mala idea salir del auto… —Víctor arrugó el ceño, intentando comprender—. Necesito ir al hotel. No me siento bien, Víctor…

Algo en el tono de su voz hizo que Víctor se tomara en serio las palabras, abandonando su posición para acercarse y buscar tocarle la cara. A pesar del inicial movimiento de Yuuri para apartarse, Víctor le sujetó fuertemente del brazo para detenerlo y con sus dientes se retiró el guante derecho para poder tocarle la cara. Ya verlo le decía que estaba frente a otro resfriado, era visible no solo en los ojos brillantes de Yuuri, sino en el tono de piel rojizo y los labios amoreteados. Hizo un mohín de frustración.

—Hay cosas que no cambian ¿no? —Todo sonaba como una tragicomedia. Víctor ya no sabía qué esperar de toda esa situación.

—Llámame un taxi.

—No, yo te llevaré al hotel y me aseguraré de que te metas en la cama —Víctor no esperó respuesta de su parte y, a pesar de la mala cara que le mostró Yuuri, no dudó en abrazarle para frotar su espalda y darle calor. Yuuri no pudo negarse a ello a sabiendas de cuánto lo necesitaba.

—Estoy enojado… tan enojado contigo —dijo tiritando mientras daba pequeños topes contra su cuerpo, y pese a la entonación adorable que tenía su voz producto del resfriado, Víctor sabía que Yuuri estaba hablando en serio. Las dos explosiones así lo indicaban. Enojo en su estado más puro.

Víctor solo había tenido que presionar un poco para que Yuuri estallara ya dos veces. Ahora estaba consciente de a qué se enfrentaba. Éste no era el Yuuri que en la habitación le dijo, con todo el pragmatismo del momento, que terminaran con eso. No era el que estaba seguro de lo que iba a hacer y que no le importaría hacerlo si lo consideraba correcto. Éste Yuuri era el que estaba muriéndose de ansiedad producto del miedo, y al que podría romper con solo decir las palabras correctas para hacerlo estallar en furia.

No podrían conversarlo ni en un auto, ni en un restaurant, ni en un puente. Para empezar, ni siquiera era algo a conversar. Víctor entendió que Yuuri tenía que explotar y que solo iba a explotar con él porque así había sido siempre . La pregunta real era, si él estaba preparado para ello.

—Te llevaré al hotel y mañana hablaremos —le aseguró Víctor, sin importarle ceder al impulso de besar su cabeza e ignorando el temblor que aquello provocó en Yuuri.

La nevada no se iba a detener por el momento, y era hora de que Yuuri comenzara a moverse. Así que lo empujó suavemente y lo mantuvo bajo su brazo mientras regresaba al auto para llevarlo a descansar. No sin notar la manera aprehensiva con la que el japonés abrazaba la bolsa con sus medallas.

Camino al hotel, y con la calefacción en alto, Víctor notó que la fiebre de Yuuri estaba en aumento por el modo en que su rostro comenzó a transformarse con el malestar. Dejarlo solo en el hotel no le pareció la idea más sensata, así que llamó de nuevo  a casa de Georgi, y avisó que llevaría a Yuuri hasta allá, esperando que quisieran apoyarlo con cuidarlo. No creía que Yuuri tomara de la mejor manera el que lo llevara a su apartamento, no si tenía en cuenta el modo en que había reaccionado a las medallas.

Anastasia no dudó en confirmar que ella se encargaría, escuchando por detrás los gritos de Yakov, provocando un calor inmenso de complicidad. Pese a que Yuuri aún estaba consciente y mirando la calle, Víctor decidió no decirle del cambio de planes hasta que hubieran llegado de nuevo a la zona residencial donde vivía Georgi. Pronto se percató del porqué Yuuri no había notado el cambio de ruta, ni percatado de su conversación por el teléfono.  La fiebre había aumentado. Apenas contuvo una maldición cuando al abrirle la puerta Yuuri casi se cae vencido por la calentura. El abrigo estaba húmedo y sus dedos helados, ni siquiera la bufanda que le había amarrado al cuello fue suficiente para contenerla.

En un movimiento intempestivo, Víctor lo cargó, sintiendo de inmediato el dolor en su rodilla derecha al alzarlo con rapidez. Empujó con su cadera la puerta del auto y caminó con prisa en medio de la nevada hasta la entrada de la casa. Anastasia abrió justo a tiempo, conteniendo un grito cuando lo vio llegar así, con Yuuri en brazos y la prisa tatuada en su expresión, mientras que Yakov lo miró perplejo desde la entrada de las escaleras; hasta que ambos escucharon la urgencia en la voz de Víctor al preguntar dónde quedaba el baño y Anastasia fue a guiarlo.

La esposa de Georgi decidió dejarles en el baño que compartía con su pareja por ser el único en la casa que contaba con tina, donde el agua ya estaba a la temperatura necesaria para atender el estado en el que estaba Yuuri, mientras que ella bajaba para llamar al médico de la familia. Yakov en cambio permaneció allí, observando en silencio, incluso cuando Víctor no dudó en comenzar a retirarle a Yuuri su ropa y éste, a pesar de encontrarse bastante afectado por la fiebre, intentó evitarlo, jalando precariamente de las prendas para intentar cubrirse de la mirada preocupada de su expareja. Vio como Víctor, aun luchando contra Yuuri por retirar la ropa de éste, mordía su labio conteniendo el dolor, intentando ocultar el malestar que él sabía aquejaba su rodilla, notando cómo el estar allí arrodillado le afectaba.

—Le vas a quitar también… —Yakov solo inspiró con fuerza al ver a Víctor retirar la última prenda que cubría a Yuuri y alzarlo para meterlo en la tina escuchando a Yuuri decir un montón de cosas en japonés que resultaban incomprensibles para ambos rusos—. Se va a enojar cuando se entere que lo desnudaste.

—Es su culpa por salir del auto a llorar en media nevada —el anciano sólo renegó, imaginándose la escena, pero limitándose a recoger las ropas que Víctor había desparramado en el suelo. Sin avisar, dejó caer su palma contra la frente de Víctor, provocando que éste subiera su mirada. Observó críticamente el sonrojo que también habitaba el rostro de su exalumno, apartándole los cabellos de su frente.

—No parece ser el único que lloró bajo la nevada —había rastros en sus ojos, pero era más evidente la temperatura—. También tienes fiebre, Vitya —Víctor resopló.

—Solo necesito un trago de Vodka —el anciano renegó al quitarle la mano y sin más le obligó a quitarse el abrigo antes de llevárselo, dejándolo a solas con Yuuri en el baño.

Víctor volvió su vista hacia Yuuri, quien aún balbuceaba cosas en japonés -entre ellas “Víctor baka” y otras cosas que no lograba inferir-. Sin embargo, su atención estaba en cómo la temperatura bajaba y al menos dejaba de tiritar. Dejó que el agua corriera por su frente, y acarició sus pómulos, su cuello, incluso el borde de sus labios. Tenía ganas de besarlo, los ojos de Yuuri en ese tono vidrioso le recordaban a momentos mucho más íntimos y lejanos. Pero Víctor estaba consciente que aquello era debido a la fiebre y no se atrevía a dar un paso más. Mucho menos con la mirada de Yuuri fija en él, que se mostraba vigilante aún en medio de la fiebre.

Cuando Anastasia regresó, llegó con una gran toalla para secarlo y un pijama de Georgi que serviría para vestirlo esa noche dado que su equipaje ya había sido enviado al hotel. Saliendo de nuevo al notar las intenciones de Víctor de sacar al otro de la tina. Víctor tomó el paño para usarlo en sus muslos, mientras hacía esfuerzos para sacar a un Yuuri desnudo y mojado del agua aún tembloroso por el malestar. Le dio ternura y pena cuando notó el esfuerzo precario con el que Yuuri intentó cubrirse.

—Cariño, no voy a hacer trampa, lo prometo —dijo, tapándolo con el paño y tomando otro para sacudirle el agua del cabello, antes de cargarlo para sentarlo sobre el inodoro.  Intentó distraerse secándole el cabello para así evitar mirar directamente hacia la piel desnuda, sintiendo la mirada de Yuuri aún sobre él. Más no fue posible. Sus ojos iban y venían con cada vez más frecuencia a varios puntos del cuerpo desnudo de quién fue otrora su amante. No pudo ignorar sus piernas fuertes por el ejercicio, ni su abdomen mucho más duro de lo que recordaba haberlo visto en otra ocasión. Tampoco pudo ignorar las incontables estrías que adornaban ya no solo sus caderas y trasero, también su abdomen e incluso sus brazos y piernas.

Intentando pensar en otra cosa que no fuera el cuerpo de Yuuri ante él, se concentró en vestirle, logrando ponerle la parte inferior del pijama con un poco más de colaboración por su parte. Aún temblaba, sus labios tiritaban y sus ojos seguían húmedos, pero parecía estar ya más en sí. Víctor le sujetó el rostro para buscar cuánto le había bajado la temperatura, pero se perdió en los ojos marrones que lo observaban con atención. Para él, Yuuri siempre tuvo unos bellos ojos, grandes para los de su raza, con pestañas abundantes y un bonito color achocolatado.

Las pupilas de Víctor bajaron hasta los labios temblorosos y regresaron hasta las iris de Yuuri, ahora aún más brillantes . Sus propios pálpitos se dispararon. Los dedos le hormigueaban. Sus pulgares dibujaron círculos por sobre sus mejillas mientras Yuuri le mantenía la mirada y temblaba aún sentado en aquel lugar. No pudo detener el impulso de acortar la distancia y rozar apenas esos labios con los suyos, notando como en respuesta inmediata la forma en que el cuerpo de Yuuri se crispaba y dejaba soltar un jadeo lastimero. Víctor no cerró los ojos, los mantuvo atento a los de Yuuri mientras separaba sus labios, sintiéndose culpable de haber fallado, de nuevo, a una promesa. Sin embargo, el brillo húmedo en los ojos de Yuuri y la forma en que rápidamente aparecieron las lágrimas en ellos, hicieron se le formara un nudo que no pudo contener.

Se alejó. Carraspeó conteniendo el aliento y volvió a la carga para ayudarlo a terminar de ponerse la camisa del pijama. Yuuri ya no le miró, sino que se mantuvo con la atención hacia el suelo tras haber derramado dos lágrimas fugitivas. Al terminar de vestirlo, le dejó un beso en la coronilla, escuchando de fondo el timbre que debía de anunciar la llegada del médico, antes de cargarlo nuevamente sin demasiada oposición de su parte.

Las instrucciones del doctor fueron reposo y buena alimentación. El diagnóstico fue un resfriado no solo por la nevada sino por las bajas defensas. También estrés.

Para cuando el médico abandonó la casa, no sin antes haberle recetado también algo a Víctor para que el resfriado no lo tumbara igual, éste se quedó sentado al lado de la cama donde Yuuri descansaba ya dormido, vencido por la fiebre. No hubo necesidad de pastilla esa noche.

—Vitya… —Escuchó la voz del anciano, mientras acariciaba el cabello de Yuuri con deseos de quedarse—. Ve a tu casa ahora. Nosotros lo cuidaremos. Además ya sabes que no suelen durarle mucho los resfriados —solo asintió y, antes de levantarse, buscó de nuevo sus labios, esta vez permitiéndose no solo envolverlos y succionarlos ligeramente, sino apreciar su textura, su sabor. Su propia garganta ardió—. Vitya…

—Hice trampa —soltó al separarse, lo suficiente para aún sentir la respiración de Yuuri golpeando sus labios y torturarse con la imagen lleno de añoranza—. Pero nadie puede culparme, ¿no, Yakov? Esta podría ser la última vez…    

Canadá vestía de rojo y blanco. El estadio rugía preparado para la entrada del programa corto para la categoría individual femenina. Era bastante temprano, los periodistas habían esperado a las afueras y había también una gran cantidad de fanáticos. Mila había divisado a varios que tenían su rostro en panfletos y posters, y aprovechó para firmar algunos antes de tener que entrar al pasillo de los competidores. Sorpresivamente, no se había topado aún con Otabek.

Según tenía entendido, el equipo de Canadá había alquilado un apartamento para todos, y allí debía estar él. Parecía que se habían traído a casi todos los miembros del equipo más los familiares para apoyar la entrada de JJ y su regreso a la pista. Lo que significó que no se encontrara a ninguno de ellos en el hotel el día anterior, lo cual la había dejado hasta con tiempo de conversar con la joven promesa sueca, Angeline Olsson, quien ya se había presentado dos temporadas atrás como su fan y se mostró muy contenta de encontrarla allí.

Sirvió para distraerla, pero al estar a solas en su habitación, concordó que quizás había sido peor. Ahora, estando en el pasillo mientras se mostraban los nombres de la lista del primer grupo femenino, Mila pensaba que quizás si hubiera visto a Otabek en el hotel el día de ayer, no estaría con los nervios haciéndole fiesta en el estómago.

Mila se encontraba ya lista, a pesar de ser la que abriría el segundo grupo de patinaje. Las otras jóvenes estaban en el pasillo, representando distintos países, entre ellos Estados Unidos, España, Italia, Suecia, China, Canadá, Corea y Finlandia. Había otro par rusa, pero esta ni siquiera se le había acercado. La veía como una rival. Todas ellas llevaban puesta su chamarra representativa de su país, aunque Mila llevaba la suya olímpica como recomendación del mismo Víctor. “Necesitas imponer”, le recordó con una sonrisa, “Actúa como la leyenda que quieres ser”

Volvió a juntar sus manos contra su vientre, sintiendo retorcijones cada vez más molestos y angustiantes. Sus pupilas empequeñecidas temblaban mirando la pared mientras escuchaba los anuncios. Mila dirigió la mirada hacia la salida del pasillo cuando escuchó la algarabía del público. En el  primer grupo estaría la patinadora canadiense, Deborah Lam, una de las alumnas de los esposos Leroy y quien compartía pista con J.J y Otabek. El estadio prácticamente retumbaba conforme se anunciaba la entrada de la canadiense.

Era, sin lugar a duda, una chica hermosa de largas piernas y sonrisa pícara, que tenía un club de fans cada vez más influyente en el extranjero. A la joven no solo se le había visto en obras de caridad con Leroy, sino que componía sus canciones y era fanática de la música coreana, hecho que había ganado mucha más importancia porque usaba música de grupos de dicho país para sus presentaciones e incluso había aprendido a hablar el idioma. En el país asiático también tenía muchos fans.

Además, y por si fuera poco, la habían visto en varias fotos al lado de Otabek. Mila intentaba no pensarlo, pero sentía como su estómago retorcía todas sus vísceras de solo contemplar la posibilidad. En los últimos días incluso había publicado una fotografía donde usaba la chamarra de Kazajistán y Tumblr estalló. Sara le había pasado la fotografía llena de rabia, insultando a Otabek mientras que Mila se sintió de tantas maneras que no pudo definirlo en una sola palabra.

Georgi observaba en silencio la creciente inquietud de Mila, la forma en que sus ojos buscaban atender cualquier cosa y sus manos se movían entre sí en señal de nerviosismo. No recordaba haberla visto tan preocupada ante ninguna competencia antes. Mila siempre había gozado de mucha confianza en sí misma y primaba el sentirse bien y superarse a sí misma, que la presión de la competencia. Eso había provocado que fuera la mejor sin tener que sacrificar tanto en el camino. Era la mejor porque amaba lo que hacía y tenía el apoyo de todos a su favor.

Sin embargo, él podía imaginar que el motivo de su inseguridad en nada tenía que ver con la competencia o sus potenciales rivales, sino más bien en la persona que, tras haber terminado con ella, había tomado aquel lugar como su hogar y que, de seguro, debía estar en algún lugar del estadio, ya que también le tocaba competir. Comprensivo, decidió tomarle las manos, recuperando así la atención total de Mila, quien le miró con tintes de tristeza en su mirada.

—Lo lamento Georgi…

—No tienes que disculparte, te entiendo…

Mila asintió con la mirada agachada. Georgi vestía como era de esperarse de un entrenador calificado; con un saco azul oscuro y una corbata fucsia que denotaba su particular gusto para vestir. Sin dudas se veía elegante y seductor, llamando la atención de muchas féminas del lugar. Pero Georgi también lucía con orgullo su argolla matrimonial y cada vez que veía que alguien le coqueteaba, a pesar de encantarse por la atención, mostraba su argolla para mostrar distancia. A pesar de que en ocasiones, notó que aquello más bien servía para alimentarle las ganas a la pretendiente y Mila tenía que entrar al rescate. 

Georgi acarició las manos de Mila con movimientos circulares de sus pulgares, mientras la tercera patinadora del primer grupo era anunciada. Los aplausos arreciaban, parecía que la gente fuera a tumbar las gradas con la emoción que transmitía. Canadá en verdad estaba llena de emoción porque ese día su rey volvería al final hielo y nadie podía esperar más.

—Eso suena bastante prometedor —los aplausos del público caían como una lluvia fuerte y vibrante. Incluso calentaba el clima helado de Canadá. Mila tuvo que asentir mientras movía sus manos, meciéndolas entre ellos en un juego que a Georgi le pareció divertido—. Recuerdo cuando Anya estuvo en la copa de China —inició Georgi, con la mirada perdida en las manos de su estudiante y el recuerdo—. También competía en esa ocasión, estaba con su ex, paseándose en los pasillos y apareciendo en las gradas para mirarme. Dolía saberlo, dolía más saber que yo era su comidilla de burla. Pero estaba tan ciego y enamorado de ella que no podía importarme menos. Estaba fielmente convencido de que podría demostrarle mi amor a través del patinaje.

Mila lo recordaba bien. Recordaba muy bien sus burlas, la manera en que se rio de él desoyendo sus verdaderos sentimientos, comportándose tan bestia como se comportó esa mujer que, si no estaba mal, no le había ido muy bien luego. La memoria sólo le trajo un sentimiento de vergüenza al reconocerse en ese tiempo y saber cuán equivocada había estado. 

—Honestamente, Georgi, no sé cómo pudiste enamorarte de esa mujer —hizo un mohín, y Georgi rio mientras se encogía de hombros.

—La verdad, yo tampoco —rio con algo de gracia y Mila subió la mirada divertida—. Puedo decir a mi favor que tenía grandes pechos.

—¡Georgi! —El aludido rio.

—Me gustan los pechos grandes. Mi Anastasia también los tiene.

—¡Oh por favor! —Río con más fuerza Mila, soltándole las manos solo para taparse los suyos y hacerle un puchero—. ¡No te acerques a los míos!

—Son pequeños para mi gusto —bromeó Georgi, lo que le ganó una carcajada de su estudiante.

El hecho de que hayan sido compañeros de pistas en antaño colaboraba a que en su relación siempre existiera una camaradería de la que muchas duplas carecían o que tendrían que alimentar con el tiempo. Ellos habían superado eso. Mila lo conocía como competidor y compañero. Lo reconocía por su talento artístico y había aprendido a respetarlo como el hombre adulto que era, sin dejar esa chispa de confianza y libertad que les otorgaba su relación. Y, conforme se fue a acercando a él ahora que era su entrenador, Mila había aprendido a apreciar su conocimiento y experiencia. Se había sentido cuidada y protegida con él, enorgulleciéndose al verlo enfrentarse adecuadamente a cada uno de los retos que le esperaban en esa nueva faceta de su profesión. Georgi le había confesado que siempre hablaba con Yakov sobre sus pasos, cómo darlos, hacia dónde dirigirlos, aprovechando la enorme experiencia de su anterior entrenador. No había dejado de buscar y seguir su guía, aunque ante los ojos de Mila, no necesitaba de tanto respaldo. Georgi estaba haciendo muy bien su trabajo.

—Nunca te lo dije, pero ahora que lo pienso… admiro la fuerza que tuviste para presentar tu programa frente a esa perra —Mila mordió su labio y Georgi sólo renegó—. Ella no te merecía, sin embargo te mostraste fuerte y lo hiciste. Nadie me quita la idea de que ella fue a propósito para desconcentrarte.

—En cierto modo logró hacerlo —admitió—. Si no hubiera dejado que ella me afectara, mi programa hubiera obtenido mejor puntaje —Mila asintió—. Por eso, ahora que vayas a la pista, no busques con tus ojos a Otabek —irremediablemente se tensó—. Sé que quieres hacerlo, pero no lo hagas. Este programa, aunque sea él quien te haya dado la canción, es tuyo, expresa tus sentimientos sobre una amistad que es capaz de superarlo todo. Lo has demostrado. Tú y Yuri han demostrado que la amistad puede vencer cualquier barrera cuando es sincera. 

Y Georgi tenía razones para saberlo, ahora que conocía no solo la versión de Mila sino también la de Yuri cuando se la confesó meses atrás. Se había mantenido como un observador silencioso ante todo lo ocurrido, los había visto hacerse más unidos y superar juntos algo que bien pudo haber destruido por completo su relación. Admiraba la amistad tan fuerte que Yuri y Mila habían forjado, aún a pesar de guardarse entre ellos cosas que aún no se sentían capaces de externar.

—En la pista, quiero que pienses en eso. En la amistad que te une con Yuri, con Sara, con todos nosotros que te queremos —Georgi le sujetó suavemente su rostro, imprimiendo sus palabras en ellas—. Y si después lo ves, y sientes ganas de llorar, hazlo conmigo —ella asintió, conmovida—. Eres preciosa, Mila. Muéstrale al mundo la belleza que tienes. No solo la externas, sino esa que guardas en tu corazón. Esa amiga irremplazable y leal que eres. Esa mujer fuerte y talentosa. Esa buena hija, buena amiga, buena deportista. Muéstrala.

Los aplausos fueron mucho más bulliciosos y pronto se percataron que los altavoces estaban llamando a la pista a Deborah Lam, la patinadora canadiense que con un vestido rojo que realzaba sus curvas y detalles plateados alrededor de sus hombros, entraba a la pista maquillada con tonalidades tierras y sus labios gruesos en rojo. Saludó a todos los presentes con una larga sonrisa y sus ojos brillantes de emoción, antes de enfocar su mirada hacia J.J y Otabek, quienes junto al resto del equipo, observaban las competencias desde las gradas. Arrojó un beso hacia Otabek, quien se mantuvo inmune, mientras el público gritaba eufórico.

—¡La joven promesa canadiense ya está en la pista!  El clamor del público es aún más fuerte. No sé Morooka, cuando veamos entrar a J.J creo que harán retumbar la plataforma.

—¡No me queda duda de ello, Adolf! Canadá está muy emocionada en este evento. ¡Es tan abrumador el apoyo que no puedo dejar de sentirme emocionado a la par! Deborah ya está lista para empezar con su programa, ¡esta joven de diecinueve años ha logrado ganarse los corazones de muchos a nivel mundial gracias a su carisma!      

La música inició y al ritmo de una estrella del pop asiática, su programa corto dio comienzo con movimientos sensuales, atrevidos y galopantes, en un ritmo frenético que la hacían lucir como toda una artista en el hielo. Los aplausos del público comenzaron. Deborah se movía con soltura en la pista, sonriendo y moviendo sus caderas mientras los volados de su vestido rojo se movían, contrastando perfectamente con el tono pálido de su piel. Se veía hermosa sobre el hielo.

Observando a la distancia, los dos patinadores observaban de lejos la presentación de su compañera, quien ejecutaba su primer salto libre y caía con soltura a la pista, manteniendo su firme confianza animada por el público. J.J cargaba en sus brazos a su pequeña hija, quien veían con ojos grandes y sorprendidos a una de sus “tías” patinando. Ambos vestían la chamarra canadiense oficial, aunque la niña, con su cintillo rojo y su vestidito que parecía también digno de una secuencia de patinaje, era la que más se robaba la atención de las cámaras.

—¿Seguro no quieres salir con Deborah? Ya está siendo muy evidente de sus intenciones para contigo —Jean comentó, mirando de lejos a la patinadora quien ejecutaba ahora un par de piruetas entre los aplausos—. Es una buena chica.

—No me interesa —soltó sin atisbo de suavidad. Jean sonrió, mirándolo por encima de la cabeza de su hija, quien se había contagiado con la emoción del público y ahora aplaudía y balbuceaba cosas en sus brazos.

—Te has mantenido más virgen que yo desde que llegaste. No sé por qué pensé que tendría que estar corriendo con pastillas de emergencias y condones —bromeó, y Otabek le miró de muy mala manera por el rabillo del ojo.

—No soy tan irresponsable.

—¡Lo sé!

—Además, no te habrías enterado.

—Oh, eso es cruel. ¡Pensé que éramos amigos!

—Hay límites.   

La risa de J.J se escuchó por encima de la música que ya estaba acabando. La euforia del público se escuchó por lo alto, incluso más allá de las voces de los comentaristas, mientras Deborah daba fin a su programa con una enorme sonrisa y los ojos brillantes por la emoción. Había buscado con la mirada a Otabek, quien se limitó a solo aplaudir al ritmo del resto del público. Collette reía viendo todo, emocionada con la cantidad de colores mientras movía los brazos hacia los regalos que caían en la pista. Luego, al ver que no le daban uno, empezó a hacer mala cara.     

El primer grupo terminó su presentación pronto y la lista se actualizó mostrando a Deborah Lam en el primer lugar, la patinadora china Zhao Yi Fei en segundo y en el tercero a la sueca Angeline Olsson. El estadio se preparaba para la apertura del segundo grupo.

Georgi animó a Mila a avanzar junto al grupo de patinadoras que estaría en el segundo grupo. En la oscuridad de la pista se movieron todas para iniciar el calentamiento antes de la salida, donde los presentadores del evento las nombraron para presentarlas al público. Mila entró con el resto de las competidoras al hielo, y cuando las luces se encendieron, ellas se movían con alturas usando la mayoría sus chamarras deportivas aun cubriendo su traje de competencia. Con el cabello recogido y dejando caer bucles preciosos, Mila lucía una sonrisa con un maquillaje tenue y elegante que realzaba su belleza y hacía ver sus preciosos ojos azules relucientes entre sus frondosas pestañas. Georgi aplaudía desde su lugar, orgulloso.

Ante el nombramiento de Mila Babicheva, el público rugió y comenzó a corear su nombre. Era imposible que a alguien le pasara desapercibida la estrella rusa que estaba ganando con esfuerzo y dedicación el puesto de leyenda, como  en su momento lo hiciera Ilia Kirilenko, quien ahora era parte de la FFKK y miembro activo del panel de jurado de la ISU.

Ella respondió con orgullo y reverencia la muestra de cariño por parte del público canadiense, haciendo una ligera inclinación. Todos parecían encantados con ella pese a que su chamarra aún ocultara los detalles de su traje.

Tras la presentación, se dieron los minutos de calentamiento donde las patinadoras desplegaron sus encantos y mostraron sus habilidades, ejecutando saltos y piruetas. Mila se concentró en ese instante, buscó demostrar de lo que era capaz mientras se preocupaba por calentar su cuerpo para la próxima presentación. Su programa iniciaría en breve y debía estar preparada.

—Debo admitir que Mila luce preciosa —elogió Jean, mientras la pequeña Collette agarraba el brazo de Otabek tratando de llamar su atención. El hombre sonrió al reconocer que su compañero en ese momento no se encontraba allí.

Otabek la miró desde lejos, pero jamás la había sentido tan distante como entonces. Sus pálpitos resonaban furiosos contra su cabeza y tórax, provocándole una ansiedad inaudita. Había intentado mantenerse calmo, pero era Mila quien estaba allí y ella significaba aún muchas cosas para él. Aunque no podía sentir el amor de antes, sí sentía el dolor que le había provocado, la vergüenza de lo que le había hecho y la atracción que aún le provocaba. Verla feliz en la pista le provocaba una dolorosa sensación que era incapaz de nombrar. Y no era la tranquilidad que hubo esperado.

Cuando el calentamiento terminó, las chicas salieron de la pista y la lista se mostró en las pantallas con el orden en que se presentarían. Mila fue recibida por Georgi con un abrazo, y comenzó a prepararse mentalmente para entrar. Le dejó la chamarra rusa en sus manos, dejando ver su atuendo para el programa corto. Era un vestido blanco con una falda que lucía vuelos en tonos verde agua y celestes. Las mangas largas se unían vaporosas por un hilo en el dedo medio de sus manos, chispeado de brillantes que le otorgaban un aire mágico al conjunto. Su cabello estaba trenzado en su cabeza, haciéndole una corona y cayendo en bucles por su espalda con flores blancas, celestes y verde agua adornando sus cabellos, haciéndola lucir como si fuera un hada del bosque.

Tras despedirse de Georgi con un beso en su mejilla, ella se deslizó en la pista entre aplausos y vítores varios. Dio una vuelta saludándolos de nuevo a todos con una sonrisa suave y se puso en posición, mirando hacia el público. Entonces lo reconoció, entre la gente. Pudo verlo con la chamarra de Kazajistán, mirándola con la misma intensidad desde la distancia y provocándole al instante un nudo en su estómago. Uno más para todos los que venía coleccionando durante la espera. Mila sintió que todo se congeló en ese instante. Los nervios atenazaron sus músculos y atravesaron sus venas, helándola. Mientras los aplausos se iban apagando y los comentaristas la presentaban, ella miraba hacia ese punto donde Otabek se encontraba y recibía de vuelta una mirada con igual intensidad.

Apretó su garganta y se obligó a cerrar los ojos. Los pálpitos dentro de ella se habían disparados, y ahora lo escuchaba como una tortuosa procesión mortuoria. Sus párpados temblaban, sentía un zumbido metido en sus huesos y trató de aferrarse a la imagen de Yuri, de Víctor, Louis, Georgi, Sara y todos los que estaban con ella. De olvidar que Otabek estaba allí.

[Cavatina — 2Cellos]

Pero fue imposible. En cuanto se escuchó el cello iniciar la melodía, una sobrecogedora nostalgia y deseos de regresar volvieron a ella, azotándola como una enorme ola. Ella empezó a moverse, con la tristeza envuelta en su rostro y unas infinitas ganas de llorar. Porque esa canción que sonaba la había escogido Otabek, se la había dado él, aquel día que ella le habló de sus planes para hacer esa temporada enfocada en animar a Yuri, cuando confesó la preocupación naciente que ella tenía hacia su amigo.

Se deslizó en el hielo como si buscara atrapar algo en el aire. El movimiento que debía ser dulce y alegre estaba lleno de pura melancolía y esta se sentía en el modo en que se movía con el resto de su cuerpo en la pista, deslizándose con suma lentitud y dolor. Georgi observó el programa y notó de inmediato el cambio dramático de la expresión de Mila. Porque esa no era la Mila que invitaba a un amigo a ir con ella, a vencer las adversidades y a creer que no estaba solo. La que lo inspiraba a seguir sus ideales aún si el mundo estaba en su contra. No, esa era una Mila que bailaba en la soledad de la nostalgia, en la añoranza húmeda que la mojaba como escarcha que caía del cielo. Todos sus pasos la hacían sentir sola, como si se imaginara acariciando sus propias heridas.

La pirueta comenzó y sus vueltas fueron suaves y elegantes, con las manos en alto para lucir como una bailarina. Sin embargo, Mila no podía controlar el nudo en su garganta y eso afectó el desempeño de la ejecución de su triple Axel, un salto difícil para una mujer. A pesar de no derrumbarse, tuvo una caída bastante baja que tuvo que compensar con los movimientos de sus brazos y una mejor entrada para el siguiente salto. Mila sentía su pecho arder. Su corazón dolía mientras recordaba sus momentos con Otabek, las tantas veces que fue su respaldo, su apoyo, su compañero. Se dejó embeber por los recuerdos y se movió en una vuelta que la sobrecogía. Cuando saltó de nuevo para ejecutar el combo de toe loop triple y un flip doble, su cuerpo cayó con una ligera inclinación, por el temblor que ya estaba gobernándolo. Era incapaz de controlarlo.

La segunda parte del programa siguió ejecutándose con dolor. No era la conversación de dos amigos, no era el encuentro de uno animando a otro. Ella se movía con suavidad, se deslizaba moviendo sus manos, recogiendo en el aire cosas que se llevaba a su pecho. Movió sus manos como si limpiara las lágrimas de su rostro y se despegó de la nada, para prepararse a realizar el otro salto, donde al haber iniciado con tan baja velocidad, cayó en el hielo.

Georgi contuvo el aliento. En el siguiente segundo, Mila logró levantarse y alzó su rostro con una sonrisa que quedó disecada ante el brillo acuoso de sus enormes ojos. Con el orgullo y la dignidad tomado con las uñas, Mila siguió ejecutando la secuencia aunque era palpable el esfuerzo que hacía para retener el aire de sus pulmones.

Había empezado a llorar, Georgi podía sentirlo. Con el corazón en la garganta la miró ejecutando una nueva pirueta y olvidándose del salto planeado. Mila se movía con el cuerpo tembloroso y su corazón pulsante. Sus labios le temblaban, cada vez que intentaba mantener la sonrisa ellos vibraban, conteniendo lo que en verdad ocurría en su interior. Mila no podía ignorarlo, ya no… dolía. Saberlo allí, observándola a la distancia, sin poder lanzarle un beso, con la seguridad de que no podría correr a sus brazos para abrazarlo y arrancarle un beso tras un nuevo triunfo, dolía. Ella aún estaba enamorada, y dolía saber que él ya no sentía lo mismo. Dolía imaginar que en la distancia solo podía verla con la misma pena que la miró en esa última vez en su habitación.

Dolía saber que ya no era suyo, ni sería suya. Que todos los buenos momentos habían acabado y que de su amor no quedaba nada. Dolía tener que solo resignarse, y eso expresó, en la última pirueta baja que tapaba su rostro hasta que se levantó y extendió sus brazos al aire. Acabando con la dolorosa secuencia.

Cuando el programa acabó, pese a sus errores, el público aplaudió conmovido con la presentación. Mila sabía que no había tenido su mejor desempeño, pero todo lo que deseaba era abrazar a Georgi, romper en llanto… la puntuación no podía importarle menos. Y aun así, sacó fuerza de sus entrañas para levantar la mirada y saludarlos a todos, aún si ya había sido vencida por las lágrimas que brotaron y mojaron sus mejillas.

—La presentación de este programa en América también estuvo cargado de emotividad, pero no había visto a Mila salir llorando de la pista.

—Fue una presentación hermosa, lástima que los errores en la ejecución de los saltos y la velocidad de las piruetas vayan a costarle en la puntuación.

—Pero el público no ha dejado de aplaudirla. ¡Nos ha conmovido a todos! Esperemos su puntuación para esta ocasión.

Ella regresó a la salida, entre los regalos que eran arrojados donde aún caían ositos de felpas, provocándole aún más dolor. En cuanto llegó a Georgi lo abrazó, ocultando su rostro en el hombro de su entrenador, y éste, conmovido, solo pudo apretarla por la cintura, a modo de consuelo.

Mila sabía que quedaría muy abajo en la lista, reconocía que su participación no había sido honrosa, y sin embargo, no podía dejar de sentirse miserable por una relación que ya acabó.

No era justo…

—Perdóname, Georgi… —Lo había dejado en vergüenza. Seguramente la FFKK le exigiría y lo recriminaría por un error que solo le correspondía a ella. Alterada y en llanto, ella no podía dejar de pensar en las consecuencias que tendría Georgi si ella fallaba—. Perdóname… yo, y-yo no quería verlo, pero lo vi, y…

—Shhhh… lo entiendo —susurró calmadamente, mientras le dejaba un beso en su mejilla húmeda—. Mañana lo harás mejor. Vamos al Kiss and Cry.

Tras cubrirse con la chamarra y secarse las lágrimas con un pañuelo que Georgi le extendió, se dirigieron a recibir sus puntuaciones. Mila escaló al cuarto lugar, pero considerando que apenas empezaba el segundo grupo, no era un resultado alentador. Georgi mantuvo la sonrisa mientras ella se secaba las lágrimas e intentó sonreír para mostrarse confiada ante los aplausos del público.  Al terminar, ambos se levantaron y caminaron hacia el pasillo, bajo la atenta mirada de varias competidoras que la observaban con curiosidad. Mila no quiso levantar el rostro, no podía aún calmarse porque ahora, además del dolor de la pérdida que había estallado de nuevo, estaba la sensación de haberle fallado a Georgi.      

Desde las gradas, Otabek había observado todo aquello con un nudo en la garganta. A pesar de saber que ella lo había mirado desde lejos, no pudo despegar sus ojos de ella, viéndola sucumbir ante el peso de todo aquello que lograron comunicarse en el silencio. Otabek sabía que era por él, sabía que había sido su presencia allí. La conocía lo suficiente para saberlo y ese conocimiento le pesaba.

Él la había dañado hasta ese punto. Aunque sabía que Mila era fuerte, también estaba consciente de lo mucho que ella se le entregó. Él no mereció a Mila, de nuevo llegaba a esa conclusión.

Mordió su labio y se notaba tenso, con los puños a ambos lados de su cuerpo y la mirada fija en la tabla que la había dejado en el cuarto lugar. J.J, quien estaba a su lado observando todo, no se veía capaz de mencionar nada.

—Tengo que buscarla… —Fue lo que escuchó Jean mientras cargaba a su niña, que parecía más inquieta—.  Tengo que arreglar esto.

—Otabek —se detuvo al escuchar la voz de Jean llamándolo con seriedad—. ¿Crees que sea buen momento para hacerlo? Quizás no quiera verte ahora…

—Tendré que arriesgarme a que ella me diga que no quiere verme —dijo sin voltear, y sin pensarlo más se encaminó hasta el pasillo donde las competidoras esperaban.  

No podía perder el tiempo. No había sido justo con ella. Otabek estaba consciente de que las cosas habían terminado de la peor manera y que no había siquiera buscado darle alguna explicación. No hubo tiempo cuando todo explotó, solo se quedó callado viendo las consecuencias de sus acciones y la dejó a ella destrozada en Rusia mientras él se fue. Era cierto que sus sentimientos habían cambiado, y era cierto también que aún guardaba sus sentimientos por Yuri. Pero también era verdad que él no fue capaz de explicarle, que no tuvo el valor de decirle y que había dejado que todo le estallara en la cara, dejando así mil suposiciones en el aire.

Y Mila era muy fuerte. Lo reconocía. No cualquiera se hubiera levantado después de eso y hubiera preservado a su lado a Yuri a pesar de ser el motivo indirecto del quiebre, o continuar usando esos temas para sus programas a pesar de haber sido él quien se los había dado. Mila había demostrado que era más fuerte que él y eso era algo loable, algo que admiraba y debía resaltar. Y por lo mismo, ella merecía una explicación.

Aunque realmente  no tuviera idea de cómo explicar lo que había ocurrido.   

Mientras pensaba, llegó hasta donde se encontraban las competidoras y observó a Mila sentada en la banca, cabizbaja, con algunos mechones rojos cayendo por sobre su hombro, mientras escuchaba a Georgi quien estaba de pie frente a ella. Las otras competidoras lo observaron al entrar y le siguieron con la mirada de forma curiosa, mientras él avanzaba ignorándolas a todas, incluso a Deborah cuando pretendió acercarse.

Cuando estuvo cerca, Georgi giró su mirada y lo reconoció. Se mantuvo en su sitio y le miró con clara precaución, antes de que Mila se percatara de su presencia. Saludó cordialmente a Georgi, y este respondió, no sin mostrar cierta resistencia. Luego dirigió su mirada a Mila quien ya la había levantado y ahora lo miraba con sus enormes ojos azules, enrojecidos por el anterior llanto.

—Mila…

—Hola… —dijo con un tono comedido. Mila se vio nerviosa, y bajó la mirada mientras enderezaba su cuerpo y trataba de mantenerse serena en apariencia.

Otabek miró la expresión que poco a poco se vaciaba en Mila, pero no cedió. Miró de nuevo hacia Georgi, quien no se había movido y continuaba aun observándolo con clara desconfianza. Allí, dispuesto a proteger a su estudiante y amiga si hacía falta.

—Ya casi vas a competir —escuchó de nuevo la dulce voz de su exnovia, y le devolvió la mirada. Como si hubiera encerrado todo de golpe, Mila lo observaba con claridad, manteniendo una pequeña sonrisa en sus labios.

—Así es —Otabek miró de nuevo a Georgi, todavía notándolo allí cerca y comenzó a sentirse impaciente. Parecía no estar dispuesto a dejarlos a solas—. Mila, necesito hablar contigo. ¿Me regalas unos minutos?  

Ella le miró con sorpresa y le dirigió la mirada a su entrenador, como si estuviera insegura sobre qué responder. Luego tomó aire y pestañeó varias veces, bajó su mirada para luego volverla a subir y mostrarse calmada. Simplemente asintió.

Georgi no necesitó más señal para dejarles espacio, apartándose hasta la máquina de café mientras Mila se echaba a un lado en la banca, para permitirle sentarle. Otabek se sentó a su lado, con calma. Y ambos se quedaron en silencio.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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