Primer nivel: Superficie


Yuuri suspira al momento en que extrae del armario un par de camisas que le pertenecen a Víctor. Sus manos tiemblan ante el tacto de la tela mientras una parte de su cabeza se pregunta qué demonios está haciendo. Esto no eres tú. Esto no es para ti . Las pega contra su pecho, las abraza contra sí como si fuera al mismo Víctor a quien tuviera entre sus brazos. Apenas puede distinguir un ligero humor de suavizante que ha quedado después de lavarlas, pero sabe bien que ese no es el olor natural de Víctor, no es el mismo que percibiría de él cualquier Alfa o, sobre todo, Omega. Chris le ha dicho en más de alguna ocasión que Víctor huele a una combinación dulce de mango y rosas, un aroma ciertamente extraño para un Alfa, pero que a Yuuri le encantaría percibir. Sonríe al tratar de imaginarse ese olor, lo que sería percibirlo desde sus ropas, desde el propio sudor de su piel.

Un par de camisas no serán suficientes: Yuuri extrae más prendas del armario, desde pantalones, pants más informales, calcetines e incluso algo de ropa interior. Un ligero rubor rojizo colorea sus mejillas al tomar las trusas limpias de Víctor y arrojarlas sobre la cama. Pronto logra formar un montículo generoso hecho de prendas que únicamente le pertenecen a su pareja. Se toma el tiempo y la libertad de acomodarlo todo para crear un semicírculo alto, uno donde en el centro haya el espacio suficiente para que él pueda entrar sin romper la armonía de ese nido . De todas formas, se siente inseguro con el resultado, no sabe si la forma y el tamaño son realmente correctos. Es imposible para Yuuri saber que eso no se trata de imagen, sino de instinto y deseo de protección.

El siguiente paso es desprenderse de su propia ropa, como si un calor interno estuviera quemándole las entrañas y solo quisiera deshacerse de él. En tan solo unos momentos se encuentra desnudo y coloca sus prendas sobre las demás para completar el escenario, ese remolino de aromas y calor que deberían ser como un refugio. A partir de ese punto solo le queda esperar, entrar al hueco que ha creado y tomar una de las camisas de Vìctor, la favorita de él, la que más usa y que seguramente resguarda más su olor, para cubrirse con ella la cabeza y el cuerpo, como si se tratara de un velo.

No sabe cuánto tiempo ha transcurrido cuando escucha la puerta principal abrirse y la voz de Víctor, ligera, cantarina, llegar hasta sus oídos al anunciarle que se encuentra ya en casa. Yuuri contiene la respiración, aprieta sus labios mientras el nerviosismo se acrecienta en su ser a un millar por ciento. No responde al “Yuuri” que Víctor suelta desde la cocina, seguro confuso de encontrar la casa en silencio, aparentemente vacía. El llamado se repite, ahora desde la sala, y Yuuri cree escuchar los latidos de su propio corazón retumbar con fuerza contra sus oídos. Después en la escalera, y Yuuri siente su estómago revuelto y apretado, con una sensación que amenaza con hacerlo vomitar. Cuando escucha a Víctor detenerse frente a la puerta, intenta respirar profundo y controlar el temblor nervioso de su cuerpo entero, sobre todo el de sus dedos, esos mismos que sujetan con más fuerza la camisa de Víctor con la cual trata de envolverse más, en busca de mayor protección.

—¿Yuuri? —El tono de Víctor se torna con genuina preocupación, ansioso de no ver señales suyas por la casa cuando debería encontrarse ahí. Yuuri cierra los ojos y respira una vez más: los nervios no desaparecen, incluso lo ahogan más que antes. ¿Creerá que es ridículo lo que está haciendo?

—Estoy aquí…   —Finalmente responde, apenas con un ligero rumor en su voz, y escucha tras la puerta un suspiro leve de alivio.

—Lo siento, cariño, ¿estabas dormido…? —Víctor abre la puerta, pero detiene todo de sí cuando enfrente suyo aparece la escena que Yuuri ha preparado solo para él: su cuerpo desnudo, rodeado y cubierto por prendas que son de su propiedad, mismas que deberían estarlo impregnando con su aroma de Alfa protector.

La expresión de Víctor se llena con una extraña combinación de sorpresa y confusión, y no es capaz de articular alguna palabra con coherencia; no obstante, Yuuri sabe perfectamente qué es lo que desea preguntar, y responde:

—Es mi nido… —Las mejillas de Yuuri se encienden con más intensidad y voltea su mirada a un lado, incapaz de sostener esos cristales azules que tratan de comprender aún.

Yuuri es un simple Beta, alguien que no siente el instinto de protegerse en un nido como lo haría un Omega en celo; sin embargo, está ahí, dispuesto a cumplir una fantasía que Víctor siempre tuvo antes de conocerlo: que su Omega destinado le permitiera entrar a su nido alguna vez. De alguna forma, a Víctor le excitaba pensar la clase de intimidad y confianza que eso conllevaba, mucho más profunda y real que el solo penetrar su cuerpo.

Víctor se recarga en la puerta, con una sonrisa que baila temblorosa sobre sus labios. Parece intentar contener su risa, aunque es bastante obvio, por el brillo oscurecido que se vislumbra en sus pupilas, que no se trata de burla, sino de incredulidad y emoción. Intenta con todas sus fuerzas no arrojarse sobre Yuuri… aún, pero le es inevitable el contenerse del todo y termina por deshacer el nudo de la corbata y desabrochar el primer botón de su camisa. El movimiento de su pecho se ha vuelto arrítmico y de pronto siente su piel ardiente. Suda…

—Supongo que querrás que me vaya y te deje solo, cariño —La voz de Víctor se vuelve un gruñido bajo, casi suave y aterciopelado que hace a Yuuri estremecer. Aquello es como una orden que lo obliga a mirarlo para encontrarse de frente con algo que lo desarma por completo: la sonrisa amplia y tan hermosa de Víctor, misma que demuestra hambre, que vuelca sobre su cuerpo y lo araña, lo atrae hacia él. Ahora es Yuuri quien desea arrojarse contra esa bestia en que se está transformando; no obstante, se abstiene, y tímido cambia de posición, desdoblando por unos segundos las piernas rectas que lo habían estado cubriendo. Durante unos segundos le permite a Víctor la visión perfecta de su entrepierna: ligeramente erguida, ligeramente acalorada, en espera de más estímulos y atención. Ante dicho movimiento, Yuuri deja caer la camisa que le cubría la cabeza y peina su cabello hacia atrás, con un gesto lento e hipnótico para quien lo observa ya sin aliento alguno. Entonces le sonríe coqueto a su Alfa, pero sin perder ese dejo de timidez que pone a Víctor de rodillas.

—En realidad… Quiero que entres aquí y me acompañes. —Yuuri no sabe cómo es que sus palabras no se han atragantado al pronunciarlas, cómo su pecho todavía sigue en movimiento cuando instantes antes ha sentido su corazón detenerse en un vuelco brusco. Cómo es capaz de sostener la mirada de Víctor, misma que ya le ha hecho el amor un millón de veces en su cabeza, que ya lo ha devorado sobre la cama hasta hacerlo por completo suyo y dejarlo jadeante, sin fuerzas, pero con una mayor satisfacción y necesidad de él.

Por supuesto, no tiene que decir más: Víctor se abalanza sobre su cuerpo, con su bestia interna ya arañando las paredes de su mente. Sus manos se apresan en los muslos de su Beta, sus dedos se clavan profundamente en la carne del otro y los dientes, la lengua, todo de sí se dedica a degustar la piel salada de Yuuri. Está sobre él, lo aprisiona con fuerza sobre aquellos montículos de ropa que han perdido su forma.

—Rompiste mi nido…   —Como si a Yuuri realmente le importara, pero sabe que a Víctor sí, que mantener la fantasía de ser un Omega en celo en un nido será lo que propicie el éxito de su plan. Cree que es esa idea la que ha despertado el apetito en Víctor, cuando en realidad ha sido el gesto por sí mismo, la sola acción de que su Beta amado quisiera cumplir un deseo ingenuo de su juventud. Y no es la primera vez que hace algo así por él.

Pronto Yuuri se siente sobre expuesto, indefenso contra un gran peso y calor que pudieran asfixiarlo. Y cada una de las acciones del Alfa se tornan como un remolino a punto de arrasar: los mordiscos se vuelven más profundos, los dedos rasguñan la piel como papel y los besos se alargan tanto que le provocan a Yuuri una sensación de mareo y vértigo. Víctor no deja de restregarse contra él, de presionar pelvis contra pelvis para hacerle notar la evolución de su apetito y como este comienza a presionar también. Yuuri se abraza a él, se deja explorar por aquellas manos ansiosas que lo aprietan hasta marcar. Entonces cierra los ojos, se muerde los labios y añora cuanto lo ama…  cuanto lo desea dentro de sí.

—Lo siento… pero… Yuuri… No puedo contigo… Me encantas… Me encantas tanto…

Son las palabras de su Alfa el mejor afrodisiaco, un orgasmo auditivo que hace a Yuuri convulsionar: ya no sabe si es de amor, de placer, de deseo, de todo un conjunto que revienta y arde bajo su piel.

El resto ocurre entre mareas de calor y asfixia, entre pieles que buscan saciarse solo entre sí y exploraciones que los llevan a lo más profundo del otro. Víctor lo abre con cuidado, baja poco a poco sus besos y mordiscos por todo su cuello, su abdomen y muslos: de esa forma ruega por el permiso de continuar. Lo demás se vuelve errático cuando finalmente saborea el interior de Yuuri y se siente envuelto. Punza, jadea y arremete, y repite ese instante en un ciclo que ambos desearían volver infinito.

La mejor vista resulta para ambos: un Víctor que sonríe coqueto y que ríe lleno de amor y satisfacción, que le gruñe al oído y que no deja de decirle lo mucho que le encanta; y un Yuuri que se retuerce en placer y que, con labios entreabiertos, ruega por un poco más…  Solo un poco, solo hasta que estalle, solo hasta que el propio ardor de sus entrañas lo consuma en una totalidad. Y así es, el final siempre llega con una explosión, y ambos terminan hechos tan trizas, pero sintiéndose más completos que nunca antes.

Sin embargo, ese no es el mayor de sus placeres: lo es la sensación de quien se sabe el universo entero para alguien más, desde el más mínimo gramo de arena hasta la más grande de todas las galaxias. Eso es Yuuri para Víctor, eso es Víctor para Yuuri: un todo, la superficie y la profundidad.

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