Matryoshka II (Cap 14)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 14: Estoy aquí

Yuuri no esperaba menos cuando decidió ir hasta Hasetsu a ver a su madre y avisar del viaje. Sabía que era una decisión arriesgada, que se trataba de un paso difícil de dar, y que seguramente muchos, tal como ocurrió con Minako, no comprenderían la prisa con la que Yuuri necesitaba darlo. A pesar de que su madre y padre no dijeron nada, no hizo falta tampoco porque sus ojos habían sido más que elocuentes. Sin embargo, fue Mari quien no se pudo callar.

Tras haber dicho que esa tarde saldría el vuelo, fue ella la que le interrogó sobre lo que quería hacer allá y por qué debía ir tan pronto. Fue ella quien, con desagrado, le increpó si quería volver con él.

A estas alturas, Yuuri consideraba que si alguien más le preguntaba lo mismo iba a responder de muy mala manera. Aunque no estuviera seguro de la razón.

Pero Mari no esperó a que él le diera una respuesta, seguramente el rostro molesto de Yuuri había sido demasiado elocuente como para no desear esperarla. Así que ella tan solo subió su mano y con un: “No me importa”, salió de la sala demostrando que, por el contrario, aquello le importaba demasiado.

Yuuri no quiso hablar más del asunto y fue hasta la sala donde el altar de Vicchan se encontraba. Realizó el respectivo rezo ante el recuerdo no solo de su mascota sino de Makkachin y subió la mirada para notar que, al lado de la foto donde él de niño abrazaba a su pequeño Vicchan, aún estaba aquella donde él y Víctor abrazaban a Makkachin. No pudo evitar que su mirada se perdiera en ella, en esa imagen que le recordaba aquellos tiempos donde ambos vivían juntos con su mascota, en la felicidad que habían experimentado en ese momento y en lo mucho que le gustaría volver a vivirlo.

Pero tal como Makkachin no podía volver, esos tiempos tampoco podían. Yuuri bajó el rostro al escuchar el sonido en su espalda y pronto identificó que se trataba de su madre.

—¿Ya te despediste de ambos? —preguntó, con ese tono suave suyo, a lo que Yuuri asintió, antes de girar para verle a los ojos—. Te ves muy cansado, cariño…

—Lo estoy… —Soltó el aire y movió sus manos por los nervios—. ¿No preguntarás también si pienso volver? —Hiroko sólo renegó con una suave sonrisa.

Había una distancia entre ellos que ninguno buscaba acortar, porque los contactos nunca fueron comunes en su familia. No era algo propio en su cultura.

—Harás lo que consideres mejor para ti, amor. Y sea lo que sea, te apoyaremos —Yuuri asintió agradecido. Eso era todo lo que necesitaba, la muda comprensión de su familia, la fe que ellos ponían en él. Con un nudo en la garganta sintió la peligrosa humedad acercándose a sus ojos, pero logró sobreponerse a ello—. Saluda a Vicchan de nuestra parte.

—Lo haré… —Sintió la tímida mano de su madre tomar la suya, en un gesto que le dijo más de lo que mil palabras harían. Yuuri subió entonces su temblorosa mirada y la suave sonrisa de su madre fue suficiente para hacer que se volviera a quebrar.

Había intentado mostrarse fuerte y decidido desde que tomó la decisión, precisamente para no crear dudas en los demás sobre sus pasos. Pero frente a ella le era imposible mantenerse en pie. Hiroko abrazó a su hijo cuando éste la buscó y apretó su espalda, consolándolo mientras lo dejaba llorar con la respiración alterada, pero en silencio, intentando contenerse. Le permitió el tiempo necesario para que pudiera sacar aquello que venía cargando desde Fukuoka. Hasta que se dejó caer en sus rodillas y ella lo acompañó al suelo.

—Entiendo, cariño… entiendo —ella no dejó de decirlo, y Yuuri, aunque no podía cuantificar qué tanto podría entender su madre, se dejó llevar por esa comprensión que iba más allá de las palabras. 

En un silencio conocedor, se mantuvieron abrazados entre las palmadas de su madre y su llanto mudo. Permanecieron allí por varios minutos más, hasta que Yuuri comenzó a calmarse. La mano quieta de Hiroko quedó sobre sus cabellos mientras le dejaba reposar sobre sus piernas como si fuera aún un niño. 

—Recuerdo cuando llegaste con el primer panfleto de él. Cuando Mari me lo mostró, pensé que era una chica extranjera muy bonita. De repente corrías por toda la casa con el panfleto en la mano y explicando apurado porque era el chico más genial que habías visto en tu vida. Creo que tu padre siguió creyendo que era chica hasta que se cortó el cabello —Yuuri soltó una risita atorada, mientras se dejaba llevar por los mimos de su madre en su cabeza—. ¿Quién diría que años después él llegaría a buscarte?

—Parecía un sueño… —murmuró cohibido. Su madre asintió.

—Creo que nunca dejaste de sentir que era un sueño… —Yuuri le dirigió la mirada y asintió.

—Ya sé que no fue un sueño, ni una pesadilla… solo fue real. Tan real que duele.

—El amor es así… El verdadero amor es así —Yuuri se levantó de las piernas de su madre para verla, y Hiroko tomó con sus manos el rostro redondo de su hijo para secar sus lágrimas—. No es un sueño, ni una pesadilla, es real. No es algo que va a acabar con abrir los ojos, ni que vas a olvidar al pasar las horas. El amor es así porque es un reflejo de nosotros mismos, de todos nuestros defectos y todas nuestras virtudes. Por eso crece con nosotros, se vuelve más maduro con nosotros. Es así…

—Mamá…

—Tienes que entender, amor, que ahora tu forma de amar ha crecido, porque tú has crecido. Ahora son mucho más fuertes. Todo saldrá bien y nosotros nunca dejaremos de estar orgullosos de ti.

—Gracias mamá…

Volvieron a concretar un abrazo mucho más fuerte y Hiroko se obligó a controlar el nudo en su garganta. Cuando se separaron, fue Yuuri quien mostraba un nuevo brillo en sus ojos, más confiado, más seguro del camino que estaba a punto de atravesar. Con una sonrisa comprensiva, limpió la humedad restante y dejó besos en sus mejillas. Aún en contra de su voluntad, Yuuri de nuevo emprendió viaje fuera de casa.

Toshiya la encontró luego frente a las aguas termales, sentada en la madera de la casa con la vista perdida después de haber llorado tras la partida de su hijo. Mari prefirió no ver a ninguno, ni despedirse de Yuuri, por lo cual estaba encerrada en su habitación.

En silencio, se sentó al lado de su esposa, recibiéndola en su costado cuando Hiroko buscó apoyo y él le brindó el necesitado abrazo. No muy espontáneo, no hacía falta la efusividad, ese brazo sobre su hombro ya gritaba ese “estoy aquí” que la mujer necesitaba sentir.

—¡Y allá se va de nuevo…! —Expresó con gracia, como si así pudiera disminuir su dolor—. ¿Esa terquedad de dónde salió? 

—Obviamente tuya —soltó con una risita apretada en su garganta, ante lo que Toshiya se señaló incrédulo.

—¡Pero si yo soy un hombre manso! —Hiroko renegó. No había manera, con Toshiya era imposible deprimirse, aunque ella tendiera fácilmente a la melancolía—. Estará bien. Yuuchan estaba muy decidido. Además, sabe que siempre puede volver a aquí. Gracias a él, nuestro negocio tiene más clientes.

—¡Toshiya! —La risa del aludido se escuchó con fuerza y Hiroko apretó sus labios, hinchando sus mejillas. Toshiya no se quedó con eso, sino que tomó las mejillas de su esposa para dejarle un pequeño beso en sus labios.

—Ya, ya, no estés triste. Yuuchan no quería eso —Hiroko asintió mientras apretó sus labios—. Y si decide volver con Vicchan, ya veremos qué hacer. ¡Tendrá que pedir su mano! —Hiroko rio incrédula—. ¡Con Mari ya perdí la esperanza! Siempre he querido hacer eso, e intimidar a mi yerno.

—¡No intimidas ni una mosca! —Toshiya hizo una mueca graciosa y Hiroko ya había olvidado porque estaba tan triste. Se colgó a su costado, apretándolo, y recibiendo de su esposo un par de palmaditas en su espalda junto a una sonrisa.

—¿Te sientes mejor? —Ella asintió, acurrucada bajo su brazo—. Me alegra eso.

Se quedaron sentados en aquel lugar, ella aprovechando los mimos de su esposo mientras Toshiya se mantuvo serio, pensando en que su hijo había llegado como se había ido. Confiaba en él y en su fuerza, en que tomaría las mejores decisiones para él, porque hasta el momento no había fallado. Yuuri podía caerse mil veces y levantarse dos mil más.

 Pero Hiroko recordaba lo que ocurrió tres meses después de su llegada de Rusia, cuando ese día de abril su hijo salió intempestivamente de su habitación, recorriendo todo el onsen hasta llegar justamente a ese lugar donde las aguas termales se hallaban vacías. Ella había corrido tras él, agradeciendo que no hubiera nadie en ese momento para poder hacerlo. Su hijo se había quedado de pie, temblando frente a la escena vacía, con las piernas apenas conteniéndole, hasta que al final cayó bajo el peso de todo su dolor.

“No va a venir… claro que no va a venir… ¡Claro que no va a venir! ¡Soy un imbécil! ¡Soy un imbécil…!”

Ella recordaba el dolor de Yuuri cuando lo abrazó desesperada al verlo haberse echado a llorar, el mismo dolor latente que sintió ahora que lo volvió a ver partir. Solo que era un dolor anestesiado por el tiempo.

Hiroko quería creer que era lo mejor, que Yuuri lograría liberar muchas de sus cargas y podría seguir el camino que había decidido. Quería creerlo… deseaba que su hijo fuera feliz. 

Emil » Hey! ¿Cómo estás?

Emil » ¿Cómo fue el viaje de regreso?

Emil » Yo estoy aburrido esperando mi maestra de natación. ¡Es bien sexy!

« Hola, Emil.

« Llegué bien, bastante cansado. ¿Ah sí? Pásame una foto 🙂   

Emil » [Foto adjunta]

Emil » ¡Así tengo motivación doble para asistir!

« Jajajaja, ok, es sexy. ¡La motivación es necesaria!

Emil: Me gustan sus pechos.

« ¡Envidio a tu maestra de natación!

« Me alegro de que estés divirtiéndote.

Emil » ¿Ya estás entrenando con Yuri?

« Aún no. Estoy visitando a una psicóloga.

Emil » ¡Oh vaya! ¡Yo me veo con la mía mañana! ¡Es una señora muy agradable!

Emil » Es bueno que te veas con ella.

Emil » Me ayudó mucho a controlar mi mal humor.

« Emil y mal humor. ¿Eso cabe en una misma frase?

Emil » ¡No quieres verme molesto!

« Me cuesta mucho imaginarte molesto, Emil

Emil » Pues sí, puedo ser muy desconsiderado.

Emil » ¡Mickey ha sido muy paciente conmigo!

« ¿Es tu novio?

Emil » Jajajaja ¡todos preguntan eso!

Emil » ¿Cuánto tiempo tienes con tu psicóloga?

Víctor enarcó una ceja mientras leía los últimos mensajes y sonrió ante la perspectiva. A pesar del dolor de cabeza que aún le aquejaba, allí estaba, esperando en la sala de aquella casa campestre a que Regina, su nueva psicóloga, terminara de alimentar a sus gatos. Mientras tanto, había recibido los mensajes de Emil y con un poco más de ánimo, esperaba al tiempo que le hablaba. No pensó que sería tan fácil mantener conversación con él.

Le dio mucha curiosidad su “no respuesta” con respecto al tipo de relación que tenía con Michelle. Si lo pensaba detenidamente, los había visto muy juntos y, en lo que lograba atraer de la memoria de momentos con ellos antes de dejar las competencias, nunca había visto a Michelle tan cómodo con los contactos. Pero si Emil no se sentía en confianza como para decirlo tampoco iba a presionarlo.

« ¿Me creerías si digo que es la primera vez?

Emil » ¿Cambiaste de psicóloga?

« No. Nunca había ido a una particular.

Emil » ¿Ni siquiera tras el accidente?

« No 🙂

« Decidí no hacerlo pese a que me lo pidieron.

Emil » ¡Oh, entiendo!

Emil » No es fácil iniciar. Yo fui obligado por mis padres.

Emil » Tampoco me dejaron muchas opciones. ¡Prácticamente se metía en mi cuarto!

Emil » Es divertido tener a alguien con el que puedes decir todo lo que te pasa por la cabeza sin sentir que vas a preocuparlos.

« Te ha ido muy bien con ella

Emil » Te pasará igual, lo sé. Me ayudó mucho cuando hacía las cosas mal.

Emil » Mickey ha tenido que ser muy paciente conmigo.

« ¿No te ha preocupado el lastimarlo?

Emil » Siempre lo hago.

Emil » Mi psicóloga dice que es normal que lo haga.

Emil » He comprendido que es inevitable sentirme de esta forma todos los días, pero que puedo decidir actuar de forma diferente.

Emil » ¡Y me ha funcionado!

Emil » Y cada vez que sé que dije algo muy malo o que lastimó a Mickey, me disculpo.

Él nunca se disculpó. En ese momento cayó en cuenta de ese error. Si bien antes del accidente, cuando se percataba que decía algo que lo había lastimado se disculpaba a prisa, luego de ello jamás expresó una disculpa. Jamás… ni siquiera cuando le dijo en voz alta que se había arrepentido y Yuuri se encargó de unir correctamente las piezas. No lo hizo, no hubo disculpas, no hubo en el fondo arrepentimiento porque todo era verdad. ¿Cómo podía arrepentirse de sentir como sentía? Simplemente sentía, y el sentir podía más que cualquier pensamiento, podía más que cualquier razonamiento que luego le gritara que estaba mal.

Arrepentirse implicaba cambiar sus pasos, modificar sus acciones, y él no podía hacer lo mismo con sus sentimientos. Lo intentó, realmente lo hizo, pero cada vez perdía más fuerza y, la envidia, el rencor, la rabia y la impotencia lo dominaron, llevándolo a sentir de forma más sincera y profunda, la mezcla de sentimientos más aberrante que puedes sentir por alguien a quien amas. Del mismo modo que no pudo evitar amarlo, no puedo evitar sentir envidia. Ambas fueron tan fuertes que fueron como culebras aprisionando su cuello al mismo tiempo.

Disculparse sin poder dejar de sentirse de esa forma sonaba hipócrita e inadecuado. Callar y tratar de resolver por él mismo aquella maraña de sentimientos al final fue el peor de sus errores. Mas no podía imaginarlo de otra forma tampoco, ¿qué hubiera pasado si le hubiera dicho a Yuuri que estaba muriéndose de celos y rabia, de envidia? ¿Qué le hubiera dicho si le gritaba que sentía que Yuuri lo estaba opacando? ¿Con cuánta decepción se habría encontrado en esos ojos si le hubiera confesado que no podía soportar verle ganar?

Ahora todo era distinto. No había una competencia directa de por medio. No le dolía verlo patinar. No sentía algún tipo de amenaza por verlo ganar. ¿Qué había cambiado? ¿Por qué no pudo ser así antes?

—Víctor, ¿no? —Escuchó la voz de la mujer mayor y el aludido la miró asintiendo. Ella le había pedido que la esperara en la sala.

Regina Nabiullina era una mujer de sesenta y tres años, que enviudó hacía dos. Desde la muerte de su esposo, ella se había retirado a las afueras de San Petersburgo, usando la herencia de su esposo para comprar una casa campestre cerca de la carretera que une a San Petersburgo con Moscú. A pesar de tener hijos, dos de ellos vivían fuera del país y su hija menor ya estaba casada y con familia en Novosibirsk. Si le preguntaran por qué razón prefería vivir sola que, con cualquiera de ellos, respondería que la vida de soltera era demasiado buena como para desperdiciarla.

Según le comentó, cuando paseaba entre sus muebles de madera y llamaba a sus gatos, estaba escribiendo su segundo libro. Una autobiografía de lo que había sido su vida tras no solo haber participado en una destacada universidad de medicina en el área de investigación, sino lo que había sido vivir con quien catalogaba el hombre de su vida, que a diferencia de ella no fue más que un panadero que siguió el negocio familiar y nunca dejó de atender su negocio.

Al haber acabado de atender a sus gatos, cerró la puerta del despacho y sonrió hacia él. Víctor la vio como una abuelita adorable, con las líneas marcando surcos en su rostro y sus mejillas, un poco regordetas, caídas. Con el cabello entre blanco y marfil y un adorable pijama de flores que nada tenía que ver con lo que esperaría de una profesional. Por supuesto, ya estaba al tanto de que ella se había jubilado, y que, si lo estaba atendiendo en ese momento, era por pedido expreso de su padre.

—Víctor, Víctor —Repitió con voz melódica, mientras Víctor la esperaba sentado en el mueble. Ya había cortado la comunicación con Emil—. ¡Lamento las fachas!  Tu padre me avisó ayer casi a medianoche. Tuvo suerte de que aún estaba despierta escribiendo un nuevo capítulo de mi libro.

—Lamento que haya sido tan intempestivo. Yo fui quien le llegó también muy tarde con el pedido.

—Lo imaginé. Vanya no es hombre de hacer las cosas de forma apresurada, así que imaginé que todo era por pedido de uno de sus hijos. ¿Te gusta la música clásica? Es relajante escucharla de fondo, suave y casi imperceptible mientras se habla —Víctor asintió, notando la familiaridad con la que la mujer se refería a su padre al llamarlo por aquel diminutivo—. La música y las historias se fusionan, a veces sientes que se han puesto de acuerdo para acompañar una escena de tu vida. Me ha pasado muchas veces mientras escribo.

—Amo la música clásica.

—¡Perfecto! Nos llevaremos muy bien —ella tomó el control de su reproductor y la puso a un volumen bajo, de forma que se una escuchaba como una melodía lejana—. Entonces comencemos, ¿quién eres?

—Víctor Nikiforov.

—¿Y quién es Víctor Nikiforov? —Víctor la miró fijo, como si quisiera asegurarse de que esa era la pregunta que escuchó—. Vamos, muchacho. No te conozco.

—Debió haber escuchado de mí.

—No lo recuerdo —dijo con una sonrisa larga y unos ojos brillantes, como si hubiera encontrado el primero de los hallazgos—. ¿Quién eres?

—Víctor Nikiforov.

—¿Y quién es Víctor Nikiforov? —Víctor apretó su mandíbula antes de suspirar. No debería ser difícil decir quién era él y, sin embargo, se descubrió en aprietos al intentar sintetizarlo.

—Fui patinador sobre hielo en la categoría individual masculina. Fui pentacampeón del mundo, medallista de oro olímpico. También dejé varios récords mundiales, fui llamado ‘la leyenda del patinaje’.

—Fui… es un verbo muy triste para un joven como tú. —Víctor retuvo el aire, mientras la mujer lo observaba con curiosidad—. Y es la forma incorrecta de responder la pregunta. Pregunté, quién es Víctor Nikiforov ahora —lo interrumpió cuando intentó hablar—. Pero eso es algo que no vas a saber responder en este momento, muchacho, ¿sabes por qué? Porque es la pregunta que dio inicio a todas las ciencias, ¿quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cuál es nuestro motivo de vida? Preguntas que cada uno ha intentado responder a su manera.

La mujer le ofreció varias galletas de azúcar y Víctor se limitó a tomar un par, aún con la sensación de sentirse anómalo y observado. Como si a ella no le hiciera falta lentes, ni estar en un despacho, ni vestir un traje para mostrar los conocimientos que había recolectado a través de los años.

—Sé quién eres —le dijo con calma, tras morder una galleta—. Sé lo que quisiste que los medios dijeran de ti. Pero ese no es Víctor Nikiforov, ni de cerca. 

—¿Qué le dijo mi padre que yo necesitaba?

—Ayuda. Mucha ayuda. Más no es la primera vez que viene a mí. Él vino igual, hace tres años. Creo que aproximadamente para esta fecha. Mi marido estaba ya enfermo, el cáncer se lo iba a llevar y él se había negado a usar cualquier tratamiento. Ya estaba muy avanzado para hacer algo. Tu padre vino en un mal momento, yo estaba en depresión —los ojos de Víctor la miraron, atrapado en la honestidad de sus palabras—. Sí, un psicólogo en depresión parece la cosa más irónica de la vida. Es sumamente frustrante reconocer los síntomas, saber qué hacer, auto diagnosticarse, y aun así darte cuenta de que es más fuerte que tú. Vino aquí y me dijo: “Mi hijo cayó en depresión, ayúdame”. Casi me reí en su cara. ¿Sabes por qué me reí? Porque es un eufemismo decir: cayó en depresión. No es como si estuvieras saltando en las praderas y no viste un agujero. O como decir: él estaba bien y de repente, ¡zas! ¡Cayó! No es así. Tú estás caminando, lo estás haciendo, crees que vas en el camino correcto y comienza a declinar. La primera inclinación no se siente, no te das cuenta. Conforme avanzas, la inclinación se hace cada vez más y más aguda, hasta que, cuando te percatas, la gravedad es la que te está llevando. Cuesta más detenerte, no puedes hacerlo, no estás cayendo sino corriendo hacia abajo. Tienes miedo porque si intentas detenerte, seguramente tropezarás y te ves rodando inevitablemente hasta el fondo. Sabes que debes hacerlo, pero no sabes cómo lograrlo. Escuchas las voces de todos cada vez más lejos, y aunque quieras evitarlo, no encuentras el cómo. No los quieres lejos, pero eres tú quien se aleja. Y llega un momento en que los dejas de escuchar. Solo sigues andando y la empinada se vuelve más profunda… En la depresión no caes, solo te pierdes. Y todo esto comienza cuando dejas de ver “quién eres”, o cuando detestas ese “quién eres”. Solo nos desviamos del camino porque no nos gusta lo que vemos en ese camino.

Regina se detuvo. En su mirada llena de entendimiento hubo una calidez suave que lo llenó todo en esa habitación que olía a galletas, a café y gatos. Se inclinó en la mesa y atrapó un par de servilletas para luego extendérselas. Víctor pestañeó y sintió la humedad en sus ojos, comprendió así la muda invitación que Regina le hizo. Las tomó, pero lejos de usarlas para limpiarse, solo las puso en sus piernas y buscó el pañuelo que se había quedado de Yuuri para secarse.

Durante el relato de lo que ella consideraba depresión, Víctor pudo verse completamente reflejado. Caminando como dijo, hasta que en un momento fue inevitable seguir descendiendo y tuvo miedo de siquiera intentarlo. El terror, el pánico, y la ansiedad comiéndose cualquier resquicio de voluntad por quién sabía ya hacía cuanto tiempo. Se había sentido tan identificado que no se dio cuenta del momento en que se había partido. Ahora sus manos temblaban y se sentía abierto, como si ella acabara de abrirle la piel para verle el corazón. Expuesto como nunca.

—Cuando una persona decide “salir” de la depresión, tiene que hacer todo ese camino de regreso. Dependiendo de cuán profundo llegaste, te será más difícil volver. Son pasos y pasos los que hay que dar. Esta vez en contra de la gravedad. Se necesita mucha paciencia y voluntad para ello. Cuando tu padre vino yo no pude ayudarlo, pero le di los contactos de dos colegas a los que, por cierto, yo misma me negaba a llamar porque consideraba una verdadera humillación necesitar de la labor de un compañero sabiendo yo qué hacer. Según tengo entendido, tampoco quisiste verlos —Víctor se limitó a negar para afirmárselo—. Yo sí, después de la muerte de mi esposo, llamé. Estaba pensando demasiado seguido en la muerte y ni siquiera me asustaba. Lo único que me asustaba era terminar mi vida como una cobarde. Una tontería porque,  al fin y al cabo, no me iba a enterar —encogió sus hombros al acomodarse mejor en el mueble, incluso alzando sus pies para recostarlos y acurrucarse contra una almohada—. Él me dijo lo que ya sabía y, aunque no me sumaba nada a mi propio diagnóstico, lo seguí llamando. Fue más fácil retomar mi vida y volver a reafirmar mi identidad, ahora como la viuda de un panadero, al tener a alguien que me esperaba “allá arriba”. Hoy por hoy, si bien no he llegado todavía al camino del inicio, puedo decir que cada vez estoy más lejos de perderme. ¿Puedes decir lo mismo?

—Creo que sí… —Regina le animó a hablar con un movimiento de su rostro—. Yo… yo ahora estoy saliendo de casa, ha vuelto mi comunicación con mi mejor amigo. He conocido a personas nuevas, entre ellas una amiga a la que apreció mucho… He retomado el hielo como entrenador y me animo a patinar a pesar de no poder hacerlo como antes. Pero… a veces siento que nada de esto es suficiente, que voy a volver a… perderme.

—Bajamos por una empinada, subir es otra empinada, Víctor. Es natural tener miedo de volver a perderse y es natural que, en los intentos, nos caigamos y retrocedamos. Mientras tengamos en mente que debemos de subir a como dé lugar, nos levantaremos las veces que sean necesario.

—Yo sentí que me había vuelto a perder irremediablemente. Fue solo cuestión de horas para sentirme sumido en toda esa oscuridad.

—¿Y qué ocurrió?

—Mi estudiante se echó a llorar a mi lado. Estaba asustado de verme así y solo se echó a llorar. Fue como si me hubiera abofeteado. Me acordé de que no puedo dejarme sumir de nuevo, que ahora tengo una persona a mi cargo que depende de mí. De algún modo eso sirvió para volver a moverme… —La mujer asintió.

—¿Y qué ocurrió para que volvieras a perderte? 

—Me encontré con mi expareja.

—¿La amas aún?

—Nunca dejé de hacerlo —confesó—. Todavía lo amo. Se fue mientras estuve en depresión. Mi papá me confesó que estaba medicándose contra la ansiedad; nunca había querido hacerlo antes, supongo que yo lo llevé a hacerlo… No hablamos, solo se fue. Muchos me dijeron cuando empecé a recuperarme que fuera tras él y no quise hacerlo. Estaba enojado porque se hubiera ido, aún a pesar de saber que tenía todo el derecho de hacerlo. Al mismo tiempo, sentía que nada podía ofrecerle con lo que soy ahora. De algún modo eso lo confirmé al verlo… poco tengo que ofrecerle ahora. Sin embargo, lo extraño. Lo extraño con tal fuerza…

—¿Y él aún te ama?

—Esta noche vendrá a San Petersburgo después de tres años. Ha dicho que quiere que cortemos. Cuando lo vi en Chicago, le dije que yo no sentía que hubiéramos cortado y él se enojó. Parece que logró iniciar su vida de algún modo.          

—Tengo mis dudas —Víctor volvió a mostrar en su rostro la consternación que le provocaba aquello. El que otra persona, tal como Yana, dijera lo mismo—. Si para él ya hubieran cortado ¿qué viene a hacer aquí? No, estoy viendo a otro chico perdido.

—Me comentó que tiene un terapeuta… —Ella afirmó, como si ya lo imaginara.

—Y entonces, por eso estás aquí —Víctor resopló un sí—. Te vas a ver con el hombre que amas, y a quién alejaste cuando estuviste en depresión, una de la que no has salido por completo. Y este hombre, por su parte, está en su propio tratamiento. Bien, seré franca contigo, Víctor. Te conté todo esto para que sepas que más que una psicóloga, seré una amiga. Dejé mi profesión ya hace un par de años, pero por la amistad que me une a Vanya y el cariño que le tuve a Veroshka, he decidido acompañarte. 

—¿Conoció a mamá?

—Sí, lo hice. Fue una de mis mejores amigas, y una de las pérdidas que más me dolió enfrentar. Pero puede que hablemos de eso en otro momento. Tú no tienes tiempo, yo tampoco. Si de verdad quieres salir y recuperarte, tendrás que poner toda tu voluntad en ese cometido. Y solo en ese cometido.

—Eso significa…

—Que olvides la idea de recuperar tu relación ahora —Víctor la miró con desesperación—. Entiende, para que su relación pudiera funcionar en estos momentos tú debes entrar en tratamiento, él debe seguir en tratamiento y además deben buscar terapia de pareja. ¿Tienes tiempo para todo eso?

—Estamos en competencia… en una semana él se enfrenta en Moscú, en dos yo voy a Francia, luego en dos más estaremos en Francia para la final, y de allí dos semanas más para las nacionales… un mes para la copa E…

—No hay tiempo —Regina afirmó, golpeando su propio muslo con su palma—. Tú te convertirás en un tropiezo para su tratamiento y él para el tuyo, y odio las causas perdidas. No digo que no se vean o hablen. Pueden hacerlo, seguro les hará bien, pero retomar una relación en este momento, en lo que respecta a ti, Víctor, es contraproducente.

—Él viene a hablar…

—Hablen. Hablen todo lo que tengan que hablar y cuando sientas que ya ha sido suficiente, me llamas, a la hora que sea. Hablaremos, y tendrás que responder quién es Víctor Nikiforov después de eso.  

Víctor no supo cómo continuar aquella conversación. Se sentía aturdido. Entre las palabras de los que apoyaban sus intenciones de volver, como de aquellas que le pedían que se diera tiempo; Víctor no sabía qué hacer al respecto y Yuuri ya debía de haber tomado el avión. Se sentía perdido, pero no en la depresión sino en la indecisión. Tenía tantas ganas de volver y al mismo tiempo tanto miedo de enfrentarse a todo lo que nunca le dijo a Yuuri, que no sabía cómo podría lograrlo sin hacerlo.

Si tan solo todo se solucionara con solo saber que se amaban sería perfecto, pero la vida no funcionaba así. Odiaba eso.

—Esto es lo que haremos, Víctor. Vamos a buscar la razón por la cual empezaste a entrar en depresión, vamos a buscar el inicio. Va a ser doloroso. Te va a lastimar, a frustrar, pero es necesario. Para eso necesito que me digas todo, que confíes en mí y seas sincero. Que me digas lo que no fuiste capaz de decir en voz alta antes. Ya te dije, no me gustan las causas perdidas, y si no tengo tu disposición para abrirte y mirar lo peor de ti, no hay nada que yo pueda hacer. Que nadie más pueda hacer. ¿Estás dispuesto? Porque al hacerlo, al llegar al origen, podemos entonces trabajar sobre ello.

—Tiene algo que me hace recordar a la ex de mi exentrenador —casi podía ver la pose militar de Lilia frente a él, pero Regina no necesitaba eso. Estaba aún recostada en el mueble, con un cojín entre sus piernas, vistiendo un pijama de flores, demostrando con solo su mirada y el tono determinante su posición—. Va a escuchar cosas feas de mis padres…

—Que así sea. No soy yo la que debe temer lo que hay allí dentro, Víctor. Eres tú. No hay nada más aterrador que enfrentarte a ti mismo.   

—Acepto…

—Entonces empecemos. Háblame de tu ex y lo que dijo que vino a hacer aquí.

En el aeropuerto de San Petersburgo, ya estaban listos para ir a la zona de trasbordo. Mila miraba con ansiedad contenida la hora de salida de vuelo, mientras que Georgi hacía unas últimas llamadas y Yuri esperaba para despedirlos. Había sido el único que fue a verlos, y podía sentir la ansiedad que navegaba en el cuerpo de su amiga, aunque ella le sonriera, agitara la mano y dijera un “no es nada”.

Años compartiendo la pista no habían sido en vano. Yuri podía decir que la conocía bastante bien como para saber incluso en qué momento se encontraba triste o enojada. Hasta podría decir con facilidad cuando estaba en sus peores días. Y en aquel momento ella lucía con tal desasosiego, que no sabía qué decirle al respecto porque ya imaginaba la razón de su ansiedad: Otabek. ¿Qué podría decirle él al respecto?

Si le preguntaban a Yuri que desearía que pasara, en su inocencia pediría que ellos dos volvieran. Durante mucho tiempo los había celado a ambos, en especial a Otabek, cuando ellos dos empezaron a salir juntos; pero la situación actual era peor en mil maneras. Había pensado que la posibilidad de que cortaran era real, no serían ni los primeros ni los últimos. Pero lo había considerado todo de tal forma que creyó que si eso llegara a pasar simplemente mantendría la amistad con ambos, sin ponerse del bando de nadie a menos que existiera algo como una infidelidad. Fue peor, porque fue él quien terminó siendo el motivo indirecto de su separación. En ese panorama, poco o nada podía hacer él.

Así que, sin temor alguno, tomó la mano a Mila y la mantuvo así, en un gesto silencioso de ánimo. Ella lo notó así y sin demora se pegó contra su costado, propiciando el abrazo que Yuri no estuvo seguro de buscar. Después de todo, se sentía culpable, aunque cada vez que lo pensaba nada pudo hacer para haberlo evitado.

—Tienes que ganar esa medalla —le dijo, intentando animarla de la única forma que conocía—. Nada de distracciones.

Mila asintió y se dejó acurrucar por los brazos de su amigo, simplemente esperando la hora en que tuviera que abordar.

—¿Has hablado con él? —E inevitablemente, Yuri se tensó—. No me había atrevido a preguntarlo antes…

—Pues… solo un poco. —Su tono de voz bajó casi hasta un susurro triste—. No mucho, desde el test de patinaje.

—Lamento haber arruinado su amistad…

—¡Ey, no! —La apartó para poder mirarla a los ojos—. No fue tu culpa… él la arruinó —Mila iba a protestar, pero Yuri no se lo permitió—. Si él hubiera hablado, le habría dicho que no y seguramente hubiera podido acomodar lo que sentía…

—¿Tú lo hubieras hecho en su lugar? —Yuri se atragantó—. Si hubiera sido al revés, ¿lo habrías hecho?

“No.”

Aunque fue incapaz de decirlo, sabía que Mila había leído esa respuesta en su mirada. Que, en el mudo entendimiento de ellos, ese beso en su mejilla era un “lo sé”. Y sonaba aún más aterrador, ahora que en cuestión de solo horas Yuuri volvería a pisar a Rusia, atravesaría ese aeropuerto, y lo buscaría.

¿Sería capaz de decirle ahora lo que llegó a sentir? ¿Lo que aún no estaba seguro en qué intensidad sentía? ¿Tendría el valor de decirlo ahora…?

Georgi y Mila ya habían tomado el avión y, aún después de eso, Yuri se quedó viendo las pantallas de los vuelos de llegada con atención, hasta que finalmente aquel vuelo apareció. Por la hora, asumió que en ese avión debía venir Yuuri.

Por más que intentó, no pudo concentrarse. Se encontró con Víctor al mediodía para las prácticas, pero no pudo ejecutar ni los saltos ni completar la rutina sin sentir los regaños de Víctor. Al cabo de una hora infructuosa, Víctor le pidió descansar mientras se ocupaba de Louis, quien había quedado a su cargo en la ausencia de Georgi. Cuando Yuri salió de la pista y se puso los protectores, vio pasar al adolescente que, emocionado, pensaba aprovechar la oportunidad para disfrutar de la guía de Víctor y de su total atención. Ni siquiera el comentario mal intencionado de Louis fue suficiente para hacerle enojar; estaba demasiado ocupado pensando en lo que ocurriría con la llegada de Yuuri como para prestarle atención a un niño.

Pensaba subir a las gradas, pero Víctor lo retuvo al ordenarle sentarse cerca. El tono de voz de Víctor sonaba afectado y, aunque llevaba unos lentes oscuros puestos, Yuri podía adivinar que había llorado. Después de todo lo que había pasado en cuestión de horas, se sentía mal que Víctor aún tuviera fuerzas para mantenerse en pie para continuar con el entrenamiento al que él estaba fallando estrepitosamente.

—Sé que la llegada de Yuuri cambiará muchas cosas, Yuri, pero necesito que te concentres. Tenemos que competir en menos de dos semanas en Francia. No tenemos tiempo para perder. —Yuri se encogió en la banca, con las manos juntas entre sus muslos—. Necesito que claves los cuádruples.

—Me estoy esforzando para hacerlo, Víctor…

—No me sirve que te esfuerces si no te concentras —Yuri mordió su labio inferior, entrecerrando sus ojos—. En el hielo solo debes estar tú. No tu abuelo, Larissa, Yuuri, o cualquier otra persona. Solo debes estar tú. Necesito que pienses en eso cuando vuelvas a la pista.

Yuri asintió y regresó la mirada hacia donde Louis realizaba su calentamiento mientras Víctor daba algunas instrucciones, tomándose muy en serio su rol. Le parecía increíble que tras haberse emborrachado anoche y tener que despertar temprano para visitar a una psicóloga ese mismo día, tuviera la fuerza mental para estar allí y procurar aprovechar el entrenamiento. Él tendría que hacer lo mismo.

—Mañana iremos a mi psicóloga.

—¿Eh?

—Te empezarás a ver con ella también —Yuri saltó de inmediato del asiento en respuesta a la idea de Víctor.

—¿Por qué yo también? ¡No necesito de…!

—Yo solía decir eso… Y ya ves que no era así —sus palabras fueron suficiente para callarlo—. Lo que ocurre con tus saltos no es por la técnica, ni por falta de confianza. Es algo que yo no puedo entender, pero que quizás ella si pueda.

Negarse a recibir ayuda a esas alturas, después de ver lo mal que les había ido a ellos por tratar de solucionarlo todo solos, sería una muestra de estupidez que Yuri no podía permitirse. Así que, aunque tuviera un miedo latente de lo que podría salir al visitar a una psicóloga sin que esa fuera parte de la rutina como deportista, terminó aceptando.

Minami comprendió de inmediato de dónde venía ese entrenamiento espartano que Yuuri solía darle. Minako estaba demostrando no solo por qué había sido la primera entrenadora de Yuuri, sino también el cómo es que había llegado a ser una de las bailarinas más cotizadas del ballet. Desde temprano, reforzó el estiramiento dándole más tiempo a los precalentamientos y a la flexibilidad, para luego ordenarle entrar a la pista y repetir la rutina de ‘Fuego’.

Cuando le habló del ligero malestar que tuvo en el muslo tras haberla acabado en América, ella determinó que eso se debía a falta de flexibilidad, así que para prepararse ante Rusia debía prestar más atención y esmero a los estiramientos y precalentamientos a partir de ese momento. Ella se encargaría de que al regresar Yuuri eso siguiera. Minami tendría que dedicar una hora más a ballet y tener un programa más largo de calentamiento antes de la competencia.

Minako se mostraba imparable, con los brazos cruzados y la expresión seria mientras observaba el avance de la rutina de Minami y este clavaba los saltos. De nuevo, el Flip cuádruple salió perfecto, a pesar de aún no haberlo usado en competencia. Minami quería clavarlo al final, tal y como Yuuri solía hacerlo y, a pesar de que Minako le hubiera dicho que no lograría hacerlo debido a su resistencia, lo animó a hacerlo al inicio de la segunda parte del programa, tal como Yuuri lo había puesto en las últimas instrucciones dejadas antes de partir.

Ambos estaban completamente convencidos de que tendrían que dar lo mejor para prepararse, debían hacer que la competencia no fuera en este momento una preocupación más para Yuuri, quien ya había partido y seguramente llegado a Rusia. Considerando las seis horas que había de diferencia, el avión ya debería haber arribado al aeropuerto de Púlkovo.

—¡Repite de nuevo desde el inicio! ¡Necesito más ritmo, Kenjirou! ¡Este programa debe salir perfecto cuando te presentes en la copa Rostelecom! ¡Ahora tu estarás representando el nombre de Yuuri Katsuki ante Rusia!

—¡Sí!

 —¡Tienes que encender la pista con mucha más fuerza que la usada en América! ¡Debes provocar que estos rusos sientan el fuego en las venas y no puedan ignorarlo! ¡Tú no eres un sol azul como Yuuri! ¡Tú eres un sol rojo, intenso, agresivo y pasional! ¡Muéstralo ahora!

—¡Sí!

Minako observó fríamente cuando Minami se secó el sudor de su frente y retomó el entrenamiento, colocándose en posición para iniciar con la rutina. Estaba por completo decidido a dar lo mejor de sí y enorgullecer el nombre de Yuuri en Rusia a como diera lugar.

Y en efecto, Yuuri ya había arribado al aeropuerto de Púlkovo y empezaba a traspasar toda la escala de inmigración. Eran casi las doce de la noche ya que había habido un retraso de varios minutos para poder aterrizar debido a la neblina que afectaba la zona, pero afortunadamente no hubo mayores percances en el camino. Estaba cubierto con un grueso abrigo que lo vestía por completo en negro, la capucha puesta encima de su cabeza y un tapaboca que, junto a los lentes, evitaban que sus rasgos se vieran. De ese modo, intentó pasar desapercibido.

Deslizó el pasaporte y esperó la pregunta del asesor, quien observaba el permiso con el que podría entrar a Rusia por parte de la federación para dentro de una semana. Yuuri explicó que iba a pasar unos días antes en el país por visitas personales, mientras el encargado volvía a revisar el pasaporte y sus datos personales. Durante todo ese escrutinio, Yuuri apretó su garganta. Fue ordenado a quitarse el tapaboca, capucha y lentes para tomarse la foto del registro de entrada. Yuuri obedeció, aunque teniendo la descabellada sensación de que todos le miraban. Cosa que no era cierta ya que el aeropuerto no contaba con demasiadas personas y algunos vuelos apenas estaban buscando el espacio para aterrizar, sin embargo, la sensación persistió.

Cuando le entregaron los documentos, Yuuri agradeció en ruso y comenzó a caminar hacia las bandas de equipaje, cubriéndose completamente de nuevo. Jaló su maletín azul de la banda y caminó con prisa hasta la zona de registro, donde debía pasarlos por la máquina de rayos x. De nuevo sintió la mirada de los encargados en él, por más que hasta entonces ninguno lo hubiera identificado. Mas no podía esperar que tardaran en hacerlo dado el peso que reconocía tenía el deporte en Rusia, y más cuando uno de ellos era una leyenda viviente en él. No había ruso que no hubiera escuchado alguna vez de Víctor Nikiforov y, por tanto, que no hubiera escuchado de su pareja o su relación con un oriundo japonés.

—Señor —se paralizó al escuchar el llamado justo cuando jaló su equipaje de las barras metálicas de la máquina—, su documento.  

No era usual que volvieran a pedirle el documento tras haber pasado por la casilla para el sellado del pasaporte, pero Yuuri accedió para no alargar el proceso. El oficial ruso, con unas frondosas cejas cobrizas, le miró con atención mientras comparaba la fotografía del documento con la de la persona frente a él. Yuuri comenzó a sentirse cada vez más nervioso.

—¿Ocurre algo, oficial? —preguntó en inglés. Consideró que sería más llamativo si lo hacía en ruso.

—No —afirmó el hombre tras cerrar el documento y devolverlo—. Está temblando mucho, señor.

—El frío… —justificó Yuuri, aunque sabía que era más la ansiedad que le generaba el estar allí y el peligro de ser identificado que el frío en sí, aunque estuviera tan helado como recordaba—. Quizás necesite un trago de Vodka. ¿Encontró algo anómalo en mi equipaje?

—No —el hombre hizo una señal con la nariz y sus labios, para invitarlo a continuar con el recorrido—. Buen vodka es lo que conseguirá aquí. Bienvenido de nuevo a Rusia, Sr. Katsuki.

Yuuri contuvo el grito de terror que le nació de las entrañas, mientras el hombre se volteaba para atender al siguiente pasajero que seguía el procedimiento. Intentó calmarse con la lógica; su pasaporte no era nuevo, no era la primera vez que entraba al país y debían de tener registros de todos los extranjeros que habían pisado suelo ruso. Además, su apellido estaba en el documento que él vio, debió leerlo. Era solo una formalidad, no significaba que pudiera saber de qué Katsuki se trataba o de su relación con Víctor.  

Intentando controlar los incontrolables pensamientos de terror, Yuuri se encaminó hasta la salida y fijó su mirada en la gente que allí aguardaba con cartulinas mencionando a algún apellido o avisos de taxis para buscar clientes. Yuuri escapó de ellos, aún cubierto de pies a cabeza, mientras jalaba su maleta y buscaba con la mirada el automóvil que le habían asignado para la carrera. Al encontrarlo, el conductor del Uber preguntó si era la reserva de Anastasia, Yuuri asintió y tomó el vehículo, esperando pronto salir de allí.

Ya cobijado por los vidrios oscuros del Uber, se permitió respirar. Había estado alterado todo el camino, y aunque las pastillas lo ayudaron a dormir durante el viaje, apenas el avión hubo comenzado el descenso empezó a sentir temor. Yuuri cerró sus ojos y acarició los guantes de lana que tenía puestos, el último regalo que había recibido de Yuri antes de que todo acabara, con un gato bordado en cada uno de ellos. Había tanto que explicar… y había llegado el momento de hacerlo. No podía retroceder ahora.

Para cuando llegó a la casa de Georgi Popovich, fue su esposa la que lo recibió. Ya se habían conocido de antes, así que la bienvenida fue cálida. Anastasia siempre tan amable y cariñosa lo cubrió en un abrazo que para Yuuri resultó incómodo, por lo inapropiado que era el que lo recibiera en ausencia de su marido.

—La reserva del hotel la pedimos a partir de mañana, así que por hoy puedes dormir en nuestra casa —informó la mujer, mientras le acompañaba a subir los escalones—. Georgi me comentó que querrías ver a Yakov primero —Yuuri asintió, mientras se quitaba los guantes por la calefacción y sintiendo la necesidad de hacer lo mismo con el abrigo—. No ha querido dormir hasta verte.

Anastasia tocó la puerta y Yuuri retuvo el aire, esperando el momento en que recibieran el anuncio para poder abrir. Cuando éste fue dado, Anastasia giró el pomo y abrió, permitiéndole espacio a Yuuri para entrar. El japonés se mantuvo por un momento en pie, mirando la visión de la estancia que le regalaba la apertura de la puerta, donde la cama estaba acomodada sin la presencia de Yakov allí.

—¡Entra muchacho! —Yuuri se erizó al escuchar la voz ronca y afanada del anciano—. ¿O piensas matarme de ansiedad?                   

Detrás de la puerta, Yakov estaba sentado en un sofá, con las piernas cubiertas por una cobija, los lentes puestos y un libro en su regazo. Yuuri, al penetrar en la habitación, no pudo creer lo anciano que el hombre se veía así, lo viejo que lucía, como si en vez de haber pasado tres años, hubieran sido diez. Su garganta se apretó cuando los ojos de ambos se cruzaron y, fue tal el impacto, que ninguno de los dos escuchó cuando Anastasia le avisó que tomaría su equipaje para llevarlo a la habitación de huéspedes e iría a prepararle algo para comer. Tampoco oyeron la puerta ser cerrada.

Yakov sintió el mismo nudo en la garganta al ver a Yuuri frente a él después de tres años. Todo rastro de juventud idos por completo, dejando un hombre adulto frente a él. En los ojos de Yuuri ya no había inocencia, más sí calidez. Aún con el cabello más corto, que impedía que demasiados mechones negros cubrieran su frente, seguía siendo, en teoría, el mismo del pasado. Pero Yakov podía comprender que no, ya no lo era. Y verlo por el televisor nada tenía que ver con verlo ahora.

—Ha pasado mucho tiempo, entrenador Yakov.

—Deja la formalidad para otro momento, muchacho, que me siento como estar recibiendo la visita de un hijo pródigo —Yuuri asintió, bajando el rostro. De nuevo esas actitudes tan propias de Yuuri que por mucho que luciera como un hombre distinto, hacían que Yakov pudiera ver al mismo muchacho ingenuo que hacía tiempo había llegado a Rusia, asustado ante la posibilidad de estar con un equipo de élite, enamorado hasta las pestañas de Víctor.

Ese muchacho estaba allí aún. El tiempo y la experiencia no habían matado aún a ese hombre que se había ganado su cariño con obediencia, respeto y calidez. Que se había determinado a ser tan ruso como Víctor para que nadie pudiera juzgarlo; beber y hacer suyas las costumbres de Rusia para no sentirse extranjero en su hogar. Yuuri seguía allí.

El hombre buscó sus pantuflas para ponerse de pie, mientras Yuuri se quitaba el abrigo tras haber guardado en su bolsillo los guantes tejidos. Mayor fue su sorpresa cuando, al ponerse de pie, se encontró con Yuuri haciendo una respetuosa inclinación ante él, una que conocía perfectamente pues así había empezado todo; cuando Víctor lo llevó a la pista sin su permiso, argumentando que, ya que él era su entrenador, Yuuri debía entrenar en la misma pista en que él entrenaba. Como si las cosas se hicieran como Víctor Nikiforov dictara.

Recordaba esa vez. Recordaba cuán avergonzado había estado Yuuri por la calurosa discusión que Yakov y Víctor sostuvieron por el tema, el cómo Yuuri se inclinó pidiendo perdón en inglés, y suplicando cuidara de él.

Recordar ardió, porque era la misma postura, pero jamás las mismas circunstancias.

—Perdóneme por no haberlo escuchado. Perdóneme… 

Y aún con la garganta atorada, Yakov escuchó las humildes y rotas disculpas dadas por el exestudiante con el corazón en su puño. Apretó la mandíbula y con mano temblorosa, posó sus dedos sobre los mechones negros y helados de Yuuri. La caricia provocó que éste levantara su rostro y le dejara ver sus enrojecidos y brillantes ojos anegados de lágrimas. Yakov lo miró con dolor y dulzura contenidos, con la mirada de un padre comprensivo que sabe por qué su hijo llora, que sabe el por qué está allí.

Con solo una señal, Yuuri supo que podía abrazarlo. Y al hacerlo y sentirse correspondido por Yakov, estuvo seguro de haber hecho lo correcto.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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