Como setas después de la lluvia (Cap 02)


Cap 02: La semilla fértil

Aunque la idea no le agrada, tiene que seguir el consejo de Yakov y procurar el bienestar de su estudiante, quien ha decidido buscar por su cuenta un lugar en donde vivir mientras continua su entrenamiento en Rusia. Para agilizar la búsqueda, deciden tomarse un par de días libres de entrenamiento y Víctor sigue a Yuuri en el intrincado mapa que creó para ubicarse en la ciudad. Las zonas que Yuuri ha encontrado no le agradan del todo, pero prefiere callar y simplemente dejarlo tomar la decisión, aunque espera en lo más profundo de su ser que compruebe por sí mismo lo inadecuado que es y decida quedarse con él aprovechando su oferta.

Víctor no necesita el dinero de Yuuri para mantenerse en Rusia, tiene suficientes ahorros más el apoyo de sus patrocinadores a pesar de haber detenido su carrera. Pero si Yuuri quisiera pagarle a él una parte de la renta para sentirse más cómodo, la recibiría con gusto y la guardaría aparte para gastarla con toda libertad en regalos en medio de sus viajes de competencias, precisamente, para Yuuri. Ante sus ojos es un buen plan.

Sí, era cierto que su idea inicial al ir a Japón había sido el responder a lo que creyó era el coqueteo de Yuuri en la pista de baile, empujado a su vez por comprobar si sus sentimientos eran sinceros y verse inspirado al verlo imitar su presentación. Ya había aprendido la lección: Yuuri solo estaba borracho, ni siquiera quería comentar sobre lo ocurrido y él debía calibrar sus expectativas. Yuuri era más que el encantador bailarín borracho del banquete, más que el patinador frustrado tras su último lugar en el GPF, más que el hombre terco que decidía que iba a pagar una renta aparte y sacar dinero para cubrir sus horas de entrenamiento. Y él desea conocer esos ‘más’ que sobrevuelan cuando está frente a él.

En este instante Víctor comprueba una nueva faceta: el joven adulto y frustrado que ve con desagrado la nueva visión del apartamento, uno en un edificio soviético que tiene poco que alabar. El edificio se ve viejo y con falta de mantenimiento, el apartamento es pequeño y ligeramente húmedo. El aroma no es del todo agradable debido a esa humedad y a Víctor le da la impresión de que ya está ocupado por otros inquilinos más pequeños, molestos e incluso, espeluznantes.

—Wow. Parece un “hogar dulce hogar” —Se mofa sin contenerlo y Yuuri gira la mirada para enfrentarlo con las cejas marcando su tribulación—. ¿No te gusta?

—Es… —Yuuri calla mientras revisa algunos cajones ligeramente desencajados de la cocina, con la madera abierta y dañada—. Está en muy mal estado.   

—Se ve que nadie le ha pasado una mano desde la caída de la URSS. —Víctor camina en el apartamento frío, asomándose a la ventana donde se ven las callejuelas que los petersburgueses solían usar para recorrer el barrio. Algunos tendederos de ropa cuelgan entre ambos edificios y la gente camina debajo de ellos.   

—Mejor busquemos el otro. —Yuuri mueve sus dedos sobre el móvil y Víctor adivina que está desechando la idea de quedarse en ese apartamento. Habla entonces con el encargado, agradeciéndole su oferta, pero afirmando que no cubre sus necesidades.

Yuuri podría encontrar algo mucho mejor si abandonara la idea de pagar las horas de entrenamiento de Víctor y ocupara ese dinero como parte de su presupuesto para la renta, pero es necio y está convencido de que puede hacer las dos cosas a la vez. Víctor deja que él mismo compruebe que no es así; desgraciadamente, aunque su ciudad sea hermosa y posea edificios muy cuidados y en buen estado, dignos de las visitas de todos los turistas del mundo, la realidad de la ciudad es que para el urbanismo posee aún los errores del antiguo régimen: edificios en mal estado, sin mantenimiento, en condiciones que él considera imposibles para vivir. Víctor está seguro de que el apartamento de Yuuri en Detroit, pese a que seguro fue pequeño, resultó cómodo y sobre todo higiénico. Yuuri no podría vivir en un lugar como el que acababan de visitar. 

Al acabar la visita, ambos salen del edificio y se dirigen a su auto aparcado fuera de la calle. Víctor ingresa al vehículo, escucha la puerta del copiloto cerrar y enciende el motor. Ya solo le queda esperar por el nuevo destino que Yuuri tiene dispuesto en su plan de viaje, por lo que se coloca el cinturón y posiciona sus manos sobre el volante. Yuuri susurra casi solemnemente a la dirección, acotando que la cita para la visita era dentro de dos horas. Víctor entonces lo mira y la eventual alegría que siente por cada dirección tachada, se diluye al ver la mirada caída de Yuuri en sus propias manos, mordiendo su propia frustración. ¿Qué sentido tiene sentirse feliz si su alumno está así de apagado?    

—Todavía tenemos tiempo, ¿te parece si vamos a comer algo? —Yuuri levanta la mirada y un ligero brillo se adivina en sus pupilas. Siempre es buena idea invitarlo a comer.

A pesar de que llevan poco más de tres semanas viviendo en Rusia, Víctor comienza a entender poco a poco la manera en que Yuuri disfruta de su día a día. Los mejores rostros de Yuuri los consigue cuando lo invita a comer algo rico, algo que le haga estallar su paladar de sabores y le llene las mejillas de un rojo feliz. Víctor decide en ese momento invitarlo a una restaurant de comida casera que solía visitar cuando era más joven y le agrada ver que aún está en buen estado. Al decirle que solía visitarlo con asiduidad al iniciar su carrera senior, comprobó la emoción que Yuuri sintió al estar allí. 

—No deberías estar tan preocupado por buscar un apartamento —dijo tras pedir el plato para ambos. Decidió iniciar con borsch y luego que Yuuri probara el delicioso stroganoff que servían en ese lugar—. Cuando estaba en Hasetsu, no tenía problema en quedarme en tu casa.

—Mi casa es un hotel…  —dijo con cierto tono de obviedad. Víctor apretó sus labios e hizo como si no fuese algo tan evidente.

—Pero prácticamente desocuparon un espacio para mí —Allí fue el turno de Yuuri enrojecer—. Así que no se trataba de que sobrara espacio.   

—Es que… todos en casa queríamos que estuvieras muy cómodo. 

—Yo también quiero que lo estés.

Yuuri sube su mirada, y Víctor es capaz de ver en el marrón de sus iris la duda y el calor que se aloja allí, como dos culebras intentando dominarlas, pero con la misma fuerza que al final se terminan rindiendo. Y él está siendo sincero: él querer que Yuuri esté cómodo, que se sienta feliz de estar en Rusia, al punto que olvide el desastroso evento de las aguas termales. Que saque a la luz aquello que lo hizo ir tras él en esa noche de abril.  

Cuando llegan los platos, Víctor agradece con una sonrisa a la encargada y espera hasta que Yuuri le dé un bocado. Se emociona cuando ve a Yuuri probarlo y esos ojos sonríen al comer con gusto, alegrándole el día porque tiene la esperanza de que al final de este, la decisión de Yuuri sea quedarse en casa.

Mientras come, piensa en lo mucho que Yuuri ama comer, pese a que no puede abusar de ello sin que suba de peso por su metabolismo. También ha notado que Yuuri es muy ordenado en casa, siempre deja el cuarto impecable y se ofrece para lavar la vajilla después de comer. Incluso se anima a juguetear con Makkachin en el mueble y a preocuparse por tenerle la comida lista. Pero no todo es perfecto en Yuuri, lo ha notado quedándose hasta tarde en la pc y en las mañanas le cuesta levantarse a tiempo. Corre apresurado al baño para cuando ya se ha dado la licencia de dormir diez minutos más. A veces le ha tocado esperarle, armándose de paciencia hasta que Yuuri por fin se encuentra listo y le entrega montones de disculpas antes de salir. Pero todos esos peros solo hacen más perfecta la rutina de convivir. 

Víctor aprovecha el momento y pregunta sobre cómo fue su vida en Detroit, qué tan difícil le resultó acostumbrarse y cómo sobrellevó la ausencia de su familia. Yuuri se anima a hablarle de algunos detalles sin ser demasiado específico, pero hay un toque de nostalgia en su mirada que no puede perderse. Le cuenta de la universidad, de los apartamentos de estudiantes, la beca y los lapsos de estudios; el cómo debió combinar las prácticas con las horas de clase y lograr en ambos un buen nivel para mantener la beca. Las llamadas en las noches a casa y lo mucho que se le dificultó comunicarse a pesar de que pensó que dominaba el inglés, pues en la cotidianeidad ellos hablaban diferente. Al final, la experiencia la recuerda con cierta melancolía, así que Víctor asume que fue feliz pese a todo.

Es una persona bastante común y al mismo tiempo le resulta fascinante. Yuuri ha vivido cosas que él no y repentinamente se ha dado cuenta de ello. Pero llega la hora de irse y tiene que dejar a Yuuri pagar, cuando él pensaba ya sacar su tarjeta. Le mira contar los billetes y le es inevitable no admirarlo. Yuuri lo había convencido a quedarse gracias a esa tenacidad.

—Dicen que este apartamento está en buen estado a pesar de ser un soviético… —Eso ve Víctor en el nuevo apartamento al que han ido a visitar; no obstante, hay algo en el interior que se siente casi una jaula y que no logra tranquilizarle—. Bueno, parece que no hay roedores.

—No lo sé, Yuuri, no viviría en un lugar así. —Las ventanas son muy pequeñas, de nuevo hay exceso de humedad y se empiezan a notar algunos mosquitos pegados en las paredes. En época de lluvias no es el mejor lugar para vivir.  

Ambos se sobresaltan cuando escuchan el ruido en el techo, como patas correteando entre los ductos. Todo parece indicar que es otro sitio a descartar y sobran las razones: ambos se miran de reojo y deciden despedirse argumentando que han cambiado de opinión.   

Así, la lista ha acabado y ambos se encuentran en el auto, estacionado justo bajo el edificio donde en ese momento comparten el apartamento, pero ninguno tiene ánimos de salir. Víctor siente el aire desolador de Yuuri, su muda frustración al no encontrar algo digno para independizarse, y a él no le gusta el aire resignado que Yuuri bebe al respirar. No quiere que Yuuri se quede con él porque no tiene alternativa, casi como si fuera una clase de penitencia y no un deseo genuino de compartir. Tras oír a Yuuri hablar de quien fue su compañero de cuarto, Phichit, Víctor deseó por dentro llegar a convertirse en alguien similar. Lo suficiente cercano como para conocerlo, animarlo y que fuese recordado con una sonrisa: no por ser el pentacampeón, sino por tratarse solo de él. ¿Qué debería hacer para convencer a Yuuri? ¿Para que él se sintiera a gusto a su lado?

—Mañana podemos buscar más —intenta consolarle—. Solo sube un poco el presupuesto para poder aspirar a algo mejor. 

—O podría buscar un compañero de cuarto. —Los ojos de Yuuri se iluminan mientras Víctor le mira callado—. ¡Claro! ¡Esa es la solución! ¡Así podré compartir los gastos!  

Víctor no sabe si sentirse herido o enojado; las dos emociones se mueven como serpientes comprimiéndose bajo su pecho. Solo es consciente del aire que le falta, del picor en su nariz y la necesidad de soltar el aire caliente por su nariz cuando voltea y abre la puerta. Yuuri se apresura a salir del auto tras él, pero comenta que acaba de ver una publicidad sobre un sitio web para encontrar compañeros de pisos. “Hay ventajas”, comenta con fluidez, “podré acostumbrarme mejor al idioma”. Víctor calla, asiente sin mirarle y cuando se anima a decir una palabra, es un “amazing” amargo. Se mantiene en silencio en el ascensor mientras Yuuri se ha hundido en la pantalla de su celular.

Prepara la cena en silencio y las culebras dentro de él se siguen apretando lentamente. Odia esa sensación de tener un hueco lleno de aire en el estómago, pero no puede evitarlo porque ha quedado claro que lo que dijo Yuuri aquella noche era cierto: no es soledad lo que busca, no, no es eso, es dejar de verlo. Es no tener que compartir con él todos los espacios, como si de algún modo él no mereciera conocer más de Yuuri. Es una barrera insondable donde lo limita a ser solo entrenador y alumno, justo lo que no desea. 

No debería molestarle, piensa, no debería afectarle. Pero lo cierto es que la amargura se convierte en una burbuja que crece en su diafragma y le impide respirar con fluidez. Sabe que está enojado y que prefiere no hablarlo,  él mismo no comprende si fue tan terrible lo que ocurrió en Hasetsu como para que Yuuri en este momento prefiera limitar su tiempo juntos. Cualquier esperanza de tan siquiera establecer una amistad se diluye ante sus ojos y sí, allí siente, que sus ojos no paran de escocer. 

La comida servida en su plato parece mofarse de su fortuna. Víctor decide llenar el silencio con el televisor encendido en cualquier canal local. Makkachin come de su plato, las presentadoras comentan tonterías en un programa de espectáculo y él solo lleva un brócoli a su boca tras haberlo hecho rodar por todo el plato con la vista en el televisor.     

—Víctor… no has comido nada. —Yuuri señala lo obvio y Víctor mira el plato con apenas la ensalada peinada.  

—Oh, creo que perdí el apetito.

—¿En serio? —Yuuri cuestiona con un tono apurado—. ¿Estás enfermo? 

Antes de que Víctor pueda contestar que no, no lo está y solo está cansado; es Yuuri quien lo sorprende al levantarse del asiento y rodear la mesa para acercarse. Es su palma tibia la que se posa sobre su frente, es la sensación inesperada llenándolo cuando la mano de Yuuri se posa sobre su piel y él, sin entender qué acaba de pasar, por qué ese repentino acercamiento cuando Yuuri con sus acciones solo gritaba que quería alejarse ya, sube la mirada para notar que Yuuri ha imitado el movimiento sobre su frente.

—No tienes fiebre —susurra y cuando sus ojos se encuentran, Víctor se halla demasiado sorprendido aún. Yuuri arruga el ceño y lo mira como si buscara alguna respuesta. 

—No estoy enfermo, Yuuri.

—¿Entonces porqué estás así? —Yuuri aprieta sus puños de forma inconsciente al bajar sus manos, pero Víctor sigue sin comprender.

—¿Así cómo? —Yuuri le mira fijamente, como si quisiera llegar al fondo de un intrincado secreto, pero no es capaz de materializar su actitud en una palabra—. ¿A qué te refieres, Yuuri? ¿A que estoy triste?     

—¿Triste? —Los ojos de Yuuri se expanden ante la nueva información. Víctor simplemente lo suelta, está cansado de sentir a aquellas enormes culebras ensortijándose en su tráquea.

—Sí, triste. ¡Qué mal compañero debo ser para que Yuuri piense en irse con un desconocido! —expresa desviando la mirada—. Yuuri prefiere compartir su espacio con otra persona que conmigo, ¡eso es muy cruel, Yuuri!

—¡Y-yo…! 

—Y yo que me tomé la molestia de preparar una habitación para Yuuri. —Tuerce su boca y Makkachin se acerca a él al reconocer ese tono de mimo que tanto usa para hablarle. Pero no, esta vez lo usa ante Yuuri para sentirse ligeramente vengado por ese ardor que le hizo vivir ante su nueva idea—. Supongo que volveremos a estar solos, Makkachin. 

Lo último es dicho con alevosía, pero Víctor no tiene tiempo ni ganas de arrepentirse porque sinceramente se encuentra dolido. Espera que sus palabras logren un efecto en Yuuri, de manera egoísta, quiere que se arrepienta y decida quedarse con él. Pero toda respuesta que encuentra en Yuuri es silencio después de decir un: “lo siento” acompañado de una inclinación y se va hasta la cocina con los platos, dejándolo a él con su bol de ensalada sin comer. Víctor entonces sí empieza a sentirse enfermo. Tan enfermo que se levanta de la mesa y deja el bol sin probar para encerrarse en su habitación.  

Un baño frío es lo que necesita para calmarse y asentar sus ideas. Sus dedos pasan por su cuero cabelludo masajeándolo, pero su mente se dispersa a pensar en sus propias emociones y en la culpa que sigue anidándose allí. Se siente como poner paños tibios en una frente con fiebre, un alivio momentáneo que nada ha resuelto, pues la infección sigue allí. Sabe que debe hablar de lo ocurrido en Hasetsu, los resultados de esa competición y qué pudo haber fallado, pero Víctor teme lo que pueda escuchar de Yuuri porque lo siente aún su responsabilidad.     

Víctor teme lo que pueda decir en ese momento si no es capaz de encontrar las palabras correctas para explicar que tuvo la fe completamente puesta en que Yuuri ganaría ese evento, que solo quiso darle una lección a Yuri y que no pensó con claridad en lo que ocurriría si sus apuestas estaban equivocadas. También tiene miedo de lo que Yuuri pueda confesar, porque está seguro de que debe sentirse decepcionado por los resultados, por su propia actitud y por sentir que Víctor incumpliría su promesa a partir de un nuevo juego. Ambos están en el mismo punto, evadiendo aquella conversación crucial porque han creído que si simplemente avanzan puede quedar allí, en el pasado. Pero las expectativas de ambos fueron alimentadas y luego llevadas al piso; no era algo tan facil de olvidar, más si todo lo que ocurrió esa noche cambió su camino hasta Rusia. 

Oh, de repente lo ve tan claro. Ese punto es el que no ha tocado y tiene su comunicación distorsionada durante esas semanas. Es eso lo que a Víctor no le permite dar el paso, lo que lo hace sentir tan culpable, lo que impide que puedan hablarse sinceramente sin sentir que están caminando en un terreno minado. Víctor teme hablarlo, Yuuri debe pensar en lo mismo y así ambos juegan a no herir susceptibilidades. Saberlo ahora no hace sencillo el tratarlo, por el contrario, le llena de miedo de hacerlo porque, a diferencia de Yuuri, un: “lo siento” no sale tan fácilmente de su boca. 

Agitado, sale del baño más pensativo de lo que estaba al entrar y se cubre con una toalla para secarse. Se sienta sobre su colchón, revisa su móvil y ve el mensaje de Yuuri avisándole que ha ido a la pista acompañado por Makkachin. Ahora se encuentra solo y es como si volviera justo al inicio. ¿Qué fue lo que en primer lugar lo llevó a tomar sus pertenencias, comprar boletos de avión e ir tras él? Inspiración… la sensación de que Yuuri le enseñaría algo que no sabía de sí mismo, la certeza de que buscarlo lo haría encontrar la llama perdida. En cierto modo, lo ha hecho, pero no pensó qué tan atemorizante sería enfrentarse a su propio espejo. ¿En realidad es tan orgulloso como para no admitir en voz alta ante Yuuri que se equivocó?   

Mientras empieza a vestirse, su cabeza sigue pensando una y otra vez en lo ocurrido en esas semanas, las palabras de Yakov, el mismo Yuuri buscando alguna manera de mejorar sus resultados así significara entrenar de noche y él, teniendo que ceder a su necesidad de buscar un apartamento sin ayudarle adecuadamente, porque es tan egoísta como para imponer sus necesidades por encima de las de su estudiante. Es su entrenador, se repite mientras muerde el labio frente al espejo, con su cabello peinado hacia atrás; Yuuri no fue hasta Rusia para convertirse en su amigo. Fue claro al pedirlo: “sé mi entrenador”. Debería dejar de enojarse consigo mismo porque la cosas no salen como quisiera y tener la paciencia para construir algo junto. Dejar de esperar, simplemente conocer; las expectativas deben quedar en el olvido. 

Convencido de que el paso debe darlo él, apenas se viste toma un abrigo y las llaves de su auto. Podría esperarlo en casa mientras lee un libro, pero necesita asegurarse de que Yuuri está en la pista practicando y del modo en que lo esté haciendo, después de la manera que reconoce infantil de haberse comportado. Yuuri no tiene que cumplir con sus deseos; si él pensó que Yuuri se quedaría con él, no fue porque Yuuri se lo hubiese comentado, solo resultó fruto de su propia imaginación recreando escenarios que satisfagan su propia necesidad de compañía. Yuuri no tiene la culpa de que sus expectativas fuesen a la estratosfera, tratando de evadir la gravedad de la realidad.

Sigue confundiendo las intenciones de Yuuri a pesar de lo ocurrido en el banquete, viendo señales que no existen para caer de lleno al suelo al percatarse de su verdadero significado: Yuuri le pidió ir a Hasestu porque lo quería como entrenador, ha ido a Rusia exactamente por lo mismo y él, tal como dijo Yakov, idealizó esa posibilidad. Quizás ya no románticamente, pero sí para una relación mucho más cercana que la profesional. No pensó que quería compartir tanto su espacio con alguien hasta que escuchó que Yuuri estaba dispuesto a hacerlo con otro. Honestamente, ¿qué buscó él de estar con Yuuri? Buscar la inspiración suena demasiado abstracto. 

Al llegar a la pista, camina en silencio después de saludar al vigilante y comprobar que en efecto Yuuri sí está allí. Makkachin se encuentra acostado en el piso del pasillo, responde positivamente a su acercamiento y lame su mano con gusto y felicidad. Víctor le agita los cabellos marrones y avanza en silencio hasta donde el sonido de las cuchillas aún se escuchan. Yuuri se encuentra sobre la pista, relajado y patinando con calma con sus audífonos sacándolo del mundo. Solo repite movimientos de rutina que nada tienen que ver con la presentación de Eros.

Víctor sigue preguntándose qué falló con esa presentación. Pensó que Yuuri tenía todo para hacer un programa increíble, le había demostrado en el banquete que tenía la chispa y la luz para hacer que todos los ojos se volcaran hacia él. Pero algo pasó, algo en medio de la secuencia de pasos que hizo que la inicial burbujante presentación se diluyera como el merengue de una torta mal preparado, que le faltó batirse con más fuerza y más tiempo para mantenerse uniforme. ¿Fue él o fue Yuuri quien no batió más la mezcla? Aún la duda ronda por su cabeza.

Entonces ocurre. Víctor calla cuando repentinamente Yuuri se pone en aquella posición reconocida que da inicio a Eros. No hay música de fondo, pero no necesita escucharla, Yuuri empieza a moverse con los pasos del programa y Víctor siente una soga al cuello al comprenderlo. Todos sus movimientos son exactos: la manera en que mueve sus brazos, la forma en que sus piernas se deslizan y las notas que fluyen a través de sus extremidades mientras él sigue al ritmo de la música que no hace falta escuchar para identificarla; todo él es magia. El aplauso en el aire, los giros y sus manos jugando con su propio cuerpo para hacerse notar ante todos, mientras su figura fluye y se mece como una pluma al aire. Víctor recoge aire impresionado porque ese Eros es incluso mejor que el que vio en Hasetsu y ha estado viendo todos esos días de entrenamientos infructuosos antes de que Yuuri decidiera salir de casa. Ese Eros era justo lo que él había esperado ver esa noche, y está allí, como una visión fantasmagórica de lo que debió ser.

Los movimientos son fluidos e incluso femeninos, pero en las manos de Yuuri le da un aire seductor mayor a lo que había imaginado. De alguna manera, Yuuri ha modificado la historia y la adaptado, ha hecho suyo el programa y eso lo hace sentir orgulloso. Lo ve deslizarse con fluidez en la pista y no hacen falta saltos para él no poder despegar su mirada y querer ver más. Reconoce al instante los síntomas: es la misma efervescencia que subió a su tráquea el día que vio el video, la misma sensación de necesidad que lo empujó a encontrarlo. Es esa misma fuerza centrífuga que lo sometió a un nuevo torbellino de posibilidades e hizo que cualquier cosa que hubiera logrado sea descartable si no logra obtener eso, comprenderlo y hacerlo también suyo. Quiere esa facilidad de sorprender de nuevo, esa pasión destilando con sus pasos, quiere sentir esas mismas ansias de patinar dando el todo con alguien como Yuuri patinando contra él.

Hay desesperación en sus pasos, un deseo intrínseco de lograr la perfección que Víctor puede leer en la seriedad y dureza de sus rasgos, negándose a conformarse con una interpretación mediocre. Víctor interpreta en cada movimiento la imperiosa necesidad de sobresalir. Yuuri detiene la presentación ante un error bastante evidente, pero lejos de rendirse, reposa un momento, respira y gira de nuevo para ponerse en posición. Reinicia la rutina y Víctor se siente conmovido con aquella demostración de tenacidad que no deja de atropellarlo, encenderlo y sorprenderlo, hasta el punto que solo quiere ser testigo de más.  

Se queda en silencio observando como avanza la practica en privado de Yuuri y entiende que él nunca ha buscado alejarse de él. No es eso lo que Yuuri ha intentado, por el contrario, lo ha perseguido toda su vida. Sus pasos son un grito, es casi un llamado que Yuuri ha estado lanzando en el hielo durante años y él recientemente pudo escuchar, es a él a quien él quiso presentarse en primer lugar.

Víctor siente las llamas de la decisión volviendo a tomar forma dentro de él y sus ojos se llenan de intensidad. Él quiere que Yuuri gane el oro, quiere que lo logre, quiere que demuestre eso que él puede ver. Lo siente casi como una deuda ahora, llevará a Yuuri a demostrarle a todos esa música que él puede ver. Sacará el oro de su oscuridad. 

Decidido, suelta un silbido en el aire y empieza a aplaudir, provocando que Yuuri detenga su práctica y lo busque con la mirada. Necesita hacerle saber que esto ha sido lo mejor que ha visto de él desde que se encontraron en Hasetsu.

—¡Víctor! —la voz de Yuuri se alza al reconocerlo a la distancia y él se limita a solo sonreírle y regalarle un saludo. Yuuri mueve sus pies entonces para acercarse, visiblemente consternado con su visita—. ¿Qué haces aquí?

—¡Vine a ver tus prácticas, Yuuri! —dice lo que parece obvio. Yuuri sonrojado y sudado por su ejercicio, le mira sin saber qué decir.

—Pensé que estabas enojado conmigo. —La repentina honestidad de Yuuri lo deja frío, pero claro, debió haber sido muy claro su malestar al retirarse. 

—Más bien, lo estaba conmigo mismo. ¿Has estado practicando todas las noches el programa? El avance es magnífico.

—¿Lo crees? —Nota la ligera luz de esperanza que se filtra en los ojos marrones de Yuuri, y asiente con sinceridad.

—Estoy seguro. ¿Qué tal si me muestras de nuevo el programa? Pondré la música y quiero ver tus saltos. 

—¡Sí!

Siente el entusiasmo de Yuuri y se le contagia. Lo mira patinar hacia el centro y él se dirige hasta el sitio que ocupa como entrenador para tomar el control de la práctica y permitir a ambos la posibilidad de compartir el momento sin la presión de los ojos que los observan, de las palabras no dichas ni de los errores cometidos en el pasado. No significa que no va a hablarlo, Víctor sabe que debe hacerlo; pero por esos minutos quiere darse la tregua. Desea que Yuuri le muestre lo que ha avanzado por su cuenta y encontrar de qué manera pulir los avances, quiere que puedan conversar con facilidad. Y cuando el momento sea propicio, hablar de lo ocurrido en el Hot Springs on Ice, con la certeza de que lejos de sentirse culpables, deben ver esta como una oportunidad de crecer y avanzar.

Por algo siguen juntos.

Notas de Autor: Este fanfic está, de momento, en Hiatus, pero pienso continuarlo en el 2020.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

2 comentarios sobre “Como setas después de la lluvia (Cap 02)

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