Matryoshka II (Cap 12)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 12: Debemos enfrentarlo

Hirogu observó en silencio desde el momento en que Yuuri llegó en la mañana. La cita había sido pautada para esa hora, mientras Minami retomaba las clases de baile, para luego verse en el hielo en el mediodía. De esa forma, mientras Minami proseguía con su entrenamiento, Yuuri tendría la libertad de verse con su terapeuta y tener la cita de tres horas que había agendado. Sin embargo, Hirogu supo que algo andaba muy mal nada más verlo.

Las evidencias estaban a la vista. Hirogu torció el labio suavemente mientras se sentaba en la silla tras ver a Yuuri tomar asiento en el diván y tomar el cojín entre sus manos, al cual empezó a estrujar con insistencia. Se veía sus ojos enrojecidos tras los lentes, el movimiento persistente de su pierna derecha y la forma en que su mirada iba de un lado a otro sin buscar contacto visual.

—Yuuri, —llamó con paciencia, empezando a considerar necesario ir por un poco de té—. ¿Has dormido?

—No mucho —confesó. Hirogu se limitó a asentir.

—¿Cuánto has dormido?

—Un par de horas. —Yuuri levantó la mirada para buscar los ojos pequeños de Hirogu, quien lo veía con preocupación palpable.

—¿Un par de horas desde cuándo?

—Desde el domingo… —Hirogu retuvo el aire por un momento, cuando los ojos de Yuuri volvieron a bajar e intentaron retener a su rodilla que seguía moviéndose. Ya era miércoles.

—¿Tuviste pesadillas? —Tras unos segundos en silencio, simplemente afirmó con un movimiento de su rostro—. ¿Quieres hablar de eso?

Aunque no quisiera, sabía que debía hacerlo. Todavía podía escuchar los gritos en la cabeza, y tenía la sensación de que todos los que lo veían eran capaces de ver el terror que emanaba de su piel y los dedos acusadores que sentía en su espalda. Todo se había aglomerado sobre él, y Yuuri lucía como si llevara una enorme piedra en medio de gritos y acusaciones. Y sus piernas no podían más, él no podía más.

No había podido dormir. En sus sueños, él caminaba por un largo pasillo lleno de banderas rusas, y escuchaba incontables voces gritándole al oído, sin tocarlo, sin golpearlo, solo exclamando lo que sus pensamientos ya decían con insistencia. Le gritaban que lo había dejado, que él había fallado, que era su culpa, tanto de la caída de Víctor, como del dolor en que le dejó. Escuchaba a Chris gritándole en la punta del oído mientras manoseaba su trasero. Veía la mirada decepcionada de Minami mientras le decía: “ninguno de los dos quiso esto”. Intentaba llevarse las manos en la cabeza y esconderse del ruido, pero fue imposible. Y pronto los flashes lo inundaron. Decenas de ellos golpeando su cara, decenas de más voces uniéndose a los gritos y a la burla. Yuuri lograba enfocar entre las luces los rostros llenos de odio y rencor.

Dijo que podría con el odio de Rusia, y era cierto… pero que el odio de Rusia fuera el mismo odio de Víctor era insoportable. Y mientras escuchaba la algarabía, sus ojos se llenaban de lágrimas y sus pulmones se quedaban sin oxígeno; todo lo que podía escuchar era la coral siniestra que daba eco a las palabras que Víctor Nikiforov soltó con rabia y dolor en ese pasillo.

“¡Tú fuiste el que decidió por los dos! ¡Tú decidiste irte y dejarme, Yuuri!”

—Yuuri. —La voz de Hirogu buscó traerlo de vuelta. Los ojos de Yuuri estaban aterrados, mientras sus manos apretaban el cojín con fuerza y sus hombros estaban tensos. Le estaba costando respirar—. Cuéntame qué has hecho desde que regresaste a Japón. —Necesitaba cimentarlo a la realidad, traerlo de vuelta. Hirogu buscó la mano de Yuuri para calmarlo y este se la sujetó con tanta insistencia que no dudó en mantenérsela tomada.

—Fui… Fui a ver a Takao. Tuve sexo con él, dos veces. —El hombre preguntó a qué hora había llegado al aeropuerto—: Diez de la mañana… fui entonces a verlo. Comí allá. Luego me bañé, fui al apartamento de Minami, me cambié, y fui al bar para verme con la profesora Minako. Salí de allí a las once de la noche. Llegué como a las doce a casa de Minami… me puse a caminar. Cuando llegué, me puse a contestar mensajes en mi perfil, no quise revisar el resto de las redes y…

Había tres mensajes de odio en su bandeja de solicitudes de mensajes anónimos, y aunque había una enormidad de mensajes de apoyo al haber publicado la noticia de la victoria de Minami, esos tres habían cobrado un peso aterrador porque estaban escrito en ruso.

No hubo una amenaza implícita a su integridad. No… hubo insultos y una frontal inconformidad por lo ocurrido en el Skate América. Era el odio visceral lo que hablaba allí.

Hirogu quiso ver los mensajes, pero al estar escrito en cirílico nada pudo comprender.

—Intenté dormir, pero tuve la pesadilla. Desperté alterado y sudado así que me bañé, me puse a hacer abdominales y sentadillas, luego me fui a la pista y patiné hasta que se hizo la hora de venir. Comí algo en el camino…

—¿Te asusta que atenten contra tu vida? —Yuuri renegó.

—Nunca intentaron hacerlo…

—¿Entonces qué te asusta? Ya habías recibido algunos así antes cuando anunciaste que serías entrenador, ¿cierto? —Asintió—. Entonces… —Yuuri le miró con aflicción—. Yuuri, ¿qué ocurrió en América?

Yuuri tuvo que hablar de aquel encuentro con Víctor. Habló de lo ocurrido entre Minami y Yuri, del golpe, de todo lo que sucedió esa noche, desde lo que sentía al ver a Víctor acercarse y tratarlo con familiaridad, así como el miedo que le daba quedarse con esa imagen. Le habló de cuando Víctor lo abrazó, de cómo se quedó en el sitio, anhelando al mismo tiempo que extrañaba ese contacto que sabía no podía ser para ese tiempo. Le habló de cómo momentáneamente había olvidado todo y se había dejado llevar por la comodidad del espejismo donde todo estaba bien. Cómo había podido reír y que no podía apartar la vista notando que era el mismo que antes. No era el hombre que había dejado, era el hombre que se había ido, aunque se mantuviera en casa.

Le habló de cómo intentó no dejarse llevar por esa atmósfera. Cuando Víctor lo llamó, lo que ocurrió. Que ahora esos gritos eran voces y voces de Rusia en su cabeza, que ahora en las pesadillas le aplastaban con la culpa porque sí, tal vez se equivocó. Sí, tal vez no debió irse. Sí, tal vez él tomó la decisión por los dos, él provocó el desenlace, él no fue fuerte, él fue cobarde, él tuvo la culpa, él…

—Yuuri. —Le detuvo. El aludido ya estaba temblando y llorando con desenfreno, sin ningún filtro en sus palabras rotas que eran empujadas con fuerza y desesperación—. Por favor, respira.

Era difícil respirar cuando se estaba ahogando. Cuando jalaba aire y no era suficiente, cuando el cuerpo le apretaba, las manos le sudaban, porque pese a llorar no era suficiente para soltarlo todo. Todo era más grande y no podía salir en forma de lágrimas.

—¿Qué más hubiera podido hacer? —Clamó desesperado—. ¿Qué más pude haber hecho por él? Y-yo… yo ya no sabía, ¡ya no sabía…! Intenté de todas las formas, ¡le peleé, le supliqué, le lloré! ¡Intenté hacerle el amor porque ya las palabras no servían! ¡Él me dijo que se arrepintió! ¡Yo no pude! ¡Otros pudieron y yo no pude! ¿Por qué yo no pude? ¿Qué hay mal en mí?

—Yuuri, escúchame.

—¡Tenía que irme, Hirogu! ¡Tenía que irme! ¡Si no lo hacía iba a destruir a Yura, iba a matar a Víctor! Y ahora él dice que no, que fue mi culpa, ¡pero no me dejó opción! ¡No me dejó! ¡Yo ya no podía! ¡Estaba cansado!

—¡Yuuri, por favor, escúchame! —Hirogu le tomó de los hombros para llamar su atención. Estaba alterado, sus ojos gritaban con desesperación—. Respira, respira conmigo. Hazlo… inhala, exhala. Así, lento. Escúchame Yuuri, necesito que te calmes, necesito que respires. Abre los brazos, cierra los ojos, inhala, exhala…

Permaneció por espacio de varios minutos haciendo el ejercicio con Yuuri, obligándolo a retomar el control. Había pasado ya bastante tiempo desde que había estado a nada de tener un ataque de esa fuerza, y le preocupaba. Sabía que en una semana tendría que estar en Rusia y no tenía idea de cómo Yuuri estaría para ello, ni a lo que se enfrentaría.

Si ya había llegado mensajes, Hirogu se podía imaginar un panorama preocupante.

Y sabía el detonante. No era el odio de Rusia, a Yuuri no le importaba que mil, diez mil, cien mil personas lo odiaran por haberse quedado con Víctor, o por haber tenido la oportunidad de estar con él. Fue porque, en algún momento, el rechazo que recibió de Víctor se convirtió en miles de voces a través de los fanáticos y cada uno de ellos les dieron fuerza a los pensamientos caóticos que Yuuri acumuló por meses, pensamientos de culpa a causa de aquel incidente, por ser él a quien Víctor quiso superar, él quien le quitó la corona, él quien también esperó de más.

—Así es… respira. —Se animó a tomarle la mano para apretarlas y hacerle saber su sentir. Sabía que debía hacerlo, que tenía que ayudarlo—. Necesito que me escuches, Yuuri. Piensa en aquel día, en ese día que tomaste la decisión. Cuéntame, cómo fue ese día que decidiste que tenías que dejarlo.

Estaba a solas en el puente de los besos. Yuuri podía recordar que en todo el tiempo que estuvo en Rusia, jamás estuvo a solas en ese puente emblemático. Yuri estaba en Moscú con su abuelo pasando las navidades, Víctor… seguía hundido e incapaz de hacer algo. Aunque intentaba hablarle, para Yuuri sus palabras habían perdido significado porque Víctor seguía sin mirarlo. Seguía sin poder verlo a los ojos… ¿cómo se puede amar a algo que no puedes ver? Todas las excusas de Víctor sonaban vanas, vacías, como la casa, como la cama, como él.

Faltaban dos semanas para los cuatros continentes. Él extrañaba a Yuri. Se sentía solo en Rusia y se dio cuenta que la aterradora combinación de soledad y dependencia podía empujarlo a desear cosas que estaban fuera de todo tipo de lógica, aprovechando el reciente conocimiento de los sentimientos de su amigo. Porque él solo quería el amor que Víctor ya había dejado de darle, él quería eso de Víctor, pero estaba dispuesto a recibirlo de quien sea si con eso dejaba de doler. Y aún más, estaban esos sentimientos mezquinos y oscuros que querían provocarle tanto dolor por cada golpe que había recibido en esos meses.

Hirogu escuchó, escuchó sin juzgar. Comprendió; las piezas faltantes estaban cayendo frente a él para comprender por qué un hombre tan enamorado aún había tenido que correr. Entendió porque Yuuri decía que se sentía un monstruo. Por qué vio un monstruo bajo el puente, porque corrió hasta quedarse sin aire huyendo de su propio reflejo. Porqué, al llegar a casa, tirar las puertas y saber que ni siquiera así Víctor se levantaría, se vio en el espejo y lloró. Lloró desesperado. Apretó sus manos mientras lo veía llorar, ya sin fuerzas.

—Hiciste bien en irte, Yuuri. —El aludido tomó aire con dificultad—. Tenías que irte.

—Pero Víctor… él dijo…

—No, tenías que irte. No podía ser de otra forma. Por muy egoísta que suene, Yuuri, lo más importante eres tú. Sólo tú conoces tu fuerza, sólo tú conoces tus límites. Nadie puede juzgar eso porque nadie eres tú. Tú encontraste tu límite y actuaste en consecuencia.

—Pero dicen que debí hablar, que debí…

—Ninguno de ellos fue tú. Ninguno de ellos ni siquiera saben cómo actuar en una situación límite como esa. Ninguno es capaz de comprenderlo. Hiciste lo correcto, Yuuri. Tenías que salir y salvarte. A veces, nos aferramos a cosas que nos destruyen porque alguna vez nos hicieron feliz. Pero aferrarse a lo que fue no es una forma sana de vivir. Lo importante es el ahora.

—Pero yo era su pareja… yo debía haber podido ayudarlo y lo único que hice fue…

—No Yuuri, nadie tiene la responsabilidad de las otras vidas. Ni siendo padres, ni siendo hijos, ni siendo pareja, nadie puede hacerse responsable de las decisiones y responsabilidades de otros. Solo de las tuyas.

—Yo quería salvarlo…

—No estaba en ti. Solo podías salvarte a ti, Yuuri. Y eso hiciste. Por eso estás aquí, tres años después, con una meta en la vida, con una vida iniciando. Y él a su modo logró lo mismo. —Yuuri lo miró, lo miró con angustia—. Ya suéltala… esa culpa, ya suéltala. Tienes que ver a ese Yuuri que tomó la decisión, entender la situación que estaba ocurriendo. Quizás el Yuuri actual tomaría otras decisiones, quizás haría las cosas diferentes, pero este Yuuri es producto de la decisión de ese Yuuri. Si ese Yuuri no hubiera decidido irse, este Yuuri no estaría aquí.

—No sé si este Yuuri hubiera tomado decisiones diferentes. —Hirogu le sonrió con comprensión.

—Yo sé que sí, porque conozco a este Yuuri. Cuando tú te des cuenta de ello, entenderás porque era necesario irte.                 

Hirogu se mantuvo en silencio, dándole tiempo para que Yuuri reflexionara sobre eso. Estaba seguro de que Yuuri había tomado demasiadas decisiones equivocadas, y que ya las sabía, desde la primera que fue simplemente poner la felicidad de Víctor por encima de la suya y dejar de celebrar sus medallas por él, hasta aquella que decidió no buscar más ayuda, incluso aquella en la que prefirió dejar de ir a un psicólogo y medicarse. Eran muchas… muchas decisiones: huir y enfocarse al hielo, seguir compitiendo sin ser sincero sobre su verdadera motivación, aceptarle tanto silencio a Víctor, no haberlo obligado a recibir ayuda… eran muchas. Pero si de algo estaba seguro es que la decisión de irse pudo ser la primera decisión correcta en esos años.

No importaba las formas y las maneras, en un momento así lo importante era correr.

Dándole ese necesario espacio, Hirogu suspiró mientras tomaba anotaciones en su libreta. Le estaba permitiendo a Yuuri todo el tiempo que fuera posible para ayudarlo a calmarse y ordenar sus ideas. También para que lo asumiera, pero sabía que ese no era el final del conflicto y Moscú estaba demasiado cerca. Hirogu pensaba si debía comunicarse con un amigo psiquiatra para recetarle algo antes de que se fuera. Era su última opción.

Hirogu subió la mirada y prestó atención a la nueva expresión de Yuuri: ojos brillantes tratando de captar algo en el aire, señal inequívoca de que algo estaba buscando decir. 

—¿En qué piensas, Yuuri?

—Hirogu… ¿cómo puedo soltarlo? —La sincera pregunta en su mirada provocó una pequeña sonrisa en el terapeuta.

—Puedes hacerlo aquí, ahora mismo. Solo tienes que aceptar tus decisiones, entender por qué las tomaste y porqué fueron necesarias.

—¿Y si no estoy aun 100% seguro?

—Tienes muchos asuntos pendientes, Yuuri. —Lo sabía. Yuuri lo sabía.

—Si voy… ¿podré soltarlo? —Hirogu levantó una ceja para empujarlo a continuar—. Si voy a San Petersburgo, ¿podré soltarlo?

—Si vas a San Petersburgo para hablar con las personas que debes hablar y entregarles lo que cargas, podrás hacerlo. ¿Por qué lo estás pensando, Yuuri?

—Porque quiero soltarlo. Quiero dejar de sentir esta culpa. Por más que me he repetido que no tenía otra salida más que irme, siento que no es suficiente. Que los decepcione. Estoy decidido sobre el camino que tomé, pero no quiero sentirme culpable. Lo primero que pensé cuando vi a Víctor fue que debí hablar primero y no demorarlo.

—¿Porque no lo hablaste en ese momento?

—Porque no quería fallarle a Minami… —Hirogu se acercó hasta sentarse de nuevo frente a él, increpándolo con la mirada—. Tenía miedo… —confesó—. Miedo de este resultado. Miedo de sentir que me había equivocado. ¿Pero que he logrado con atrasarlo? Solo lograr que más persona me señalen y yo encontrar más razones para juzgarme. Ya… ya quiero acabar con esto.

—Me parece una decisión razonable —elogió el doctor, con una mirada admirada mientras Yuuri volvía a bajar sus ojos.

—Usted… ¿cree que pude manejar mis emociones mejor en aquel momento? —El hombre soltó el aire con resignación.

—Con lo lastimado que estabas, no. Necesitabas alejarte para ver las cosas a la distancia y poder distinguir qué era lo que realmente deseabas.

—He tenido miedo de escuchar en Víctor la respuesta negativa. De escucharle que no me amaba, que se había arrepentido, que fui lo peor que le ocurrió, tal como escuchaba en mi cabeza cada noche. Ya sé que no es eso lo que voy a escuchar de él, pero acabo de darme cuenta de que duele más escucharle que siempre me esperó. Ahora me pregunto si hubiera sido un poco más fuerte, si lo hubiera intentado una vez más. ¿Hubiera logrado llegar a él? ¿Aún si él no me miraba? ¿Aún si agoté todos mis recursos para que volviera a verme?

—Probablemente no sin ayuda. —Le hizo ver—. Yuuri, él no fue el único que entró en depresión. Tú lo estuviste, tú llegaste a Japón en depresión.

—Ya no quiero vivir pensando en las suposiciones. Ya fue suficiente. Quiero que me diga porque no podía verme, porque dijo que se arrepintió, porque ahora dice que entre nosotros solo pasó “un mal momento”. Quizá no me guste la respuesta, quizá me encuentre que fui yo el estúpido, o quizá… confirme que tomé la mejor decisión.           

Hirogu tuvo que darle la razón y observar allí la respuesta que afirmaba su apreciación inicial. Este Yuuri era diferente.

La difícil decisión que tomó con su terapeuta no sería algo que caería en gracia a sus personas allegadas. La primera en enterarse fue Minako, quien lo había esperado afuera y apenas entró y lo vio con el rostro tan marcado por la crisis anterior, no tardó en preocuparse y en llegar a abrazarlo buscando consolarlo. Pero Yuuri ya no necesitaba consuelo, sus ojos brillaban determinados con lo que consideraba una acción contundente.

—¿Estás loco? ¿Ir a Rusia ahora? —exclamó la mujer—. Esto es una locura, Yuuri. ¿Qué pretendes con ir ahora?

—Quiero encargarme de todo lo que dejé pendiente allá.

—Puedes hacerlo después de competencia…

—¿Mientras me sigo encontrando con todos? ¿Qué hago mientras tanto? ¿Cuántos ataques de ansiedad tienen que pasar antes de eso?

—Pero hacerlo ahora, Yuuri…

—Es necesario —afirmó decidido, con las manos apretadas en su rodilla y la mirada rotunda y determinada. Minako conocía esa mirada, sabía que poco o nada podía hacer cuando Yuuri tomaba una decisión—. Tengo muchas cosas que dejar allá, empezando con muchas disculpas.

—Dijiste que no querías volver…

—¡Y no quiero volver! —aclaró, ofuscándose al tener que dar mil explicaciones de lo que consideraba una decisión personal. Minako entendió eso, así como entendió que Yuuri era un adulto y que debía ser tratado como tal, aún si ella quisiera protegerlo—. ¡No significa que estoy pensando en regresar con Víctor! Lo único que significa es que yo quiero seguir entrenando, quiero seguir en el hielo, quiero seguir apoyando a Minami y ¿por qué no? ¡A otros patinadores japoneses! Para hacer eso debo resolver todo, ¡para hacer eso debo estar listo para la copa Rostelecom! ¡No tengo tiempo, profesora Minako! ¡Dejé perder demasiado tiempo y le fallé a Minami cuando debí estar con él! No quiero fallar más, odio fallar…         

—Está bien… —Minako se pasó una mano por su cabello corto—. No hacía falta levantar la voz. —Rápidamente escuchó una disculpa de Yuuri, quien avergonzado bajó la mirada. Era inevitable mirarle con condescendencia—. Entonces le diré a Mari que tome el vuelo sola a Moscú. Yo me iré contigo a San Petersburgo.

—No. —Minako miró con desesperación mal disimulada a Yuuri, quien le devolvió la mirada con una muda petición—. Profesora Minako, usted estuvo conmigo al inicio de mi carrera, fue mi primera coreógrafa y mi primera entrenadora. Necesito que me apoye aquí. Minami debe seguir entrenando para prepararse para la copa Rostelecom. —La mujer soltó un largo suspiro—. No podría confiar en otros ojos sino los de usted.

—No seas adulador, Yuuri, ya conseguiste lo que quieres. —Se pasó una mano a la cara. De inmediato, dirigió una mirada interrogante al doctor quien sonrió de forma suave—. ¿Usted está de acuerdo con esta locura?

—Yuuri sabe que puede llamarme en la hora que lo necesite. —Eso sonaba una confirmación. Minako no estaba segura, no quería que las cosas se le salieran de las manos a Yuuri y le aterraba pensar que se iría solo. Completamente solo.

—Bien… parece que no me estabas preguntando. —Yuuri la miró para confirmar que solo le estaba informando—. Entonces vas a tener que procurar que cuando te encontremos en Moscú no seas el mismo Yuuri que llegó a Hasetsu hace tres años. Porque de ser así, no hará falta que tome un tren a San Petersburgo, será tu hermana quien lo haga y ruega que quede algo de Víctor Nikiforov después de eso.

—¿Cuántas veces debo decir que no fue culpa de Víctor? —Sintió la mirada punzante de su psicólogo en el cuello y Yuuri giró su mirada hacia él, comprendiendo lo que en silencio le transmitía. Se obligó a corregir—. Fue culpa de ambos. —Bajó la mirada—. Nadie va a ir a ningún lado a golpear a nadie. Esto es un asunto que yo debo resolver y me enojaré si alguien más interviene.

—Señorita Okukawa. —Llamó el terapeuta a la mujer, dirigiéndose con respeto, pero tratando de calmarla con una mirada tranquila—. No se preocupe, que el Yuuri que va a San Petersburgo es muy diferente al que seguramente vio cuando llegó a Hasetsu.

—Con todo respeto, doctor, usted no sabe lo que yo vi cuando llegó a Hasetsu.

Pero no era el mismo. Mientras Minako compartía la mirada con Hirogu, Yuuri comprendió el peso de las palabras del terapeuta al entender que no, no era el mismo. Estaba empezando a entender y a apreciar el enorme cambio que había ocurrido consigo mismo.

—Profesora Minako. —La voz de Yuuri sonó calmada, y la aludida lo miró con preocupación—. El Yuuri que llegó a Hasetsu no hubiera retomado el patinaje, no hubiera tomado a Minami de estudiante, no hubiera ido a competir a América —reforzó, haciéndola comprender lo mismo que él estaba viendo—. No hubiera creado los dos programas, no hubiera patinado Yuri on Ice en la exhibición de Tokio. No hubiera rechazado a Víctor ni estuviera pensando en volver a Rusia. Estoy tomando una decisión para que, al contar esta historia en unos años, no me arrepienta.

Minako tuvo que callar y observar en el rostro de Yuuri una decisión férrea. Tuvo que admitirse que era cierto que ese no era el Yuuri que llegó, y que a pesar de haber estado con él en esos meses apoyándolo con la terapia, hasta este momento podía notar lo que la experiencia había hecho en Yuuri. Suspiró, mitad aliviada, mitad preocupada. La decisión ya estaba tomada.

Llegar al estadio no fue difícil y Yuri lo hizo poco antes del mediodía. No tenía nada más que hacer en la casa, y tras haber desayunado algo bastante fuerte en un restaurant cerca, se dirigió al rink esperando que Víctor se encontrará a allá. No fue así; encontró a Mila, Georgi y Louis en sus prácticas rutinarias.

Dejó caer su morral en la banca y esperó sentado mientras Mila regresaba después de haber hecho un calentamiento en el hielo. Se veía agotada y en su semblante había una angustia secreta que Yuri supo detectar.

Sin más, la joven patinadora se dirigió hasta donde Yuri se había sentado y lo acompañó a su mirada hacia el hielo. Parecía buscar la manera de decir algo.

—¿Y Víctor? —preguntó por fin. Yuri ya se imaginaba que esa sería la pregunta considerando que de Víctor no se veía nada en el rink. No había llegado y Yuri se encogió de hombros, aunque no pudo evitar preocuparse.

—Dijo que nos veríamos aquí. Pensé que lo encontraría.

—No, no ha llegado. De hecho, Georgi y yo lo estamos esperando… —Mila soltó el aire con gesto triste y Yuri no pudo evitar mirarla con el ceño fruncido. Algo le decía que Mila quería hablar de un asunto importante e incómodo.  

—Escúpelo. —Exigió, moviendo toda su atención hacia Mila. Ella solo se removió para buscar en su bolso la Tablet y comenzó a mover los dedos sobre ella. El silencio que Mila extendía resultaba bastante incómodo y Yuri comenzó a sentirse ansioso. Para cuando ella le mostró por fin la pantalla, palideció.

“El rostro de la decepción rusa”, eso rezaba el titular de aquella página deportiva, acompañado con la foto de Víctor con una tristeza tan palpable que solo podía significar que la tomaron en la noche cuando llegaron al aeropuerto. De la sorpresa pasó a la indignación, y en una ráfaga de odio quiso tirar esa página, aunque la tuviera solo en el aparato y nada pudiera hacer para evitar que siguiera mostrando aquella asquerosa plana. Las manos le temblaron mientras la sujetaba y Mila tuvo que quitarle la Tablet para evitar que corriera el destino de sus muchos celulares.

—¡Qué mierda con esta gente! —bramó al levantarse y Mila solo soltó un suspiro apesadumbrado. Georgi levantó la mirada imaginando que ya sabía—. ¡Qué con esta maldita gente! ¡Los odio a todos! ¡Maldita sea! ¡A todos! 

—Yuri, cálmate. Por favor… —Y no había leído los otros titulares y noticias del evento que habían salido de los resultados del sábado. Cada uno era peor que el otro y ella sinceramente no quiso seguir leyendo más—. Nos preocupó mucho esta foto de Víctor, por eso lo estábamos esperando. ¿Qué ocurrió? Estaba bastante bien después de la gala cuando nos despedimos.

No estaba seguro de sí podría decirlo; consideraba que lo que había comentado Víctor era algo muy personal. Sin embargo, todavía le causaba irritación el que Christofer hubiera sabido de sus sentimientos por Yuuri, y si él podía hacer eso con su mejor amigo, ¿por qué no podía hacerlo él con su mejor amiga? Además, Mila no iba a usar esa información en su contra como sí lo hizo Christofer.

Se obligó a sentarse, pero no pudo evitar apretar con fuerza sus rodillas con el rostro marcado con la irritación.

—Antes de irnos al aeropuerto fue a hablar con Yuuri. Le pidió que volvieran y Yuuri se negó. —La expresión de Mila era un poema—. Te imaginarás…

—¿En serio le pidió volver? ¡Dios mío, Víctor! —Exclamó llevándose una mano a la frente—. Lo primero que le dijimos y lo primero que no hace. ¡Le habíamos dicho que fuera lento y lo tratara como amigo! —Yuri no podía estar seguro de cuando lo habían hablado, pero lo importante era que Víctor había hecho todo al revés—. Ahora entiendo… creo que todo se complicó con lo que ocurrió contigo y Minami…

—Ni me lo recuerdes…

—¿Te disculpaste? —Yuri la miró como si tuviera dos cabezas—. Debiste disculparte.

—¡Él empezó! —Ladró frustrado.

—Pero no debiste responder con un golpe, Yuri, lo sabes. Menos en la situación en la que estás con la federación. Pensé que te habrías disculpado con él, con eso de que se quedaron encerrados…

—No hablamos… Minami se la pasó golpeando la puerta y luego ignorándome. Había discutido algo con Yuuri, algo fuerte… lucía, destrozado. —Mila torció la boca.

—Debió haberse enojado mucho por la pelea. —Yuri se limitó a encoger los hombros.

No pudieron seguir hablando al notar la figura de la persona que entró. Lejos de lo que hubieran preferido, no se trataba de Víctor Nikiforov. Su traje negro y su rostro férreo denotaba la molestia e irritación que le provocaba estar allí y Yuri sintió que la sangre se le subió de golpe a la cabeza. Fue Georgi quien se acercó a recibirlo, pero nada evitó que le dirigiera desde su lugar una mirada despectiva, una que Yuri tardó en responder con evidente irritación. Aún si sintiera la saliva acumulada en la garganta.

—Yuri, por favor, no te exaltes —pidió Mila mientras le tomaba el brazo, con un tono suave y comedido—. Deja que Georgi se encargue…

Pero no, Dmitri Bukin estaba allí y no quería hablar con Georgi, no le interesaba lo que el joven entrenador pudiera decir. Quería hablar con Yuri Plisetsky y Víctor Nikiforov, y eso se vio al momento en que el hombre ignoró a Georgi, en frente de todos.

—Este maldito imbécil… —Fue suficiente. El enojo de Yuri lo llenó y bajó en largas zancadas para encontrarse con el hombre, mientras Mila iba tras él. Intentó detenerlo, pero poco pudo hacer cuando Dmitri le dirigió la mirada seria esperando que llegara hasta él.

—¿Dónde está, Nikiforov? —preguntó sin detenerse a saludar, y provocó un chasqueo por parte de Yuri.

—Ya viene. —Se limitó a explicar, conteniendo el temblor que la presencia de Dmitri en San Petersburgo significaba.

—Ya viene —repitió con franca aversión—. Y tú todavía no tienes los patines puestos. ¿Así piensan dejar en alto a Rusia? Son la una de la tarde, Plisetsky.

—Sr. Bukin —medió Georgi—. Le recuerdo que ellos llegaron a altas horas de la noche el día de ayer. Necesitaban descansar primero.

—Después de la vergonzosa participación en el Skate America, descanso es lo último en lo que deberían pensar. —Georgi iba a decir algo, pero el alto en la palma que Dmitri levantó le robó la oportunidad—. No intente justificarlo, Popovich, usted mejor que nadie sabe qué compromiso es una palabra conflictiva para Nikiforov. Ha hecho un buen trabajo en el Skate America, no manche su logro defendiendo lo indefendible.

—¿Qué quiere? —Yuri ya no quería seguir escuchando más. No quería tampoco que Georgi y Mila se vieran afectados por sus resultados—. Si algo quiere reclamar de lo ocurrido en Chicago, es conmigo. Víctor no tuvo nada que ver.

—Nikiforov tuvo mucho que ver, Plisetsky. Es evidente que está siendo demasiado indulgente con usted. Sígame.

Era una orden explícita y aunque Yuri quiso no obedecerla, siguió la espalda del hombre que caminaba rectamente hacia el pasillo. Las miradas de Mila y Georgi estaban sobre él, pero intento ignorarlas, sin embargo, ya se estaba preparando mentalmente para lo que venía.

Lo primero que Dmitri interrogó con su semblante serio y mirada eléctrica fue lo ocurrido en América con Kenjirou. Yuri se limitó a continuar con la coartada que Víctor Nikiforov había creado, pero los ojos de Dmitri lo observaban como si no pudiera creer ni una sola palabra. Su mirada lo escrutaba con seriedad y no había espacio a devolvérsela porque sentía que se daría cuenta de todo: de la mentira que Víctor había creado y la verdadera motivación de la pelea. No podía permitirlo.

Atorado con los nervios, el hombre lo observó un poco más antes de cambiar de tema, dejando el asunto de los golpes así. Lo siguiente que le dijo le heló la sangre.

—¿Has entendido? —preguntó con aire prepotente, mientras Yuri trabada su mandíbula—. Considera el fin de tu temporada si no calificas al GPF. Después de tu patética pres…

—¡Yura!

Ambos voltearon y Yuri abrió muy bien los ojos porque ya había reconocido esa entonación femenina. Larissa estaba allí. La rubia caminaba con sus altos tacones de piel de serpiente y un bolso enorme con el mismo material. El cabello rubio saltaba conforme caminaba punteando sus pasos y moviendo sus delgadas caderas entre su ropa ligeramente suelta y el abrigo que se ondeaba con cada movimiento. Los enormes lentes oscuros ocultaban casi la mitad de la cara, pero al estar ya a un par de pasos de ambos hombres, se los levantó dejando que su flequillo fuera empujado por ellos para despejar los llamativos ojos verdes.

—¿Quién es usted? —preguntó Dimitri con aversión en su rostro. Yuri al notarlo estuvo a punto de voltearle la cara de un puño por mirar de esa manera tan despreciativa a su madre.

—Eso iba a preguntar, ¿quién es usted? —Levantó su rostro, pese a su pequeña estatura. Sus labios pintados de rojos se doblaron con la misma mueca de asco que él parecía darle—. ¿Quién es este, hijo?

—Dmitri Bukin. —Se apresuró a presentarse y entrecerró sus ojos—. Miembro de la fede…

—Ah sí, con razón no lo conozco y usted no me conoce. El único que ha levantado la bandera rusa en el extranjero con orgullo ha sido mi hijo desde que estaba muy joven. —Dmitri calló y Yuri casi palideció con sus palabras—. ¿Qué hace aquí? Debería estar llamando a rueda de prensa y exigiendo a los medios que paren con los ataques a mi hijo. ¡Hagan lo único que saben hacer!             

—Larissa…

—Con todo respeto, señora…

—Señorita. —Aclaró abriendo bien los ojos—. Y nada de respeto, que todo lo que me queda claro al encontrarlo intimidando a mi hijo que tiene todo menos respeto. ¿Dónde está el reconocimiento de la federación del trabajo que hizo? Sí, falló en un programa, en la mitad de él para ser específica, pero eso no significó estar en un último lugar y aún tiene oportunidades de clasificar. Conozco a mi hijo tanto como deberían ya conocerlos ustedes y saben que jamás una derrota es suficiente para desanimarlo.

—Está interrumpiendo una reunión oficial. —Aclaró Dmitri, enrojecido hasta las orejas. Yuri estuvo atento a cualquier expresión mientras intentaba esconder el placer que le provocaba leerle tanta irritación.     

—¿Oficial? ¿En medio de un pasillo? —Se llevó la mano a su pecho con clara contrariedad—. Oh, pero han desmejorado mucho sus reuniones oficiales. —Yuri apretó los labios para no soltar una carcajada—. Esto no es oficial, señor… federación. Ni vale la pena aprenderme el nombre. —Soltó con desagrado ante los ojos sorprendido del mayor—. Pero si tendrá algo oficial cuando los denuncie a todos ustedes por acoso a mi hijo.

—No puede denunciarnos por eso.

—Encontraré la forma de hacerlo, la encontraré, así como me llamo Larissa. Haré tal escándalo que todos los ojos internacionales tendrán una nueva forma de ver a la federación Rusa en el mundo. Créame que tendrá mucho trabajo si eso pasa. Y estoy segura de que Nikiforov estará muy dispuesto a ayudarme a hacerlo.

Dmitri la miró como si se tratara de algo monstruoso y aunque intentó hablar, terminó apretando los labios con enojo mal disimulado. Entonces le dirigió la mirada a Yuri, quien se había mantenido callado, pero lo miraba con cierto orgullo filtrado en sus ojos.

—Ya nos veremos en Francia. —Soltó, dispuesto a irse.

—Ganaré en Francia, Bukin. —Aseguró Yuri, mientras sentía a su madre procurar abrazarlo por el costado y dejó caer su brazo sobre ella sin detenerse a pensar en el gesto—. No por ustedes, ni siquiera por Rusia. Lo haré por mí.

—Nos veremos en Francia, señor federación. —El nuevo mote que Larissa le había dado a Dmitri le provocaba reírse, más cuando ella movió sus dedos sugerentemente con una sonrisa soberbia.

Dmitri se limitó a mirarlos a ambos con desagrado antes de caminar a la salida del pasillo, justo cuando Víctor Nikiforov estaba entrando con su bolso de entrenamiento. Buscó entonces entablar la conversación con él, y Víctor, haciendo uso de su paciencia, lo convidó a entrar a la oficina que usaba Yakov para ese tipo de reuniones, no sin antes darle una orden implícita a Yuri de empezar el calentamiento y saludar a Larissa de lejos. Cuando ambos desaparecieron de su vista, Larissa le tomó el rostro a su hijo obligándolo a inclinarse.

—¡Dios mío, estos golpes! —Soltó preocupada y Yuri pestañeó repetidamente—. Esos maleantes degenerados, mira que golpearte así.

—Si, era un enano revoltoso —dijo divertido, mientras sentía los dedos de Larissa sobre su mejilla como si calculara el daño—. Yo lo golpeé más. —Larissa lo miró orgullosa y antes de que Yuri reaccionara ya había dejado un beso en su mejilla lastimada. El sonrojó le llenó la cara y tuvo que carraspear—. Y… ¿qué haces aquí? —La mujer puso una expresión de bochorno e indignación.

—¿Cómo que qué hago aquí? ¡Vine a verte! No me has respondido el teléfono desde el sábado, y supe lo que te hicieron esos maleantes. Tenía que venir. —Yuri la miró con cierta desazón, seguro había ido corriendo a buscarlo sin saber si quiera que lo encontraría. También admitía la larga fila de mensajes que había recibido de ella, pero habían pasado tantas cosas que no se detuvo a contestarle. Tampoco a Otabek, ahora pensaba, quien también le escribió preocupado.

—Estoy bien, no fue nada. —Larissa insistía tocándole el torso y los brazos como si pudiera buscarle una fractura—. En serio, Larissa, no me pasó nada.

—Está bien, está bien… —murmuró resignada, mientras le daba un poco de espacio. Incluso para ella, aunque deseara el contacto y los acercamientos, aún le era extraño saber hasta qué punto podría permitirse soltar toda su dulzura con su único hijo—. Volveré mañana a Moscú, dejé muchos asuntos pendientes de trabajo para venir hoy, pero… me gustaría que cenáramos juntos esta noche. ¿No quieres unos deliciosos Piroshky hechos por mamá?

—¿Podemos darle a Víctor? —Le sorprendió el pedido, pero Larissa no dudó en asentir. Yuri no quería darle tiempo a solas a Víctor, mucho menos dejarlo solo en la casa a deprimirse.

Y si lo pensaba más detenidamente, le preocupaba que estuviera ahora a solas con Dmitry.                       

Pero contrario al panorama que Yuri se imaginaba, en aquella oficina Víctor era quien tenía el control de la situación. Había lanzado tres periódicos cuyos números del fin de semana y de ese día estaban una foto de él o de Yuri en primera plana, con los titulares marcando lo vergonzoso y desastroso que fue su participación en America. Dmitri observaba todo con falsa indiferencia, mientras Víctor prestaba atención a las fotos que aún estaban colgadas en las paredes de aquella oficina que antes presidía Yakov. Ni él ni Georgi se habían atrevido a cambiar nada de lo que estaba allí, pero se podía ver las decenas de fotografías de toda la carrera de Yakov y la decena de jóvenes que estuvo apoyando a lo largo de ella. Víctor prestaba atención a aquella en donde estaba en su debut como senior, con la corona azul en su cabello largo y la sonrisa orgullosa de su entrenador.

Podía recordar ese tiempo. La presión de la federación pretendió asfixiarlo y Yakov lo protegió y le permitió usar su creatividad y expresarse en la pista como quisiera, aunque al inicio no se encontrará muy de acuerdo. Recordaba cuando le dijo que quería usar la ambigüedad de su edad para jugar con la visión femenina y masculina de su cuerpo, cuando le permitió explotar en la pista con la sensual inocencia que aún poseía, y como lo fue acompañando tiempo después cuando su carrera comenzó una subida sin ningún freno hasta convertirse en la leyenda.

Yakov debió ser fuerte y estricto no solo para guiarlos a ellos a alcanzar sus metas sino para protegerlos de las exigencias de la federación, y ahora lo comprendía. Víctor ahora podía entenderlo. Y por eso estaba tan enojado al ver esos artículos.

—¡Cuántas medallas alcancé para Rusia! —Exclamó al aire, como si recitara algún poema bohemio—. Cinco de oro en World Champion, cinco Grand Prix Final, perdí la cuenta de las europeas y ni hablar de las nacionales rusas. —Movió su mano en el aire, como si espantara alguna mosca, mientras Dmitri permanecía en silencio—. Y mi rostro ahora es sinónimo de vergüenza rusa.

—Nikiforov…

—¡Y Yuri Plisetsky! —Le interrumpió, al tiempo que caminaba hasta la fotografía donde Yakov, junto a Lilia acompañaban a Yuri Plisetsky con el oro del Grand Prix, también había una donde era él y Yuuri con su medalla de plata quienes lo acompañaba en el podio. Tantos recuerdos… tanta ironía—. El más joven ganador de un Grand Prix, con una marca mundial que nadie aún ha superado. Ahora es sinónimo de vergüenza rusa.

—Nosotros no estamos detrás de estas publicaciones.

—Pero callan. —Soltó Víctor al girar su mirada enojada hacía Dmitri—. Callan y respaldan esta barbaridad sin decir absolutamente nada. Pensé que vendría a decirme que ya estaba lista una rueda de prensa para mitigar estas publicaciones y mostrar que el respaldo que tenemos de la federación es real, pero… Es decepcionante. —Dejó un largo suspiro mientras se cruzaba de brazos—. Debería irme a otro país… mmm quizás Suiza. Tengo a mi ahijada allá, mi mejor amigo, sé que Masumi me ayudaría con la federación Suiza y podría apoyar a los nuevos talentos que están naciendo allá. He escuchado buenos comentarios de Giovanni Ritz. —Dmitri se había tensado imperceptiblemente—. Creo que puedo pedir nacionalidad, dudo que la federación Suiza tenga algún problema con ello. O podría irme a Japón, a Yuri le encantará volver a estar con Yuuri a allá. Durante un tiempo Japón me había propuesto el obtener su nacionalidad, aunque con estar un año en ella con trabajo fijo sería suficiente. Yuri por supuesto que estaría muy contento de compartir la pista con Yuuri.

—¿Cree que Japón le abrirá los brazos después de lo ocurrido con su estrella?

—A diferencia de Rusia, Japón conoce muy bien la palabra privacidad.

—¿Es una amenaza, Nikiforov?

—Para nada. —Desmintió al tiempo que se sentó frente al escritorio y jugaba con un bolígrafo que había sobre la madera—. No es mi estilo. —Sonrió largamente—. Solo que cuando decido las cosas, simplemente las hago. ¿Será que recordaremos este día?

Dmitri se levantó dejando un fuerte golpe en la mesa, ofuscado por la presencia de Víctor y la forma en que se había dado la reunión. Pero Víctor no estaba para dialogar, no después de lo que había leído y visto y lo que sabía podía estarse diciendo en las redes. Mucho menos si recordaba las pocas cosas que logró ver lo de la prensa rusa contra Yuuri. Víctor pretendía demostrarle a la federación que, si no les daba apoyo, serían ellos los que perderían. Porque, por supuesto, se llevaría a Yuri a donde quiera que decidiera ir. Dudaba que Yuri tuviera apego a la nación después de esto, y poco le importaría la bandera que ondeaba de su cuello si tenía una medalla de oro en sus manos.

El hombre lo entendió. Caminó con molestia hasta la puerta y al abrirla, la voz de Víctor se volvió a escuchar.

—Es mejor que no sea yo quien llame a una rueda de prensa, Dmitri. —El aludido giró su mirada sobre el hombro, mientras percibía la potente mirada de Víctor—. Y esto si puedes tomarlo como amenaza.

La puerta cerró. Víctor supo que tenía demasiado por hacer.

Minami había notado a Yuuri ligeramente desconectado y agotado en toda la práctica, pero estaba apoyado por Minako, quien se encargaba de hacer algunas correcciones a la repetición de las rutinas. Él entendía, consideraba la larga cita que tendría con Hirogu en la mañana; pero el verlo así también le preocupaba. Le mostraba que esta cita debió ser tan fuerte como las primeras y, con lo que había ocurrido, imaginaba el porqué.

En silencio acabaron las prácticas y volvieron al apartamento, Minako siempre acompañándolos. Yuuri estuvo revisando cosas en su móvil mientras Minami intentó distraerse para no preocuparse de más. Pero había algo en el ambiente, algo que le hacía intuir que le estaban ocultando información importante. Y esa sensación incrementó ya estando dentro de casa.

Tras la cena que Minako intentó llevar en paz y una corta conversación con su padre, quien había estado allí para descansar antes de un nuevo viaje a Tokio; los tres se quedaron en el comedor, en silencio. Minami empezó a impacientarse.

—Minami, necesito comentarte algo importante. —Inició Yuuri, con las manos sobre la mesa—. Ya en el viaje te había comentado lo que ocurrió con Víctor y conmigo antes de regresar. Hoy hablé con Hirogu al respecto. También pensé mucho en todo lo que me dijiste… Y tienes mucha razón en muchas cosas. Quizás he callado demasiado por demasiado tiempo y mientras esto siga así los riesgos de un ataque de ansiedad aumenta, sobre todo ahora que viene Rostelecom. Porque lo que tuve esos dos días de competencia fueron inicios de un ataque de ansiedad.

—Lo sé… —dijo con la voz atorada. Casi le costaba sacar el aire entre sus labios rectos y la tensión de su espalda.

—He decidido ir a Rusia antes de la copa Rostelecom. —Soltó sin anestesia y se fijó en el modo en que la espalda de Minami se había tensado—. Tengo que hablar con Víctor, con Yura, incluso con los otros allá. Terminar de cerrar el ciclo para continuar avanzando. —Antes de que Minami hablara, Yuuri le interrumpió—. No estoy abandonando mi puesto como entrenador Minami, no te estoy abandonando. Te esperó en Moscú para la copa Rostelecom.

—¿Estás seguro de que es lo mejor para ti? —Asintió—. ¿Vas acompañado? —Renegó—. ¿Quieres que yo…?

—Necesito que te concentres para prepararte para la competencia. Te vas a enfrentar a J.J, y nunca ha sido un contrincante fácil. Y Seung-Gil ganó en las olimpiadas. Necesitas dar lo mejor de ti en Rusia, Minami, y para eso necesito que te enfoques. La profesora Minako quedará a cargo de ti mientras estoy en San Petersburgo, luego me encontraré contigo en Moscú y regresaremos juntos a Japón con una medalla. 

A pesar de la confianza que irradiaba las palabras de Yuuri, Minami temió, temió que pudiera ser demasiado lo que le esperaba en Rusia, que no pudiera tolerarlo. Yuuri leyó ese miedo en sus ojos, en la forma en que lo miraba y en el temblor de los labios que no hallaban qué decir, cómo detenerlo. Así que le tomó la mano y la apretó. Era la primera vez que el gesto nacía de Yuuri así que era significativo, pese al momento.

—Tú mismo lo dijiste, Minami… Las palabras deben avalar las acciones y las acciones deben avalar las palabras. No sirve de nada si te prometo estar contigo si no soluciono lo que me impide estarlo como debería. No sirve actuar como si todo hubiera acabado con Víctor, si no soy capaz de decírselo en la cara sin que duela. Toda esta ansiedad es porque estoy huyendo, y ya me cansé de huir. Necesito que me apoyes en esto…

La respuesta contundente de Minami no podía salir a través de las palabras, sino de sus gestos. Cuando él se levantó y abrazó a Yuuri, con fuerza, para Yuuri quedó claro que esa era su manera de decirle que estaba con él.

—Entrenaré muy duro para enorgullecerte en Moscú. —Le aseguró Minami al apretarle la espalda y Yuuri asintió seguro de ello.  

Ahora tenía lo necesario para el paso que iba a tomar. Phichit al saber la noticia no tardó en ayudarlo a buscar los vuelos directos más económicos que se pudieran conseguir para su destino, apoyándolo en todo momento en la decisión que había tomado, y asegurándole que ese era el Yuuri que él conocía. El que se aburría de estar deprimido, el que tomaba las decisiones para seguir avanzando. Podría tardar, pero lo hacía. Podría sonar egoísta, pero lo hacía.Y ahora quería enfrentar a Rusia. Quería hacerlo para que, al cruzar los pasillos del estadio en Moscú, con las banderas rusas ondeando a su alrededor, tuviera la fuerza para mantener el rostro en alto en el lugar donde el odio de todo un país gritaba la soledad que Víctor le había provocado en su casa. Tuviera la paz para buscar al lado de Minami el ansiado oro.            

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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