Matryoshka II (Cap 15)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 15: Enfrentemos el pasado

Yuri Alexandrovich Popov  » Víctor Nikiforov Fanclub

Estoy casi seguro de que el de la fotografía es Yuuri Katsuki. ¿No les parece sospechoso? Fue tomada en el aeropuerto de Púlkovo, la conseguí en twitter hace unos minutos.

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Irina Ivanova: No creo, puede ser cualquier turista japonés. ¿Qué haría Yuuri Katsuki en San Petersburgo?

Dusan Iliev: Pues yo si le veo terrible parecido. Además, se parece mucho a su forma de vestir. Y los lentes.

Dusan Iliev: [Foto adjunta] Esta fue tomada hace tres años en el mismo aeropuerto, cuando Katsuki iba a los cuatros continentes del 2020.

Boris Kharitonovich: ¡Maldición! ¡Sí es él!

Leonid I Nikolayevich: ¿Qué hace Yuuri Katsuki en San Petersburgo? ¿Qué está pasando? ¿Están completamente seguros?

Dusan Iliev: La foto es bastante clara. Yo creo que sí es él. Incluso el corte es el actual de Yuuri Katsuki.

Dusan Iliev: [Foto adjunta]

Boris Kharitonovich: Tengo un familiar que trabaja en el aeropuerto en el área de inmigración. ¡Voy a preguntarle!

Leonid I Nikolayevich: No creo que te la den. Debe ser confidencial. ¡Pero maldita sea! ¡Qué hace ese maldito japonés aquí! ¿Acaso viene a molestar de nuevo a Víctor Nikiforov?

Irina Ivanova: Me preocupa Víctor…

Se filtraron solo tres fotos de Yuuri Katsuki en el aeropuerto, tomadas claramente por algún fanático del patinaje que supo reconocer al ex-patinador japonés. La noticia corrió en los foros exclusivos de la liga de patinaje, así como en clubes privados de las redes sociales. Mientras la noche avanzaba, la fotografía era descargada una y otra vez, siendo comparada a la vez con la imagen de Yuuri Katsuki en el Skate América, las de sus otros viajes cuando era patinador y fotos fuera de competencia. Por mucho que Yuuri hubiera deseado pasar desapercibido, su plan se vio frustrado ante la imponencia de las redes.

Sin embargo, él no lo sabía y, ajeno de su móvil desde que había avisado a Japón que ya había llegado a la ciudad, se hallaba acurrucado sobre las piernas de Yakov, recibiendo unas caricias que solo recordaba haberle permitido una vez. Aquella ocasión que surgió después de que Yakov lo hubiera encontrado entrenando desde la  madrugada, saltando una y otra vez solo para ver cómo su cuerpo, ya habituado a los saltos, no hacía más que caer correctamente en el hielo. Sintiéndose desesperado y buscando el dolor, aunque su mente estuviera tan caótica que solo le diera perfección tras cada caída.

Fue como si una parte  de él no hubiera querido romperse más de lo que Víctor lo había roto esa noche cuando, tras hacerle el amor, le había dicho que se arrepintió. Había deseado una disculpa allí, había deseado un “no fue lo que quise decir”, un “Lo expresé mal”. En cambio, allí no hubo nada más que la desesperación en los ojos de Víctor gritando “es verdad”, que fue suficiente para terminar de partirlo en miles de pedazos.

Cuando en aquel entonces Yakov le pidió que saliera de la pista y, temblando de miedo, se lo llevó a su departamento tras avisar que él tampoco estaría en las prácticas. Yuuri solo había podido llorar. Estaba seguro de que fue la última vez que lloró al respecto hasta que le tocó decirle a Phichit su decisión de renunciar a su carrera. Yakov lo escuchó paciente, acariciando a su cabeza del mismo modo en que lo estaba haciendo en ese momento: con caricias paternales y suaves, casi como si buscara hacerlo dormir.

Tras el abrazo, Yuuri no pudo dejar de pedirle perdón, recibiendo de Yakov justamente lo mismo en respuesta. Al anciano se le quebró la voz cuando le pidió perdón por no haberse dado cuenta antes de lo que estaba pasando. Yuuri le pidió perdón por no buscarlo. Yakov le pidió perdón por no haber sido suficiente para hacer que Víctor recapacitara. Le aseguró que lo intentó. Yuuri le pidió perdón por haber creído que con él sería suficiente para que Víctor se levantara. Yakov le pidió perdón por no haberlo obligado a él a seguir con el psicólogo en vez de depender de las pastillas. Por ser tan débil como para no oponerse tácitamente y permitirle usarlas como único refugio. Yuuri le pidió perdón por haber sido tan terco y haberse abandonado a sí mismo. Yakov le pidió perdón por Rusia… Yuuri le pidió perdón por simplemente ser él.

Yakov se quedó sin razones para pedir perdón, pero Yuuri aún tenía una larga lista que recitar; Perdón por haberme ido, perdón por haberlos abandonado, perdón por no haber sido más fuerte. Perdón por haberle hecho desperdiciar los años de entrenamiento al haberme retirado, perdón por no haber vuelto a llamar, perdón por no haber ido apenas supo de su condición de salud, perdón por ser tan cobarde…

—Basta Yuuri… —pidió el anciano, con la garganta afectada de tanto llorar. De Yuuri solo se escuchaban los espasmos tras el llanto, como si su pecho exigiera aire y no fuera suficiente—. No tienes que pedir perdón por haber decidido hacer lo que consideraste lo mejor para ti. ¿Acaso te arrepientes de haberte ido?

—No me arrepiento… —Le aseguró, levantando su mirada empequeñecida por el llanto—. No me arrepiento de haberme ido. No creo que nada hubiera cambiado con quedarme. De lo que me arrepiento es de la forma en que lo hice.

—Eso ya es pasado, Yuuri, y de nada nos ayuda seguir observándolo, lamentándonos por cómo nos fuimos o lo que hicimos o no antes. Ya sabes en qué te equivocaste, procura no cometer los mismos errores ahora. Es lo mismo que le dije a Vitya ayer cuando vino a verme.

—No lo cometeré… hablaré todo lo que sea necesario hablar. Aunque nos rompamos más, aunque nos dañemos en el proceso. Yo no quiero volver…

—No hay dónde volver, aunque quisieras, Yuuri. Su relación es como un árbol caído: el tronco está seco, mohoso, sin vida, podrido. Por mucho que ambos se esfuercen a levantarlo y volverlo a sembrar, jamás volverá a dar vida como antes lo hizo —Yuuri asintió con dolor, de acuerdo con la analogía—. Pero como en la naturaleza nada está al azar, ese árbol puede alimentar una semilla que está germinando bajo la tierra —Yuuri se levantó de las piernas, para quedarse sentado en el colchón junto a Yakov, compartiendo la mirada. El anciano le puso una mano en su hombro, para reforzar sus palabras—. Escucha a Vitya, Yuuri. No solo lo escuches con tu mente, escúchalo también con tu corazón. Sabes que mi Vitya no es una mala persona. Escúchalo y no decidas precipitadamente. Ahora descansa.

Solo asintió, sin fuerza para nada más. Yuuri le pidió solo un vaso con agua y cuando sacó del bolso viajero las pastillas, el anciano se quedó atragantado, observando con impotencia como Yuuri la llevaba a su boca y la tragaba con dos largos sorbos de agua. Eran las pastillas de dormir que le había recetaron desde el Skate América, le confesó. No quería asustarlos con sus pesadillas, advirtió.

Así que se recostó en una esquina de esa cama, sin percatarse que era la cama de Yakov donde lo hacía y que su habitación sería en otro lugar de la casa. Yakov tampoco vio necesario decirlo. Con lentitud se subió al otro lado de la cama, observando como Yuuri no tardó en tener la pesadez de sus movimientos que la droga le provocaba. Se había hecho una pequeña línea cohibida al borde de la cama, dándole la espalda, hasta quedarse profundamente dormido.

—Oh Yakov. ¿Está seguro de que estará cómodo aquí? Porque puede dormir en la habitación que le tocaba a Yuuri —le preguntó Anastasia al entrar, pero para entonces el anciano ya estaba acomodado en su lado de la cama junto a un Yuuri que ni siquiera se había cambiado de ropa, cubierto con las sábanas, mientras que el abrigo, así como el tapaboca y los guantes, habían quedado doblados sobre el sofá. Ante tal escena, Anastasia tuvo que dejar el té en la mesa, el cual seguramente terminaría helándose dado que esa noche, cuya nevada no menguaba, estaba terriblemente gélida.

—No hay problema. Yuuri no tiene mal dormir —la mujer asintió, resignada a tener que llevar la bandeja con los aperitivos de regreso a la cocina. 

—Georgi llamó. Ya están en el hotel en Canadá. Muy cansados por lo que me dijo  —el anciano asintió y agradeció la noticia—. Entonces, los dejaré descansar. Mañana prepararé un desayuno nutritivo para que recupere fuerzas. Sé lo mucho que le gusta comer a Yuuri.

—Seguro eso le alegrará.

 Cuando Anastasia los dejó a solas, Yakov se permitió soltar el aire, sintiendo la pesadez de todo lo ocurrido y de la llegada de Yuuri. Si Yuuri se había deshecho del modo en que lo había hecho con él, no podía imaginarse cómo sería cuando fuera por fin con Víctor con quien hablara. Yuuri seguía cargando culpas que ni siquiera le pertenecían y Víctor estaba tan sensible a cualquier cosa que él dijera, que seguramente se lastimarían mutuamente tratando de entenderse.

Y justamente, era Víctor quien le escribió al móvil desde las doce de la noche, preguntándole si Yuuri ya había llegado, si estaba en casa y cómo había sido su viaje. Lucía tan preocupado que no parecía que estuviera hablando de su ex. Pero comprendía completamente su posición, así era él cuando se trataba de Lilia, solo esperaba que Yuuri no fuera exactamente como Lilia.

Viendo la hora, no estuvo seguro de si sería mejor escribirle o esperar, sin embargo, al notar que la pantalla mostraba que estaba activo, supo que Víctor no dormiría hasta tener alguna respuesta. Decidió llamarlo.

Efectivamente, y tal y como Yakov supuso, Víctor no podía dormir sin tener respuesta. Le había escrito incluso al teléfono de Yuuri para saber si éste ya había llegado, pidiéndole con tacto que por favor le avisara. Se limitó a dar vueltas en la cama ante la ausencia de respuesta de todos, y estuvo inseguro de si darle más atención a los pensamientos más catastróficos que rondaban en su cabeza.

La llamada entrante de Yakov tan tarde no se la esperó, aunque no dudó en contestar. Se sentó en la cama, dejando las sábanas cubrir sus piernas desnudas. Al contestar, la voz ronca de Yakov le saludó.

—¿Yuuri ya está con ustedes? ¿Tuvo algún inconveniente? —Yakov le hizo saber que no hubo ningún problema en el viaje y que Yuuri ya estaba dormido a su lado—. ¿A tu lado? —Yakov le explicó que Yuuri estaba muy agotado y ni siquiera prestó atención cuando le estaba diciendo que tenía otra habitación, por lo cual se quedó dormido allí.

Eran cosas tan Yuuri… Víctor no pudo evitar sentirse derretido de nuevo al reconocer esas cosas que eran tan Yuuri que le generaban nostalgia. Lo imaginaba simplemente frotándose los párpados por el cansancio, vencido por el jetlag. La calidez que le generaba la escena era dolorosa, porque no era él quien estaba a su lado en la cama, sino otro.

—Cuídalo mucho, por favor —le suplicó a Yakov, ganándose en respuesta un resoplido de fastidio.

No hacía falta pedirle al anciano que velara por Yuuri, lo había hecho ya desde antes. Y precisamente por eso, el mayor decidió avisarle que Yuuri aún estaba medicándose. Aquello fue suficiente para enfriar la llama que se había encendido en el interior de Víctor. Quedaron al final en que Yuuri seguramente le escribiría en la mañana y Yakov le ordenó dormir.

Tras cortar la llamada, Víctor se recostó mirando hacia el lado contrario de la cama, donde antes solía dormir Yuuri. Lo miró recordando tantos otros momentos; los primeros, cuando iniciaron su vida juntos, las risas que venían cuando le metía sus manos frías bajo el pijama. La forma en que a Yuuri le brillaban los ojos sea por felicidad, por deseo, o por ambas. La manera en que jugaban en la cama, con Makkachin y sin él.

Cada mañana desde que Yuuri se mudó a Rusia, hasta que ocurrió el accidente, se repitió frente a sus ojos como una vieja película. Víctor lloró observando el reflejo de los momentos felices que habían vivido y que él arruinó. Entendió entonces las advertencias de Yakov, las de su nueva psicóloga… Si Yuuri aún estaba en tratamiento y eso era consecuencia de lo que él provocó, intentar volver ahora sería un error para ambos. Había intentado agarrarse de la imagen del Yuuri que se había recuperado sin ayuda, del que bajó de peso, el que estuvo con su familia y había decidido volver por su cuenta. Se había aferrado a eso para no ver lo que él había provocado, y ahora, que podía ver esas cicatrices escapando de sus trajes, comprendió que no había sido solo “un mal momento”.

Así que, al ver la imagen de Yuuri Katsuki acostado a su lado, apoyando su mejilla en sus manos, tan profundamente dormido que tenía los labios entreabiertos y un fino hilo de saliva saliendo de entre ellos; solo lloró de resignación porque sabía tendría que dejarlo ir. Extendió la mano como si así pudiera de nuevo limpiar aquel hilo de baba, y ver esos párpados apretarse al sentirse  tentado de despertar. Cuando eso ocurría, él sonreía, y Yuuri al despertar y notar sus dedos sobre su labio inferior mojado, se sonrojaba al caer en la cuenta de que había caído tan pesadamente que estaba babeando la cama.

—Lo siento… —murmuró con la garganta rota, ante la imagen de aquel pasado que lo miraba con sus enormes ojos marrones y su sonrisa calmada—. Lo siento, amor…

“—¿Por qué lloras, Vitya?”

Podía sentir de nuevo la caricia fantasmal sobre su rostro, la forma en que él apartaba su cabello para observar mejor la manera en que lloraba, y que tanto a él le molestaba.

“—¿Cómo que porqué Yuuri? Tómame en serio, ¡estoy enojado!

—Lo siento, Vitya, ¡lo siento!  Es que… eres tan bonito cuando lloras.

—¡No es gracioso, Yuuri!

—No estoy bromeando, no puedo evitar quedarme viendo fascinado como lloras… tus lágrimas parecen diamantes.

—¡Estás siendo insensible!

—Es tu culpa por ser tan bonito llorando.

—¡Esto no es justo, Yuuri! ¡Se supone que debes estar consolándome, pidiéndome perdón, suplicándome…! 

—Lo siento, amor, no soy el único que no sabe qué hacer cuando alguien llora.

—¡Yo al menos intento consolarte!

—Lo siento, Vitya, perdóname por enojarte… pero es bonito verte llorar así.”     

Sentía de nuevo aquel beso depositado sobre su frente al apartar su cabello. Lo veía una vez más tan cerca que dolía. 

“—Perdóname por hacerte llorar, Vitya. Sonará egoísta, pero me gusta saber que solo yo puedo hacerlo.   

—Preferiría que te regodearas de otras cosas.

—Me regodeo de que puedas sentirte tan tú como para hacerlo y no fingir que nada pasa. Me regodeo de que conmigo, seas capaz de ser simplemente tú. Es más, de lo que yo alguna vez deseé y fue lo que pedí en Hasetsu, ¿te acuerdas? Cuando bromeaste con ser mi novio.

—No estaba bromeando.

—¿Eh?

—Yuuri, no estaba bromeando. Fue una de las tantas veces que me rechazaste.

—No puedes hablar en serio…

—¡Claro que sí! Y fuiste insensible y me rechazaste… ¡No te rías!

—¡Lo siento, es que no puedo creerlo!

—¡Dios! ¡Porque eres tan insensible y cruel, y…!

—Te amo…

—Yuuri…

—En serio, Vitya, te amo… Solo contigo puedo sentirme así, tan libre y abierto. Contigo, no tengo miedo de que me encuentres. Con solo abrirte una puerta, me encuentras, Vitya. Y eso me hace feliz, porque si eres tú, está bien… Puedo ser fuerte. Siento que puedo soportarlo todo.

—Maldición, Yuuri…

—Estás llorando de nuevo, Vitya…

—Ya solo no digas nada y abrázame… me enojaré de nuevo si te ríes.

—¡Qué caprichoso eres!”

¿Cuándo pasó? No pudo recordarlo. ¿Por qué se enojó? No parecía importante. Solo podía revivir la sensación de los brazos de Yuuri rodeándolo, de sus besos cayendo como pétalos sobre su cabeza. Del calor… Ese recuerdo en el cual se había perdido por alguna razón le dejaba una sensación agridulce.

“—Vitya… Me gusta que podamos hablarlo. Yo todavía estoy aprendiendo esto. Se me hace extraño hacerlo, pero siento que contigo es correcto.

—¿Hablar de qué…?

—De lo que me asusta, de lo que me enoja, lo que me hace feliz. Me gusta que también puedas hacerlo.

—Siento que nada gano con llorar porque solo te ríes.

—Sí, lo haces… sé que estás muy enojado o muy feliz cuando lo haces. No tengo la culpa que además te veas tan lindo.

—Yo me pongo triste y me preocupo cuando lloras, Yuuri.

—Porque yo debo verme feo cuando lloro. ¡No me mires así!

—Es en serio, Yuuri. No me gusta hacerte llorar porque sé que te he lastimado y no quiero lastimarte. No se trata de verte lindo o feo.

—¿Y hay forma de evitarlo? ¿Hay forma de evitar hacernos daño con lo diferentes que somos? Yo creo que prefiero llorar porque me hayas lastimado, a estar bien mientras algo está mal. Prefiero que llores de la rabia a que simplemente finjas que no te enojó.

—Lo dice el que pensó en renunciar sin haberme dicho.

—Te pedí perdón por eso…

—¡Aún me duele!

—Pero ese día aprendí que no podía hacer las cosas de este modo. Que tenía que intentar hablarlo todo contigo, aunque me cueste abrirme, aunque no esté acostumbrado a hacerlo. Si es Víctor, estará bien. Si es Víctor quien ve lo peor de mí, estará bien. ¿No es así? Me dijiste que querías que siempre te dijera todo, que quieres saber todo de mí.

—Sí, lo dije, y lo mantengo.

—Por eso te digo que me gusta verte llorar.

—¡No pensé que me fueras a decir algo tan desconsiderado! Estás riendo de nuevo…

—Te amo, Vitya… ¿No te es suficiente con saber que te amo?

—Me es más que suficiente. Está bien, tendré que hacerme a la idea de que llorar contigo no hace nada.

—Perdóname por ser diferente…

—No… no puedo, porque me gusta eso. Amo que seas diferente, aunque a veces no pueda entenderte. Supongo que no habrá problema si siempre lo hablamos.

—Me esforzaré para mantenerme abierto para ti.

—Oh… eso es una provocación, mi Yuuri.

—¡Ah! ¡No me refería a eso! ¡Víctor, jajaja! Me haces cosquillas… y no has dicho lo que esperaba.

—¿Qué esperabas?

—Un: yo también me esforzaré para mantenerme abierto para ti.

—Oh… me esforzare para mantenerme abierto en todas las formas. ¡Si así seremos invencibles…!

—No me importa ser invencible… solo quiero el tiempo de Víctor para mí.”

Cuando abrió sus párpados, la alarma estaba sonando. Sus ojos se encontraban pesados, y su corazón latía lento pero fuerte, casi retumbando en sus oídos. En algún punto debió de haberse quedado dormido, absorbido por los recuerdos de aquella escena. Víctor rodó hasta quedar de espalda al colchón con la mirada en el techo; el vacío seguía allí, en el centro de su estómago.          

Era el vacío premeditado de dejarlo ir. Era la sensación de que ya no intentaría regresar. Hablaría, sacaría todo, se abriría como dejó de hacerlo y derramaría delante de sus pies todo lo que había guardado durante esos años. Los pensamientos más infames, los deseos más asquerosos, los miedos más vergonzosos: soltaría todo ante él. Y luego de eso, cuando haya quedado vacío, levantaría la mirada para pedirle perdón. Se despediría deseándole éxitos en su recuperación, al menos iba a cumplir una de las tantas cosas que prometió y no cumplió en el pasado: mantenerse abierto para él.    

Se puso de pie, con calma. Era esa sensación quieta de saber que estaba haciendo lo correcto. Había una resignada tranquilidad en su sentir, e incluso en el baño se permitió quedarse bajo la regadera por más tiempo, tan solo disfrutando del agua caliente. Abrió los ojos y se sintió mucho mejor al tener claro los pasos que debía dar.

Se vistió y arregló, al tiempo que Yuri se puso de pie y salió de la habitación con su cabeza hecha un nido de trigo. Le instó a apresurarse porque tenían la cita con su psicóloga y, aprovechando que éste estaba en el baño duchándose y afeitándose, entró a la habitación con su característico aroma y miró las cinco medallas que había allí. Sin pensarlo más, las recogió. Se las llevó consigo hasta su habitación y las metió en una bolsa de papel de una de las tiendas de marca que solía visitar, pensando en llevarlas a algún lugar que se las envolviera adecuadamente.                 

—¡Víctor! —Escuchó a Yuri desde la cocina, girándose cuando el muchacho apareció por el umbral de la puerta, con los ojos grandes y los puños pálidos. Tenía aún la toalla sobre su cabeza y solo vestía un pantalón que caía en su cadera para dejar ver la liga de su ropa interior—. ¡Las medallas de Yuuri!

—Oh, no pensé que te darías cuenta tan pronto —sirvió el primer plato del desayuno—. Las bajé para devolvérselas a Yuuri. Pienso ir a verlo hoy.

—Se las devolverás…

—Son suyas.

Yuri no pudo decir nada cuando Víctor le ofreció su plato, mirándolo con total convicción del paso que estaba dando. Tomó el plato, con sus brazos temblando ante la idea de que Víctor estuviera renunciado a las medallas, y a Yuuri, por ende. Con la garganta apretada, solo sintió la caricia de Víctor sobre su cabello, moviendo la toalla en el proceso.

Por supuesto que se daría cuenta que las medallas no estaban, si desde que supo su procedencia, se habían convertido en una clase de amuleto que le recordaban a Yuuri. Ahora que no estaban allí no tenía la sensación de haber perdido algo, pero sí le asustaba lo que podría significar aquello para Víctor y Yuuri. Si Víctor estaba renunciando a las medallas, ¿del mismo modo estaba renunciando a Yuuri? No podía culparlo, no después del rechazo. Aunque, extrañamente, se vio más asustado ante aquella posibilidad que ante el posible desaire de Yuuri hacia él mismo cuando finalmente le confesara sus sentimientos.

—Apresúrate, tenemos mucho que hacer hoy —le instó Víctor, mordiendo con apetito su tostada. Yuri asintió y se obligó a sentarse para comer. Por momentos miró a Víctor, esperando encontrar algo que le indicara lo que pensaba, más no halló nada. Nada más que calma—. Yuuri llegó bien, ayer Yakov me llamó para avisarme. Le escribí hace poco para vernos esta noche después de los ensayos, pero no ha leído el mensaje aún. Debe de seguir dormido —Yuri se limitó a asentir y se obligó a comer—. ¿Cuándo te verás con él?

—Supongo que mejor espero a que ustedes hablen… —Víctor aceptó con un asentimiento, tomando su jugo natural—. ¿Crees que con una vez que hablen estarán bien?

—La verdad, no lo creo. Pero hoy quiero verlo para que acordemos cómo será. Si quiere que sea en casa de Georgi, o aquí… la verdad, no lo sé.

Yuri no quiso preguntar nada más al respecto. Se apresuró para acabar el desayuno y terminar de vestirse. Al ver el vacío de la repisa en su habitación, no pudo evitar sentir igual dentro de sí mismo. Y aunque le nacieron unas inmensas ganas de llorar, se apresuró y trató de no pensarlo demasiado, queriendo creer que lo que ellos decidieran sería lo mejor.

Aunque eso significara que tuviera que apresurarse.

Vitya » Espero que hayas llegado con bien.

Vitya » Estoy preocupado. ¿Podrías al menos avisarme que ya llegaste?

Vitya » Hola Yuuri, buenos días.

Vitya » Quisiera que nos viéramos hoy. Terminaré las prácticas con Yuri a las 6.

Vitya » Dime donde quieres que nos veamos.

« Buenos días, Víctor.

« No te avisé porque no tenía mucha carga y estaba agotado.

« Llegué bien, la esposa de Georgi ha sido muy amable y tenían el taxi preparado para recibirme.

« También hablé con Yakov.

« Me parece bien que nos veamos después de las 6. Tengo una visita que hacer en la tarde.

Vitya » ¿Quieres que comamos en algún lugar?

« En algo privado, por favor.

Vitya » Yo me encargo. ¿Dónde te voy a buscar? Rentaré un auto.

« Por favor, no un Porsche convertible rosa…

Vitya » Jajaja ¿aún recuerdas eso? A mí me gustaba.

Vitya » Será algo discreto, lo prometo.

Vitya » Ten un buen día, Yuuri.

Tras acabar la conversación, Yuuri se dio media vuelta en la cama notando la habitación vacía. Como era natural tras despertar al ser medicado, se sentía un poco disperso y con dificultad de recordar ciertas cosas, pero sabía que con comer y un buen baño volvería a ser el de antes, por lo que se apresuró a iniciar su día yendo a bañarse y a desayunar, para luego escribir a Japón con el fin de saber cómo iban las prácticas de Minami, y para hablar directamente con Minami y así escuchar sus impresiones.

Cómo era de esperarse, Minako había sabido tomar la batuta de su entrenamiento, y Yuuri se sonrió escuchando la emoción de Minami, quien argumentaba estar tan cansado como solía quedar tras un entrenamiento con él, pero sintiéndose emocionado al reconocer que Minako había sido su primera entrenadora. Minami tenía una forma tan sencilla y única de hacerlo sentir bien y de incluso reforzar su confianza al hacerle recordar sus logros. Escucharlo era agradable…

Tras haber hablado con él y con Yakov en el almuerzo, se alistó para ir a su siguiente visita. No estaba nevando, pero el cielo estaba tapado de nubes y había una brisa fría. Yuuri acomodó sus guantes y, tal como había hecho en la noche anterior, se cerró el abrigo y usó la capucha para taparse. Luego de eso, partió con paso calmo, tras haber pedido que le llamaran un taxi. Usó el tapaboca de nuevo y se miró al espejo para asegurarse de que poco se pudiera notar de él. Salió de la casa rumbo a American Medical Clinic, centro donde en esa tarde atendía Iván Nikiforov.

Tras haber llamado a su asistente, como indicaba la tarjeta que aún guardaba de él, espero a que le asignaran una cita indicando lo urgente que era verlo. Confiaba en que Iván le diera un espacio en su complicada agenda para resolver ese pendiente que tenía con él, y ciertamente así fue, porque no tardó en recibir la cita pedida para ser confirmada. No había querido escribirle directamente porque no se sentía con la suficiente confianza de hacerlo. No después de tanto tiempo.

Cuando tuvo que irse, no pudo verlo por última vez. A Yuuri le pesaba eso, el haber tenido que justificar su decisión a través de un papel que ni siquiera tuvo tiempo de meditar como debió hacerlo, por la prisa. Simplemente la había escrito allí, en el pasillo, con las lágrimas atoradas en sus pestañas y el temblor en sus manos. No sentía que eso hubiera sido suficiente para despedirse del padre de su pareja.

Al llegar a la recepción del centro médico, pidió que le indicarán dónde quedaba su nuevo consultorio ya que había cambiado de ubicación. Se anunció para la cita y le invitaron a subir para esperarlo. No había demasiados esperando por él, y la asistente de una vez supo reconocerlo. Yuuri pidió discreción, lo cual ella apoyó sin dudar y le comentó, a su vez, que creyó que cuando la había llamado se trataba de un impostor, ya que no creía que lo volvería a ver en San Petersburgo.

—¿Volverás con Vitya? —preguntó la mujer, con un tono bastante confianzudo. Yuuri se limitó a soltar el aire y renegar, sin animarse a dar una respuesta mayor—. ¡Oh, que lástima! Yo los amaba juntos. Pero cuando las cosas no funcionan, simplemente no funcionan, ¿no? —Yuuri solo miró hacía la puerta, comenzando a impacientarse—. ¿Tienes algún pretendiente?

—De momento prefiero seguir como estoy —intentó transmitir en su mirada que no quería más preguntas personales, pero la chica no se dio por aludida. Simplemente suspiró con una mano sobre su mejilla, mirando hacia la ventana.

—No te culpo. Después de mi ex no he querido ninguna relación. Diría que todos los hombres son iguales, pero, sé que no es así. Solo he tenido mala suerte. Por cierto, ¿sabías que parece que Vitya está saliendo con Yana Savicheva? No se ha confirmado nada, pero hacen linda pareja en las fotos que se han filtrado.         

—Algo he escuchado —con la tensión que las palabras de la mujer habían creado en sus hombros y cuello, no supo siquiera cómo fue que su voz logró salir—. Seguro Rusia debe estar muy encantada con la posibilidad.

—Oh, no sé. Solo digo que es uno de los chismes favoritos de la farándula.

—De todos modos, no es como si me interesaran los chismes de la farándula rusa.

La mujer calló, apretando sus labios rosas y encogiéndose en el asiento, avergonzada por la repentina tensión de Yuuri. Éste solo le devolvió una disculpa en japonés y se separó del escritorio, encontrando en la ligera caminata un poco de consuelo a lo que estaba sintiendo. Él sabía que Víctor no tenía nada con la mujer, simplemente porque conocía lo suficiente a Víctor como para saber que jamás le hubiera pedido volver si ya estuviera con alguien. Ella debía ser para Víctor, lo que Takao era para él, y aunque la idea no terminaba de agradarle, estaba consciente de que tampoco tenía nada que reclamarle al respecto.

Esperó que la hora llegara, con la mirada en la nevada que caía fuera, aún cubierto de pies a cabeza y con las manos en los bolsillos grandes del abrigo. Aún le causaba malestar pensar en la posibilidad de que Víctor rehiciera su vida, pero era justamente lo que tendría que pasar cuando ambos terminaran de cerrar todo. Tendría que volver a esos días donde Víctor hacía su vida lejos de él, con la diferencia de que ya no perseguiría sus pasos como un fan. No podría… le dolería demasiado verlo en brazos de otra persona y recordar lo que él había tenido.

Se sabía lo suficiente inmaduro como para vivir celoso y mantenerse callado hasta que aquello solo le creará noches de migrañas. No podría hacerlo, quizás en un futuro podría retomar comunicación y hablar como amigos, pero tenía que ser sincero consigo mismo de que no podría hacerlo ese año, quizás tampoco el próximo. Y no quería intervenir en la felicidad de Víctor si él encontraba a otra persona.

El siempre pidió a Kamisama el tiempo de Víctor, todo apuntaba a que ese tiempo había llegado a su fin.

Ante el llamado al consultorio, Yuuri se apresuró a atender y al entrar, dirigió su mirada hacia el escritorio. Iván Nikiforov estaba allí y evidentemente no se mostraba sorprendido, en cambio, le regaló una amable sonrisa conocedora al tiempo que le ofrecía asiento. Yuuri no quiso tomarlo al instante; antes de eso, tomó aire y se obligó a contener todo dentro, para poder hacer lo que había ido a hacer. Se inclinó frente a Iván, con aquella costumbre japonesa que dejó al hombre sorprendido mientras Yuuri permanecía en un perfecto noventa grados de inclinación.

—He venido a disculparme, sr. Ivan. Yo… fallé a mi promesa de acompañar a Víctor en su recuperación, me fui sin siquiera esperar a que usted llegara y no lo busqué para asegurarme de haber tomado la decisión correcta.

—Yuuri.

—Pido perdón por no haber escuchado sus palabras. Tenía razón al decir que con mi amor no sería suficiente. Fui terco al creer que podría, fui orgulloso al aferrarme a ello. No pude hacer nada por ayudarlo y, por el contrario, hasta me hundí con él. Usted siempre estuvo presto a ayudarme y yo no quise recibir ayuda. Cuando me fui creí hacer lo correcto, mas ahora no estoy tan seguro. Solo le pido, por favor, disculpe mi necedad. Discúlpeme el haber hecho caso a Víctor y haber cerrado las puertas de nuestra casa para impedirle la entrada. Perdóneme por no haberlo llamado cuando sentí que yo estaba mal. Perdóneme por no haber atendido a su llamado y hacer algo para tratar de remediarlo. Considero que ya es muy tarde para todo esto, pero necesitaba decírselo…

Iván escuchó todo, sobrecogido por la larga lista de disculpas que Yuuri traía consigo, ya que había esperado una conversación diferente cuando supo de su llegada. Sin embargo, aquello le conmovió hasta cerrarle la garganta y apretarle el pecho.

¿Si hubiera hecho eso mismo con su hijo, habría cambiado algo? Ya había pasado demasiados años para todas las disculpas y él no había considerado que con el tiempo fueran necesarias. Ahora se percataba de cuán equivocado había estado.

Se puso de pie, pudiendo así notar mejor el temblor que ya evidenciaba el cuerpo de Yuuri, quien aún seguía en esa incómoda posición. Apretó su mandíbula al tiempo que rodeaba el escritorio para poner su mano sobre el hombro de Yuuri. Lo sintió temblar imperceptiblemente, más siguió sin levantar la mirada. Permanecía allí, como esperando algo de él…

—Yuuri, te perdono —el aludido inclinó aún más su cabeza, sus hombros cayendo ligeramente, como si acabara de descargar un gran peso.

—Lamento haberlo decepcionado… —Su voz sonó mucho más afectada e Iván solo pudo asentir, dándole otra ligera palmada de consuelo.

—Admito que esperé más de ti, pero también que logré entenderte. A tu edad, cometí errores graves y solo coseché las consecuencias cuando ocurrió eso con Vitya. Él que yo no haya podido hacer nada por él, la falta de fuerza en mi influencia como padre, fue solo el precio que debí pagar por no haber estado cuando él más me necesitaba, cuando Veroshka murió. Y de eso, Yuuri, tú no tenías culpa.

—Hizo lo que pudo…

—No fue suficiente… perdóname tú a mi Yuuri, por haber roto a mi hijo y no haber hecho nada para repararlo antes de que tú llegaras. Y gracias… por no cerrarte a mi cuando fui a buscarte y propiciar que él y yo volviéramos a hablarnos. Te hiciste cargo de una herida que no te correspondía por él. Le disté el amor y la vida que yo fui incapaz de darle.           

Las palabras de Iván sonaron tan sentidas y honestas que Yuuri no pudo contenerse más, rompiendo su posición para levantar la mirada. Sus ojos enrojecidos por la tensión del momento se encontraron con unos parecidos por parte del adulto quien, avergonzado, no pudo responder de la misma manera. Tuvo que esquivar sus ojos, caminando con paso calmo por el consultorio hasta recoger aire. Yuuri se abrazó por un momento; aunque se sentía más tranquilo al haber expresado todas las razones por las que creía haberle fallado al padre de Víctor, al mismo tiempo se sentía conmocionado por sus palabras.

Sonaba a un Iván diferente. Al menos no hubiera esperado algo así del hombre que conoció en aquel restaurant esa primera vez que convenció a Víctor de aceptar la invitación.

—Discúlpame unos minutos, Yuuri —se lamentó el hombre, pasando su mano por su rostro hasta apretar su tabique.

Le dio el espacio que necesitaba y, en pocos minutos, Iván pudo voltear y mirarlo con el rostro ya más calmado. Enfocó de nuevo los ojos azules sobre él y Yuuri sintió la inevitable impresión de ser visto por los ojos de Víctor. En muchas formas eran muy parecidos, y al mismo tiempo guardaban aquellas diferencias cruciales que los habían mantenido separados por años.

Iván le invitó a sentarse en el mueble lateral de cuero, e hizo lo mismo. Ambos, sentados con una prudencial distancia, se mantuvieron en silencio un poco más. Fue el padre de Víctor quien se animó a iniciar una conversación, primero preguntando cosas triviales como el viaje y la competencia, para luego llevar la charla a temas más puntuales. Cuando Yuuri preguntó si había hablado con Víctor, Iván le hizo saber que sí, que de hecho lo había hecho la noche pasada. Fue una agradable noticia saber que, pese a todo, al menos la relación de Víctor y su padre había permanecido, aunque esta no fuera la más cariñosa. De Iván sobraba amor y de Víctor siempre la necesidad de sentirlo.

—Al menos hice eso bien… —Fue lo que salió de sus labios, con una sonrisa tímida que apretó el corazón de Iván.

—Yuuri, hiciste muchas cosas bien.

—Viendo los resultados…

—¿Dirías que la carrera de Vitya en patinaje fue aparatosa solo por su final? —cuestionó, y de inmediato Yuuri renegó eufóricamente.

—Por supuesto que no. Víctor sigue siendo la leyenda del patinaje, uno de los mejores en la última década, me atrevería a decir más.

—Aunque haya caído y su carrera haya terminado de la peor manera, nada le quita el título de la leyenda de patinaje, mucho menos en Rusia —Yuuri buscó su mirada—. Contigo en su vida es exactamente igual. 

Ante esas palabras, Yuuri se quedó en silencio. Eso fue suficiente para hacerle saber a Iván que la incomunicación había creado un daño atroz. Le dio pesar… por eso mordió sus labios y tomó el aire alicaído. Le dio pesar que Yuuri no fuera capaz de darse cuenta de quién había sido él para Víctor, o que lo hubiera olvidado. Mas no le correspondía a él hacérselo ver.

—Me gustaría invitarte a cenar para seguir conversando, pero tengo ya una cirugía agendada en una hora.

—No se preocupe, no hace falta. Esta noche igual debo hablar con Víctor.  Creo que es hora de que me retire —se puso de pie e Iván solo asintió.

—Yuuri, sobre lo que dijiste al inicio… —El aludido volteó, mientras acomodaba de nuevo su abrigo—. Quiero decirte algo sobre eso.

—¿Qué en específico?

—Que tu amor no fue suficiente. Sé que fui yo quien te dijo que con amor no sería suficiente para salvar a Víctor. Yo… me equivoqué. Si hubiera considerado que el amor de mis hijos sería suficiente para mí, entonces…

—Pero no lo fue —sentenció Yuuri, con una gélida calma que heló el aire. Sus ojos marrones lucieron tan apagados y tristes que Iván se contuvo de hablar—. El amor de sus hijos no era suficiente para usted, el amor que le di a Víctor no fue suficiente tampoco. Ya aprendí que no sirve amar si no se sabe hacerlo. Yo no supe hacerlo… Y honestamente, en este momento no quiero aplicar lo que he aprendido. No me siento lo suficientemente valiente como para volver a intentarlo.

La hora había llegado. Víctor al llegar de los entrenamientos, silenciosamente se tomó un baño de agua fría para prepararse para lo que venía, indiferente a la nevada que había afuera. Tenía mucho más calor dentro ante la perspectiva del encuentro.

Se vistió con un grueso abrigo gris y se colgó la bufanda negra alrededor del cuello. Se secó el cabello para que no se helara con el clima y tomó las llaves del auto que había rentado. Con sus manos enguantadas, salió del apartamento sin siquiera voltear hacia Yuri, quien lo vio partir sin ser capaz de decirle nada.

Antes de llegar al lugar del encuentro, pasó por la tienda donde previamente había dejado las medallas. Revisó que el pedido haya sido hecho tal como quería y él mismo se encargó de marcar cada una con la competencia y el año en que había sido ganada. Algo en su pecho se comprimió con cada una de las tarjetas escritas. No había palabras por más que le nacieran. Aunque de su corazón quisiera escribirle miles de palabras hermosas, sabía que ya no era el tiempo para ello. El tener que contenerse, dolió.

¿Con qué motivo Yuuri le dejó las medallas? Muchas veces se lo preguntó. ¿Había sido una perfecta y silenciosa venganza por haber impuesto esa condición para casarse? ¿Fue una forma de burlarse de su incapacidad? ¿Una manera de echarle en cara que sí podía ganar? ¿O un recordatorio de la promesa que no cumplió? Hubiera pensado que simplemente se las había dejado olvidadas, si no fuera por aquella quinta que llegó luego por correo junto con una nota de Phichit.

Aún recordaba cuando su padre llegó y le indicó que el paquete tenía días de haber llegado. Él ni siquiera había tenido ánimo de levantarse de la cama y ni le interesaba saber el cómo era que siempre había comida en su habitación. Mucho menos le interesaba saber de algo que proveniente del correo. Fue diferente cuando vio que el remitente era Yuuri, levantándose para tomar la pequeña caja, y casi destrozándola en sus manos. El brillo dorado de la medalla de esos cuatros continentes le golpeó como un tren bala a toda velocidad. Lo aplastó. 

“No tengo palabras para decir cómo me siento haciendo esto, pero no soy quien para juzgar. Solo espero que en algún momento se den la oportunidad de hablarlo. Si necesitas hablar, aquí está mi número.

Phichit Chulanont”

Recordó que botó ese papel escrito por Phichit, que despreció el número y arrojó la medalla contra el vidrio mientras se sentía gemir de dolor. Odió a Yuuri… lo odió por echarle en cara su retiro, por restregarle la medalla, por hacerle ver la ausencia y recordarle que era su culpa. Lo odió por haberse ido, y lo lloró como nunca. Muchas veces volvió a sentirse ese niño llorando solo sobre la cama de su mamá.

El recuerdo se diluyó ante sus ojos, mientras esperaba fuera de la biblioteca principal. Un vaho de aire helado brotó de sus labios al tiempo que observaba con cuidado a las personas que pasaban frente al vehículo, esperando divisar a Yuuri. Cuando lo vio y reconoció, retuvo el aire en el momento que Yuuri se quedó de pie frente al auto, como si pudiera verlo a través del vidrio oscuro que lo ocultaba el interior del auto.

Yuuri y la nieve nunca combinaron, aunque sobre el hielo fuera algo magnífico ante sus ojos. Siempre que salían en la nevada, terminaba resfriado y metido dentro de abrigos sobre abrigos como si nada fuera suficiente para conseguir mantenerlo en calor. Así que, por lo general, el solía abrazarlo pegándose a su espalda o apretándolo contra su costado para ayudarlo a sentir calor. Y funcionaba, en el pasado funcionaba. Ahora no sería así.

Cuando Yuuri decidió rodear el auto, Víctor quitó el seguro y esperó con los nervios en la punta de sus dedos hasta que Yuuri entró. Ocurrió en el siguiente minuto, y apretó sus labios al sentirlo entrar y cerrar la puerta. Entonces, el silencio los envolvió; solo se escuchó a Yuuri tiritar y frotar las manos en esos guantes de lana. Víctor mantuvo la vista al frente, con la sensación de tener su estómago hecho un conjunto de nudos. A pesar de haber hecho una reserva para comer, no se sentía capaz de pasar un solo bocado. Sin embargo, estaba dispuesto a ir para que Yuuri comiera, si este sentía deseos de hacerlo.

Anduvo en el auto sin decir nada, tan solo ajustando la calefacción. Yuuri se mantuvo en igual mutismo. Recorrieron las calles incapaces de mirarse, sabiéndose el uno junto al  otro, como si esa sola afirmación fuera más que suficiente para ambos. Aun sabiendo que debían conversar, Víctor no supo cómo iniciar; le atoraba la idea de saber que se trataba de un final que no quería escribir. Había esperado que fuera Yuuri quien diera el paso, considerando que había ido hasta allí para ello, pero se había mantenido en silencio durante todo ese tiempo. Acurrucado en el asiento, contra la puerta, Yuuri se abrazaba a sí mismo mientras veía las luces de la calle.

Decidió darle tiempo para que empezara, pero fue así como pasaron los siguientes treinta minutos. La impaciencia le estaba amarrando las entrañas.

—Tengo la reserva ya hecha en el restaurant. ¿Quieres que hablemos directamente allí? —Yuuri torció el labio, indeciso. Víctor apretó con más fuerza el volante, buscando algún indicio.

—Creo que no tengo apetito…

—La verdad, yo tampoco.

—Lo siento…

—No, tranquilo… igual podríamos ir y solo tomar algo…

—Tengo la sensación de que cada vez que salgo la gente me mira, como si supieran quien soy. —Víctor le miró de reojo, con el nudo subiendo a su garganta y la preocupación implícita en sus ojos—. ¿Podemos solo quedarnos aquí?

—Claro… —Buscó estacionarse en algún lugar libre, para cancelar la reserva. Yuuri volvió a acurrucarse aún más contra el asiento.

Víctor aparcó y apagó el motor. Cuando Yuuri miró a través de la ventana, se encontró la vista del puente Potseluev, también conocido como el puente de los besos. Todos los recuerdos se aglomeraron y subieron como espuma a través de su garganta, y unas inevitables ganas de llorar le asaltaron. ¿Por qué estaba dudando tanto? ¿Por qué? Él estaba seguro de lo que fue a hacer, ¿por qué ahora era incapaz de dar el paso? Se quedó con la mirada atrapada en el tiempo, observándose a sí mismo caminando con Víctor, con Yuri, con los dos, se vio allí en  incontables ocasiones tras las prácticas y en los fines de semanas. Se vio atrapado en las memorias de aquella primera noche de junio donde desde aquel puente vio fascinado y en brazos de Víctor, la noche que se negaba a morir en Rusia.

Entre tanto, tras cancelar la reserva con una llamada, Víctor guardó su teléfono. Tomó suficiente aire para el paso siguiente, decidiendo ser él quien iniciara la conversación. Consideró hacerlo con base a lo que había traído, así que se movió para buscar en el asiento trasero, notando como  Yuuri se estremecía y saltaba en su asiento al sentir la cercanía. Los ojos de ambos se encontraron, los de Yuuri dolorosamente brillantes, los de Víctor duros y apagados. Atajó con sus dedos cubiertos en cuero la bolsa de papel y sonrió apocado, observando la expresión de Yuuri con una mueca de tristeza.

—No pienso tocarte si no es lo que quieres, Yuuri —le explicó, al tiempo que jaló la bolsa para traerla al asiento delantero. Yuuri desvió la mirada, los labios le temblaban, pero sabía que aquello ya no se trataba de frío.

Víctor soltó el aire, resignado. Los ojos de Yuuri se movieron curiosos a la bolsa que Víctor apretaba con tanta aprehensión. Eso servía para distraerlo, aunque aún no era capaz de decir absolutamente nada. No se sentía capaz de lanzar las preguntas que quería ni de decir las disculpas que debía. El miedo lo estaba dominando y todo discurso previamente ensayado y concertado se había hecho pedazos ante la presión de tener que decirlo frente a él.

Entonces, si Víctor aún lo ama, ¿cuándo se dio cuenta de eso? ¿Qué le hizo cambiar de opinión? ¿Acaso fue su ausencia lo que pesó? ¿Acaso se arrepintió de haberse arrepentido? ¿Por qué no fue a buscarlo si fue así? ¿Por qué decirle recién ahora que aún quería algo? ¿Qué cambió? ¿Qué fue lo que ocurrió antes entonces? ¿Por qué lo rechazó del modo en que lo hizo? ¿Por qué se negó a mirarlo? ¿No lo odiaba? ¿No lo odió? ¿No…?

—Es el fin, ¿no? —La voz de Víctor salió estrangulada y Yuuri sintió la fuerza que empujaba bajo sus párpados. Fue incapaz de mantener la mirada en alto, apretando sus manos de la misma forma que sentía le apretaban el pecho. Víctor soltó nuevamente el aire y pestañeó, como si quisiera controlar las lágrimas que sentía se avecinaban. Se sentía cómo despedirse de un moribundo y Víctor sabía muy bien cómo era aquello—. Debo admitirte… que no quiero un fin.

Sin más, le extendió la bolsa de papel y Yuuri la miró sin comprender nada. La tomó con cuidado y Víctor volvió a recoger su brazo, apretándose contra el asiento. Sus pálpitos retumbando contra su tórax, al igual que Yuuri.

—Supongo que esto significa que ya no nos une nada. —Volvió a decir Víctor.

—¿Qué es esto? —La voz de Yuuri tembló.

—Tus medallas… —Yuuri sintió una soga en su cuello, y con las manos temblorosas abrió la bolsa para verlas a todas en pequeñas cajas de colores con una etiqueta dorada escrita a mano por Víctor. Ya las lágrimas amenazaban, pero como un golpe de agua, como un puño de puro líquido que estaba por derrumbar una presa. Todo su cuerpo tembló—. Supuse que las querías de vuelta…

No podía hablarle en serio… No podía ser en serio.

Yuuri sintió que todo dejó de sonar alrededor, viéndose sumergido en un líquido viscoso que  se le metía por todos sus poros y le cortaba el aire, tapando toda vía de escape. Sus ojos se movían erráticos entre cada una de las medallas y sus manos habían empezado a temblar efusivamente. Todo él se convirtió en una bomba de tiempo que cada vez estaba más cerca de estallar.

“Digamos que tuviste suerte, Yuuri”

Esas habían sido sus palabras tras ganar su segunda medalla de oro en el GPF del 2017 donde venció a Víctor cuando este cayó del podio por haber sucumbido a la presión que él mismo, junto a Yuri y J.J le habían provocado al regresar. Hubiera preferido que se enojara, que le dijera que no quería verlo, que le confesara que no le gustaba haber sido vencido, cualquier cosa; antes que verle escudar su decepción en esa sonrisa condescendiente mientras amarraba el orgullo en sus dientes. Sin embargo, después deseó al menos eso. Deseó al menos al Víctor que hizo dudar su valía y su merecido oro al  Víctor que llegó después.

Las otras cuatro medallas le recordaban el camino solitario y tortuoso que recorrió desde que Víctor se lesionó hasta que decidió dejarlo. Las veces que llamaba para escucharlo y darse cuenta de que no lo había visto, que no quería estar con él. Las ocasiones en que dudó de estar haciendo lo correcto y lloraba en la cama de los hoteles de cada competencia, temblando de soledad. Todas esas veces que terminó gritando bajo el agua porque se sentía perder, que hizo caso omiso de las amenazas, de los insultos y del odio colectivo. Que anduvo intentando ser fuerte, mientras se estaba pudriendo por dentro.

El último grito que nadie escuchó.

Yuuri volvió la mirada al puente, y para ese momento ya la gruesa lágrima había surcado con velocidad su mejilla. Rememoró la noche que decidió que ya no podía más, que vio al monstruo… viéndose a sí mismo.

—En verdad… ¿en verdad creíste que estaba pensando en las medallas ahora…? —Víctor le miró, atragantándose cuando encontró el rostro de Yuuri forrado de lágrimas, en contraste con lo que esos ojos encendidos una rabia visceral mostraban—. ¡En serio, Víctor! ¡Aún hoy solo puedes pensar en las malditas medallas!

—Yuuri…

—¡Crees de verdad que todo lo que vine a buscar son las medallas! —Gritó con nuevas lágrimas atravesándole los pómulos—. ¡Qué siquiera me interesan en este momento! ¡Qué significa algo ahora tenerlas! ¡¿De qué me sirven las medallas si no obtuve lo que buscaba?! ¡Si no cumpliste, Víctor! —Los ojos azules le miraron con las pupilas empequeñecidas. Víctor intentó sacar de nuevo la voz de su garganta al abrir su boca, pero no pudo. Y el intento que tuvo, impulsivamente de tratar de abrazarlo, murió cuando Yuuri lo manoteó y empujó alejándolo de allí.

—Lo siento, Yuuri… ¡yo…! ¡Pensé que querías terminar!

—¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Qué diablos pretendías con traerme aquí a entregarme esto!

¿Traerlo aquí…? Víctor levantó la mirada asustada. Tardó en comprender que estaba cerca del puente de los besos, y fue mayor su terror al analizar el alcance del daño y percatarse que Yuuri acababa de cerrar la puerta con fuerza tras salir del auto.

—¡Yuuri!

Mordió su labio, abriendo la puerta con tanta prisa como pudo sin siquiera importarle la nevada o la gente que pasaba. Corrió tras Yuuri, quien veía se apresuraba para llegar al puente. La sangre casi bajó a sus pies cuando al ir tras él notó las intenciones de Yuuri de arrojar la bolsa con todas las medallas al río.

Pero no lo hizo. No pudo hacerlo. Yuuri soltó un jadeo lastimado cuando se vio en el reflejo, con el brazo en alza y la bolsa sujeta con todas sus fuerzas por su mano, justo en el último minuto. Sus ojos se quedaron a la deriva, entre las líneas de su reflejo en el agua y los copos que caían, latiendo al mismo ritmo de su pecho mientras se encontraba con una verdad tan grande como su propio dolor.

No quería arrojarlas. No quería perderlas. Eran suyas… él también las quiso ganar porque las deseaba para él. No fue sólo la promesa… él dejó solo a Víctor todo ese tiempo no solo por la promesa.

Él quiso ganar… y no pudo con el peso de saber lo que había sacrificado para lograrlo. Y todo ese peso de nuevo cayó sobre él, haciéndolo caer de rodillas mientras apretaba esa bolsa contra su pecho, llorando ya sin poderse controlar e intentando en vano respirar. Sintió los copos de nieve cayendo en su cabello y hombros, pero aquello no pudo importarle menos. 

Y Víctor quedó allí, observándolo derrumbarse mientras el viento arreciaba y la gente pasaba con sus miradas curiosas. Se desesperó e intentó acercarse para consolarlo, pero Yuuri respondió con un codazo, hincándose aún más, sin deseo alguno de recibir el contacto de Víctor. Sin embargo, el ruso persistió. Soportó los rechazos de Yuuri hasta que este no pudo más que recibir el calor de su cuerpo y el abrigo de su abrazo. Dejó caer su cabeza contra el hombro de Yuuri mientras lo escuchaba llorar, sintiendo rápidamente el deseo de hacer exactamente lo mismo.

Quiso llorar, derrumbarse, maldecir a la vida. Quiso enojarse por estar en ese puente donde habían hecho la promesa de siempre volver, para ahora romperla ante la posibilidad de un “no más”. Quiso olvidar y gritar… Pero todo lo que pudo hacer fue frustrarse y, lleno de indignación, se apretó aún más a él, intentando transmitirle así su miedo a perderle. Dejó que el tiempo corriera, acompañado de una cadena de “perdóname”, cómo si el dolor pudiera menguar con él.

Aun sabiendo que jamás sería así.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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